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martes, 30 de marzo de 2021

Cuaderno en blanco

 


Marzo

       Un marzo airoso que llaman, y que se inicia con tiempo revuelto en el Sur, algo de frío y días de poco sol, aunque todo transcurre con esa tranquilidad de una primavera que se acerca y algunos amigos me anuncian nuevas obras, colecciones de cuentos de Ángel Olgoso y de Carlos Peramo.

       Mientras disfruto de la lectura de Llévame a casa, de Jesús Carrasco, próxima colaboración en Artes & Letras, de Heraldo de Aragón. Una extensa reseña, Insolación, de Emilia Pardo Bazán ocupa mi espacio durante unos días, y se convierte en el homenaje a los 100 años de la muerte de la gallega, porque su novela es una curiosa historia de amor donde el concepto de feminismo aflora por sus páginas.

       Una grata sorpresa, Juan Manuel Gil, amigo y paisano, obtiene el Premio Biblioteca Breve por Trigo limpio, un paso más en su carrera narrativa que leo y admiro.

       Algunas novedades se amontonan en la mesa, una de las más curiosas, La mitad de la casa, de Menchu Gutiérrez que me sorprende por precisión de su lenguaje y la profundidad de su mensaje.

       Un mensajero me trae la nueva novela de Edurne Portela, Los ojos cerrados. 

           

domingo, 28 de marzo de 2021

Adiós…

 a Jorge Martínez Reverte

 


       El periodista y escritor Jorge Martínez Reverte ha fallecido a los 72 años. Nacido en Madrid en 1948, estudió Ciencias Físicas y Periodismo y ha trabajado como periodista Cambio 16, Posible, Ciudadano, La Calle o Zona abierta y en periódicos como El País, El Sol y El Periódico de Catalunya.

       Hermano del también escritor Javier Reverte, fallecido el año pasado. Publicó varias novelas, entre ellas seis centradas en la vida del periodista Julio Gálvez, Demasiado para Gálvez (1979), Gálvez en Euskadi (1981), Gálvez y el cambio del cambio (1995), Gálvez en la frontera (2001), Gudari Gálvez (2005), Gálvez entre los leones (2013) y Gálvez y la caja de los truenos (2017), así como otras como El mensajero (1982) o Una vida de héroe (1991).

       Ensayista e historiador, es también autor del libro de relatos El último café (1989) y de dos libros relacionados con la historia y la memoria: Hijos de la guerra (2001), en colaboración con Socorro Thomás; y Soldado de poca fortuna (2001), en colaboración con Javier Reverte y Jesús Martínez Tessier.

       Otras publicaciones de Martínez Reverte son Perro come perro; Guía para leer los periódicos (2002); La batalla del Ebro (2003); y La batalla de Madrid (2004).

 

jueves, 25 de marzo de 2021

Esther Ginés

 … me gusta

                                         Promesas de futuro

         

                          

       El mar se convierte en el protagonista indiscutible de la historia que nos cuenta Esther Ginés (Ciudad Real, 1982) porque las vidas de Elisa y Kylian, incluso el resto de los personajes, se encuentran muy ligados a ese piélago hasta el punto de transmitir su mundo interior a través de las transformaciones y movimientos que provocan sus olas, y ese misterioso concepto de vida que se va formando en torno a él. A través de Elisa, y de algún otro personaje, la autora expone una serie de reflexiones que, de alguna manera, hacen que el lector se sienta identificado: la pérdida, el duelo, la ausencia, el olvido, los cambios, el sentimiento de pertenencia a un lugar, la barbarie y la naturaleza, la confianza humana, los secretos que esconde un pasado, o el poder sanador del amor, serían algunas de ellas.

