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martes, 24 de marzo de 2015

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Alma
“El alma es el espejo de un universo indestructible”.                  
                                                    Gottfried W. Leibniz

Franz Kafka

El castillo, un relato sórdido y onírico




Alfred Döblin llegó a afirmar que los textos de Franz Kafka eran «informes basados en la absoluta verdad, sin invención alguna y, a pesar de su extraña mezcolanza, ordenados alrededor de un centro verídico y muy real». Y, de igual manera, aseguramos que las novelas del checo tienen la esencia de los sueños, pero ¿cuál sería la esencia de esos sueños? En realidad, unas imágenes sucesivas, transparentes y espontáneas, que nos parecen lógicas en todo momento, la emoción y certeza de que las cosas son profundamente verdaderas, y la sensación de que éstas nos tocan muy de cerca.

Universal
Franz Kafka es, sin duda, el escritor más importante de nuestro siglo. Su vida se traduce en una de las paradojas más surrealistas: judío de nacimiento, alemán de lengua, checo de patria, se convierte en el símbolo más desarraigado de la figura de un escritor. Autor de cuentos, sus novelas más importantes aparecieron tras su muerte. Su obra, para algunos, supone la meditación acerca de la ausencia de Dios, o la interrogante sobre el poder y la burocracia; para otros puede ser la apocalíptica visión de un futuro inmediato. Lo que determina la escritura de Kafka es esa necesidad absoluta de librarse de escribir página tras página. Lo mismo que las voces, los gestos, los rostros que a diario observa el escritor deben ser reducidos a la precisa sensación de la palabra, de la frase o del fragmento, según el pulso riguroso que se le exige a la letra. Kafka escribe para vivir, quizá por este motivo el paso de los hechos a la escritura, a la palabra en concreto, nos sirve para identificar la gravedad que sus textos presentan y para percibir el sentido último que parecen augurar. Por todo esto, nunca llegaremos a saber si El castillo (1926) es una crítica metafórica del poder o una simple novela de aventuras, con grandes dosis de humor, o incluso si La metamorfosis (1915) es una simple novela realista o la interpretación de una profunda pesadilla en un excelente tono literario, y aun más si El proceso (1916) encierra una burla a la moderna burocracia bien conocida por el escritor.

El castillo, ilustrado
A la espera de la avalancha de ediciones críticas y variadas de La metamorfosis cuyo centenario celebramos este año, la editorial Sexto Piso publica, su voluminoso e inacabado texto, El castillo, traducido en esta ocasión por José Rafael Hernández Arias e ilustrado, magistralmente, por Luis Scafati.
Es la obra más compleja de Kafka, la que ha provocado las más diversas interpretaciones a causa de la multiplicidad de significación de cada uno de sus elementos. El problema de El castillo está en el sentido general que podemos descubrir en la novela, porque solo en apariencia es el relato de una búsqueda realizada por un héroe que atraviesa una serie de pruebas. Lo importante es definir, si es posible, cuál es el objeto y el fin de esa búsqueda o si realmente la búsqueda existe como actividad realizable. El castillo también plantea el problema de la realidad y la veracidad del significado de las cosas y, sobre todo, de la imposibilidad de una fe ingenua de la palabra. Todo lo que allí se afirma es cuestionable, ninguna de las informaciones que se dan conserva su valor durante todo el relato, cada uno de los elementos en juego tiene varios significados posibles, y cada uno de ellos tan solo provisionalmente son exactos.
El castillo sólo permite una lectura a partir de la desconfianza, puesto que confiar implicaría cometer los mismos errores de su protagonista.
La síntesis de esta obra se resume en pocas palabras: El agrimensor K. acude a la llamada de un pueblo adscrito a un castillo para que realice trabajos profesionales y, con tal propósito, el protagonista del relato deberá abandonar su patria, su trabajo y su familia; pero cuando llega le hacen saber ya no hace ninguna falta y pronto se sentirá marginado por la comunidad y comienza u  lucha a ciegas para entrevistarse con la administración, aunque siempre encontrará todas las puertas cerradas. Así, la obra estructura datos objetivamente contradictorios, que plantean desde el comienzo varios interrogantes: ¿K. es un agrimensor o simplemente asume esa identidad para poder permanecer en la aldea? ¿El castillo existe o es un pretexto creado por la enorme e independiente maquinaria burocrática? ¿K. se dirigía a esa precisa aldea o ha llegado allí por puro azar? Es casi imposible responder a estos interrogantes de una manera unívoca, puesto que la novela se organiza dentro de un plano de gran ambigüedad significativa.
Para el lector que se acerca a Kafka, el problema del mundo kafkiano es la validez de los significados, la mayor o menor hones­tidad con que las palabras designan a las cosas. Esta actitud, que define la obra de Kafka, conforma la base de los gran­des momentos de la literatura del siglo XX. Kafka no sólo presenta héroes sin his­toria, marginados y humillados, cuya actitud fundamental es la espera, sino que plantea a la vez un universo des­quiciado por el absurdo y la arbitrarie­dad, a través de una crítica consciente de las futuras posibilidades de signifi­cación por medio de la palabra y la escritura. Su literatura fue dada a conocer en Francia por André Breton, y no es casual que sus textos hayan sido comentados y seguidos por Sartre, Camus y Blanchot o que se refleje en posiciones tan diversas como las de André Gide, el teatro del absurdo y la novela de la segunda posguerra. Su proyecto literario es aun hoy contemporáneo; la transparencia de su escritura y su impersona­lidad anticipan muchas de las experien­cias más recientes de la narrativa y de la crítica. Y su mundo coincide trági­camente con nuestra actual realidad fracturada y en crisis.

El ilustrador
Luis Scafati, nació en Mendoza, Argentina, 1947. Comenzó a dibujar en la niñez, las historietas fueron su principal fuente de estímulo y aprendizaje. Estudió artes en la Facultad de Artes Plásticas de la Universidad Nacional de Cuyo.
Desde muy joven publicó sus dibujos en diferentes medios nacionales argentinos, las revistas Humor, Tía Vicenta, Noticias, El Periodista, Péndulo, los diarios Clarín, Sur, ADN el suplemento cultural de La Nación, El País de Uruguay, entre otros. Scafati experimenta con el dibujo diversas variantes, el humor gráfico y el cómic tiñen su imagen, desarrollando un estilo ecléctico donde confluyen diversas escuelas y técnicas, (tinta, lápiz, carbón, acuarela, témpera, pastel, transfer).Grabador, trabaja con serigrafía, aguafuerte y litografía. Destacan sus ilustraciones de textos literarios, algunos clásicos como Martín Fierro, Don Quijote, La metamorfosis, Las aventuras de Arthur Gordon Pynn, o Informe sobre ciegos, y ahora, El castillo, entre otros. Sus obras han sido expuestas en Barcelona, Frankfurt y Madrid.














Franz Kafka; El castillo; traducción de José Rafael Hernández Arias; ilustraciones de Luis Scafati; Madrid, Sexto Piso, 2015; 345 págs.


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