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lunes, 29 de septiembre de 2014

Desayuno con diamantes, 3



TODOS LOS CUENTOS 
Antonio Pereira (Villafranca del Bierzo, León, 1923- León, 2009)


La crítica o el estudioso del cuento ha mostrado con cierta frecuencia un evidente desconcierto a la hora se situar generacionalmente a Antonio Pereira y su obra breve, aunque por edad debería ser incluido en la denominada “generación del medio siglo” aunque sus primeros cuentos son bastante más tardíos que los de sus compañeros de generación, quienes a mitad de los cincuenta empezaban su obra cuentística. La narrativa de Antonio Pereira ha ido creciendo —en palabras de Santos Alonso— en cantidad, calidad y densidad con el paso de los años. Su nombre que, paradójicamente, no ha figurado en ninguna de las antologías del cuento contemporáneo de las últimas décadas, con algunas excepciones, no obscurecen su innegable talante de escritor de raza, y tampoco se ha dejado de constatar el valor de su literatura en estos últimos años, caracterizada por el ingenio, la sugerencia, la libertad de formas, el sentido irónico, el justo erotismo o el carácter de misterio o fantasía de que están hechos sus relatos. Cuando se le adjudicaba el premio Castilla y León de las Letras en 1999 por su «amplia trayectoria acreditada en los distintos géneros sobre los que ha escrito y de manera particularmente magistral en el cuento», el jurado, además, destacaba su «viva actualidad, el hábil y artístico manejo de la palabra, su fina y elegante ironía, su capacidad de creación de ambientes y personajes singulares y la sabiduría cordial que rezuma su obra».

                La literatura de Pereira surge del cotidiano vivir de unos personajes que cuentan unas experiencias concretas y se convierten en una estampa costumbrista muy al uso de la narrativa española de los últimos cincuenta años. Es una técnica que, con cierto denuedo, sigue teniendo la misma actualidad y la misma fuerza de siempre. Los cuentos de Pereira se pueblan de miradas alrededor que transmiten las situaciones y las descripciones de más hondura de la narrativa breve castellana, porque el humor y la ironía que contienen muchos de estos relatos, deja paso a planteamientos mayores y en ningún momento el lector deberá averiguar el por qué o la razón de la existencia de estos personajes que se ven seducidos por los imperativos de la vida, porque las suyas son las aspiraciones y las sorpresas de gentes sencillas, cuyas experiencias y obsesiones desembocan en tenues insinuaciones. La prosa precisa, de Antonio Pereira, se transmuta, como otra de sus características a señalar, en una propuesta de sencillez sublime, en tanto que, se consigue percibir la realidad de unas vidas a través de una tendencia realista como la que practicaron los principales autores de la postguerra española, aunque lejos de esas actitudes patéticas de un humorismo convencional,  porque en el caso del leonés hay que hablar más de un cariñoso trato de vecindad con sus personajes para tratar algunos otros temas predilectos del escritor, el mundo del comercio, casos de algunos de los cuentos que conforman el total de este volumen, «La tienda de Paco Santín», o «Tío Candela». 



