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sábado, 7 de febrero de 2015

Hoy tomo café con…


ANTONIO ENRIQUE    
        «Escribir para «entretener» es algo que no entra en mis objetivos». 

   Antonio Enrique (Granada, 1953) pertenece a esa estirpe de escritores cuyas ideas viajan y sólo esperan ser apresadas por alguien, un avispado lector, por supuesto. También es un voyeur incorregible cuya heterodoxia va mucho más allá del sentido estricto de las palabras con las que trabaja. Su exquisitez lírica ha quedado patentizada en los  libros publicados hasta el momento, su narrativa se adscribía a un estilo y una temática sin precedentes en la narrativa contemporánea, calificada de ambiciosa, extensa y de compleja factura. Con El discípulo amado (2000) novela el destino de un hombre que dos mil años más tarde resulta tan enigmático como sorprendente aún hoy día. En la presente entrevista se realiza un pormenorizado paseo por su vida y su obra más singular.

  En alguna ocasión hemos hablado de que su narrativa parte del detalle, de una ida recurrente.
 No lo sé con precisión, no puedo saberlo carezco de perspectiva suficiente. Me interesa aportar, en mí es una norma fija. Con ocasión de Kalaát Horra afirmé que escribía aquello que no podía leer. En esta novela, es cierto, como también que necesito el apego de la tierra, esto es la impresión telúrica, magnética, del escenario en que transcurren los hechos. Esto es lo ideal, aunque a veces no es posible. No me era posible trasladarme a Palestina, al redactar El discípulo amado, por lo que hube de apelar a la memoria remota que todos llevamos adentro; un esfuerzo exhaustivo de concentración, de autohipnosis casi. Y bien, en relación a su pregunta: lo invisible. Me obsesiona hurgar en lo invisible. Navego mejor poe estas aguas.

 A estas alturas, cuatro novelas publicadas, dan mucho de sí en su trayectoria narrativa iniciada hace quince años.
 Hay una pequeña inexactitud en el planteamiento de su pregunta. En efecto, publiqué mi primera novela, La armónica montaña, hace, ahora en el año 2000, quince años. Pero no la inicié; este término se presta a confusión. Escribí mi primer libro de narrativa, un volumen de cuentos, en 1969, y tenía dieciséis años. Luego después, al año siguiente, terminé una novela. Y dos años más tarde, en 1972, otra, de unos trescientos folios. Afortunadamente (y recalco la palabra), en aquellos años era casi imposible publicar. La armónica montaña la comencé en 1973 y la acabé, de primera redacción, en 1975. El manuscrito definitivo lo concluí en 1977 y el mecanoescrito en 1979. Disculpe la minuciosidad, pero es la primera vez que hablo de su ejecución, bien laboriosa como está viendo. Porque en 1983 concluí la corrección de las pruebas de imprenta, aún, con enmiendas y supresiones, lo que equivale a una nueva—la cuarta—redacción. Tardó todavía otros tres años en imprimirse, gracias a la generosidad del editor Ramón Akal, así como de Tomás Ramos Orea, que costeó el mecanoescrito en 1979, por manos de un mecanógrafo al que iba dictando yo el texto.

 Como novelista usted ha escogido, entre otras cosas, temáticamente hablando una actitud  entre lo real y lo misterioso, ¿es ésta una actitud ante la vida o simplemente una técnica?
 Es más que una actitud, un instinto. Pero este instinto, a su vez, comporta una técnica muy precisa. Verá: cuando me surge el —llamémoslo así—chispazo, no me apresuro. Lo dejo madurar, al tiempo que voy documentándome. Las ideas son a la manera de plantas que crecen en el cerebro y no hay que cortalas antes de que den su fruto. Hay que proyectarse, lograr el estado de conciencia idóneo. Llega un instante en que estás tan imbuido que hasta los sueños colaboran. Hasta que sueño con escenas, con personajes, no estoy tranquilo. Lo de escribir viene luego, a ser posible en un momento de gracia, pero no es lo fundamental, sino haberlo vivido con anterioridad. La técnica es cosas de ir iluminando a destellos esta oscuridad cerebral del espacio-tiempo, esto es el contínuum de la energía que se expresa en letras. Yo prefiero seccionar por secuencias, se ajusta mejor a esta iluminación parcial del conjunto. O bien hacer una cartografía, como en La armónica montaña.



