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jueves, 30 de enero de 2020

Rosario Izquierdo


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                                          El ángel caído



       Rosario Izquierdo (Huelva, 1964) escribe con mano firme, su concepto narrativo se concreta en ir fragmentando una información que un curioso lector va descubriendo porque la narradora deja en suspenso algunos acontecimientos que, en páginas o capítulos, iremos leyendo y serán de una trascendente importancia; progresa y retrocede en su narración, y es entonces cuando ya no dejamos de pasar las páginas, avanzamos en el relato porque se nos ofrece una lectura tan inquietante como desazonada, y no menos expectante.
       La protagonista de El hijo zurdo (2019), Lola Rey, es una escritora secreta, de clase media alta, que se esconde detrás de un seudónimo y trabaja para una modesta editorial; aunque estuvo casada con un abogado de cierto éxito, ahora está separada y tiene en casa a sus dos hijos, una chica y un chico; es una madre bastante progresista, y siente una especial predilección por su hijo Lorenzo, zurdo, como lo fue Lola antes de que le corrigieran esa “anomalía” social que tantos quebraderos de cabeza le ocasionaba en su entorno familiar; ahora lo que, realmente, le preocupa es que debe recoger a su hijo en una comisaría de policía donde está detenido, acusado de verse mezclado en una pelea con cuchillos y puños de acero y parece, por lo que irá averiguando, que el chico se ha hecho amigo de un grupo neonazi. Aquí surge el problema, y se convierte en el argumento crucial de esta segunda novela de la escritora andaluza que enseguida conlleva esa pregunta que toda madre se haría en semejantes circunstancias, ¿qué he hecho mal para que este niño se me haya ido de las manos?
       El hijo zurdo es un retrato social de las clases acomodadas frente a las desclasadas y marginadas por su propia condición que muestra, de una manera convincente, una y otra actitud ante los problemas cotidianos, incluso se compromete con la educación de los hijos. Lola y Maru, heroínas de familias tan distintas y en actitud semejante, se conocen y se apoyan porque sus necesidades, salvando las distancias, son las mismas; el mundo las ha maltratado de la misma manera, y ansían una benefactora reparación que nunca llega; el factor común, ese pasado del que deben aprender y al mismo tiempo huir, aunque el encuentro entre Lola y Maru, la madre de el Loco, compañero neonazi de su hijo, nos introduce en la distancia que se aprecia socialmente entre ambas mujeres: burguesa la primera, limpiadora y pobre la segunda, dos educaciones, dos barrios, dos hijos que se encuentran en parecidas circunstancias. Lola siente mala conciencia, y trabaja junto a Gloria, su editora, con un grupo de mujeres que no han tenido tantas oportunidades como ellas; Maru sobrevive limpiando y echando muchas horas fuera de casa para mantener a la familia, y no ve futuro alguno en su vida; el presente no resulta muy halagüeño, lidian con un hijo díscolo, el Loco y Lorenzo se conocen, de ahí el nexo que une a ambas mujeres. En una de las imágenes más acertadas de la novela, Rosario Izquierdo hace un paralelismo explícito entre la caída de Lorenzo, su descenso a los infiernos, y el ángel caído de El paraíso perdido de Milton, cuando recuerda sus visitas y siente su admiración por la escultura de Ricardo Bellver emplazada en el parque de El Retiro, que le fascinaba desde niña, ahora Lola siente los versos de Milton, mientras oye las letras de los grupos de hard rock que escucha Lorenzo.
       El hijo zurdo nos habla de las diferencias de clase
y, al hilo de la historia, añade reflexiones sobre el amor y las relaciones de pareja, o la no menos curiosa y educativa conexión entre la madre y su hija Inés, sostenida por cuatro pinceladas, pero refleja esa particular y precoz madurez que acusan las hijas de madres adolescentes, convertidas en amigas y, a menudo, casi en conciencia de sus desconcertadas madres; y en el repaso de la vida de Lola, la mirada a una generación de jóvenes diezmadas en el pasado por la libertad sexual, los embarazos no deseados, o el consumo desenfrenado de  drogas.
       La estructura narrativa, acertada y convincente, alterna distintas voces y, sobre todo, ofrece un acertado manejo del diálogo, fundamental en la conformación de la novela, los constantes giros de la focalización de externa a interna intercambia con naturalidad el estilo directo e indirecto con el indirecto libre. El resultado es un texto impecable, aparentemente sencillo, pero con una poderosa complejidad formal y de contenido.






EL HIJO ZURDO
Rosario Izquierdo
Barcelona, Comba, 2019

miércoles, 29 de enero de 2020

Cuaderno en blanco


Enero

       Los días de enero nos traen niebla, frío, y sobre todo nuevas perspectivas para los 366 días de un año bisiesto que ya han calificado de los felices 20. Nuevas propuestas, nuevos retos de cara a los suplementos, Cuadernos del Sur, del diario Córdoba, Los diablos azules, de InfoLibre, Zas! Madrid, o Artes & Letras de Heraldo de Aragón, y con suerte, los espléndidos encargos de Turia, bajo la sabia batuta de mi admirado amigo, Raúl Maicas.
       He recuperado derechos de autor de Después de Praga nada fue igual y de Conexión Helsinki, mis dos primeras novelas juveniles que esperan, ahora, nueva oportunidad para volver a las mesas de novedades.
       El centenario de Pérez Galdós me lleva hasta una estupenda novela, Los ojos de Galdós, de mi admirada Carolina Molina, a quien quiero y pretendo entrevistar para Cuadernos.
       Otras lecturas me ofrecen cuentos de Margarita Leoz y Concha Alós, la olvidada dama del pasado siglo XX, que con su literatura mostró una auténtica superación temática y estética.
       Los días de enero, lluvioso, grises, de mañanas oscuras, y tardes breves que nos adelantan la noche, baja en temperaturas y propicia para el calor y la lectura.


