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sábado, 29 de febrero de 2020

Cuaderno en blanco


Febrero

       Volvemos a la rutina, y a ese mes que llamamos, “febrerillo loco” quizá porque nos podemos encontrar un día de sol, otro gris, unos aires africanos, o el viento norte que nos devuelve la idea de que seguimos estanco en invierno.
       Dos entrevistas que entrego para que se publiquen en  Cuadernos: Liliana Blum, mexicana, y la madrileña, Carolina Molina. Las lecturas que ocupan mi tiempo: Nuestra piel muerta, de Natalia García Friere, ecuatoriana, Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez, argentina, Atocha 55, de Joaquín Pérez Azaústre, cordobés.
       La entrega a Turia ya está realizada, ha sido una excelente experiencia entrar en el mundo oscuro de Enriquez, y el dolor constante por esa herida que no cicatriza que es Atocha 55; bien por Pérez Azaústre que nos sigue recordando la fragilidad de nuestra democracia cuarenta años después.
       El Premio de Novela Café Gijón de 2019 me está resultando de una agradable sorpresa y lectura. José Morella ya había publicado un par de novelas antes, Asuntos propios (2008) y Como caminos en la niebla (2016). Será una próxima entrega para Los diablos azules, suplemento de los viernes de InfoLibre, un espacio de libertad periodística y cultural.
      


jueves, 27 de febrero de 2020

Hoy invito a…


M. Ángeles Pérez


amaneceres

Disfraces


    

   Nos aproximamos a días de carnaval, jaranas y jolgorios y, aunque el origen de esta fiesta pagana se remonte a los antiguos ritos celebrados en honor al invierno hoy, sus diversas connotaciones nos llevan al colorido, al espectáculo y allí donde la gente se echa a la calle para exhibir el más original de sus disfraces y la más extravagante crítica en sus comparsas preparadas con fantasía e ilusión. He admirado con atención la trayectoria de esta pintoresca fiesta, y la imaginación constante que tienen que dedicarle sus seguidores cada año, pero sigo siendo una entusiasta persistente de la típica máscara, solitaria, ataviada con cuatro trapos de última hora que pasea por medio del organizado desfile sin sometimiento artístico ninguno, y al libre albedrío de su imaginación. Es posible que todos llevemos una máscara dentro y que guardemos uno, o varios disfraces en el rincón más oscuro de nuestro corazón.

miércoles, 26 de febrero de 2020

Adiós a...








   Juan Eduardo Zúñiga Amaro (Madrid, 24 de enero de 1919- 24 de febrero de 2020).
   Escritor, eslavista, lusista, crítico literario y traductor español.

martes, 25 de febrero de 2020

Concha Alós



…me gusta
                           Tiempos modernos
                             
       Las narraciones antropófagas de Concha Alós, reeditadas cuarenta años después.



