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viernes, 13 de marzo de 2015

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Pensar y sentir
“Es ley de nuestra naturaleza que los grandes pensamientos vengan del corazón”.
                                                       Ralph W. Emerson
José María Merino

 UNA DIALÉCTICA REALISTA  

     José María Merino forma parte de esa raza de escritores que desde sus inicios como narrador, vuelven al relato como el auténtico arte de contar, superando tesituras que oscilarían entre los conceptos históricamente esgrimidos de realismo e idealismo, incluidas las nociones de formalismo y de contenido, es decir, el proceso de escritura puro o la literatura del firme compromiso. En la década de los setenta, se acuñó el término de «nueva fabulación» a un tipo de literatura que, sirviéndose de la realidad o del dato histórico, pretendía descubrir el revés de lo real y de lo fantástico, siguiendo la estela del incuestionable Todorov cuando el teórico ensaya sobre esa incertidumbre entre la realidad y lo irreal, entre la vigilia y el sueño, entre la evocación de la memoria y la percepción de una realidad presente. La ficción de Merino plantea, generalmente, dualidades con acciones que se interfieren continuamente y desembocan en el denominado concepto de metanovela, y, al mismo tiempo, incorpora un auténtico proceso de documentación que se concreta en abundantes miradas racionales sobre el ser y el estar del hombre contemporáneo, sin condicionamientos puesto que sus historias se convierten en ámbitos de libertad con apariencia de auténticos laberintos y demuestran así la extraordinaria capacidad para la imaginación o para demostrar la verdad de un extraordinario mediador.
     La sima (2009), mejor que ninguna otra narración anterior de Merino, ofrece una especie de síntesis que recopila, de alguna manera, muchos de los fundamentos desarrollados en su dilatada trayectoria hasta el momento, iniciada con Novela de Andrés Choz (1976), y que continuaba, magistralmente, con la serie de crónicas mestizas: El oro de los sueños (1986), La tierra del tiempo perdido (1987) y Las lágrimas del sol (1989), la primera ambientada en Méjico, la segunda en la península del Yucatán y la tercera en el Perú, con una documentada visión de las guerras pizarristas y almagristas, o sus entregas, más cercanas en el tiempo, El heredero (2003), cuyo protagonista, frente a una herencia al uso, la casa familiar y las tierras, recibirá a la muerte de su abuela, el más valioso legado de sus antepasados: su pasado y sus vivencias, sus secretos y sus silencios, relatos íntimos y particulares de todos y cada uno de ellos, una historia que se extenderá a lo largo del todo el siglo XX. Y, en su anterior novela, El lugar sin culpa (2007), una bióloga, pretende alejarse de un doloroso drama familiar y elige como destino profesional un laboratorio situado en una isla casi deshabitada, un espacio protegido, donde el transcurrir del tiempo se ajusta mucho más al ritmo de la naturaleza que al de los pocos seres humanos que habitan en ella, y donde parece posible que la memoria personal pueda ser anulada. La llegada a la isla de un barco con el cuerpo ahogado de una joven devolverá a la protagonista la conciencia de la realidad humana y del tiempo, conceptos a los que, a pesar de todo, ella pertenece y de los que no puede desprenderse. Y es así, también, como en La sima se muestra la influencia del pasado, justifica el proceso de formación de la personalidad del protagonista o marca las relaciones entre historia y ficción, con abundantes elementos conexos que se irán añadiendo a los acontecimientos y que en la novela se convierten en esos diferentes planos significativos que proporcionan a la historia contada esa calculada densidad narrativa necesaria.  




