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lunes, 27 de julio de 2020

Desayuno con diamantes, 152


La historia más triste de Ford Madox Ford

Sexto Piso edita, El buen soldado (2020), que Graham Green calificada como una de las mejores novelas del siglo XX. La nueva traducción es de Victoria León.

      

       El desarrollo de la ficción moderna convirtió a Gertrude Stein, F. Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway en escritores cuya influencia se prolongó durante las primeras décadas del siglo XX. Stein publicaría pronto, rompió con una narrativa lineal y las convenciones temporales del siglo XIX, y se convirtió en la pionera del modernismo anglosajón vanguardista europeo desarrollado entre Londres y París; Fitzgerald triunfó comercialmente, y por accidente Hemingway encarnó muchas de las corrientes literarias que despertaron el interés de los escritores jóvenes de la época, que Henry James calificó como la “casa de la ficción”, y cuya influencia llegó a escritores de géneros diversos, y en países diferentes.
       La obra de los últimos escritores victorianos quedó relegada y tanto Stein, Fitzgerald o Hemingway crearon formas proporcionales a la fuerza de la vida moderna: el verso libre en poesía, el expresionismo en teatro, y el lirismo, el impresionismo y la conciencia en la ficción, o esa prosa austera, lacónica e intensa característica de Hemingway, aunque con ecos de autores como Mark Twain, Stephen Crane, Sherwood Anderson, Ivan Turgueniev y Ezra Pound que sorprendió a los lectores del siglo XX como original y genuina, efecto perseguido por Hermingway, puesto que el estilo, la forma y el significado eran las partes de un todo inseparable.
       Durante el periodo posterior a la Primera Guerra Mundial muchas creencias religiosas tradicionales perdieron su fuerza, el orden divino dejó de caracterizar al mundo, y el artista se vio comprometido a descubrir un nuevo significado de las formas. Ezra Pound, T.S. Eliot y Ford Madox Ford, escribieron, entre 1910 y 1930 cientos de reseñas y ensayos, repetían, de forma insistente, que “la literatura es la noticia que no deja de ser tal”, o que, “la tarea del artista es una labor en el mismo sentido en que lo es la creación de un motor eficiente o de una jarra o la pata de una mesa”, incluso que, “el Impresionismo te ofrece lo que es él mismo, su reacción ante un hecho; no el hecho en sí, o mejor dicho, no tanto el hecho en sí”.         Ford Madox Ford nació el 17 de diciembre de 1873 en Merton, Surrey (Inglaterra), y murió en Deauville (Francia) el 26 de junio de 1939. Estudió en diversos países europeos y comenzó su carrera literaria con un curioso libro, Un cuento de hadas: el búho marrón (1891), ilustrado por su propio abuelo, el afamado pintor Ford Madox Brown. Fundó dos importantísimas revistas literarias: The English Review (1908-1910), en la que colaboraron D. H. Lawrence, Thomas Hardy, H. G. Wells, Joseph Conrad, Henry James, Ezra Pound y W. B. Yeats, y Transatlantic Review (1924), donde aparecieron textos de Gertrude Stein, Pound, Ernest Hemingway, T. S. Eliot, James Joyce, John Dos Passos y Paul Valéry. Colaboró con Joseph Conrad en la escritura Los herederos (1901), Romance (1903) y La naturaleza de un crimen (1923). Sus obras más conocidas son El buen soldado (1915) y la tetralogía El final del desfile (1914-1928), compuesta por Hay quien no (1924), No más desfiles (1925), Se podría estar de pie (1926) y El toque de retreta (1928).
       La novela, El buen soldado, nos envuelve en una enloquecida e intrincada maraña de falsedades, rencores, pasiones, celos y venganzas, contada por una voz narrativa prodigiosa que nos involucra lectores desde el primer momento cuando leemos: “Ésta es la historia más triste que jamás he oído”. Y no es una afirmación en vano, la trama avanza de atrás hacia delante, de adelante hacia atrás, entre las aparentes torpezas y los olvidos involuntarios del narrador, Dowell, que dosifica la información página a página, matiza y modula acciones y personajes, rememora un pasaje conocido desde un inesperado punto de vista que cambia por completo su sentido y su alcance. A pesar de sus vacilaciones, sospechas y lagunas, la voz del narrador disfraza una soberana lección del arte de contar, y la vida de las dos parejas protagonistas, un matrimonio británico y otro estadounidense, gira en torno al son de una partitura magistral, que se convierte en una aterradora fábula repleta de estupideces y de engaños.