       Concha Alós fue una conocida novelista que surgió en la década de los sesenta con obras enmarcadas en el realismo imperante, y las secuelas de una larga postguerra que llevaría a los novelistas de la época a ajustar, de alguna manera, sus cuentas con la historia. Alós publicó Los enanos (1962) y siguió entregando algunas de sus emblemáticas novelas en los años siguientes, Los cien pájaros (1963), Las hogueras, Premio Planeta, 1964, El caballo rojo, 1966, La Madama, 1969, y Os habla Electra, 1975. Toda su producción, a excepción de Os habla Electra, se mueve bajo el signo del neorrealismo y de la novela de testimonio histórico. Los enanos, como anuncia su mismo título, ofrece una curiosa mirada por los humillados, incapaces de ir más allá de sus miserias. El recuerdo de la guerra civil siempre presente, es el argumento explícito en El caballo rojo, y La Madama es, sin duda, su mejor producción, por la manera de enfocar la historia, su mirada por la degradación de una familia en los años de la posguerra, y por el dominio de la técnica con la que se halla escrita; la narradora ha logrado vencer las deficiencias que acusó en la utilización del contrapunto en Las hogueras; y en Os habla Electra ha ensayado la novela utópica y de ficción, sobre el fin de la especie humana.
       Concha Alós enmarcada en la década de los años sesenta, cultiva el neorrealismo cuando en la novela española se imponían nuevas tendencias, y solo cuando ya mediaba la década siguiente se incorpora a los cambios en nuestra narrativa. La propia autora valoraba en 1973 su producción con estas palabras: “Hasta el momento mi obra se hubiera podido encasillar, quizás, en lo social-realista, un realismo testimonial, poético y desgarrado”. Aunque había nacido en Valencia, en 1926, parte de su infancia transcurrió en Castellón, pero vivió entre Mallorca, donde conoció a Baltasar Porcel con quien mantuvo un largo idilio y posteriormente se casaría, y luego en Barcelona. Había escrito Cuando la luna cambia de color (1958), novela que nunca se publicó, y se consagraría con el Premio Planeta por su obra, Las hogueras (1964). Murió en Barcelona, el 1 de agosto de 2011 en el olvido más absoluto, su última novela, que apareció en Plaza & Janés, fue El asesino de los sueños, en 1986.
       Su única colección de cuentos, Rey de gatos, la publicaría Barral en 1972, y volvió a editarse en Plaza & Janés en 1979. Recuperada ahora por la madrileña, La Navaja Suiza Editores, 2019, sus textos están al cuidado de Almudena Martínez. Este volumen de cuentos supuso, de alguna manera, un auténtico reto de superación técnica, temática y estética que se venía proponiendo en la narrativa experimental española desde la aparición de Tiempo de silencio (1962), de Luis Martín-Santos, y/o del realismo mágico del otro lado del mar, aunque de alguna manera Alós marcó sus tiempos y eligió, sin influencia de modas ni cánones, cuándo había llegado el momento de hacer hablar a sus protagonistas, y dar el paso a la fantasía, eje central de los relatos de Rey de gatos, provistos de una extraordinaria catarsis emocional y escritos con una prosa de cierta técnica envolvente; en sus páginas, además, conviven fantasmas y diablos ocultos en el subconsciente, tema que proporciona una perspectiva nueva e inquietante de la realidad de sus protagonistas: la mujer, que veremos ahora desde su yo interior, y no desde esa caduca visión inconsciente del pasado. La narradora experimenta y el mensaje de sus historias se potencia, explora una aguda crítica al patriarcado, las escenas de erotismo se multiplican, se contrasta el pasado con un futuro que no termina de llegar en una España que puede y debe cambiar. Por primera vez, la narradora logra que dialoguen las dos personalidades presentes en sus protagonistas, la “bestia” y la “sumisa”, un auténtico avance para que cada mujer lograra ver más allá de su pequeño mundo, y entonces decidir por ella misma si se aventuraba a salir de ese incómodo espacio. El libro, que fue escrito entre los años 1969 y 1972, curioso en su planteamiento para la época, pretendía mostrar con su palabra, su firme compromiso con el ser humano, especialmente con la mujer, con la persona emocionalmente desamparada, como evidencian los nueve relatos en los que mostrará otras tantas aristas diferentes del prisma del alma femenina, aunque bajo ese manto mágico que proporciona una imagen onírica, como si de un sueño surrealista y enfermizo se tratara en el que se confunde la realidad y la ficción; en realidad, el ensueño en que se concreta la misma historia. Abundan las alegorías, los mensajes ocultos que, como curiosos lectores debemos descubrir y comparar con nuestro entorno, con nuestra vida cotidiana, con experiencias ya vividas, o incluso observadas sin esa percepción previa. La tensión a que nos somete la narrativa de Alós asoma desde las primeras páginas de “La otra bestia”, y pronto se transforma en tristeza con “Rey de gatos”, nos invade cierto horror en “Cosmo”, y se concreta en un miedo definitorio en “El leproso”, dolor y pérdida en “Los pavos reales”, y en el relato no menos curioso “Mariposas”; bastante cólera o furia contenida en “Sutter’s Gold”, hasta llegar al cenit de la desesperación y la locura con “Paraíso”, para finalmente vengarse de un criminal abstracto y genérico en “La coraza”. Adelantada, técnica y temáticamente, a su tiempo, la narradora Alós nos lleva al centro neurálgico de una nueva visión de la mujer, dejando ver a sus lectores los rincones más oscuros del ser femenino, sus miedos y dependencias, porque la defiende, en otras muchas actitudes, contra la educación recibida que la esclaviza, y la ha llevado, desde siempre, a creerse inferior al hombre; se convierte en ese dedo acusador, y así abogará por la liberación femenina para romper esas cadenas a las que la mujer se sentía atada, quizá por miedo a verse liberada, y no asumir las consecuencias que acarrearía esa libertad.
       Esos cuentos nos hablan de los celos asesinos, del dolor de la traición, del abandono y la soledad, temas tabú aún en aquellos tiempos de una España de cierta apertura, y cuando todavía se tenía miedo, se cuantificaba sobre la superstición o la ignorancia con respecto a los embarazos, la menstruación y el parto, y nada sobre el amor esclavo, el sexo adictivo, el sexo prohibido, y sobre todo el sexo lascivo y adúltero.
       Concha Alós utiliza un lenguaje duro, cargada de una fuerza expresiva poco frecuente en la época, textos sostenido por ese halo poético que caracteriza a la buena y arriesgada literatura.








