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viernes, 30 de noviembre de 2018

Un manual de uso


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Para amantes de la literatura
Un manual de uso, Cierta distancia (2017)




       El último libro, Cierta distancia (2017), que publica Miguel Sanfeliu (Santa Cruz de Tenerife, 1962) es un texto de una asombrosa curiosidad para quienes, como el propio autor, construimos, buena parte de nuestra vida, basándonos en aquellas múltiples lecturas que a lo largo del tiempo han marcado los días de nuestra existencia, y sobre ellas hemos cimentado gran parte de nuestra educación sentimental. “Podría decirse que un escritor es alguien que contempla su propia vida desde cierta distancia”, señala el propio Sanfeliu, y esta es una acertada manera de resumir, en un par de líneas, su propósito textual con Cierta distancia. Así este “Manual de supervivencia” es, en esencia, eso mismo, una isla donde sobrevivir como amantes de la literatura, y Sanfeliu le otorga la importancia suficiente a lo largo de sus páginas, la justa y la necesaria con que desvelar de la manera más honesta sus años de aprendizaje, la desazón ante sus inquietudes técnicas, sus vacíos creativos, o esa devota dedicación a sus autores favoritos, incluso esa obligada condición de explicar el significado de la literatura en su vida, y ese sentimiento de culpa cuando no se enfrenta a un papel en blanco o a una pantalla de ordenador.
        Cierta distancia es un libro sobre la necesidad de contar, de un desafío propio: escribir, escribir, y escribir porque forma parte de una vida, y la razón última de no dejar de hacerlo. Un auténtico manual que, en unas muy aprovechadas páginas, se convierte en un atípico ensayo, tan ameno como interesante, culto por sus abundantes referencias literarias y acertados comentarios sobre autores y sus obras, notas con referencias a entrevistas y toda una curiosa lista de libros de escritores y escritoras de una amplia producción y que generaciones de lectores nacidos entre los 50 y los 60 tenemos como autores de cabecera.
       Como buen ejemplo de libro útil intenta ofrecer ese cierto sentido terapéutico que se le otorga a la escritura, de la soledad que conlleva, o del temor a hablar en público; y todo tras las muchas lecturas efectuadas a lo largo de un dispersa juventud, y de los libros de bolsillo que comprábamos donde se escondían muchos de los famosos escritores que después hemos ido conociendo. Y siempre esa necesidad de descubrir, de indagar, cuando iniciamos nuestra aventura literaria y nos planteábamos escribir entonces cuento o novela, practicar un método de trabajo, y la curiosidad de descubrir el ensayado por otros tantos escritores, y en definitiva dónde y cómo surge una narración. El marketing, el tremendo trabajo que viene después de publicar un libro, y el espectáculo que algunos escritores tienen que ofrecer para seguir estando en los medios, mantienen para poder seguir en las listas de más vendidos. Las redes sociales, porque si no estás, no existes, y las críticas destructivas, el pulso necesario para aceptar y aguantar las negativas, y aún más, la creación de polémicas que lleven a que se hable de uno y de su libro.
       La justificación última de este libro sería preguntarnos con Miguel Sanfeliu ¿por qué escribimos? Tal vez porque, como él, la nuestra se convierte en otra vida alternativa a la que llevamos, y en esa ficción nos contemplamos, sin duda, como nosotros mismos. En esa “cierta distancia” se alude a ese aislamiento que el escritor adopta respecto a sus semejantes e incluso de sí mismo, de una vida propia, como señala Sanfeliu, y de la realidad que pretende buscar desde otras perspectivas de esas numerosas cosas que nos acompañan a diario, cuestionarlas de una forma constante, y por supuesto, en el mejor de los casos, reinventarlas. Y como “Manual de supervivencia” se convierte, de una forma amena y placentera, en un documento útil, no solo para “enfermos de la literatura”, sino también para quienes tienen la literatura como centro de otra vida, o quizá una alternativa más o menos válida para sobrevivir.






Cierta distancia
Manual de supervivencia para amantes de la literatura
Miguel Sanfeliu
Madrid, Silex, 2017.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Hoy invito a…


Carlos Clementson

        