Antonio Pereira, recogía en Me gusta contar. Selección personal de relatos (1999), sesenta y siete cuentos de sus siete libros publicados hasta el momento, además de añadir algunos aparecidos en periódicos y revistas. El resultado, se convierte en la mejor muestra de esa extraordinaria variedad de técnicas y temas que hemos venido anotando, el arte de la sugerencia, tan efectista como socorrida, los personajes y las historias entrevistas o el mundo eludido, en definitiva, para contar en no más de cuatro o cinco páginas y, a veces, en unas líneas, que se traducen en instantáneas sin apenas viso, y que nos recuerdan al maestro de la narración breve por excelencia, Augusto Monterroso. Pereira insiste en que Me gusta contar es una selección propia que ha recogido en diversos epígrafes, más o menos conceptuales, pero que no respetan una cronología, sino la intuición de un autor que agrupa sus textos: cuatro epígrafes más o menos extensos, de  los que 47 relatos se recogen en los dos primeros, y 20 más en los dos últimos. A partir de aquí es el propio autor quien habla, porque otro de sus rasgos más destacables es su lenguaje, de una viveza y riqueza sólo comparables con el arte de la narración oral. Una oralidad que se manifiesta, en igual proporción, en la construcción narrativa.
                La edición de Recuento de invenciones (2004) actualizaba y ponía de manifiesto que los cuentos seleccionados de un total de ocho colecciones de libros publicados, corresponde a uno de los autores más destacados del género en la actualidad. Desde la sorpresa misma que supuso la publicación de Una ventana a la carretera (1967) —señalaba González Boixo— con una visión diferente sobre el relato y nuevas técnicas narrativas o la superación del realismo en El ingeniero Balboa y otras historias civiles (1976); un cierto compromiso social y algo de modernidad contenían sus Historias veniales de amor (1978), hasta llegar a Los brazos de la i griega (1982), síntesis de las tendencias posteriores que caracterizarán a sus futuros cuentos y, entre otros aciertos, esa vuelta a la oralidad o la presencia del humor como una característica que ya no abandonará Pereira en su narrativa breve. El síndrome de Estocolmo (1988) aparte del reconocimiento oficial que le otorgó el premio Fastenrath de la Academia y su difusión, muestra una mayor implicación del autor en sus textos, hasta el punto de que el lector percibe que la voz del narrador, en primera persona, coincide con el propio escritor, ofreciendo así una complicidad fácilmente perceptible entre el emisor y receptor. Picassos en el desván (1991) es una colección de relatos mucho más amplia en número de cuentos y más ambiciosa, aunque también característica por la brevedad en la extensión de los mismos; sin llegar a ese concepto esgrimido hoy de microrrelato, algunos no superan apenas la página, ganan así en intensidad, como el propio autor ha afirmado, puesto que se llega a proponer una historia sin llegar a contarla. Y dos colecciones más se sumarán a la producción del leonés, Las ciudades de Poniente (1995), libro enmarcado en la misma línea narrativa que el anterior y Cuentos de la Cábila (2000), una especie de memoria personal con la que el escritor repasa buena parte de su niñez y juventud. El autor recrea ese tiempo lejano y recupera para el presente eso que podríamos calificar de una ficción real donde destacan algunas vivencias y anécdotas curiosas narradas. Recuento de invenciones, en la espléndida edición de José Carlos González Boixo, permitió recuperar y presentar a uno de los maestros de la narrativa breve española de los últimos años.
                La editorial madrileña Siruela propone, con un prólogo de Antonio Gamoneda, Todos los cuentos (2012), de Antonio Pereira. Una edición que recoge el conjunto de su narrativa breve que, tiene en cuenta, las versiones y variantes de sus relatos publicados en vida del escritor, que para esta ocasión han sido supervisadas y fijadas textualmente de una manera ya definitiva por su viuda y albacea literaria, Úrsula Rodríguez Hesles. Desde Una ventana a la carretera (1967) a La divisa de la torre (2007), e incorpora el último cuento fechado en 2008, titulado, “Bradomín”. Pereira, que conoce muy bien el mundo, sabe que lo imprevisible puede encontrarse en todo lo que nos rodea, en los grandes acontecimientos y en las pequeñas cosas cotidianas como así lo recogen algunos de sus cuentos más significativos, «Los brazos de la i griega» o «El ingeniero Démencour»; el primero dará título a la colección publicada en 1982. Otro de los temas que encontramos en su cuentística es el erotismo, pero un erotismo al que se llega a través del ingenio y del humor, además del tratamiento de una singular sutileza cuya máxima expresión se concreta en variados artificios que le son sugeridos al lector, como el tono de la voz, las emociones, el lenguaje del cuerpo o la imaginación hasta llegar a esa sublimación que se requiere para un tema tan explícito;  buenos ejemplos, «Palabras, palabras para una rusa», «El caso Tiroleone» o «Las peras de Dios», y de forma mucho más explícita, «Visita impía del Gulbenkian», donde se cuenta la contemplación de una estatua que en el narrador provoca unos golpes de imaginación que se entrecruzan con esa otra visión de una visitante y pone de manifiesto, el poder de la fantasía capaz de cualquier cosa. El síndrome de Estocolmo (1988), recoge una inquietud viajera del escritor o quizá esa firme voluntad de registrar las impresiones de muchos de los pueblos visitados.

                Nacido en Villafranca del Bierzo el 13 de junio de 1923, su padre poesía un pequeño comercio que el joven Pereira continuaría durante algún tiempo en la ciudad de León, para interesarse, como era de esperar en una tierra tan próspera de escritores por kilómetro cuadrado, muy pronto por la literatura. Inició sus colaboraciones en revistas tan emblemáticas como Espadaña y Alba. Sus primeros versos datan de los años 1948 y 1949, sin embargo, su primer libro de versos aparece en 1964 y se tituló El regreso, un poemario de corte social con la visión de las ciudades y los pueblos de su tierra como trasfondo, los amigos, la familia o la representación de objetos minúsculos, en definitiva. A este primer poemario seguirían, Del monte y los caminos (1966), Cancionero de Sagrés (1969) y Dibujo de figura (1972). Dos antologías recogen buena parte de su obra poética, Contar y seguir (1962-1972), de 1972 y Antología de la seda y el hierro (1986).
                Antonio Pereira, sin embargo, se orientó hacia la actividad narrativa y desde hace más de cuarenta años viene seleccionado los episodios y toda una galería de personajes que conforman su diario vivir, o, mejor dicho el vivir de muchos de los seres que han quedado grabados en su memoria. Es la suya una mirada alrededor, transmitida con esa hondura que es propia en la visión descriptiva de una serie de escritores de hecho, maestros en el arte del relato breve, y que, en los últimos cincuenta años, nos traen el recuerdo de los nombres de Fraile, Aldecoa o Fernández Santos, entre otros. Su propuesta narrativa desde Una ventana a la carretera (1967) parte de un realismo al uso donde la sencillez de la prosa sólo se ve confundida por esa tendencia del escritor leonés a los silencios y al arte de la sugerencia que pueden percibirse en muchos de sus relatos. Pero también la ironía y humor conforman el mundo de este narrador, cuyo segundo libro de relatos, El ingeniero Balboa y otras historias civiles (1976) supuso la constatación de un arte narrativo singular, porque en el conjunto de estas narraciones cortas, cuatro en total, ofrecía ahora una mayor tensión entre los aspectos formales de su narrativa anterior y donde el mundo mercantil y comercial, proponía mejores aspectos para ampliar, además, su mundo particular hacia geografías distintas. También, el dominio de la voz—según ha llegado a manifestar el autor—equilibraba mejor todo lo que se cuenta en estas historias. Aparece, por primera vez, en sus cuentos la conciencia de un narrador que ordena y desordena los recuerdos de un pasado para contrastar los saltos obvios que nos ofrece la memoria.  La divisa de la torre (2007) fue el último libro de cuentos publicado por el leonés, cincuenta y ocho relatos donde aparecen, a modo de memorias hilvanadas algunos personajes reales, Gamoneda, Cela, Pino, Mestre, su propia esposa, que ofrecen ese mundo metaliterario tan propio del autor.
                Falleció en su querida ciudad, León, el 25 de abril de 2009, tenía 86 años, y murió en silencio, como siempre había vivido buena parte de toda su existencia.