       La novela, Mares sin dueño (2020), cuenta una, en apariencia, historia sencilla y añade al argumento un secreto, aunque no se trata de que la trama sea apoteósica o, tal vez, frenética, sino que el lector descubra y sienta a unos personajes inolvidables, puesto que la fuerza de la trama se justifica en una extraordinaria y maravillosa ambientación, en ese extenso y sublime viaje que lleva a cabo su protagonista, y se convierte en todo un descubrimiento que se desliza por las páginas de este relato y nos lleva a conocer el sentido de la historia en los últimos párrafos. A sus dos protagonistas, Elisa y Kylian, les une la fascinación por el agua y, de hecho, es en ese elemento precisamente donde acaban por entregarse el uno al otro, y se convierte en una de esas pasiones que te hacen ir al fin del mundo en busca de la persona amada. Del mismo modo que el mítico Orfeo bajó a los infiernos en busca de Eurídice, Elisa sigue a Kylian hasta el fin del mundo, o lo que es lo mismo, hasta una remota isla escocesa, y así será como se oponen las dos naturalezas del mar, la benéfica y la colérica, con un contraste clásico, y ese antagonismo entre norte y sur. Elisa proviene del sur, de la isla de Sal, en Cabo Verde, donde un mar cristalino de aguas cálidas lame playas de arena blanca, y viaja hasta las islas Orcadas, al norte de Escocia, donde el mar es una fuerza salvaje e indómita, que pone en juego la vida de sus habitantes a cada momento. Una vez allí, se unirá a su pareja, un ornitólogo marino que acaba de regresar a su lugar de nacimiento, después de pasar años recorriendo diferentes lugares del mundo y tras recibir una interesante propuesta de trabajo. Sin embargo, poco después de la llegada de Elisa a las islas, un hecho del pasado que desconocía de su pareja saldrá a la luz y trastocará los planes de futuro que ambos habían previsto.

 

       Esther Ginés, tras El sol de Argel (2012), una novela de identidades y de búsquedas, de encuentros y desencuentros, y En la noche de los cuerpos (2017), un relato tan intimista que esconde una feroz crítica al mundo del arte, y a esos límites que sobrepasan los artistas en su intento de conseguir que sus obras trasciendan más allá de sus propias vidas, vuelve con su tercera entrega, Mares sin dueño, a sumergirnos en una historia reflexiva y pausada, tan introspectiva como intimista, construida con un lenguaje cuidado y preciso, repleto de una simbología con que se representa ese primer nivel de significado, y aún se añade un segundo dotado de un rico vocabulario que consigue trasladar al lector cada una de las emociones que describe la autora, ante la visión de una geografía agreste e indómita. El relato está narrado en primera persona, desde el punto de vista de Elisa, y avanzamos con ella, reconociendo buena parte del terreno que va descubriendo, mostrándonos sus inquietudes o sus miedos, incluso sus esperanzas y la certeza de un reencuentro con Kylian. El choque cultural a que se enfrentará Elisa al llegar a las islas es abismal; el clima, las horas de luz, las relaciones entre vecinos o incluso la hostilidad y virginidad del territorio no solo consiguen interesar al lector, sino que se verá sumergido en un mundo que permite conocer una ancestral cultura escocesa por los aportes tradicionales que se entremezclan en el relato confiriéndole un halo feérico, onírico y mitológico. Del mismo modo, Esther hace uso de referencias artísticas, la visión del celebrado cuadro El caminante sobre el mar de nubes, de Caspar David Friedrich musicales y literarias de corte clásico, caso de la Odisea o Drácula que, de alguna manera, conforman y complementan la vida de sus personajes que así se convierten en parte de la trama.

       Elisa hará su particular descenso a los infiernos, en muchos sentidos, viajará al que podría ser uno de los lugares más alejados, inaccesibles y solitarios del planeta, para salvar a Kylian de la perdición, un territorio donde la realidad se tiñe de leyenda, en el que existen seres fabulosos y fantásticos, y donde la joven se pregunta, ¿durante cuánto tiempo uno puede huir del pasado?, ¿qué precio debemos pagar por dejar atrás ciertos episodios de nuestra vida?, y sobre todo, ¿cómo somos capaces de mirar hacia el futuro cuando una mano invisible nos ata al pasado? Estos, y algunos otros más, son esos interrogantes que plantea esta novela en la que Esther Ginés construye su relato insiste sobre temas como la incomunicación, lo oculto, la fuerza de la naturaleza, los lazos familiares y la identidad.

 


                                      Mares sin dueño

                                        Esther Ginés

                             Madrid, Tres Hermanas, 2020

 

 

miércoles, 24 de marzo de 2021

Hoy invito a…

 


 M. Ángeles Pérez

 Amaneceres

 

 Joan Margarit


  

   Se nos fue el arquitecto de grandes estructuras, el de bellos sentimientos, se marchó el cimentador de hermosas palabras. Voló con alas melodiosas hacia el cenit de los sueños, pero nos legó preciosos poemas sembrados de amor, de deseo, de soledad, de paisaje, de amor a los hijos.