  Hasta el momento sus novelas se mueven muy bien en el espacio de la historia, ¿quizá este tiempo haga más verosímiles sus relatos?
  La historia, en mi caso, supone una indagación, por así decir mediúmica, en esa memoria remota de la que le hablaba. Sí, me siento muy a mi placer en ciertas épocas y escenografías. La sensación del dejá vu es, en mí, a veces, obsesionante. No está de más decirle que creo en la transmigración. Y es eso precisamente: novelas como Las praderas celestiales implican una regresión a las épocas en que transcurren: siglos XVI y XVII en España. No quiero decir que ninguno de los personajes haya sido yo, no se me malintérprete, sino que la época me es automáticamente familiar: sus costumbres, sus olores, los registros de la lengua que usaban oralmente, los rostros, los atuendos, el mobiliario de las casas. Por así decir, permanecen, estos recuerdos regresivos, calientes en mi memoria anímica. Como si me hubieran despertado de repente de un sueño muy intenso.

  Repasando su obra, La armónica montaña (1986), Kalaát Horra (1991) y La luz de la sangre (1997), ¿podríamos hablar de lecturas exclusivamente literarias cuando la primera trata de la construcción de una catedral, de la visión de una fortaleza, con las sublevaciones moriscas como telón de fondo y, la última, sobre esa luz que emana de nuestra sangre?
  Hay algo que separa la memoria literaria (de los libros que hemos leído) de la memoria remota o anímica de la que estoy hablando. Es, indiscutiblemente, la atmósfera. Esa sensación de inminencia que tiene el lector: inminencia de objetos, olores (este sentido en muy sintomático, por su persistencia en el instinto), situaciones. No he cosechado yo excesivos elogios, más bien silenciamientos; pero he de tomar en consideración determinadas opiniones de los lectores. Y algunos de ellos me han confiado esto mismo. Esa sensación de familiaridad y cercanía con lo descrito. Por lo demás, no hay que confundir los términos: el tema es una cosa y otra el argumento, y otra más la trama, y aun la estructura invisible. El tema de mis novelas interfiere en espacios que precisan documentación. Pero la creación viene después. Y como curiosidad: de cien datos aprendidos, en una novela como las acaba de mencionar se utilizan diez.
  El enigma vuelve a su escritura, ¿El discípulo amado (2000) persigue ser una revelación dos mil años más tarde?
  No tengo más remedio que decir que sí, por más que me desagrade ser tajante. La revelación, no obstante, no es mía. Se debe al teólogo en cuya exégesis me baso, que es quien la desveló en un libro aparecido en 1980, y del que se vendieron —ahí un buen síntoma escatológico—apenas diez ejemplares. Me refiero a Rafael Hereza, a su libro El desvelamiento de la revelación (La identidad del Discípulo amado y de María Magdalena). Y ocurre que sus teorías, en las que luego abundó su defensor y editor, Manuel García Viñó, en su libro La nueva Eva (1991), nunca han sido desmontadas con argumentos ni plausibles ni convincentes. De manera que despacio: este es un tema que no admite frivolidades. La Revelación, por lo demás, está muy clarita expuesta en el capítulo 21 del evangelio de Juan. Volviéndose Simón Pedro al discípulo a quien Jesús amaba, le preguntó: «¿Y qué de éste?» Es decir, qué hemos de hacer con él. Y Jesús le contesta: «Si yo quiero que él permanezca hasta que yo vuelva, ¿qué a ti? (Vers. 21 y 22). En este vuelva radica el sentido de la Parusía, esto no tiene vuelta de hoja. Como tampoco el permanezca; este intransitivo o bien se refiere al predicativo vivo o desconocido. Vivo no quedó, antes bien murió como todo hombre nacido de madre. Esto sí es cierto: la ambigüedad del término creo el fermento de la leyenda de que el Discípulo amado nunca moriría, y así lo creyeron diversas comunidades, por lo que, a manera de justificación, hubo que añadirse la coletilla final, los versículos 23, 24 y 25, con los que se cierra ese evangelio, lo que epigráficamente está demostrado. En consecuencia, quedó desconocido. Y en efecto, su verdadera identidad quedó desconocida hasta ser desvelada dos mil años después, y por un teólogo, no de campanillas, sino riguroso y humilde, tan humilde que nunca se repuso de su descubrimiento. ¿Por qué él, disponiendo la Iglesia de los mejores cerebros y mejor documentación?