REY DE GATOS
Narraciones antropófagas
Concha Alós
Madrid, La Navaja Suiza Editores, 2019

miércoles, 19 de febrero de 2020

Margarita Leoz


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                                       FUERA DE LUGAR
                
      


  
       Margarita Leoz (Pamplona, 1980) concibe y estructura su literatura con un estilo preciso y cortante, crea un conflicto latente en las primeras páginas de unas historias que se configuran cuando enfrenta a sus personajes a ese mundo que la narradora construye como un método de defensa en los escenarios inventados, técnica que descubrimos en Segunda residencia (2011) una muestra de la insatisfacción, la soledad, o la incapacidad de sus protagonistas para alcanzar la felicidad. Flores fuera de estación (2019), su segunda entrega, está compuesta por cinco relatos que, en su sentido técnico, se convierten en una continuación lógica de los trece anteriores. Construidos con una prosa elegante, clara y académica, su lectura emociona, muestra esos pequeños detalles que nos hacen contemplar cuanto ocurre a nuestro alrededor, donde sin pensarlo se generan pequeñas historias diarias que le dan a nuestra vida el cambio inexcusable sin necesidad de efectos peculiares, de acciones, o misterios que acaban resueltos en la última página de un libro. Un inesperado viaje en pareja a un entierro, un joven, Eloy, sin ganas de crecer que vive en una tienda de muebles cerrada al público desde hace años, el amor de un hijo por sus padres, la amistad de dos hombres y sus respectivas mujeres que deviene en drama tras la desaparición de uno de ellos o el regreso a la infancia en la casa donde creció abandonada con el paso del tiempo.
       Lo curioso de estos relatos, rozan las cincuenta páginas, se acercan a una novela corta y sus tramas, bastante más desarrolladas, permiten subtramas y profundizan en la psicología de los personajes, incluso una perspectiva mejor del tiempo narrado. El conflicto deja de ser esencial, la tensión se dilata, y en algunos casos esta amplitud permite que el tiempo narrativo se prolongue. Estos cuentos siguen las características propias del género: la intensidad, el aura de misterio, o que el lector siga teniendo un papel activo. Los temas, el amor, la muerte, el paso del tiempo, la fugacidad de lo vivido, son una constante que los acercan a Segunda residencia porque, también, muchos de estos personajes son antihéroes y el extrañamiento, la atmósfera inquietante, el gusto por el detalle y la sugerencia caracterizan a muchos de ellos. Cotidianos, abrumadores, despojados de todo artificio, con una ambientación imprevista que permite a la historia sumergirse en un lugar oscuro donde los hechos narrados y las formas construidas se vuelven inquietantes, y psicológicamente contradictorias e inestables porque la narradora lleva a sus personajes al límite, vidas que se enmarcan en unos acontecimientos externos a su devenir cotidiano, cual flores fuera de estación.






FLORES FUERA DE ESTACIÓN
Margarita Leoz
Barcelona, Seix Barral, 2019

domingo, 16 de febrero de 2020

Sabías que...





                             “¿Quieres ser feliz un instante? Véngate
                          ¿Quieres ser feliz para siempre? Perdona
                                                                 (Tertuliano)

viernes, 14 de febrero de 2020

E. E. Cummings


… me gusta                                 
                                    C’est la guerre

              


              