martes, 28 de enero de 2020

David Trueba


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                      Promesas de diversión                 




          David Trueba (Madrid, 1969), cineasta y narrador, escribe sobre ese concepto universal que desarrollamos una vez en nuestra vida: la infancia y la pubertad, etapa previa a una adolescencia como final de una niñez y nos acerca a nuestro desarrollo como adultos; un hecho exclusivo desde una perspectiva individual pero similar a esa generalidad de amigos y compañeros de correrías que conocemos a lo largo de nuestra vida. No cabe imaginar que El río baja sucio (2019) deba ofrecernos un relato de aparente sencillez, y despierte la suficiente emoción para que llegue a un público lector amplio, interesado en descubrir por qué en unas anodinas vacaciones de Semana Santa, y en ese momento de sus vidas, los catorce años, Tom y Martín, que perciben su mundo de una forma distinta, conciban por primera vez cómo baja el río. Trueba indaga, y con una suerte de éxito, en la trascendencia que supone tomar conciencia de la imborrable experiencia vital de ese paso entre la niñez y la primera adolescencia, cuando todo empieza a cambiar, y uno redescubre ese paraíso perdido donde todo sucedía, y se convierte, con el paso del tiempo, en un recuerdo para siempre porque, entre otras muchas cosas, nunca ya nada será igual. De ahí que la novela apueste por esos horizontes diferentes que asoman y sirven de advertencia frente a los retos que invariablemente parecen haber estado ahí: las decisiones de los mayores, el compromiso con el medio ambiente, el dolor y la ausencia, el sentido de la honradez, la amistad, el despertar sexual y el amor, en definitiva ese trance que tras unas vacaciones nos señala el desarrollo que determina cuándo somos capaces de tomar nuestras propias decisiones.
       Los amigos Tom y Martín deambulan por la antesala de la madurez, en esa edad que descubre las primeras experiencias de una temprana madurez, y estas afloran con intensidad. Días en los que cualquier muchacho se tambalea en esa cuerda floja que supone la vida, han superado los juegos infantiles, se asoman a la cruda realidad de cuanto viven a su alrededor, todo les llama la atención, y también todo les sorprende. Tom es el narrador de la historia que se cuenta en El río baja sucio, recuerda haber dejado sus años de inocencia viviendo parte de esos momentos en la sierra madrileña, donde siempre veraneaba y su madre tenía una casa; sucedieron unos hechos vinculados a un problema mediombiental que marcaron su futuro para siempre, y fue consciente entonces del valor ecológico de aquel río que siempre había estado allí.
       Los jóvenes sufren una auténtica inflexión en su vida porque aquella Semana Santa no repetirían sus acostumbrados paseos en bici, sus pequeñas exploraciones, el placer de vivir la experiencia de la naturaleza, sino que un día descubren al auténtico protagonista de sus vacaciones, un misterioso personaje, Ros, ex presidiario que vive en una apartada y abandonada finca, Los Rosales, y emprende su propia cruzada para preservar el lugar, hecho que lleva a los jóvenes a tomar conciencia de la degradación medioambiental; otros personajes se suman a la historia, sobre todo Dánae, la hija de ese enigmático inquilino del caserón, visita que provocará una sacudida entre los dos amigos en pugna por llamar la atención de la joven. Como personaje magnético para ambos, ejercerá el atrayente deseo de un acercamiento, y una vez que Tom y Martín se introducen en su vida, y descubren el siniestro pasado del padre, las consecuencias serán impredecibles; perderán su inocencia, y lo harán en los muchos aspectos que le ofrece esa nueva vida; lograrán dar su paso a la madurez en aquellas vacaciones y lo hacen con esa vaga sensación que otorga lo infalible de una inconsciencia.
       David Trueba escribe sobre ese complejo proceso de maduración a que se llega solo una vez en la vida, aunque como es habitual en este tipo de narraciones, intercala temas de plena actualidad, ese espacio de la ecología sometida a la especulación, al dinero que corrompe las voluntades de políticos corruptos que representan a esos municipios que, supuestamente, generan riqueza para un bien común y todo queda reducido a una especulación cuando el interés personal se impone, y se habla de ese pasado doloroso que viven los adultos que vuelve con la intensidad que condiciona el futuro que los jóvenes empiezan a experimentar pero que, de alguna manera, deja atrás esa inocencia en la que hemos sido felices y de la que nunca debemos arrepentirnos.






EL RÍO BAJA SUCIO
David Trueba
Madrid, Siruela, 2019

lunes, 27 de enero de 2020

Desayuno con diamantes, 150


                              Historia de una conversión
                     
                             

