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domingo, 30 de noviembre de 2014

Hoy tomo café con…



David Torres

      “Vivimos en la política-ficción desde hace mucho y cualquier día vamos a despertar y darnos un batacazo tremendo”.



        David Torres (Madrid, 1966) es escritor, profesor y columnista y hoy un referente de la novela negra española. Premio Dashiel Hammett por su novela, Niños de tiza (2008), un libro que recupera para la literatura un escenario cercano pero apenas utilizado: el de quienes crecieron en los años finales de la dictadura en los barrios periféricos, entre traficantes de heroína, curas rojos, madres abnegadas y bandas callejeras, y Tigre Juan por El gran silencio (2003). Con El mar en ruinas (2005) intentó recrear una ambiciosa continuación de la Odisea, de la que Ángel Basanta escribía,  “lo mejor de la novela está en su tono y estilo por su acertada combinación de gravedad, humor y desmitificación”. En 2011 obtuvo el premio Logroño de Novela por Punto de fisión y su novela última se titula, Todos los buenos soldados (2014). Viajero incansable ha publicado, La sangre y el ámbar (2006) y las colecciones de relatos, Donde no irán los navegantes (1999), Cuidado con el perro (2002), y ahora, Dos toneladas de pasado (Sloper, 2014), nueve cuentos y una novela corta.

        ¿Corren buenos tiempos para hablar de fracaso, de abatimiento y de dolor?
        La verdad es que sí, para qué vamos a engañarnos. 

        Se lo pregunto porque en Dos toneladas de pasado (2014), que reúne sus relatos de los últimos años, se constata una plural desazón humana.
       Siempre son malos tiempos, que decía Borges, pero en estos últimos estamos asistiendo a la demolición del estado del bienestar y a la hedionda dictadura del dinero. 

        Usted es un novelista de fondo, de certero y concreto recorrido, en una variada narrativa extensa hasta hoy, ¿el cuento le proporciona un soplo de aire fresco?
       Es otra distancia, no tiene nada que ver. Escribir un cuento puede ser tan agotador y gratificante, en ocasiones, como acabar una novela. Pero generalmente la diferencia es la misma, imagino, que entre correr una media distancia y correr un maratón. 

        En su novela, Niños de tiza (2008), su personaje se mueve entre la sordidez de un pasado y un presente mejorable, al tiempo que deja constancia de la dureza de un ambiente que tal vez se quiere corregir, ¿se escribe esta novela para redimir a Roberto Esteban, o tal vez a toda una época?
       No creo que pretendiera redimir ni mejorar nada. Intenté reflejar lo que vi y lo que viví en mi infancia, dejar constancia de un tiempo y una sociedad y del lugar que ocupábamos en ella. 

        Años después, Punto de fisión (2011) ofrece una realidad que procede de la ciencia ficción, ¿vivimos hoy en día víctimas de una auténtica ficción, o estamos más necesitados que nunca de ella?
       Ojalá fuera ciencia-ficción. Vivimos en la política-ficción desde hace mucho y cualquier día vamos a despertar y darnos un batacazo tremendo. En Punto de fisión (de donde tomé el nombre de mi blog en Público) la monstruosidad surgía de Chernobyl, el mayor accidente provocado por la mano del hombre. 

        No es la primera vez que publica relatos, ¿qué opina de este género tan denostado literariamente?
       Es el género narrativo por excelencia, lo que cuenta alguien a la luz de una hoguera es un cuento, no una novela. La novela moderna nace en la picaresca y en el Quijote pero el cuento viene de muy atrás, de las cavernas. Los mejores cuentistas (Poe, Chejov, Cortázar, Cheever) tienen el mismo pulso que los narradores anónimos y los creadores de leyendas.

        Volviendo a Dos toneladas de pasado usted mueve a sus personajes por distintos espacios geográficos, ¿da igual por donde se mueva nuestra desordenada especie?
        No creo. Cada historia pide un lugar y cada personaje se mueve según sus circunstancias. No es lo mismo vivir en la ciudad de Londres, como el poeta Paul Taylor, que en la selva brasileña, como la fotógrafa Claire Asthon-Jones.



        La variedad se imponía en esta colección, o tal vez ¿ese coraje y la rebelión de los personajes le sirve de hilo conductor a todas sus historias?
       Los cuentos fueron escritos a lo largo de mucho tiempo, casi quince años. Al montarlos en un libro, casi sin querer, se fue armando una estructura que yo no había sospechado, como si ellos mismos buscaran sus líneas de fuerza.

