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miércoles, 18 de febrero de 2015

Hoy invito a...

       Ya no tenía amigos o enemigos a la vista, así que este es mi propio atrevimiento, un fragmento de una pequeña novelita infantil que una tierna narradora, Paula, cuenta sobre sus experiencias con un amistoso agaporni...

Chiqui
Pedro M. Domene 


        “Que mi corazón esté siempre abierto a pequeños pájaros que son los secretos del vivir”.

                                                                                          E. E. Cummings


1Un pájaro en casa

                   — ¡Este pájaro ha cambiado mi vida…! —ha sido la frase que más hemos oído y en más repetidas ocasiones durante el último año en casa—. Y, como era de esperar, la hemos escuchado de la boca de mi padre…
                   La historia habría que empezarla desde el comienzo, desde el día en que mi hermana me regaló un pájaro de compañía, es decir, un minúsculo agaporni, una especie y un nombre que nunca había oído y que cuando busqué para saber algo más, por supuesto, donde ahora se buscan todas las cosas, en Internet y, concretamente, en Google, en las centenares de entradas, me especificaba que era “un nombre de origen griego”, y significa “pájaro del amor” porque una vez que te conocen y se acostumbran, nunca, nunca ya se separan de ti.
                   Esto ocurrió poco antes de unas navidades, concretamente, el día 23 de diciembre, porque, mi madre siempre bromea con que yo vine con el Niño Jesús, justo un día antes, así que, como todo el mundo imagina, siempre seré algo mayor que él. Y visto así, los dos vamos sumando años juntos, claro.


    Lo que sí es verdad y recuerdo muy bien es que hacía frío, mucho frío por aquellos días, no cuando nací, claro, de eso no puedo acordarme y no viene a cuento, sino cuando tuve aquel “bichito” en mis manos. Y lo llamo cariñosamente “bichito” por tenía una cabeza enorme, mucho pico, poco cuerpecillo, y apenas unas plumitas mal repartidas. Así que nos recomendaron que al pajarito, o amasijo de poquita carne, por llamarlo de alguna manera, lo protegiéramos metiéndolo en una caja no muy grande de cartón, y que siempre quedara envuelto en pequeños trocitos de paño grueso, o mejor de lana para que sintiera mucho calor en su pequeño cuerpecito, sin apenas plumas.
                   — ¡Qué feo eres…! —dije, de pronto. Pero, no te preocupes, voy a ser tu mamá —añadí, enseguida. Al menos hasta que te sostengas sobre tus patitas, tengas plumas y puedas comer solo, o en realidad, no sé si debí decir: sola. Nadie nos había dicho si era chica o chico. Y yo tampoco sabía averiguarlo en aquellos momentos.
                   — ¡Es un pájaro, y poco más hay que decir! —dijo, de repente, mi hermana, tan contundente, e igual de cariñosa como siempre.
                   Luego estaba el traslado a casa, claro.
                   Un caja de zapatos, un gorro de lana que había troceado, y de vez en cuando una miradita para ver que todo iba bien. Sobre mis piernas, guardando aquello como si fuera un tesoro.
                   Mi madre conducía, mi padre de copiloto, mi hermana, el pajarito y yo en los asientos traseros del coche, pensando en llegar pronto para que se adaptara a su nueva casa, al menos durante el tiempo de las vacaciones de Navidad. Luego estaba lo de la comida, por si hay que añadir alguna dificultad más, una especie de papilla que debía administrarle con una pequeña jeringuilla, abriéndole el piquito muy, muy despacio, para no hacerle daño y, lo más importante, que se acostumbrara a comer de aquello, y solo cuando viera que su buchecillo estaba muy gordo, entonces tendría que dejar de darle aquel espeso alimento de color amarillento. 

                                                                          

                — ¡Pero si el pobre aun no se tiene de pie! —grité cuando lo sacamos de su cajita, o mejor de lo que sería su casita en las próximas semanas.
                   Menos mal que estaba la calefacción, así que nada más llegar a casa pusimos la caja de cartón lo más cerca de ese calorcillo que desprenden los radiadores, y aclaro lo de “pusimos” porque mi padre se metió por medio dando órdenes de cómo debíamos hacerlo, como si fuera el hombre más experto en pájaros y otros bichos porque, la verdad, aquello tan pequeño, sin plumas, solo cabeza y cuerpecillo diminuto parecía algo raro, y viéndolo así cualquiera podría pensar que no sobreviviría al día siguiente.
                   La toma de la noche, la toma de la madrugada, y dejar que se escondiera en su mantita, sin saber muy bien si con aquel paño de lana conservaría el suficiente calor durante las horas de frío.
                   Mi habitación es cálida, y luego, repito una vez más, estaba la calefacción. Y pese a tener todo a nuestro favor, la verdad es que no dormí mucho esa noche, y a la mañana siguiente, la primera yo, nos despertamos con la alegría de que el pajarito había sobrevivido y estaba más contento y, cuando lo sacábamos de la caja, daba sus pasitos por encima de la mesa, y luego por el suelo, y corría muy animado, aunque parecía que iba medio borracho de aquí para allá, pero muy contento, apuntaba mi padre.
                   — ¡Fijaos, está espabilado…!—repetía él, más eufórico, incluso, que nosotros, y el propio pájaro que se escabullía por los rincones del salón.
                   Una toma más, y otra de nuevo a la hora de la comida, merienda y cena, y una decisión de última hora que por poco si le cuesta la vida al pobre pajarito.
(Fragmento)
* Otras aventuras mías en el terreno juvenil, son Premio de Novela Juvenil Mancomunidad de Los Pedroches, por Después de Praga nada fue igual, (Algaida-Anaya, 2004), Conexión Helsinki (Algaida-Anaya, 2009) y Las ratas del Titanic (e.d.a. 2014).


2 comentarios:

  1. Mi Chiqui...la alegría de la casa, la que rompe la vajilla, la que picotea los libros, la que se esconde para no ser enjaulada, la que se deja acariciar...
    Mª Ángeles.

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  2. Que bien has hecho en publicar esta historia, ¡me ha encantado!.

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