       Descubrí tarde a Joan Margarit pero, desde el primer momento, su poesía atrapó mi alma. Me identifiqué con esa nostalgia de la persona que cumple recuerdos y que observa que llega tarde a su tiempo, con esa mirada hacia delante como si allí estuviese el mar, con no tirar nunca esas cartas de amor porque ellas no nos abandonan y serán nuestra última literatura. Joan Margarit nos contaba que la poesía se extendía por toda la vida y que la prisa no formaba parte de su relación con ella. Se fue, despacio, pero nos deja la cimentación poética de la palabra, en la que podremos buscar el refugio de nuestras penas, la celebración oportuna de nuestras alegrías, el cobijo perfecto de nuestra soledad. Buen viaje, maestro. «Tu calle, aún durante mucho tiempo, esperará, delante de tu puerta, con paciencia, tus pasos».

 

domingo, 21 de marzo de 2021

Hoy tomo café con…

       Javier Morales considera que la realidad, con esa sensación de soledad y de fragilidad, nunca recrea un realismo sino que, en realidad, lo interpreta.

 

La moneda de Carver (Reino de Cordelia, 2020), es su nueva colección de relatos.

 

Copy foto: Isabel Wagemann

  

       Javier Morales Ortiz (Plasencia, 1968) es periodista y licenciado en Derecho, profesor de escritura creativa en el Taller de Clara Obligado y la Escuela de Escritores. Mantiene una columna dominical sobre libros, Área de Descanso, en El Asombrario. Ha publicado las novelas, Pequeñas biografías por encargo (2013) y Trabajar cansa (2016) y las colecciones, La despedida (2008),  Lisboa (2011), Ocho cuentos y medio (2014), los ensayo, El día que dejé de comer animales (2017) y Área de descanso (2018). Acaba de publicar una nueva colección de relatos, La moneda de Carver (Reino de Cordelia, 2020), un auténtico recorrido biográfico, quizá por ese personaje o narrador interpuesto que se convierte en el alter ego del propio autor.

 

 

Permítame, una primera pregunta, ¿cuándo consigue uno mezclar realidad con ficción?

       Yo creo que toda la literatura, aunque nuestros personajes sean gnomos o fantasmas. está inspirada en la realidad, de la que forman parte los sueños, claro. Ese campo tan fértil, híbrido, entre realidad y ficción, tiene muchas posibilidades para un creador. En este sentido, y por responder a su pregunta, cuando narramos creo que hay que ser fiel a los hechos que han ocurrido, a las vidas reales que contamos, pero luego podemos adornar literariamente los huecos con nuestra imaginación.

 

En su literatura, al menos, en algunos de sus libros se percibe ese fracaso de lo cotidiano, ¿la sociedad nos sigue engullendo por el camino del desencanto?

       Fijase que en lo personal suelo ser más esperanzador que en mis relatos. Es verdad que en ellos hay un cierto desencanto, que los personajes a veces viven superados por lo cotidiano. El mundo que estamos dejando a nuestros hijos sin duda es muy poco alentador, por ser suave, pero creo al mismo tiempo que no podemos perder la esperanza. Me parece bonito y constructivo saber valorar cada momento de nuestras vidas. Por muy aterrador que sea el mundo, es un lujo estar aquí.

 

Las historias que usted cuenta son, ¿quizá el espejo de su propia incertidumbre?

       Puede ser. Escribo no tanto para tener respuestas sino para hacer preguntas que sé que no se pueden responder. Con mis historias trato de explicarme a mí mismo algunas de esas incertidumbres, de alumbrar un poco el camino. La función de las historias es esa, la de que sean una vela en la oscuridad.

 

La imagen y la palabra sustentan, de alguna manera, ¿aquellos reflejos de una realidad que no resuelve nada?

       La imagen y la palabra no pueden hacer mucho, creo yo, para resolver nada, solo, como usted dice, reflejar esa complejidad del mundo en el que vivimos, las contradicciones del alma humana, nuestra fragilidad ante la dimensión de la vida y el mundo. Y en la medida de lo posible, consolarnos.

 

Su dedicación a la narrativa breve, ¿es quizá una deformación de su profesión como profesor de escritura, o tal vez un acicate?

       No creo que tenga nada que ver como mi trabajo como profesor de escritura. Aunque en los talleres que imparto escribimos y leemos muchos cuentos porque es un género muy fértil para la imaginación, es como un laboratorio de ideas. Lo cierto es que tanto las dos novelas como el ensayo que he escrito, aparte de los cuentos, son breves también. A mí me parece que en el mundo ya hay demasiada verborrea. La brevedad de los libros de cuentos tiene la elegancia de los libros de poemas. Si puedes contar algo con brevedad, ¿para qué llenar páginas y páginas? Contar lo máximo con el menor número de palabras posible, podría ser una de mis máximas, sí. Casi como en la vida misma, ¿no? Vivir con menos no quiere decir que tuviéramos que vivir peor. Al revés.