         Bajo el título de Neorrurales (Antología de poetas de campo), el colaborador de estas páginas Pedro M. Domene acaba de publicar en la colección Berenice, de Editorial Almuzara, una original selección poética bajo la temática del amor, pero del amor vivido y sufrido por la Naturaleza y el agro. Hasta el día de hoy, al menos que sepamos, nadie había hecho una selección así de rigurosa, enjundiosa y genuina, de voces poéticas atadas al mundo agrario. Es por tanto algo insólito en nuestro país. El libro, además, goza de una magistral portada: un curioso grabado de antigua maquinaria agrícola que aún le da al volumen más empaque, sentido y solidez.
       De entrada, la antología estudia con penetración y selecciona críticamente la obra de ocho poetas españoles que, en esta época en que la cultura ambiente se decanta del lado de lo urbano y la gran ciudad, apuestan por la vivencia profunda y real, experiencial, del campo y de las labores agrarias, por los trabajos y los días de una vida dedicada no solo a la contemplación, sino también al sufrimiento y el esfuerzo secular de la agricultura, y a la lucha por el tiempo de una cultura rural tradicional y casi arcaica en varios de ellos, como son los casos de los dos poetas mayores antologados: Alejandro López Andrada y Fermín Herrero, cuyas obras poéticas, premiadas en todo el país, siempre estuvieron absolutamente ceñidas, desde su inicio, a ese mundo rural que otros tanto detestan. El primero ha universalizado a través de sus versos la comarca de Los Pedroches, al norte de Córdoba; el segundo lo ha hecho con su lugar natal, la comarca de Tierras Altas, ubicada en Soria.
       Los poetas citados, por tanto, y los demás seleccionados en este volumen de poesía rural, dando la espalda a modas transitorias, contra la determinación de la impostura y el discurso cultural predominante en este mundo tecnocrático y posindustrial, apuestan por la agreste y ardua pureza del medio natural, por más que la poesía moderna en gran medida, desde el Londres de Lord Byron y el París de Baudelaire hasta el Nueva York de Lorca o José Hierro, haya hecho de la gran urbe y sus fantasmas una nueva y opresiva temática.
       Los ocho poetas seleccionados, pertenecientes a tres generaciones distintas, son Alejandro López Andrada, Fermín Herrero, Reinaldo Jiménez, Sergio Fernández Salvador, Josep M. Rodríguez, David Hernández Sevillano, Hasier Larretxea y Gonzalo Hermo. Y se caracterizan por vivir los paisajes y los campos, la madre y madrastra Naturaleza, desde la hondura y la personal experiencia del sentimiento y la cotidianeidad vivencial del agro y sus labores, también de sus sinsabores y amarguras. No se trata de poetas que canten el medio natural y la vida pastoril, o la excursión campestre del fin de semana, un medio natural más bien reelaborado o artificiosamente estilizado, desde lejos, como hiciera bucólicamente Teócrito, culturalmente nostálgico de una edad de oro desde el bullicio de las grandes ciudades de la magna Grecia, como Siracusa, sino que se enfrentan al medio rural desde la real y casi siempre dura vivencia del campo y sus oficios, con la verdad de sus vidas incardinadas a la gleba y a una ancestral sabiduría heredada que tanto hoy ignora un amplio público urbanita que se atreve a desdeñar una cultura rural que desconoce, el puro y duro temblor de un mundo campesino que nunca entenderán.
       Aun así, no debemos olvidar que España ha sido hasta hace bien poco, aunque algunos lo nieguen, un país y una cultura sustancialmente agrarios. Baste recordar los nombres de Unamuno o Machado, Leopoldo Panero o Luis Felipe Vivanco, Muñoz Rojas o Celso Emilio Ferreiro, y tantos otros nombres, entre los que no pueden faltar los cordobeses Ricardo Molina y Mario López, del que ahora conmemoramos su centenario. Pero España ha sufrido una gran transformación desde los días de nuestra infancia, y, como observa Pedro M. Domene, en estos poetas que él antologa, «se advierte el paso de grandes e inesperados cambios y, también, cómo algunas de las cosas vividas ya no existen: el variopinto ejercicio de los oficios y quehaceres de las gentes del campo que, de una manera paulatina, generación tras generación, nuestra sociedad ha visto extinguirse... Hoy sus nombres no son siquiera utilizados, ni se conocen porque las cosechadoras han reemplazado a las viejas herramientas y su uso».
       En cambio, estos poetas sí que los conocen y los han vivido desde la niñez, arraigados al terruño, a esos hondos paisajes telúricos que para algunos de ellos, como ocurre en el caso de Alejandro López Andrada, llevado de un intenso panteísmo lírico, se convierten en auténticos «paisajes del alma», por emplear la honda expresión unamuniana, paisajes, como observara Machado, a veces, «tan tristes que tienen alma». Ya lo dice el autor nacido en Los Pedroches nada más comenzar la poética que sirve como introducción a su obra seleccionada, donde apunta: «Escribir poesía para mí es reconectar con un mundo perdido, devastado (el mundo rural), que aún sigue existiendo y flotando en mi interior: árboles, nidos, corrales, huertos, norias, piedras, pájaros» (Pág. 22).
       De un modo también parecido lo expresa Fermín Herrero en la suya correspondiente: «La poesía y el campo son para mí sinónimos... He sido testigo de los estertores de una civilización, la campesina, aún casi sin malear en mi infancia, hecha de sosiego y lentitud» (Pág. 36).
       En cuanto a los otros poetas antologados, cada uno de ellos expresa en sus versos una visión personal y genuina de la Naturaleza. Lo vemos en Reinaldo Jiménez: «...En la alberca,/que custodia un legado/de bancales incultos, entre el lodo/resisten las aneas y las zarzamoras» (Pág. 62); en Sergio Fernández Salvador: «Las vegas, las robledas, los rastrojos/. Tu historia, tu paisaje...» (Pág. 76).
       Lo palpamos en los versos de Hernández Sevillano: «...Tan azul como un cielo de verano;/el hombre que cosecha ortigas y amapolas» (Pág. 105); también en los versos de Josep M. Rodríguez: «Crecen flores silvestres/en las vías de tren abandonadas» (Pág. 86), o en estos otros de Hasier Larretxea: «...Prometieron llegar hasta/el hayedo convertido en invierno» (Pág. 135). El lector hallará, por tanto -queda dicho-, en este volumen la poesía rural más singular y auténtica que, en los últimos años, se ha escrito en nuestro país.