        La actualidad prima en un relato como “Rey de Ítaca”, ¿siempre hay una verdad escondida en sus historias?
       Decía Dalí en un consejo a los pintores jóvenes que no intentaran ser modernos, que era lo único que no podrían dejar de ser. “Rey de Itaca” cuenta, en clave homérica, la historia de esa multitudinaria estafa que hemos convenido en llamar crisis. También podía haber contado la historia de Robin Hood al revés: los ricos robando a los pobres. 

        Y lo mismo podemos decir del falso torero; ¿es su visión particular del mundo del toreo?
       No creo que Pepe el Puñales sea un falso torero, al contrario, es un hombre que lleva hasta el límite una pasión; poco importa que esa pasión no le corresponda. El mundo del toreo es sólo un escenario, Pepe lo mismo podía haber sido un pintor, un escritor, un fotógrafo, alguien entregado por completo a un arte que lo desdeña. 

        Enjundiosa y “casi” una novela, “El último concierto de Toño Balandros”, ¿lo mismo nos cabe imaginar así el mundo de la música tan gratificante como injusta?
       El relato, en realidad una novela corta, está basado en una anécdota real que me contaron sobre el concierto de un músico español en Colombia, en la finca de un narco emparentado con la familia Escobar. Ocurre lo mismo que con el toreo: el mundo de la música es un símbolo de las miserias e injusticias de cualquier tinglado artístico. 

        Usted se convierte en el fiscal de una realidad, ¿escribe sus cuentos para no moverse solo frente a ese fracaso? 
       Los escribo porque alguien tiene que hacerlo, son historias que me obsesionan y que al final tengo que expresar porque si no, nadie lo haría. 

        ¿Es usted finalmente, un escritor obsesivo, que lucha con su literatura para no salir derrotado?
        La derrota está siempre ahí, al final, incluso para los vencedores. No creo en esa falsa dicotomía del éxito y la derrota. Creo que todos somos fracasados, que sólo podemos fracasar y que a un escritor, como decía Faulkner, hay que medirlo por su capacidad de fracaso. Por eso mismo es tan estimulante. 

        Leyendo Dos toneladas de pasado, ¿presupone usted que la literatura es algo que siempre hay que ir más allá, pero le pregunto, ¿más allá de qué?
      De la literatura precisamente. Es difícil de explicar, pero si se tratara sólo de escribir bien y de decir algo, no habría mucho que decir. Hay que escribir no porque quieras sino porque no tienes más remedio. Escribir no de lo que sabes sino de lo que desconoces. Lo demás son cuentos. 


sábado, 29 de noviembre de 2014

Día de las



…Librerías






                         "Libros, caminos y días dan al hombre sabiduría".
                                                                    Proverbio árabe

viernes, 28 de noviembre de 2014

TRAVESÍAS



DALLAS



         Dallas es la capital del estado de Texas que hace cincuenta años tuvo la mala suerte del convertirse en el escenario del asesinato del trigésimo quinto presidente John F. Kennedy, ocurrido el 22 de noviembre de 1963, mientras realizaba una visita de carácter político a la ciudad. Cuando la comitiva presidencial circulaba en una limusina descubierta por la calle Elm, a su paso por Dealey Plaza, sobre las 12:30, el joven estadista recibía dos impactos de bala, uno le perforó la espalda, y el segundo le alcanzó en la cabeza, ocasionándole la muerte media hora más tarde. Su asesino detenido poco después del atentado, fue identificado como Lee Harvey Olwald.

        En los tiempos prehispánicos, la región estaba habitada por los caddo una etnia que se extendía por el este de Texas, el norte de Lousiana y el sur de Arkansas y Oklahoma, con una ancestral variedad de lenguas que se conservan hasta la actualidad. En el siglo XVI, el Imperio Español, la declaró parte del Virreinato de la Nueva España, y más tarde Francia ejerció su derecho hasta que volvió a manos españolas en 1819, y hasta 1821, cuando México declaró su independencia, y la consideró parte del estado de Coahuila y Texas. En 1836, el estado tejano se declaró independiente y John Neely Bryan fundó Dallas con la intención de convirtirla en un centro de negocios entre amerindios y pioneros.

       La CIA, la KGB, la mafia, incluso se especula que un perturbado actuase en solitario y milagrosamente consiguiera matar al presidente de los Estados Unidos. Antonio Manzanera fabula ahora en La suave superficie de la culata (2013) acerca del funcionamiento de la Cosa Nostra, del complot para asesinar a Fidel Castro y de la vendetta que dará lugar al enigma en torno a los disparos que acabaron con JFK.



