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domingo, 25 de octubre de 2015

Desayuno con diamantes, 58



ADIEU, TRISTESSE
Bonjour, tristesse, celebraba 60 años en 2014, después de su publicación en 1954.             
   "La gente que escribe libros rara vez son intelectuales. Los intelectuales son gente que hablan sobre los libros que han escrito otros." 



   Una jovencísima Françoise Sagan (Cajarc, Lot, 1935-Honfleur, Normandía, 2004) se convirtió tras la publicación de su primera novela, Buenos días, tristeza (1954), en un fenómeno editorial que conmovió a la sociedad francesa del momento. Autora de algunos éxitos narrativos posteriores, escribió teatro y algunas, poco afortunadas, incursiones en el mundo del cine con guiones de escaso éxito, sus obras fundamentales fueron traducidas a las principales lenguas europeas y al resto del mundo. Los historiadores y sociólogos franceses opinaron que la década de los 50 iba a representar para Francia el inicio de una nueva época; tal vez, por este y otros motivos, la obra de una desconocida Françoise Sagan provocó un auténtico revuelo en diciembre de 1954, a quien calificaron como “la hija de su tiempo” porque su novela supuso un ajustado testimonio, un modo nuevo de entender la existencia que, tras comenzar a fraguarse en la década de los cincuenta, marcará las décadas siguientes y se convertirá en una parte de la conciencia de los países occidentales. Francia había vivido dos períodos de postguerra que provocarían un profundo análisis de conciencia colectiva y desembocó en la asunción, por parte de la intelectualidad francesa, de una auténtica lucha de ideologías: existencialismo, surrealismo, marxismo, cristianismo, que sentarían las bases de un nuevo concepto de hombre y de su realidad. Este desarrollo intelectual provocó una literatura comprometida, que sembraría interrogantes y respuestas sobre los aspectos y las dimensiones humanas. Sin embargo, la sociedad francesa de la década, la vivida por una adolescente Sagan, ha despegado económicamente, y más bien sufre esa crisis de identidad que surge tras la guerra y la constitución la IV República, entre 1946 y 1958. El escritor se situará al margen de una ciudadanía ávida por vivir, conocer el mundo de la información, los modos nuevos de existir y las diversiones, así que el ambiente literario se repliega y surge la denominada generación de “los hijos de Hiroshima”, o “los hijos del absurdo” porque simbolizan una sociedad que ha perdido sus señas de identidad; una explicación de la existencia humana para abordar nuevos proyectos: los movimientos de liberación femenina, las mejoras en las condiciones de vida de la clase obrera, el sistema educativo con un nuevo replanteamiento y el papel de la cultura en una sociedad moderna, cuyos efectos desembocarán en las revueltas estudiantiles de Mayo del 68. La bonanza económica francesa, iniciada entonces, impulsará una dinámica social que invitará al resto de sociedades occidentales a la avidez del consumo, al goce inmediato en todos los ámbitos por ese intercambio económico europeo llevado a cabo, y la cultura, o la diversión se entenderán como un fenómeno de masas, incluso la literatura sustentada hasta el momento por la burguesía y sus gustos clásicos, llega a un público atento a la imagen que le proporcionan los medios; es decir, se leerá en función de la promoción publicitaria, el premio otorgado, o la notoriedad por el escritor/a de moda en cuestión. En este ambiente de un giro total hacia paisajes distintos, la Francia liberada y el respiro de jóvenes deseosos de mostrar al mundo sus ansias de libertad y de cambio, en ese mundo narrativo Françoise Sagan ofreció, Buenos días, tristeza.



La nueva novela
    Una nueva generación de novelistas elaborará desde la década de los 50 una producción que se desentenderá de los planteamientos cruciales de carácter universal, así la novela para ellos deja de ser un lugar de propuestas y debates para convertirse en una historia contada con amenidad e ingenio, en la que tienen cabida ingredientes autobiográficos que lleven al lector a ese deseo de evasión. La Nueva novela empezará por entonces a conocer sus primeros frutos, una época de convivencia donde la novela de corte más tradicional como Buenos días, tristeza convivirá con El mirón (1955), de Robbe-Grillet y La consagración de la primavera (1954), de Claude Simon, auténticas bombas para la narrativa de corte clásico. De auténtico fenómeno sociológico sería calificada la novela de Sagan, divisa perfecta de un modo de entender la escritura, un saludo juvenil de helada delicadeza y que por su contenido se convirtió  en un auténtico escándalo que sorprendió al público lector.

