Entrevista a David Roas
Publica la colección,
Territorios (2026)
David Roas (Barcelona, 1965), escritor y profesor de Teoría de la Literatura, dirige
el Grupo de Estudios sobre lo Fantástico. Autor de los volúmenes de cuentos Los
dichos de un necio (1996), Horrores cotidianos (2007) o Monstruario (2021), y
de las novelas Celuloide sangriento (1996) y La estrategia del koala (2013). En
Páginas de Espuma ha publicado, Distorsiones
(2010, Bienvenidos a
Incaland, (2014), Invasión (2018), Niños (2022) y recientemente,
Territorios (2026).
¿Sobrevivimos a cualquier
tipo de terror en cualquiera de sus manifestaciones?
Al
terror ficcional sobrevivimos siempre, pues un terror “seguro”: el monstruo
nunca cruza a nuestro lado y si nos asusta demasiado (algo cada vez más difícil
de conseguir) cerramos el libro, salimos del cine, apagamos la TV o el
ordenador, y respiramos tranquilos… Otra cosa son sus secuelas, su impacto
emocional, cuando después de leer o ver una buena historia esta se cuela en
nuestro cerebro, nos persigue en sueños o, mejor aún, cuando estamos
despiertos… Ese es mi objetivo, jaja. Y ahí está también el mayor placer del
consumidor de terror (no solo del creador): sentir el impacto, la emoción
tiempo después de haber leído o visto la historia, seguir gozando de lo
inquietante, seguir disfrutando del miedo… Insisto, porque es un miedo seguro.
¿Histórica y socialmente el
medio rural ha sido desde siempre una fuente literaria para contar historias de
terror?
Dejando
de lado lo folklórico y lo legendario (terrenos abonados para lo fantástico e
inquietante), el mundo rural ha servido de inspiración para la ficción
fantástica y terrorífica desde los mismos inicios del género, sobre todo porque
el mundo rural ha sido visto desde el mundo urbano como un lugar atrasado, poco
“civilizado”, salvaje o más conectado con lo natural, como un refugio de lo
supersticioso o de una religiosidad represora… Eso ha hecho que esas historias
potenciasen el espacio rural como propicio para situaciones peligrosas, porque
era un espacio alejado en todos los sentidos del (aparentemente) civilizado
mundo urbano. Eso explica, por ejemplo, el desarrollo del Folk Horror, que ha
potenciado ese tratamiento a través de historias situadas en paisajes remotos,
aislados no solo geográfica sino culturalmente, en los que habitan comunidades
recluidas y, sobre todo, anacrónicas, ancladas en viejas costumbres (paganismo,
dioses primigenios), olvidadas y/o reprimidas por el mundo moderno. A diferencia
de ello, el agrohorrror, que es el subgénero en el que se sitúan los relatos
que componen mi libro Terrritorios, explora una ruralidad mucho más cotidiana y
actual: en estas historias la gente ve Netflix y HBO, ha leído a Lovecraft y a
Stephen King, habla de Tarantino, lee cómics, usa móviles, compra en Amazon y
en IKEA, hace reciclaje y juega con la güija. Asimismo, el agrohorror expone
una visión respetuosa de lo rural, que no por ello debe entenderse como una
idealización del campo. En estas ficciones no hay nostalgia del pueblo, de la
vida “natural” y “auténtica”, ni una defensa de la España “vaciada”, ni una
crítica de las prisas capitalistas urbanas como vía para recobrar y/o
reivindicar un sentido perdido de comunidad… Se trata de jugar con las posibilidades
que ese mundo rural cotidiano y “normal” ofrece para desarrollar historias
inquietantes desde lo fantástico o desde el realismo.

¿El mundo rural ha dejado de
ser ese lugar idílico para convertirse en la pesadilla para un advenedizo?
Todo
depende del advenedizo… Insisto: el mundo rural es tan adecuado y proclive para
el terror como lo es el mundo urbano, solo depende de donde pongas el foco y de
cómo trates la historia. Como decía antes, para mí lo esencial es hacerlo desde
el respeto y no convertir al mundo rural en el reflejo negativo del
“civilizado” mundo urbano. El terror está en todos lados: en la ciudad, en el
pueblo, en el mar, en el bosque…
¿Por qué piensa usted que el
agrohorror se está abriendo camino en la literatura española?