       Gonzalo Torrente Ballester (El Ferrol, 1910- Salamanca, 1999) iniciaba su carrera literaria escribiendo ensayos de teatro ideo­lógico para minorías, y daba a la imprenta su primera novela en 1943, Javier Mariño. La suerte de este libro se resumió en un proceso de aleja­miento y ostracismo por parte de un grupo de intelectuales identificados con Falange, aunque pronto se dieron cuenta que dicho programa no iba a conformar su vida de una manera revolucionaria, o con­trarrevolucionaria, inmersos en una sociedad que se autoafirmaba nacida de la guerra de liberación. Torrente Ballester había escrito Javier Mariño entre el otoño de 1941 y el otoño de 1942, y cuando llegó el momento de publicarla, introdujo diversas modificaciones en el texto para no tener problemas, y la novela fuese grata al régimen franquista; no se fiaba de su condición de miembro de la Falange, finalmente apareció en diciembre de 1943 y veinte días más tarde, el 10 de enero de 1944 los ejemplares existentes en las librerías fueron retirados, y la editorial recibió orden de almacenarla, porque había en sus páginas muchas cosas muy molestas para quienes guardaban la ética y el orden en el régimen. El informe censor se lamentaba de un exceso de “imágenes lascivas” y un evidente regodeo en ellas; al censor le disgustaba la posición política del protagonista, muy ambigua; incluso, Javier Mariño, carecía de auténticos sentimientos religiosos. Cayó en el olvido, quizá engullida por el éxito de La familia de Pascual Duarte (1942), de Cela y Nada (1944), de Laforet. Este alejamiento y ostracismo se hizo más evidente, Dionisio Ridruejo encabezaba una rebelión que ya había liderado entre 1937 y 1939, pero Torrente Ballester, que había llegado más tarde a las filas de Falange, la abandonó para adoptar una actitud de absoluto escepticis­mo, manifestado esencialmente en su visión del mundo en consonancia con su obra narrati­va. En esta novela apunta en su retrato de los jóvenes intelectuales educados en el control de los impulsos vitales por una autocrítica racionalista a ultranza que los lleva al callejón sin salida de la abstención y del complejo de superioridad. La historia de Javier Mariño es la imposibilidad de la conversión, sea política, religiosa o simplemente vital, y ese final patriótico pos­tizo nos inclina a pensar que fue una auténtica imposición, pero no la salvó de una última prohibición que hoy fechamos en 1943; la edición fue retirada de la venta, y explica que no se la haya con­siderado hasta ahora, como merecía, entre las mejores nove­las de aquella década a la hora de los balances narrativos. Fue la única que entonces se inscribía en la nueva tradición de la novela intelectual europea sin abandonar esas evidentes raíces autóctonas noventayochistas.

El argumento
       Un joven, de familia acomodada y de costumbres tradicio­nales, bastante escéptico, algo desengañado, ence­rrado en sí mismo, se ve obligado a escapar a toda posible complicación que fuerce su destino, sale de España en las vísperas de la guerra civil, dispuesto a forjar su vida en alguna nación americana donde los suyos tienen intereses. De camino recala en París, donde reside varios meses, allí recibe las primeras noticias del “pronunciamiento” del 18 de julio, como lo califica él. Mariño declara sus simpatías por los “sublevados” en diversas ocasiones, y ante quienes va conociendo, aunque esas simpatías chocan ciertamente con la indiferencia, incluso el cinismo, que muestra hacia las cuestiones políticas en general. Salvo la inquietud por la suerte de su familia, con la que no consigue comunicarse, nada le preocupa y la ciudad y el ambiente serán determinantes para él. En París, entre las numerosas personas con quienes se relaciona o traba amistad, conoce a una joven francesa, Magdalena, que va a ser la auténtica protagonista del relato; hija de una familia rica, ha renunciado a los suyos y a su vida burguesa para afiliarse al Partido Comunista, por el que trabaja con fervor de neófita. Javier es conservador hasta la médula, pero cae rendido ante la poderosa personalidad de la joven, que toca La Internacional al piano y llama “camaradas” a sus amigos. Muestra Torrente Ballester, ¿un intento de reconciliación de las dos Españas que ideológicamente se enfrentaban entonces? Pronto observamos que el comunismo de Magdalena es temporal, ella abjurará de él por amor al joven español y sus continuas contradicciones.
       La novela se desarrolla casi toda en París, ciudad que conoce bien el autor, puesto que el fondo ambiental, variado y cosmopolita, se describe con un desenfado y crudeza de buena ley, la diversidad y animación de sus per­sonajes, dan a la novela un sabor europeísta que no era frecuente en la narrativa de posguerra. Una vez leída no imaginamos que la atmósfera cosmopolita sea para deslumbrar al lector; lo que otorga a este libro de Torrente Ballester, y algunas otras novelas de la misma época, esa dimensión "europea" es el meollo intelec­tual, las cuantiosas ideas que circulan por las venas del relato, que anima a seguir ese desarrollo de una profunda visión de mayores posibilidades temáticas y estructurales como ocurrirá algunas décadas después. Numerosos peripecias, variadas y diná­micas, perspectivas interesantes y el conocimiento de una vida y expectativas diferentes, harán que Mariño supere su escepticismo y vuelva a España con Magdalena, a  quien convierte en su mujer, pese a cierto turbio episodio de su pasado, después de atraerla también, naturalmente, a su nuevo entusiasmo recobrado.
       La novela encierra una "in­tención", que nunca consideraríamos una tesis, el autor sostiene ideas que resultan visibles a lo largo de la historia, postulados políticos que rebate con otros personajes, y muestra su habilidad para salir airoso de situaciones comprometidas. Es verdad que, el personaje protagonista, es el responsable de que la lectura de la novela pueda resultar, en algunos tramos, controvertida para los tiempos que corren. El propio Torrente Ballester hacía alusión a esto en 1985: “tengo mis dudas acerca del verdadero pensamiento político de este personaje: no que sea ambiguo, como creía mi censor, sino que carece de él. Quien vea en esta figura lo que realmente es, una persona y su máscara, sabrá qué atribuir a la máscara y qué a la persona”. Marcos Giralt, en su Prólogo, “El novelista y su circunstancia”, opina que “Javier Mariño es, desde luego, por muchas de sus creencias, un personaje repelente, pero la historia de la literatura está llena de grandes novelas sobre personajes repelentes y es de cajón, aunque haya que repetirlo, que lo que piensa un personaje no es necesariamente lo que piensa su autor”. “En cualquier caso”, apunta, “en lo que a Javier Mariño atañe, su único delito es el de haber plegado su indudable instinto de novelista a las demandas de la España en la que vivía”. Leída hoy, Javier Mariño, resulta interesante en la medida en que permite adentrarse en los primeros tanteos del novelista primerizo que se convertirá en uno de los grandes de nuestras letras a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, reconocemos sus dudas y titubeos, y los primeros despuntes de una brillantez que derrocharía años más tarde en cientos de páginas. Y, también, advierte Marcos Giralt, sobre Torrente Ballester “pudo optar por no publicar, pero el precio era demasiado alto para alguien que desde muy joven vivió para ser escritor”. Quizá para un joven gallego fue el principio del camino, y sin él no habría existido lo demás.

