María Ángeles Pérez
AMANECERES
VENTOLERAS
Siempre he preferido pasear bajo una apacible y fina lluvia, aunque me calara hasta los huesos, que sentir mi cuerpo bandeado por golpes de vientos incontrolados que pudieran empujarme hacia precipicios o abismos desconocidos, puede ser porque tengo grabada en mi mente la voz sentenciosa de mi madre recordándome que ya me había vuelto a dar la ventolera, y eso suponía el castigo posterior de algo que había hecho mal. Y, pasado el tiempo, recordando estas proverbiales palabras, miro a mi alrededor y observo que habitamos un mundo rodeado de personas a las que les dan continuas y macabras ventoleras, y que suelen golpear sobre mentes que, bajo la justificación de la locura y el poder son capaces de tocar un botón y poner nuestro corazón en un puño conteniendo la respiración. Prefiero aquellas inocentes ventoleras de mi infancia, aun a riesgo de tener que aguantar el doctrinal grito de mi madre, a estas otras que intentan dirigir nuestras vidas y enfocar nuestras asustadas miradas, hacia un infinito, en busca de inseguras respuestas, en este caótico escenario que nos ha tocado vivir.







