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domingo, 5 de octubre de 2014

Desayuno con diamantes, 4



Cuentos Completos
Javier Tomeo (Quicena Huesca, 1932- Barcelona, 2013)



   Javier Tomeo (Quicena Huesca, 1932) afirma que ya se parecía a Kafka antes de leerlo, quizá porque sus bestiarios forman parte del mundo mítico de lo simbólico, de lo imaginario, de ese juego que el narrador va construyendo a medida que avanzamos en la lectura de sus textos, inventa sus historias, o incluso cuando sus personajes llegan a finales inesperados porque sus vidas trascienden y se convierten en un puro automatismo mental: el del narrador que observa como estos escriben su propio relato. Tampoco hay nada de extraño que, en el mundo de Tomeo, y en muchos de sus libros aparezcan palomas, leones, tortugas, gallinas, hormigas, gatos o cualquier tipo de animal doméstico, y además hombres miopes, atormentados y solitarios, héroes anónimos, que se ven mezclados en escenas cotidianas, situaciones inimaginables, y perversidades, en definitiva, que otorgan la credibilidad al mundo actual, una calificación que se justificaría por sí sola, cuando no hay razón posible sin una sinrazón que la haga creíble. Quizá por eso y, sencillamente, sólo por eso, Tomeo insiste en su narrativa, una y otra vez, en plantear las situaciones más inverosímiles que ningún ser humano pueda pensar, pero con la suficiente credibilidad como para que no resulten fuera de lo humanamente posible/creíble. Con sus fábulas refleja esa inquietante faceta que todos pretendemos mantener y que hace de nuestra vida un enigma cifrado de por sí, solo descifrado por los sueños, como puede leerse en muchos de sus textos, o en muchos de sus cuentos, en tantas de sus historias y, en definitiva, como otras muchas de las nuestras propias. Jochen Heymann sostiene que “todas las historias de Tomeo son “mínimas”, con medios manifiestamente reducidos conjuran mundos en los que el lector ha de encontrar tanto las preguntas como las respuestas que plantean situaciones en apariencia sencillas”.



