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sábado, 4 de octubre de 2014

Hoy tomo café con…



Miguel A. Zapata

      “Reivindico el cómic, la publicidad, la cultura pop, la tecnología portátil o el cine como medios con mensajes que la literatura puede y debe asumir hoy”.



De Granada, cosecha de 1974. Desde 2002 desarrolla su labor literaria y docente en Madrid. Autor de los volúmenes de cuentos Ternuras interrumpidas. Fabulario casi naif (2003) y Esquina inferior del cuadro (Finalista del Premio Setenil, 2012) y los libros de microrrelatos Baúl de prodigios (2007) y Revelaciones y Magias (2009). Ha recibido numerosos premios de narrativa breve, e incluido en algunas de las más relevantes antologías y compilaciones del género: Cuento español actual 1992-2012 (Cátedra, 2014), Antología del microrrelato español 1906-2011 (Cátedra, 2012), Mar de pirañas. Los nuevos nombres del microrrelato español (Menoscuarto, 2012), entre otros. Ahora publica su primera novela, Las manos (Cansaya, 2014).

Usted procede, literariamente hablando, de la narrativa breve, ¿qué le ha aportado este género hasta llegar a la novela?
   Ha existido desde siempre (al menos en ciertos ámbitos de la literatura española) una tendencia a considerar el género breve como una suerte de preparación para el salto a la novela. Yo no puedo estar de acuerdo. El andamiaje y la construcción requieren herramientas diferentes en la novela y el cuento, por lo que actúan como unidades narrativas con plena autonomía. Sin embargo, elementos más intangibles como el empleo de la elipsis o la dosificación de la intensidad, que son consustanciales a la escritura de un buen cuento, a mí me han sido de gran utilidad en mi trabajo novelístico. Quizá no haga yo distinciones muy claras entre ambos géneros, porque, al fin y al cabo, entiendo que la literatura debe recuperar la fiebre de contar historias, algo rebajada hoy por ciertos analgésicos posmodernos que han hecho supeditar el fondo a la forma en el arte narrativo.

Magia, imaginación, ilusionismo y paradoja pueblan su mundo breve inicial, ¿qué queda de aquello?
    Creo que todo, pero en dosis diferentes y con intenciones dispares. En mis dos libros de microrrelatos, “Baúl de prodigios” y “Revelaciones y Magias”, esos elementos eran la materia misma de la escritura, eran la justificación de la empresa grata de escribir. En “Las manos”, mi primera incursión en la novela, persiste una voluntad de indagación en los límites que separan lo plausible de lo inaudito. Todo lo que ocurre en esta obra es perfectamente posible, pero el tratamiento elegido desdibuja esa frontera y me permite un enfoque más plástico de personajes y tramas, sin llegar a la elucubración del fantástico o lo surreal que habitaban mis textos breves. Lo que queda, entonces, es cierta aversión por hacer de la materia literaria un mero ejercicio de fotografía verosímil de la realidad, que es hoy algo mucho más inverosímil de lo que hubiéramos imaginado hace años.

¿Se divierte contando sus historias por la mínima expresión?
    Yo la diversión en mi actividad literaria la he encontrado en la novela. El cuento y el microrrelato acentúan mi tendencia a un perfeccionismo insano, a cuadrar mecanismos de relojería que sean orbes cerrados sobre sí. Escribiendo novela saco a pasear cierta irreverencia, un pulso más anárquico y experimental aún que en lo breve, donde la obsesión por que nada falte y nada sobre la entiendo a veces con cierta angustia ante el resultado final. La novela es una aventura, el cuento o el microrrelato un acto de fe no siempre placentero.
  
¿Qué le debe a los maestros de la literatura? Se lo pregunto a propósito de su libro, Esquina inferior del cuadro (2011), un auténtico homenaje vanguardista.
      No soy muy consciente de mis maestros, quizá porque sean legión. Sólo cuando una reseña o un comentario de algún lector me relacionan con cierto autor o estilo puedo notar el parentesco. He sido lector fanático de la obra de Gómez de la Serna, el Ayala vanguardista, Antonio Espina o Benjamín Jarnés. Y hoy envidio insanamente el estilo de Pierre Michon o Danilo Kîs. Aunque aquí hablo sólo como lector. Como escritor tiendo a olvidar todo lo que leí y pretendo una fidelidad más o menos imposible a la historia que tengo entre manos. Supongo que en los once cuentos de “Esquina inferior del cuadro”, mi anterior libro, hay un poso de todos los autores que me han hecho, pero no soy muy consciente de ello. Creo más en la decantación silenciosa de todo lo escuchado, leído, observado, paladeado, gozado y sufrido, y de la labor alquímica de la escritura proponiendo nuevos órdenes a la combinación de elementos conocidos.