Una nueva edición
       Gonzalo Torrente Ballester la rescató del olvido en la edición del primer tomo de sus Obras Completas (Destino, 1976), y Seix Barral la publicó como volumen individual en 1985. En ambas ocasiones, el novelista hizo ajustes de diversa consideración. Hoy, la editorial Almuzara la incluye en su colección, La Guerra Civil contada por sus protagonistas, y añade un prólogo, a cargo de Marcos Giralt Torrente, quien afirma que el “magnífico novelista que llegó a ser se advierte ya en muchísimas de sus páginas”.







Javier Mariño
Gonzalo Torrente Ballester
Prólogo Marcos Giralt Torrente
Córdoba, Almuzara, 2019

jueves, 23 de enero de 2020

Hoy invito a…




Amaneceres


Oportunidades

   Pasadas las empachosas fiestas navideñas y, una vez digerida toda aquella comida sobrante en nuestros estómagos privilegiados, nos lanzaremos como fieras enloquecidas a por las oportunidades que nos ofrecerán en grandes y seductores almacenes. Buscaremos con ansiedad esa prenda que habíamos seleccionado previamente y la conseguiremos, con suerte, a la mitad de precio. Aprovecharemos las grandes ofertas que nos ofrecen para realizar la compra de ese detalle, que nos vendrá perfecto, para el rincón que quedó solitario y vacío hace algunos años en nuestro salón. Ascenderemos penosamente la cuesta de enero con resaca, incertidumbre y cautela esperando una buena solución política a los problemas que atraviesa nuestro país.        
     Esperemos que 2020 venga cargado de maravillosas y fantásticas oportunidades y, por supuesto, que nosotros sepamos aprovecharlas y las subamos en el prodigioso tren de los sueños y de la vida.

lunes, 20 de enero de 2020

Marian Izaguirre


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                      La felicidad como mentira
              



      Los humanos tenemos cierta inquietud por el pasado, y la memoria es una herramienta que nos hace emprender un viaje en el tiempo, ese que quizá nos obliga a buscar respuestas en nuestra vida cotidiana, o tal vez se convierta en ese intento de justificar un pasado que nos resulte más idóneo y mejor, porque la memoria es una herramienta fundamental en nuestra propia evolución, y de alguna manera nos vemos obligados a valorar esa necesidad de recordar el pasado que se verá potenciado por los vertiginosos avances y desarrollos sociales que vivimos, y a que nos somete la sociedad actualmente. El peso del pasado sigue siendo ese argumento válido y, en ocasiones, necesario para que Marian Izaguirre (Bilbao, 1951) construya sus historias, que han resultado ser una excelente propuesta literaria, como ocurre en La vida cuando era nuestra (2013) escrita con ese fervoroso sentimiento que la narradora bilbaína incorporó a una novela esencialmente sentimental, aunque al mismo tiempo se mostrará como un firme homenaje a la lectura, traducida en la historia de dos mujeres, una que poco sabe y tiene poca experiencia de la vida, y otra quizá demasiado. Entre estas miradas cómplices anda el talento literario, y aun más la sorpresa lectora que siempre nos procura la narradora; el concepto de lealtad, de entrega mutua, la deuda y el peso de un pasado que dejaba una huella indeleble, en una etapa histórica significativa, y una perfecta ambientación resumen los componentes para una historia tan intimista como la anterior, aunque en este caso con mayores perspectivas, como Izaguirre plantea en Los pasos que nos separan, (2014). Y una historia sobre mujeres, Cuando aparecen los hombres (2017), sobre cómo construimos nuestra identidad a través de los otros, sobre el peso de la culpa; un juego de espejos en el que la protagonista se construye a sí misma a través de otras dos mujeres, un viaje hacia delante y hacia atrás en el tiempo, para que Teresa, la protagonista, se mire desde el ángulo positivo que resulta, Elisabeth y, también, desde el negativo, personificado en Ángela.
          Henar, una joven acomodada de Bilbao, se enamora de Martín y toma la decisión de huir con él a Madrid; Martín, un chico humilde que sueña con ser escritor, se enamora de la chica de los vestidos bonitos, y esta decisión será el punto de partida del libro: la fuga de dos amantes que deberán sortear las adversidades que la sociedad española de los 60 les impone en su relación, porque ninguno de los dos esté dispuesto a renunciar a su amor. Deben luchar en una España represiva que, entre otras muchas cosas, apenas admite los derechos de las mujeres, pero que comienza a despertar e incorporarse a un mundo más real. Después de muchos inviernos (2019) se desarrolla en un Madrid que se abre lentamente a la modernidad, pero sus protagonistas se alejarán de sus sueños y aprenderán a ser adultos. El destino será caprichoso respecto a lo que se espera de ellos, y muy pronto, por la suerte de un destino que encamina sus vidas, se verán separados física y emocionalmente.
       Dos voces irán alternándose en el relato, y de alguna manera sostienen el peso de la narración que, Izaguirre, construye desde dos puntos de vista, sobre los mismos hechos comunes y volviendo la mirada al pasado para reconstruir un presente cercano donde se incide en esa mirada sobre el ansia de un amor pleno, incluso más allá de las distintas formas de vivirlo, y sobre la culpa y el dolor que este sentimiento conlleva, y también los malos tratos, la infidelidad y la insatisfacción personal, o la frustración, y las anheladas ganas de futuro con que ambos protagonistas proyectaban sus respectivas vidas, pero transcurrido el tiempo suficiente, Henar y Martín, han ido madurando y han cruzado el horizonte de una vida que para ellos ha transcurrido con toda su intensidad, con cierta esperanza mutua y, también, dejándose mucho en el camino, y por añadidura sufriendo una acusada crudeza en sus vivencias. Aunque Después de muchos inviernos es una novela de amor, ofrece una curiosa mezcla de novela negra porque arranca con un crimen, pero es sobre todo, una novela sobre la reciente historia de España, que la narradora bilbaína documenta como una espléndida reseña sobre el glamour de las fiestas de la alta sociedad, el ambiente de un Hollywood en su mejor momento como séptimo arte, y nos acerca al trabajo que hay detrás del diseño y la confección del vestuario, especialmente cuando se trata de ambientaciones en épocas históricas que requieren de una exhaustiva mirada, nos pasea por las grandes obras renacentistas que una inquieta Henar admira en el Museo del Prado para inspirarse en su trabajo, se adentra en las bambalinas del gran teatro bonaerense y, con un corte costumbrista, recorre el Madrid más castizo de las corralas, y el Café Gijón con el ambiente literario de sus tertulias, puesto que Martín sueña con ser escritor lo que sirve de excusa a la autora para dotar a la novela de una cierta perspectiva metaliteraria.
       El eje argumental, las tres décadas que recorremos con sus protagonistas, se concreta en el espacio temporal de dos jóvenes que se aman hasta que, transcurridos los suficientes años, ambos ha sido capaces de superar sus frustraciones y sus propios límites.