¿Todo lo que debe ser conocido sobre Jesús está contado en los cuatro Evangelios?
 Desde el siglo XVIII, y más concretamente desde la biografía de Jesús escrita por Renan, un investigador laico, como es mi caso, está moralmente obligado a considerar los evangelios canónicos piezas históricas de un valor análogo al de otros documentos de la misma época o aún anteriores, apócrifos incluidos.

 Se justificaría, por consiguiente, así, hoy, su novela recién empezado el siglo.
 No hay mito que dure dos mil años. Se me ha criticado que dé una versión incómoda de Pablo de Tarso. Pero, históricamente, él fue quien convirtió a Jesús en el Cristo. Es decir, elevó a un ser humano a la categoría de mito, lo que hizo sincretizando al dios Mitra, la deidad más fuerte del Imperio, quien también «resucitó entre los muertos». Dos mil años es toda una era astrológica. Pablo creó un dios, pero eliminó la sustancia humana; a todos los efectos fue así, como que luego, en el Concilio de Calcedonia (siglo V) hubo de condenarse la herejía docetista, que implica, a todos los efectos, la supresión práctica de la naturaleza humana de Jesús de Galilea. Y bien (permítame expresarme así), quien pueda creer, creer con esa fe, definida por Heidegger como «salto al vació», que crea, bendito sea. Pero, ¿y quien no? ¿quien no crea, porque Dios no puede interferir en sus leyes y porque, a su imagen y semejanza, hemos sido creados con una mente que se niega a admitir lo que se sustrae a la naturaleza? ¿y si a ese mismo cristiano no le sirven los milagros, pero sí el mensaje, el mensaje de Jesús de Galilea, y no necesita de más para seguir su conducta de amor y perdón? Pues a estos cristianos, no creyentes en determinados dogmas, va dirigida El discípulo amado: a los cristianos de conducta, a los que se les reconoce «por sus frutos», no por sus creencias sobrenaturales. A éstos, en la medida de mis muy limitadas posibilidades, he querido dirigirles un mensaje de sosiego, de serenidad solidaria.

 Si se lee atentamente su relato, podemos imaginar que cuanto allí se cuenta está atestiguado bíblicamente. Sin embargo, la crítica le ha señalado algunos anacronismo, ¿pertenecen éstos al mundo libre de la ficción?
 Una novela de estas características es imposible que no suscite controversia, que en mi caso es aceptada con todo respeto y también naturalidad. Esos anacronismos, en efecto, fueron señalados por Arturo del Villar, intelectual al que profeso la máxima estima, y así se lo agradecí —la atención con la que había leído el libro—en carta privada. Ahora bien, ello no quiere decir que esté de acuerdo, porque la mayoría de los aspectos que señala son discordancias con la norma canónica y no basta mencionarlos para que se lleve razón. Sin embargo, acepté un—llamémoslo—gazapo: a la muerte de Diocleciano (año 96), el discípulo amado no podía ser nonagenario. Mea culpa. De poco sirve en mi descargo manifestar que fue un error de ultracorrección, con las prisas de última hora al supervisar galeradas, puesto que el original decía octogenario; el lector tiene delante un fallo cronológico y es de mi entera responsabilidad. En cuanto a las discordancias aludidas, ya han sido contestadas, en el mismo periódico, a tres páginas (Málaga-Costa del Sol, 2 de abril) por Manuel García Viñó, lo que, por análogo respeto a este último, me eximo de extenderme. Referente a lo demás, claro que hay licencias de invención, que no afectan en absoluto al sentido de la obra. Así el tema de la sábana del muchacho que se interpone entre la cohorte y Jesús en Getsemaní, relatado en el evangelio de Marcos. Ficciono yo que le es devuelta por el decurión en el Calvario, y que el discípulo amado insiste en que Jesús fuese amortajado con ella. Y bien, todos sabemos que Arimatea había comprado una sábana para ese mismo menester. Yo no pretendo en erigir un factor de invención en rasgo de verdad intocable. Quien lea la novela, verá que ese elemento ficticio está en contexto. Aquí conviene insistir en dos aspectos. Primero, que los evangelios canónicos son textos crípticos, esto es esenciales, con el fin de ser transmitidos oralmente y de memoria por aquellas comunidades primitivas; por tanto, permite una «lectura entre líneas»; de ahí que la opinión de que «Jesús no rió nunca», idea perfectamente docentista, sea difícil de mantener si apelamos a la sensatez. Los textos, en efecto, no aluden al caso, ¿pero cómo, si no es por sentido del humor, en grado siquiera de ironía, pueden interpretarse algunas parábolas, la de la higuera seca, por ejemplo? Una de dos, o la decía en este registro, o bien es que estaba loco de atar. Y segunda: por supuesto, los evangelios canónicos no son los únicos testimonios con valor histórico. Existe una ingente literatura de la época, fuera de la norma canónica. Para el historiador, y el novelista participa de la historia en este tipo de novelas, estos otros testimonios poseen carácter semejante de validez, en ambos casos relativa. Bien, por último, Del Villar interpreta a lo drástico algún que otro aspecto de la novela: en ésta no se dice que el discípulo amado redactara el evangelio de Marcos, sino que éste lo fue por su influencia. Lo que sí escribió fue el de Juan, porque él mismo es quien lo dice y sabemos que su «testimonio es verdadero».