                  Sábado, 16 de noviembre, 2013; pág., 8

jueves, 27 de noviembre de 2014

TRAVESÍAS



HISTORIAS DEL BOOM

     La escritura latinoamericana de los sesenta supo aprender de algunos de los mejores maestros del panorama narrativo universal, tanto norteamericano como europeo para construir lo que racionalmente se consideró la arquitectura de sus mejores novelas, así lo ha manifestado Mario Vargas Llosa para quien William Faulkner fue su maestro en el difícil juego de la cronología y el punto de vista; Gabriel García Márquez decidió crear su propio Yoknapatawpha y así convertir Macondo en ese espacio donde una sociedad derrotada aunque orgullosa que requería un futuro, no se atreve a dejar atrás el pasado, e inventa las vidas de coroneles que viven de las viejas glorias, se muestran dispuestos a iniciar nuevas batallas, aunque estas se desarrollen en sueños. Si Faulkner se convirtió en esa figura tutelar del boom, otros nombres pronto se adhirieron a larga lista, Virginia Wolf, Franz Kafka o James Joyce, cuyos juegos verbales sirvieron a Guillermo Cabrera Infante para sus primeras novelas, y también John Dos Passos, Henry James y el surrealismo francés, pueblan las páginas de Fuentes, Donoso y Cortázar.
  Luis Haars publicaba en 1966, Los nuestros, un voluminoso estudio aproximativo para captar la tendencias y las presencias de este nuevo grupo de autores que se abrían paso en una posibilidad literaria futura. Ahora lo reedita Alfaguara (2012). En sus páginas se habla de Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges, Joao Guimaraes Rosa, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Y, en un epílogo con retracciones, apunta tras el primer fenómeno, los nombres de los jóvenes, Cabrera Infante, Garmendia o Moyano. 



                          Sábado, 19 de enero, 2013; pág., 8

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Sherwood Anderson



D
Desdicha
            “Desdichado es el que por tal se tiene”
                                                               Séneca

…me gusta 

Muerte en el bosque 

 
      La simplicidad y la sinceridad definen la vida y la obra de Sherwood Anderson, autor admirado por la “generación perdida” su visión intimista de la vida le proporcionó la estupenda acogida del público lector durante décadas, sin olvidar que el norteamericano ofrece un efecto innovador en sus relatos que abre posibilidades nuevas ante un modernismo en la América tradicional y conservadora. Mientras en Europa ese proceso se convertía en algo natural tras las vanguardias, y se trabajaba en conceptos de percepción y de lenguaje, una América, hundida en una profunda crisis, solo veía un proceso de transformación en una sociedad que se alejaba de los presupuestos calvinistas más rurales, y sus críticas se orientaban hacia actitudes psicológicas, ocurre en su propia novela, Winesburg, Ohio (1919), o Main Street (1920), de Sinclair Lewis, y literariamente hablando los 20 fueron de un conservadurismo atroz, la industrialización y la comercialización creciente propiciarían un desarrollo considerable de la cultura y de las letras. La famosa “Era del Jazz”, isla del hedonismo y del materialismo, desembocaría en el Crack de 1929, y cuanto supuso en Norteamérica entre los aspectos morales y los datos económicos que plasmarían escritores de distintas generaciones en sus obras.
      Sherwood Anderson forma parte de la tradición clásica emersoniana y whitmaniana, de las leyendas del Medio Oeste, de las tradiciones patrióticas, o de las lecturas de Melville y Borrow y por edad y adscripción literaria pertenece a la llamada “escuela de Chicago” o “Renacimiento de Chicago” que incluye a Theodore Dreiser, Edgar Lee Masters, Carl Sanburg, Sinclair Lewis y Ernest Hemingway. Los primeros pasos literarios de Anderson se centran en una amplia mirada sobre el naturalismo del XIX y en el modernismo del XX, modelos culturales que contribuyeron a un sentido determinista de la economía, que en América supuso un crecimiento industrial y financiero, y el desarrollo de pensamientos filosóficos que provocarían una concienciación de clase que denunciaría la explotación del sistema y la deshumanización de las relaciones humanas que hizo reaccionar a autores como J.T. Farell, Upton Sinclair y John Steinbeck, que con su literatura denunciaron corrupción política y cinismo financiero. 

MIERTE EN EL BOSQUE                            

Sherwood Anderson
Trad. De Miguel Á. Martínez-Cabeza
Granada, Traspiés, 2014; Col. Breves, 203 págs.