       E. E. Cummings fue acusado de traición sin motivo aparente y encarcelado durante cerca de tres años en la prisión normanda de La Ferté Macé. Una vez de vuelta en su casa, el poeta construyó una crónica de sus días en aquella habitación enorme, y escribió sobre la experiencia vivida durante la Gran Guerra que, precisamente, tituló La habitación enorme, publicada originariamente en 1922, y que ahora edita, Nocturna Ediciones, traducida por Juan Antonio Santos Ramírez.
       El libro, escrito en plena eclosión de las vanguardias, se convertiría muy pronto en un objeto de culto. Aunque tiene la estructura de una novela, es en realidad una crónica de su estancia en la prisión francesa, que el autor narra en primera persona, deja ver con toda claridad que es un relato autobiográfico, y pronto empieza a incorporar al texto a todos los personajes que conviven con él en esa horrible y enorme estancia, y no solo hará recuento de los presos sino que los carceleros se incorporan a la nómina de una singular galería humana. Cummings los va presentando uno tras otro y, de alguna manera, los obliga a sobrevivir juntos en un ejercicio literario que opera como si se tratara de una auténtica ficción. El relato es, como cabría imaginar, de una sordidez, de una crudeza y de una desolación estremecedoras tanto por el absurdo de la situación en sí, un campo de prisioneros donde se encuentran gentes de todas las nacionalidades, que aguardan el fin de la guerra, y no precisamente para averiguar cuál su destino, sino la acusación concreta que existe contra ellos y el grado de la pena que se les impondrá. Sobresalen a lo largo del texto las condiciones en que se ven obligados a sobrevivir, un hecho que aproxima al relato de Cummings a una especie de crónica o documental, una curiosa relación de tipos estrafalarios y miserables que construyen un concepto de escena dramática más que una novela; pero lo cierto es que, el norteamericano, elige un modo de contar que da la vuelta a la crónica y la convierte en una suerte de relato apasionante de ficción. Una vez instalados en la habitación enorme, la elección de Cummings es ir progresando en su relato por la vía de lo grotesco del lugar, y sobre todo de la situación vivida allí, y así se permite el autor poner la distancia necesaria para contarnos que necesita un narrador, no un documentalista y con ello convierte el horror que es esa celda y ese campo en un territorio donde poco a poco van asomando sus personajes, es decir, la galería de nombres que cohabitan el lugar. El humor es cómplice de lo grotesco, un recurso por donde asoma la vida y la gente, pero la situación, a medida que avanzamos en su lectura, es tan grotesca en sí que se nos cuenta un microcosmos con leyes, relaciones, afectos, odios y, en general, vida propia de unas gentes reducidas a lo elemental, pero debe entenderse como esa vida que late fuera de la realidad exterior, del “tiempo” y de la “historia” a la que aunque parezca absurdo, pertenecen los personajes y deberían ser autosuficientes en medio de todas sus carencias; y, a todo esto, en la realidad del tiempo y de la historia se está llevando a cabo la más inútil y dañina de las guerras: una guerra de posiciones y trinchera que sólo causa exterminio sin beneficio para ninguno de los dos bandos.
       La situación, descrita por Cummings, es el relato de la vida en ese microcosmos del horror poblado de seres humanos cuya importancia y calidades muestra espléndidamente el autor; quizá porque Cummings fuerza la escritura a tenor de la situación, ha siso capaz de crear un lenguaje que prescinde y modifica a su antojo la puntuación y que está constantemente salpicado de frases y expresiones francesas perfectamente trabadas con el inglés original (en el caso de la presente traducción, con el español), e incluye un selecto argot de prisión que se traduce en el efecto de una verosimilitud extraordinaria y de una frescura textual que ayuda a sentir un libro por el que no pasa el tiempo, porque lo que condiciona y ordena todo es la capacidad selectiva del autor en cuanto a los elementos significantes de la vida en la cárcel y su instalación en el sentido global del relato.
