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lunes, 3 de noviembre de 2014

TRAVESÍAS



ALEJANDRÍA
      Fue la más grande en la Antigüedad, tanto o más que Roma o Constantinopla. Cosmopolita, fascina por sus innumerables ecos literarios y sus visitantes ricos y desinhibidos. Su prestigio viene de lejos, de su celebérrima Biblioteca, creada, en el siglo III a.C., por Ptolomeo I Sóter, general de Alejandro y, ampliada por su hijo, llegó a albergar unos 900.000 manuscritos y encerraba saberes como que la Tierra era redonda y giraba sobre su eje; Aristarco escribió que tal vez diera vueltas en torno al sol; Herófilo anotó que el cerebro es el centro del sistema nervioso; Hiparco dividió el círculo en 360 grados; Sosígenes ajustó el calendario de 365 días; por no hablar del nacimiento de la alquimia, los primeros catálogos de estrellas, los mapamundis, los croquis del cuerpo humano. El sultán Omar se apoderó de la ciudad en el siglo VIII, y ordenó calentar los baños públicos con esos manuscritos
        De obligada referencia, tan solo por el monumental Cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell, sus cuatro novelas: Justine (1957), Balthasar (1958), Mountolive (1958) y Clea (1960), cuentan la historia de unos amigos que compartieron sus vidas en la ciudad durante el período de las entreguerras mundiales. Cada uno relata su punto de vista, cómo lo sintió, lo vivió, o cómo pretendió vivirlo, y lo más importante, qué queda de su recuerdo. E.M. Foster ofreció curiosas anotaciones en Alejandría (1961) y su visión de las catedrales coptas, o las catacumbas de Kom es-Shogafa. Y mejor, los versos vitalistas y oscuros de Cavafis, el poeta de las gentes anónimas de la calle, los objetos vulgares y corrientes que de pronto adquieren un profundo valor simbólico,“Siempre llegarás a esta ciudad./ Para otro lugar —no esperes— no hay barco para ti, no hay camino”.



                       Sábado, 10 de mayo, 2014; pág., 8

1 comentario:

  1. ¡Menuda Biblioteca! Y pensamos ahora que somos descubridores de todo.
    Mª Ángeles.

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