DESPUÉS DE MUCHOS INVIERNOS
Marian Izaguirre
Barcelona, Lumen, 2019

domingo, 19 de enero de 2020

Centenarios, enero


En, Enero
02 de enero de 1920, nace Isaac Asimov, novelista y divulgador científico estadounidense.
04 de enero de 1920, muere Benito Pérez Galdós, escritor español.
07 de enero de 1920, muere Vahan Terian, poeta y activista armenio.
14 de enero de 1920, nace Jean Dutourd, prosista francés.
16 de enero de 1920, nace Wei Wei, ensayista y novelista chino.
17 de enero de 1820, nace Anne Brontë, escritora británica.
18 de enero de 1920, muere Giovanni Capurro, poeta italiano.




Hoy tomo café con…


Socorro Venegas

            El volumen, La memoria donde ardía, que publica, Páginas de Espuma, 2019, reúne diecinueve relatos de la mejicana Socorro Venegas, en los que la supervivencia crea una unidad temática.



       Socorro Venegas (Luis Potosí, México, 1972) es escritora y editora mexicana. Ha publicado las novelas La noche será negra y blanca (2009) y Vestido de novia (2014); los libros de cuentos Todas las islas (2002), La muerte más blanca (2000) y La risa de las azucenas (1997). Sus cuentos se han traducido al inglés y al francés, y han sido recogidos en varias antologías. Escritora residente en el Writters Room de Nueva York, becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y del Centro Mexicano de Escritores. Su columna «Modo Avión» aparece en Literal Magazine. Ha dirigido proyectos editoriales en el Fondo de Cultura Económica y la Universidad Nacional Autónoma de México. En España acaba de publicar la colección, La memoria donde ardía (2019).

¿Debemos movernos en la ambigüedad para escribir buena literatura?
       Me siento cómoda en la ambigüedad, qué difícil es vivir con certezas en un mundo al que le encanta cambiar y rompernos la cara. Creo que cada escritor encontrará sus coordenadas y obsesiones, y seguirlas hasta las últimas consecuencias es su único deber. Para mí la ambigüedad es un territorio necesario en las historias de La memoria donde ardía, donde busco sugerir más que describir con exactitud ambientes o personajes. Funciona en estos cuentos, pero en otro proyecto tal vez necesite algo distinto.

¿Busca, de alguna manera, sobrevivir con sus relatos?
       Yo aprendí la ficción, a imaginarme en otros sitios o siendo distinta a partir de una tragedia familiar. Así que la necesidad de escribir es profunda, misteriosa, como el dolor, como el azar, como todo lo que nos empuja a transformarnos para sobrevivir. Tal vez los suicidas son los grandes resistentes al cambio. Prefieren hundirse con sus banderas ondeando.

Es autora de varias colecciones de cuentos y dos novelas, ¿qué le lleva a publicar un nuevo libro de relatos?
       Había trabajado varios años en los cuentos de La memoria donde ardía. Puse el libro en pausa varias veces por distintas razones, pero el año pasado sentí que ya era poco lo que tenía que hacer. Al mismo tiempo fue también lo más difícil: decidir el orden en que los relatos se engarzarían para darle un ritmo y coherencia al libro. Y luego, la decisión no menos relevante de proponerlo a una editorial. Siempre pensé que era un libro para Páginas de Espuma. La fortuna fue que Juan Casamayor pensó igual. 

