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domingo, 13 de diciembre de 2020

Desayuno con diamantes, 153

 De vuelta en Manderley

                                   

       La imagen y la percepción que provoca en los lectores la literatura gótica implica una manera concreta de leer y, además, constatar cómo se estructura un relato que suscita una consideración más compleja y global de una realidad que resulta mucho más misteriosa, inquietante y perturbadora de lo que puede parecer a simple vista. La novela gótica se construye como una sucesión de enigmas a los que el protagonista deberá enfrentarse, y el lector entra en un universo en que cada situación, cada objeto, o cada personaje parecen esconder algo: un pasado oculto, un secreto tan disperso como fragmentario, o tal vez quimérico que guarda relación con los acontecimientos; en definitiva, una causalidad velada, y desde el comienzo sabemos que hay algo misterioso e ininteligible que se manifiesta fundamental, aunque se nos presenta como sumamente desconocido.

 

El clásico

       Rebecca (1938) es una novela gótica porque la presencia de este personaje influirá a lo largo de la historia sobre la protagonista. Mucha de la literatura relacionada con lo gótico en la primera mitad del siglo XX procede de los estilos tardíos del XIX, objetos que provocan cierta inquietud y toman las formas de aquellas tempranas manifestaciones: ciudades y casas, como espacios envueltos en pasados ocultos que, más tarde, influirán en los géneros populares de ficción, de aire romántico, de terror y de ciencia ficción. Dafne du Maurier utilizará patrones góticos en el contexto de una casa familiar para escribir su obra más popular, Rebecca, de manera que una esposa muerta continúa rondando en la vida de los personajes, y provocará el sentimiento de culpabilidad, de ansiedad y de sospecha que su recuerdo produce. Las ficciones góticas construyen identidades, fantasías, miedos y ansias, en su relación al deseo y a la sexualidad femenina; una joven se erige a sí misma como una heroína gótica en su matrimonio, y las mujeres constituyen el propósito y el apoyo para el hombre, intercambian identidades, como soporte narcisista en su propio reflejo. La heroína gótica era la imagen idealizada de la belleza, una especie de icono de la fantasía sexual que de una manera inocente capta la admiración de todos los hombres, y ese doble concepto de idealización y de represión va unido en la heroína; el aspecto angelical ofrece el lado romántico de las convenciones góticas, pero el otro es la condenación de la mujer a un rol pasivo puesto que puede ser sacrificada por la sociedad debido a los intereses sexuales y económicos y, en ese otro patrón de heroína, como víctima engañada, podemos ver la conexión entre la fantasía masoquista y la sexualidad reprimida. La heroína de Rebecca se ha demostrado a si misma su interés en el personaje ausente, como una consecuencia de su rivalidad por el cariño de Maxim.

       La presentación del paisaje puede sugerir estados emocionales, y la novela gótica está llena de descripciones que evocan una respuesta estética en el lector, usada con frecuencia como un tipo de correspondencia visual sugerente de un estado psicológico interno. A principios del siglo XX, a pesar del hecho de que el gótico refleja las ansiedades de la clase media, el rechazo de la acción se esforzó por desarrollar estructuras narrativas oníricas o alucinatorias, así la acción nunca dejaría de ser progresiva, solo circular, y cualquier aspecto que intentara el protagonista resultaba en su propia desintegración.

 

El argumento

       Rebecca cuenta la vida de Max de Winter y de quienes lo rodean; es un hombre de clase alta, viudo de su primera mujer, Rebeca, muerta en extrañas circunstancias, volverá a casarse con una joven que cuida a la señora Van Hopper, anciana de la alta sociedad, que la lleva de vacaciones con ella para que la asista como dama de compañía. Cuando la nueva esposa, feliz e ilusionada, llega a Manderley, la mansión del esposo, descubrirá que su pesadilla ha comenzado, ya que todos la comparan con la anterior esposa de su marido. Además, en Manderley, vive el ama de llaves, la señora Danvers, una mujer que adoraba a la anterior dama de la casa. La joven esposa solo encontrara consuelo en Jasper, el perro. Su vida transcurre entre continuas decepciones a lo largo de su estancia, incluso la abuela de su marido la llama Rebecca, el ama de llaves la convence para disfrazarse y acaba llevando el disfraz que lució Rebecca en la última fiesta de disfraces, o la cuñada le habla continuamente de Rebecca, es así como su fantasma se pasea por la mansión, todo cuanto acontece recuerda a la primera esposa, y entonces se manifiesta el carácter tosco del marido, porque Maxim no puede olvidar lo que ocurrió en aquella casa que tanto ama, a pesar de las nuevas circunstancias.

       Si establecemos ciertos límites entre el bien y el mal, como tabúes y prohibiciones, estos producirán los deseos que sólo pueden manifestarse en secreto, y la ostentación de estos deseos incorrectos tendrán un importante efecto sobre el contexto tanto psicológico como ambiental en la novela, pues la heroína gótica es presentada con una imagen de pérdida y sufrimiento, y por extensión la casa o mansión es una manifestación de ese ambiente gótico, un espacio arquitectónico que establece un lugar solitario y deprimente, y representa el angustioso pasado familiar, relacionado con los fantasmas de dicha familia y el sentimiento de culpabilidad. La familia burguesa es la escena del retorno fantasmal donde las fuentes de ansiedad son la culpabilidad, secretos del pasado, pecados y orígenes inciertos sobre la condición social. Los contrastes entre luz y oscuridad quedan reflejados en el texto y en los misterios de la mente o del pasado de la familia, de un especial interés. Encontramos en la novela Rebecca los conflictos internos y las contradicciones externas, el juego de ideales, la decepción y la duplicidad, así es como muchas de las ansiedades góticas del siglo XIX reaparecen en el XX.