REIVINDICACIÓN
       Hoy día, en estos tiempos en los que predomina una avasalladora y, a veces, árida y embrutecedora cultura urbana, así como una mayoritaria poesía del mismo signo, esta otra rural, tan oxigenada, tan honda y entrañada, como la de Fermín Herrero, con un vocabulario tan castizo y auténtico, o la de los maestros Antonio Colinas y Julio Llamazares, con su infantil recuerdo de «la lentitud de los bueyes», «sigue siendo observada con cierto recelo, con un indisimulado desdén, por parte de la crítica especializada, y, sobre todo, por un gran número de lectores». A pesar de todo, aunque a contracorriente, estos sabios poetas, libres de ataduras, «escriben desde esa amplia perspectiva que les proporciona el campo y sus más palpitantes vivencias y recuerdos, dejando constancia de su amor por los caminos polvorientos, los barrancos y las veras, la visión de los jaramagos y el canto de los abejarucos... Recrean aquellas cosas singulares, captan su misterio, las comprenden y las hacen suyas; son, en definitiva, eso, las cosas esenciales del campo». Una poesía en la que «tierra y espíritu», por emplear un significativo título de Ricardo Molina, se concilian en la raigal vivencia de una tierra y unos horizontes que forman parte ya consubstancial e inmarcesible de estos poetas que, siendo aún hombres de su tiempo, pertenecen también al de una profunda cultura ancestral que en ellos se perpetua y embellece vital y literariamente.

Neorrurales (Antología de poetas de campo). Varios autores. Edición de Pedro M. Domene. Editorial: Berenice. Córdoba, 2018.


miércoles, 28 de noviembre de 2018

Una novela corta de Francisco Villaespesa


LA MARCHA DE LAS ANTORCHAS

IX

       En las horas de íntimo recogimiento, en esas horas de suavidad y de encanto, en las cuales mi cámara de poeta se viste de fiesta y se engalana con las flores más ri­cas del ensueño, para recibir dignamente a la ilusión fastuosa y alucinante de tu recuerdo, con el fervor de un lapidario anti­guo, he cincelado estas joyas nupciales, ca­paces, por la pureza de su oro y la maravillosa claridad de sus gemas, de acompañar las danzas de Belkis, la amada morena de Salomón.
       Mientras humean en los pebeteros de pla­ta las fragantes y perversas lujurias del Oriente, y la crueldad divina del Amor so­lloza en las guzlas y suspira en las flau­tas, yo he realizado el milagro de trasmu­tar todas las ansias de mi cuerpo y todas los anhelos de mi alma en fabulosas flora­ciones de rubíes, esmeraldas, zafiros, amatistas, topacios y crisoberilos, para bordar de refulgentes constelaciones la quimera zodia­cal de tu manto.


       Al sentir sobre tu piel de nardo, sensi­bilizada hasta la hiperestesia por el deseo exasperado, la mordedura fría y corrosiva de las joyas, y en tus brazos, en tu cuello y en tus muslos, el serpentear metálico y sonoro de los brazaletes, los collares y las ajorcas, piensa que son mis labios, mis dientes y mis brazos —toda mi carne y todo mi espíritu— que se enroscan en ti, y te besan y te opri­men y te muerden, en la lujuria infinita de este amor que tiene la destructora voraci­dad de las llamas.
       En un rico cofrecillo de sándalo con ara­bescos de marfil y nácar, un esclavo nubio, desnudo y bello como una estatua de ba­salto, custodia —hasta tu alcázar de leyen­da— sobre un dromedario, el presente que mi amor te envía desde las más remotas Arabias del ensueño.
       Cuando en la soledad gris y monótona de tu prisión hiles en la rueca de la esperanza el lino de tus quimeras, y en tus labios, se­dientos de besos, florezcan las divinas estro­fas de la balada germánica:      
               Hubo en Thule cierto rey
               que a su amada fue constante
               hasta el día en que murió.. .

