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martes, 7 de octubre de 2014

Charles Dickens


L
Libertad
“Cuando las personas tienen libertad para hacer lo que quieren, por lo general comienzan a imitarse mutuamente”.
                                                               Françoise Sagan

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Grandes esperanzas

 

          Charles Dickens ha sido y sigue siendo uno de los autores más leídos del mundo, en todos los lugares y en todas las épocas. Los libros de Dickens son una proyección fantástica y exuberante de sus obsesiones traumáticas e incontroladas, de sus inadaptadas emociones, personales, públicas y sociales, sobre todo porque siempre se sintió poco querido, en particular por su madre, que le obligaría a dejar el colegio para trabajar durante unos meses en una fábrica de betún cuando aun no había cumplido los doce años. La humillación y el dolor de esas experiencias permanecieron siempre vivas en el narrador que llenaría sus futuras novelas de cárceles, de niños explotados, de madres y padres crueles, y tanto es así que reescribirá incisamente versiones angustiadas, obsesivas y fantásticas de una misma historia, la de su experiencia triste de niño mal querido. Luego, y de una forma repentina, la vida cambió para Dickens de una forma milagrosa y fantástica. A los veintitrés años, tras un nuevo paso por al escuela, y trabajado como comentarista parlamentario, rellenaría textos para un conocido dibujante que le proporcionarían cierta fama y darían lugar a los Papeles del club Pickwick (1836-1837).



          Tres obras componen el material social y su relación con la expresión de la propia identidad del autor, sus creencias, convicciones o deseos que justificarían el argumento base y sólido de la grandiosidad de su obra, tres novelas que corresponden, la primera, a su periodo iniciático, Oliver Twist (1837-1839), unos diez años más tarde, al intermedio, con Dombey e hijo (1846-1848), y el clásico Grandes esperanzas (1860-1861), al periodo final de su producción en una clara evolución literaria y personal, penúltima de las obras completas, mientras trabajaba en su último libro, Edwin Drood, y le sorprendió la muerte en 1870. Una vez más, Dickens se enfrenta a la cuestión de su identidad, a las relaciones que tanto habían aparecido sus textos acerca de la inocencia y la culpabilidad. En esta novela muestra su extensa experiencia y el aprendizaje que le han supuesto el arte de su escritura durante largos y fructíferos años. La historia resulta una espléndida muestra de humanidad porque Dickens ha sometido sus angustias, los desajustes personales y su intolerancia social en algunos de sus mejores relatos. Es la obra de una persona madura, desilusionada, que ha perdido la fe en bastantes cuestiones de la vida, hasta el extremo de que el final de la misma no se dulcifica como ocurre en otras, ofrece una ambigüedad que deja al lector decidir sobre ese posible desenlace, un final de poca importancia en todo el relato, porque lo que importa es el proceso, la maduración de la experiencia de su personaje principal, Pip. Y, aunque los detalles no coincidan, se trata de un texto autobiográfico, aunque diferente a su David Copperfield.



      El libro se divide en dos partes, una claramente rousseauniana, en la que el protagonista escribe su historia en primera persona, cuenta su infancia en una aldea, y una segunda parte urbana, en la que Pip llega a Londres, y allí vive hasta el final y es considerado como un hombre maduro. En la primera se refuerza esa visión inocente e idealizada de los personajes de Dickens, porque aquí Pip, huérfano, vive con su hermana y su marido, un herrero bonachón, que cuida en extremo del niño frente a la brutalidad de la hermana, hasta que el niño entra en contacto con una anciana y rica señora, Miss Havisham, que lo invita a su mansión para que la entretenga por las tardes. Allí Pip descubrirá un mundo nuevo, y se avergonzará del que vive, así se propone ascender en al escala social porque se ha enamorado de la hermosa y orgullosa Stella. Una vez más la ciudad, Londres, aparece como poco halagüeña, sucia, oscura y aglomerada aunque el protagonista desea, por encima de todo, progresar. Los aspectos de crítica social siguen tan intensamente patentes como en obras anteriores, y ofrece todo un juego de símbolos, característicos en el narrador inglés: las comidas, las manos que se lava constantemente Jaggers, el entorno aristocrático en total decadencia que representa Miss Hasvisham, y las abundantes caricaturas de toda una sociedad, representada por el abogado Mr. Jaggers.  



          La progresión de la obra y la producción de Dickens es geométrica, resulta curioso que el inglés no volviera a escribir una novela como Los papeles póstumos del Club Pickwick, una obra ingenuamente cómica que hunde sus raíces en la tradición novelesca que procede directamente de Cervantes, a través de sus imitadores en Inglaterra, Smollet y Fielding. Galdós reconocería la importancia de Dickens para su formación literaria, junto con Balzac, autores que le proporcionarían unas recetas y unas técnicas narrativas rudimentarias, lo afianzaron en su búsqueda de un tipo de novela española que correspondiera al espíritu de los nuevos tiempos. Nunca dudó en pregonar las virtudes narrativas de Dickens, su «admirable fuerza descriptiva, la facultad de imaginar que, unida a una narración originalísima y gráfica, da a sus cuadros la mayor exactitud y verdad que cabe en las creaciones del arte». La expresión de su identidad herida, la denuncia despiadada de la Inglaterra victoriana coincidirán en la intensidad imaginativa y verbal cambiante de todas sus obras. En mitad de su carrera literaria, en ese período intermedio, su propósito social resulta más claro porque el narrador llevará el análisis de las complejidades de la identidad mucho más allá, la exploración entre inocencia y culpabilidad se hará más aguada a medida que escriba sus grandes obras, Dombey e hijo, una de las más intencionadamente sociales y política si entendemos el término en un sentido amplio, y lo mismo ocurrirá con otras del mismo período, Casa desolada y La pequeña Dorrit, de tramas muy complejas, en las que Dickens experimenta intensamente con sus recursos narrativos y da rienda suelta a su imaginación desenfrenada, y explorar todas las posibilidades del uso de la metáfora y la metonimia, modos posibles de estructurar y ordenar el caos de la experiencia. En estos libros, Dickens muestra la firme convicción de que pese a finales felices y contradictorios, la corrupción y la avaricia siempre amenazan la convivencia. 

Charles Dickens, Grandes esperanzas; ilustrado por Ángel Mateo Charris; Barcelona, Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores, 2012.


          Coincidiendo con el 50 aniversario del Círculo de Lectores, Galaxia Gutenberg publica, en el bicentenario de Charles Dickens, una edición conmemorativa de Grandes esperanzas ilustrada por Ángel Mateo Charris con casi un centenar de imágenes. El propio Charris, a propósito de su trabajo, asegura que “hay autores, como Dickens, que entienden la obra como el terreno fértil que es, permitiendo que otras disciplinas artísticas se aprovechen del caudal de sugerencias, imágenes y asociaciones mentales que proyectan las palabras”. A pesar de la estrecha colaboración con los ilustradores que caracterizaba al escritor, Grandes esperanzas, la historia de un pequeño huérfano y su formación como caballero en la Inglaterra victoriana, fue la única novela que apareció sin dibujos en su primera edición.
         El cine vuelve a revisar esta novela, y en la cartelera actual, el británico Mike Newell mantiene los elementos fundamentales de la historia y los personajes clave, así como los auténticos elementos de la época, un filme protagonizada por Ralph Fiennes y Helena Bonham Carter.

2 comentarios:

  1. Tengamos grandes esperanzas. Una edición que merece la pena conservar.
    Mª Ángeles.

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  2. He andado ocupado estos días y no he podido comentar en el blog, pero me encanta leerlo. Comparto lo que dice al principio sobre libertad.

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