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viernes, 3 de octubre de 2014

Horacio Quiroga


J
Juventud
“Los jóvenes de hoy aman el lujo, tienen manías y desprecian la autoridad. Responden a sus padres, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros”.
                                                                                   Sócrates


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El devorador de hombres y otras novelas cortas




     La especificación global que consideraríamos como cuentos modernos hispanoamericanos del siglo XX se presenta desde un lejano 1906 hasta finales de la década de los 90 y aparece en el panorama literario como una pieza polifónica, o mejor ofrece una intertextualidad plural en esa diversidad de países y de paisajes en los innumerables nombres que pueden atribuirse en tan variados como cambiantes modelos de escritura. Leopoldo Lugones y Horacio Quiroga se convierten pronto en punto de referencia y en los innovadores de la renovación moderna del cuento por su profundo conocimiento tanto de los elementos estilísticos como de los estéticos, al tiempo que los sitúa en la vanguardia del modernismo hispanoamericano, sobre todo a Lugones, cuya original ejecución ilustra todo lo moderno asumido en una fascinación tan absorbente como poderosa ante las nuevas formas; y Quiroga que se convierte en el primer autor de una auténtica teoría del cuento, y así definió con precisión los contornos del género y llegó a afirmar, “Un cuento es una novela depurada de ripio”, que recogió en su Manual del perfecto cuentista (1925). Además, en la literatura hispanoamericana anterior a los años cuarenta, se supuso que la lucha desigual del hombre frente a la naturaleza fue el tema principal, aunque la realidad resulta muy distinta y pocos escritores se preocuparon de que la naturaleza ocupara un papel predominante en su obra, y en ocasiones más bien se trata de plasmar esas fuerzas destructivas inmersas en un contexto  donde la justicia social predomine. Ya hemos señalado como este tema corresponde preferentemente a dos escritores, Rivera y Quiroga
     Uno de los aciertos del mejor Quiroga es utilizar la brevedad fortificando el concepto de tensión en el relato y llevándolo a un nivel de excelencia porque, entre otras muchas cosas, ofrece una fuerte visión existencial acerca de los tejidos que comunican la vida y la muerte, tan frecuente en su narrativa breve. Jean Franco realza en la prosa del uruguayo la pugna entre estilo y tema, aunque la sobriedad de la misma  se muestra estoica en las relaciones que mantiene el hombre con las fuerzas naturales y esta evolución fue posible tras su paso por el París modernista y sus incursiones en la expresión lírica que devengó en una actitud más realista tras un accidente y posterior muerte de una amigo a causa de un disparo fortuito. Desde Montevideo se trasladó a Buenos Aires, donde conocería a Lugones, interesado por rastrear las misiones jesuíticas en la zona norte y tropical de Argentina. Quiroga descubría entonces el trópico y posteriormente viviría durante años como colono y granjero en la región del Chaco y luego en Misiones, escenario de la mayoría de sus cuentos. Sus primeros intentos literarios fueron imitaciones de Poe, con quien compartía preferencias por lo extraño, lo violento y la locura. Y Misiones y del Charco son el mejor telón de fondo para demostrar lo que realmente vale un hombre cuando se enfrenta a los peligros de la naturaleza y lo imprevisible de las fuerzas naturales, hasta el punto de que la razón o la voluntad humana  prevalezcan sobre el medio. Generalmente, sus elementos discursivos son mínimos, así como el espacio del suceso, la observación y la interrupción final que posibilita generalmente una tragedia. 
      Quiroga, en palabras de Andrés Neuman, fue un hombre observador y un lector atento de Chéjov y de Dostoievski, y más que un autor de complejos argumentos, un narrador de vidas interiores. Siempre le habían preocupado cuestiones como el colonialismo, la desigualdad social y la injusticia contra el débil. El mismo Neuman señala como el uruguayo “fue el primer autor latinoamericano en elevar el cuento a la categoría de género específico, el primer en objetivar una técnica más o menos concreta y en reflexionar sobre ella (…)”. Palabras que sirvieron de ensayo preliminar a Cuentos de amor de locura y de muerte (Menoscuarto, 2004), libro originariamente publicado en 1917, y cuyos cuentos aparecieron previamente en algunas revistas de época, Caras y caretas, Fray Mocho, El hogar, Atlántida, o incluso el diario La Nación. En esta edición aparecen quince relatos, además de los tres suprimidos en la última revisión del volumen hecha por el autor en 1930. Ahora, Menoscuarto, publica El devorador de hombres y otras novelas cortas (2013), con prólogo de Luis Alberto Cuenca. Las seis novelas cortas reunidas en este volumen fueron escritas entre 1908 y 1913, bajo pseudónimo y publicadas por entregas en algunas revistas citadas de Buenos Aires. En ellas aparece un Quiroga pletórico que complementa en estilo y profundidad a sus cuentos. Si la brevedad del cuento le permite una economía que influye en el impacto de las palabras empleadas, la mayor extensión de la novela (variada, algunas de más de cincuenta páginas) le permite desarrollar mejor el ambiente, ahondar en los temas que le son más propios. En estas seis historias se repiten temas ya conocidos en sus cuentos y que le son tan queridos a Quiroga: la aventura, la llamada de lo salvaje, o las pasiones humana.