       El relampaguear insólito de estas joyas te hará palidecer de rubor, y llevarte, de sú­bito, las manos a la castidad de los senos, cual si de repente te sorprendiesen desnuda, en la transparencia del baño, las miradas violadoras y voraces de todos los sátiros del Deseo...
       Y las dulces y suaves notas de la balada se romperán en tus labios en un temblor de besos y en una agonía interminable de sus­piros.


martes, 27 de noviembre de 2018

Javier Morales


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Animales inocentes


Javier Morales reivindica otra mirada hacia el mundo animal y publica en Silex, El día que dejé de comer animales. 

      


       Javier Morales (Plasencia, 1968) consigue con El día que dejé de comer animales (Silex, 2017) un excelente ejercicio narrativo, que se convierte en una profunda reflexión personal a través de las lecturas y escritores de referencia que el autor irá señalando en su texto, y que convierte a la obra en una pequeña joya literaria, con un menos no menos acertado y agudo razonamiento crítico. Es un libro breve, pero de una considerable intensidad, de un ritmo vivo y de ágil lectura. Según lo expuesto, bien podría tratarse de una mezcla de géneros, de esa intertextualidad que asegura una convivencia de géneros como el ensayo, el reportaje de investigación, la propia ficción, y en este caso un auténtico desnudo autobiográfico. Página a página, el autor consigue que nos interesemos por un tema como el derecho de los animales, y al mismo tiempo comparte con nosotros una conferencia del Nobel J. M. Coetzee en Madrid, o conversa con filósofos que son activistas como Jorge Riechman y Óscar Horta; con periodistas ambientales como Amaya Aiaín, o con la fundadora de El Caballo de Nietzsche, Ruth Toledano, entre otros muchos personajes que protagonizan algunos de los episodios/ relatos con tesis que contiene El día que dejé de comer animales.
          Javier Morales no intenta, en ningún momento, que el objetivo principal de El día que dejé de comer animales sea que debamos o podamos hacernos vegetarianos, sino despertar nuestras conciencias e implicarnos, como lectores, en esa auténtica cruzada que supone impedir el sacrificio de millones de animales en el mundo. En realidad, conocer a través de la mirada de otros cómo es la vida y la muerte de estos seres y qué impacto produce en el medioambiente y en nuestra salud la polémica cuestión de la ganadería industrial.
       “Un buen libro, afirma Morales, leído en el momento oportuno, no solo puede llegar a transformarnos, como pedía Borges, sino que puede cambiar una vida, humana o no, incluso salvarla”.
          El día que dejé de comer animales muestra y señala ese compromiso que se debe despertar en la conciencia tanto individual como colectiva, y contribuye a ese conocimiento inherente humano que se convierte en un hermoso canto a la empatía hacia todos los seres vivos que pueblan la tierra, y una puerta abierta a la esperanza, a la justa recompensa de todos y cada uno de los hombres que luchan cada día contra el dolor y sufrimiento, y/ o en defensa de los animales.







El día que dejé de comer animales
Javier Morales
Madrid, Silex Ediciones, 2017

domingo, 25 de noviembre de 2018

Domingo de poesía.


       El poeta almeriense, José Antonio Sáez, nos invita con una voz lírica personal, a sumergirnos en la profundidad de unos pensamientos cuya prosa poética insta a una búsqueda personal.
       En la otra ladera (CatorceBis, 2018) es su último poemario, un libro sobre la indagación espiritual del ser humano, o la indagación en la propicia conciencia.



II
       Si naufraga el corazón, id por él tras el sembrado de los abedules y envolvedlo en las vendas de un sudario. Revestidlo con la cal del lienzo que hace holgadas las formas de quien late al unísono de un vals acompasado. Si languidece el corazón, abandonadlo en una playa donde vengan a beber, voraces, los pájaros oscuros del abismo. Haced con él una ofrenda a los dioses de la melancolía, regaladlo a las meretrices y a los huérfanos de ojos extraviados que pasan arrastrando su tristeza por las calles del mundo. Si veis que muere, acomodadlo en un lecho de luciérnagas y hacedlo reposar sobre la almohada donde vienen a extinguirse los amantes.


III   

Recogía las cenizas esparcidas donde hubo latido el amor. Las acunaba en las cuencas de sus manos ajadas y las apretó contra su corazón herido por el devenir de los días. Amasaba con sus lágrimas el barro gris que ahora tizna su rostro. No encontró con quién compartir su dolor. Se hizo al silencio y penetró en el umbral oscuro donde sólo la noche acoge a sus sicarios. Dormía con los puños apretados para que no se disiparan en la niebla los últimos restos del amor cumplido.




V

       Llevaba en sus ojos la tristeza del visionario y en sus manos la impotencia de quien no podía hacer nada para impedir el cataclismo, que advertía seguro. En su Oración del Huerto, sólo le confortaba la inconsciencia de la mayoría en su destino. Y en el ocaso de la civilización, se dispuso sin éxito a atesorar en su alma toda la belleza del mundo para intentar salvarla.

sábado, 24 de noviembre de 2018

Caricaturas


Homenaje...