Cuentos completos
                ¿Es quizá Javier Tomeo un severo juez de la desmotivación ética en una colectividad que ha llevado a hombres y  mujeres a una duda permanente de la realidad vivida? Sin duda, el aragonés ha simulado una hiperrealidad que muestra la total incomunicación en la era de la comunicación y muestra de ello es la visión de conjunto que ofrece Páginas de Espuma publicando los Cuentos completos (2012), en edición de Daniel Gascón que recoge la totalidad de los títulos publicados hasta el momento, además, de una amplia colección de inéditos y de reescritura de antiguos cuentos, un centenar en total. Las colecciones incorporadas son, Bestiario (1988), Historias mínimas (1988), Problemas oculares (1990), Zoopatías y zoofilias (1992), El nuevo bestiario (1994), Cuentos perversos (2002) y Los nuevos inquisidores (2004). Como señala el editor, Daniel Gascón, este volumen se ofrece una visión amplia de la obra de Tomeo y esas preocupaciones constantes en su literatura, es decir, “la aceptación de las reglas del azar y del absurdo, la capacidad de sugerencia y la fascinación por lo monstruoso, la animalización de los humanos y la humanización de los vegetales y los animales, la fascinación por los detalles del mundo natural y la desconfianza hacia la tecnología, la fantasía desbordada y la intuición escalofriante, la vivencia traumática del amor y el sexo, la violencia repentina, la importancia del ello y esa mirada que a Tomeo le gusta llamar psicopática “. La literatura del narrador aragonés brilla por su capacidad para asociar ideas y así revisa episodios bíblicos, mitologías griegas y latinas, tradiciones orientales o cuentos de hadas que convierten a sus protagonistas en los  receptores de su obsesiva visión de una realidad que poco tiene que ver con el mundo presente. Quizá, por eso, los escenarios de sus relatos son abstractos y simbólicos, y como si de una conjura de pesadillas se tratara recrea ciudades en llamas o dominadas por palomas, hombres víctimas de una conspiración a su alrededor, fortuitos encuentros entre dos solitarios, barberos que pretenden cortarle la yugular a su cliente, que no s llevan, sin duda, al sentido del humor que recorre buena parte de la obra narrativa breve del autor, y que, como Sanz Villanueva apunta, suprime todo atisbo de trascendencia y evita el patetismo, aunque en el caso del aragonés se decanta por la greguería y la sutil ironía que puede producir una carcajada sonora, una sonrisa triste o el más absoluto estremecimiento, como señala el propio Gascón, y añade, miedo irracional, soledad e incomunicación como preferentes atisbos de una realidad más rica y fascinante.
                En Cuentos perversos (2002) existe un desorden organizado porque lo que nos propone Tomeo en esta ocasión es un recorrido por una serie de perversidades en su sentido más estricto: treinta y nueve en total, aunque tratándose de un escritor como el aragonés este término va mucho más allá de su acepción y nos convoca a una suerte de costumbres sobre las que hay que disentir en esta vida cotidiana, como es habitual en él. En realidad, se trata de nuevas historias mínimas con esos medios, manifiestamente reducidos, que obligan al lector a elaborar sus preguntas y las respuestas correspondientes puesto que, inicialmente, plantean situaciones en apariencia muy sencillas: por ejemplo, las múltiples personalidades del protagonista de «El hotel de los pasos perdidos» no es sino, esa voluntad de cambio que todos experimentamos; quién no ha soñado con convertirse en alguien importante, como el Capitán General de «El sargento Gutiérrez», tal vez nadie ha especulado con coleccionar cualquier tipo de aves como el protagonista de «El coleccionista de gallinas», o jamás un ser humano no se ha sentido tentado de contar a unas niñas un cuento políticamente incorrecto como el de «Las nietecitas preguntonas» y, tal vez, alguien no ha soñado con matar, definitivamente, a los números como en «Los números muertos». Contados en tercera persona, ofrecen un mínimo diálogo, o una conversación directa, a veces, interrumpida por la brevedad de los mismos. Existe, la misma o parecida parquedad en la descripción de los lugares y en el tiempo de la acción. ¿Son absurdas muchas de las situaciones que nos plantea Javier Tomeo? Evidentemente el escritor considera que de aquello sobre lo que escribe pertenece a un mundo en que, no necesariamente, se cuestiona la realidad. Su actitud, crítica si la hubiere en sus textos, se aleja de ese concepto social que sacude la visión de nuestros días. Javier Tomeo ha fraguado su mundo experimentando en su propio beneficio y en el de aquellos que quieren seguirlo, algo que no es fácil pero humanamente posible. En otra de sus últimas entregas, Los nuevos inquisidores (2004), un extenso libro recopilatorio de relatos, se ofrecen algunos de los mejores de sus colecciones anteriores, recupera otros de publicaciones periódicas y corrige bastantes de ellos aunque también ofrece, en igual medida, inéditos que corroboran su filiación al género, incluido el microrrelato. La crítica ha coincidido, desde siempre, que su forma de concebir el mundo ofrece la visión de una realidad poblada de seres solitarios y frustrados, con aspectos cuestionables del hombre y de la sociedad contemporánea, dotando sus invenciones con abundantes dosis de un dramatismo perceptible, aunque esta hiriente característica quedaría compensada por ese humor absurdo que impregna sus páginas. La visión de la vida de sus personajes, tan esquemática como arbitraria, otorga al lector la capacidad, en alguna medida, de sentirse identificado con lo irracional que pueda parecer su planteamiento.
                Los materiales que utiliza Tomeo para contar sus historias, el tono y el enfoque, el ritmo y la atmósfera, las tramas y los paisajes, el eco de sus voces, el pálpito de una ciudad que es donde se desarrollan las mayoría de narraciones o de un pueblo, ofrecen tanta diversidad como aquella visión amplia que nos proporciona la literatura universal y como la que tiene el propio autor. Sus cuentos forman parte de la mitología, del mundo de la fábula, la parábola o las sentencias, de relatos infantiles con sus personajes característicos, incluidos los animales, o las abundantísimas referencias al expresionismo estético de Kafka, de la iconografía de Buñuel, de los negros y grises de Solana o las greguerías de Gómez de la Serna, por citar autores que me interesan destacar en la literatura de Tomeo y que proporcionan al autor todos los guiños posibles para dejar constancia de su irreverencia narrativa. Todos los temas característicos de la obra de Javier Tomeo se encuentran representados en estos sesenta y nueve cuentos, divididos en cinco grandes apartados, con un desigual número de relatos, pero que reproducen esa variedad temática que antes apuntábamos, la soledad, la esperanza, la piedad o la crueldad del ser humano, la infancia y los recuerdos personales de un pasado vivido, además de una visión onírica y absurda de las cosas.
                Dilatados en el tiempo, desde una ya lejana década de los 1950 y hasta nuestros días, no hay necesidad de fecharlos en estas últimas tres décadas porque la evolución experimentada en la obra breve de Tomeo sugiere ya algunas de sus etapas cerradas y bastantes procedimientos esgrimidos en la elaboración de muchos de estos cuentos, porque muestran, sobre todo, ese fondo alegórico de nuestra condición. Nadie debe perderse, entre otros, uno de los más extensos, «Conspiración galáctica», aunque no debe dejar pasar el titulado «Noche de estreno» o, aún más, «La niña bigotuda».
                Santos Sanz Villanueva  ha escrito que Tomeo decidió rebelarse contra el realismo a ultranza en tiempos de la dictadura, optando por una ruptura que establecía que sus cuentos tenían un escenario claro donde situar a sus personajes y configurar con ello un clima de tensión que estalla al final de forma inesperada. Y este desenlace sorpresivo dependerá de las voces del subconsciente y de sus desvaríos. El propio Tomeo ha manifestado en numerosas ocasiones que “No escribo sobre lo que veo, sino sobre lo que imagino a través de lo que veo. Puede que padezca alguna especie de astigmatismo, o de problema óptico que me impida dar la medida exacta de las cosas (…) Lo que hago, pues, es rodear a mis personajes  de espejos cóncavos, o convexo, y ponerlos en marcha, pero son ellos lo que dejan de actuar cuando se les acaba la cuerda”.


 Javier Tomeo, Cuentos completos; ed., de Daniel Gascón; Madrid, Páginas de Espuma, 2012; 872 págs.



1 comentario:

  1. Más diamantes para desayunar. Este Javier que confundió el mando a distancia del televisor con el teléfono móvil y se lo llevó de cervezas.
    Mª Ángeles.

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