           El devorador de hombres consta de seis novelas cortas, la que da título al libro, es una historia ambientada en la India colonial, y una de las mejores de la recopilación; en ella, Quiroga aporta un rasgo original: enfoca el relato desde la primera persona del tigre protagonista. En “El mono que asesinó”, el autor recoge tangencialmente el interés del fin de siglo por la fenomenología ocultista, mientras que en “El hombre artificial” retoma el tema de Frankenstein desde una particular visión, con conocimiento de la obra de Shelley. “El remate del Imperio Romano” supone una incursión en el pastiche histórico: Quiroga narra un episodio de la decadencia del Imperio con un estilo cercano a la mejor imitación de la prosa latina; finalmente, el tema africano, tan apreciado por el autor, aparecen en “Las fieras cómplices” y “Una cacería humana en África”. Dos elementos recurrentes aparecen en estas historias, la crueldad y la crudeza del escritor uruguayo, que no tiene piedad alguna con sus personajes, animales o humanos.
         Horacio Quiroga Corteza, nació en Salto (Uruguay), en 1878, y murió en  Buenos Aires (Argentina), en 1937. Las tragedias marcaron la vida del escritor: su padre murió en un accidente de caza, y su padrastro y su primera esposa posteriormente se suicidaron; además, Quiroga mató accidentalmente de un disparo a su amigo Federico Ferrando. Estudió en Montevideo y comenzó a interesarse por la literatura, escribió Una estación de amor (1898). Marchó a Europa y resumió sus recuerdos de la experiencia en Diario de viaje a París (1900). Instalado en Buenos Aires publicó Los arrecifes de coral (1901), poemas, cuentos y prosa lírica, los relatos de El crimen del otro (1904), la novela breve Los perseguidos (1905). Trabajó en el consulado de Uruguay de la capital argentina, y dio a la prensa Cuentos de amor de locura y de muerte (1917), los relatos para niños Cuentos de la selva (1918), El salvaje (1920), la obra teatral, Las sacrificadas (1920), Anaconda (1921), El desierto (1924), La gallina degollada y otros cuentos (1925), y  su mejor libro de relatos, Los desterrados (1926). En 1936 aquejado de fuertes dolores estomacales se internó en el Hospital de Clínicas. Cinco meses después, un médico le dijo que tenía cáncer. Quiroga no dijo ni una palabra. Salió a dar una vuelta por la ciudad y esa misma medianoche, el 19 de febrero, se suicidó con cianuro.











Horacio Quiroga, El devorador de hombres y otras novelas cortas; Palencia, Menoscuarto, 2013; 308 págs.

 

               

1 comentario:

  1. Un narrador de vidas interiores no podría acabar de otra manera.
    Por cierto, la cita de Sócrates podríamos trasladarla a la actualidad sin ningún problema. La Historia se repite.
    Mª Ángeles.

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