Sabías que...





     "Recuerda: Antes de discutir, respira; antes de hablar, escucha; antes de escribir, piensa; antes de herir, siente; antes de rendirte, intenta; antes de morir, VIVE".
                                                    W. Shakespeare

viernes, 23 de noviembre de 2018

Novela corta de Francisco Villaespesa


BREVIARIO DE AMOR

                                            Ofrenda

       No para tus pobres oídos mortales, sino para que las escuches con lo más íntimo y puro de tu alma, escribo estas palabras incoherentes; pala­bras sueltas, como notas dispersas de una canción perdida en los vientos, como perlas desengarzadas de un collar roto por las manos displicentes del tedio en los momentos más áridos de la vida.
       Tuyas son. Solo tú puedes reunirías de nuevo en un ramillete de emoción y de armonía. Sólo tú puedes volver a engarzarlas en los hilos de oro de este rosario sentimental.
       Tú sabrás comprenderlas y sentirlas, porque el dolor y la nostalgia han sensibilizado tanto tus oídos, que puedes no sólo escuchar, sino interpre­tar el silencio.
       Desde las ruinas de mi corazón van al tuyo, sangrando en un vuelo candido, de palomas he­ridas...
       ¡Manos de piedad y de consuelo, de paz y de salud, sed propicias a estas líricas palomas mori­bundas! ¡Dadles un poco de calor sobre su seno y un poco de eternidad en sus labios!...
       Y si después, las soltáis, para que vuelen a mo­rir en la soledad gris de sus desiertos, su agonía será menos dolorosa, habiendo sentido el calor de su seno y la ternura infinita de sus labios.
          Amada de ayer, de hoy y de mañana, de la Santísima Trinidad del Tiempo, que en tu cámara vasta y fría, te deshojas de soledad y de abandono, como una flor enferma bajo las primeras lluvias del otoño, contemplando la inutilidad frágil y bella de tus manos trasparecer a la luz melancólica de los góticos vidrios emplomados... Un paje enlu­tado se curva ante tu trono y deposita sobre tu falda, como un tesoro, este pequeño libro miniado y florido de sangre y alma, y después, se retira silencioso y pálido, desvaneciéndose detrás de los cortinajes, como la sombra de quien no ha de vol­ver nunca.
       No le preguntes, no le detengas; no inquieras ni a dónde va, ni de dónde viene, ni quién te envía este libro...
       Abre sus páginas, y en tus horas de soledad y de abandono, derrama sobre ellas una lágrima, una sola lágrima de misericordia por el que nunca ha de volver.







jueves, 22 de noviembre de 2018

Miguel A. Zapata


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LA ARQUITECTURA NARRATIVA PERFECTA DE MIGUEL A. ZAPATA

        La editorial Baile del Sol publica la última novela del granadino, Miguel A. Zapata, Arquitectura secreta de las ruinas (2018) concebida como un auténtico rompecabezas.



        Miguel A. Zapata (Granada, 1974) sostiene que la literatura no propone fórmulas mágicas contra cualquier provocación, caso de un desahucio o un despido improcedente, ni en contra de todo lo relativo a los hechos que son fundamento o cimientos de nuestra sociedad y/o las consideraciones en torno a la crisis actual desde un punto de vista moral; tal vez porque para el narrador Zapata el hombre se ha convertido en un producto artificial que se pierde en algún punto inconcreto entre sus deseos y las limitaciones que le impone su realidad social, económica y cultural, y es así como el concepto literario del narrador granadino se sostiene porque insiste en escribir una crónica pormenorizada de los males y obsesiones contemporáneas en clave grotesca: el deseo insatisfecho y la necesidad de proyectarse en un logro colectivo que supere la pequeñez de nuestras existencias, e incluye la búsqueda incesante de un grial que justifique nuestros días. En realidad, somos productos de una realidad cultural persistente y, en muchos casos, azarosa y, quizá por eso, Zapata pretende desarticular los modos infamantes de lo real mediante ese aire humorístico, grotesco, o incluso surrealista que raya en lo esperpéntico de sus textos, y nunca los utiliza como un recurso que implica una finalidad en sí misma sino como un medio para trazar un fresco del hombre del siglo XXI.
        Su literatura hasta el momento ha producido una calculada obra de volúmenes de cuentos Ternuras interrumpidas. Fabulario casi naif (2003) y Esquina inferior del cuadro (2012) y los libros de microrrelatos Baúl de prodigios (2007) y Revelaciones y Magias (2009). Ha sido incluido en algunas de las más relevantes antologías y compilaciones del género: Cuento español actual 1992-2012 (Cátedra, 2014), Antología del microrrelato español 1906-2011 (Cátedra, 2012), Mar de pirañas. Los nuevos nombres del microrrelato español (Menoscuarto, 2012). Su novela anterior, Las manos (Candaya, 2014) se convertía en una crónica pormenorizada de los males y obsesiones contemporáneas en clave grotesca, y conviene subrayar que el narrador considera la novela más divertida por sus tramas, subtramas, preparación minuciosa de personajes, y de una absoluta libertad constructiva, frente al cuento un auténtico sacrificio que exige el círculo perfecto. Y vuelve de nuevo a la novela con Arquitectura secreta de las ruinas (2018), un texto de argumento aparentemente sencillo: en un edificio, en el número 3, de la calle Garibaldi aparece de repente una grieta, aunque a medida que el lector sigue leyendo averigua que la grieta ya estaba ahí, llevaba algún tiempo sin que ningún vecino la hubiera descubierto, y el narrador quiere dejar constancia que desde las primeras páginas se hace aún más visible, y a partir de ese instante comenzaremos a ver cómo esa fisura afectará a la comunidad de vecinos, en la crónica de un escalonado orden de pisos y plantas que esboza y deja constancia de las vivencias del interior del edificio. La grieta física irá deteriorando la estructura del inmueble, y será entonces cuando afloran los típicos reproches humanos, las culpas entre vecinos, o las responsabilidades en general, aunque sobre todo se subraya la típica ineficacia y la posterior desidia propia de la Administración que, como es habitual, siempre devuelve la responsabilidad final a los vecinos.
       