                                    Antonio Pereira
                                   Todos los cuentos
                     Madrid, Siruela, 2012; 896 págs.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Hoy tomo café con...



 Cristina Sánchez-Andrade

    El humor, como la ironía, es la sal de la literatura. No concibo escribir sin el contrapunto del humor”.



Cristina Sánchez-Andrade, nació en Santiago de Compostela (1968), es traductora y crítica literaria. Ha publicado Las lagartijas huelen a hierba (1999), Bueyes y rosas dormían (2001), Ya no pisa la tierra tu rey (Premio Sor Juana Inés de la Cruz, 2004), Alas (2005), Coco (2007), Los escarpines de Kristina de Noruega (2011, finalista del Premio Espartaco de Novela Histórica), El libro de Julieta (2011) y recientemente Las Inviernas (Anagrama, 2014). Traducida al inglés, portugués, italiano, polaco y ruso.
Permítame preguntarle por los personajes y situaciones, tan poco convencionales de su narrativa.
        Son los propios personajes y las situaciones los que vienen a mí, en principio no me planteo hacer esto o aquello, sino que espero a que de alguna manera “surja” lo que quiero contar. Con la escritura ocurre como con los sueños: uno no escoge el sueño que va a tener, sino que el sueño se te impone. Todos mis personajes han venido a mí sin buscarlos. Hasta que no llegan, no se puede empezar a escribir, o no es conveniente, porque no saldrá nada que de verdad te interesa contar. Uno nota una especie de tensión,  de energía o música interna, llámale como quieras, cuando está contando lo que de verdad tiene que contar, cuando va por el buen camino.

¿Su literatura nace de una extensa tradición europea del relato popular?
         El arte de contar y escuchar relatos, la tradición oral, se ha ido perdiendo, y es una pena. En casa de mi abuela, en Galicia, tuve la suerte de escuchar (y sigo escuchando) muchos cuentos, que creo que ahora están en mis novelas. Y estos cuentos que yo escuché, a su vez los escucharon mi padre y mis tías, y mi abuela, mi bisabuelo... Se escuchaban en las noches de invierno, cuando no había televisión, ni radio, ni nada. Solo la voz de otra persona, al amor de la lareira (“a carón do lume”, como dicen en Galicia). Y fuera, la fraga, la noche, los lobos… Isak Dinesen dice en Memorías de Africa que si empiezas a contarles a los nativos: «Una vez un hombre caminaba por las praderas y se encontró con otro hombre», estarán pendientes de ti, sus mentes seguirán a los dos hombres de la pradera por sus sendas desconocidas. Fíjate qué bonito…

Su primera novela, Las lagartijas huelen a hierba (1999) ofrecía una visión narrativa distinta, ¿Sigue con semejantes premisas?
         Creo que sí, aunque no soy la mejor para decirlo. De todas maneras, eso de “distinto” no entiendo muy bien qué es, no sé si es bueno o malo… 

En Bueyes y rosas dormían (2001) el espacio físico es ilocalizable, surge de la tremenda concepción de una fantástica imaginería, ¿qué pretende con ello?
         En principio no hay una pretensión concreta… como te decía antes, uno casi espera a que los temas, personajes, ambientes surjan. Si escribiera pensando en lo que quiero hacer, no escribiría nada. La literatura no se puede plantear como objetivo o como un lugar a donde llegar. Simplemente es un “estar”. Una manera de estar en el mundo.

¿Rompe ciertas reglas del pasado, convento/ palacio y religión/ nobleza, en Ya no pisa la tierra tu rey (2004)?
        No, en absoluto. No pretendo romper con ninguna regla y menos con las religiosas. Simplemente me interesaron esos espacios: el convento y el palacio. Son espacios muy ricos, en los que pueden ocurrir muchas cosas. Dentro de un convento hay monjas. Las monjas actúan como personaje grupal, eso es lo que me interesaba. Esa voz colectiva, ese esconderse en el anonimato… porque el grupo, la masa proporciona refugio y cobijo.

¿Tenía usted necesidad de reinventar la historia sagrada del Génesis y mostraros un Dios caprichoso, como en Alas (2006)?  
         No tengo necesidad de reinventar nada porque es así; el Dios del Génesis es caprichoso. No lo digo yo, solo hay que leer las escrituras.

La crítica afirma que trabaja en su narrativa los “sentidos”, ¿cuánto hay de verdad en esta afirmación?
         Bueno, es que para que el lector llegue a empatizar con los personajes tengo que hacer que “sienta” con ellos, que huela el tojo fermentado en la plaza para hacer el estiércol, que oiga el repicar de las campanas de la iglesia cuando tocan a muerto, que palpe la aspereza de la piel de una mujer, que sienta el dolor…

¿Quién es, realmente, Coco Chanel?
         Coco Chanel es una de las mujeres con más energía, autoridad, tiranía, audacia y originalidad de las que tengo noticia. A la vez era una mujer solitaria, tremendamente solitaria y débil, con una infancia que le marcó para siempre.  Ese contraste siempre me interesó, y de ahí que le dedicara una novela. Coco Chanel tiene frases maravillosas como que “se triunfa con lo que no se aprende”. Ella triunfó con lo que nunca aprendió.