 

Tras varias colecciones de cuentos, ahora nos entrega, La moneda de Carver (2020), ¿es quizá su libro más personal?

       No sé si el más personal. Usted que también es escritor sabe que todos los libros lo son, que todos tienen un componente autobiográfico en mayor o menor medida. Pero sí es en el que más me he dejado llevar por mis inquietudes, el que he escrito con mayor libertad. No creo que mi vida, por decirlo así, está más presente que en otros textos. Aunque sí hay una visión del arte y la escritura a través de distintos personajes que comparto en gran medida, como la narradora que da título al cuento que cita.


 

¿Es la suya, con cada nuevo libro, un acto de resistencia?

       Así lo veo yo, en cierta forma, ¿no? Antes hablábamos del desaliento al que nos lleva el mundo en el que vivimos. Nos sentimos impotentes. Escribir, para mí, es un acto liberador. Escribir exige lentitud, prestar atención a los detalles, empatía, mirar el mundo y mirarse a uno mismo. Justo lo contrario a los que nos lleva esta sociedad consumista.

 

Los escritores Carver, Campos o Gabriel y Galán ¿forman parte de sus fantasmas literarios?

       De todos ellos el que más influencia ha tenido, sin duda, es Raymond Carver. Con el cuento que da título al libro he querido rendirle un homenaje. Creo que es un autor que no ha sido bien leído, al que se le ha simplificado, sobre todo en ciertas escuelas. Ahora hay autores que reniegan de él casi por moda, sin darse cuenta de que lo escriben sigue siendo absolutamente carveriano. Campos o Gabriel y Galán, autores a los que admiro muchísimo y leo, han tenido más influencia en mi vida personal, en mi relación con la literatura.

 

¿Ha conseguido con esta colección bucear, definitivamente, en la relación que existe entre escritura y vida?

       No creo que en la literatura haya nada definitivo. Más bien ese buceo lo veo como una tentativa, un camino a seguir. Y un camino nada original por otro lado. Antes que yo han navegado otros autores que ahora ocupan el olimpo de las letras. En esta relación entre escritura y vida, ¿qué sería la literatura de hoy sin La vida de Samuel Johnson, de Boswell, o sin las Vidas imaginarias, de Marcel Schwob? 

 


¿En qué consistiría, para usted, el realismo literario?

       Pues lo definiría con una cita del pintor Hopper, cuya obra recorre de alguna manera todo el libro. El realismo no consiste en copiar la realidad sino en interpretarla. Es lo que modestamente intento hacer.

 

Ese alter ego, Samuel, ¿ejemplifica, de alguna manera, su paso por la adolescencia, y juventud, y finalmente su madurez literaria?

       Sin duda hay algo mío en Samuel, pero también mucha ficción. Ese juego entre realidad y ficción me interesa mucho. Aunque como decía al principio de la entrevista, y le robo las palabras a Joyce, toda la literatura es autobiográfica.

 

¿Puede pensar el lector de La moneda de Carver que sus ocho historias suman, en cierto modo, una curiosa colección de pequeñas biografías?

       Puede ser. O más bien retazos de esas vidas, ¿no? Creo que un buen cuento a veces es como una fotografía, capaz de retratar en un instante una vida entera. Que a partir de un pedacito el lector pueda construir la complejidad de una existencia. Esa participación del lector me parece muy importante además.

 

El número ocho ¿contiene cierta magia en su vida cotidiana?

       Ja, ja. No, en absoluto. No tengo ninguna manía en ese sentido. Mi libro anterior se titulaba Ocho cuentos y medio. Un juego con la idea de que el lector participe de la historia, con la película de Fellini y con los Nueve cuentos de Salinger. Ahora simplemente le quité el medio, pero no buscaba nada más.

 

Un buen lector de cuentos ¿debe sentir la soledad y la fragilidad cuando esta leyendo?

       Pues depende del cuento que esté leyendo. No todos los relatos tienen que hablar de la soledad o la fragilidad, creo yo, eso es casi la trastienda. Hay escritores enormes cuya temática, por decirlo de algún modo, es otra. Aunque te diré que en el fondo, en el fondo, aunque escribamos cuentos fantásticos o con humor, en el retrovisor siempre vemos lo que somos, y nuestra fragilidad humana forma parte de eso.

jueves, 18 de marzo de 2021

Rosa Chacel

 

                          Una moral y una estética 

                                     


       Rosa Chacel (Valladolid, 1898- Madrid, 1994) supo situarse a la vanguardia de los años veinte sin descuidar la más fecunda tradición intelectual española, y cualquier esfuerzo que suponga rescatar una meditada y profunda obra para un lector curioso de hoy, puede que resulte todo un acontecimiento, pongamos por caso una cuidada edición que la granadina, Cuadernos del Vigía, publica en una nueva colección, “La mitad ignorada”, con nombres propios de algunas de las mujeres más influyentes del comienzo de siglo pasado, Carmen de Burgos, Concha Méndez, Elisabeth Mulder, entre otras.