¿Se pueden solucionar fantásticamente los problemas de la realidad cotidiana?
    No, la literatura no salva vidas ni propone fórmulas mágicas contra un desahucio o un despido improcedente. Sería una provocación pensar algo así. Pero sí que permite una labor de observación más generosa y distanciada el empleo del prisma de lo fantástico sobre lo cotidiano. La tragedia griega entendió pronto esto en su particular cosmogonía que hacía participar sobre las tablas lo divino y lo humano, como si fueran uno el reverso de lo otro. La realidad, como apuntaba antes, es hoy mucho más inexplicable que cualquier narración de corte fantástico. Me parecen más plausibles Cthulhu o Pedro Páramo que muchas radiografías fieles de época con que nos asaetean muchas veces las mesas de novedades librescas. Hoy, el hombre es un producto artificial que se pierde en algún punto inconcreto entre sus deseos y las limitaciones que impone a los mismos su realidad social, económica y cultural. Así que el análisis realista de la naturaleza humana precisa de elementos que están más cerca del mito que de la novela naturalista.




 



En una reciente antología, afirmaba que la permeabilidad del relato actual es su rasgo más notable, ¿se refiere a la influencia en la expresividad que generaciones anteriores han dejado en las actuales? ¿Y en qué medida?
     Sí. El cuento es muy dúctil, muy permeable a la influencia del pasado del que bebe, sin esa necesidad de continua exploración y ruptura de la novela. Yo he frecuentado el fantástico en mis microrrelatos y algunos de mis cuentos, sobre todo los de mi primer libro, “Ternuras interrumpidas”, y los temas tratados, sea cual sea la trama escogida, coinciden con los de muchos maestros clásicos del género: la duplicidad, las preocupación identitaria, la maleabilidad del tiempo y el espacio… La tradición pesa, en el mejor sentido posible, en un género tan acotado como el del cuento. Nuestra labor es adaptar esa tradición a los intereses y propuestas de un escritor contemporáneo: renovar con un ojo puesto en el retrovisor.

¿Qué valor le otorga al humor, al absurdo, o a lo grotesco en su literatura?
      Mucho. Los escritores más grandes abrazan el humor o el absurdo como un arma de construcción masiva: Sharpe, Queneau, Perec, Ionesco… Sin el humor o la pulsión juguetona de lo surreal, la literatura tiende a acartonarse, envejece mal lo grave, porque no define lo universal, sino lo coyuntural. Rabelais sigue vigente. El humor o el absurdo desarticulan los elementos rígidos de la realidad y permiten buscar en ellos ángulos insospechados, lecturas no predecibles. Hablo, por supuesto, del humor que promueve el arqueo de cejas o la sonrisa antes que la carcajada y el salivazo. Sutileza y sugerencia antes que trazo grueso, el reto es ése.

Ahora se estrena usted en narrativa extensa con una novela ambiciosa, Las manos (Candaya, 2014), la historia de un hombre a la deriva, ¿pretende ser una crónica de la actualidad?             
   Es, de hecho, una crónica pormenorizada de los males y obsesiones contemporáneas en clave grotesca: el deseo insatisfecho, la necesidad de proyectarse en un logro colectivo que supere la pequeñez de nuestras existencias, la búsqueda incesante de un grial que justifique nuestros días… Mario Parreño, el protagonista, se arroga una misión que es a todas luces imposible: recuperar la Copa de la FIFA robada de las manos de Fernando Torres durante el desfile triunfal de la selección española por las calles de Madrid en el verano de 2010. Y es una misión imposible porque él es un niño-hombre, un adulto incapacitado para la propia autonomía, un castrado emocional y un misántropo empedernido que, sin saber cómo, un día decide dejar de serlo. Es un reflejo de esta sociedad posindustrial y filofutbolera que proyecta la solución a sus fracasos en algo que está más allá de sus posibilidades reales. Es la derrota del individuo que se vacía de sí para colmarse con los logros de otros a los que no conoce. Es el triunfo de la inmadurez contemporánea.

El fútbol, ¿manda tanto en una sociedad como la actual?
       Yo no diría tanto. La prueba es la sorpresa de ver cómo en Brasil, donde el fútbol es una religión neopagana, se multiplican las protestas de la ciudadanía por la celebración del Mundial en un país con unas desigualdades sociales que ni las meritorias políticas sociales de Lula da Silva llegaron a compensar del todo. Sin embargo, en España y otros muchos países principiantes en crisis de largo recorrido, sigue siendo algo más que un deporte que mueve más voluntades y emociones que la reivindicación colectiva en defensa de la sanidad o la escuela públicas, por poner un ejemplo. Eso sí es preocupante. Digamos que actúa como un reflejo distorsionado a la manera valleinclanesca: se tiende a ver en él y en sus mitos la imagen que muchos desearían mostrar al mundo, reconocerse en el logro de la experiencia colectiva. Es una catarsis, pero con las catarsis no se come ni se paga la hipoteca. Supongo que las crisis actúan sobre este tipo de conductas acomodaticias como una venda que cae al suelo y deja a los ojos ver lo que antes se ocultaba. Veremos.