Su alternancia en la novela histórica /contemporánea es deliberada, ¿se lo pregunto porque, Los escarpines de Kristina de Noruega (2010.) recrea un episodio histórico?
         Escribí una novela histórica porque quería hablar de Kristina de Noruega, que, como sabes, es una princesa medieval, que llegó a Castilla en el siglo XIII para casarse con un infante, hermano de Alfonso X el Sabio y que murió poco después de manera misteriosa sin dejar descendencia. Está enterrada en una preciosa colegiata en Covarrubias (Burgos) y esto me impresionó. Me apetecía escribir su historia y tenía que ser necesariamente a través de una novela histórica.

¿Cuánto hay de verdad y de mentira en su última novela, Las Inviernas (2014)?
         Las Inviernas es una ficción. Lo que hay de verdad son muchos de los cuentos que se relatan y que aparecen en la narración como el del maestro de ferrado (cuya figura existía en Galicia allá por los años 40 y 50, se llamaba de “ferrado” porque cobraba en ferrados de maíz o centeno), el personaje del niño que mama hasta los seis años y acaba mordiendo los pechos de su madre, el cuento del loco que corría de pueblo en pueblo, al que llamaban el Camión de Taragoña, el tipo que compra cerebros, el otro que arranca los dientes a los muertos en las cunetas, el escenario de la casa, con el establo debajo de manera que personas y bestias convivían bajo el mismo techo… Bueno, creo que el ambiente es muy real. Todo eso sí ha existido.

¿Vuelve a los escenarios de la tierra y la tradición oral que caracterizan su obra por algún motivo?
         Vuelvo porque quería contar todas esas historias que todos tenemos en nuestras familias y que han ido pasando de generación en generación. Si no se escriben, llega un momento en que se olvidan. Y si se olvidan, jamás habrán existido.

El humor resultaba trascendental para contar esta historia.
         El humor, como la ironía, es la sal de la literatura. No concibo escribir sin el contrapunto del humor. Además, me lo tengo que pasar bien escribiendo, y creando escenas humorísticas, me lo paso bien…También como lectora busco el humor.

¿Qué hubiera sido de dos personajes como las Inviernas de haber sobrevivido hasta el día de hoy?
         Pues es que Galicia está, sigue llena de personajes como las Inviernas… Solo hay que darse una vuelta por las aldeas para encontrarlas.

Cuando uno termina Las Inviernas ¿piensa en lo insólito que es el mundo, o acaso cada vez se acerca más a la realidad?
         ¿Quién ha dicho que la realidad no sea insólita…?






sábado, 27 de septiembre de 2014

Pep Bras


H
Humildad
“La humildad es a menudo un artificio del orgullo”.
                                       F. de la Rochefoucauld

… me gusta
La niña que hacía hablar a las muñecas



El narrador Pep Bras (Premià de Mar, 1962) recurre a la magia, al mundo de los sueños, a la fantasía, describe el mundo de los soñadores románticos y nos lleva a parajes y lugares vírgenes para contarnos cómo la aventura de La niña que hacía hablar a las muñecas (2014) se convierte en el gran proyecto de su vida. Nos traslada al Brasil de comienzos del XX y, en una segunda parte de la novela, al París de la Belle Époque, para hacernos partícipes de la hazaña del joven Joan Bras que sobrevive milagrosamente a un naufragio frente a la costa brasileña, en la isla Ilhabela. Allí la tranquila vida de los isleños se verá perturbada por la tragedia del transatlántico y las labores del rescate y enterramiento de los cuerpos y, algo después, por un suceso que califican de paranormal, la “resurrección” del joven Bras tras haber sido dado por muerto y de haberlo enterrado vivo. Instalado en la pequeña aldea, con la memoria perdida, ignorando su identidad y procedencia, Joan comenzará una apasionada historia de amor con Catarina, una joven viuda que ejerce el poderoso arte del oficio medicinal. Y una vez que se mezcla con los humildes habitantes del lugar comprende la importancia de lo insignificante de las pequeñas cosas de la isla y de sus moradores que viven apaciblemente rodeados de una naturaleza exuberante, y de mitos como el poderoso jaguar Gápanemé que sacude sus vidas y conciencias. 



Este será el punto de partida de una novela por la que irán desfilando diferentes personajes, Catarina y su amor por el misterioso desconocido, la niña Sión, alegría de Catarina y Joan, y personajes secundarios como Maia, o Daniel y Manoela, incluso artistas de la ventriloquia y del ilusionismo, románticos que sueñan con dar a conocer la genialidad arquitectónica de Gaudí por el mundo, asesinos que no lo parecen, el París de entreguerras, algunos de los importantes acontecimientos de comienzos del siglo: la teoría de la relatividad de Einstein, los Estados Unidos frente a un Pancho Villa revolucionario, el asesinato del líder irlandés James Connolly y la semilla del IRA, las batallas de la Gran Guerra, la publicación de La metamorfosis, de Kafka, la Introducción al Psicoanális, de Freud, la primeras imágenes de Griffith, la cueva de Fátima en Portugal, la gripe española que se extendió desde Francia a todo el planeta y llevó a la muerte a millones de europeos, mientras alejados de la isla, Maurice Carrièrre, su hija Isabelle, Joan y la pequeña Sión, se instalan en París y comienza la segunda parte de una sosegada aventura en la ciudad más cosmopolita del momento, emblema de la modernidad social y política, donde crecerá la niña Sión que un día fascinada por un joven ventrílocuo hará hablar a las muñecas, y el lector se sumerge en los secretos inconfesables de toda una saga familiar, y de mujeres que se enamoran del hombre equivocado. Es así como La niña que hacía hablar a las muñecas se convierte en un auténtico recorrido por los misterios de una época mitificada, el dolor que causan los sentimientos, y ese recuerdo que los padres transmiten a sus hijos que para nosotros culmina en una fascinante aventura literaria.



