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miércoles, 25 de marzo de 2015

Los olvidados


Armando López Salinas


REVISIÓN DE LA MINA
   Las primeras novelas sociales que aparecen en la escena literaria después de la Guerra Civil se ocupan del obrero y del empleado de oficina, y presentan las características de muchas de las tendencias desarrolladas tras el final de la contienda Habían heredado esa plasmación lírica que ofrecía un largo periodo de silencio, y que desembocaría en una novela proletaria con características similares a las ensayados antes de la sublevación militar, aunque con esas nuevas perspectivas se trate de una lucha por el “pan” frente a ese concepto revolucionario en aquellas historias que siempre solían estar tenidas de tristeza y melancolía. Artes y oficios se combinan en estas narraciones, y se capitaliza, al mismo tiempo, ese aspecto vivido en los suburbios de las grandes ciudades, a donde se acude en busca de una mejor vida laboral y personal.
     Diez años más tarde del final de la contienda, Enrique Azcoaga había publicado, El empleado (1949), novela muy galdosiana, aunque en este caso el problema de este personaje es el tedio, la insatisfacción o la amargura que le provoca la estrechez de un minúsculo sueldo con el que nunca llega hasta final de mes, y aunque el autor provoca en su empleado falsas pretensiones de grandeza, este sabe que nunca llegará a nada porque se sabe engañado, y es consciente de lo insignificante de su trabajo. Dolores Medio se ocupa, también, de un tema muy parecido en Funcionario público (1956), aunque en esta ocasión el empleado de Telecomunicaciones, la desesperación y amargura que siente, se verán desde fuera, sin que la narradora recurra a lo que sucede diariamente en la oficina. Jesús López Pacheco construye una Central eléctrica (1958) en una de las regiones más atrasadas de España, según parece en la provincia de Zamora, donde el padre del autor habría estado trabajando y se cuentan experiencias vividas de cerca por el propio López Pacheco. A parir de este momento, tras la aparición de esta novela característicamente más épico-social, y a principios de los sesenta, más relajada la censura de los últimos años, la denuncia explícita y la crítica social de una proletariado harto hace su aparición y, así una novela como La mina (1960), de Armando López Salinas, conmociona a la actualidad narrativa del momento, puesto que este relato se ocupará de un campesinado forzado a convertirse en un obrero. Y lo más curioso de la historia, alejada de los mensajes de López Pacheco que abogaba por una visión universal y epopéyica del trabajo del obrero, aquí se concreta en la vida del minero y de las condiciones en que este debe trabajar bajo tierra. 
    La mina se divide en tres partes que López Salinas titula, acertadamente, “La huída”, “La cuadrilla” y “El hundimiento”, que desarrollan la vida del campesino Joaquín, poco antes de abandonar su pueblo hasta el lugar donde muere, finalmente. Joaquín García es natural de un pueblo de Granada, campesino sin tierra, vive como muchos, de las eventualidades que van surgiendo, aunque las peonadas nunca alcanzan para subsistir. El jornalero tiene una familia que alimentar y vestir, y siempre ha soñado con vivir del trabajo de la tierra y cuando pretende que el amo le ceda un pequeño bancal donde cultivar, ante la negativa, opta por la emigración y reúne a su familia para trasladarse a la provincia de Ciudad Real, concretamente a Los Llanos, donde se puede trabajar en la mina. Con la ayuda de un primo consigue ser “caballista”, en una cuadrilla de ocho hombres, extremeños y asturianos, aunque cuando entra por primera vez en la boca del pozo se da cuenta de las condiciones de trabajo a que son sometidos los hombres en aquella galería cuarta. Sin embargo, Joaquín va progresando poco a poco, las 45 pesetas de jornal, más las horas extras, y algún destajo que otro, le permiten ocupar una casita que irá arreglando y amueblando, incluso se ocupa de criar unos conejos y tiene posibilidades de adquirir una bicicleta muy pronto. Mientras tanto, los mineros  protestan por las escasas medidas de seguridad, por el mal estado de las vigas, por la falta de aire, aunque sus reivindicaciones son desoídas y se les castiga con menos horas de trabajo. La desgracia finalmente ocurre y las sirenas anuncian un accidente en unos de los pozos, mientras una multitud de hombres y mujeres acuden para asaltar la Dirección de la Empresa (páginas, dos concretamente, suprimidas por la censura). 