       La habitación enorme ofrece un verdadero canto a la dignidad y su aparente dificultad lectora le confiere su cualidad de obra maestra,  porque su dificultad es solo aparente, es un libro que atrapa al lector muy pronto, y no pierde su interés en ningún momento, nos dejamos llevar por su dramatismo, nos convence su humor cáustico que se sustenta sobre las pequeñas cosas que trascienden a los grandes acontecimientos, puesto que el dolor humano es siempre concreto, cercano y probatorio. La guerra es solo el fondo sobre el que proyectar la verdadera esencia del ser humano, traza el arco completo de su fascinante complejidad. Tras el más noble sacrificio, tras la más inicua maldad o el absurdo equilibrismo de la apariencia, Cummings busca y encuentra al ser humano, es decir, su forma de convivir con el tamaño de su circunstancia.

       Edward Estlin Cummings nació el 14 de octubre de 1894 en Cambridge, Massachussets, EE.UU. Su padre, profesor de sociología y ciencias políticas en la Universidad de Harvard, le  animó enseguida hacia las inclinaciones literarias y poéticas. Estudió en la Universidad de Harvard, donde, en 1916, se graduó con honores en Inglés y Estudios Clásicos. Durante el período universitario, siguió cultivando su pasión por la poesía, analizando los escritos de Gertrude Stein y Ezra Pound. Algunos de sus poemas se publicaron en el periódico escolar. Los poemas de este período fueron recogidos en Ocho poetas en Harvard (1920).
       Cuando en 1917 estalla la Primera Guerra Mundial decidió enrolarse, y un error administrativo lo obligó a alojarse en París durante cinco semanas, allí nacería su profundo amor por la capital francesa, a la cual volvería a menudo. Debido a una serie de cartas que intercambió con su amigo William Slater, en las que ambos expresaban opiniones contrarias a la guerra, fue detenido y durante tres meses permaneció en el campo de La Ferté-Mace en Normandía. En diciembre del mismo año, gracias a la intercesión de su padre, que escribió una carta al presidente Woodrow Wilson, fue repatriado. Regresó a su casa en el año nuevo de 1917, pero pronto fue llamado a filas. Cummings relatará la experiencia de su cautiverio en la novela La habitación enorme. Prestó servicio en la duodécima división de Campo Devens hasta noviembre de 1918, y una vez dispensado del servicio, entre 1921 y 1923 vivió en París, para volver definitivamente a los Estados Unidos, aunque nunca dejó de viajar, cruzándose en su deambular con personajes diferentes, como el mismo Pablo Picasso. De su experiencia en la Unión Soviética, escribiría su novela Eimi (1933).
       Su vocación poética se vería condicionada por un terrible accidente en el que muere su padre, y el dolor por la gran pérdida le hará comprender que debía centrarse en las cosas importantes de la vida que se concretaban en el verso. Publicó durante este tiempo muchas de sus obras, entre ellas: Tulipanes y chimeneas (1923), Poemas XLI (1926), Árbol de Navidad (1928), No gracias (1935) y Poemas (1938). Cummings fue un poeta de vanguardia que utilizaba formas tradicionales como el soneto, aunque sus temas sean clásicos, sus poemas tratan a menudo de amor, de la relación del hombre con la naturaleza y la conexión entre el individuo y la masa. La influencia de los movimientos, dadaísmo y surrealismo, a los que se acercó durante su vida en París, hicieron nacer en él un cierto rechazo de la sintaxis tradicional. Al igual que con Ezra Pound, para él la poesía tenia una naturaleza pictográfica, y en su texto ya sean las letras o los signos de puntuación adquieren un significado incluso desde el punto de vista rítmico. Su pasión innovadora por las palabras lo llevó a crear constantemente nuevos nombres, fundiendo adecuadamente, adverbios, preposiciones y sustantivos comunes. Su idea de la vitalidad íntima de las letras le daba a las palabras tantos significados diferentes, aumentados y fortalecidos por frecuentes juegos de palabras.
       Residió desde 1924 en Greenwich Village, que abandonaba solamente para sus muchos viajes. Desde 1932 vivió una relación amorosa estable con su tercera pareja, la fotógrafa y modelo Marion Morehouse. Los dos trabajaron juntos con un texto, Aventura en valor, que contiene fotos de Marion comentadas por Edward. En el período posterior a la Segunda Guerra Mundial muchos poetas jóvenes encontraron en Cummings su guía, entonces recibiría una serie de reconocimientos, y en 1952 la Universidad de Harvard le concedió una cátedra como profesor honorario. Pasó el último período de su vida viajando, llevando a cabo encargos como lector y reservándose momentos de descanso en su casa de verano de New Hampshire. Murió a los 67 años el 3 de septiembre 1962 de un ataque al corazón, y en el momento de su muerte era el segundo poeta americano más leído después de Robert Frost.