  








LA NIÑA QUE HACÍA HABLAR

A LAS MUÑECAS
Pep Bras
Madrid, Alevosía, 2014.
 

jueves, 25 de septiembre de 2014

Adelaida García Morales, réquiem



      Ayer saltaba la noticia del fallecimiento de Adelaida García Morales, la aclamada narradora de El Sur, sin duda su novela de mayor proyección, alimentada además por el filme de Erice.
        En este país tenemos una fría y mala costumbre, acordarnos de nuestros buenos autores cuando ya han desaparecido, y quizá haya que volver la vista cuando aun los tenemos entre nosotros y aun la magia de sus relatos nos acompañan. Adelaida García Morales llevaba más de una década de silencio porque, en alguna ocasión, había manifestado que lo último que escribía no merecía la pena publicarlo. La más de docena de títulos que nos deja, son muestra suficiente para volver ala vista a la narradora de los 80, quien nos acompañó en la difícil travesía de la transición, poniendo en sus textos mucho del color humano de sus personajes y paisajes del Sur, y por añadidura algunos que otros claroscuros que caracterizan su obra.



    Adelaida García Morales nació en Badajoz en 1945. A los trece años se trasladó a Sevilla, donde vivió y se licenció en Filosofía y Letras, formando parte del grupo teatral Esperpento, tras lo que marchó a Madrid para especializarse en creación de guión en la Escuela Oficial de Cinematografía. Tras un tiempo dedicado a la docencia, terminó decantándose por la escritura, y ha creado varias novelas encuadradas en la comúnmente denominada “literatura femenina”, cuyos personajes se ven envueltos en intrigas de corte fantástico y a la vez sentimental (algunas de sus obras se consideran de género gótico). Se dio a conocer con la novela Archipiélago, en 1981, y su posterior relato, El Sur, fue adaptado a la gran pantalla por Víctor Erice, y con la novela El silencio de las sirenas obtuvo el Premio Herralde en 1985. La lógica del vampiro (1990), Las mujeres de Héctor (1994), La tía Águeda (1995), los cuentos Mujeres solas (1996), Nasmiya (1996), La señorita Medina (1997), El secreto de Elisa (1999), El testamento de Regina (2001) y Una historia perversa (2001).También posee el Premio Ícaro de Diario 16 a revelación literaria de la temporada. Falleció en Sevilla, su tierra de adopción el 22 de septiembre de 2014.



El Sur
                El Sur tiene mucho de claroscuro y de evocación del tiempo. El relato está intrínsicamente ligado al filme, y este a su vez al relato. Quien haya podido hacer las dos lecturas comprenderá que los matices colorísticos de la historia, han sabido adaptarse en las imágenes grises, las tonalidades matizadas en la película realizada por Erice.
                La novela corta es, fundamentalmente, un recuerdo en el tiempo; una evocación del sur, un aura de misterio entorno al personaje central: el padres; y es, también, el recorrido de los años de una niña que va descubriendo su vida con un telón de fondo de oscuridad y misterio.
                El padre desprende una fuerza que llena por completo la vida de la adolescente, hasta el punto de que a lo largo del relato aparece en sucesivas ocasiones el vínculo que une a los dos: la afición por lo misterioso, lo enigmático, la justificación de situaciones vividas, el zahorismo que practica el padre y le enseña a ella. El relato es el perfecto diario de una joven que tras el correr de los años siente la necesidad evocadora de su niñez y adolescencia pasadas. El paso de la existencia del padre le hace revivir, una y otra vez, el pasado que protagoniza este y ella misma; con figuras de fondo como la madre o la criada que no participan de su mundo.
                El Sur es un círculo de dos: padre-hija, hija-padre, y todo gira en torno a una relación llena de justificaciones: de adulte­rio, con el descubrimiento de las cartas recibidas de Gloria Valle, de incesto cuando Adriana descubre el amor en un joven de su edad. Y es también la justificación de una vida sin sentido que necesariamente, la protagonista femenina debía contar.
                Una vez ocurrido el desenlace trágico esta vuelve a Sevilla, al origen del padre y allí encuentra a la amante y al hijo de ambos.
                La narración no tiene otra lectura. Adelaida García Morales ha querido escribir un relato rectilíneo, evocado en el tiempo como recurso técnico con la única interpretación de ser la transcriptora de una historia que se justifica por sí al plasmarla en el papel, que de ninguna otra forma podría serio, que se convierte en una magistral muestra de cordura literaria, de expresión unívoca del tiempo real vivido de sus protagonistas, con una recreación colorística majestuosa.

Adelaida García Morales; El Sur & Bene ; Barcelona, Anagrama, 1985.

El silencio de las sirenas
                El silencio de las sirenas, aunque publicada después, está escrita en el tiempo antes que El Sur. Bajo el mismo escenario geográfico, esta novela corta se redactó entre 1979-980, revi­sada y terminada en 1985. El relato corto es de 1981. La novela no necesitaba, necesariamente, ser el III Premio Herralde para ser publicada y para saltar a la escena literaria.
                El silencio de las sirenas es una historia de amor muy especial, localizada en un pequeño pueblo de las Alpujarras granadinas, y sin duda el hecho de que Adelaida García enmar­que su relato en esta tierra viene dado por el hecho de que ha sido un lugar que durante cinco años le ha marcado sensible­mente su forma de vivir. En el relato lo imaginario es la parte más importante. María la maestra de una pequeña localidad de las Alpujarras, se convierte en la transcriptora de la vida de la protagonista: una joven que decide vivir allí para huir de la ciudad. En el pequeño pueblo la maestra se convierte en confidente del amor que siente Elsa por un hombre que casi no aparece en la novela, a quien conoció en Barcelona y con el que sólo se comunica a través de cartas y del teléfono.
                La historia principal está servida, y en torno a ella un excelente conocimiento de la atmósfera en que viven los habi­tantes del pequeño pueblo. La sensación del ambiente llega a confundir la realidad con lo imaginario, como hace la propia protagonista con su vida.
                De nuevo un círculo de dos: María y Elsa y su mutua fascinación. Elsa en su retiro evoca el amor ¿ficticio? ¿real? que puede llegar a significar la autoafirmación de su existencia, pues cuando al final del relato este amor se disipa, se desenca­dena el deseo de la autodestrucción del yo.
                A pesar de esa primera sensación de estudio psicoanalítico de personajes y ambientes, la obra no es ni mucho menos un estudio teórico sobre cualquier disciplina psicoanalítica, sino más bien la persecución por parte de la protagonista de una ficción que para ella llega a convertirse en realidad, y, funda­mentalmente, como Adelaida García Morales ha manifestado en alguna ocasión, es el placer intrínseco de contar una historia.