¿Los diecinueve cuentos de La memoria donde ardía (2019) ofrecen, temáticamente, un conjunto unitario?
       Podría decir que hay un tema recorriendo cada página del libro, lo formularé como una pregunta: ¿cómo diablos sobreviven los que sobreviven? Yo misma me considero una sobreviviente. Sé lo que es quedarse y atemperar el impulso de saltar por la ventana. Quería escribir sobre el dolor de la pérdida, de un ser querido pero también de lo que es perderse uno mismo, verse forzado a convertirse en alguien distinto porque la vida impone esas metamorfosis. La pérdida que es para una madre la separación de la criatura que gestaba y de pronto es tan ajena a ella: esa inesperada e incomprensible sensación. 

¿Qué perspectiva ofrece la maternidad en la sociedad mexicana para que usted escriba sobre ella?
       Es una sociedad en donde la voz de una mujer no puede escucharse para cuestionar o siquiera dudar de la bondad de la maternidad. Es una sociedad donde a las mujeres no les pertenece su cuerpo, el aborto sigue siendo penalizado en varios estados del país, nos prefieren silenciosas, quietas: muertas. En mis cuentos no es que haya una voz militante o que politice la situación de las mujeres. Mi exploración es literaria y profundiza desde otro lugar en la angustia, el dolor, el sufrimiento que puede venir con la maternidad. Se trata de romper con los tabús, con ese secreto oscuro que es, por ejemplo, la depresión posparto. Todo aquello que no puede decirse y que yo quise narrar porque es esencial escuchar la voz silenciada de las mujeres: es la perspectiva de una mitad del mundo.

¿El cuento que usted propone para sus lectores siempre conlleva la brevedad más absoluta?
       No todos los cuentos de este libro son tan breves, al menos ninguno llega a ser un microrelato. Pero quien ha seguido esta entrevista hasta aquí, podrá inferir que mis materiales literarios son duros, altamente sensibles. Trabajar a temperaturas muy altas obliga de alguna manera a pensar en historias como saetas muy finas, bien afiladas, que no se vean venir y se metan hondo en los lectores. Busco esa intensidad que tiene la brevedad y que, quizá, he aprendido como lectora de poesía.



¿Qué papel juega la memoria en su literatura?
       Pienso en la memoria como en una hermosa cicatriz. La materialización del dolor, del tiempo transcurrido. Desde ahí me gusta contar una historia, ese tiempo de la evocación, como aconsejaba Quiroga: no escribir desde la emoción, dejarla pasar y luego evocarla. Esto implica saber distanciarse de la experiencia que detona un cuento, una novela. Y en ese saber distanciarse puede surgir la literatura.

Como sus personajes, ¿usted acepta su papel en esta sociedad contemporánea, o es un simple recurso literario?
       Mis personajes no aceptan su papel en esta sociedad, lo padecen y lo subvierten. Hacen visibles las fisuras de su inconformidad. Se separan de los demás. Los niños que viven en el hospital en mi cuento “Los aposentos del aire” llevan a cabo la mayor transgresión en ese espacio: se enamoran. La mujer solitaria que espera un tren y cuenta que hace pocos días dio a luz, ha abandonado todo; también es transgresora la viuda que decide no donar las pertenencias de su marido muerto a un albergue, como todo mundo hace, sino intercambiar cada cosa que le pertenece, sus propias cosas, buscando así resignificar una memoria dolorosa. Mis personajes se salen de los márgenes socialmente impuestos: es su manera de sobrevivir, su pequeña revancha en un mundo abrumador. Es una de las mejores posibilidades de la literatura: imaginarnos distintos y que el mundo también puede ser distinto.

En sus relatos hay un fondo de realidad más absoluta, ¿se siente usted cercana a una atmósfera realista para contar sus historias?
       A veces parto de una anécdota que puede venir de mi experiencia personal, pero es inevitable (y no hay por qué evitarlo) que la ficción gane terreno. En ese sentido, no soy nada realista. En mis cuentos el registro realista se diluye por la fuerza de la mirada de los personajes, por sus actos, por todo lo que la imaginación hace posible. El cuento “Como flores” narra la llegada inexplicable de un grupo de niños ciegos a una escuela, nunca sabremos por qué están ahí, lo que importa es qué harán los otros niños con los invasores. A fin de cuentas, la realidad también puede ser muy extraña.

Un cuento como “Los aposentos del aire” es, extremadamente, duro, ¿la enfermedad infantil resulta útil para un buen relato?
       Cualquier tema es útil para un relato, siempre que atraiga al escritor primero. Si un tema no me obsesiona, si no me parece fascinante a mí, no podré hacer que le interese a los lectores. Por otro lado, elegir un tema como la vida de los niños enfermos tiene la dificultad de ponerte en el límite de la compasión o la condescendencia. Es indispensable vigilar el proceso de escritura, ser fiel a la historia y a sus personajes, evitar la tentación de imponer un final feliz sólo para complacer.

La crítica habla de “una prosa teñida de lirismo” para definir su literatura; ¿cuánto hay de verdad en esta afirmación?
       Me parece una crítica acertada. En mi prosa hay un trabajo con el lenguaje que viene de mi lectura de poesía. Confío en el lenguaje poético para expresar las más profundas emociones humanas.

La soledad no esta reñida con la infancia, la maternidad o el alcoholismo de sus cuentos o ¿tal vez forma parte de estos mundos?
       Es la manera como se atraviesa o se vive la soledad lo que me interesa. Los niños no viven en un mundo distinto a éste en el que tenemos puestos los pies nosotros mismos. Si pensamos de una manera idílica en la infancia no veremos que el mundo de los niños puede ser más complejo de lo que parece. En lo que escribo hay personajes viviendo infancias solitarias, duras, y al mismo tiempo sobreviviendo con una luz muy poderosa dentro de ellos.