 Su tesis afirma que ese «discípulo amado» está en múltiples ocasiones junto a Jesús y los suyos, ¿es esa una garantía suficiente para justificar ka verdadera identidad de este joven con Juan Marcos?
 No. Por supuesto, el que el discípulo amado estuviese en múltiples ocasiones junto a Jesús no es garantía de nada. Sí es, por el contrario, indicativo, si esa presencia física la unimos a otros factores de protagonismo en relación con Jesús. ¿O es que es significativo que recline la cabeza sobre su costado durante la cena de Pascua, que sea él solo quien le acompaña —de entre sus discípulos—en el Gólgota, o que sea el rimero, después de María Magdalena, en llegar al sepulcro vacío, y el primero en «creer»? Si el discípulo amado no puede ser el apóstol Juan, uno de los «hijos del Trueno», y créame que esa identificación entre uno y otro, como mantiene la tradición — que no el dogma—católicorromano, es punto menos que disparatada, entonces, ¿quién es ese muchacho? ¿Por qué lo amaba Jesús, de la forma tan explícita en el cuarto evangelio? Es un mismo especialista católico, exégeta máximo del cuarto evangelio, Rudolf Schnackenburg, quien nos lo dice: un personaje muy especial. ¿Y por qué iba a ser tan especial, sólo porque había acompañado a Jesús? No, hay otros múltiples aspectos reveladores, sobre los que Hereza se extiende, y que, como el propio Miret Magdalena señaló en el acto de presentación a la prensa, hacen que la tesis mantenida en la novela, creíble o no por cada lector, no sea, al menos, objetivamente, absurda.

 Esa visión del joven cubierto con una sola sábana ante el suplicio de Jesús justifica el detalle de contar un relato y hacerlo creíble, confirmando, además, como se dice en la novela que fue hijo del crucificado y de María Magdalena.
 En el Gólgota, «el discípulo a quien Jesús amaba», recibe una revelación. Es una revelación tal que Jesús parece haber esperado hasta ese «último instante», de aquí su valor testimonial y humano. El texto neotestamentario dice: «Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí a tu madre. Y desde aquella hora la recibió en su casa» (Juan, 19, 26-27). Sin embargo, la traducción es incorrecta, porque el texto no dice su madre ni tu madre, sino la madre en ambos casos (ten metera, ten metri). Si, filológicamente, es así, ¿a qué madre se refería? ¿Forzosamente a María de Nazaret?... En los cuatro evangelios canónicos se dice expresamente que allí estaba María Magdalena, no así de María de Nazaret. Pero es que en,  Actos de los Apóstoles, (12, 12) se dice que la madre de Juan marcos—que esta es la identidad del discípulo amado—era María, en un contexto en el que es plausible identificarla con María Magdalena. Luego, ¿a qué viene tanto ruido? Sin embargo, la tesis de Hereza no se mantiene por eso sólo, que a lo más es un indicio, sino a que otros aspectos, incluso teológicos, que son de extrema expresión para expresar la relación de Jesús para con el Padre, que de el discípulo amado respecto de Jesús: esto es in sinu, en el seno; esto es, que estaban, ambos, en el seno, el uno del Padre y el otro, de Jesús. Podrían señalarse otras concurrencias.

