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domingo, 14 de mayo de 2017

Desayuno con diamantes, 110



PÍO BAROJA EN SU ÚLTIMA VUELTA DEL CAMINO*

       A los 50 años de la desaparición de Pío Baroja, el 30 de octubre de 1956, la edición de Desde la última vuelta del camino (Tusquets, 3 volúmenes), sus memorias literarias, nos devuelven la prosa de uno de los mejores novelistas del siglo XX.
               

       Siempre se ha escrito que la personalidad de Pío Baroja es el resultado de un conflicto propio entre las dos tendencias que discurrían por su vida: de una parte,  la rebeldía juvenil de sus primeros años,  su admiración por la aventura o la acción sin límites, y de otra, ese deseo de una vida tranquila, ordenada y segura. Y así, paradójicamente, pese a una primera juventud vivida con alguna intensidad en sus años universitarios, su larga vida se materializó en una monótona sucesión de momentos mediocres y nunca consiguió escapar a esas condiciones corrientes y vulgares que ofrece la vida, hasta el punto de que él mismo llegó a caracterizarse de la siguiente manera: «Yo no soy ni he sido un tipo fuerte y duro, de voluntad enérgica, sino más bien flojo y un tanto desvaído». La vida que nunca pudo llevar el escritor se convirtió en materia literaria para su obra y en este ámbito Baroja se sintió libre para realizar sus aventuras y fantasías o para vivir aquellas otras vidas que nunca se atrevió a llevar a cabo en la realidad.  La vasta obra del escritor vasco es una buena muestra de ello, sus trilogías, novelas, narraciones breves, ensayos y críticas, biografías, teatro, poesía, incluso guiones de cine, además de sus voluminosas memorias Desde la última vuelta del camino, dan fe de una inquebrantable labor literaria durante su larga existencia.

Vida y Memoria
       Pío Baroja nació en San Sebastián el 28 de diciembre de 1872, hijo de un ingeniero de minas, colaborador en prensa y de ideas progresistas; su madre era una mujer tradicional, activa, dominante, severa y muy religiosa, con ella compartió el escritor buena parte de su vida. Unos años más tarde la familia se trasladaría a Madrid.
       Las Memorias de Baroja, escribe Fernando Pérez Ollo, son las más amplias, vivaces y desahogadas de la literatura en castellano; también, por supuesto, las más importantes pese a las circunstancias sociales y políticas en que se publicaron, la década de los cuarenta; y, además, Anna Caballé, habla «de un texto-río, caudaloso, sorprendente, teñido de pesimismo realista y denso de ideas a contrapelo (...). Un texto fiel reflejo del autor y muestra inequívoca de su ideología, su visión del mundo y sus ideas, como por ejemplo, sus apreciaciones políticas, y sobre políticos, literarias y sobre literatos, sobre filosofía, arte, el vasquismo o su profundo amor al paisaje natal y el de su residencia en Itzea». La editorial barcelonesa Tusquets edita, con motivo del cincuentenario de su muerte, en tres lujosos volúmenes, Desde la última vuelta del camino (1944-1949), entregas programadas desde mayo a septiembre de 2006, en un intento por publicar, por primera vez, la edición completa de los ocho libros de los que constan las memorias, porque anteriormente, aunque habían sido publicadas por Biblioteca Nueva, solo se publicaron los siete primeros y el octavo, en una edición inédita, en junio de 2005. Es decir, que pese a las manifestaciones de Baroja, después de 1943 siguió escribiendo sus memorias y preparó una nueva entrega que tituló La guerra civil en la frontera que Pérez Ollo data entre 1952 y 1953.
       Parece que, en realidad, el germen de estas memorias podría estar en un libro que el autor vasco publicara, veinticinco años antes, titulado Juventud, egolatría (1917) aunque también se preocupó de hablar, abundantemente, sobre aspectos autobiográficos y familiares, en obras como Páginas escogidas (1918), Las horas solitarias (1918), Divagaciones apasionadas (1924), Intermedios (1931), Vitrina pintoresca (1935), Rapsodias (1935) y Pequeños ensayos (1943). Tampoco parece que Baroja preparase, para la redacción de las 2.637 páginas, un guión previo, no existe un hilo cronológico y tampoco esquemas a seguir, pero lo que si está claro es que en los ocho libros de que consta la obra completa, don Pío conservaba perfectamente el recuerdo fresco de nombres, situaciones, vivencias, como una especie de evocación obsesiva de las cosas. Este juicio evidencia que el testimonio barojiano sobre personas y acontecimientos merecería mayor atención y estudio, como ocurre con sus silencios, omisiones e incluso con algunas lagunas, a veces, no menos sorprendentes. Las sombras que más aparecen, según Pérez Ollo, son las de él mismo y su familia, sobre todo quizá de su sobrino preferido, el mayor de todos, Julio Caro Baroja (1914-1995), el más citado y, además, con admiración, pero a su hermano Ricardo, pintor, grabador y escritor, cuesta imaginarlo integrado en estas Memorias. Otras deducciones sorprenden porque Baroja nace, crece y madura en una época caracterizada por la filosofía crítica de la historia, el historicismo que, frente al positivismo, sostiene la insuperable subjetividad personal del historiador como base del conocimiento objetivo del pasado; así conoce la obra de Marx, Carlyle, Gobineau, Taine y Barrès; también encontramos prolijas y rotundas disquisiciones sobre la Generación del 98 y sus miembros; Baroja siempre negó la influencia socio-política de la literatura, repitió que nunca había creído en el concepto de grupo porque, según manifestaba, toda la obra de un escritor es un reflejo desvaído de su «yo». A lo largo de sus Memorias el autor vasco canoniza a Dickens, Tolstói y Dostoievski, pero no entiende a Proust y Joyce y, aún más, desconoce la literatura alemana del siglo XX, con la excepción de Kafka, y había leído a autores como Gide, Colette, Celine, Green, Renard, Kipling, Huxley, Somerset Maugham, Hemingway y Dos Passos.