 Sherwood Anderson ha dejado de ser un perfecto descocido para la gran mayoría de lectores españoles tras la publicación reciente de algunas compilaciones de sus cuentos, La chica de Nueva Inglaterra (Nórdica, 2014), la novela Pobre blanco (Barataria, 2013) y de nuevo, la colección de relatos, Muerte en el bosque (Traspiés, 2014), además de sus novelas más conocidas, Winesburg, Ohio (1919) y Muchos matrimonios (1923). Un austero y escalofriante viaje por la soledad nos hace partícipes de los problemas cotidianos a que se enfrentan los personajes de Anderson, vistos desde un punto de vista interior, porque en sus cuentos el paisaje rural de fondo conforma esa identificación con el mundo exterior, y la fuerza de la naturaleza se convierte en una cualidad del pensamiento para salir de la alienación a que se ven abocadas sus vidas. Muerte en le bosque reúne trece relatos que ofrecen lo peor o lo mejor de la vida en la América profunda; una auténtica bajada a los infiernos del alma humana con un lenguaje sencillo y eficaz que, en realidad, procede del habla cotidiana de los habitantes de tan recónditos lugares, y reproduce una charla o una confesión en cualquier calle de un pueblo de Ohio. En todos y cada uno de estos cuentos, la sensación de libertad plena, el contacto constante con la naturaleza, la idea de la bondad del ser humano, conforman una variedad de sorprendentes e interesantes soluciones narrativas, aun cuando apenas si ocurre nada en estas historias. Los relatos de esta compilación, originariamente, de Death in the Woods and Other Stories (1933), reúne los diez que quedaban inéditos en español hasta el momento, con una nueva traducción de Miguel Ángel Martínez-Cabeza, además de dos dispersos, “La siembra del maíz” y “La esposa”. Según el traductor, Anderson había quedado satisfecho con esta colección en la que el narrador comparte la vida que observa, al contrario de sus relatos anteriores, relatados por un observador pasivo sobre el que se impresiona la realidad. El eje temático planteado, en esta ocasión, es la figura de la muerte y el mundo de la mujer. Precisamente, “Muerte en el bosque”, uno de sus últimos cuentos (1933) ha sido comentado por Harold Bloom, uno de los estudiosos más polémicos de la crítica universal, trata de un personaje que ha sido una víctima durante toda su vida y con tan escasa conciencia de ello que no puede ser considerado grotesco, narra la triste historia de una mujer pobre y sola de la que se han aprovechado toda su existencia.


     Anderson ni le rinde homenaje ni se compadece de ella, pero el narrador, claramente un sustituto del propio autor, experimenta su propia transformación consciente del hecho a la vez que se inicia su despertar sexual con la contemplación del cuerpo congelado de la anciana, de un extraño aspecto blanco y adorable como si realmente tras la muerte se hubiera convertido de nuevo en una niña. Bloom, en su análisis, señala como se siente estremecido e impresionado tras su lectura porque, al centrarse en la visión que el narrador ofrece de la muerte de la vieja, Anderson reduce la muerte a sus consecuencias estéticas que sirven de material para la historia. El narrador se aprovecha de la anciana tanto como los humanos y los animales se han aprovechado siempre de ella. Uno espera hallar algo de ironía en esa conciencia de la culpabilidad en "Muerte en el bosque", pero no la hay. Esa ausencia indica la pureza de Anderson como cuentista, y por añadidura sus limitaciones. El resto de cuentos concretan la vida en las montañas, los avatares sentimentales de varias parejas, la pasión por los caballos o las contradicciones entre el espíritu norteamericano y el europeo tras su paso y vivencias por el París de los 20, o los más sensibleros como el excelente, “La esposa”, y la brutalidad del medio, “Juicio con jurado” son otros de los temas que aparecen en estas narraciones de magistral factura y de mejor traducción.
 

martes, 25 de noviembre de 2014

TRAVESÍAS



MY STORY
      La memorias de Marlyn Monroe que al oído fue escribiendo Ben Hecht sobre los recuerdos de la actriz, en varias sesiones, a lo largo del año 1954, nunca fueron publicadas y cuando Milton Greene (amigo y fotógrafo de de Marilyn) decidió publicarlas en 1974, el nombre de Hecht no apareció ni en los créditos ni en la impresión. Treinta años más tarde, se publicaba una nueva edición, esta vez con fotografías inéditas, un total de 46, que procedían del archivo más exclusivo de Greene, el “material más exclusivo” que ahora, en la edición española de Global Rhythm Press (2012), se publican e incluye el nombre del transcriptor.
   Las miles de páginas escritas sobre una de las actrices más famosas del pasado siglo, no han hecho sino agrandar una leyenda sobre su cuerpo, su vida, o sobre su muerte, y a esa extraña fascinación, añadimos la laberíntica peregrinación de aquel libro que finalmente quedó inédito en vida de su autora, reescrito por la habilidosa mano de Ben Hecht, sin duda uno de los mejores guionistas de Hollywood, matizando con su pluma todas y cada una de las palabras de una falsamente, calificada, ingenua Marilyn que no sabía de sintaxis, ni de puntuación o de términos relativos al lenguaje literario, aunque eso sí aportó el aroma y el sabor, la gracia y la melancolía, el ingenio y la ingenuidad de una vida convertida en leyenda, y con su magia reproduce la vida de la niña y adolescencia de Norma Jeane o la mujer que se abrió paso hasta la cumbre dejando muchas miserias en el camino. Quizá por esto, quien se atreva a leer este pequeño volumen, My Story, percibirá la chispa de una inteligencia que nunca debería confundirse con el erotismo del mito.  