Adelaida García Morales; El silencio de las sirenas; Barcelona, Anagrama, 1985; 168 págs.

(Reseñas publicadas en Diario Ideal/Almería, El kiosco de papel, domingo 2 de marzo, 1986; pág., 11.)




Las mujeres de Héctor
                La trayectoria narrativa de Ade­laida García Morales (Badajoz, 1946) viene marcada desde sus primeras entregas por un lirismo tenebroso que envuelve a sus historias. Sus valores estilísticos se con­cretaban en la provocación hacia una sensibilidad estética diferente, que definía a esta mujer frente a consabidas voces que desde hacía años no decían ya nada.
                Ese halo de misterio que inci­taba al lector a traspasar la rea­lidad de la vida o de la muerte, como tema preferente en la narra­dora pacense, la convirtió en la revelación de la década pasada, que en el espacio de cinco años nos entrega sus obras hasta el presente: El sur & Bene (1985), El silencio de las sirenas (1985) y La lógica del vampiro (1990). Sin la prisa que ha caracterizado siempre a la narradora, publica ahora Las mujeres de Héctor (1994), una nueva novela que conserva ese aire de soledad y frustración que condicionaba a sus personajes anteriores, aunque el planteamiento en la obra pre­sente, nada tiene que ver con las anteriores. El intimísimo rural que conmocionó al lector, la fuerza de unos personajes que se desenvol­vían sin apenas diálogo y el fuerte subjetivismo caracterizadores, han sido abandonados y la novelista parece haber querido distanciarse para escribir, en esta ocasión, una obra urbana.
                El comienzo es bueno, las pri­meras páginas son de lo más cine­matográfico —dos mujeres discu­ten y tras un breve forcejeo ocurre un asesinato involuntario—, cir­cunstancia que planeará sobre el resto del relato. Los personajes son presentados muy rápidamen­te, al hilo del suceso y su poste­rior ocultación.
                Tres mujeres encarnan un melodrama personal en torno al único hombre del relato, Héctor. Pero lo que se cuenta parece más bien el esbozo de una historia mayor que, inequívocamente, se queda a medias, porque ni la trar ma policial que debiera envolver a la historia, ni la lucha particular que llevan a cabo las distintas mujeres, logran interesar, definiti­vamente, al lector. Laura, la ex-esposa y homicida involunta­ria, se debate entre su propia autosuperación y la sombra del crimen que debe ocultar; no logra la fuerza necesaria como persona­je principal y al final queda como un conato de ejemplo femenino. Margarita, la amante circunstan­cial del marido separado, es quien, por su propia fuerza natu­ral, logra sobresalir por encima del personaje anterior, aunque se desdibuja en una especie de "sal­vadora de almas" que la condicio­na; y finalmente, Irina, una niña-mujer, que caprichosamente se debate entre el amor imposible de Héctor, puesto que éste no le hace caso; su actuación se com­pleta en una sucesión de actos insensatos.
                La aparente investigación poli­cial tampoco es llevada a cabo con la habilidad esperada: se con­vierte en una sucesión de interro­gatorios que la policía lleva a cabo, sin que al final se vislumbre la solución del crimen. A Adelaida García Morales le han fallado los cambios experi­mentados en la presente obra, porque el abandono de la primera persona en favor de la tercera no logra dar coherencia a la seduc­ción alcanzada en sus anteriores relatos, cuya fuerza, repetimos, se encontraba en el rigor expositivo, en la estética de unas descripcio­nes, en la capacidad seductora de un lenguaje marcado por la insi­nuación, la sugerencia y un fuerte subjetivismo.

Adelaida García Morales; Las mujeres de Héctor; Barcelona, Anagrama, 1994.

(Reseña publicada en Cuadernos del Sur, jueves 5 de mayo, 1994, pág., III/29)