       Al final de la novela, observaremos que el misterio de Rebecca ha sido expuesto y su aparente amenaza ha desaparecido cuando la heroína sueña con las invitaciones escritas a mano por Rebecca antes de mirar en el espejo y ver el reflejo de ella en lugar del suyo. Si el narrador ha encontrado un nuevo yo deliberadamente, un yo adulto competente capaz de tratar con la terrible revelación de su marido y la crisis posterior, ella aparentemente se ha trasladado de su prisión y ha vuelto donde empezó al principio de la novela, un aspecto  que demuestra que nunca se librará de una enigmática e influyente Rebecca. Esta novela traza un círculo romántico alrededor de una casa llamada Manderley, embrujada por una figura femenina fatal desde el punto de vista de la historia literaria, contada por la joven señora de Manderley, la nueva señora de Winter.

 

Las ediciones

       Daphne  du  Maurier  (Londres,  1907-Cornualles,  1989)  terminaba  la  redacción de Rebecca en 1938, en un momento de escasa fuerza física y mental que le había impedido avanzar en la escritura pese a la presión de su editor. Du Maurier era una mujer independiente y ajena a los roles asociados a la mujer. La autora reconocía las complicaciones de la vida marital y huyó del estereotipo de esposa-madre, datos biográficos esenciales para entender, por un lado, la obra Rebecca y, por otro, el sucinto análisis de la recepción de esta obra entonces en España, incidiendo en los comportamientos censores que regían en la época, cuando se produjo la primera traducción al español, una versión de Fernando Calleja publicada en 1943, cuando imperaba la Ley de Prensa de 1938, obra de Ramón Serrano Suñer, ministro de la Gobernación, que tenía como objetivo frenar la prensa republicana y poner el conjunto de la prensa al servicio del Estado fascista. Todo material escrito o audiovisual, idea o expresión autóctona o foránea quedaba al servicio del régimen franquista y sujeto a un estricto aparato de censura que resumía la ideología y moral del régimen. La novela incluye varios aspectos y matices que bien podrían haber impedido su publicación en España; en primer lugar, el propio personaje de Rebecca, una mujer fuerte, independiente, adúltera en las antípodas del ángel del hogar de ese ideario franquista: una mujer supeditada a su marido y cuya función en la vida se reduce a la procreación; en segundo lugar, los matices lésbicos del ama de llaves; y, en tercer lugar, la sensualidad inherente al conjunto de la novela, aunque, curiosamente, el régimen franquista aceptó todos y cada uno de los intentos de publicación y reimpresión del texto en España; sin embargo, la adaptación teatral de la misma, llevada al escenario en 1943, no tuvo la misma fortuna y sufrió los rigores de la Ley de Prensa.

       La editorial argentina Glem había publicado la novela que tituló, Rebeca: una mujer inolvidable, en 1940, traducida por Julio Vacarezza. Desde Buenos Aires llegaban muchos libros traducidos que evitaban el trabajo y la censura, y se sabía del éxito de la novela porque el mismo editor español había adelantado que ya se estaba publicando como un folletín en el periódico Unidad, vespertino que habían fundado los falangistas Antonio Fraguas y José Antonio Jiménez Arnau en San Sebastián. Los primeros capítulos habían aparecido el 9 de febrero de 1942, así que la editorial Calleja reclamó su derecho a publicar la obra, puesto que la traducción era del nieto menor del fundador, Fernando Calleja.

       La Biblioteca Nacional constata, a día de hoy, más de cuarenta  reediciones de la traducción de Rebecca al español, entre ellas Plaza (1955), Planeta (1958), SGEL (1960), y de nuevo Planeta (1965). La primera versión de la novela es de 1942, y en lugar de ser una traducción completa se trata de un texto abreviado basado en la versión cinematográfica, y esta traducción y adaptación, firmada por Fernando Calleja y editada por la editorial La Nave, fue reeditada por la misma editorial al año siguiente, en 1943, pero ya en una versión completa de la novela de Daphne du Maurier, aunque las traducciones al español posteriores que han seguido a aquella fecha son del mismo Calleja, a excepción de una de 1993 firmada por Gloria Martínez y editada por Ediciones B; volvió a reeditarse en 2009, en 2016, y una tercera edición, en un hermoso formato, al cuidado de María García en 2020, en Galaxia Gutenberg, que una vez más vuelve a la cuidada traducción de Calleja Gutiérrez.

 


