Páginas vistas en total

sábado, 14 de marzo de 2015

Hoy tomo café con…



HIPÓLITO G. NAVARRO
     «La Literatura es el único lugar donde se puede y se deber ser irresponsable».


Hipólito G. Navarro (Huelva, 1961) opina que su literatura es absurda, igual que la vida que llevamos; afirma haber aprendido el sano ejercicio del humor y la ironía a través de lecturas como las de Beckett, Kafka o Hesse. En su obra ha dado sobradas muestras de una perversa imaginación. Su última colección de cuentos Los tigres albinos (2000) y su novela Las medusas de Niza (2000), ganadora del XLVII Premio Ateneo de Valladolid, confirman el valor de una escritura original. Recientemente recibía una mención especial del Jurado de los Premios de la Asociación de Críticos de Andalucía.

¿Qué tipo de irresponsabilidades nos permite la realidad, literariamente hablando?
        La realidad permite muy pocas irresponsabilidades. Es muy egoísta la realidad y quiere todas las irresponsabilidades para ella sola. Por eso el hombre hizo muy bien en inventar la literatura, que es casi el único lugar donde se puede y se debe ser verdaderamente irresponsable.
               
Hasta el momento usted ha resumido su mundo literario en el relato corto, ¿qué le proporciona el cuento?
        A mí me ha interesado desde mis comienzos como aficionado a la literatura invitar como protagonista de todas mis historias al lenguaje mismo. Independientemente del argumento que transite por cada relato, siempre pongo de personaje principal a la lengua, pues considero que, más que los temas, lo importante en literatura es la manera de contar con que el escritor los aborda. El género cuento me permite una mayor libertad a la hora de experimentar con el lenguaje, de investigar con las formas, ocupaciones muy peligrosas para desarrollar en textos largos, que lo único que consiguen es aburrir al lector.
               
Sus colecciones de cuentos le han otorgado una excelente reputación como el autor de una metafísica de la risa. ¿Cree que el mundo sigue siendo absurdo?
        El mundo es muchísimo más absurdo de lo que suponemos. Habría que buscar otra palabra menos gastada que absurdo para señalar la verdadera magnitud del absurdo del mundo. Mis colecciones de cuentos entiendo que son el resultado de mi particular pelea contra la solemnidad; tiene cierta lógica entonces que sea el humor, la risa, la manifestación más evidente de esa guerra.
               
De su libro Los tigres albinos (2000) se ha dicho que traza «itinerarios imprevisibles y anárquicos por los territorios del humor y el absurdo», que en él practica usted una «atonalidad» literaria, ¿quizá porque sus relatos emprenden continuamente un replanteamiento de sus elementos principales?
        Entendida la tonalidad como el conjunto de normas para desarrollar un planteamiento narrativo, como muy bien explicaba Javier Calvo en su reseña para entender lo que quería señalar con el término «atonalidad», es verdad que en los relatos de ese libro, y también de los anteriores, no he querido sujetarme a ningún conjunto de reglas establecidas para abordar su escritura. Soy muy consciente de que la apuesta es arriesgada, de que mi escritura se puede estrellar ante ciertos lectores amantes de las convenciones, pero no lo puedo evitar. Me encanta dinamitar esas normas dentro de una misma pieza, de ahí el «replanteamiento» de tono, personajes, perspectiva, etcétera que se da en muchos de mis relatos. A mí me aburre muchísimo la linealidad.



Sus evidentes deudas con Monterroso y Cortázar, ¿le proporcionan algún tipo de pudor?
        Ninguno. Yo siempre he pagado mis deudas a tiempo, sin que den lugar a intereses. Fueron autores de los que bebí lo justo para no morirme de sed en los tiempos del secarral literario español de mis años adolescentes. Ahora gestiono mis propios manantiales.
               
Usted finalizaba el año con un premio literario, el Ciudad de Valladolid para novela corta; ¿qué supone esto en su trayectoria narrativa?
        Los premios ayudan a dar a conocer a más lectores la obra del autor, a que al autor se le hagan menos cuesta arriba los últimos veinte días del mes, y poco más. La obra del autor debe permanecer al margen de los premios, seguir por el camino que se había trazado, sin distraerse demasiado con la farándula y el «glamour» que rodea a la literatura. En mi caso ha sido toda una paradoja: veinte años escribiendo cuentos y ahora me premian una novela. Cosas más raras se han visto, ¿no?

A Las medusas de Niza (2000) se le ha señalado el experimentalismo español de los años 30, ¿qué opina de esto?
        A la hora de buscar parentescos prefiero quedarme con los que se han atrevido a poner por escrito, así sea en broma, que esta escritura adelanta la que se hará en el siglo XXII. El experimentalismo español de los años 30, del que algo he leído, me parece un poquitín ñoño, demasiado apegado aún a lo decimonónico. Prefiero mirar al futuro, la verdad.
               
Usted relaciona esta novela con su padre y habla de «metáfora de la creación literaria».
        Las referencias a mi padre quedan recogidas únicamente en la dedicatoria, y sirven para ofrecer al lector un guiño sobre la comprensión de una de las lecturas del texto. En la solapa, en cambio, un supuesto lector advierte de otras trampas al asegurar que el autor miente hasta en los índices y las dedicatorias. Este juego metaliterario que contamina a todo el libro, incluidas las solapas y la dedicatoria, forma parte de una trama que quiere servir como metáfora de la tarea del creador, una parábola que cuente de dónde extrae el escritor los materiales para crear su obra. Me he servido en la novela, más que en otros libros, es verdad, de algunos elementos autobiográficos, algunos tan dolorosos que no tuve otra opción que camuflarlos con abundante ficción y tratarlos con la medicina del humor para hacerlos soportables. La tarea del escritor es básicamente ésa: vestir las realidades de mentira, ponerle a la mentira ropajes de verdad, difuminar aún más las de por sí vagas fronteras que existen entre la ficción y la realidad.

¿Escribir es dejar un testimonio personal de la constante mutación del mundo?
        Para mí la literatura es una prolongación de los juegos de la niñez. Sólo leo y escribo por placer. No me interesa en absoluto arreglar nada ni que me arreglen nada con la literatura. Si acaso me interesa desarreglar un poquitín lo que los otros tanto se empeñan en arreglar con sus libros. Tenga en cuenta que yo llegué a los libros después de devorar cantidades industriales de tebeos, que según mis mayores eran literatura que volvía majareta a los chavales. Dejemos constancia aquí entonces solamente de ese estado de majaretez que sigo alimentando con la literatura.


   *La entrevista se realizó a comienzos del año 2001, y después Hipólito G. Navarro ha publicado:
Los últimos percances (Seix Barral, 2005). Relatos. Reúne los volúmenes anteriores, El aburrimiento, Lester y Los tigres albinos, junto con el inédito, Los últimos percances.
El pez volador (Páginas de Espuma, 2008). Relatos. Edición de Javier Sáez de Ibarra. Incluye estudio y entrevista con el autor.

               

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada