Ana María Shua
Ana María Shua
(Buenos Aires, 1951) ha escrito poesía, novela, microrrelatos y cuentos.
Páginas de Espuma ha publicado, Temporada de fantasmas (2004),Cazadores de
letras (2009),), Fenómenos de circo (2011), Contra el tiempo (2013), La guerra
(2019) y, recientemente, El cuerpo roto (2025).
¿Su literatura es un canto a
la vida desde el dolor?
No
toda mi literatura, por cierto, porque escribo textos muy diferentes unos de
otros. Pero espero que los cuentos de El cuerpo roto sí lo sean. En mi libro,
la idea de “un canto a la vida” comienza por tener un sentido irónico y poco a
poco se convierte en leit motiv del texto. El dolor, la pena y la muerte
terminan siendo, a su manera, un canto de homenaje a la vida.
¿Cuándo decide pasar de la
novela al cuento?
Lo
primero en mi historia literaria fue la poesía. Cuando empecé a escribir
narrativa, el cuento y el microrrelato surgieron casi simultáneamente. La
novela vino después. Pero para un autor desconocido la primera publicación es
difícil y mis libros fueron apareciendo en el orden que les dictó el mercado:
primero, mi novela Soy Paciente, que pude publicar gracias a un concurso de
editorial Losada. Después vinieron los cuentos de Los días de pesca, que
estaban esperando su turno. Y finalmente, cuatro años después y en cierto modo
gracias a una novela best-seller (Los amores de Laurita) conseguí publicar mi
primer libro de microrrelatos, La sueñera, que estaba terminado hacía mucho,
pero no encontraba editor.
Desde un punto de vista
expresivo y técnico, ¿qué exige más dedicación una novela o un relato?
La
novela, por supuesto, simplemente porque es mucho más larga. Pero es injusto
comparar una novela con un relato. Habría que compararla, en todo caso, con un
libro de relatos y ahí ya me resultaría más difícil la decisión. Un libro de
narrativa me lleva aproximadamente tres años, en cualquier género. Además de
sudor y lágrimas. (Incluir “sangre” sería exagerado).
¿En literatura todo es
verdad y todo es mentira?
Absolutamente.
Todo es verdad y todo es ficción. Todo es autobiográfico porque, aunque estemos
escribiendo sobre algo que sucedió hace mil años o va a suceder dentro de tres
mil, lo único que sabemos de verdad acerca de lo humano es lo que nosotros
mismos hemos experimentado. ¿Qué puede saber del dolor alguien que nunca fue al
dentista? ¿Qué conocemos en realidad de la ira, la alegría, el odio de los
demás? Nada. Sólo podemos experimentar nuestros propios sentimientos y
sensaciones. Al mismo tiempo, la autobiografía consciente más fiel del universo
es de todas manera manipulada y mentirosa: nunca se trata de mostrar cómo somos
en realidad (porque no lo sabemos) sino como queremos o creemos ser.
¿Un relato debe ser honesto
para que sea creíble?
Debe
ser capaz de desplegar la más honesta verdad artística, que no siempre es la
verdad de los hechos. Hay una honestidad terrible que se nos exige a los
escritores y que solo los mejores son capaces de exhibir en toda su angustiosa
majestad.
¿El aspecto biográfico
proporciona profundidad al relato de una historia?
No,
y la respuesta está en mis comentarios anteriores. Todos los relatos son de
algún modo autobiográficos, es inevitable. Y si no lo fueran, claro, serían
superficiales, convencionales, a lo sumo dignos de la IA. Y que conste que
tengo un enormísimo respeto por la IA. Pero todavía no nos supera en ese
aspecto (quizás solo hay que darle tiempo).
El conjunto, El cuerpo roto
(2025), ¿sirve para sobrevivir?
La
literatura sirve para sobrevivir, no solo mi libro. Aquellos a los que un libro
les cambió la vida, no suelen ser grandes lectores. Lo que cambia la vida no es
un libro sino una biblioteca. Sobrevivir es una alegre y penosa tarea de todos
los días. Leer El cuerpo roto puede ayudar.
¿La enfermedad es un proceso
natural que el ser humano asimila y la literatura convierte en posible
salvación?
