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sábado, 11 de octubre de 2014

Hoy tomo café con…


Paloma Díaz-Mas
Contrapone, en su último libro, las características, actitudes y habilidades de los gatos y de los humanos”.

 Foto, gentileza de Carlos Mota


          Paloma Díaz-Mas (Madrid, 1954) es Licenciada en Filología Románica y Periodismo, profesora de investigación del Instituto de Lengua, Literatura y Antropología del (CSIC) de Madrid. Sus investigaciones se orientan preferentemente hacia la  literatura sefardí, la literatura de transmisión oral en el ámbito hispánico y la poesía judía castellana medieval, además de notable narradora, El rapto del Santo Grial (1983), El sueño de Venecia (1992), La tierra fértil (1999), y los libros de cuentos, Nuestro milenio (1987), Una ciudad llamada Eugenio (1992) y Como un libro cerrado (2005), acaba de publicar una última y no menos curiosa narración que ha titulado, Lo que aprendemos de los gatos (Anagrama, 2014).

¿Escribir sobre el pasado autentifica, en algún sentido, el presente?
Varias de mis narraciones se sitúan en un tiempo pasado, pero eso no siempre significa que realmente esté escribiendo sobre la historia del pasado. Por ejemplo,  El rapto del Santo Grial se sitúa aparentemente en una Edad Media más imaginaria que real, la que aparece en las novelas caballerescas artúricas o carolingias. Para mí, situar la acción en una época lejana en el tiempo es un recurso equivalente a situarla en un lugar imaginario: un procedimiento que me permite crear un distanciamiento irónico para hablar de hoy como si estuviera hablando del pasado. Como cuando hacemos una fotografía y nos alejamos unos pasos para obtener un encuadre mejor.

Usted es experta en el pasado sefardí-judeo-español, ¿esa perspectiva histórica le abre muchas puertas para narrar?
Soy especialista en historia de la literatura y, dentro de eso, me he dedicado sobre todo a investigar sobre la literatura de transmisión oral (el romancero, la poesía popular, el cuento folklórico) y sobre la literatura sefardí. Esos dos temas de investigación se integran de manera muy distinta en mi propia creación literaria: la interacción entre escritura y oralidad está muy presente en toda mi literatura (hay pasajes de novelas mías que incorporan temas, motivos y hasta citas literales del romancero, por ejemplo), mientras que, curiosamente, nunca he sido capaz de escribir una novela (¡ni siquiera un cuento!) sobre los sefardíes, un tema sobre el que sin embargo he publicado numerosos estudios académicos y artículos divulgativos. Es como si en mis obras de creación necesitase alejarme de lo que es el tema principal de mi investigación académica.

¿Qué importancia le otorga a la parodia y el humor en su literatura?
El humor es un elemento fundamental, que aparece incluso en mis novelas aparentemente más serias o trágicas, como La tierra fértil, donde el atormentado protagonista,  Arnau de Bonastre,  tiene con frecuencia rasgos de humor. En ocasiones he utilizado también la parodia de textos y procedimientos literarios como recurso narrativo. Pero yo añadiría un tercer elemento, que para mí es el más importante: la ironía, en el sentido literal de la palabra; es decir, la figura retórica que consiste en decir una cosa aparentando decir otra. En todo lo que he escrito hay un trasfondo irónico. Me atrevería a afirmar que la narrativa es un género irónico de por sí, porque cuando uno escribe una novela, normalmente no pretende simplemente contar una historia, sino que a través de la historia contada se intenta plantear una reflexión, un problema o una denuncia de algo. Es decir, se cuenta una historia para decir otra cosa: eso es ironía.


¿Ficción e historia se intensifican en su narrativa hasta el presente?
Es curioso, porque yo tengo la impresión contraria, que he ido más de la ficción y la historia a la memorialización y la narración autobiográfica. En mis primeros escritos, de alguna manera, la invención y la imaginación suplían a la experiencia: es el caso de mi primer libro, que publiqué con sólo 19 años (ahora se ha reeditado para libro electrónico con el título de Ilustres desconocidos) y que consiste en una serie de biografías apócrifas de personajes supuestamente históricos... que nunca existieron. Historia y ficción son la base de otras novelas, como El sueño de Venecia (1992) y La tierra fértil (de 1999) o en el libro de cuentos Nuestro milenio. Pero ya en 1992 publiqué Una ciudad llamada Eugenio, un libro de viajes que en realidad es reflejo de mi experiencia como profesora en la Universidad de Oregón, en Estados Unidos. Y los libros más recientes, Como un libro cerrado (2005)  y Lo que aprendemos de los gatos (2014) entran más en el terreno de la ficción autobiográfica, o la experiencia más o menos novelada. A lo mejor es que me voy haciendo mayor. 

