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sábado, 17 de octubre de 2015

Hoy tomo café con…



Ariana Harwicz
     “Existe una falsa asociación, o una asociación muy rápida, entre la escritura contemporánea y lo sórdido. O la visión de la literatura contemporánea como oda a la sordidez”.



    Ariana Harwicz nació en Buenos Aires en 1977. Realizó estudios de guión cinematográfico en la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica; y de dramaturgia en la Escuela de Arte Dramático y completó sus estudios con una licenciatura en Artes del espectáculo en la Universidad Paris VIII y con  un máster en Literatura comparada en La Sorbona.
         
      Su primera novela Matate amor (2012) (fue publicada en Argentina en Paradiso, y en España en Lengua de Trapo) fue traducida al hebreo, y adaptada al teatro. Además es autora de un libro escrito en colaboración, Tan intertextual que te desmayás (Contrabando, 2013). Y ahora Mardulce acaba de publicar, La débil mental (2015).

        ¿Está usted de acuerdo en esa afirmación que su literatura provoca, de alguna manera, cierta perturbación?
      Escribo perturbada, no puedo sino, así que debe ser cierto el contagio.

        ¿La distancia geográfica de su país le proporciona una mejor visión de los temas que ensaya en sus obras?
        No la distancia con el país pero la distancia con una vida conocida. Ese efecto de distanciamiento con el mundo doméstico, con el lenguaje, con la gestualidad aprehendida. Y por si eso fuera poco, con la ciudad. Retirarse ayuda a ver. Pero igual lo que tiene que producirse para escribir es algo más misterioso porque yo estuve encerrada en la misma casa de campo en la que vivo ahora, afuera menos quince grados y las ventanas tapiadas de nieve, el fuego, el silencio eterno y yo, y no pude escribir ni una línea. O sea, escribí mil páginas, pero al final no quedó nada.

        ¿Es verdad que no hay nada más sórdido que el deseo?
        Es mentira, yo dije “No hay nada menos sórdido que el deseo”. Lo dije para contrarrestar lo que a mi parecer a veces es una falsa asociación, o una asociación muy rápida, entre la escritura contemporánea y lo sórdido. O la visión de la literatura contemporánea como oda a la sordidez.

        Su reciente novela, La débil mental (2015) es una novela inquietante, violenta, muestra una absoluta desolación, y está plagada de una insistente pulsión sexual; ¿es su forma de contar como es la condición humana?
        Esta hija parida por esta madre en particular tiene una pulsión sexual inagotable. Un deseo sexual inapagable. Ningún embarazo ni ninguna situación lo detiene. Sigue, sigue, es intolerable. Eso las une, eso las hace odiarse, es el tejido entre ellas, y esa casa de camas abiertas, deshechas, de ropa mojada debajo del colchón.

        Ud. ha llegado a afirmar que tiene dos obsesiones, lo erótico y la muerte, ¿cómo se traduce, o intenta explicar este binomio en La débil mental?
        Es igual, la muerte las lleva a lanzarse a la cama con un tipo sucio y extranjero a la madre, con un hombre casado que a penas la visita a la hija, y tienen ese mismo recuerdo de la abuela, esa sombra. ¿Qué engendra qué? La muerte al deseo o al revés.  Cómo se alimentan. Pero después al espirarse por la cerradura lo que se ve es goce.  Ese es el ritmo de la casa como en otras al entrar uno huele a galletita de limón.

        Su concepto del mundo familiar, ¿es meramente convencional?
        No. En realidad, nada me parece convencional o no se puede escribir acerca de eso. Me gusta estar en familia, rodeada de varias generaciones, la mesa servida, la cocina con gente entrando y saliendo, el llamado ancestral “a la mesa” o “a table!” el ritual del ritual y ver todo lo que pasa por debajo, lo que se desliza, el entramado, el tipo que se pegará un tiro dos días después pero que por ahora acomoda su servilleta o se peina los bigotes, alguien que contiene el llanto mezclando una salsa, todo lo encubierto en la felicidad. Es un género que no se agota.   


Se lo pregunto porque, en  La débil mental, madre e hija juegan y se divierten juntas pero en mitad de una violencia desatada, ¿es así?
        Sí, eso es lo mejor, ves una pareja que se divierte un día de sol al final del verano, trepándose uno sobre el otro, hacen un asado, salen a caminar las mujeres con los niños por el bosque, en medio de la carretera pasa lento un puercoespín, respiran el humo de carne y de repente alguien estalla en llanto porque se acuerda de algo, o se tuerce una mano y se vuelve loco, y las puertas empiezan a cerrarse con violencia o se rompe un vidrio y los niños quedan a la deriva, esa combinación justa es lo más difícil de captar.

        El escenario en esta novela parece vacío, ¿es una necesidad suya inherente para contar sus historias, o se deja influir por el medio?
        Las dos cosas. El medio ayuda a mimetizarse, a no agregar cosas de más, a depurar la mirada y por ende la escritura. Pero además me gusta eso, síntesis, encierro, vacío. No vacío porque hay yuyos, hay cazadores, hay pubs y cerdos salvajes, pero nada más.

        Sus personajes, concretamente, los femeninos, ¿están todos, realmente, atormentados? Es una observación porque en su novela anterior, Mátate, amor (2012) la protagonista parece estar aislada de todo.
        Sí, en Matate, amor hay una atmósfera de thriller, en La débil mental de obra de teatro del absurdo y en la próxima novela, Precoz, clima de película de terror. Pero todo nace de estas mujeres algo atormentadas. Todo es culpa de ellas.

        En realidad, madre e hija, ¿añoran una vida normal?
        No creo, no. No sé si pudieron tener alguna vez una vida normal.

      La novela tiene “casi” una estructura cinematográfica, ¿pretende condensar así mejor esa apocalíptica visión de los hechos de ambas mujeres, a base de escenas?
        Mientras la escribía la veía, en esa visión, en esa proyección de la escena no hay diferencia con el guionista o el dramaturgo. Creo que sí hay un efecto buscado de condensar las acciones, de restringir el perímetro lo más posible. Es como en un ataque de algo, locura, de hambre, de  calentura, como en toda pulsión, uno va al punto, a la yugular.

        Finalmente, ¿qué parte le deja al lector para que juzgue a sus protagonistas?
        Espero que todo. En ningún momento, ni al imaginarlas, ni al escribirlas ni al corregir pienso en la mirada del otro, en lo que producirá, en los efectos colaterales. Solo me interesa que estén vivas. Que desaten su angustia al punto máximo y poder captarlo en las palabras.

        Lo suyo, en la literatura, en realidad, ¿es un acto de rebelión?
        Iba a decirte que no porque me pareció presuntuoso, pero en verdad, sí. Escribir es lo que le da interés a todo lo demás, si no para qué la casa, las reuniones, el niño, las cuentas.
 


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