                 Sábado, 17 de noviembre, 2012; pág., 8


lunes, 24 de noviembre de 2014

Desayuno con diamantes, 12



Sergio Pitol (Puebla, México, 18 de marzo, 1933)
LOS MEJORES CUENTOS

     El escritor mexicano Sergio Pitol vuelve a la escena literaria española con un selección de Los mejores cuentos (2005), presentados por Enrique Vila-Matas al mismo tiempo que su nombre figura entre los favoritos para el Premio Cervantes de este año.


      La presencia de Sergio Pitol en la literatura mejicana data de 1958, cuando el crítico Salvador Reyes Nevares reseñaba el relato «Victorio Ferri cuenta un cuento», un texto que había sido publicado ese mismo año en Cuadernos del Unicornio. La labor en la narrativa breve de este maestro del género, cuyos argumentos basados en la cruda realidad desembocan en una desbordante fantasía, se intensificaría en las décadas siguientes y, entre 1959 y 1970, publicaría cinco colecciones de cuentos más: Tiempo cercado (1959), Infierno de todos (1965), Los climas (1966), No hay tal lugar (1967) y Del encuentro nupcial (1970). La colección que más comentarios críticos suscitaría en la época fue Infierno de todos y las primeras reseñas a este libro se debieron a César Rodríguez Chicharro y Juan Vicente Melo. Publicado, inicialmente, por la Universidad Veracruzana, la segunda edición que ofreció una nueva versión que incluía el cuento «Ícaro», apareció en España bajo el sello de Seix-Barral en 1971. Durante todos estos años ha sido la única edición que ha recordado las características de los primeros cuentos y la turbadora fantasía y dedicación a la literatura del escritor mejicano. La edición definitiva, nuevamente, publicada por la Universidad Veracruzana (1997), incorpora un prólogo y sustituye el cuento de la edición española por «Un hilo entre los hombres», un relato que había aparecido en anteriores colecciones de 1980 y 1982, además en la edición venezolana de sus mejores cuentos de 1992. El conjunto ilustra de una manera magistral la continua realización de modernidad que ofrece desde siempre la cuentística hispanoamericana porque nos descubre los procesos de esa corriente de la conciencia, la continua búsqueda de nuevos planos narrativos, la transmisión de atmósferas abiertas a lo insólito y abrumadas, en cierta manera, por el sin sentido del poder, por la soledad de la perversión y por el continuo deambular subterráneo de lo demencial.

Decadencia y derrumbe
       El motivo central de estos y otros muchos de los cuentos de Pitol es la decadencia, el derrumbe, pero sin que su lectura nos deje un regusto amargo porque en muchos de ellos cabe, no obstante, algo de esperanza; es, también, la visión de un mundo saturado de resonancias trágicas que enmarcan al individuo y, por extensión a la condición humana porque, en realidad, el destino y la condición humanas quedan ligados a una situación social vivida que no deja al hombre libertad alguna y le lleva hasta su destino final, la muerte. Pero en su conjunto, Infierno de todos, como otros repertorios de cuentos del mejicano, ofrece la posibilidad de establecer un itinerario moral en ascenso que nos lleva hasta las progresivas transiciones de la niñez, la juventud y la madurez, épocas que a lo largo de nuestra vida se verán determinadas por circunstancias límites, por dolorosos descubrimientos, por roturas taxativas, por decisiones internas y externas, por relaciones torturadoras, por expresiones y actitudes alucinantes que se resumen en una suma de notas concluyentes y desembocan en un clima de euforia o abatimiento que caracteriza a la vida como se percibe en esta colección de relatos porque contribuye a conformar los dos extremos entre los que oscila el planteamiento de muchos de los argumentos de estos cuentos y de la totalidad de la vida del escritor. Carlos Monsiváis ha señalado que en los cuentos de Pitol, cuya estela faulkeriana se extiende desde sus comienzos, existe un tema recurrente, lo que él denomina «la recaptura del pasado mítico, situado en una región veracruzana, con familias de moral intransigente, esqueletos en los armarios y costumbres demolidas por la revolución o el progreso industrial». Y aún añade que «en las tramas la literatura completa lo insinuado o vislumbrado en los recuerdos personales». Renato Prada Oropeza habla de los cuentos «cosmopolitas» de Pitol e incluye los relatos «Cuerpo presente» y «Hacia Varsovia» que ejemplifican esa disolución del personaje central, como ocurre en el primero y ante la contemplación de un cuadro y ese vacío angustioso que significará la ruptura del personaje con su vida anterior, o como en el segundo, quizá uno de los más intensos de la narrativa breve de Pitol, en una especie de ambiente onírico donde las pesadillas juegan, además, un papel importante porque el viajero realiza su propio periplo y acaba extenuado, ante una visión agónica y una segunda visión, los recuerdos y las obsesiones familiares para terminar en un viaje alucinante.