                                             Rebecca

                                      Dafne du Maurier

                       Traducción de Fernando Calleja Gutiérrez

                          Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2020

jueves, 8 de noviembre de 2018

Los olvidados


ESPAÑA SIN DEFENSA


              
       Manuel Chaves Nogales (1897-1944), subtitula, A sangre y fuego (2011), acertadamente, «Héroes, bestias y mártires de España», una curiosa colección de cuentos, historias reales sobre la contienda española que, incluso, hoy se leen como un duro testimonio y curiosos reportajes de un periodismo hecho a pie de noticia. Sin duda, una de las pasiones del hombre, uno de esos temas que literariamente inspira a los narradores, es la guerra, y quizá porque humanamente ha sido desde siempre su aventura máxima, un experimento ancestral por enfrentarse con la muerte. Pero la sangre derramada durante siglos, la miseria y el dolor provocados, no han conseguido librar a la Humanidad de este innoble sentimiento.
               Cada guerra constituye un trauma para la generación que la lleva a cabo, una secuela que se propaga y se extiende en el futuro de los más jóvenes. La Guerra Civil que se inició en España en 1936 y terminó tres años más tarde, es el acontecimiento de mayor importancia en el siglo XX español. La bibliografía sobre este tema bélico es tan abundante como para que podamos contemplar con algo de serenidad algunos de estos episodios violentos, tanto de uno como de otro lado: conocidas novelas y repertorios de relatos han dado testimonio durante las últimas décadas en la narrativa española contemporánea. Quizá por eso sorprende que un libro como A sangre y fuego apareciese por primera vez en Chile (1937), meses después, en Nueva York (1937) y, una vez más, en Londres-Toronto (1938), y desde entonces estuviera desaparecido hasta que la Diputación de Sevilla reunió la Obra Narrativa Completa, en 1993, una edición a cargo de María Isabel Cintas Guillén. El libro reaparecía en las librerías españolas en 2001 (Espasa), en 2004 (Asociación de Libreros), en 2009 y ahora de la mano de Libros del Asteroide (2011), editorial que está recuperando casi todas las obras del autor sevillano.
               Con una introducción de María Isabel Cintas, los nueve cuentos o relatos extensos cuentan episodios de la contienda con esa equidistancia y lucidez con se escribe la buena literatura. La mirada en estas historias es la un hombre de izquierdas, liberal y pequeño burgués, antifascista y antirrevolucionario que supo ver en esta guerra la estupidez, el sufrimiento y la crueldad, y tal vez por eso sus cuentos relatan cómo las bombas caían sobre las buenas gentes en las largas cuando recogían el pan, o los señoritos jerezanos cazaban obreros montados en sus caballos, al tiempo que escribe acerca de anarquistas practicando el bandidaje en el Levante, añade datos sobre la quintacolumna, y se lamenta sobre las atrocidades de milicianos o las de falangistas, legionarios y moros en su avance hacia la capital de España. Chaves Nogales habla de la izquierda desde la izquierda misma, de las desafortunadas acciones de los comités obreros en un Madrid ocupado, la suya es la aguda perspectiva sobre un país sumido en el odio, y se lamenta del grave atentado contra la inteligencia. Libro duro, aunque revelador, y aun más triste, muestra la amarga causa de una libertad proclamada, pero que nadie defendió en una España libre.







A SANGRE Y FUEGO
Manuel Chaves Nogales
Barcelona, Libros del Asteroide, 2011

martes, 18 de septiembre de 2018

El viejo narrador del desierto o...



LAS GRANADAS DE RUBÍES

I

       Dos veces todos los años, el viejo narra­dor del desierto, levantaba las largas y pesadas cortinas de púrpura, que impe­dían la entrada a su tienda, y aparecía en el umbral, envuelto en sus amplias vesti­duras blancas, grave y solemne, con la ma­jestad de un profeta que se dispone a tra­ducir, en el mísero lenguaje de los hom­bres, los misteriosos conceptos sobrehuma­nos, que entre el fragor del trueno y el deslumbramiento del relámpago, le fueron revelados en la cima de una bíblica mon­taña.
       Dos veces al año, el narrador del desier­to, extendía sobre el umbral de su tienda una gran alcatifa* franjeada de seda, tejida con extraños arabescos de hilos de plata, que al enlazarse en el centro formaban un maravilloso jeroglífico.
       Gravemente, como el que cumple un rito sagrado, colocaba en el centro de la alcati­fa, un cojín de cuero negro sobre el cual resaltaban complicados adornos de oro, inte­rrumpidos de cuando en cuando por peque­ños óvalos de ámbar, que le daban vitales fosforescencias felinas. Y este cojín le ser­vía de asiento.
       Siempre escogía para empezar sus na­rraciones, esa hora silenciosa y dulce en que el sol declina, cuando es más intenso y puro el azul diáfano de los cielos, curvado sobre la inmovilidad broncínea de los pal­mares lejanos.
       A su espíritu extático y contemplativo, le parecía aquel momento el más oportuno y propicio para interpretar, en palpitantes relatos, el sentido misterioso y oculto de las más herméticas profecías.
       Hacía mucho tiempo que le conocía la gente de aquellos contornos, y aunque solo se dejaba ver dos veces cada año, su recuerdo permanecía muy vivo en el corazón de los beduinos, y su nombre era siempre el motivo más familiar de sus veladas, bajo la luz de plata de la luna, en torno de las cisternas, o junto a las empalizadas que guardaban los rebaños de la voracidad hambrienta de las fieras.
       Como desconocían su nombre, le llama­ban simplemente el narrador del desierto.