LA HABITACIÓN ENORME
E. E. Cummings
Traducción de José Antonio Santos Ramírez
Madrid, Nocturna Ediciones, 2019

miércoles, 12 de febrero de 2020

Javier Puche


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                                   Instantes necesarios
                     
                     


       El aforismo es un instante tan necesario como terapéutico, y comprimido deben tener su dosis de concisión, humor, compromiso, crítica y verdad; es un género que debe ir de la mano de la reflexión y, como auténticos pensamientos literarios, convertirse en proyectiles de largo alcance, o como escribe Javier Puche (Málaga, 1974), transformarse en “estela de luz horizontal que dibujan en el firmamento los misiles nucleares mientras persiguen con ardor su objetivo”; y quizá, el lector lo percibe como “ese renglón en llamas”.
       Aforismo, término griego, significa definir, y se concreta en una sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en una ciencia o arte, expresa un principio de manera sucinta, coherente y en apariencia cerrada. Por extensión, un aforismo forma parte de una idea poética, de una idea literaria, un tipo de escritura con que emitimos un concepto fulminante. Heráclito de Éfeso lo utilizó para referirse a una serie de proposiciones relativas a los síntomas y al diagnóstico de enfermedades, luego se aplicó a la ciencia física, y se fue generalizado a todo tipo de principios. Algunos autores sostienen que los aforismos nunca coinciden con la verdad, son medias verdades, o verdades a medias. Esta capacidad del lenguaje para ocultarse o para refulgir ha cautivado a escritores que encuentran en el aforismo un camino para deslumbrar con su capacidad de pensamiento, y Carmen Canet sostiene que “el aforismo responde al aire ligero, fragmentario de nuestro tiempo”.
       Javier Puche ha publicado Seísmos (2011), “cuentos de seis palabras”, un propósito narrativo milimetrado en extensión, seis palabras para contar una historia, o sugerirla; el lector se enfrenta a un texto, a un mini-micro-cuento, un malabarismo textual que exige elegir bien la idea y los vocablos que han de vestirla y, pese a su extrema brevedad, el malagueño logra con su empeño que sus microrrelatos aniden en la memoria del lector, y supuestamente le ayuden a concretar el sentido mismo de la vida. Su entrega siguiente, Fuerza menor (2016), un ramillete de microrrelatos, desde perspectivas muy diferentes, con un acertado resultado: un auténtico caleidoscopio que retrata a sus personajes con milimétrica precisión, y los envuelve en una fantasmagórica visión onírica que evocan esos detalles que mueven al mundo.
       La colección de aforismos, Línea de fuego (2019), ilustrada por Riki Blanco, supone un paso más allá en la perspectiva textual del autor que domina el arte de la palabra o la gramática de la fantasía y, con estos aforismos de corte hipermoderno, asume toda una artificiosa intencionalidad literaria hasta el punto de que toda variación poética se ha convertido en el común denominador de aforistas, contribuyendo a la normalización y enriquecimiento de este tipo de escritura, porque como es el caso de Puche asume un alto grado de contención verbal, sin concesiones a la facilidad y a esa contraposición de frases formadas por las mismas palabras con el orden invertido, con el fin de presentar un significado antitético e incluso contradictorio, de cómoda resolución. Dividido en tres bloques temáticos, “Aritmética del fraude”, “Epitafios anómalos” y “El arcángel caníbal” que subrayan esa pretensión de máximas mínimas, de reflexiones heterodoxas que despiertan la conciencia lectora de los amantes de lo breve, muestran el poder de convicción, y la absoluta capacidad de la literatura para facilitar nuestra convivencia en un convulso mundo.
       Este libro recoge, en su brevedad, reflexiones de profundo calado sobre conceptos como el tiempo, la muerte, el presente, el sueño, o el mundo de la escritura, “Toda la literatura es un colosal por así decir. Algo que podría haberse dicho de cualquier otro modo. Algo que podría no haberse dicho nunca”; sin olvidarnos de la ironía o el sarcasmo, “Nuestra calavera siempre sonríe aunque estemos llorando”; y el más breve de los apartados, dedicado a Rafael Pérez Estrada, “El primer ángel nació de la palabra ángel, fecundada por un poeta”; una incursión en la imagen angélica religiosa, aunque Puche insiste en su manifestación literaria, porque Pérez Estrada creía en los ángeles como seres de mediación en todas las culturas, entre lo excelso y lo mezquino, entre lo visible y lo invisible, entre la luz y la oscuridad, entre los humanos y los dioses que funcionaban como símbolo por excelencia de la creación, de la creatividad, del creador, en este caso el escritor.