       La vallisoletana fue, desde un punto de vista intelectual una persona tan exigente como generosa con su obra, aunque se consideró autodidacta creció en un ambiente artístico e intelectual atípico, según cuenta en Desde el amanecer (1972), autobiografía de los diez primeros años de su vida, crónica de una niña que busca su camino a través de negaciones y oposiciones muy firmes que la llevarán hacia posiciones de vanguardia, sin descuidar la tradición más fecunda: Cervantes, Larra, Galdós o Unamuno, a quienes dedicaría páginas deslumbrantes en sus ensayos. Alumna de Valle-Inclán en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, conoció y trató a Juan Ramón Jiménez, quien en su obra, Españoles de tres mundos (1942), le dedicó dos autorretratos; asistió a las tertulias de Ramón Gómez de la Serna y de Ortega y Gasset, a quienes consideró sus maestros.

       A esa España pertenece Estación. Ida y vuelta (1930), que edita Jairo García Jaramillo, una novela en sintonía con la transformación del género que se gestaba por entonces, con Proust y Joyce a la cabeza como referentes de la joven Chacel, una obra que tiene mucho de metaficción, cuenta la revisión del camino que emprende un joven narrador-protagonista, e incluye una historia de amor y el recuento que se va haciendo de esta. De modernaza la califica Marta Sanz, en su prólogo a esta edición. Y, paralelamente, el texto de Chacel resulta la crónica de los cambios preferenciales de una nueva generación que intentaba una moral y una estética distintas de las anteriores. Calificada, a su vez, de novela de ideas, pues el pensamiento de Ortega, y el concepto de razón vital como núcleo, representa a los monólogos del protagonista, muy en la línea de lo que después hará Sartre en su celebrada, La náusea (1938), con la filosofía de Heidegger como telón de fondo.

       Es su primera novela, aunque ya se aprecia su capacidad para transcribir la vida interior de sus personajes, y ofrece aspectos visuales que se traducen en auténticas epifanías, o esa fuerza de vida que se concreta en la realidad última, incluso iluminaciones, como esclarecimiento interior para llegar al fondo y dilucidar un asunto o una doctrina que la narradora irá desarrollando en obras posteriores, como La sinrazón (1960), una de sus más significativas, que aportará un lenguaje preciso, justo, un uso mágico de la palabra, aunque mágico en el sentido de un auténtico valor de alquimia.

 


                                           Estación

                                        Ida y vuelta

                                       Rosa Chacel

                        Edición de Jairo García Jaramillo

                             Prólogo de Marta Sanz

                    Granada, Cuadernos del Vigía, 2020

martes, 16 de marzo de 2021

Carlos Fidalgo

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                                              Alas de gaviota

                            

       La nueva novela de Carlos Fidalgo (Bembibre, León, 1973) que titula, Stuka (2020), está ambientada entre Berlín y el Alto Maestrazgo de Castellón, y tiene como protagonista al piloto alemán de uno de los siniestros aviones diseñados por la Luftwaffe, la fuerza aérea nazi, que aterrorizaba a la población por su eficacia y destrucción, aunque el verdadero tema de fondo es el sinsentido de la guerra, y la identidad sexual de violencia expresa que sufren las mujeres durante los conflictos armados. Ya, en su primera novela, El agujero de Helmand (2011), el autor, exploraba mediante una narración escueta, secuenciando escenas que equivalían a chispazos sucesivos, una serie de acciones bélicas en una zona desolada de Afganistán, donde el calor, las extensiones infinitas de arena y el sobresalto continuo ante cualquier amenaza o peligro formaban parte del hábitat cotidiano de un grupo de soldados. Su novela, La Sombra Blanca (2015), se concretaba en un relato de fantasmas, un juego de voces ambientado en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, desvelaba el misterio de un soldado escocés Elgin Gairloch, reclutado para combatir en Francia, y su vuelta a casa después de la última batalla del Somme, fechada en la primavera de 1918; y, a través de varios personajes se concreta la historia de Gairloch que, en los campos de Picardía, conocerá la guerra, las trincheras, la desolación y la muerte, todo de primera mano, aunque no se trata de una historia bélica más puesto que desde pequeño, Elgin, ha sentido la cercana presencia de lo sobrenatural, y será cuando el sencillo y humilde relato de soldados adquiere un tono tétrico, oscuro y mágico a la vez.