El sueño de Venecia (1992), es una de sus novelas más estudiadas, con entresijos y ecos literarios del XVII, ¿es quizá de las más ambiciosas?
Lo que plantea El sueño de Venecia es, sobre todo, la dificultad de historiar con veracidad, de reconstruir verazmente el pasado. El pretexto es un cuadro que se pinta en el siglo XVII y se restaura en el XX, después de haber pasado por varias manos. En cada época, los personajes hacen una interpretación distinta de un mismo objeto. Creo, sí, que es una novela ambiciosa, tanto en el aspecto formal (intento recrear el discurso literario de cada una de las épocas) como en el problema que plantea. Curiosamente, en su momento la mayor parte de la crítica se quedó sólo con los aspectos formales (la imitación de distintos discursos literarios) y no prestó demasiada atención al problema moral-historiográfico que para mí es el eje de la novela.

Entendemos, La tierra fértil (1999) ¿como una novela sentimientos?
En algún momento yo misma he dicho que era una novela histórica de sentimientos. Con ello quería decir que, aunque se tratase de una narración situada en la Edad Media, (para la que procuré documentarme históricamente muy bien), lo importante para mí es la reflexión que intento plantear acerca de los sentimientos, pasiones, anhelos, frustraciones y deseos de los personajes, y hasta qué punto podemos reconocer en ellos nuestros propios sentimientos. Aspiro a que el lector se vea reflejado en los personajes, aunque sean lejanos en el tiempo

¿Se desvincula usted de la carga que pueda representar la historia oficial, para acercarse al presente?
Cuando escribo novelas no estoy haciendo historia, estoy escribiendo ficción. Eso me da una libertad total con respecto al discurso historiográfico más o menos oficial.


Su última novela ¿Cómo se le ocurre escribir todo un auténtico tratado sobre el gato?
Porque convivo y he convivido mucho con gatos. Los gatos son animales muy independientes, por lo que convivir con ellos es siempre producto de un pacto; eso invita a la reflexión sobre nosotros mismos, sobre nuestras actitudes y costumbres. Así que en este libro miro mi propia vida –nuestra propia vida humana– bajo el prisma de esa convivencia con los animales.

Los seres humanos, como observamos en este relato, ¿entendemos las cosas al revés?
Para los gatos, seguramente sí. En el libro hay una continua dialéctica entre cómo vemos el mundo los seres humanos y cómo imagino que pueden verlo los gatos. Así que la mirada del gato nos ofrece una perspectiva distinta de nosotros mismos

En Lo que aprendemos de las gatos (2014) hay mucha observación y sabiduría que podríamos aplicar al mundo humano, ¿realmente, debemos/ podemos aprender de estos felinos?
Tal como se describe en el libro, los humanos vivimos azacaneados por nuestras propias preocupaciones, más atentos a la memoria del pasado y a la ansiedad por el futuro que a vivir el momento presente con plenitud. La capacidad de vivir el presente, sin proyectarse hacia el pasado ni hacia el futuro, es probablemente la mejor lección que nos dan los gatos y otros animales

¿Este libro es un divertimento que pretende arrancarnos alguna que otra sonrisa?
Sí, claro, es un tema que no se puede tratar sin un punto de humor. Y las personas que han leído el libro me dicen que les ha parecido divertido, aunque algunos pasajes les resulten un tanto dolorosos y emotivos también.

Desde el punto de vista gatuno, ¿realmente carecemos de Razón?
En el libro hay un gato sabio y filósofo que reflexiona sobre los seres humanos. Para ese gato la Razón es una enfermedad congénita y degenerativa de los humanos, que les hace segregar grandes cantidades de unas sustancias tóxicas llamadas ideas, de manera que nuestro cerebro acaba completamente saturado de ideas y eso hace que, paradójicamente, seamos incapaces de pensar con claridad. Para ese gato filósofo el cerebro humano es un atropellado caos, y creo que tiene bastante razón. Deberíamos relajarnos e intentar pensar más sosegadamente.

¿Son intercambiables nuestras habilidades humanas con sus habilidades animales?
No, claro. Para empezar, los gatos y nosotros tenemos unas características físicas y mentales completamente diferentes. Precisamente el eje central del libro consiste en contraponer las características, actitudes y habilidades de los gatos y de los humanos, desde una doble perspectiva: cómo vemos nosotros los humanos a los gatos, claro; pero también he jugado a imaginar cómo podrían los gatos vernos y valorarnos a nosotros... Confío en que ese juego dialéctico induzca a los lectores a reflexionar, no sólo sobre los gatos, sino principalmente sobre los seres humanos.

¿Y después de los gatos qué…?
Probablemente, una cosa completamente distinta. Soy una escritora lenta, que no vive de escribir y que por tanto puede permitirse el lujo de escribir por gusto, sin obligación y al ritmo que yo quiera. Cada uno de mis libros es producto de un proceso largo de elaboración y maduración, lo cual quiere decir que entre un libro y el siguiente yo misma he cambiado. Por eso mismo creo que mis libros son bastante diferentes entre sí.
Así que lo previsible es que después de Lo que aprendemos de los gatos venga un período de larga gestación de un libro muy distinto, que todavía no puedo imaginarme cómo será.

1 comentario:

  1. Convivir con gatos...no acabo de verlo. No me gustan nada. Escribir sobre ellos, eso es otra cosa.
    Mª Ángeles.

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