       Durante los tres primeros capítulos todo sucede dentro de una linealidad explícita y cronológica, y Dowell habla de sí mismo, de su mujer, Florence, de la familia de ella, de su muerte que coincide con la de su tío Hurlbird, entonces Dowell recibirá en herencia una considerable cantidad de dinero que lo salvará de cualquier contingencia. Una angustiosa llamada de Teddy Ashburnham desvela que, tanto él como su mujer, Leonore, necesitan hablar con él, cuando llega a Inglaterra encuentra a su amigo al borde de la desesperación. El relato saltará atrás, a 1904, al balneario de Nauheim, cuando se conocen y, aparentemente, empiezan a intimar; quedan establecidos los dos tiempos de la narración: el de narrador que cuenta lo que sucedió, y el momento cuando ya se conocen las dos parejas.
       Lo que sigue es un relato inteligente que trata de esclarecer cuanto hay detrás de cada personaje; el lector se enfrenta a una historia terrible de decadencia, mentiras, engaño, pasiones desatadas, maldad, egoísmo, celos, represión y dureza, la tragedia de la vida contada desde los restos del desastre. Los hechos reveladores aparecen a conveniencia del narrador, oculta o desvela según le parece, se atienen a su propio interés, y le obliga continuamente a atar cabos y crea el soberbio y terrible clima de esa tragedia humana que atraviesa la historia.
       Cuando, pasada la mitad del libro, hace su aparición la última protagonista, la dulce y joven Nancy, el cuarteto vuelve a organizarse tras un suicidio inesperado hacia una auténtica catástrofe. Ford hacía bien en enorgullecerse, nunca un escritor ha retratado las desdichas y las miserias de la institución matrimonial y la hipocresía de la alta sociedad con la ironía y la profundidad de esta asombrosa sátira.

Ford Madox Ford, El buen soldado; traducciónd e Victoria león; Madrid, Sexto Piso, 2020.

lunes, 6 de julio de 2020

Desayuno con diamantes, 151


               SONRÍE, SUEÑA Y HAZ EL AMOR EN LA HABANA  


       La vocación social de la novela cubana resulta una absoluta verdad y explica las peculiaridades que asume el género en el proceso creativo de la isla. La experiencia narrativa de las últimas décadas revela que la evolución de la narrativa cubana a lo largo de los siglos XX y XXI entrañaría esa búsqueda que defina un discurso propio, un paisaje y una ambientación distinta, esa pesquisa ontológica ante nuevas dimensiones estructurales que diversifique temas y modos expresivos. El cambio que se iniciaba en 1959 abriría nuevas expectativas a la evolución de la literatura cubana, un proyecto que transformaría la realidad socioeconómica, política y ética del país, recuperará esa identidad mutilada durante décadas por la dictadura de Fulgencio Batista, y anunciaba el desarrollo de un nuevo proyecto: el modelo revolucionario. Desde los primeros años de los sesenta, el discurso narrativo afronta el desafío estético que resulta de la tensión entre una perspectiva innovadora y la adopción de formas que garanticen la renovación del lenguaje. Uno de los fenómenos de mayor interés de la segunda mitad de esta década reside en la diversificación que registra el género, la aparición de nuevos proyectos armónicos que rebasen las necesidades expresivas nacionales.



