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sábado, 10 de enero de 2015

Hoy tomo café con…



Herminia Luque Ortiz

“La novela es un viaje de larga duración que no sabes muy bien a dónde te conducirá”.


     Herminia Luque nace en Granada, y es licenciada en Geografía e Historia. Ha publicado poesía y relatos en diversas antologías, Aldea poética II (2000) e Inéditos (2002) y Narradores almerienses (1991) y Relato español actual (2003). Colabora en prensa, ha publicado en la revista Zut y La Caverna de Platón. Su primera novela Bitácora de Poseidón, apareció en 2010, un año más tarde, El códice purpúreo (2011) y ahora sorprende con una nueva entrega, Al sur de la nada (2013), en la editorial malagueña e.d.a. una firme apuesta por la calidad y la buena literatura.

Usted procede del mundo del cuento y del ensayo, ¿la narrativa extensa supone una lógica evolución en su escritura?
No es tan lógica esa evolución. La novela me producía un respeto inmenso, pensaba que jamás escribiría una. Pero llega un momento en el que decides embarcarte en un viaje de larga duración que, por otra parte, no sabes muy bien a dónde te conducirá.

¿Cuándo decide usted contar una historia?
Tienen que darse dos circunstancias. Una es un punto de saturación, cuando una idea que está dando vueltas en la cabeza adquiere la consistencia idónea, la densidad adecuada para pasar a la escritura. La otra es el tiempo, y las circunstancias adecuadas para escribir. En el caso de mis dos primeras novelas, tuve que dejar mi trabajo un par de años -concediéndome lo que llamé “el año de Balzac”-. A cambio de inscribirme en las listas del paro e irme a una ciudad distinta, cuidando a mi hijo de un año...

Sus registros narrativos han sido muy diferentes, Bitácora del Poseidón (2010), muestra un agridulce humor irónico, El códice purpúreo (2011), es un virtuoso acopio de información, y Al sur de la nada (2013), pasado y presente con voz de mujer.
Supongo que eso es la creación: buscar registros diferentes, probar géneros distintos. Es muy legítimo encasillarse en un género, pero eso tiene más que ver con las necesidades de un mercado que con las necesidades expresivas de un autor, con la creación pura y dura. Yo tampoco escribo solamente narrativa, también poesía y ensayo. El ensayo me parece un género muy atractivo, pues actualiza el saber a través de una visión particular, de unos referentes y del lenguaje particular de un autor. En la narrativa, cada historia requiere un tratamiento formal distinto, un vocabulario específico o una búsqueda de información muy concreta por estricta necesidad.


¿Qué importancia le otorga al lenguaje?
Toda. El lenguaje es la almendra, el núcleo de cada proyecto narrativo. Cada obra encierra una poética, un modo de entender la literatura, una forma concreta de realizarla. Claro que hay novelas aliterarias, que son un producto de consumo y no hacen un uso literario del lenguaje sino coloquial, o periodístico, como mucho; pero allá cada cual con la gestión que hace de las palabras y de sus frutos.

En Al sur de la nada los registros lingüísticos son muy variados, precisamente la primera novela corta, el universo de Anica y su relación con Brenan.
No es un registro regionalista ni realista en el sentido decimonónico de los términos; no pretendo reconstruir con fidelidad el habla de tal o cual lugar. Sí es un registro arcaizante en el que empleo palabras en desuso o propias de un área geográfica concreta (la Alpujarra), en una reconstrucción personal. Para deshacer el espejismo de un habla popular recuperada, he dejado caer piedrecitas en el camino, términos impensables en este tipo de lenguaje; no tiene un afán de veracidad dialectológica, como el relato tampoco pretende ser fiel a una verdad histórica.
 
 Las mujeres protagonistas, Anica, Amparo Muñoz y Virginia Wolf, cubren el siglo XX, desde ópticas diferentes, ¿son historias premeditadas y unidas para conformar el volumen?
Sí. Me gusta que las historias, aunque diferentes, guarden alguna relación. Aquí los personajes saltan de la primera a la tercera novela: Woolf, citada en Al sur de la nada, protagoniza La cabra. Y en ésta, aparece Brenan, ya mayor -un incorregible Brenan, dice Virginia- que habla de la belleza de una joven dependienta que ha visto en una tienda de Málaga -Amparo Muñoz- protagonista de Un féretro naranja.


El hilo conductor es la muerte, ¿hablemos de su propósito con este tema universal?
Carne y muerte, son dos caras de la misma moneda, moneda del peaje de la vida. Las dos están en toda mi obra -poética, narrativa, ensayística, aforística-. En este caso, estaba escribiendo un ensayo donde hablo de la muerte, cuando se me cruzaron estas novelas cortas. Y como sólo puedo escribir centrándome en un proyecto, aparqué el ensayo para centrarme en la narrativa y ahí se quedó el tema, el cordón que une los tres abalorios, las cuentas del collar, los tres cuentos.

¿La muerte da sentido a la vida?
Lo que da sentido a la vida es lo que hagas con tu vida, con lo que consideres importante llenarla y llenarte tú a través de esa actividad. A la vez, la muerte es ese horizonte metafísico sobre el que resalta, sobre el que destaca lo que tú vives. Canetti decía que era imposible saber de la muerte y no sentir un orgullo feroz, pues somos, hacemos, soñamos, amamos a pesar de ella, contra ella.

Usted valora la condición humana, ¿háblenos de las tres mujeres de Al Sur de la nada?
Son tres mujeres que nacen en contextos históricos y culturales diferentes pero sus vivencias nos hablan de lo esencial de la vida humana, cosas que podemos comprender y compartir. En el caso de Virginia Woolf he fabulado sobre un destino menos trágico: no se suicida, sobrevive a las aguas del río Ouse y escribe esas memorias que siempre dijo escribiría cuando tuviese sesenta años.

¿Cuánto hay de soledad en estas tres historias?
Exactamente la misma cantidad que en todo ser humano. Todos nacemos a la consciencia solos, y morimos solos con nosotros mismos, aunque estemos rodeados por nuestros seres queridos. No creo que estas mujeres estén más solas o sean más desgraciadas que el común de los mortales. Sólo que sus vidas y por tanto sus desgracias son más patentes, más visibles. 


Muestran ¿el lado oculto de una realidad histórica?
Es una de las funciones de la literatura, contar lo que no cuenta la historia o la crónica periodística: contar la sustancia interior del individuo, cómo vive su intimidad, cómo siente sus vivencias, cosas tan simples -muerte, nacimiento, matrimonio- que luego la demografía convierte en estadística. Contar lo que no existe o lo que pudo existir. La literatura, como el arte, no se contenta con el mundo obligatorio, el que tenemos que vivir. Puede mostrar otro, contar e inventar otro.

¿Su literatura lucha contra el olvido?
La literatura siempre es una apuesta contra el olvido. Una apuesta contra el sinsentido de la vida, la insignificancia de las vidas de los seres humanos. La literatura dice no, no somos insignificantes; merece la pena contar esto, convertirlo en arte y oficio de la palabra. La palabra nos salva de ese caos continuo e imparable que es la vida. La palabra puede compartirse y permanecer.


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