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sábado, 3 de enero de 2015

Hoy tomo café con…




Pablo Martín Sánchez



“La verdadera historia de Pablo Martín Sánchez aún está por escribir”.



Pablo Martín Sánchez había hecho su primera incursión literaria con Fricciones (2011), un curioso artificio que, según Cristina Davó, “se convierte en una especie de collage en el que la fantasía, el humor, la autoficción, el hipertexto, la metaliteratura, la vida y la muerte son mezclados con la astucia y la habilidad de un cuentista experto”, aunque su vinculación con el mundo de la literatura y el libro provienen de sus variados trabajos como lector, traductor, corrector o librero. Nacido en 1977 (presume cerca de Reus), se graduó en Arte Dramático, es Licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, y máster en Humanidades. Ha picoteado en revistas digitales, Verbigracia y La Siega, y su paso más decisivo fue embarcarse durante cuatro años en la gestación de una ambiciosa novela que la catalana Acantilado publicaba a finales de 2012, y que lleva el curioso título, El anarquista que se llamaba como yo, un debut calificado como, “una mezcla asombrosa de documentación histórica y devenir aventurero”, “pocas veces, la primera novela de un autor joven posee la fuerza narrativa, el profundo conocimiento de la tradición, la ambición de lenguaje y estructura y la carnalidad de los personajes (…)”, “una obra madura, interesante, cautivadora y bien contada. Uno de esos libros que aparecen de tarde en tarde para contar la historia de un personaje, ambientar una época, describir a los prohombres de la misma y engatusar al lector”.

¿Su novela El anarquista que se llamaba como yo es pretendidamente barojiana?
        Pretendidamente no. En ningún momento me planteé tomar a Baroja como modelo, más allá de que su novela La familia de Errotacho me haya ayudado a reconstruir la historia de Pablo Martín Sánchez.

Pablo Martín Sánchez, visto hoy, ¿es una víctima más del momento histórico que vivió?
        Sin duda. Su castigo no fue jurídico, sino político. Sin la dictadura de Primo de Rivera de por medio, yo no estaría respondiendo a esta entrevista.

Cela afirmaba haber encontrado el manuscrito de su Pascual Duarte en una botica de Almendralejo, y usted ha tecleado su nombre en Google, ¿qué hubiera hecho Pablo Martín en aquella época?
        Jeje, supongo que escribir otra novela. Pero aunque “la culpa la tuvo Google”, como ha titulado un crítico su reseña, debo decir que internet fue sólo el punto de partida: de hecho, cuando empecé a investigar, en la red había muy poca información sobre Pablo Martín Sánchez y los sucesos de Vera. Fueron las hemerotecas, los archivos y los lugares donde transcurrieron los hechos los que me aportaron el material necesario para escribir el libro. Y las musas, claro…




¿El anarquismo y la época son, narrativamente hablando, un atractivo aliciente para la literatura contemporánea?
        No creo que más de lo que puedan serlo el fascismo o la Edad Media. Lo importante no es el qué, el dónde o el cuándo, sino el cómo.

Cuando uno se mete en la novela, advierte que usted juega con una cierta fusión de identidades, se nota una profunda simpatía por su personaje, ¿hasta qué punto se identifica con él?
        Supongo que es inevitable sentir simpatía por un personaje con el que has convivido durante cuatro años. En cierto modo se produce algo parecido al síndrome de Estocolmo: aunque no quieras, acabas por establecer un vínculo afectivo. Roberto Bolaño, estando en Alemania, confesó que sentía simpatía por los escritores nazis que protagonizan su libro La literatura nazi en América, y casi le matan. Si encima el personaje se llama como tú, tiene tu misma edad y es condenado injustamente por haber intentado liberar a su país de una dictadura, hay que ser de piedra para no identificarse con él, por mínimamente que sea.

¿La novela salió voluminosa porque la historia lo exigía o porque había mucho que contar?  Se lo pregunto porque quizá usted, también, haya querido agotar el tema.
        ¿Agotar el tema? En absoluto. En el epílogo lo digo: ojalá dentro de ochenta años aparezca otro Pablo Martín Sánchez que vuelva a contar la historia de otra manera. Además, no olvidemos que yo he escrito una novela: la verdadera historia de Pablo Martín Sánchez aún está por escribir. La novela salió voluminosa porque yo quise que saliera voluminosa. Unamuno la contó en lo que dura un soneto.

El porcentaje histórico podemos rastrearlo (siempre podemos dudarlo), aunque visto así ¿el resto de ficción pretende completar al personaje Pablo Martín dulcificándolo, de alguna manera?
        Yo no he pretendido dulcificar nada. Quizá el Pablo Martín Sánchez real fue más dulce todavía.

Esta es una novela sobre una vida de ficción o ha ficcionado una vida como si de una auténtica novela se tratara, ¿me explico?
        Pues no sé, creo que ambas cláusulas son ciertas. Me he esforzado tanto en difuminar las fronteras entre la realidad y la ficción, que ya ni yo mismo sé qué es verdad y qué es mentira. De todos modos, como he dicho en otra ocasión, la verdad y la mentira, en literatura, no son más que prejuicios estéticos.



No me diga que a lo largo de la historia no resulta bonito descubrir una hija con la mujer a quien has querido durante toda la vida.
Yo creo que lo bonito es ver nacer y crecer a tu hija, no conocerla cuando ya tiene quince años.

¿Qué tiene de actualidad una novela como El anarquista…?
        Es una buena pregunta. Supongo que la actualidad de toda novela que bucea en el pasado radica en su posibilidad de explicarnos el presente. Pero viendo la situación actual, uno diría que Hegel tenía razón cuando afirmaba que lo único que la Historia nos enseña es que el ser humano nunca ha aprendido nada de ella. (Tras responder a esta pregunta, me llega la noticia de que un grupo anarquista llamado Comando Insurreccionalista Mateo Morral ha puesto una bomba en la catedral de La Almudena. ¿Hay prueba más evidente de la actualidad de la novela?)

¿Realmente se ha planteado una trilogía a partir de El anarquista que se llamaba como yo? ¿Otras 1.200 páginas más?
        Jeje, sí, es cierto que en algún lugar he hablado de una posible “trilogía”. Pero se trataría de una trilogía sui géneris, una especie de “trilogía del yo” dedicada a esa biografía mínima que nos define a todos: nombre, lugar y fecha de nacimiento. El anarquista que se llamaba como yo responde, obviamente, al primer elemento. De los otros dos, el que tengo más maduro es el tercero: diversas historias cruzadas que suceden en un solo día, el 18 de marzo de 1977. Pero aún no sé si será otra novela de seiscientas páginas, un libro de relatos fantásticos o una ópera cuántica.

Y una pregunta final, en serio, después de este magnífico debut ¿ahora qué?
Ahora, a leer. Que falta me hace.



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