 ¿Sería hoy una herejía postular que Cristo no resucitó como puede entreverse en su novela?
 En buena lógica, el término «resurrección» podría referirse a un otro sentido, que no el de «morir bien muerto» y volver a la vida. Puede referirse, también, a «vencer la muerte». Y muriese bien muerto o simplemente estuviese en coma profundo, la verdad es que, en ambas hipótesis, sí venció a la muerte. Esto es, cumplió con el «programa profético» de regresar. ¿O es que, en el segundo caso, no implica una voluntad sobrehumana? Otros lo habían intentado antes que él, resistir al suplicio, y no lo habían conseguido. Para mí, al menos, este segundo sentido no vulnera el término «resurrección». Pudiéramos aducir razones clínicas, aventurarnos en disquisiciones forenses, para mostrar la dificultad que en la época implica diagnosticar una muerte en grado de fiabilidad absoluta. Argumentar, por ejemplo, que Jesús estuvo colgado de horas nona a tercia, ni cinco horas, y que es el propio Flavio Josefo quien afirma que algunos supliciados resistían hasta tres días. En fin, lo que pretendo decir es que entra dentro de lo razonable suponer que «venció a la muerte» en este otro sentido. Ahora bien, si la resurrección mistérica es de creencia forzosa, a tenor de «si Jesús no resucitó, vana es nuestra fe», y hacemos de ello una obsesión, además de un dogma, aquí, lógicamente, se separan los caminos. Hay que recordar, no obstante, que se puede ser cristiano, y sentirse uno como tal, sin que uno haya por fuerza de ser católicorromano. En tal caso, son ellos los que excluyen, no los que pensamos con la mente con la que Dios nos ha creado.
  ¿Hasta qué punto sus repetidas afirmaciones sobre el padre y la madre del discípulo pueden abrir un debate teológico sobre una cuestión tan delicada?
  De todo punto. Primero: si Magdalena tuvo vínculo humano con Jesús, habría de ser replanteado el celibato sacerdotal, además del sacerdocio de la mujer, actualmente prohibido. Y segundo: habría de reconocerse que, además de una iglesia petrina (patrimonial, masculina, jerárquica, externa), existió, por propia decisión de Jesús, otra, complementaria, de estirpe joánica (igualitaria, feminista, interior, mistérica). Ahí está el problema, en el inmovilismo romano.

 El recurso del joven a quien dictaba Juan Marcos es evidentemente muy literario, ¿algo que también justificaría esa nueva obra suya?
 Es que, según la tradición, en su ancianidad el discípulo amado tuvo ceguera creciente. El recurso de «dictar» era, además, muy de la época. No estaba yo pensando en un recurso literario, no. para el caso hubiera sido lo mismo prescindir de Prócoro, su escribiente. Él en la novela carece de mayor protagonismo.

 ¿El discípulo amado teoriza desde un punto de vista neotestamentario o entretiene como relato de ficción?
 Ambas cosas son compatibles. Una novela, sin embargo, en tanto se dirige a unos lectores hipotéticos, en cuanto género ha de disponer sus recursos con la finalidad de que su lectura sea lo menos árida posible. Pero escribir para «entretener» es algo que no entra en mis objetivos. Entretener, por sí solo, no es un valor literario. Sería convertirnos a los escritores en siervos, sería despojar al acto literario de toda su posible grandeza. Y yo no siento que el escritor, ni nadie, haya de ser un lacayo de las apetencias de los demás. Además, la literatura como entretenimiento tiene los días contados. A la gente, y los jóvenes en especial, les entretiene más cualquier cosa que la literatura.

 ¿No sé si en esta novela ha querido ver más allá de la tradición cristiana y, además, si los lectores hemos de cuestionarnos la verosimilitud de lo que se dice o simplemente dejarnos llevar con su gratificante lectura? 
 Creo haber mostrado, en el transcurso de esta entrevista, que esta novela es algo más que una elucubración o simplemente un relato sin incidencia en asuntos que competen a la conciencia de muchos. Si el lector desinformado opina que no, que simplemente es un relato gratuito, yo habré de reconocer que no he sabido articular correctamente la intencionalidad con el argumento. Todo puede ser.



                                                *    *    *    *   *   *
           
     Desde entonces, recién inaugurado, el 2000, no ha dejado de publicar, poesía ensato y otras cuatro novelas que muestra la inquietud renovadora de este granadino.

Santuario del odio (Barcelona, 2006). Rocaeditorial. 299 págs.
La espada de Miramamolín (Barcelona, 2009). Editorial Roca. 217 págs.
El hombre de tierra (Motril, 2009). Padaya Editores. 255 págs.
Rey tiniebla (2012). Editorial Almuzara. 344 págs.


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