       Su fama se había extendido tanto en len­guas de la admiración, que no existía no solo aduar desde las montañas del Líbano hasta las extensas planicies del Hegiar, en el que no se conociese y reverenciase su nombre.
       Su tienda permanecía cerrada durante todo el año, como tabernáculo privado de celebrantes y de adoradores.
       Se afirmaba que después de derramar sobre los hombres el armonioso consuelo de sus parábolas, perfumadas de la más santa piedad, emigraba, siguiendo el vuelo de las cigüeñas, a desconocidos parajes inaccesibles a toda humana planta, a bosques intrincados de fabulosos prodigios, donde la voz divina Be hace oír en el bra­mar espumoso de los torrentes, en el rugir de las bestias feroces, en el silbato agudo y cortante de las serpientes, y hasta en el es­tremecimiento fragante de la brisa, al ani­mar los altos cañaverales floridos de cam­panillas silvestres.
       Algunos murmuraban, en voz baja, casi al oído, como si relatasen algún misterio inaudito, que al extinguirse las últimas pa­labras de sus narraciones, desaparecía con el crepúsculo, y transformado en sombra iba a perderse, invisible, en la profundidad azul de la noche, hasta volar a las más coaitas y remotas constelaciones, para lue­go descender de ellas, con el alma henchi­da, como ana copa colmada de todos los tesoros inauditos que encierra el Misterio.
       Había quien juraba haberle visto, bajo la claridad de perlas de la Luna, dibujar en el suelo con una varita metálica extraños jeroglíficos, siguiendo los vagos contornos que proyectaban las sombras de los altos ramajes de las palmeras.
       Los rudos pastores que conducen sus manadas de cabras negras y lanudas apas­tar en los amarillentos herbajes que cre­cen, raquíticos y miserables, a orillas de las cisternas, o entre las blancas rocas cal­cinadas de las montañas del Irak, asegura­ban en voz baja, estremecidos de espanto, que la tienda del narrador del desierto es­taba guardada por monstruosos dragones que impedían todo acceso a sus umbrales.
       Siempre que el viejo macho cabrío de retorcida cuerna, que servía de guía a sus rebaños, había intentado aproximarse a ella, al rozar con su hocico áspero y húmedo los tapices de la entrada, había tenido que retroceder, dando saltos y cabriolas alocadas, como si hubiese sentido en su lengua lijosa y sucia, la picadura de una de esas víboras que se enroscan a los ma­torrales secos, hambrientas de infiltrar su veneno, en esas horas asfixiantes en que el sol agosta y suprime hasta las sombras de los troncos desnudos y leprosos de las higueras salvajes y de las altas pitas pol­vorientas.


       ¿Por qué sucedía esto?
       Porque los dragones que custodiaban la tienda del narrador del desierto, soplaban sin ser vistos, por entre las rendijas de la tienda.
       Y su aliento era abrasador y ampollan­te*, como el del simoún que devora y calci­na los restos de las caravanas...
       Una vez, uno de esos guerreros nómadas de cabellos teñidos de azafrán y coronados con guirnaldas de muftí, de esas flores que tornan invulnerables a los que se adornan con ellas, en la serenidad de una hora cre­puscular, tuvo la mala ocurrencia de dis­parar, en un gesto de desprecio y de burla, una flecha, al interior de la tienda del na­rrador del desierto…
       Mas apenas la flecha hubo partido, silbando, del arco firme y vibrante, guiada por el brazo duro y el ojo experto, como si botase en un escudo de diamante, tornó hacia fuera y fue a clavarse violentamente en el amplio y velloso tórax del arquero.
       El guerrero nómada abrió los brazos y espumajeando rabia y angustia, cayó exá­nime sobre las arenas, y la guirnalda de muflí se enrojeció de repente con los cáli­dos tonos de la sangre viva...
       Se decía también que un fakir, de luen­gas y blancas barbas y enmarañados cabe­llos, tan largos que flotaban sobre sus hombros como un manto de armiño, llegado de las remotas regiones donde el Ganges arrastra su corriente sagrada entre bosques de encanto y ciudades de misterio, ansioso de averiguar lo que ocultaba la tienda, ha­bía obligado, en una tarde de oro y de púrpura, a una inmensa boa que le acom­pañaba en su larga peregrinación, a intro­ducirse en el retiro impenetrable del narra­dor del desierto.

El último Abderramán y otras novelas cortas; edición crítica de Pedro M. Domene; Córdoba, Berenice, 2018.


* Alfombra muy fina.
* Hirviente.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Novela corta de Francisco Villaespesa


LAS GARRAS DE LA PANTERA
                     

                            
I

       Almanzur era Schaij de la tribu de los Beni-Musas, las más aguerrida y numerosa de cuantas pastaban sus rebaños en las secas llanuras del Oriente del Hechiar, más allá de los altos muros y de los fértiles valles de Medinat-Nevi, la ciudad santa que guarda religiosamente las cenizas del Profeta.
       Descendía de una de las más nobles familias de Islam.
       Su abuelo, Omar-ben-Waid, el Zarahita, había sido uno de los primeros y más fieles discípulos de Mahoma, y en la famosa derrota de Ohod sostuvo entre sus brazos el cuerpo del Profeta cuando éste, herido de una certera pedrada en la frente, se desplomó ensangrentado sobre su corcel.
       Su padre, Noseir-ben-Omar, tomó parte en la rendición de Damasco y en todas las cruentas campañas contra los cristianos de Constantinopla, bajo los gloriosos califatos de Abu-Berek, Omar y Alí.
       El mismo Almanzur había hecho su algihed* en el Egipto y en el África, a las órdenes de Okba, asistiendo a la fundación de la célebre ciudad de Cairuam, y acompañando a su pariente Muza-ben-Noseir a la conquista de España.

