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domingo, 30 de abril de 2017

Desayuno con diamantes, 108



¿SON LOS NIÑOS Y LOS JÓVENES LOS MEJORES CRÍTICOS LITERARIOS?



       Bolonia, la capital del libro infantil y juvenil, acoge este año a España como país invitado. A la cita acudirán sesenta y tres países y la representación española contará con más de sesenta editoriales, un sector que publica, más de diez mil títulos anuales, y se confirma como un mercado en crecimiento.
      
       ¿Son los niños y los jóvenes los mejores lectores, los más cualificados para establecer lo que podríamos denominar como la auténtica literatura?
       Los denominados, lectores mayores, se encandilan con las grandes obras y con los grandes nombres de la literatura. Estudiosos, profesores, críticos en general se han empeñado durante años en convencer a millones de personas en el mundo de que si un libro no desencadena una auténtica revolución social no tiene valor alguno. Sociológicamente el fenómeno funciona de esta manera en todas las lenguas del mundo. Pero el joven lector no suele sucumbir ante opiniones de este tipo porque pes aún en él ese indiscutible don de la lógica y le gusta la claridad. Y, aún más, el lector joven pide una historia real, con un principio, con un desarrollo y un final siguiendo ese tipo de narraciones que se han venido contando desde hace miles de años. Los jóvenes siguen siendo esos lectores independientes que solo confían en su propio criterio. Como contrapartida, pese a lo que podamos pensar, aunque hemos reemplazado muchas de nuestras actividades por una sociología de aficionados y una psicología poco efectista, la literatura necesita narraciones bien construidas e imaginativas. Un libro auténtico puede y debe tener muchas interpretaciones, docenas de mensajes, montañas de comentarios posteriores que originan nuevas pasiones.

Escribir para los niños             
       Un autor como Isaac Bashevis Singer afirmaba que cuando se sentaba a escribir procuraba, antes que nada, tener un tema o un asunto real. También, debía tener, añadía, un fuerte deseo o pasión por escribir la historia y, finalmente, aseguraba, la convicción o la ilusión de ser el único capaz de escribir esa historia y no otra. Si estas tres condiciones se daba, aseguraba Singer, escribiría un cuento o una novela para niños, para jóvenes o para adultos, poco importaba el lector. Para este escritor, en la literatura como en la vida, todo es específico, todo ser humano persigue unas señas de identidad, unas reales y otras espirituales. Y aunque en ciertas fábulas el lugar específico no es necesario, también es verdad que no toda la literatura es una fábula.

Los clásicos
       ¿Deberíamos pensar, por con siguiente que no ha existido jamás  una literatura infantil o juvenil, aunque durante mucho tiempo se han editado muchos libros para niños o para adolescentes?  ¿Por dónde debiéramos empezar para definir la literatura infantil o juvenil?
               La verdad es que no es una pregunta fácil de contestar ni fácil de explicar. Durante muchos años, si echamos la vista atrás a ese tipo de libros o de novelas clasificadas por la historia de la literatura universal como juveniles, la cuestión se complica aún más todavía. Me estoy refiriendo a clásicos como La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, a Moby Dick, de Herman Mellville, Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift, que tienen en común ser libros de aventuras con el mar como trasfondo, o Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas, El último mohicano, de James Fenimore Cooper, Mujercitas, de Louise M. Alcott, Miguel Strogoff, de Julio Verne o incluso, Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, que, evidentemente, no son novelas juveniles o al menos escritas para un público lector juvenil. Podríamos calificarlas, sin lugar a dudas, de literatura de gran calidad, sin adjetivo alguno más. Es verdad que, posiblemente, a algún editor avispado o a algún experto en la materia se le ocurrió un buen día colocarles la etiqueta de «juveniles» y a partir de ese momento todo el mundo se justifica diciendo que, «cuando él era pequeño leía este tipo de novelas».
       Esta etiquetada novela infantil y juvenil o al menos esa que protagonizan niños o adolescentes data en nuestro país de la segunda mitad del siglo XIX, cuando se conocen las iniciativas de algunos autores de intentar escribir para niños y para jóvenes. Algunos se sorprenderían con clásicos como Fernán Caballero y el Padre Coloma, pero el mismo intento realizaron posteriormente autores como Jacinto Benavente, Ramón del Valle-Inclán, poniendo en escena obras de teatro denominadas infantiles o, también, las denominadas antologías de gestas heroicas y de poesía recitable que propiciaron editoriales para difundir nuestros clásicos. Existe una encomiable  labor en la historia editorial de nuestro país que realizaron editores como Saturnino Calleja en 1876 que posteriormente continuaría uno de sus hijos en 1915, con la famosa Editorial Calleja, una empresa que por entonces creaba el denominado Pinocho español y nuestras abuelas leían con verdadero entusiasmo las historias de Celia que Elena Fortún publicó, en la revista Blanco y Negro, durante largos años, al menos desde 1928 a 1936, cuando la guerra civil española truncó tantas perspectivas. 