El testamento de Regina
                El mundo femenino de Adelaida García Morales (Badajoz, 1948) es inherente a su propia escritura, como viene siendo habitual en sus últimas entregas, pasiones escondidas o soterradas bajo una aparente vida familiar, deshecha por alguna circunstancia en la que los celos, el poder, el dominio, en definitiva, de unos personajes sobre otros más débiles rompe esa armonía. En El testamento de Regina ( Destino, 2001) se muestra el mundo de las pasiones familiares, en realidad, se trata de contar un cierto melodrama interior, con intereses de fondo para con una anciana, protagonista del relato, y la joven psiquiatra que decide trasladarse hasta la casa, de esa señora mayor, acudiendo al reclamo de un anuncio. Para Susana comienza una historia inverosímil, con una Sevilla desdibujado como telón de fondo, y sobre todo el conocimiento de una familia cuyos personajes están abocados a un sinvivir por las ambiciones perversas que dominan sus vidas. Sólo la imagen de una dama, Regina, una bella anciana, cuya fuerza interior surge de la soledad con que ha vivido sus últimos años,  sobrevive a las intrigas familiares de un relato que discurre por los difíciles límites de la inverosimilitud. Para esta mujer ya no existe el tiempo, la uniformidad de todos los días, será paliada con la presencia de la joven psiquiatra, sólo así viviremos la historia interior de la anciana y la exterior de Susana, quien observa y relata perpleja las idas y venidas de una familia, cuya presión se acentúa cuando ocurre un inesperado suceso, el crimen de Bernardo y su amante, hijo de la señora, encontrados en una finca familiar cercana a Sevilla. A partir de este suceso el relato discurre por las intrigas familiares que llevan a cabo, hermano y sobrinos, para hacerse con la herencia de la anciana y sólo se remansa por momentos cuando se estrechan y fortalecen las relaciones entre las dos mujeres. En ambas se refuerza el sentimiento femenino con que siempre ha dotado García Morales a las protagonistas de sus relatos hasta el momento, aunque la historia de Regina y las mezquindades en que se ve envuelta bien podrían haber sido resueltas de otra manera.

Adelaida García Morales; El testamento de Regina; Madrid, Debate, 2001

                                 
Una historia perversa
                La segunda novela que García Morales publica simultáneamente este mismo año se titula Un historia perversa (Planeta, 2001), una trama psicológica que suprime buena parte de los elementos y constantes de su narrativa interior. La novela se desarrolla en espacios interiores y reduce sus personajes, prácticamente, a dos, los protagonistas, Andrea y Octavio, una pareja de recién casados, un famoso escultor y la dueña de una sala de exposiciones. Se trata de un relato angustioso, una historia horrorosa que relata la pasión de su protagonista masculino, poco tiempo después del matrimonio, un carácter violento, autoritario, dueño absoluto de la situación. Pero, por otra parte, sobresale la atracción de la joven esposa por un hombre de tan extraña conversión. Dos géneros se superponen, el psicológico porque se trata de una exposición de dominio y posesión sobre el otro yo, y la intriga porque, en cierto modo, predomina una cierta locura criminal en el desarrollo de toda la novela. Hay un proceso que va creciendo a medida que avanza la novela y el final, que no puede ser desvelado, no deja de sorprender a un lector que espera un desenlace distinto tras el aura de misterio que encierra la historia. La estructura narrativa no deja de ser original, hay una alternancia en los dos protagonistas que van contando, mediante monólogos alternos, sus experiencias con la pareja, perfectamente graduadas cuando hablan, tanto Andrea y los miedos que le va originando su relación, como Octavio y los celos que éste va observando en su atractiva esposa.. Original en su tratamiento, esta especie de novela gótica al uso que recordará al lector a monstruos como Frankenstein e incluso la doble personalidad de Jeckyll y Hyde en esa profunda mirada que se concreta en el bien y el mal.

Adelaida García Morales; Una historia perversa; Barcelona, Planeta, 2001.

(Reseñas publicadas en Diario Ideal/ Granada, Artes y Letras, marzo, 2001.)



 


 
 

miércoles, 24 de septiembre de 2014

R. L. Stevenson



G
Genio
“El genio crea, el talento reproduce”.

                               Alfred Bougeard

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Escribir. Ensayos sobre literatura



              Robert Louis Stevenson fue un ensayista, un pensador brillante y amistoso, al igual que ameno observador de los placeres y de las flaquezas humanas, Escribir. Ensayos sobre literatura (2013), nos devuelve al más lúcido articulista, confesiones y recuerdos sobre su propio trabajo y de sus maestros literatos. La suya fue una existencia plagada de aventuras, sus viajes le llevaron por medio mundo y su amistad con algunos de sus contemporáneos lo convirtieron en uno de esos escritores que a uno le dejan una asombrosa visión por la obra bien hecha. El autor es Robert Louis Stevenson (Edimburgo, 1850- Valima, Samoa, 1894) y el texto que ahora podemos leer en español se titula Escribir. Ensayos sobre literatura (Páginas de Espuma, 2013), traducido por Amelia Pérez de Villar, recoge una amplia muestra de los ensayos y artículos publicados en diversas etapas del escritor escocés y desconocidas por el seguidor español de la estupenda prosa del autor de La isla del tesoro o Dr. Jeckyll y Mr. Hyde. Dividido en tres grandes apartados, “La escritura”, “Los libros” y “Lo escritores”, ofrece su rigurosa visión sobre la seducción de la escritura, sus textos de cabecera o su proceso de escritura en varias de sus obras, así como sus autores y libros favoritos, como Hamlet, El Vizconde de Bargelonne, Ensayos, de Montaigne, o la propia Biblia.
                El escritor poseía un quebradizo carácter que nunca lo abandonó pero, en palabras de su hijastro Lloyd Osbourne, pasear con él constituía uno de los grandes placeres y un acontecimiento repleto de imaginación porque, de repente, podía creerse un pirata, un piel roja o un joven oficial de marina con informes secretos para entregar a un famoso espía. Stevenson es el tipo de escritor que ha ofrecido en su obra el fascinante estudio de los hombres que llegan a mantenerse vivos por una especie de fuerza sobrenatural, y que nunca llegan a morir porque rechazan, una y otra vez, de una forma implacable, la muerte.
                Alberto Manguel reunía en un libro anterior, Memoria para el olvido (2005), un conjunto de ensayos inéditos hasta el momento en España, escritos en diversas épocas de la vida del autor escocés, algunos incluso de su época universitaria en Edimburgo, es decir, durante los años 1876 y 1879, sirva como ejemplo el primero de todos titulado «Juego de niños» paradigma del interés que resulta obvio en los gustos infantiles y en los gustos de los adultos. En este mismo apartado, otros dos pequeñas joyas que merecen ser tenidas en cuenta, «Simples, un penique y de color, dos» y «Los portadores de faroles».
                Stevenson al margen de ejercitarse ampliamente en el oficio de escritor, o de los misterios que nos proporciona nuestra existencia, ensaya en sus textos sobre el mundo de la escritura y de la literatura, sobre esa percepción individual que otorga la naturaleza humana ante todo tipo de conocimiento, incluso postula sobre la necesidad de recomponer nuestra memoria y, sobre todo, muestra la frescura de la palabra o cómo él mismo afirma, «las palabras (...) deberían sonarnos (...) como el sonido del oleaje», muy lejos de la urdimbre de una retórica eminentemente propagandística. Esta y no otra es una visión más del mundo stevensoniano que él mismo ensanchaba con cada nuevo libro suyo.