     Fidel trabaja en una tesis doctoral sobre la primera guerra carlista, regresa a la soledad del pueblo de su niñez, en la montaña leonesa, en los últimos días de 2005 y permanece allí hasta el día de Reyes, con el propósito de seguir avanzando en su estudio, aunque pronto surgirán las dificultades objetivas de esta labor de investigación, y cuando, como telón de fondo, se prepara la exhumación de quienes en plena guerra civil murieron ejecutados en la zona, precisamente en la sima de Montiecho: una historia familiar protagonizada por su abuelo, una leyenda que todo el mundo conocía. Durante ese breve espacio de tiempo, el narrador-protagonista, mientras cuenta y hace balance de su pasado, apela en una tonalidad expresiva en forma de diario a tres interlocutores que asistirán, alternativamente, al flujo de los recuerdos, de las sensaciones, de los sentimientos que, por cierto, sirven de auténtico testimonio y de explicación de sí mismo y de buena parte de sus relaciones familiares, además de la justificación del carácter de su personalidad, en la que como iremos sabiendo predomina un profundo sentimiento de orfandad, de desamparo, de profunda tristeza, condiciones que han marcado su existencia hasta el presente de una forma indeleble. Los tres interlocutores, la doctora Valverde, una psiquiatra que atendió a Fidel en una fase aguda de su proceso depresivo; el profesor Verástegui, director de la tesis, cuya intervención a lo largo de la novela fijará, de alguna manera, la relación esgrimida entre historia y ficción, otro de los grandes aciertos estructurales de Merino; y, sobresale, don Cándido, un antiguo profesor de instituto, guía y ejemplo del adolescente cuando, falto de cariño y de amparo, tras la temprana muerte de sus padres, encuentre en él la superación de un drama personal. En La sima resultan convincentes las sucesivas y pormenorizadas evocaciones de la vida familiar, con la sombra del abuelo asesino, tratado con respeto y cariño, pese a las enormes diferencias manifiestas entre el nieto y él, la relación con sus primos Fernando y, muy especialmente, con  José Antonio, con quien saldrá malparado y cuyo odio juvenil se dilatará a lo largo del relato, o con algunos amigos del colegio y, sobre todo, de la universidad, Marcos y Garnacha, Covi y Aurora, pero por encima de todo anotar la aventura sentimental con su prima Puri, en esos momentos en los que un inexperto adolescente descubre el sexo y las fuentes del placer, aunque desde una perspectiva tan inocente como sincera.Y no menos interesante esa peculiar muestra de la poco edificante tendencia española al radicalismo que tras treinta años de democracia nos aleja de una realidad, cuando la derecha pretende un gobierno fuerte que avalaría derechos y libertades bajo una simbología inquisitorial o una izquierda radical capaz de demoler símbolos como El Escorial u otras afinidades al pasado. En estas y en otras aportaciones para dibujar una sociedad moderna, civilizada, libre de prejuicios y descalificaciones que ostenta una mediocre representación política, estriba el mejor acierto de un Merino cabal y consciente, observador agudo, representativo de una generación que ha conseguido olvidar un pasado vergonzante tanto de uno como de otro bando y sesenta años más tarde, reivindica con su escritura la normalización de un proceso político equilibrado únicamente por el valor de los votos y de las urnas. Quizá por esto y por otros muchos motivos, con abundantes reflexiones y anotaciones sobre el concepto de historia frente a la ficción, no podamos prescindir de calificar La sima como una auténtica novela de tesis, con rasgos más que evidentes tanto en el protagonista como en el antagonista, con actitudes invariablemente extremistas que recuerdan al lector el pasado histórico español reciente, los continuos debates sobre temas de actualidad política y social, o esa extraña mezcla para combinar la realidad y la ficción, en este caso a través de la historia, con que postula los enfrentamientos fratricidas constantes en una España ancestral, polarizando que la realidad española aun se sigue contemplando bajo esa maldición cainita, hecho que el protagonista apreciará a lo largo de su relato, sobre todo cuando se entrevista con Verástegui y este le anuncia que esa hipótesis resulta insostenible como punto de partida científico para una investigación académica, aunque sí atractiva desde el punto de vista de la ficción narrativa. Tal vez por eso Fidel convierte sus intuiciones en verdadera literatura, o porque gran parte de su vida ha estado determinada por las tragedias que, de alguna manera, han determinado su propia historia personal, necesidad por la que convierte a sus semejantes en personajes de novela, para poder congratularse con un futuro quizá repleto de amor y felicidad. Y aun mejora nuestra estima sobre una novela como La sima con un desenlace esperanzador, de una belleza literaria poco común, interesante desde la exclusiva perspectiva literaria que Merino ha querido otorgarle porque funciona y, muy bien, con esa doble instancia con que termina su relato.




 










La sima
José María Merino
Barcelona, Seix-Barral, 2009; 414 págs.



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