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sábado, 17 de enero de 2015

Hoy tomo café con…



Guillermo Busutil.

“A mí me interesa más la realidad como vestíbulo de la imaginación”.

                                                  

                                                                                © Foto. Pepa Babot
   
     Guillermo Busutil (Granada, 1961) se sumerge, con su nuevo libro, en las promesas incumplidas de diversas vidas, sus relatos recomponen casi una biografía sentimental de los protagonistas de sus historias. Autor de una amplia obra cuentística, Los laberintos invisibles (1986), Individuos S.A. (1999), Drugstore (2003) o Nada sabe tan bien como la boca del verano (2005), forma parte, en igual proporción, de numerosas antologías, Lo que cuentan los cuentos (2001), Cuento al Sur (2001), Pequeñas resistencias (2002), Macondo boca arriba (2006), o Ficción Sur (2008). Sobre su  narrativa breve, el crítico Javier Goñi, has escrito que “sus cuentos nos descubren, sorprenden, enredan y convencen”. Dirige desde 2007 la revista Mercurio.        


-Este nuevo libro, Vidas prometidas (2011), ¿le ha proporcionado una mejor visión literaria?
Este libro me ha permitido mirar mi propio mundo interior; de dónde vengo, que hechos y personas facilitaron que construyese mi identidad, y mirar también el mundo exterior con humanidad, con ternura, con sencillez pero sin olvidar una crítica directa sobre temas que existen en nuestra sociedad bulímica, en la realidad defectuosa en la que vivimos.

-La pregunta responde al buen momento que vive el cuento, deja de ser la cenicienta, y adquiere protagonismo, ¿cuánto hay de verdad en esto?  
Es verdad que el cuento ya no es la cenicienta pero a las doce de la noche, símbolo de la hora del mercado, pierde el zapato de tacón. Las editoriales, las librerías, los lectores han dado un espacio mayor al cuento pero todavía lo consideran un género exigente que requiere lectores entendidos, capaces de saborear la poesía y la precisión que hay implícita en los relatos. Hace falta que el cuento siga escalando más peldaños; que los lectores pierden el miedo a entrar y salir en universos condensados, que ellos y también las editoriales sean más conscientes de que la vida es una sucesión de pequeñas historias y que las exigencias que tiene el cuento son una excelente manera de enriquecer el lenguaje y la mirada sobre el mundo.

-¿En el cuento se presume más del poder de la imaginación?
Hay de todo y para todos los gustos. A mí me interesa más la realidad como vestíbulo de la imaginación. Esa imaginación que no es otra cosa que la lucidez transgresora que tiene la realidad de rondar el otro lado, el espacio donde esconde sus sombras, sus sueños, sus miedos. Y también me interesa mucho contar la épica de lo cotidiano. Me interesa más, como ha resaltado Justo Navarro de mis libros, trazar la vida corriente y diaria como si fuese algo absolutamente fantástico y, en un mismo movimiento, sumergirme en lo fantástico como si fuese algo normal y cotidiano.

-¿Qué circunstancias le llevan a usted a escribir un cuento?
        Unas veces es un fogonazo de la realidad, provocado por algo que escucho, que veo, que vivo o me cuentan. Otras veces el resorte es esa visión del lado zurdo de la realidad del que hablaba antes. Como decía Borges el escritor, el artista, está continuamente recibiendo imágenes, embriones de historia del mundo externo que luego traduce en literatura. Muchas veces los relatos, como decía Miguel Ángel sobre la escultura, están dentro de la piedra de la realidad y solo hay que saber verla, saber sacarla a la superficie y tallarla con suavidad, con firmeza y precisión a la vez.
        

  
-¿Cómo se consigue la perfección en el final de un cuento?
          Cada escritor tiene su fórmula, su manera, sus artes de pescar. No me gusta pontificar con decálogos, casi siempre excluyentes. Para mí la perfección viene por el diálogo con la propia historia, por la relación de seducción y de búsqueda con el lenguaje, con los personajes del relato. Es verdad que rehuyo los finales de golpe de efecto, que a veces  son un artificio, el truco de un mago. Yo prefiero la indagación sobre el tema, sobre la psicología de los protagonistas y la sorpresa que surge espontánea, que está dentro de lo que se cuenta y que hay que saber dejar salir, que te susurre el final.

-Su libro recoge un ramillete de vidas prometidas, ¿o quizá debamos hablar de una visión caleidoscópica de la realidad?
Es cierto, son varias vidas, varios momentos de la existencia que van desde la infancia a la vejez. Cada una de ellas y la suma de todas es una mirada sobre las emociones privadas de las historias, de los personajes, acerca de las dificultades que tienen todas las vidas que son una promesa que se cumplió o no, que lo hizo de una manera diferente a la que uno esperaba. Son historias íntimas de la realidad encapotada y defectuosa que vivimos pero en las que hay que saber ver esos pequeños detalles cuya importancia te permiten ganar o reconciliarte contigo mismo.

-Una curiosidad, usted alterna publicidad entre relato y relato de Vidas prometidas, ¿técnica narrativa o crítica del abuso de ese masivo marketing?
He dejado que el lector decida si son relatos breves o pausas publicitarias. En cualquier caso son promesas estéticas, ideológicas, valores y obsesiones que nos transmiten los anuncios. La publicidad es un placebo contra los efectos de la realidad.

-¿Huellas como las de Poe, Cortázar, o incluso Proust, obligan a un escritor a una rigurosidad mayor?
En Vidas Prometidas hay homenajes a Poe, Cortázar, Proust, Defoe, Cheever, John Fante, Marsé, Homero, Veermer…, que están en la poética de cada cuento. Evidentemente hay que conocer bien la tradición, la esencia de estos grandes maestros, para hacerlo con rigor y al mismo tiempo con un estilo personal, evitando imitar o que sea un eco. Se trata de hacer una relectura desde la poética que uno tiene y que debe distinguirle de los demás.



-Una vida virtual, el paro, la soledad, la incomunicación, ¿siguen siendo algunas de las constantes de lo cotidiano y fuente para escribir un buen relato?
        Un escritor debe mirar de frente el tiempo en el que vive para interrogarlo e interrogarse a sí mismo. Uno también es un ciudadano con la suerte de poder escribir para explicarse a sí mismo el mundo y para transmitirle a otras personas lo que hay detrás de las apariencias, de la prestidigitación del lenguaje político, de la realidad virtual diseñada en los laboratorios de lo políticamente correcto. Mi compromiso está con esa mirada, con el lenguaje, con la memoria, con el presente que nos identifica. Ningún tema de la realidad, de la actualidad, me puede ser ajeno. Lo decía antes, la vida como literatura.

-¿Usted no escribe libros de relatos por acumulación sino que los une siempre con una poética?
        Es cierto. Nunca me ha interesado armar un libro de relatos de aquí y de allá. Para muchos autores no es necesario tener un hilo común porque cada historia es un mundo cerrado. Pero a mí me interesa reflexionar acerca de un tema: la identidad de cada uno como empresa, los aromas de la memoria sensual, la literatura como un drugstore abierto a diferentes lenguajes, o en este libro las promesas. Creo que hacerlo así es más difícil porque supone un reto, pero me permite profundizar, tener una mirada caleidoscópica sobre una  poética común y, una vez cerrado el libro, explorar otro tema con otro lenguaje, otra mirada. Esto te enriquece y te hace crecer como escritor.

1 comentario:

  1. Autor que tengo pendiente desde hace tiempo. No siempre querer es poder... Al menos si la lista de libros que "quieres" es tan amplia como la mía.

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