Los mejores cuentos          
   La editorial Anagrama responsable de muchos de los textos que Sergio Pitol ha publicado en nuestro país entrega una recopilación de sus cuentos bajo el pretencioso título de Los mejores cuentos (2005), catorce en total, además de una presentación-relato de su más fervoroso discípulo Enrique Vila-Matas que, a modo de dietario, titula «Has hecho girar la locura», un repaso por la amistad, la admiración y la ficción del escritor mejicano. Los cuentos seleccionados, «Victorio Ferri cuenta un cuento», «Semejante a los dioses», «La pantera», «Cuerpo presente», «Hacia Varsovia», «Hacia Occidente», «El regreso», «Ícaro», «Del encuentro nupcial», «Los oficios de tía Clara», «Cementerio de tordos», «Vals de Mefisto», «Nocturno de Bujara» y «El oscuro hermano gemelo», están recogidos todos, a excepción de «Cementerio de tordos» en la edición mejicana de Todos los cuentos (Alfaguara, 1998, reimp., 2000), donde se presentaban como unos relatos cuya intensidad y verosimilitud dejan a un lado la aventura y aún más se concretan como ese espacio donde los personajes se debaten por conseguir la redención que los libre de un infierno personal, como señalaba el prologuista Juan Villoro. Pero parte de esta selección española se ha repetido en numerosas muestras de la obra breve de Pitol, como por ejemplo, la Universidad de Guadalajara, Jalisco, 1999 que proponía un «Programa Permanente para el Desarrollo de la lecto-escritura» con una introducción de Miguel Ángel de León Ruiz Velasco e incluía «Nocturno de Bujara» y «Victorio Ferri cuenta un cuento», caracterizado, este último, como el mejor ejemplo de una «escritura oblicua» donde hay un hacinamiento de sucesos, de figuras, de escenarios que coinciden para convertirse en material de una historia. El gobierno de Veracruz publicó en la primavera de 2001 El oscuro hermano gemelo, una pequeña selección que incluye el relato del mismo título y además «Hacia Varsovia».