Una arquitectura no secreta
        La novela no tendría mayor aliciente y trascendencia si Zapata no hubiera explorado en un acertado recorrido, junto a esa rotura física, esa otra emocional y vital que empieza a descubrirse en algunos de los personajes que conforman la vida cotidiana en el inmueble que se convierte en una novela coral, como si el narrador sustentara el peso de la narración mostrando en esas grietas que pronto descubrimos en la pareja, en la familia, en la soledad del individuo, o mejor aún de la ficción en general; y todo en el amplio marco que le otorga el género al autor o, en una modesta interpretación, la radiografía de esa sociedad en la que nos obligan a sumergirnos. Y esa grieta, que crece y se amplia, dejará al descubierto la singularizada visión de una pareja sin hijos y sin futuro, Marga y Jaime, capaces de oír llorar a un niño por las noches, del argentino Maldini que ejerce de tal como único modo para ser aceptado en la comunidad, a Bastida que arrastra una culpa constante y nos sorprende su relación con Berta, la lolita del inmueble, de la vieja cotilla Téllez, o el pretencioso Mauro, presidente de la comunidad, y finalmente el triunfador hombre de cemento, Alejandro Herreros. Y en ese afán por ejercer cada uno su papel, observamos cómo se desmorona el mundo interior de esta arquitectura secreta, y solo así somos conscientes de reconocer los síntomas que han provocado esta convivencia, aunque como en muchos caso no somos capaces de hace nada por evitarlos.
        Arquitectura secreta de las ruinas está concebida como un auténtico rompecabezas, el narrador dispone las piezas, las va colocando y a medida que pasamos sus páginas, vamos descubriendo esa imagen que proyecta el edificio completo y, una vez fijada la imagen, nos enteramos realmente de cuanto ocurre en el interior de las viviendas; entonces comprendemos que se trata de un ejercicio impresionante de arquitectura literaria porque Zapata superpone varios planos temporales y relaciona las distintas tramas que protagonizan los personajes que irá entrelazando en una orquestada estructura por plantas y características humanas hasta llegar a ese secreto que se nos desvela al final, porque como se trata de puzzle todas las piezas acaban encajando. En esta novela se empieza en el nivel 0, y se termina en el mismo 0; en medio, a izquierda y a derecha, la vida de unos personajes, de una comunidad, o tal vez una metáfora más de la triste, angustiada y violenta sociedad que en ocasiones estamos obligados a vivir.
        Técnicamente, Zapata utiliza una tercera persona con una amplia visión que se diversifica en sus personajes, porque abundan, los identificamos y el narrador mantiene una perspectiva, una calculada distancia aunque está muy presente en la obra, interviene con oportunas reflexiones, y en no pocas ocasiones consigue aportar las acotaciones necesarias para terminar de configurar las escenas que ofrecen una mayor visión de lo narrado, solo entonces el narrador consigue tener el control de toda la historia de una solidez narrativa encomiable, fruto de ese elaborado proceso a que nos tiene acostumbrados Miguel A. Zapata tanto en sus propuestas breves, en sus micros o el proceso narrativo extenso que iniciara con Las manos y que ahora vemos reforzado en Arquitectura secreta de las ruinas provocándonos para que con sus personajes compartamos la atmósfera de aquellas fuerzas cotidianas que nos obligan a diario a dejar constancia de nuestra inequívoca fragilidad.