Su personaje, Mario Parreño, ¿se convierte en ese “mesías” del siglo XXI tan deseado?
     Existen muchas maneras de perder. Mario es un perdedor nato, pero él no parece advertirlo. El éxito y la felicidad, radican, como pensaba Rilke, en la manera en que los transformamos interiormente. En el decurso de la novela, Mario no nos da muestras evidentes de conciencia de su condición de héroe. Es más, duda continuamente de sus aptitudes y fluctúa entre su perfil de “ración de oreja en el Bar Eto” y su condición recién adquirida de héroe inaudito e improvisado, si es que logra finalmente tal condición. Para él, como la Ítaca de Kavafis, será el propio viaje por medio mundo (Madrid, Viena, Nueva York, Japón) el que permita hacer balance de sus logros. O quizá no. Porque incluso para mí, Mario Parreño es un gran desconocido y le perdí la pista no pocas veces a lo largo de su aventura. Ser mesías es un trabajo arduo.

De nuevo el humor y lo grotesco hacen gala en su prosa, ¿estamos tan necesitados de reírnos a carcajadas?, o déjeme preguntarle si es un mero recurso.
     Hay ganas de reír, sí. Pero no nos dejan. Cada época tiene su cultura adecuada a las necesidades de su gente, somos productos de una realidad cultural persistente y, en muchos casos, azarosa. Por eso, yo pretendo desarticular los modos infamantes de lo real mediante lo humorístico, lo grotesco, lo surreal, lo esperpéntico. Sin embargo, tengo muy claro que no es un mero recurso con finalidad en sí mismo, sino un medio para trazar un fresco del hombre contemporáneo, si es que eso es posible. El hombre, hoy, se enfrenta a un mundo que porfía en desnaturalizarlo y convertirlo en adorador de iconos y abstracciones de consumo deshumanizado. Yo quiero atrapar ese pulso ansioso, y lo grotesco, como en los lienzos de Georges Grosz, es para mí el procedimiento ideal. Del humor al análisis. La crítica a través del humor.

¿Su visión esperpéntica caracteriza a un mundo en descomposición y crisis?
    Sí. El espejo deformante y el trazo burlesco son propios del arte en las épocas de crisis: Gracián, Goya, Valle-Inclán, Kafka… Pero yo no contemplo la farsa. Mis personajes son tan serios en el fondo como una patada en el estómago, no hay trazo grueso ni caricatura, sino un perfil minucioso de caracteres y situaciones que conforman un políptico de estos primeros años de centuria.

En esta novela hay mucho de cine y series de televisión, del mundo audiovisual, incluso del cómic, ¿cuantifica con ello la cultura de esos ámbitos, o una polimétrica imaginaria contra la importante historia de la pérdida de la Copa del Mundial?
      Reivindico el cómic, la publicidad, la cultura pop, la tecnología portátil o el cine como medios con mensajes que la literatura puede y debe asumir hoy en su construcción. Ya no se puede escribir novela decimonónica. No abogo por ciertos latiguillos de la posmodernidad como la fragmentación narrativa o la hipertextualidad vacía, por encima de todo creo en las historias y no en el ensimismamiento del autor con coordenadas crípticas exclusivas de su tribu. Sin embargo, en “Las manos” pongo recursos visuales y metaliterarios al servicio de lo narrado, para hacer más plástica la escritura, darle más alcance a lo que pretendo contar: citas al pie de página que al final formarán parte de la propia vivencia del protagonista, variedad de tipografías, alteraciones del punto de vista del narrador y su voz, estructuras dispares… Tomar como punto de partida el robo de la Copa es una excusa argumental para hablar de muchas otras cosas. Es, en expresión popularizada por Hitchcock, un monumental “macguffin” que sólo sirve como pistoletazo de salida, no siendo una novela de ni sobre fútbol sino algo que intenta ir más lejos.            

Y por último, ¿con qué se divierte más, con las distancias cortas o las largas?
     La novela es más divertida: tramas, subtramas, preparación minuciosa de personajes, libertad constructiva.... El cuento, como dije, es el sacrificio que exige el círculo perfecto. Pero como uno es tendente a la ciclotimia autoral, pues no podré resistirme a alternar lo largo y lo breve para buscar esa sucesión enfermiza de ciclos de dolor, placer y vuelta al dolor. Supongo que la literatura es esencialmente eso: una expedición insensata de un extremo a otro del archipiélago que son las existencias humanas.


  


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