    ¿Qué tienen de particular los cuentos seleccionados por la editorial bacelonesa?  Un cuento como «Del encuentro nupcial» puede ser considerado como ese modelo para construir toda la estética del Pitol cuentista porque el protagonista de la historia no había experimentado en su anterior vida y que ahora quiere contar en forma de ficción. Un escritor se instala en la isla de Ibiza para escribir un relato y poco a poco se convierte en la constatación de una necesidad que no le deja proyectarse a otras cosas, otros textos, su pasión cinéfila, su deseo de ver a los amigos, pero sobre todo, Pitol perfila a su personaje como a un ser aislado por la lluvia que asola a al isla y la relación que establece con una pareja de uruguayos a quienes ha conocido el mismo día de su llegada. El escritor mejicano proyecta su relato como si de un juego de espejos se tratara, en el que las imágenes de los personajes se imponen a la historia contada. Para José Balza un relato como «La pantera» resulta ser el descubrimiento de esa otra dimensión que se intuye tras nuestros actos, la vida de todos los días, tras la que se oculta otra realidad. El cuento relata como un niño descubre un juego inesperado, recibe la visita de una fiera, una pantera, un terrible animal que está en su cuarto; veinte años más tarde, el narrador vuelve a tener ese sueño aunque ahora el animal le habla y el protagonista anota en doce palabras un mensaje que definirá su destino. Juan Antonio Masoliver Ródenas, señala que en «Vals de Mefisto», un texto que Pitol ha incluido en varias ediciones de sus relatos, «aparece uno de los aspectos clave de la escritura del mejicano: un distanciamiento que permite convertir una experiencia vivida en algo contemplado, evocar un tiempo para recrearlo y darle una sustancia narrativa que surge del autor y ha dejado de pertenecerle: la objetivación de lo subjetivo, la universalización de sentimientos y experiencias que nunca dejan de ser peculiares. El mismo Masoliver Ródenas afirma como «Nocturno de Bujara» invita, siempre, a una lectura borgesiana, con ciudades que surgen de la historia, de la cultura y de la imaginación como expresión de lo universal. Un cuento como «Hacia Occidente» muestra una estructura común, esa especie de punto de fuga y saltos a un pasado tan frecuentes en la narrativa breve del mejicano, en realidad se trata de una digresión porque lo que se cuenta es ese viaje que realiza un personaje que, desde Pekín regresa a Occidente y se lamenta de haberlo hecho en un medio tan lento e incómodo, en tren, cuando podía haberlo realizado en avión aunque el largo viaje le sirve para una larga evocación de su pasado, ante una postal de la catedral de Notre Dame y la posterior lectura de un libro, cuyo autor, un oriental, le proporciona la fusión entre Oriente y Occidente.
      Su gran amigo, el ensayista Carlos Monsiváis, ha escrito que Sergio «ejerce la contención y la desesperación; produce relatos tensos, colmados de escenarios asfixiantes, del ir y venir entre las penumbras y el regocijo sensorial ante un cuadro o una sonata; sus personajes eligen el secreto sobre la revelación, la respuesta estética sobre la violencia material».

domingo, 23 de noviembre de 2014

Hoy tomo café con…



Margarita García Robayo

“La infancia: ese estadio en el que podemos convivir naturalmente con situaciones bizarras, extravagantes e incluso siniestras, con la mayor naturalidad”.



La narradora colombiana, Margarita García Robayo (Cartagena, 1980) ha escrito una novela sobre la memoria, sobre la construcción retrospectiva del pasado, Lo que no aprendí (Malpaso, 2014), y es autora de los libros de relatos, Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza (2009), Las personas normales son muy raras (2011) y Orquídeas (2012), y la novela corta, Hasta que pase el huracán (2012).


        Usted empezó escribiendo cuentos, ¿háblenos de su proceso literario hasta el momento?
Mis primeros cuentos tienen una búsqueda más bien técnica, estructural, y menos literaria, si se quiere. Me pasa lo que a bastantes escritores cuando han publicado más de un libro, rechazo ese primero porque no siento que me represente. Representa la impostación de quien quiere escribir y piensa, ingenuamente, que así es como se hace. No soy muy partidaria de la inexperiencia, o la ingenuidad. Encontrar lo que quiero decir suele tomar tiempo, pero una vez lo encuentro, el resto sale relativamente rápido y resulta muy placentero.
       
        La crítica ha señalado la soledad, una soledad femenina, motivo esencial en su narrativa breve, ¿está de acuerdo?
Es algo que se dijo de mi primer libro: una colección de historias tituladas, cada una, con el nombre de su protagonista, siempre una mujer, y que tenían conexiones entre sí. Tengo cierta fascinación por algunos personajes femeninos, en mi novela el personaje de la madre es casi el más importante. Si hubiese algo que pudiera hermanar a mis libros entre sí, sería quizá una especie de sensación de quiebre de los vínculos afectivos, familiares, como indicio de una fractura más generalizada en la sociedad.

        En sus cuentos ofrece la perspectiva de una tercera persona, en su novela Lo que no aprendí, una primera, ¿se trata de un proceso de maduración literaria?
No todos los cuentos están en tercera. En mi libro de relatos breves Las personas normales son muy raras, las historias están narradas desde una primera persona muy cercana a mi mirada porque, justamente, surgen de un ejercicio de observación muy intenso. Sin embargo, al momento de sentarme a escribir una novela la búsqueda y la motivación quizá sea otra. En Lo que no aprendí, y la novela breve, Hasta que pase un huracán, la búsqueda fue distinta, hubo más intervención de la memoria, más introspección, más preguntas irresueltas.
 

  
      ¿Se debe partir de una autobiografía para hacer más creíble la visión literaria de una vida particular?
No lo creo. Lo que sí creo es que en todo lo que se escribe se deja parte de la vivencia personal. No importa cuán tergiversada esté. Por eso el término autobiografía, o eso que llaman ahora “auto ficción”, me parece tan innecesario y, en un punto, redundante. Y es también un poco simplista pensar que la autobiografía es un formato cerrado que consiste en escribir sobre uno mismo en primera persona. En cuanto a la credibilidad depende exclusivamente de la habilidad del narrador.
       