Una vez escrito y publicado La memoria donde ardía, ¿se ha desprendido usted de esa orfandad que desprenden sus historias?
       No lo sé. Creo que una obsesión es inagotable cuando se le alimenta. Eso me pasa a mí. Sigo explorando, no para repetir, sino para encontrar ángulos que no he visto. Escribiré sobre lo que sienta que es necesario contar.

Y para terminar, ¿qué supone para una narradora mexicana publicar en España?   
       Cuando envié el libro a Páginas de Espuma pensaba en su catálogo, en las búsquedas de autores con los que tengo profunda afinidad. Sentí que mi libro podía pertenecer a esa constelación. No pensaba tanto en la plataforma que es para un escritor latinoamericano publicar en España, pero es cierto que le ha dado una proyección a mi trabajo. Estoy sorprendida y muy agradecida por el interés y generosidad de la prensa española.

viernes, 17 de enero de 2020

José Ovejero


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                                   Dibujo de una realidad    
                

                                           

       José Ovejero (Madrid, 1958) ofrece con su literatura una mirada nada complaciente con la sociedad que le ha tocado vivir, una visión tan compleja como irónica que se traduce en un minucioso análisis de los problemas que atañen al individuo tanto en su ámbito particular como colectivo. Buen muestra de ello leíamos en sus últimas propuestas, Las vidas ajenas (2005), el fenómeno de la inmigración y sus problemas de integración; Nunca pasa nada (2007) está protagonizada por la joven ecuatoriana Olivia; La invención del amor (2013) es una truculenta ficción a la que se irán sumando una variedad de personajes que configurarán una peculiar y compleja visión de la conflictividad psicológica humana; Los ángeles feroces (2015) muestra un mundo que parece a punto de desmoronarse, donde tiene que sobrevivir Alegría, una joven cuya sangre es particularmente valiosa, y en La seducción (2017) la realidad es tan resbaladiza como la ficción, nada es lo que parece y todos ocultamos quiénes somos de verdad. En su propuesta más reciente, Insurrección (2019), la carga dramática resulta más intensa y sus personajes sobreviven a una peculiar y profunda conflictividad psicológica que va más allá de sus posibilidades como sujetos: una maltrecha relación paternofilial que Ovejero establece entre Aitor, un conformista que sufre en la madurez de su profesión los desmanes de un sistema laboral cada vez más injusto, y Ana, su hija, una joven idealista que, incapaz de soportar el mundo que le tocará vivir, huye a una comuna okupa desde donde planea reformar la sociedad.
       El escenario donde se desarrolla Insurrección es un Madrid de hoy, en el barrio de Lavapiés, la zona que funciona como epicentro de los movimientos sociales de la ciudad, y sigue a su protagonista, que se esfuerza por vivir en una comunidad enfrentada al sistema con todas sus implicaciones, con los graves conflictos que dibujan el día a día de una gran ciudad, y se centra, casi exclusivamente, en jóvenes que se han recluido en El Agujero, un Centro Social Okupado; son personajes controvertidos a donde ha ido a parar la joven Ana, tan escéptica como deslumbrada por lo que allí se encuentra; por otro lado, el mundo empresarial, representado por la emisora en la que trabaja Aitor y los problemas que se derivan de las injusticias laborales y un ERE que dejará a la mitad de la plantilla en la calle, no se siente culpable del despido de su compañera, pero él se beneficia de la situación. 
       La doble perspectiva elegida por Ovejero, dará pie a unas cuantas anécdotas entrecruzadas: la forma de vida de los okupas, la arbitrariedad patronal o la fractura de las relaciones familiares. Y a ello se añaden algunos otros conflictos dispersos: los desahucios, el precario modo de vida o la marginalidad, la irresponsabilidad de los medios de comunicación, partidistas y sectarios, manipulando una visión parcial de una sociedad mucho más compleja.
       El escritor Ovejero ofrece un dibujo de una realidad de nuestros días que visualiza una problemática colectiva y sus aspectos más negativos, consigue el catálogo de unas circunstancias adversas y las evidencia creando una nómina de personajes a quienes la vida zarandea, andan perdidos en una realidad que no saben afrontar, el detective contratado por los padres de Ana representa la falta absoluta de ética, y los jóvenes okupas, hijos de clase media, se sublevan contra el sistema capitalista, reivindican la libertad desde una visión instintiva e, incluso, llevan a cabo acciones subversivas para liquidar el orden burgués. La novela intenta mostrar su visión de una dual realidad: la sumisión apática y la insurrección que subraya el título; o mejor el conformismo realista y el idealismo utópico.
       Esta espiral de historias, anclada en un sólido argumento, se sustenta por la caracterización psicológica de unos personajes que Ovejero nos va presentando y que muestran sus dotes de buen observador cuando hace retratos individuales sólidos y atractivos de caracteres diversos de cada uno de los jóvenes, con rasgos propios que oscilan entre el fanatismo y la ternura; ese evidente rencor acumulado en las parejas; y el retrato de los desalmados ejecutivos, sin escrúpulos ni corazón, puesto que la perspectiva temática demanda una estructura exigente; lo más curioso de esta radiografía colectiva, es esa falta de expectativas de mucha gente que anda por ahí, sobre todo desde la visión en perspectiva de los jóvenes, que sienten por primera vez que van a vivir peor que sus padres, y se dan por satisfechos porque es lo que hay, cuando les han asegurado, además, que este es el sistema. El conflicto se plantea desde una perspectiva generacional, una que defiende ser realista, asume que el mundo es como es, se adapta y defiende su papel; la ruptura con este sistema se asocia con la juventud, recrimina a los mayores que aceptan su papel en la construcción de un mundo que han recibido como herencia y se enorgullecen de él; los jóvenes lo rechazan por no estar bien en él, por sentirlo hostil, y consideran que la aceptación del sistema está asociado con la madurez.
       Ovejero, en definitiva, formula con su novela una urgencia testimonial que se interpreta como un auténtico documento y evidencia esa denuncia que se viste con el mejor ropaje literario contemporáneo, reflexiona a la hora de actuar sobre el sistema, sobre la legitimidad de la violencia y sus límites.