LÍNEA DE FUEGO
Javier Puche
Ilustraciones de Riki Blanco
Sevilla, Renacimiento, 2019

martes, 11 de febrero de 2020

Eduardo Mendoza


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Una locura novelesca
              




       El negociado del yin y el yang (2019) nos devuelve a ese curioso, disparatado e irresponsable personaje, Rufo Batalla, que nos reconcilió con la literatura del sarcasmo y del humor, protagonista de una primera entrega, El rey recibe (2018) engarza con aquella porque nos remite a hechos conocidos y a ese singular pícaro que descubrimos los lectores. Un proyecto que, según Mendoza, se inscribe en una trilogía titulada genéricamente “Las tres leyes del movimiento”. Con Rufo Batalla vivimos algunos de los grandes acontecimientos del siglo XX, cuando cubría, en la Barcelona de 1968, como novato periodista, y por un extraño guiño del destino, la boda de un estrafalario aristócrata; ahora es un funcionario de la Cámara de Comercio en Nueva York, una ciudad soñada donde tiene un apartamento en un barrio elegante, un aceptable sueldo, poco trabajo, han pasado los años y estamos en 1975. La muere Franco y la del padre, obligan a Rufo a realizar un viaje fugaz para el sepelio, sopesa entonces la idea de regresar de forma definitiva porque, bajo ningún concepto, quiere perderse el devenir político de una España en tan interesante momento histórico tras los años de dictadura.
       La ciudad de los rascacielos ya no es tan emocionante, los conocidos y escasos amigos que tiene, han vuelto o han desparecido de su vida, carece de pareja, y una vez constatada su prolongada estancia inicia la mudanza y se dispone a un cambio de mentalidad, cuando, otra vez, se cruza en su destino, el príncipe Tukuulo, igual de enigmático como en sus intenciones anteriores, ejemplo de un astuto y seductor personaje que, sabemos, pretende el trono de Livonia, un país, un reino, un territorio, rodeado de varias repúblicas soviéticas. Si disparatada es su pretensión, más enloquecida será su misión para Rufo Batalla: viajar a Japón para entregar una carta, aunque tras su llegada al país del sol naciente, empieza la verdadera historia.
       A partir de este momento las peripecias de Rufo Batalla se inscriben en ese modelo narrativo de novela de aventuras, con el desenfado recurso del relato popular y del folletín, aunque el humor proporciona verosimilitud a las acciones y los personajes que se sumarán a los enumerados, muchos de presencia expeditiva y portadores de anécdotas particulares en el límite del disparate que, por definición, sostienen los relatos de intriga, y esa trama extravagante que los emplaza en una acción acumulando una serie de ocurrencias sorprendentes: aventuras en distintas geografías, gánsteres, el emporio de turismo sexual más abyecto, un temerario periplo en sampán o una red de narcotráfico que recicla los Cobra, los temibles helicópteros norteamericanos en la guerra de Vietnam, para trasladar droga, incluso una leprosería. Rufo, en tales circunstancias, funciona como testigo contemplativo de la vida, nunca como el auténtico héroe de un relato de acción, su papel es ver, no actuar, su mirada nos proporciona los datos más significativos de la realidad del momento, y facilita al lector esa colección de viñetas desencantada del mundo contemporáneo en los años setenta del pasado siglo.
       El negociado del yin y el yang otorga dimensión al concepto de novela histórica, amplia nuestra visión de la trilogía en un segundo volumen que presupone la evaluación escéptica del mundo con dosis de desencanto y melancolía porque Mendoza no sopesa cómo podría haber sido el tiempo pasado, muestra como fue, aunque en algunos episodios expone su propia rebeldía: la nostalgia del reencuentro de Rufo con su hermano bohemio en Alemania, las acertadas pinceladas del teatro del absurdo que escribe Agustín como una réplica inconformista al devenir histórico cuyos tristes efectos refleja la novela. La amenidad de los sucesos, la fluidez de la estrambótica anécdota general, la ironía que apela a un lector activo e inteligente, la excelente prosa conversacional, y esas legítimas trampas de un gran narrador convierten el libro en una propuesta seria y reflexiva, en una locura novelesca.