Aunque
es un aspecto sobre el que todavía estamos investigando, cada vez tengo más
claro que esto que hemos decidido llamar agrohorror es un efecto del interés
general que en la ficción española (también en la gallega y en la catalana… y
seguro que en la vasca) se está desarrollando por el mundo rural. Lo que se ha
dado en llamar “literaturas de la ruralidad”, que también es perceptible en el
cine (basta pensar en As bestas, O que arde o Cerdita) y en el cómic. Una nueva
mirada sobre lo rural que suele decirse que empieza a a partir del impacto de
la novela Intemperie (2013), de Jesús Carrasco, y, sobre todo, de La España
vacía (2016), de Sergio del Molino. Sin olvidar las conexiones con la crisis de
2008, el 15M, la pandemia del coronavirus, las reivindicaciones políticas sobre
despoblamiento, envejecimiento y empobrecimiento de la España vaciada… Todo eso
ha provocado una nueva mirada sobre lo rural que a partir de 2019-2020 ha
potenciado que también lo fantástico y lo inquietante se exploren en esas ambientaciones
rurales.

Usted es un firme y sólido
representante de la literatura fantástica, ¿cree que en su caso ha tenido una
evolución lógica para escribir relato de agrohorror ahora?
No
sé si una evolución lógica, pero sí que tiene que ver con mi continua búsqueda
de formas escapar de las convenciones y los tópicos en el tratamiento de lo
fantástico y lo inquietante. Una de esas vías también está muy presente en el
agrohorror (no en todas las obras que podríamos poner bajo ese término, pero sí
en muchas): el humor. Un elemento con el que siempre he jugado y que permite
airear, renovar esos tópicos fantástico y terroríficos. El mundo rural se
vuelve así un terreno estupendo para combinar el terror, lo fantástico, el
humor, lo grotesco… Pero también teniendo en cuenta la variedad del mundo
rural: el campo, el bosque, el mar…
¿En sus cuentos hay una
inevitable mirada a Lovecraft?
No
sé si inevitable pero sí que es una sombra que suele planear por mis libros, a
veces de forma consciente y evidente, otras de un modo más oculto. Lo mismo
ocurre con el maestro Poe. En Territorios echo mano del célebre Necronomicón
pero desde un tratamiento paródico, que conecta con lo que decía en mi anterior
respuesta. Me sería imposible imitar o copiar a Lovecraft… ¿para qué? Ya están
sus cuentos… Me gusta más el juego intertextual, el guiño paródico.
¿Su visión grotesca e
irónica del espacio rural obedece, en cierto modo, a una mirada diferente para
quien desconoce qué puede encontrar allí?
El
haber vivido en un pueblo durante 20 años y tener otro pueblo en Galicia al que
vuelvo cada verano (el lugar donde nació mi madre) no sé si me permiten una
mirada diferente, pero sí con cierta conciencia de mirar desde dentro y no
desde las alturas del urbanita que desconoce el lugar y lo mira con burla o con
aprensión. Mi intención nunca es reírme del mundo rural si no aprovechar sus
espacios, sus comportamientos, sus rituales, para provocar la inquietud
(fantástica y realista) o para deformarlos hasta lo grotesco, que también
genera otro tipo de efecto inquietante.
¿Qué tanto por ciento de
fantasía y de realidad podemos esperar en una historia que forma parte del
agrohorror?
Lo
esencial para que este tipo de historia funcione (y para ponerle la etiqueta de
agrohorror) es, como antes señalé, reflejar el mundo rural en su cotidianidad
más trivial y en el presente. Un ámbito que uno podría reconocer en cualquier
pueblo actual, en el que, por diversas razones, aflora lo fantástico o lo
terrorífico real, muchas veces acompañado de la distorsión grotesca. Un
magnífico ejemplo (a través de la formulación más humorística del agrohorror)
lo tenemos en la película de Enrique Buleo Bodegón con fantasmas (2025): basta
mencionar la impagable escena en que una familia invoca a los espíritus en un
tablero de ouija bordado con ganchillo en el mismo mantel sobre el que están
cenando. Ese tránsito entre lo cotidiano y lo paranormal es una buena muestra
de lo que decía: abordar lo rural desde una perspectiva inquietante, pero, al
mismo tiempo, respetuosa y delirante.
¿Los relatos de Territorios
(2026), pese a todo, forman parte de una realidad rural cotidiana?
Por
supuesto. Los cuentos parten de situaciones en las que cualquiera podría verse
envuelto: un tipo que recibe como herencia la casa de su abuela en el pueblo;
el día de la matanza del cerdo; un tipo que se cansa de conducir y se detiene
en un pueblo cualquiera a tomar un cerveza y al que los lugareños recomiendan
visitar la iglesia; un pueblo cuyos huertos son comprados por hípsters para
explotarlos “ecológicamente”… Incluso el relato “A matanza do porco”, cuyo
inicio parece delirante: empieza con el protagonista contemplando a un grupo de
tipos vestidos de ninja con katanas junto al dolmen que él pretendía visitar…
Pues, pese a lo delirante de la escena, es algo que me pasó a mí en un viaje
por la Costa da Morte a finales de los 90. Aunque, evidentemente, lo que le
sucederá después al protagonista con los citados ninjas es producto de mi mente
delirante.