       Fidalgo sumergirá, en esta ocasión, al lector en tres escenarios para contar su historia, los pueblos del Alto Maestrazgo de Castellón que se convirtieron en las víctimas de los bombardeos de los primeros Stukas, en apoyo al avance de las tropas del general Franco para dividir el territorio de la República en la primavera de 1938, ataques que evidencian y recuerdan al sufrido en Gernika en abril de 1937, y se concretan en la villa de Benassal, una población bombardeada a finales de mayo de 1938 por la Legión Cóndor, provocando un importante número de víctimas, principalmente civiles; el otro gran escenario, Berlín, ciudad retratada en dos momentos diferentes de su historia, el primero, durante el verano de 1936, cuando la capital alemana se convirtió en sede de los Juegos Olímpicos, aunque paralelamente se traza un recorrido más lúdico por los conocidos cabarés y salas de fiesta del Berlín más desenfadado, esos escenarios de transformistas, en un ambiente de lujo, de prostitución, locales con música extranjera negra, donde descubrimos que el piloto Heiko Weber, un nazi convencido, que no acaba de aceptarse a sí mismo, como experto aviador y amante; y cuando la historia regresa años más tarde a una ciudad cercada por los soviéticos y bombardeada por los aliados, en abril de 1945, con Hitler encerrado en el búnker de la Cancillería, el esplendor de 1936 contrasta con el Berlín cercado por el Ejército Rojo, el ogro que avanza sobre la capital del Reich, y el terror invade las calles con el eco de las violaciones masivas que sufren las alemanas, mientras la División Norland de las SS se aprovisiona de combustible en el aeropuerto de Templehoff, aún intacto porque fue reconvertido en fábrica de los aviones Stukas y Focker, mientras un nuevo personaje añade su visión al conflicto, una trabajadora extranjera, una mujer ucraniana cuyo deseo es que los rusos entren en la ciudad, aunque pronto se concienciará de que en la guerra nunca se está a salvo y el diablo no tiene nacionalidad; y el epílogo de la obra, con un cuarto escenario, el del aeródromo de la localidad leonesa de La Virgen del Camino, donde la Legión Cóndor se despide de España, rodeada de los principales jerarcas del régimen franquista.

       La alternancia de los episodios y conflictos descritos muestran una singular habilidad del narrador Fidalgo para que su relato resulte tan hábil como apasionante, y aún añade a las páginas de esta novela histórica la curiosidad de unos personajes reales como Jesse Owens, el atleta afroamericano que logró cuatro medallas de oro en los Juegos de Berlín, el escritor Thomas Wolfe, que visitó la capital alemana en 1936, o los ases de la aviación Ernst Udet y Hans-Ulrich Rudel, y resuena la voz de Clare Holligworth, la reportera inglesa que adelantó en exclusiva la invasión de los nazis de Polonia.

 


Stuka

Carlos Fidalgo

Premio Letras del Mediterráneo 2020

Sevilla, Algaida, 2020

sábado, 13 de marzo de 2021

Julio Castedo

 

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                          Una extraordinaria redención

                                               

 

       Julio Castedo (Madrid, 1964) se permite una extraordinaria redención con su última novela, tras los intentos de llegar a un público en sus apuestas anteriores, Apología de Venus (2008), El jugador de ajedrez (2009) y El fotógrafo de cadáveres (2012), tres excelentes muestras de una exigencia narrativa sobria y eficaz, aunque ahora con esta reciente entrega, Redención (2015), su ambición por llegar a un público lector más amplio le lleva a apostar por una estructura bastante más compleja, a enlazar diversas historias que convergen y así ensayar un auténtico alegato sobre la crueldad y la violencia, con páginas de un elevado tono erótico acusado, tan explícito como sutil que justificaría, entre otros muchos aspectos humanos, la actitud de todo un drama familiar, los Ellerman y los límites a los que les lleva un congénito sentido de la  maldad.

       No existe redención sin sacrificio, manifiesta el progenitor al joven John Ellerman poco antes de que este deje atrás la monstruosa vida familiar llevada hasta el momento para, una vez constado el drama, desaparecer en un Londres ignoto sin dejar rastro alguno. Paul Lancaster, un antiguo policía, trabaja para una compañía de seguros especializada en buscar personas desaparecidas con el expreso encargo de hacerles llegar la notificación de una póliza; la relación, entre ambos personajes: el joven John Ellerman es el beneficiario de un importante seguro de vida, y el antiguo policía que se desplaza la condado de Kent para llevarle la noticia a la granja Ellerman, dará pie al resto de la historia, los cinco hermanos, los crueles gemelos que han desaparecido misteriosamente, Ted el mayor se ahorcaría al descubrir al padre muerto, William, el hermano pequeño retrasado mental, convertido con el paso de los años en un ser huraño y olvidado, aunque sobrevive en una granja en ruinas, y luego el protagonismo de John, de quien se reconstruye la historia por boca de otros personajes, de una magnífica penetración psicológica, y de una fuerza inusual.