       Una larga postguerra alentó aún más la confusión literaria en cuestiones infantiles y juveniles aunque al margen de uno u otro bando surgieron los fondos editoriales de tanto prestigio, tales como Aguilar, Cid, Molino, Juventud, hasta llegar a algunas de las más conocidas de la actualidad como pueden ser Anaya, Santillana, S.M., Edebé, y los nombres de Gloria Fuertes, María Luisa Gefaell, José María Sánchez Silva y su famoso Marcelino pan y vino, un libro que, curiosamente, le ocurre algo parecido a los que hemos señalado anteriormente, porque el único ingrediente juvenil que contiene es su protagonista, un niño huérfano que es recogido en una congregación de frailes que lo adoptan como si de su propio hijo se tratara, hasta tentar la suerte de autores como Camilo José Cela, Ana María Matute, Miguel Delibes, Carmen Martín Gaite, Medardo Fraile, todos de diferentes generaciones de novelistas que de alguna manera colaboran en el amplio panorama de esa literatura juvenil de los años 80 y 90 del pasado siglo XXI.
       Precisamente, en la década de los 80 los planteamientos de esta realidad infantil va mucho más allá, porque desde los 70 el tratamiento que se venía dando a esta literatura tenía mucho que ver con su propio mundo, es decir, la realidad social, la defensa de ciertos valores, animales, ecológicos, realismo, fantasía, de acuerdo, por supuesto, con las nuevas tecnologías que invaden el mercado y a José María Merino, Rosa Montero, Juan José Millás, Andreu Martín, se les han ido sumando otros muchos nombres que, de alguna manera, han ido tratando estos temas y otros muchos más, consolidándose como los grandes autores del género, racionalizando, incluso, los productos por edades, como se recomienda en las contraportadas de los libros. Algunos de estos nombres dominan el panorama editorial: Fernando Alonso, Montserrat del Amo, Alfredo Gómez Cerdá, Fernando Lalana, Pilar Mateos, Manuel Gisbert y sobre todo Jordi Sierra i Fabra.

Literatura infantil/ juvenil
       ¿Cuál es el momento de esta literatura denominada infantil o juvenil? Hoy en día es un mercado óptimo para aquellos autores que de alguna manera se han instalado en este tipo de relato sobre todo porque las preocupaciones sociales de algunos valores han llevado a instituciones, promociones de lectura, formaciones del profesorado, cursos, simposios, asociaciones, ha crear nuevas perspectivas sobre un público lector infantil y juvenil. Las editoriales se han lanzado a crear colecciones, exclusivamente, para este joven público lector y hoy con conocidísimas: Alfaguara, Doncel, Miñón, Olañeta, Everest, Lumen, Espasa Calpe, Altea y un largo etc.
       Si hacemos un salto en el tiempo, si por arte de magia nos olvidáramos de los siglos XIX y XX, y nos asentamos en una actualidad rabiante, el fenómeno editorial Harry Potter, ha revolucionado el género, porque su autora Joanne K. Rowling, según ha manifestado en muchas ocasiones, sí pretendió escribir una auténtica novela juvenil o al menos para ser consumida por un público lector determinado, los niños y los adolescentes. Hoy existe una harripottermanía que se ha extendido a las pantallas del cine con las versiones de los libros que se ha realizado hasta el momento. Cada nueva entrega de la serie la expectación llega hasta la locura misma de encargar los libros por adelantado en una reserva de riguroso orden. ¡Y menuda novela que ha desatado la imaginación de millones de jóvenes lectores en todo el mundo!
       ¿Cómo se fabrica una novela juvenil? Parece ser que es aconsejable, al escribir una novela juvenil, elegir un protagonista con el que el lector pueda siempre identificarse y, una vez elegido y creado, conviene situarlo en un ambiente también identificable. La mayoría de las novelas fabricadas para la ocasión tocan temas de comprobado interés general para la edad que están destinadas, la música, el deporte, los primeros escarceos sentimentales, problemas de adaptación o cierta intriga y algo de acción. A partir de este momento toda fórmula vale y todos los planteamientos serán realizables aunque, por supuesto, siempre será conveniente meterse en la mente de una niño o un adolescente. Y, por supuesto, la fórmula mágica sigue siendo despertar la imaginación de los adolescentes como uno de los grandes retos de estos adolescentes lectores, pero también es verdad que esta imaginación cada vez se desborda más y una vez que los lectores consiguen atraparse en la redes de un Harry Potter lo que venga después será difícil de superar.
       Ana Matute afirma que cuando reunía a los niños de su vecindario para contarles cuentos inventados, solía hacerlo para esa gente entre los 14 y los 16 años y procuraba, en gran manera, que sus textos cuando se publicaban, no se les cayeran de las manos a los que superaban esas edades. Quizá el secreto está en esa visión de la narradora, confiando en que cuando contaba sus historias lograba, al menos, en algunos momentos vivir en ese mundo, el de los niños que todos hemos sido. Seguimos estando al servicio de la aventura, cualquiera que sea, y sobre todo valorar esa energía que nos caracteriza como seres humanos.

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