       Regresó de estas expediciones cubierto de gloria y de cicatrices, y los ancianos de su tribu le nombraron su Schaij.
       Por todo el desierto se extendió bien pronto su fama de hombre justo, y a su tienda venían a dirimir sus cuestiones, los hombres de los más lejanos países.
        Era fuerte, alto y magnánimo.
        Jamás su boca pronunció una sentencia que no estuviese ajustada a los más sabios preceptos de la ley coránica, ni su brazo dejó de prestar apoyo a los desvalidos.
        Imposibilitado por el peso de sus noventa años de comandar a su guerreros, confió esta misión a su único hijo, Muhamed, que por sus hazañas llamaban el Assadi.
        Almanzur, como todo buen hijo del desierto, amaba la poesía sobre todas las cosas.
        Sentado a la puerta de su tienda gustaba oír, a la luz de los astros, las maravillosas relaciones de aquellas siete casidas que bordadas en oro sobre un manto de seda negra la admiración y la piedad de las gentes habían suspendido en los muros del templo de la Kaaba.
        Una noche, en que rodeado de los principales de su tribu, adormecía su alma con el encanto de una de estas narraciones, llegaron a su aduar, tendidos como arcos sobre sus corceles sudorosos y jadeantes, unos pastores, y, descabalgando junto a su tienda, le dijeron, con la voz trémula aún de emoción:
        —La gloria de Dios caiga sobre tu frente, Almanzur. ¡El Profeta nos protege! Una caravana, tan extensa que se pierde a la vista en los arenales, atravesará mañana, a la caída de la tarde, los abruptos desfiladeros de Absub.
        Nosotros la hemos desfilar mientras los rebaños sesteaban a la sombra de las palmeras de la cisterna de Amhed.
        Centenares de camellos se derrengan bajo el peso de ricos cargamentos de ébano, tapices, armas, plata, oro, joyas, perfumes y especierías de Saba, Ahsa y de las maravillosas regiones del Hadramaut.
        Trescientos jinetes armados las custodian.
        ¿Pero qué son trescientos jinetes armados para los Beni-Musas, los más duros en el combate y los más generosos en la victoria?
        Nuestros corceles no conocen la fatiga ni la sed.
        Nuestros brazos son ágiles y fuertes. Saben traspasar con un venablo a los más veloces avestruces, desjarretan a un toro salvaje y son capaces de desguijar al león más potente.
        Almanzur, Dios ha puesto al alcance de nuestras manos la felicidad... ¡Cúmplase la voluntad de Dios!


        Un sordo murmullo de aprobación acogió las palabras de los pastores. En todas las pupilas fulguró la codicia. Hasta el poeta abandonó su guzla, y se acercó, trémulo de emoción, al grupo. Almanzur irguió su patriarcal figura e imponiendo silencio con un gesto lleno de majestad y de nobleza, dijo, clara y lentamente, como habla la sabiduría y la experiencia, mientras sus dedos, largos y huesudos, acariciaban los blancos mechones de su barba venerable:
        —No conviene derramar estérilmente la sangre humana. Solo en servicio de Dios se debe prodigar. ¿Por ventura no existen aún en tierras del Islam gentes paganas a quienes debemos exterminar?
        La codicia es la más irresistible de las tentaciones. Ella nos desvía del camino de Dios.
        ¿Acaso valen esas riquezas y aun todos los tesoros de la tierra lo que una sola gota de sangre de los Beni-Musas?
        Y su voz resonaba en el silencio de la noche, bajo el polvo de la plata de los astros, con una austera solemnidad profética.
        —¡Almanzur, padre mío, en el nombre de Dios, escúchame! —exclamó respetuosamente su hijo Muhamed el Assadi, aproximándosele.
        —Todos reconocemos y reverenciamos la verdad profunda que encierran tus palabras.
        Pero fíjate en el estado lamentable de la tribu. Las últimas guerras nos han empobrecido hasta el extremo de no haber podido contribuir a la construcción de la nueva mezquita que ha de encerrar los restos venerados del Profeta.
        La sequía agota nuestros campos y la peste diezma nuestros rebaños. El hambre ha hecho su aparición entre nosotros... Y esa caravana, que la voluntad del Señor pone al alcance de nuestra bravura, puede ser la salvación de la tribu.
          —Sí, padre mío —insistió Muhamed—: la necesidad nos apremia.
        Dios nos depara esta ocasión para salvarnos de la miseria en que vivimos. Desaprovecharla sería tanto como renunciar a sus beneficios.
          Todos asintieron, con un leve movimiento de cabeza, a las palabras del Assadi.
        Almanzur quedóse perplejo un instante. Las arrugas de su frente se contrajeron en el esfuerzo de la meditación.
        Los guerreros aguardaban, inmóviles y mudos de ansiedad, la decisión del noble y sabio Schaij.

El último Abderrramán y otras noveals cortas; edición crítica de Pedro M. Domene; Córdoba, Berenice, 2018.

* Guerra contra infieles.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Una novela corta de Francisco Villaespesa



EL ÚLTIMO ABDERRAMÁN

                                              A Sidi Ahmed-el-Muaz,
                                             al grande y noble poeta,
                                             gloria del Islam.

I

        El misterio de las constelaciones se rasga, por fin, ante los ojos atónitos, desmesurados de expectación, del príncipe Abderramán-ben-Abdemelic-el-Omeya, último descendiente de la más noble familia de Koreích, discípulo del sabio Alí-ben-Jusuf-el-Galid, ilustre hijo de Córdoba, cuyas tablas astronómicas sirvieron de pauta a las del célebre rey de los cristianos Alonso-ben-Ferdéland.
        El rostro pálido, consumido por la fiebre de las tenaces vigilias, se inclina ávidamente sobre las amplias tiras de piel de rinoceronte, donde signos mágicos trazan tortuosos caminos de serpientes.
        La vieja lámpara de bronce, trabajada a cincel como una joya, hermana de las cuatro mil setecientas que alumbraban la gran Aljama de Córdoba, pendiente por salomónicas cadenas de plata de la alta bóveda encristalada, arroja una luz lívida, casi sangrienta, nublada a veces por el revuelo de algún murciélago, sobre el amplio taburete de cedro incrustado de marfil y gemas, todo cubierto de rollos de pergamino y astrolabios.
        El trémulo resplandor de la luna envuelve el resto del atrevido observatorio que el genio de Azhuna levantara sobre la torre más soberbia de la Alhambra, como un penacho de pedrería sobre un turbante real, en un rútilo ensueño de plata fosforescente.
        —¡Bendecido el nombre del Señor! ¡Acatados sean sus designios! —murmura jubilosamente el joven príncipe.
        La bella testa varonil se alza triunfal.