       El plan de la obra es el siguiente: en el primer tomo se incluyen los libros El escritor según él y según los críticos, Familia, infancia y juventud y Final del siglo XIX y principios del XX; el segundo tomo, Galería de tipos de la época, La intuición y el estilo y el inédito Ilusión o realidad; el tercero incluye Reportajes, Bagatelas de otoño, La guerra civil en la frontera y, el inédito, Blancos y rojos, en realidad la memoria de la estancia de Baroja en la capital francesa durante la guerra civil, época en la que visitó Basilea, en la hermosa Suiza, donde pasó unos días tranquilos aunque de cierta incertidumbre y a punto estuvo de embarcar para América; comienza donde termina La guerra civil en la frontera y finaliza con el regreso del escritor a Itzea.  Julio Caro Baroja escribe en las «Palabras preliminares» del primer tomo que «Estas Memorias (...) no fueron recibidas por la crítica de una manera unánimemente favorable, ni mucho menos. Una vez más, su autor fue acusado (...) por su falta de respeto a hombres famosos y su poca benevolencia al juzgar instituciones de cierta popularidad. Se dijo (...) que era egocentrista y soberbio».

Obra
       En 1900, costeándose la edición, Baroja publica su primer libro, Vidas sombrías, un conjunto de cuentos breves, escritos con una técnica impresionista. Poco después publicaría su primera novela, La casa de Aizgorri (1900), apareció en Bilbao y no es de las obras más divulgadas del autor. En 1902 abandona el negocio familiar, la gerencia de la panadería de su tía, en Madrid, a donde había llegado después de renunciar a su plaza de médico en Cestona, y decide aventurarse a vivir de y para la literatura, entendiéndola como un trabajo ordenado y metódico, compatible con una vida modesta y hogareña lo que muy pronto le permitirá tener una producción literaria muy amplia, Camino de perfección (1902), o pasión mística, su siguiente obra está escrita en una época en que el autor tenía preocupaciones que luego eliminaría de su conciencia, sobre todo las anticlericales. Durante años simultaneó las colaboraciones periodísticas con la creación literaria y aunque no tuvo un gran éxito con su literatura, sus obras se vendían y le permitieron llevar una vida sencilla, sin grandes pretensiones. Compró la casa de Itzea en Vera de Bidasoa (un pueblo cercano a la frontera francesa) donde pasará los veranos escribiendo y visitando la zona. Militó en el Partido Radical de Alejandro Lerroux, aunque posteriormente lo abandonaría tras algunos fracasos políticos. Durante la Primera Guerra Mundial mostró sus simpatías hacia Alemania y permaneció indiferente a la caída de la Monarquía y la posterior proclamación de la Segunda República. En 1934 fue elegido miembro de la Real Academia a instancias de su amigo Azorín, hecho que causó alguna expectación por su rebeldía e inconformismo; el estallido de la guerra le sorprende en Vera de Bidasoa, donde es detenido por un grupo de carlistas que dudan en fusilarlo por sus ideas antirreligiosas y por haber criticado al carlismo en sus novelas. Tras ser puesto en libertad, cruza la frontera y se refugia en París durante cuatro años, vuelve en 1940 y ya no será jamás molestado aunque su prestigio fue usado con fines propagandísticos por los falangistas durante los duros años del franquismo. Se instaló de nuevo en Madrid, en casa de su hermana Carmen y siguió escribiendo y publicando con regularidad; su obra ocupó un lugar de lo más paradójico en la España franquista porque había sido detenido por los carlistas y elogiado por los falangistas, aunque el régimen nunca vio muy bien parte de su producción, de hecho algunas de sus novelas fueron censuradas en diversas ocasiones, pero sin embargo se convirtió en un modelo de honestidad y rebeldía poco comunes y así los jóvenes escritores de los cuarenta y de los cincuenta intentaron revalorizar su obra como un claro antecedente del realismo social. Autores como Cela o Hemingway fueron sus grandes admiradores. En 1956 se rompió una pierna a causa de una caída, fue operado y cayó gravemente enfermo. Murió el 30 de octubre, a las cuatro de la tarde y será enterrado el 31 a las diez y media de la mañana en el Cementerio Civil de Madrid. Títulos como La busca, Mala hierba, Aurora roja (1904), Zalacain el aventurero (1909), Las inquietudes de Shanti Andía, El árbol de la ciencia (1911), El mundo es ansí (1912), Juventud, egolatría (1917), El laberinto de las sirenas (1923), una novela fechada en Rotterdam, tras un viaje por Alemania, Holanda y Dinamarca, aunque su redacción se llevó a cabo tras una visita a Italia y la fascinación de don Pío por el Mediterráneo; publicada por Caro Raggio, más tarde por Espasa-Calpe y recientemente, en una nueva edición, por Tusquets, con un prefacio del sobrino Pío Caro Baroja, La nave de los locos (1925), Los pilotos de altura (1928), Las noches del Buen Retiro (1934) y tras la guerra civil El caballero de Erlaiz (1943), El puente de las ánimas (1945), El país vasco (1953), son algunas de las obras de la amplia producción de autor vasco.   
* Este artículo se publica con motivo del 50º aniversario de la muerte de Baroja, en 2006, en las páginas de Cuadernos del Sur, diario Córdoba.

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