       La década del sesenta traerá a la novelística cubana un crecimiento cuantitativo y modalidades genéricas antes inexistentes, un campo ideotemático que provoca la explora­ción desde diversos ángulos que se concreta en el reconocimiento del paisaje y el hombre, la modelación literaria del perfil psicosocial y cultural cubano a través de su historia, o se imbrica con la conciencia de identidad adquiridas, y se correlaciona con el proyecto de transformación de fondo de la sociedad. Será en los setenta cuando algunas obras conciban su mundo tomando en cuenta las peculiaridades y contradicciones de la realización práctica del mismo, se incorporan facetas del presente, el discurso altera su registro, y se produce una disonan­cia, entonces la novelística cubana del setenta y del ochenta muestra tal diversidad de proyecciones que permite vislumbrar una nueva etapa de cristalizaciones con fondo social y humano, y la reactivación de las formas como base de todo el proceso. Sin embargo, en los noventa, tras una larga etapa especial de paz en la isla, se produce un período de crisis económica como resultado del colapso de la Unión Soviética en 1991 y el recrudecimiento del embargo norteamericano desde 1992. La depresión económica fue especialmente severa a comienzos y mediados de los 90, se definió por restricciones en hidrocarburos: gasolina, diésel y combustibles, derivados que Cuba obtenía de sus relaciones económicas con la Unión Soviética. Este período transformó la sociedad cubana y su economía, y llevó a la isla a urgentes reformas en la agricultura, disminución en el uso de automóviles, y obligó a acondicionamientos en la industria, la salud y el racionamiento de alimentos. Fue una época de innovación y de creatividad para sobrevivir, etapa en la que el humor se convirtió en el reflejo más fiel de la capacidad de regeneración de los isleños. La joven Karla Suárez (La Habana, 1969) había publicado un primer cuento, “Aniversario” en 1994, y una colección de relatos, Espuma, en 1999. Consciente de la situación de su país convierte el Período Especial en ficción, y ofrece un singular retrato en Habana año cero. Se trata de un relato sobre aquellos años de hambruna, devastados por la desesperanza, una auténtica lección de vida sobre el hecho de buscar lo mejor en cada extraña y violenta situación que, en esta ocasión, viven los personajes creados por la narradora habanera.  
       La sombra de la depresión cubana nos devuelve aquella memoria ahora cuando la editorial española, Comba, recupera la premiada Habana año cero (2019). Cuenta los convulsos años 90, cuando en la Habana se vivía en una sucesión de minutos que no iban a ninguna parte, y cinco personajes: dos matemáticos frustrados, un escritor decadente, una periodista italiana fascinada por el caribe insular y un galán en declive, cifran sus esperanzas en el hallazgo de un documento histórico que les puede cambiar la vida. El documento probaría que el italiano Antonio Meucci confeccionó un prototipo de teléfono mientras trabajaba en el Gran Teatro Tacón, allá por 1835, años antes que Graham Bell patentara el invento. Los protagonistas se aferran a situaciones absurdas, manipulan y destruyen alianzas en función de sus intereses particulares, y el relato avanza a modo de intriga, la incertidumbre sobre quién realmente posee el manuscrito levita sobre toda la novela, y sus personajes articulan una red de subterfugios y pistas falsas que les permitan ganar ventaja sobre los otros. El interés científico, llevado a un segundo plano ante la falta de opciones y la necesidad de sobrevivir, desencadenará un caos donde se constata el malestar de la sociedad, y se destaca la sensación de estancamiento que se experimenta de forma individual.
       La narradora-protagonista, autonombrada como Julia, incómoda con su trabajo como profesora en el Instituto Superior Politécnico, define su lugar en la trama así, “estábamos buscando un papel que alguien había visto. Y ya sé que no tiene tanta importancia saber quién inventó el teléfono, ni tener un papel que lo demuestre, pero dame una situación de crisis y te diré de que ilusión vas a agarrarte”; en realidad, para todos era el año cero. El desosiego de Julia, y el resto de implicados que se sumarán a esta búsqueda con ribetes tanto de misterio como de comedia de enredo, es una historia donde la existencia cubana transpira un aroma y vigor únicos que, a lo largo de sus páginas, se convierte en una fantasía tropical alegre y brillantemente contada, con escenas de un erotismo calculado y elegante bajo el calor habanero, mientras los personajes sueñan y hacen el amor, porque al hilo de la investigación se propicia un triángulo amoroso entre Ángel, Lorenzo y la narradora, aunque sus sueños queden desmontados porque el Congreso de los Estados Unidos aprobará una resolución donde se reconoce a Meucci como el inventor del teléfono, y rotas las expectativas los personajes volverán a sus rutinas porque los documentos originales se traducen como la más satírica burla a los ingenuos, y porque Suárez escenifica una sociedad desgastada donde todos se aferran a lo único que no cuesta miles de fatigas: sonreír, hacer el amor y soñar. Los hechos se repiten, de alguna manera, en la Historia reciente, la primera vez como una tragedia, y la segunda como una inevitable farsa. Pedro M. DOMENE

Karla Suárez, Habana año cero; Barcelona, Comba, 2019.




lunes, 27 de enero de 2020

Desayuno con diamantes, 150


                              Historia de una conversión
                     
                             

