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miércoles, 7 de octubre de 2015

Hoy invito a...



Mariela Ghenadenik


   Nacida en Buenos Aires, la autora es considerada por sus pares y colegas como una de las escritoras significativas de la nueva narrativa argentina.

   Cuenta con diversos cuentos premiados, algunos de ellos publicados en antologías de Random House Mondadori, suplementos culturales y revistas digitales, entre los que se destacan: “En Celo” (2007, Mondadori), “De Puntín” (2008, Mondadori), entre otros.

   Su primera novela "Desde el aire"-finalista del premio Letra Sur- fue publicada por Díaz Grey Editores (Nueva York, 2012).

Desde el aire
 
1.
El piso tiembla. La puerta de la jaula sigue con candado. Malena estira el brazo entre los barrotes y con la punta de sus dedos toca una tela, una camisa de hombre, algo con qué abrigarse o usar como sábana entre ella y el piso de la jaula. Cenizas y restos indistinguibles se le pegan al cuerpo, la humedad del hierro la hace tiritar. Acerca la camisa, las imágenes de los hombres de esta noche se mezclan en cada parpadeo. Malena se envuelve en la tela, nadie la mirará dormir, ninguno de esos hombres la verá despertar dentro de su camisa. No será ninguna de esas mujeres que remolonea entre las sábanas al amanecer. Al lado suyo no habrá nadie mirando cómo un rayo de luz dibuja formas sobre la piel: rayas, un círculo, otra raya entrecortada que se redondea y entonces el cuerpo dormido es una cebra, un leopardo, un yaguareté, un ser mitológico mitad mujer, mitad ferocidad con heridas de luz blanca repartidas por el cuerpo. Malena se acurruca dentro de la jaula, decidida a pasar la noche así; voy a pasar la noche así. Acostada sobre un lado, observa el living en penumbras: botellas y copas rotas, desparramadas sobre las mesas y sillones; el olor a ceniceros repletos y alcohol fermentado se mezcla con el encierro general. Sobre una repisa en la pared distingue las formas de los portarretratos que observó mientras llegaban los clientes: primeros planos de rostros sin importancia, un campo, piletas de agua turquesa, una pareja que no miraba a cámara: ella vestida de novia, él de riguroso traje. Otra en la misma pose, pero la mujer embarazada. Se acomoda de un lado, apoya la cabeza sobre el brazo. El resto de una botella gotea con sonidos huecos antes de secarse del todo; la luz de la calle rebota en los espejos y la oscuridad ahora es menos densa. Antes de cerrar los ojos, vuelve a comprobar que todos se hayan ido.
Una mano intenta despertarla desde el otro lado de los barrotes y Malena abre los ojos, que pronto debe cerrar por el reflejo del día. La luz no viaja en círculos y rayas por las distintas partes de su cuerpo sino que se detiene, puntiaguda, en las pupilas que no logran contraerse. Un uniforme blanco y negro se abulta, trapezoide, detrás de la verticalidad de los hierros; la mano que antes la despertaba ahora sostiene un palo de escoba o de plumero y con él golpea el metal de derecha a izquierda y de izquierda a derecha hasta que la jaula xilofón le hace latir tan fuerte los oídos que Malena no tiene otra opción que abrir bien los ojos.
        —Mirá todo lo que hay que limpiar por tu culpa— protesta mientras abre el pestillo.
Al salir, Malena cae sobre la alfombra, levanta la vista y el uniforme obeso apunta amenazante el palo de escoba, abre la boca para decir algo, después comienza a barrer los restos de la noche anterior desparramados sobre una la alfombra color tiza. Malena gatea en busca de su ropa, dinero, cartera, algo que calme el zumbido, el mareo y los martillos adentro de su cabeza. Los anteojos negros estarían bien para frenar tanta luz. Sus manos guían dónde ir, son lazarillos que deambulan sobre una superficie de peluche áspera y pegajosa que la hace estornudar, recostarse, cerrar los ojos y después vomitar. El blanco debería existir sólo para personas cuidadosas que no dejan marcas ni huellas, que caminan en el aire y desde lejos miran hacia abajo. O para helicópteros que no carretean, que no dejan senderos calcinados ni excesos nocturnos sobre una alfombra.
Sin soltar la escoba, el uniforme vuelve con guantes y un barbijo, una bolsa de consorcio, un balde donde hay lavandina, trapos, esponjas, cepillos y líquidos violetas. Malena, desnuda y ovillada sobre la alfombra, registra los sonidos a su alrededor: el líquido sobre el cepillo, el cepillo en el agua para después raspar la alfombra. El olor a amoníaco trae nuevos espasmos.
        —Tomá, limpiate— con la punta del zapato, la mujer le ofrece un trapo de piso, mira unos instantes hasta que Malena reacciona y vuelve a frotar las manchas.