                            ARQUITECTURA SECRETA DE LAS RUINAS
                                            Miguel A. Zapata
                                     Madrid, Baile del Sol, 2018

                        


miércoles, 21 de noviembre de 2018

Ocho poetas de campo, 2

Neorrurales





      Josep M. Rodríguez nace en Súria, Barcelona, en 1976. Es autor de los libros de poemas Las deudas del viajero (Dama Ginebra, 1998), Frío (Pre-Textos, 2002), La caja negra (Pre-Textos, 2004), Raíz (Visor, 2008), Arquitectura yo (Visor, 2012), por los que ha obtenido, entre otros, el “Premio de Poesía Emilio Prados”, el “Premio de Poesía Emilio Alarcos” y el “Premio de Poesía Generación del 27”. Una trayectoria que recoge la antología Ecosistema (Pre-Textos, 2015). Parte de su obra ha sido traducida a más de una docena de idiomas. Ha publicado también el ensayo “Hana” o la flor del cerezo (Pre-Textos, 2007) y las antologías Yo es otro. Autorretratos de la nueva poesía (DVD, 2001) y Alfileres. El haiku en la poesía española última (4 estaciones, 2004). De su labor como traductor destaca Poemas de madurez (colección Cosmopoética, 2004), de Kobayashi Issa. En 2016, la revista Fragmenta dedicó un número monográfico al conjunto de su obra y la Universidad Autónoma de Madrid organizó un encuentro sobre su poesía. Su último libro se titula Sangre seca (Hiperión, 2017), “Premio de Poesía Ciudad de Córdoba Ricardo Molina”.



       David Hernández Sevillano
Nace en Segovia con el frío y la nieve del 13 de enero de 1977. Allí pasaría su infancia y juventud. Estudió en el INEF de Madrid.
Desde el año 2005 vive en Vegafría, un pequeño pueblo de verdes praderas, situado al norte de la provincia de Segovia, donde compagina creación literaria con su actividad en el mundo del turismo rural.
Hasta la fecha ha publicado los siguientes poemarios: El arcón de los títeres (Valladolid, Difácil, 2018); Lo que tu nombre tiene de aventura (Madrid, Hiperión, 2017) Premio Valencia 2017; Para bajar al mundo (Segovia, Ediciones Derviche, 2016);  El punto K  (Ourense, Eurisaces editora, 2014); Anonimario (Madrid, Hiperión, 2012); El peso que nos une (Madrid, Hiperión, 2010) XXV Premio de Poesía Hiperión; Razones de más (Madrid, Devenir, 2009) Premio Nacional de Poesía Miguel Hernández 2009 (Fundación Cultural Miguel Hernández).
       También es autor del álbum infantil ilustrado De boca en boca y tiro porque me toca (Salamanca, La Guarida, 2018).





       Hasier Larretxea nació en Arraioz, pueblo del valle de Baztan, Navarra, en 1982. Hace años que vive en Madrid. En 2018 ha publicado su primer libro de narrativa en castellano, El lenguaje de los bosques (Espasa) con ilustraciones de Zuri Negrín y fotografías de Paola Lozano. Ha publicado además los poemarios Meridianos de tierra (Harpo Libros, 2017), De un nuevo paisaje (Stendhal Books, 2016), Niebla fronteriza (El Gaviero, 2015; reeditado por Harpo Libros, 2018), Atakak (Alberdania, 2011), su traducción al castellano Barreras (La Garúa, 2013) y Azken bala / La última bala (Point de Lunettes, 2008). Completan su obra el libro de narrativa Larremotzetik (Erein, 2014) y su participación en el proyecto Te cuento con la historia de Pulgarcito acompañando las imágenes del fotoperiodista Clemente Bernad (Alkibla, 2015). Junto a Zuri Negrín formó parte de Hazu Studio, donde escribió una frase cada día del año 2014 para el proyecto Un póster al día.
Ha colaborado con el músico Leo Minax en la composición de la letra de la canción Ladudada (Lo que no estaba escrito, Aulanalua Records, 2015).




       Gonzalo Hermo (Rianxo, Galicia, 1987).
       Licenciado en Filología Gallega y doctor en Lingüística por la Universidad de Santiago de Compostela, actualmente es profesor asociado de la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha ejercido la crítica literaria, la traducción de poesía y participado en numerosos festivales de ámbito nacional e internacional, entre ellos los de Barcelona, Córdoba (Argentina) y Ottawa (Canadá). Autor de Crac (2011), su poesía ha sido trasladada a formato audiovisual por el director de cine Lázaro Louzao. Con Celebración, publicado en gallego en 2014 por Apiario y traducido al castellano (La Bella Varsovia, 2017) y al catalán (Godall Edicions, 2016), obtuvo el premio de la Asociación Española de Críticos Literarios y el Premio Nacional de Literatura en la modalidad de Poesía Joven «Miguel Hernández». Es miembro fundador de la editorial, librería y espacio de creación Chan da Pólvora, con sede en Santiago de Compostela.