       Julio Castedo ordena su historia alternando el relato de Ellerman y Lancaster, dos personajes que de alguna manera han sufrido a lo largo de su existencia el rechazo de una mujer. La investigación del ex-policía avanza y el lector va hilvanando la historia completa de la familia Ellerman, así como lo relacionado con la desaparición de John y qué ha sido con el resto de su existencia, localizada en su Inglaterra natal y en la España del norte, lugar de donde procedía su familia materna. Hasta allí irá Lancaster para descubrir el secreto que rodea a la desaparición del joven Ellerman y de su inexplicable final, al tiempo que el agente de seguros intenta vivir una breve y apasionada historia de amor nunca experimentada hasta entonces en su monótona y aburrida vida.

       Julio  Castedo se consolida en su mejor apuesta narrativa, contundente en su expresión certera y precisa, de diálogo fluido y eficaz, de buena ambientación y de una sobriedad técnica que progresa a medida que avanzamos en su lectura.

 


 

 

 

REDENCIÓN

Julio Castedo

Barcelona, Planeta, 2015; 315 págs.

jueves, 11 de marzo de 2021

Socorro Venegas/ Juan Casamayor

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                                                                       Invisibles  

     

                   María Luisa Elio                           

       El estadounidense Harold Bloom fue quien con su polémico libro El canon occidental (1995) cuestionó el concepto “canon” como la voluntad de seleccionar en un corpus limitado a los mejores escritores y relegar a los incompetentes, y sostiene el crítico que responde a un criterio restrictivo, un repertorio limitado y abarcable; otros aseguran que el criterio para escoger estas obras se concreta en la excelencia estética, un aspecto subjetivo que dos lectores apreciarán de manera diferente, pero quienes se limiten a consumir los textos establecidos pierden la oportunidad de conocer otros de mayor aceptación, o de más nivel intelectual y emocional. Tal vez por este, y no otro motivo, Socorro Venegas, con el apoyo de la Universidad Nacional Autónoma de México y Juan Casamayor desde su propia editorial, Páginas de Espuma, seleccionan, editan y anotan una antología de cuentos de escritoras latinoamericanas del siglo XX cuyos nombres fueron silenciados, o con toda evidencia ocultados, y hoy conforman ese otro canon de la literatura hispanoamericana.  

       El volumen, Vindictas (2020) reúne a veinte autoras y rescata un auténtico “mapa secreto” de la narrativa breve latinoamericana, el inventario de una amplia nómina de escritoras que no tuvieron las mismas oportunidades en el panorama narrativo de su momento frente a ese concepto editorial machista que se desarrolló a lo largo de los años 30, 50 y 60, todo un fenómeno que, además, se repetía en todo el continente americano y en la España franquista, aunque ambos editores dejan constancia que no se trata de las veinte mejores narradoras de cada país, o veinte voces exclusivas, sino de cuestionar a lo largo de décadas, ¿si hemos leído los mejores cuentos latinoamericanos?, y ¿si conocemos a sus autoras y su obra? El volumen apela a la curiosidad de los lectores para conocer la mirada de esa otra mitad del mundo que no está representada en la mayoría de las colecciones de cuentos, y conviene dejar bien claro que esta no es una antología en el sentido tradicional; así, Vindictas, se convierte en una acepción muy generosa, reivindica en sus distintas acepciones, “venganza”, “resguarda” y “protege”, y desde esta misma generosidad, las autoras ofrecen entrar en sus textos, husmear en los estantes de las bibliotecas, y piden a los libreros su mediación para volver a poner en manos de los lectores libros que siempre debían haber estado ahí.

