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jueves, 23 de octubre de 2014

TRAVESÍAS


 
LITERATURA Y VIAJE
  
          Un viaje también es posible cuando se realiza a través de la literatura, de la mano de aquellos escritores que narran sus experiencias y convierten su obra en un ameno conocimiento. A menudo, el lector se contenta con pasar las páginas de un libro, satisface así de alguna manera su imaginación, aunque siente cierta nostalgia por los lugares nunca vistos, y sobre los que únicamente podrán leer, aquello que otros han vivido. El viaje en sí se convierte en una auténtica experiencia, posible si salimos de casa y nos embarcamos en una pequeña aventura. La literatura de viajes tiene los suficientes nombres propios que cubren el espacio de esta y otras columnas. Paul Theroux, auténtico trotamundos, hoy uno de los clásicos del género, habla en sus textos de Marco Polo, y de su larga estancia en China; de la condescendencia con que T.E. Lawrence se trató asimismo, y mostró la vida de los beduinos o los recovecos del Islam; admira los destellos de brillantez de Bruce Chatwin, un autodidacta cultivado, gran conocedor de la Patagonia, y del continente australiano, o cuantifica la fascinación que provoca el viaje de Joseph Conrad a El corazón de las tinieblas, su estancia en el Congo belga. Señala la huida de R.L. Stevenson a la isla de Samoa, de donde, sin duda, el escocés, nunca pensaba volver, y la no menos curiosa empresa de La vuelta a Europa en avión que, otro gran viajero, Manuel Chaves Nogales, inició en 1928 para escribir sus crónicas y ofrecer un testimonio directo a sus lectores, un pionero que utilizó los adelantos técnicos de la época.
           Solo cabe una salvedad final, un turista no tiene nunca ni idea de dónde ha estado, y el viajero no tiene jamás idea de adónde va.



                        3 de Noviembre, 2012; pág., 8

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