        Lo que no aprendí, más que una novela de iniciación, parece una auténtica muestra de indignación.
Puede ser. Yo digo que es una novela escrita desde la necesidad de decir algunas cosas que venía pensando hacía bastante sobre las construcciones familiares que, en mi opinión, se asemejan demasiado a las construcciones literarias.  

  La cita de Silverstein sobre la “vulnerabilidad”¿una muestra de descubrimientos y secretos que rodean a nuestra infancia?
Absolutamente. Silverstein es un autor de poesía infantil que me fascina. Es un tipo supremamente oscuro y complejo, y los niños lo consumen desde un lugar muy fresco. Y creo que esto sería una buena síntesis de la infancia: ese estadio en el que podemos convivir naturalmente con situaciones bizarras, extravagantes e incluso siniestras.

        Pese a ofrecer un tema duro, memoria y recuerdo, el ritmo de su texto es pausado, Caty lo acepta casi todo.
Tiene que ver con la respuesta anterior. Caty es una niña y por lo tanto tiene la habilidad de aceptar todo, hasta lo más siniestro, con la naturalidad propia de los niños. Cuando esa habilidad se pierde, Caty deja de ser niña.

        ¿Nos traiciona la memoria para contar nuestras cosas familiares, y echamos mano de la literatura?
Tal cual. Aunque suene un poco extremo, creo que escribir es traicionar. Y más cuando tratamos de reconstruir memorias personales, porque la traición está implícita en el recuerdo. Recordar es también traicionar. En un ejercicio silogístico clásico diríamos, entonces, que escribir es recordar.



       Los rasgos políticos en su historia, el gobierno colombiano y Pablo Escobar, ¿intenta usted concretar un momento histórico vivido al hilo de la narración?
Yo elegí una porción de la vida del personaje, que se sitúa en un espacio con un contexto determinado. El contexto político que aparece de fondo en la historia de Lo que no aprendí es lo que estaba sucediendo en el mes de junio de 1991 en Colombia. Yo recuerdo particularmente la entrega de Pablo Escobar y su posterior fuga, así como todo el debate de la extradición que, más o menos, se dio en paralelo con el de la nueva Constitución nacional. Esos temas tan álgidos pasaron a ser conversaciones domésticas.

      La protagonista Caty sufre un auténtico desencanto con respecto a la figura del padre, ¿en ese proceso narrativo madura realmente?
El desencanto de Caty coincide con lo que narrativamente llaman la pérdida de la inocencia. Caty pasa a ser adulta, a tener conciencia de lo que hace su padre, de lo que hace ella misma, entiende que las acciones generan consecuencias y que, en general, no estamos preparados para asumirlas, aceptarlas o digerirlas.

         La lectura une a padre e hija, ella se siente fascinada por un libro como Los Siete Principios, ¿qué busca Cathy?
Busca entender, como todo niño. La curiosidad debe ser el rasgo más sobresaliente de este personaje, y de muchos niños. Yo recuerdo haber sido una niña muy curiosa, aunque despistada; por eso, las lecturas, en vez de aterrizarme, contribuían a la construcción de un universo personal medio disparatado. Los Siete principios es un libro que no existe.

        



¿Qué límites se impone usted entre verdad/ ficción? Si es que se los impone, claro.
El límite es muy subjetivo, tiene que ver con la valoración que haga del texto en cuestión. Con respecto a lo que yo escribo y con respecto a lo que escriben los demás. Tengo que tener la seguridad de que el texto merece la pena en términos de calidad literaria.

        La segunda parte de la novela justifica, de alguna manera, lo narrado, un auténtico proceso de escritura, ¿deberíamos hablar de una expiación?
Creo que la segunda parte es la esencia de la novela. Pone en duda la narración anterior y deja abierta la pregunta de si eso pasó realmente o es una construcción caprichosa y en verdad no se sabe si la narradora está hablando de la memoria familiar o del oficio de escribir.
       
        La madre, juega un papel importante, ¿es realmente ella y no Caty la verdadera protagonista de su relato?
La madre resulta ser un personaje fundamental, pero el padre también, en el sentido de que conocerlo o conectarse con él es la principal motivación del personaje de Caty. Quizá en la segunda parte, la madre, como dueña de la versión oficial de la memoria de su padre, y de su familia, esa memoria que, inútilmente, intentamos reconstruir, se vuelve una pieza clave, atractiva y al tiempo perturbadora ante la mirada de la narradora.