El lector nunca deberá
identificar este tipo de relato con el concepto de “España vaciada”, ¿o cabe
algún equívoco al respecto?
Más
que identificarlo, mi intención no está en reivindicar ese mundo sino en
utilizarlo como inspiración para jugar con lo fantástico y lo inquietante.
Aunque reconozco que en varios de los cuentos hay también una mirada política
sobre la despoblación de esos lugares, sobre su explotación capitalista, sobre
el turismo imbécil…
¿Hasta dónde llegan sus
Territorios?
Si
te refieres geográficamente, mi voluntad -y vuelvo a un aspecto que antes
mencionaba- ha sido retratar el mundo rural en su variedad: hay cuentos que
pasan en lugares fácilmente vinculables con los campos de cereal castellanos,
con las llanuras andaluzas o manchegas, y otros (dos) se sitúan en Galicia,
tanto en el interior boscoso como en la zona costera. La ruralidad no se limita
a una única ambientación. Una variedad que también permite construir historias
muy diferentes, evitando la repetición, y subvertir los tópicos fantásticos y
terroríficos (casa encantada, fantasmas, zombis, etc).
¿Sus personajes, tanto los
visitantes como los lugareños, en general, sobreviven?
Pues,
sin hacer muchos spoilers, depende del cuento. Si estás trabajando con el
terror -real o fantástico-, la violencia es inevitable… y el monstruo, en
ocasiones, atrapa a los protagonistas… Y no digo más.
¿El humor y la parodia están
presentes, incluso, en los títulos de los relatos?
El
humor es parte fundamental de mi escritura y de mi forma de ver y enfrentarme
al mundo. No puedo (no quiero) escapar de él. Pero no solo para producir la
risa o la distorsión grotesca con las situaciones y los personajes, sino
también para jugar con las convenciones del género. ¿Quién a estas alturas se
puede creer la tópica historia de casas encantadas o una ghost story en el
sentido clásico del término? Lo fantástico y el terror necesitan cambiar,
airearse (como decía antes), evitar caer en lo esperable… Y el humor es una
magnífica forma se seguir jugando con los tópicos para llevar a lectores y lectoras
a un lugar que no se esperan. Perdona que deje intervenir al investigador que
llevo dentro: el humor refleja la (auto)conciencia de usar lo fantástico como
convención, tanto temática como formal, de ahí el juego con los tópicos al
hacerlos evidentes a través de su tratamiento irónico/paródico, lo que provoca
una visión distanciada de los mismos, sin que, por otro lado, ello afecte a su
dimensión insólita y/o fantástica. El humor va a tener diversas funciones:
potenciar la dimensión fantástica o insólita de las historias, plantear un
juego intertextual paródico con la tradición fantástica y terrorífica (que
busca tanto el guiño cómplice como el tratamiento distanciado de unas
convenciones demasiado repetidas), y también como forma de distorsionar
grotescamente el retrato del mundo rural, pero no como simple caricatura, sino
para mostrar su lado más absurdo y esperpéntico. Un juego con el humor que
muchas veces, como tú señalas, ya se manifiesta en los títulos. En cuatro de
los relatos reunidos en el volumen Territorios el juego humorístico con sus
títulos apunta tanto hacia los clásicos (en literatura y cine) del terror y lo
fantástico como hacia obras que nada tienen que ver con estos géneros: “El
gañán entre el centeno”, “La conjura de los recios”, “La invasión de los
ladrones de huertos” y “La noche de los puercos vivientes”.

Sus recursos forman parte de
lo fantástico, una casa, algún que otro espectro, lo sinuoso y fantasmagórico,
¿se convierten en elementos imprescindibles para Territorios?
La
casa es un ámbito fundamental para lo fantástico y el terror. Es el hogar, el
espacio que debería ser protector… pero que puede volverse amenazante y
terrorífico. Es un espacio que me gusta mucho explorar. Como el fantasma. Pero
siempre para darle una vuelta de tuerca, para romper las expectativas de los
lectores y conducirles adonde no se esperan. “El gañán entre el centeno” es un
perfecto ejemplo de ello: un anti-cuento de fantasmas, un anti-cuento de casa
encantada.
¿El lector debe pensar, tras
leer estos relatos, en una Galicia terrorífica?
No.
Galicia es tan terrorífica y amable como cualquier otro lugar. Solo hay que
saber mirar y encontrarle el lado oscuro.
Copy de las fotos. Isabel Wagemann