       Gonzalo Torrente Ballester (El Ferrol, 1910- Salamanca, 1999) iniciaba su carrera literaria escribiendo ensayos de teatro ideo­lógico para minorías, y daba a la imprenta su primera novela en 1943, Javier Mariño. La suerte de este libro se resumió en un proceso de aleja­miento y ostracismo por parte de un grupo de intelectuales identificados con Falange, aunque pronto se dieron cuenta que dicho programa no iba a conformar su vida de una manera revolucionaria, o con­trarrevolucionaria, inmersos en una sociedad que se autoafirmaba nacida de la guerra de liberación. Torrente Ballester había escrito Javier Mariño entre el otoño de 1941 y el otoño de 1942, y cuando llegó el momento de publicarla, introdujo diversas modificaciones en el texto para no tener problemas, y la novela fuese grata al régimen franquista; no se fiaba de su condición de miembro de la Falange, finalmente apareció en diciembre de 1943 y veinte días más tarde, el 10 de enero de 1944 los ejemplares existentes en las librerías fueron retirados, y la editorial recibió orden de almacenarla, porque había en sus páginas muchas cosas muy molestas para quienes guardaban la ética y el orden en el régimen. El informe censor se lamentaba de un exceso de “imágenes lascivas” y un evidente regodeo en ellas; al censor le disgustaba la posición política del protagonista, muy ambigua; incluso, Javier Mariño, carecía de auténticos sentimientos religiosos. Cayó en el olvido, quizá engullida por el éxito de La familia de Pascual Duarte (1942), de Cela y Nada (1944), de Laforet. Este alejamiento y ostracismo se hizo más evidente, Dionisio Ridruejo encabezaba una rebelión que ya había liderado entre 1937 y 1939, pero Torrente Ballester, que había llegado más tarde a las filas de Falange, la abandonó para adoptar una actitud de absoluto escepticis­mo, manifestado esencialmente en su visión del mundo en consonancia con su obra narrati­va. En esta novela apunta en su retrato de los jóvenes intelectuales educados en el control de los impulsos vitales por una autocrítica racionalista a ultranza que los lleva al callejón sin salida de la abstención y del complejo de superioridad. La historia de Javier Mariño es la imposibilidad de la conversión, sea política, religiosa o simplemente vital, y ese final patriótico pos­tizo nos inclina a pensar que fue una auténtica imposición, pero no la salvó de una última prohibición que hoy fechamos en 1943; la edición fue retirada de la venta, y explica que no se la haya con­siderado hasta ahora, como merecía, entre las mejores nove­las de aquella década a la hora de los balances narrativos. Fue la única que entonces se inscribía en la nueva tradición de la novela intelectual europea sin abandonar esas evidentes raíces autóctonas noventayochistas.