López Salinas postula acerca de la situación del proletariado, primero desde el jornalero del campo y posteriormente como el peón de mina, considerando que los terratenientes y los industriales no hacen nada para mejorar la situación de sus trabajadores, mientras que los obreros trabajan para que ellos vivan bien y, por añadidura, se enriquezcan aun más. El rico frente al pobre, el dueño frente al obrero que se repite en esta novela de López Salinas y en posteriores libros y ensayos suyos. Aunque la lucha no es de carácter político, aunque pueda parecerlo sino más bien critican o se resienten de ese poder que les prohíbe reclamar derechos fundamentales y juzgan a la fuerza pública que los reprime. Y si esa negación de derechos y un jornal justo se traduce en una auténtica protesta, esta sin duda se da en La mina, y se agudizará en Año tras año (1962), novela que nunca se publicará en este país.
     En 1959, año en que La mina queda finalista del premio Nadal, según apunta en su Introducción, David Becerra Mayor, supone para España su incorporación definitiva al bloque capitalista y bajo este precepto se está modernizando. Ciertos elementos residuales, propios del fascismo, coexistirán con elementos de consumo, como por ejemplo la retransmisión, por primera vez en televisión, de un Real Madrid-Barcelona, un 15 de febrero de 1959, o poco antes la inauguración de la basílica excavada en el Valle de los Caídos, el 1 de abril del mismo año, y mejor aun el concierto que el grupo de pop británico, The Beatles, diera el 1 de julio de 1965 en Madrid, después de aterrizar unos días antes en el aeropuerto de Barcelona, disfrazados de toreros. Más allá de lo anecdótico, apunta Becerra Mayor, es fácil reconocer el proceso de desfascistización que inicia el franquismo tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial de los países del eje y su urgencia de establecer lazos con el bloque capitalista occidental. Y en el contexto de la Guerra Fría, los Estados Unidos tenían los argumentos suficientes para servirse de la dictadura de Franco como aliado frente al enemigo común, así ambos países negociaron muy pronto tratados bilaterales: en agosto de 1950 el senado norteamericano aprueba un préstamo de 100 millones de dólares a España; más tarde reconocen el régimen de Franco, la ONU levanta el veto al Estado franquista y España se incorpora a la FAO y, finalmente, a raíz del establecimiento de numerosas bases militares a lo largo de la geografía española, el resto de órganos internacionales fueron reconociendo el régimen. Pese a todo, la década de los sesenta estuvo marcada por un alto índice de conflictividad social: manifestaciones, huelgas y boicots que cobraron protagonismo en la agenda social española de aquellos días. Este es el contexto, consecuencia del crecimiento económico y los cambios sociales que acompañan a los españoles de entonces, que Armando López Salinas retrata y describe en su literatura, sobre todo, en La mina, en la que describe una clase obrera sobre cuays espaldas se construye la nueva política económica española que permite la pervivencia de la dictadura militar franquista. Los personajes de López Salinas son las primeras víctimas del “desarrollismo económico español”.
     El “Estudio preliminar” y el análisis que David Becerra Mayor realiza sobre la época y sobre la novela de López Salinas resulta de una clarividencia y exhaustividad asombrosas y subraya como en el contexto de una literatura social-realista los autores hablaban a unos oyentes que, en realidad, no escuchaban, aunque el proceso debería haber sido a la inversa, la creación de las condiciones favorables para conciencias a un público diferente, aunque el nivel cultural del momento no era el adecuado y de una auténtica toma de conciencia. La novela aunque pasó la censura y esta la autorizó y debió ser publicado en su integridad, según constató Pablo Gil Casado se habían suprimido al menos dos páginas y media del momento en que en el pozo “Inclinado” se produce un asalto a la Minera en el que participan las mujeres de los mineros muertos en el accidente y un número elevado de hombres que acuden al lugar de los hechos. En España se habían hecho dos ediciones, la de 1960 y 1968, ambas en Destino, y la francesa de 1962, con el texto íntegro, y posteriormente Destinolibro  había repetido en 1977 y 1980, además de una tercera en Orbis, dentro de la colección Grandes Autores Españoles del Siglo XX. Gil Casado señala algunas amputaciones más, aunque lo más significativo se encuentre en el capítulo tercero, y en el segundo algunos pasajes, y si la novela tuvo un informe de censura favorable y se editó, como estaba previsto, solo cabe pensar en que la propia editorial enviará el original con sus propias tachaduras una vez que se decidiera a editarla, como ocurrió en marzo de 1960.










Armando López Salinas, La mina; ed., de David Becerra Mayor; Madrid, Akal, 2013; 318 págs.

                                                                          

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