EL NECOCIADO DEL YIN Y EL YAN
Eduardo Mendoza
Barcelona, Sexi-Barral, 2019



jueves, 6 de febrero de 2020

Adiós a...



José Luis Cuerda
Albacete, 18 de febrero, 1947- Madrid, 4 de febrero, 2020.

Centenarios, febrero

en febrero

04 de febrero de 1820, nace Božena Němcová, novelista checa.
08 de febrero de 1920, muere Richard Dehmel, poeta alemán.
15 de febrero de 1920, nace René Guy Cadou, poeta francés.
19 de febrero de 1920, nace Jaan Kross, escritor estonio.
26 de febrero de 1920, nace José Mauro de Vasconcelos, novelista brasileño.
27 de febrero de 1920, nace Helcías Martán Góngora, poeta colombiano.

martes, 4 de febrero de 2020

Luis García Jambrina


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                          La historia como novela 
                
              

        El giro que la novela histórica experimentó a lo largo de la década de los 80 del pasado siglo XX supuso la definitiva consagración a un género que desde entonces ha diversificado el gusto en los lectores: aquellos que gozan con una novela culta, con escenarios y ambientes bien descritos, y que recrea una época concreta, y otros que añaden a ese tipo de textos un intriga policíaca, criminal, con asesinos en mitad de la historia, independientemente de la época novelada. Quizá por todo esto, un curioso narrador, Luis García Jambrina (Zamora, 1960), iniciara toda una saga literaria ambientada en la pícara y estudiantil Salamanca del siglo XV, eligiendo al joven Fernando de Rojas como protagonista y excepcional investigador de unos sucesos cuya trama necesitaba un agudo pesquisidor. La serie se iniciaba con El manuscrito de piedra (2008), la perfecta combinación de una verdad histórica y una trama policial: a finales del siglo XV, el joven Fernando de Rojas estudia Leyes en la Universidad de Salamanca y por encargo de don Diego de Deza, obispo de la ciudad, tendrá que investigar la muerte de fray Tomás de Santo Domingo, catedrático de Prima de Teología en el Estudio General salmantino. Rojas enfrenta a una compleja trama para desvelar los entresijos de ese crimen y, sobre todo, hará un repaso a los difíciles momentos por los que pasaban los conversos en la sociedad salmantina y en el resto del reino, o los problemas de sucesión de los Reyes Católicos, una auténtica crónica histórica con que nos deleita García Jambrina para configurar plenamente la trama completa y equilibrada de una novela, o en este caso de una historia que debe leerse como una auténtica ficción. La  segunda entrega, El manuscrito de nieve (2010), repite protagonista, ciudad y ambientación, aunque profundiza en el retrato social, e insiste en el aspecto picaresco de los bajos fondos de la ciudad universitaria: embaucadores, tahúres, meretrices, buscavidas que deambulan por los barrios y se mezclaban con el clero y los estudiantes. Precisamente, la muerte de uno de ellos, con las manos amputadas y dentro de un barril, desencadenará la trama y, García Jambrina, se permite jugar con la historia literaria porque quien descubre, precisamente, el asesinato es un mozo llamado, Lázaro de Tormes. Una vez más, Fernando de Rojas, merced a su astucia y su ingenio, se encargará de las pesquisas necesarias para desvelar una ola de crímenes que asolan las calles de la ciudad. Pedro Suárez, el maestroescuela del Estudio, es quien le encarga tamaña empresa y así el lector inicia un recorrido por la arquitectura social del XV, además de desenterrar las particularidades de los clanes enfrentados: los de San Benito y Santo Tomé, y el baile de nombres que irán apareciendo en las páginas de El manuscrito de nieve, desde la reina Isabel la Católica, la inquebrantable Lucía de Medrano o las eruditas alusiones a Beatriz Galindo, la Latina o Antonio de Nebrija, incluso la saga completa de los Fonseca. Cuando Fernando de Rojas ya vive alejado de la corte y sus de intrigas, en Talavera de la Reina, es llamado por la Emperatriz Isabel de Portugal y vuelve a ser nombrado pesquisidor real y, El manuscrito de fuego (2018), descubriremos un Rojas entrado ya en años, tiene que acudir a Medina del Campo, donde recibe el encargo de investigar el asesinato del antiguo hombre de placer del Emperador, su bufón, Don Francés de Zúñiga, quien había sido expulsado recientemente de la Corte pero que había gozado durante muchos años del cariño del rey y de la reina. Se traslada hasta Béjar, escenario del asesinato, donde comienza su investigación, aunque las pesquisas le llevarán hasta Salamanca. No será un trabajo fácil, de hecho sufrirá varios atentados contra su persona, pero su obligación es llegar hasta el final de una trama que se va complicando a medida que avanza la historia. 
       Su última propuesta El manuscrito de aire (2019) es, sin duda, la novela más ambiciosa y comprometida de la serie protagonizada por Fernando de Rojas, y cronológicamente la acción de esta historia transcurre unos años antes que la novela anterior, El manuscrito de fuego, concretamente el 6 de enero de 1515, en una pequeña aldea de indios taínos muy próxima a la ciudad de Santo Domingo, en la isla La Española, Quisqueya para los nativos, arrasada por el fuego. Conmovidos por la tragedia, la pequeña congregación de frailes dominicos envía a España a dos de sus miembros para rogar al rey que envíe a alguien a la isla para que haga las pesquisas necesarias y descubra a los culpables y se haga justicia. El encargado de la investigación será Fernando de Rojas, hombre resuelto y de confianza que, obligado a dejar a su familia y su propio bienestar, acepta el encargo pese a las enormes dificultades que entraña. Una vez allí, el pesquisidor conocerá de primera mano la situación en la que se encuentran los indios, cuya población ha sido diezmada desde la llegada de los españoles, que los utilizan, entre otras cosas, como esclavos para extraer oro de sus minas. De hecho, entre los posibles motivos de la masacre se especula con el castigo y la venganza de haberse rebelado contra sus amos. Rojas recorrerá los lugares de la isla para investigar, un hecho que le lleva a vivir peligrosas aventuras a la vez que descubre hasta donde puede llegar la crueldad del ser humano, en una isla por la que se siente atraído por su naturaleza y la bondad de sus nativos. Descubrirá que una parte muy importante de esta historia son los "encomenderos", los beneficiados de la corona que otorgaba una cantidad de indios a un súbdito español como premio a los servicios prestados, en realidad se convertían en sus esclavos y vivían en unas condiciones terribles; pero pronto sabrá el pesquisidor que son los principales sospechosos, aunque no los únicos, de la masacre que se había cometido. 
       La novela mantiene las constantes de las tres novelas previas, un misterio en apariencia irresoluble y una espectacular recreación histórica, aventuras a las que en esta ocasión se suma una inusual historia de amor entre la cacique taína Higuemota y Rojas que quedará deslumbrado por la belleza de la nativa y de los conocimientos de su cultura ancestral, pero sobre todo de su mano conocerá los problemas de su pueblo que empieza a ser diezmado por los excesos de los castellanos. Además, una vez más se cuestiona la presencia española en la conquista, el autor no evita algunas cuestiones bastante escabrosas de la convivencia con los nativos, su relación con la Iglesia, las enfermedades que contraían los autóctonos, y la crónica de la violencia y de la crueldad de los primeros años de la conquista de América.
       La galería de personajes incluye, de nuevo, hombres y mujeres reales y de ficción, el más significativo, fray Bartolomé de las Casas, uno de los protagonistas que sabemos fue un fervoroso defensor de las Indias, el gobernador don Diego Colón, entre otros que conviven con los personajes inventados que García Jambrina completa, incluso recupera a su entrañable fray Antonio de Zamora, el herbolario amigo, o caracteriza a Enriquillo el cacique que protagonizará, según la novela, un levantamiento contra la corona muchos años después de que Rojas abandonara la isla y nunca más volviera para volver a vivir su amor junto a su amada Higuemota.
       La recreación de la vida en la isla de La Española y su afinidad histórica resultan deslumbrantes, tanto en su aspecto más selvático y salvaje ambiente como en la descripción de las calles de Santo Domingo, ciudad rodeada de vegetación y de peligros constantes y donde el lector, además, percibe los colores, los olores, los sonidos y la majestuosa visión donde se asentaba la ciudad en los márgenes del río Ozama y su puerto a donde llegaban los barcos desde España, que García Jambrina describe con todo detalle, como si asistiéramos a ese paraíso que en un principio se pensó eran Las Indias.







EL MANUSCRITO DE AIRE
Luis García Jambrina
Madrid, Espasa, 2019