Es
una fantasía creer que asimilamos cualquier cosa solo porque sea un proceso
natural. No asimilamos en absoluto nuestra propia muerte, necesitamos sentirnos
inmortales para poder seguir adelante. Pero menos todavía aceptamos como algo
natural la enfermedad de una persona a la que amamos. No existen padres que
asimilen la enfermedad de un hijo como un proceso natural. Eso quizás les
sucede a los animales. En mi próxima reencarnación seré un antílope africano y
quizás pueda contestarles esa parte de la pregunta, pero como no sabré leer ya
no podré contestar la segunda parte…La literatura no nos salva, pero nos ayuda
a compartir el dolor. Es un viaje mágico, el único posible, a la mente de otro
ser humano, una especie de transmigración de almas en la que podemos
encontrarnos con la esencia de lo humano, con otra mente que nos acompañe en el
sufrimiento.
¿La muerte es un tema tan
poderosamente universal para la literatura?
Es
el único tema posible. Desde Caperucita Roja en adelante. Es el lugar de donde
nadie volvió para contarnos, es el final de todos los relatos, es la conciencia
de la muerte lo que nos hace humanos, es soportar esa conciencia intolerable lo
que nos lleva al arte.
El lenguaje empleado en sus
relatos resulta fundamental, ¿le sirve para mitigar el dolor que subyace en
estas historias?
Sí.
Estas historias son dolorosas, aunque la vida se sobreponga a todo, aunque
muchas terminen bien (es decir, con una postergación de la muerte).
Convertirlas en literatura es tomar distancia del punto de la angustia para
trabajar en el lenguaje y preocuparnos por el hecho estético más que por la
historia en sí. Escribirlas ayuda y también leerlas. Lo digo como apasionada
lectora de libros de historias médicas y no solo lectora, también me gustan
muchísimo las películas y las series que tienen que ver con el tema. Delinear
los personajes, elegir el tema, concentrarnos en la belleza de la palabra nos
sirve para alejarnos del sufrimiento.
Una vez leídos estos
cuentos, el lector, ¿debe entender que seguimos siendo vulnerables?
¡Por
supuesto! De eso se trata. No solo nuestra fragilidad es atroz, sino que
dependemos del azar, por más que nuestra arrogante voluntad humana se empeñe en
negarlo.
¿La violencia, otro tema
más, irrumpe en El cuerpo roto?
La
violencia es imposible de apartar en un tema como éste. Y más todavía para una
autora como yo, que pertenece a una generación atravesada por la última y
sangrienta dictadura argentina. Pero la violencia va más allá de lo obvio y se
manifiesta en toda relación humana, incluso en la interacción entre el médico y
el enfermo, incluso entre el cuidador y el doliente. El papel del cuidador es
siempre ambiguo, es un papel en el que se puede detentar mucho poder y ejercer
muy sutiles formas de violencia.
¿Lo trágico y lo grotesco de
estas historias se suaviza con un finísimo humor que usted emplea
acertadamente?
¡Eso
espero! Y muchas gracias por advertirlo y reconocerlo. El humor es algo de lo
que no puedo prescindir, es parte de mi personalidad, y en este libro aparece
sobre todo como ironía. Por suerte logré canalizar la ironía hacia la
literatura y sacarla de mi vida de relación: ¡gracias a eso hoy tengo muchos
más amigos que cuando era joven! Pero a veces el humor no suaviza lo trágico y
lo grotesco sino que, al contrario, lo pone de relieve. Lo importante para el
autor es tener el control de la situación, poder manejarla según su criterio y
no dejarse arrasar por el tsunami de la angustia.
¿La descripción del cuerpo
(roto) obliga a una muestra de elementos simbológicos?
Nunca
lo había pensado. Creo, (porque una nunca está segura de lo que escribe), que
trabajo con pocos símbolos y voy lo más directamente posible a la cuestión que
me impulsa a escribir. Si aparece un gato, por ejemplo, no es el símbolo de
ninguna otra cosa: es un gato hecho y derecho y punto.
Si el lector cuando termine
este libro no deja de hacerse preguntas, ¿habrá usted conseguido su propósito
al escribirlo?
Exacto.
Para eso escribimos, para plantear preguntas sin responderlas, para que los
lectores se las sigan preguntando después de cerrar el libro, para que las
semillas de la duda se conviertan en árboles y sus frutos sean otros libros,
que den a su vez otras semillas, otras dudas. Eso es lo único (y no es poco)
que los autores pretendemos de nuestros textos.