Buenos días, tristeza
   La novela en su calidad de testimonio social o como auténtico documento de renovada necesidad en que la literatura tiende a recrear esa difícil adolescencia, influirá de un modo decisivo en la existencia de una conciencia colectiva francesa. Y la propia Sagan supo asumir y utilizar, tanto en su vida diaria como en el resto de su obra, este primer paso literario que, según manifestación propia, le permitiría ser libre, su auténtica pasión, y proporcionarle libertad para disponer del tiempo y del espacio. En realidad, Buenos días, tristeza sirvió como un auténtico pistoletazo de salida para el resto de una vida y un ejercicio literario marcados por el signo de la velocidad más absoluta. Tras ese primer éxito, las sucesivas publicaciones de la joven narradora quedarán entreveradas con la crónica de su vida más personal, complementada por los medios de comunicación que daban cumplida cuenta de sus actividades, mezclando la crónica sentimental con su leyenda de vividora y consumidora de todo tipo de estimulantes, así como de su acentuada vida nocturna. La novela de Sagan se inscribe en esa tradición especialmente característica del panorama literario francés del momento, novela de análisis psicológico escrita en primera persona, un tipo de relato que conduce el narrador en la totalidad de su existencia, o en una determinada parte de su vida a resaltar, confirmando que su discurso es de lo más fidedigno. Así en Buenos días, tristeza, Cecilia, la protagonista, es una jovencita de diecisiete años, que está dispuesta a cualquier cosa para no perder esa dolce vita que lleva junto a su padre, Raimundo. Huérfana desde los cuatro, Cecilia se ha criado en un colegio, de donde salió para unirse al jolgorio familiar. Su padre es un rico heredero juerguista, mujeriego y vividor que convierte su vida en una auténtica fiesta. Cecilia lleva junto a su padre una vida despreocupada, frívola y libertina hasta que él invita a Ana, antigua amiga de la madre de Cecilia, a pasar las vacaciones con ellos en una villa en el Mediterráneo. Ana personifica todo lo que ellos no son: mesura, sensatez, aceptación de las normas; el padre se enamora hasta tal punto que decide casarse con ella, quien a su vez se preocupará como una madre por Cecilia, implicándose en sus estudios y proporcionándole una buena educación. La joven se debate entre la voz de su conciencia, que le habla de la conveniencia de convivir con una mujer cabal, y sus instintos de supervivencia, que le avisan de que Ana acabará con la extravagante forma de vida que, tanto su padre como ella, han llevado hasta ese momento.




     El compromiso de Ana y Raimundo coincide con los primeros escarceos amorosos de Cecilia, y Ana trata de evitar que la joven corra demasiados riesgos. Cecilia, que ha crecido sin el amor de una madre, se ve tentada por las atenciones maternales de Ana; pero al mismo tiempo, sus ansias de libertad y la dulcificación de su vida le llevan a urdir un plan para librarse de la prometida de su padre, porque Françoise Sagan dibuja una Cecilia inteligente, fría y manipuladora y no le costará trabajo alguno en convencer a su joven enamorado y a la ex amante de su padre para que interpreten una absurda comedia, trampa en que cae Raimundo, personaje inconsistente, aunque Cecilia no calculará un detalle que terminará en tragedia. El principio y el final de la novela forman un círculo temporal perfecto, y la vida de ambos personajes principales, hija y padre, no cambia. Es, sin duda, la regla de oro de una vida disipada, no preocuparse en exceso por nada, aunque haya razones para ello, y Cecilia sabrá que nunca volverá a ser la misma, tras una auténtica tragedia posible.