martes, 20 de noviembre de 2018

Ocho poetas de campo, 1


Neorrurales



       Alejandro López Andrada (Villanueva del Duque -Córdoba-, 1957) comenzó a escribir muy joven y, hasta el momento, ha dado a la luz poemarios como: “El Valle de los Tristes” (1985),  “El rumor de los chopos” (1996), “La tierra en sombra” (2008), “Las voces derrotadas” (2010) y “Los ángulos del cielo” (2014); habiendo recibido premios como  el Hispanoamericano Rafael Alberti, el Nacional San Juan de la Cruz, el José Hierro, el Ciudad de Salamanca o el Andalucía de la Crítica.  Por otro lado ha publicado diez novelas; una de ellas, “El libro de las aguas” (2007), fue adaptada al cine por Antonio Giménez Rico, y la más reciente, “Los perros de la eternidad” (2016), obtuvo el Premio Jaén de Novela. Su poesía desreunida “El horizonte hundido” (2017) vio la luz en la editorial Hiperión. Su último libro de versos es “El musgo y las campanas” (2018).







Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria 1963). Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza. Agricultor por vocación y agregado de enseñanzas medias por necesidad.

Premio de las Letras de Castilla y León 2014 y de la Crítica de la Comunidad por su libro La gratitud, galardonado previamente con el ‘Gil de Biedma’. El núcleo de su obra se ha publicado en la editorial madrileña Hiperión: El tiempo de los usureros, Un lugar habitable, Tierras altas, Echarse al monte, Tempero y Sin ir más lejos, que obtuvo el premio ‘Jaén’ y con posterioridad el Nacional de la Crítica. El resto de su obra editada, por orden de aparición, está compuesto por: Anagnórisis,  Paralaje, La lengua de las campanas, Endechas del consuelo, De la letra menuda, De atardecida, cielos, Furtivo de los días, Inmediaciones, Por la tierra oscura y el reciente Fuera de encuadre.
Una amplia selección de sus poemas, que han aparecido en varias de las antologías representativas de la lírica española actual, se encuentra en Lastre. Ha colaborado en revistas literarias y de pensamiento como “Archipiélago”, “El Ciervo” o “Turia” y actualmente lo hace en “La sombra del ciprés”, el suplemento de cultura de “El Norte de Castilla”.





      
Reinaldo Jiménez nació en 1969 en una pequeña aldea de La Herradura llamada El Cerval, en Almuñécar, Granada.
Ha publicado los libros de poemas O la sien sobre el lodo (Lorca, 2000), Al paso volador de las perdices (VII Premio de Poesía Enma Egea, Cartagena, 2001), Paisajes sobre el agua (VII Premio Tardor de Poesía de Castellón, 2002), El vuelo único (X Premio de Poesía Alegría de Santander, 2006), Habitarás la casa (XIX edición del Premio Bienal de Poesía Provincia de León, 2012) y De la mano (XXI Premio de Poesía Antonio Machado en Baeza, 2017).
Maestro de profesión, parte de su quehacer literario está dedicado a los niños. Tiene editados los libros de poesía infantil Poecuentos (Málaga, 2003) y Operación Bellota (Valencia, 2008); y de teatro La Bella no Durmiente (Valencia, 2005), La manzana (Valencia, 2006) y, junto con Juan Ramón Barat,  Más vale títere en mano (Valencia, 2004).




       
20 LÍNEAS Y UNOS RIPIOS

       Me piden que cuente mi vida y obra en 20 líneas, y veo que me sobran 18. Malo del poeta que va con el curriculum por delante, ese selfie en que la propia figura tapa lo que debería estar en primer plano. Siempre leí con un punto de estupor las solapas que se recrean en congresos, premios y otras bagatelas. Se ha dicho muchas veces, y estoy de acuerdo, que la única biografía que cumple a un poeta son sus poemas. A quien lea los que aquí ofrezco poco puede interesar mi peripecia más allá de los cuatro datos que ayuden a enfocarlos: que nací en León hace 43 años, que desde los 20 vivo en Valladolid,

                              donde pierdo la vida enseñando la flauta
                      (no me busque corito el rijoso internauta)
                      en un conservatorio, donde apenas conservo
                      el empuje inicial. Aún digo más: me enervo

con menos cada vez, y ya me canso y continúo en prosa fatigosa añadiendo que he escrito tres libros de poemas titulados Quietud, Lo breve eterno e Hilo de nada, y otro de prosa miscelánea, o más o menos, Mitos y flautas.
       Pero acaso sería más revelador señalar que lo mejor de mi infancia lo pasé bajando a la carrera pedreros en Picos de Europa o metiendo el palo con la sardina en la playa de Borizo, atento al tirón del pulpo o a los pellizcos de las nécoras. Cuento y… ¡bingo!, 20 líneas (y sobran 18).