        Los grandes ojos rasgados, donde la noche encendió la negra hoguera de sus ébanos profundos, se dilatan bajo las negras pestañas, como si quisieran absorber en sus retinas toda la luz de la Luna y la celeste claridad de la Hora.
        Por los abiertos ajimeces* asciende, con la luminosa polvareda estelar, el ensueño múltiple, fastuoso y primaveral de la ciudad dormida a la sombra de sus mil torres, de sus murallas cubiertas de hiedra, de sus cármenes desbordantes de flores.
        La música de las fuentes, de las innumerables fuentes de la Alhambra, perla de noche de frescura. Se la siente gotear, filtrarse palpitante en la entrañas removidas de la tierra fecunda, y correr por las venas de la sombra, como la sangre fragante y fabulosa de una eterna juventud. Los ruiseñores asaetan el espacio con su voz de cristal y de suspiros, desde los jardines de la Adarves, en los quioscos de la plaza de los Aljibes, entre los cipreses y los naranjos de los maravillosos patios del Alcázar, y más abajo en todos los cármenes que desbordan sobre el Dauro sus vivas canastillas de flores. Y sobre tantas bellezas, desde los astros perennes y rutilantes, los arcángeles del Silencio descienden por gráciles escalas de plata, con el índice en el labio, recogidas las alas, plegadas las túnicas, cautos los pasos, para no turbar el frágil encanto del misterio nocturno.
        Las hogueras de las atalayas parpadean como las pupilas vigilantes que luchan con el sueño, entre el verde profuso de los huertos y las manchas tenebrosas de los bosques abruptos. Y más allá, rasgando el cielo con su casco de plata, se eleva la montaña de la Nieve, como un centinela que custodia el sueño de la ciudad predilecta de Allah, la sultana de Occidente, de esa ciudad cuyo nombre es frescor de aguas y dulzura de mieles, de Granada la Bella.
        Bajo el doble arco de la puerta aparece la patriarcal figura de Alí-ben-Jusuf-el-Galid.
        Su luenga barba blanquea fluctuante a lo largo del amplio ropón de seda carmesí franjeado de oro.
        Bajo la nieve del turbante, la negra voracidad de sus ojos proyecta sobre el rostro escuálido una sobra de austera gravedad.
        —¡Alabado sea Allah, clemente y misericordioso! Su magnificencia derrame sobre tu frente, ¡oh, Abderramán, hijo de reyes, descendiente del Profeta, todos los bienes que prodigó a manos llenas sobre tu estirpe! —murmuró despacioso, inclinándose en una profunda reverencia hasta sentir la frialdad del pavimento bajo la palma de sus manos.
  
(Fragmento, El último Abderramán y otras novelas cortas; edición crítica de Pedro M. Domene; Córdoba, Berenice, 2018.



* Palabra del árabe al-šimāsa, es una ventana de dos aberturas dividida verticalmente en dos partes iguales mediante una pequeña columna o pilastrilla llamada mainel o parteluz, sobre la que se apoyan dos arcos, generalmente de medio punto o apuntados.

jueves, 31 de mayo de 2018

Los olvidados


        EL GRAN MOMENTO DE JUAN GARCÍA HORTELANO

        El pasado mes de abril, con sus lluvias y el anuncio de la primavera, nos regalaba el recuerdo de los diez años transcurridos desde la inesperada muerte de Juan García Hortelano (1928-1992), uno de esos autores de culto que han cubierto, con su obra y con su actitud, el panorama narrativo de la segunda mitad del siglo XX.*


        La novela social en la literatura española del siglo XX ha sido el reflejo de esas diferentes capas que formaron la sociedad del momento. Algunos escritores quisieron poner en tela de juicio la manifiesta abulia con que las gentes encaraban entonces el destino de sus vidas y su futuro. Las novelas que aparecieron en esta época trataban de resaltar la actitud, los valores morales y sociales de un determinado grupo social, bien referido a las capas bajas y a su deseo de cambiar o a la burguesía y a su conformismo. Por otra parte, muchas de estas novelas muestran la falta de orientación de la juventud del momento porque conviven en un ambiente poco gratificante y llevan una existencia totalmente vacía, sin propósitos mayores. El estudioso y crítico Pablo Gil Casado, que  ha estudiado magistralmente este aspecto de la narrativa española de la época, señala las características de estas novelas y cita las más importantes. Los temas y los asuntos muestran grupos representativos de uno varios sectores, los sucesos que narran son ficticios aunque reflejan un estado de cosas, esencialmente, ciertas. Se trata de relatos objetivos, la actitud general refleja una pasividad y una indiferencia, se crean personajes característicos de una clase o grupo y las actitudes suelen ser especialmente representativas de quienes están en conflicto con ellas.
        Las novelas a que nos referimos y los autores que apunta Gil Casado son: Esta oscura desbandada (1952), de Juan Antonio Zunzunegui, Mi idolatrado hijo Sisí (1953), de Miguel Delibes, Juegos de manos (1954), de Juan Goytisolo, El Jarama (1956), de Rafael Sánchez Ferlosio, La fiebre (1959), de Ramón Nieto, Nuevas amistades (1959), de Juan García Hortelano y Encerrados con un solo juguete (1960), de Juan Marsé, entre otros. Insiste aún más, Gil Casado, que las novelas «parasociales» de la abulia están escritas al más claro estilo del realismo-naturalismo y, por lo general, desarrollan un largo período de tiempo, se narran sucesos que exponen la lasitud e inutilidad de las gentes, aunque la proyección histórica no tiene el propósito de ahondar en el estado de la conciencia nacional o de la burguesía.