Fortuna de Sagan en España             
     Traducidas, sus obras importantes, el fenómeno editorial llegaría a nuestro país el mismo año de su publicación en Francia, una traducción encargada por Plaza & Janés, una presencia constante, que para los lectores españoles supuso el acceso a un universo de costumbres y una visión de la vida que chocaba frontalmente con la sociedad del momento. Años después, dos libros singulares ofrecían otra perspectiva de la narradora y que, si no figuran entre su ficción, aportan esa íntima visión desgarradora y tóxica en que se convirtió su vida tras el éxito de Bonjour, tristesse. El Cobre Ediciones publica en 2009, Desde el recuerdo, una obra autobiográfica escrita con su habitual estilo directo, algunas de las pasiones que la llevaron a sonados escándalos, y a consumar una vida al límite. La buena vida, las excentricidades, el juego, fueron sus pasiones. Habitual del boulevard de Saint Germain, solía verse con Juliette Greco, Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, moradores de un París de profundas ideas revolucionarias, repleto de excesos de todo tipo. Los nombres de Billie Holiday, Tennesse Williams, Carson McCullers, Orson Wells, Rudolf  Nureyev y, sobre todo, Jean Paul Sartre, conforman la agitada existencia de alguien que provocaría escándalos en su existencia, privada y pública, además de los excesos que el alcohol y las drogas le permitieron. Con una prosa clara y contundente, los textos ofrecen opiniones sin reservas y expresan esa combinación de cinismo, sensualidad e indiferencia, característica de su prosa, o de su propia actitud. Sagan escribe sobre quienes admira, sobre las tragedias vividas por esos personajes, atormentados como ella, y a través de esta colección, diez textos en total, ofrece un sincero retrato de sí misma. Escribe con ese entusiasmo juvenil y evoca algunos de esos aspectos favoritos que conformaron su propia vida: el sol, el ocio, los coches, ciertas compañías, o sus lecturas adolescentes: Gide, Camus, Rimbaud o el eterno Proust. Y ofrece, esa lucida visión de vértigo conque llevó su ludopatía, cuando prácticamente buena parte de su adolescencia y madurez se desarrolló sobre los tapetes verdes de Saint-Tropez, y quedó reducida a la débil sombra de aquella joven despreocupada por el éxito de su primer libro, porque solía divagar acerca de lo presentido, y todo lo observaba, con una candidez casi infantil. ¿En qué se parece la tragedia a la vida? Parte de la respuesta está en Desde el recuerdo, buena ocasión para volver sobre la narradora tras algunos años de silencio y de sufrimiento.
     Ático de los Libros rescataba, Tóxica (2010), un joya autobiográfica donde la autora desmenuza sus intentos para desengancharse de una droga a la que se había vuelto adicta por culpa de una medicación. Sagan intentaba exorcizar sus fantasmas internos a lo largo de esos días, y llevó un diario sobre su internamiento. El breve volumen, apenas 96 páginas, permaneció oculto hasta 2009, cuando se publicó en Francia, cinco años después de la muerte de la narradora, ocurrida en 2004 a los 69 años. La autora no se puso límites y decidió liberarse a partir de la redacción del cuaderno, así lo advierte ella misma en la primera página de Tóxica: “En el verano de 1957, tras un accidente de automóvil, fui presa durante tres meses de dolores lo suficientemente desagradables como para que se me administrase a diario un sucedáneo de la morfina "875" (Palfium). Al cabo de estos tres meses estaba lo suficientemente enganchada como para que se me impusiera una estancia en una clínica especializada. Fue una estancia corta, pero durante la cual escribí este diario que volví a encontrar el otro día». En ese tiempo, buscará refugio en lecturas, en algún momento placentero, le sucede con Apollinaire o con Proust, pero también un sentimiento de derrota y hasta de ironía cuando el libro que está leyendo no es de su agrado, lo afirma respecto a “El libro sobre Baudelaire es decididamente de un débil mental. Me empiezan a doler los brazos. Mala señal. El libro de Céline es bastante espantoso. De hecho, me plantea una pregunta: cuando salga de aquí, ¿puedo o no llevar cien mil francos a Céline? Me parece que es la pregunta que debería plantearse todo lector atento”. El libro, en su conjunto, sin pulir, ofrece un texto aparentemente rápido en su escritura, aunque el planteamiento de este tipo de textos resulte insólito en la literatura.


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