        —Esto no sale. Qué le voy a decir esta vez a la señora.
El cepillo dejó una aureola amarillenta, la mujer seca la transpiración con una mano enguantada y se levanta con dificultad. El encendido de la aspiradora podría ser el de una motosierra; la mujer del uniforme quita una parte del artefacto y es un oso hormiguero con nariz de metal que persigue en hilera todo lo que encuentra a su paso. Si fuera una boa, podría tragarse a Malena, pero la nariz de metal con ruido de turbina se aleja hacia otra parte de la habitación. Malena cierra los ojos, comprueba: no duerme, no está inconsciente. Sólo inmóvil.
El blanco no podría ser, por ejemplo, para los aviones. Prendería fuego las alfombras antes de despegar. Malena abre los ojos, mira los pies que van y vienen detrás de la aspiradora; no logra moverse. Arriba de un avión nadie se mueve tampoco, el tiempo se suspende, el cuerpo queda fijo en suspenso y revive en otro lugar.
Los aviones podrían ser tumbas voladoras, fosas comunes que transportan cuerpos atontados sin voluntad -atados, firmes, erguidos, los codos pegados- que ejecutan órdenes -abrocharse, desabrocharse- y adoptan distintas poses de estatua -el Moisés, el Pensador, el Beso, el Agobiado, la Piedad, el Grito-. Al viajar todo pasa en diapositivas desorganizadas. Antes podría ser después y al bajar de un avión sólo la firme convicción de que se atravesó el tiempo y la distancia permite distinguir algo real cuando todo podría ser mentira.
Arranca despacio algunas hebras de la alfombra, yuyos de un pasto sin vida. Las alfombras blancas de los pisos elegantes se hicieron para los helicópteros; un helicóptero transita el aire y la dimensión del tiempo sucede en el movimiento que se sucede, en el aire que retumba, en lo que aparece y queda atrás. En esa sucesión surgen los recuerdos, mientras que en un avión puede haber olvido.
        —Un chiquero sería más fácil de limpiar, la alfombra va a quedar toda gris— se queja el uniforme, tan parecido al de Malena unas horas antes. ¿Los señores se van a ofrecer algo más?, había dicho. Y era ella la que se ofrecía a todos ellos, sin nada prolijo en ese gesto, multiplicado por los gestos a su alrededor.
Malena observa los hilos que se van enredando entre sus dedos mientras la cofia echa en la bolsa de consorcio el terremoto nocturno en botellas y copas que no podían estar sino rotas luego de haber crujido, hojas de otoño, bajo los pies de Malena al caminar sobre ellas, sobre el dinero que los hombres iban ofreciendo como migas de pan. Fresnos rojos y amarillos, champagne amarillo con tintes rojos, un Kir Royale hecho de sí misma que dio de beber a cada uno de los hombres que la miraban romper copas con los pies desnudos, los talones de lleno sobre la parte redondeada. Cientos de astillas y cuantas más, mayor felicidad, Mazel Tov, más astillas hundidas en la planta de sus pies.
La mujer arrastra una bolsa cada vez más grande, se detiene frente a Malena que sigue en el piso, la patea. Malena no se mueve.
        —¿Qué te hicieron, nena? Te sangran los pies—. Se miran por primera vez y por largo tiempo. Las manos enguantadas sueltan la bolsa negra y buscan un pañuelo en uno de los bolsillos.
        —Tomá, ponete algo que estás manchando la alfombra y salí del medio—. Putas. Todas putas, resopla.
Cuando se casó su hermana Betina, Malena juntó en un pañuelo los pedazos que quedaron envueltos en la tela donde estaba la copa que rompieron al final de la ceremonia. Cuando todos se saludaban tan felices, Mazel tov, ella guardó la copa rota, contó los pedazos de vidrio y eligió los más grandes, tres o cuatro aunque había cientos. Colocó esos pedazos de vidrio dentro de un frasco y se lo entregó a su hermana luego de la ceremonia. Tomá, acá están tus pedazos de felicidad. Que supiera de antemano la cantidad de años que tendría en total. Betina tomó el frasco y lo estrelló contra el piso: ahora son muchos más, había dicho. Malena pensó en lo irreversible de las copas que se estrellan contra el piso y en si esos restos serían en realidad porciones de una felicidad que nadie juntaría, que serían barridas a la basura, envueltas en papel de diario. El caleidoscopio de un futuro en una bolsa negra de consorcio, ya no dentro de una tela sino envuelto en un recorte del diario, algún instante de alguna noticia, también irreversible, también un tiempo de caleidoscopio que aunque se girara para el lado contrario, jamás recuperaría su forma, jamás podría volver a repetirse como se repite el día cuando un avión viaja a un huso horario anterior.