Nuevas amistades

        El escritor Juan García Hortelano representa dentro de la literatura del medio siglo, junto a Rafael Sánchez Ferlosio, la corriente objetivista más extrema, esa que se denominó como behaviorismo o conductismo y que, concretamente, en el caso de García Hortelano se tradujo en una desencantada crítica a la burguesía y a sus modos de vida, con esa técnica que hemos calificado de estrictamente objetiva. Juan García Hortelano había nacido en Madrid en 1928, licenciado en Derecho, trabajó en la Administración del Estado hasta su muerte acaecida en 1992. La concesión del premio Biblioteca Breve en 1959 a su primera novela, Nuevas amistades, y la rápida difusión de la misma, le llevó a ser conocido muy pronto en los ambientes literarios y a convertirse en el modelo de una nueva forma de escribir, sobre todo de ver la realidad de una manera distinta de la entelequia nacional en que vivían los jóvenes autores. Lo que describe García Hortelano en su primera obra se inscribe en un enfoque puramente realista del mundo en el que él mismo vive. Se ha esforzado en contemplar todo lo que le rodea con una nitidez tremendamente objetiva y así se convierte en un sano intento por mostrar la vida inquieta, aturdida y ociosa de un grupo de jóvenes burgueses madrileños cuya absurda existencia se ve transmutada, inesperadamente, con la crudeza de una realidad. Desde el punto de vista técnico, García Hortelano, ha tenido muy en presente la novela de Sánchez Ferlosio El Jarama, aunque la utilización de un contrapunto narrativo a través de una serie de escenas con personajes diferentes se aleja de los planteamientos de la trama original de Sánchez Ferlosio. Existe, igualmente, una sola acción, un protagonista colectivo, una multiplicidad de personajes que recuerdan escena de la novela realista, pero se intenta ahora que la historia se convierta en la disección de un problema moral.
        Alternan, en proporción dosificada, anotaciones objetivas de los pensamientos de estos jóvenes, junto a los abundantes diálogos que éstos desarrollan a lo largo de la obra y que reflejan, por otra parte, el grado de soledad en el que todos conviven. La intuición que desprende la novela Nuevas amistades lleva al autor a realizar el esfuerzo de plantear una sátira social como corresponde al drama de irresponsabilidad y de inconsciencia que vive un sector de la juventud española del momento. Hecho que les lleva a subsistir en una especie de mundo artificial, sobre todo en la alta burguesía madrileña, en realidad, hijos de familia, señoritos provincianos, estudiantes y sus respectivos padres que, al igual que ellos, viven la trivialidad y el absurdo del momento, pendientes de actos gratuitos e inconscientes que llenan, por otra parte, el vacío de sus vidas y poco más. En esta novela, finalmente, aflora el egoísmo, la inconsciencia, el miedo, la irresponsabilidad, la falta de sensibilidad y el sentido de una moral recta, la ignorancia de una realidad cuya miseria misma les lleva a ser petulantes por su propia condición de privilegio.



Tormenta de verano

        El siguiente libro de García Hortelano, Tormenta de verano (1961), mantiene esa misma temática y este relato se convierte en otra manifestación más de esa misma inquietud. En realidad, se trata del ajuste de cuentas a las clases acomodadas, bien tomando como excusa a los jóvenes, caso de su primera novela, bien a la burguesía enriquecida al amparo de los privilegios que supuso para algunos la larga postguerra. La técnica en esta novela es superior y el comportamiento de sus personajes se ejemplifica en una primera persona, caso de Javier, hecho que le permite desvincular al autor del resto de historias o anécdotas que puedan aflorar a lo largo del relato. Pero si esta narración se parece estructuralmente hablando a la anterior, habrá que apuntar que en realidad, el escritor madrileño, ha sabido reconstruir y resaltar mejor los elementos de los que dispone ahora: los diálogos en esta ocasión son mucho más complejos, se evita la monotonía de lo que se va narrando e incluso la imagen que el lector percibe de ese grupo social retratado es mucho más nítida y evidente. Los personajes sirven para resaltar las notas distintivas de esos burgueses ociosos aunque en esta ocasión la incorporación de otros no pertenecen a ese mundo, dispensan a la obra de un verismo y de unas cualidades mucho más interesantes, veáse en este sentido, por ejemplo, el gremio de pescadores, el cuerpo de policía, el inspector o incluso la prostituta hallada muerta.
        El gran momento de Mary Tribune, aparecía en 1972, y se trata de nuevo de una historia sobre la abulia. Un personaje—el narrador—singular y adinerado renuncia a la sociedad en la que vive y se recluye, voluntariamente, buscando una personalidad perdida, en una casa abandonada de la que, finalmente, también deserta. Este planteamiento le sirve al autor para enlazar, por consiguiente, con las estructuras de sus dos novelas precedentes. La diferencia en este texto es la subjetividad con que dota al relato y que supone desde el punto de vista narrativo en primera persona, además de incluir el humor, la ironía y el sarcasmo. García Hortelano ha cambiado de personajes, en cierto modo, de técnica y de forma de expresión para realizar su crítica particular. Ejemplifica ahora en ese mundo burgués en personas de edad fronteriza al medio siglo que, alejadas de planteamientos más sociales, se refugian en el alcohol, la diversión y el sexo. También es evidente una manifiesta crítica de amplios contenidos culturales, muy propios del momento, con lo que narrador completa aún más su campo de significación y comienza, desde este momento, nuevas perspectivas que darán lugar a nuevas novelas que iniciarán un camino diferente en su narrativa. Los vaqueros en el pozo (1979), es otra vez el estudio de los hábitos y de las relaciones de un grupo de personas que entablan un diálogo de sordos cuando están de visita y alternan, como es debido, un variado dominio y sumisión de los papeles que representan. Gramática parda (1982), se convierte en su novela más ambiciosa, intelectual, con un profundo fondo humorístico que obliga a una lectura atenta con evidentes y denostados propósitos testimoniales que dan lugar a certeras anotaciones características, incluido el costumbrismo del que tanto hizo gala el narrador García Hortelano en sus comienzos.