       Entre otros muchos aciertos, las narradoras de esta antología convierten sus historias en un auténtico artificio lingüístico que implica esa prescripción social femenina prevista en un matrimonio donde deben soportarlo todo, aunque en muchos de estos cuentos descubrimos personajes femeninos con un mundo interior asombroso, mientras viven a expensas del esposo o el amo, y su consciencia les lleva al experimento del placer y del deseo puesto que en estas historias no hay un reconocimiento de la sexualidad de la mujer, se muestran como cuerpos silenciados, despojados de cualquier apetito sexual, y ante un proceso de cosificación femenina por parte del hombre, aunque como iremos descubriendo, en la mayoría de estos relatos, la magia y el arte literario de sus autoras va mucho más allá de una sensualidad frustrada, léase “Cuando las mujeres quieren a los hombres”, de Rosario Ferré, “Barlovento”, de Marvel Moreno, o “Guayacán de marzo”, de Bertalicia Peralta; la prostitución, el destino que deben cumplir la mujeres de una familia, o esa lucha individual que llevará a cabo una protagonista sin medios y en un absoluto secreto. Aunque escasean los personajes masculinos, cuando aparecen empujan a las mujeres a decidir; otros temas se dibujan en este panorama breve narrativo: la maternidad, el mundo infantil o adolescente, la muerte que aparece de modo central, o tangencial, subrayar el cuento “Nadie llama de la selva”, de Mirta Yánez con una carga simbólica de absoluto poder, la austeridad y economía del lenguaje que muestra el mundo de la vejez ensayado en “Jacinta Piedra”, de Mercedes Durand, o la brevedad elíptica de “Desaparecida”, de Ivonne Recinos, o “Locura”, de María Luisa Elio.       

       Venegas y Casamayor reivindican la posibilidad de ampliar el panorama narrativo breve con las voces de estas autoras y la necesidad de poner de manifiesto la invisibilización de las mujeres como un hecho histórico que forma parte ya del pasado.

 


Vindictas

Cuentistas Latinoamericanas

Edición de Socorro Venegas y Juan Casamayo

Madrid, Páginas de Espuma, 2020

 

 

martes, 9 de marzo de 2021

Julio Castedo

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 UNA CONDICIÓN HUMANA

      Durante la Primera Guerra Mundial nunca se sucedieron episodios de redención ni purificación, sino que un intenso e injustificable dolor se extendería por toda Europa y llevaría a los protagonistas de la contienda a una inevitable sinrazón de insospechadas confluencias. Julio Castedo (Madrid, 1964) propone en su novela, El fotógrafo de cadáveres (2012) esa especie de redención nunca llevada a cabo en la figura de sus dos protagonistas, el fotógrafo Stefan Adler, a quien las Damas de la Cruz Roja hacen un curioso encargo, y el adolescente Arthur Klammer, llamado a una guerra que no le importa nada. El fotógrafo viajará la frente serbio y el lector conocerá muy pronto el curioso trabajo que debe llevar a cabo; el joven soldado, viaja al mismo frente, con un fusil en la mano, y allí se encontrará con esa extraña frontera donde la vida humana se debate matar o sobrevivir.

      Los treinta y ocho capítulos que emplea Castedo para contarnos su historia se suceden alternativamente para conocer las vivencias de ambos personajes, y un narrador omnisciente que utiliza el presente para acercarnos a los sucesos, intenta visualizar con nosotros el destino absurdo de estos hombres empujados a un incierto infierno. Los puntos de vista que les otorga el narrador a cada uno de sus personajes, conforman su manera de actuar, la madurez y experiencia de Stefan que ha llegado hasta allí empujado por una nueva perspectiva y esperanza de vida, aunque subyace su deseo de convertirse en útil fotografiando los cadáveres de los jóvenes soldados para que sus familiares conserven un recuerdo de ellos, contrasta así con la sinrazón del joven Arthur, culto, nihilista y solitario, desencantado igualmente de la vida, cuya realidad no le satisface y vive entre sueños que se rompen por la realidad de una guerra que no comprende y será el fin de sus anhelos. En ambos casos asistimos a una perspectiva diferente de contemplar el horror de la guerra y, sobre todo, la misión del primero ejerciendo una justa profesión de encargo humanitario, y otra desgarradora visión de las trincheras en el caso del segundo, el joven soldado que se mueve entre ratas, devastación y miseria entre un fuego constante de artillería, aunque el contraste aparece en el personaje de María, capaz de justificar ambas historias en un mismo punto final común.

      Julio Castedo contextualiza el momento histórico sin que le peso del tiempo pasado rompa la intención de redención y purificación que se le supone a sus protagonistas. La prosa ajustada, los momentos difíciles calculados, el lirismo contenido y una estructura de aparente sencillez, provocan en El fotógrafo de cadáveres una profunda reflexión sobre las insospechadas confluencias del sinsentido humano.

 


                              EL FOTÓGRAFO DE CADÁVERES

                                          Julio Castedo

                          Barcelona, Plataforma Editorial, 2012