Cuando Betina se casó, el calor y el agua brotaban de las baldosas del patio de la sinagoga. Betina, que había esperado ansiosa la mayoría de edad y poder al fin casarse, miraba los arreglos de flores sin poder creer del todo ese momento, rezaba en silencio, pedía deseos. La lluvia es bendición, tranquilizaban las mujeres estoicas bajo la tormenta; las gotas que se acumulaban en las pelucas y reflejaban las luces de los departamentos de alrededor, bichitos fosforescentes, coronas de bruma centelleante, lo único que brillaba en la noche, además del vestido de la madre de Betina y de Malena.
        —He aquí, que estás comprometida a mí con este anillo, de acuerdo con la ley de Moisés e Israel— recitaba el novio.
Malena, menor que su hermana, buscó la mano de su madre, que se levantó sin responderle. A pesar del calor llevaba un saco de paño que Sara, la mujer del rabino, había pedido que usara para camuflar un vestido inexplicable.
Después de la ceremonia, hombres y mujeres bailaron separados por un biombo. Betina, en el medio de la ronda aplaudía y saltaba. Del otro lado, una fila de camisas blancas y pantalones negros arrojaban el novio al aire, el rabino hacía equilibrio con una botella de vodka sobre la cabeza y gritaba Mashiaj, Mashiaj, convidaba vodka, ayudaba a tirar al novio al aire que subía y bajaba como si una palanca mecánica lo hiciera todo. Aterrizaba sobre la cama elástica de brazos que volvía a impulsarlo al aire desde donde podía ver una geografía de mujeres que bailaban detrás del biombo. Saludó a su esposa con una mano, Betina sonrió y, como en un cuadro, el novio hubiera podido doblar el cuello y besarla en la mejilla, regalarle un ramo de flores. Cuánta ansiedad postergada de tenerla cerca, de tocarla al fin. En cada salto, la repetición logró acercar algo de aquella suavidad de Betina que los días anteriores a la boda había intentado no imaginar tanto. Y ahora tan cerca, apenas del otro lado. Otra vez saltar, bien alto y tal vez caer del otro lado; podría estirar una mano y rozarle el tobillo. Una vez, otra vez, más alto. La cama elástica de brazos lo acercaba y casi, ahí tal vez podía ser. Pero no quedaron más brazos y nadie calculó atajar el cuerpo que cayó en picada contra las baldosas gris oscuro. Todos dejaron de cantar, la música se detuvo, la sangre espesa se deslizó del otro lado del biombo y alrededor los hombres gritaban no te duermas, no te duermas. Betina quiso atravesar el biombo con su cuerpo o que la arrojaran al aire y ver qué pasaba, porqué lo llevaban al hospital, porqué tenía que quedarse en terapia intensiva después de que lo cosieron, por qué ella tenía que estar en un festejo sin música y entre murmullos, con invitados que no sabían si comer o no, con mozos que no sabían si servir la comida o no porque nadie sabía si servirla o no. Las mujeres rodeaban a Betina, armaban un campo magnético que amplificaba la angustia de la novia, eran cintas transportadoras que llevaban a Betina - bulto de la silla al baño y trataban de convencerla de que con el tiempo encontraría la razón de todo esto, siempre hay una explicación aunque no la entendamos. El rabino le habló con toda la sobriedad de la que era capaz y le dijo que algunos remedios eran amargos, que se aferrara más que nunca a la fe. Betina buscó a su mamá: un cabello rojo furioso se movía entre las mesas y picaba canapés. Malena, en el rincón opuesto al de su madre y al de su hermana, miraba los detalles a su alrededor, los grababa en su memoria.
Ahora, en la alfombra, los baldes de champagne forman barricadas, se mezclan con otros objetos de colores chillones y texturas siliconadas, absurdos a la luz del día. —¿Y esto?— pregunta una y otra vez el uniforme antes de tirar cosas en la bolsa o arrojárselos a Malena que, ya de pie, busca su ropa y el dinero. La mujer le advierte que debe irse ahora mismo o que llamará a la policía. 
        —¿Dónde está?—entre insultos y amenazas, Malena revuelve con desesperación el interior de los jarrones, desarma los portarretratos, introduce sus manos en los huecos de los sillones, deshace almohadones, intenta desprender la alfombra completamente arruinada, esquiva el agua, el amoníaco y la lavandina que la mujer echa sobre Malena hasta hacerla retroceder. Una vez en la puerta, el imponente uniforme logra empujarla fuera de allí.


 










Finalista del Concurso Internacional de Novela Letra Sur.
Dos ediciones para los Estados Unidos y Canadá por Díaz Grey Editores (Nueva York).


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