Los cuentos

        En una amplia entrevista que en 1971 realizaba con el crítico mejicano Federico Campbell, el novelista afirmaba que «la literatura se compone de dos cosas, en realidad, de tres: la literatura es una cuestión de malas intenciones (siguiendo a Gide); la literatura no es nada más que una lengua y, en tercer lugar, es una preocupación temporal». Algunas de estas significaciones biográficas vienen a cuento porque en Gente de Madrid (1967), el autor incluye dos relatos extremadamente personales, dos cuentos de su infancia ambientados durante la guerra civil. Aseguraba al entrevistador que, muchos años después, no pudo resistirse a la tentación de escribir sobre este tema. El primer trauma de su vida—aseguraba el escritor—había sido aquella derrota, su primera caída, su primera angustia, la herida... Entonces no tenía ninguna idea política, ni sociológica, ni económica, pero vivía, eso sí, en un mundo dividido y el final de aquel mundo significó, entonces, la pérdida de la libertad, de la calle y se avecinaba el colegio de curas, los horarios, el rigor, en suma una vida aparentemente normal. De alguna manera, muchos años después, todo eso seguía siendo lo mismo porque de aquello aún no se había recuperado el escritor en los años setenta.
        Gente de Madrid es, efectivamente, uno de los libros más olvidados del autor quizá porque se trata de una colección de cuentos, cinco en total, de una extensión muy variada, y que, por el punto de vista adoptado, se pueden ver como una continuación de sus primeras novelas. El valor de estos textos es, eminentemente, testimonial pero a su vez sirven para constatar preocupaciones de mayor amplitud en el escritor, además de ese cliché adquirido de detractor de la burguesía franquista que le ha otorgado la crítica, puesto que dos de los relatos se desarrollan durante la guerra civil y tres en la postguerra. Es significativa la tipología humana que representa a la sociedad española contemporánea, cuyo origen se remonta a los enfrentamientos del 36. «Las horcas caudinas» y «Riánsares y el fascista» son dos cuentos vistos desde la óptica de unos niños que viven la guerra desde las peleas entre muchachos y la decepción que éstos recibían de un conflicto que les resultaba ajeno. No son, por tanto, historias de la guerra sino la de aquellas víctimas inocentes que después vivirían en el mundo de los mayores. Los otros tres sí participan del mundo habitual de García Hortelano, es decir, una cena burguesa con lamentaciones incluidas, como ocurre en el cuento titulado, «La noche anterior a la felicidad» o la irresistible ascensión de unos oficinistas que gastan su paga extra en darse en una auténtica juerga que incluye un poco de todo, en el cuento titulado «Sábado comida» o la visión de una trabajadora española en París y su visión de la emigración. En realidad, lo que puede resumirse de estos relatos, sobre todo en el momento de su producción, es el testimonio expresado por el autor, el comportamiento de otras capas sociales que pertenecían a la misma generación del escritor.
        García Hortelano insistió aún más en el género breve y en 1975 aparecía Apólogos y milesios, un volumen que recoge, en tres apartados, catorce cuentos, vistos hoy como esa prolongada y parsimoniosa visión de la vida que le tocó vivir. Nuevas entregas, Mucho cuento (1987), veinte nuevos relatos y Los archivos secretos (1988), una colección que, como señala el crítico Rafael Conte, ofrece una especie de muestrario del arte narrativo del mejor García Hortelano. Desde sus cuentos más antiguos a los más modernos, relatos sobre los tiempos de guerra, algún otro cuento poético y costumbrista, incluso sobresale su vena más satírica donde todo se vuelve al revés. El humor absurdo, los fantasmas generacionales del fracaso y la búsqueda de la identidad o la burla, en realidad, el vivo retrato de un autor singular que deja traslucir en sus textos la imagen de un hombre tierno que ofrece con su prosa la mejor de las cortesías y de las delicadezas. En 1992 aparecían sus Cuentos completos en una edición que el autor había revisado y establecido personalmente poco antes de morir. En el mes de abril, concretamente, un cáncer le arrebataba la vida. Cinco años más tarde se volvían a editar sus Cuentos completos (1997), una nueva edición que según su editor, Juan Cruz, respetaba la edición anterior e incluye, además, una sección titulada «Cuentos contados», que agrupa una veintena de relatos publicados de manera dispersa durante más de treinta años de ejercicio literario.
        Diez años después la realidad literaria de Juan García Hortelano es la siguiente: del material custodiado por su viuda han ido apareciendo un poemario, La incomprensión del comercio (1995), una edición realizada por su amigo Antonio Martínez Sarrión; Crónicas correspondidas (1997), una selección de sus artículos que realizó Manuel de Lope y una nueva compilación, esta vez de artículos literarios y una entrevista que, con el título genérico de Invenciones urbanas, se publicaba en el 2001. El gran momento de Juan García Hortelano está aún por llegar. Ojalá, como suele decirse, no caiga demasiado silencio sobre la obra y la figura de aquellos literatos que la muerte nos arrebata tan impunemente. La justicia exige aún su presencia en nuestro mundo y tal vez debamos pensar por un momento en la esperanza de que alguna vez estas voces silenciadas vuelvan a deleitarnos con la sabia y la magia del arte de su prosa.     

* Artículo publicado en 2002, a los 10 años de la desaparición del novelista García Hortelano.