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miércoles, 14 de octubre de 2015

John Steinbeck



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DIARIO DE RUSIA



     John Steinbeck, escritor y Robert Capa, fotógrafo, se embarcaron en un viaje por la Rusia soviética justo después de que el Telón de Acero cayera sobre la Europa del Este. Fue un largo periplo por la Unión Soviética con el fin de escribir sobre las devastadoras consecuencias de la guerra, y así poder tomar nota de la vida cotidiana en los campos y las ciudades, viajando por caminos intransitables, visitando familias y recalando en su vida cotidiana para observar como las desgracias de la ocupación y la lucha modificaron el sentido de su existencia. Sin embargo, como queda patente a  lo largo del reportaje-libro, no se trata de un panfleto sobre una ideología política determinada sino que, a través de la escritura de Steinbeck y el documento gráfico de Capa, se recoge el espíritu de un de todo un pueblo que con su trabajo intenta reconstruir su vida, volver a divertirse y buscar un futuro para su existencia.
   John Steinbeck (1902-1968) era entonces uno de los autores norteamericanos más conocidos e importantes, con algunas de sus principales obras ya publicadas, A un dios desconocido (1933), De ratones y hombres (1937), Las uvas de la ira (1939) o La perla (1947) y un Pulitzer en su haber; Robert Capa (1913-1954) había logrado su fama como fotógrafo durante la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial para la revista, Life, proyectando así su obra a niveles internacionales, y en esos momentos había fundado la agencia Mágnum, junto a Cartier-Bresson. El origen de este trabajo en común, A Russian Journal, 1948 (Diario de Rusia, 2012), está en la barra de un bar del Hotel Bedford de la calle 40 Este, donde coincide con Capa y mientras ambos saborean una o más copas de Suissesse, que les servía Willy, el camarero habitual, una bebida que según él mismo logra hacer mejor que nadie en el mundo, y así a tenor de las informaciones que provienen del otro lado del Telón, se plantean compartir una serie de reportajes, escritos y gráficos, sobre la Rusia de Stalin, porque en los periódicos del momento se publicaban centenares y miles de palabras a diario, a cerca de los planes del Soviet Supremo, las tropas rusas, los experimentos con armas atómicas y misiles, noticias que se sabían y eran irreprochables, aunque lo que a ellos se les había ocurrido en aquel momento era sobre lo que nadie escribía acerca de Rusia, ¿qué fiestas celebran? ¿cómo viste la gente? ¿qué comen a diario? ¿qué sirven para cenar? ¿cómo hacen el amor y cómo mueren? ¿de qué hablan? ¿bailan, cantan, juegan? ¿los niños van al colegio? y todo ello en una serie de reportajes que publicaría el New York Herald Tribune. Para esta labor, ambos, intentarían no ser ni críticos ni favorables, incluso su propósito sería llevar a cabo un relato honesto, escribir sobre cuanto vieran, sin opinar al respecto, y sin sacar conclusiones previas al respecto.
    La burocracia soviética les resulta curiosa, desde la posibilidad de obtener una buena habitación de hotel, permiso para que Capa pueda realizar sus fotos, la curiosa joven intérprete que los acompaña, o las diferencias entre la ciudad de Moscú y la tristeza o seriedad de sus gentes, a lo distinto que resultan los alrededores y el campo ruso, y la hospitalidad de sus gentes en las ciudades más pequeñas por donde realizan sus visitas. Y una curiosidad aun mayor, los diferentes viajes que se proponen ambos reporteros siempre pasan por Moscú, es decir, para ir de Kiev a Stalingrado, se debe volver y salir, de nuevo, desde Moscú porque desde allí el sistema de transporte funciona como los radios de una rueda. Lo cierto es que ambos, esa extraña pareja que en aquellos tiempos, se encontraban con el ánimo bajo, recorrieron Moscú, Kiev, Stalingrado y las estepas y granjas ucranianas. En los pueblos granjeros de Shevchenko admiran la fortaleza de sus gentes, y de sus granjas, conviven en la Ucrania fría y hostil que se abre paso tras el horror de la guerra y realizan una pormenorizada descripción de su visita a estas aldeas y anotan la amabilidad y hospitalidad de sus gentes, cómo viven, trabajan, comen, disfrutan o rehacen una vida desgastada después de tanto horror. Capa irá fotografiando los rostros de los niños, las mujeres cocinando, la labor diaria en el campo y la cotidiana de un pueblo orgulloso que siente que debe volver a vivir una nueva vida, pero en colectividad, frente al sueño americano y alguno de sus presidentes más queridos: Franklin D. Roosevelt. 
    Capa regresó con unos cuatro mil negativos y Steinbeck con unos cientos de páginas de apuntes, sus impresiones en imágenes y sus notas sobre la devastación de la guerra, los niños, los viejos lisiados y mujeres, mano de obra barata, gentes animadas por ese espíritu heroico de un pueblo empeñado en reconstruir un país. Una vez, de vuelta en E.E.U.U. aquel extenso reportaje fue considerado como un auténtico sacrilegio porque Capa y Steinbeck no se habían ensañado con los demonios bolcheviques y, además, para la izquierda ortodoxa, tampoco habían ensalzado lo suficiente la patria del proletariado. Pero, al margen de estas críticas poco edificantes que pertenecen más al ámbito político y muy de la época radical norteamericana, ambos autores lograron realizar una magnífica crónica de auténtica literatura de viajes, un relato honesto de aquello cuanto pudieron observar, con abundantes anécdotas y una colección de historias salpicadas de un finísimo humor frente a las adversidades encontradas y mediatizadas de un régimen estricto, siempre acompañados y bajo la tutela del Comité que lo sancionaba todo y, sin duda, jamás pudieron fotografiar o contemplar en absoluta libertad cuando eran conscientes de que el stalinismo no dejaba de realizar purgas entre los propios disidentes rusos. Lo cierto es que el mundo cambió cuando Churchill anunció en 1946 que entre Occidente y la URSS se interponía un telón de acero y la noticia impactó de tal manera que tanto Steinbeck como Capa comprendieron su compromiso y quisieron estar allí para realizar una crónica lo más fiable posible y, sobre todo, viajaron como dos anónimos, transcribieron o fotografiaron los intereses, las curiosidades, la forma de vida en las ciudades y, volcaron su mirada sobre todo en el campo ruso, estableciendo entre ellos y sus anfitriones un territorio común, exclusivamente humano, libre de prejuicios y de guerras, sobre todo para intentar que ambos bandos no sufrieran el rechazo patológico de una auténtica animadversión de la visión rusa o norteamericana.
   La editorial madrileña Capitán Swing recupera este texto en una espléndida edición que nos acerca a la pluma afilada de Steinbeck y el ojo atento de Capa; ambos ofrecen, a su modo, el detalle, la impresión, el pespunte que dibuja la Rusia del momento, aunque el resultado fue la visión sencilla y prolongada de una convivencia que proclama el más antiguo y viejo, o el más sincero, periodismo de los mejores tiempos.










DIARIO DE RUSIA
John Steinbeck/ con fotografías de
Robert Capa
Madrid, Capitán Swing Libros, 2012; 235 págs.


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