  

           La visión  que ofrece Stevenson en estos ensayos no resulta en absoluto academicista, cargada de una terminología ambigua, o aportando excesiva abundancia de datos, sino más bien se toma la libertad de opinar desde un plano exterior, vislumbrando las posibilidades que ofrece el texto, alejándose así de un estudio y opinión meramente crítica al uso. Aparece, por consiguiente, una mirada perspicaz de los temas y de los autores que vana apareciendo en los tres grandes apartados apuntados y, así, el escritor ofrece una doble visión, la de su finísimo conocimiento literario y, al mismo tiempo, sus pensamientos al respecto, en una estilo inigualable, como la calidad de su propia prosa. De igual manera, entre las páginas de Escribir, queda patente y puede observarse su entrega más profunda al hecho literario y cuanto tiene que ver con la profesión. Artículos generales con percepciones distintas, subrayan una amplia perspectiva, en el primero de los apartados, sobre el género narrativo y, sobre todo, subraya y especifica la honradez del escritor a la hora de abordar el hecho literario, además de la utilidad que se derive de ello. Las perspectivas esgrimidas, desde luego, por Stevenson resultarían hoy día insostenibles, en una era donde la técnica propicia el arte del “corta y pega”, la facilidad y las prisas. Sin duda, lo mejor de esta primera parte, es la pequeña autobiografía que cierra la sección, “Cómo aprendió Stevenson a escribir, de modo autodidacta”, y así afirma: “La descripción era el principal ámbito de mis práctica, porque para cualquiera que esté dotado de sentidos siempre hay algo que merece la pena describir, y tanto el campo como la ciudad son un tema inagotable. Pero también trabajaba en otros ámbitos: solía acompañar mis caminatas con diálogos dramáticos en los que yo hacía varios papeles, y me ejercitaba también  en la transcripción de conversaciones de memoria”.
              Los libros que, de alguna manera, han influido en él, se repasan en un artículo de igual título y, en este mismo apartado, añade una relación de sus propias obras y la gestación de las mismas y, curiosamente, comenta algunos cotilleos sobre la novela romántica.  Y en un último apartado argumenta sobre las novelas de Víctor Hugo, Dumas, además de su actitud curiosa sobre los norteamericanos, Whitman, Thoureau e incluso, Poe o François Villon, a quien califica de “estudiante, poeta y ladrón”, aunque la mejor parte se la lleva su paisano Robert Burns, con quien escribe tener cierta empatía y algún territorio común de experiencias y de quien afirma “es capaz de escribir con naturalidad sobre otro hombre”, y a quien le dedica una extenso estudio, mitad biográfico, mitad analítico. Aunque, también, se atreve a definirlo como “un tipo orgulloso, obstinado, impetuoso, que buscaba el placer y la notoriedad”. Y sobre todo, escribe y escribe sobre las cuitas amorosas de un enamoradizo Burns.
                Los textos de la presente edición fueron escritos  para revistas como Scribner´s Magazine, Forthnighty Review y Cornhill Magazine, durante veinte años, entre 1874 y 1894, el año de su muerte, y además de subrayar lo expuesto sobre el matiz de estos juicios literarios, una vez que uno lee el conjunto contempla como Stevenson es capaz de aunar prosa de acontecimientos que rayan en lo exótico, lo increíble y lo natural o naturalista, como ocurre en “Apuntes sobre el realismo”, donde muestra si poco apego por la “tendencia del detalle extremo” de la escuela francesa, cuando define la novela “bien formada” que es capaz de despertar el interés del lector, y así es capaz de volver la vista a las novelas románticas de Víctor Hugo. El escritor advertía del poder de la prensa como un elemento esencial en la información y educación de los ciudadanos, al margen que ironía y critica la ligereza y falta de verdad de la misma, aunque distingue entre ambas facetas, la periodística y la literaria y quien la ejerce.
                Leer, leer y siempre leer, insistirá Stevenson a lo largo de su vida. Leer de una forma permanente desde la infancia misma, durante la juventud y siempre de forma autodidacta. Leer y copiar de los maestros como ese espacio imprescindible para el aprendizaje y así a los ya apuntados a lo largo de estas líneas, apunta seguir a Hazlitt, Lamb, Wordsworth, Defoe y Hawthorne; incluso, menciona y escribe  que se debe copiar de los maestros como un ejercicio previo para adquirir el propio estilo. En cada uno de estos ensayos se intuye su amor a la literatura y, por añadidura, su profunda convicción lectora.


Robert Louis Stevenson; Escribir. Ensayos sobre literatura; Madrid, Páginas de Espuma, 2013; 448 págs