Insurrección
José Ovejero
Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2019.

miércoles, 15 de enero de 2020

Mariana Enríquez


                                    UNA LUZ INTERMITENTE

                                    



       Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) ilumina con luz intermitente las zonas más oscuras del presente y del pasado argentinos, y acompaña a los lectores a explorar espacios ocultos y tenebrosos en sus diferentes formas y manifestaciones: el miedo, el terror y el pánico, incluso ese concepto que denominamos, horror, y que, en ocasiones, se traduce en violencia. Los asesinos en serie, la dictadura, el machismo, la homofobia, y por la época en que se desarrolla su relato, el estigma social del sida, aunque el tema que mueve la acción de Ese verano a oscuras (2019) es la violencia, la curiosa constatación que dos jóvenes tienen de los asesinos en serie y de su extrema crueldad hecho puntual que inquieta a estas quinceañeras, en tanto que llama poderosamente su atención, y verán asesinos por doquier, incluso entre sus vecinos más cercanos. Las protagonistas se recrean en una violencia irreal y extravagante, desenfadadas y de tonos en blanco y negro, escuchan música y emulan a estrellas de rock o punk, como única y exclusiva forma de escapar de la realidad, en la que la sangre es roja y la gente muere de verdad.
       La narradora y su amiga Virginia tienen quince años y viven su adolescencia en la ciudad de Buenos Aires de 1989, cuando Argentina acaba de salir de la dictadura y de la guerra de las Malvinas, y por su actitud se muestran como dos chicas góticas que, en el verano en el que transcurre la narración, época en la que se producen cortes de luz en el país, se obsesionan con un libro de asesinos en serie que han conseguido en una feria que ponen los domingos frente a la Catedral. Esta obsesión se dilata a lo largo de las páginas de este breve relato de 70 páginas, motor de la historia que conforma las incógnitas e inquietudes de las dos adolescentes, y lo único que pueden hacer cuando es de noche, y hace calor, es salir a la calle a respirar un poco de aire, leer a la luz de las velas y fumar Malboro y algún que otro porro.
       La realidad que viven las protagonistas es muy distinta a la que viven los adultos, aunque eso no significa que la de ellas sea descabellada o, por convencimiento, una exclusiva ilusión, sino que la actitud ante determinados temas evidencia una gran diferencia generacional. El mejor ejemplo lo encontramos en sus muestras de simpatía hacia Pity, el quiosquero al que un vecino, que califican de viejo y patético, desprecia por maricón. Saben, gracias al colegio, cómo se contagia el VIH y, sobre todo, cómo no, pero, por más que tratan de explicarlo, nadie las escucha, quizá porque la narradora les ha otorgado esa juventud que, ante los mayores, le niega tener voz. El desconocimiento conduce al temor y al odio, y las protagonistas son conscientes de ello. Usan la escalera del edificio donde viven para pasar al fresco las tediosas tardes y, sobre todo, para fumar tranquilas en el lugar más oscuro, sin la luz que ilumina los pasillos, y proyecta la del ascensor, allí parecen estar en una tumba amplia y concurrida, aunque, eso sí, los vecinos van y vienen, mientras ellas fantasean con el vecino del séptimo piso, a quien conocían como Carrasco que había matado a su mujer y a su hija durante una noche, y se habían enterado a la mañana siguiente por la presencia de bomberos y policía; sin embargo, él había escapado de madrugada.
       Mariana Enriquez formula en, Ese verano a oscuras, una expresa carga política de calculadas dimensiones sociales; trata aspectos y situaciones históricas con una naturalidad apabullante pese a lo escabroso de su propuesta narrativa. Es conciente de la mirada adolescente de su narradora, morbosa y no del todo inocente, porque ya empieza a tener conciencia de lo que ocurre a su alrededor, y le otorga el juego enigmático suficiente a la hora de contar esta historia de evidente minimalismo, y en la que no debemos olvidar que los hechos resultan de por sí interesantes, y lo son, precisamente, desde el punto de vista en que son narrados.
       Las ilustraciones de Helia Toledo (Madrid, 1994) de tonos marrones, naranjas, negros, blancos y un verde azulado, consiguen que percibamos otra perspectiva diferente, quizá el punto de vista externo de un relato en el que se ven esas cosas que la protagonista no puede ver. La narrativa de Mariana Enriquez autora de las novelas Bajar es lo peor (1995 y 2013), Cómo desaparecer completamente (2004) y Este es el mar (2017) y de las colecciones de cuentos Los peligros de fumar en la cama (2009 y 2017) y Las cosas que perdimos en el fuego (2016) empieza a conocerse en España, y ahora suma a su obra el Premio Herralde de Novela por Nuestra parte de noche (2019).
       La narradora Enriquez y la ilustradora Toledo nos adentran, con su curiosa propuesta, Ese verano a oscuras, y desde un plano diferente, en un mundo oscuro y triste, tan cerrado como asfixiante, lleno de sombras, de prejuicios y salpicadas todas y cada una de sus páginas, de una absoluta y preconcebida violencia.







ESE VERANO A OSCURAS
Mariana Enríquez
Madrid, Páginas de Espuma, 2019