El argumento
       Un joven, de familia acomodada y de costumbres tradicio­nales, bastante escéptico, algo desengañado, ence­rrado en sí mismo, se ve obligado a escapar a toda posible complicación que fuerce su destino, sale de España en las vísperas de la guerra civil, dispuesto a forjar su vida en alguna nación americana donde los suyos tienen intereses. De camino recala en París, donde reside varios meses, allí recibe las primeras noticias del “pronunciamiento” del 18 de julio, como lo califica él. Mariño declara sus simpatías por los “sublevados” en diversas ocasiones, y ante quienes va conociendo, aunque esas simpatías chocan ciertamente con la indiferencia, incluso el cinismo, que muestra hacia las cuestiones políticas en general. Salvo la inquietud por la suerte de su familia, con la que no consigue comunicarse, nada le preocupa y la ciudad y el ambiente serán determinantes para él. En París, entre las numerosas personas con quienes se relaciona o traba amistad, conoce a una joven francesa, Magdalena, que va a ser la auténtica protagonista del relato; hija de una familia rica, ha renunciado a los suyos y a su vida burguesa para afiliarse al Partido Comunista, por el que trabaja con fervor de neófita. Javier es conservador hasta la médula, pero cae rendido ante la poderosa personalidad de la joven, que toca La Internacional al piano y llama “camaradas” a sus amigos. Muestra Torrente Ballester, ¿un intento de reconciliación de las dos Españas que ideológicamente se enfrentaban entonces? Pronto observamos que el comunismo de Magdalena es temporal, ella abjurará de él por amor al joven español y sus continuas contradicciones.
       La novela se desarrolla casi toda en París, ciudad que conoce bien el autor, puesto que el fondo ambiental, variado y cosmopolita, se describe con un desenfado y crudeza de buena ley, la diversidad y animación de sus per­sonajes, dan a la novela un sabor europeísta que no era frecuente en la narrativa de posguerra. Una vez leída no imaginamos que la atmósfera cosmopolita sea para deslumbrar al lector; lo que otorga a este libro de Torrente Ballester, y algunas otras novelas de la misma época, esa dimensión "europea" es el meollo intelec­tual, las cuantiosas ideas que circulan por las venas del relato, que anima a seguir ese desarrollo de una profunda visión de mayores posibilidades temáticas y estructurales como ocurrirá algunas décadas después. Numerosos peripecias, variadas y diná­micas, perspectivas interesantes y el conocimiento de una vida y expectativas diferentes, harán que Mariño supere su escepticismo y vuelva a España con Magdalena, a  quien convierte en su mujer, pese a cierto turbio episodio de su pasado, después de atraerla también, naturalmente, a su nuevo entusiasmo recobrado.
       La novela encierra una "in­tención", que nunca consideraríamos una tesis, el autor sostiene ideas que resultan visibles a lo largo de la historia, postulados políticos que rebate con otros personajes, y muestra su habilidad para salir airoso de situaciones comprometidas. Es verdad que, el personaje protagonista, es el responsable de que la lectura de la novela pueda resultar, en algunos tramos, controvertida para los tiempos que corren. El propio Torrente Ballester hacía alusión a esto en 1985: “tengo mis dudas acerca del verdadero pensamiento político de este personaje: no que sea ambiguo, como creía mi censor, sino que carece de él. Quien vea en esta figura lo que realmente es, una persona y su máscara, sabrá qué atribuir a la máscara y qué a la persona”. Marcos Giralt, en su Prólogo, “El novelista y su circunstancia”, opina que “Javier Mariño es, desde luego, por muchas de sus creencias, un personaje repelente, pero la historia de la literatura está llena de grandes novelas sobre personajes repelentes y es de cajón, aunque haya que repetirlo, que lo que piensa un personaje no es necesariamente lo que piensa su autor”. “En cualquier caso”, apunta, “en lo que a Javier Mariño atañe, su único delito es el de haber plegado su indudable instinto de novelista a las demandas de la España en la que vivía”. Leída hoy, Javier Mariño, resulta interesante en la medida en que permite adentrarse en los primeros tanteos del novelista primerizo que se convertirá en uno de los grandes de nuestras letras a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, reconocemos sus dudas y titubeos, y los primeros despuntes de una brillantez que derrocharía años más tarde en cientos de páginas. Y, también, advierte Marcos Giralt, sobre Torrente Ballester “pudo optar por no publicar, pero el precio era demasiado alto para alguien que desde muy joven vivió para ser escritor”. Quizá para un joven gallego fue el principio del camino, y sin él no habría existido lo demás.

Una nueva edición
       Gonzalo Torrente Ballester la rescató del olvido en la edición del primer tomo de sus Obras Completas (Destino, 1976), y Seix Barral la publicó como volumen individual en 1985. En ambas ocasiones, el novelista hizo ajustes de diversa consideración. Hoy, la editorial Almuzara la incluye en su colección, La Guerra Civil contada por sus protagonistas, y añade un prólogo, a cargo de Marcos Giralt Torrente, quien afirma que el “magnífico novelista que llegó a ser se advierte ya en muchísimas de sus páginas”.







Javier Mariño
Gonzalo Torrente Ballester
Prólogo Marcos Giralt Torrente
Córdoba, Almuzara, 2019

lunes, 13 de enero de 2020

Desayuno con diamantes, 149




LA PARADOJA Y LO PROVINCIANO EN LAS NOVELAS DE MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ


        Una vez consolidado ese espacio histórico de la democracia española que incluía tesis tan variadas como sorprendentes, con abundante terminología, sobradamente caducas, pero complementarias de esa memoria del cambio o la transición que se concretó en los alrededores de 1975, y que, literariamente, esbozaba conceptos para una nueva narrativa, al hilo de nuevas corrientes y tras el abuso de nomenclaturas como las de «aires nuevos», «nuevos nombres», «nuevas tendencias», «resurgimiento», aires de una libertad absoluta, en suma, para calificaciones reutilizadas, una y otra vez, a lo largo del siglo y que en la actualidad resuenan a «extrañamiento» puesto que nuestros narradores se muestran hoy con visos para una amplitud de estéticas que aluden a la relación posible, la única capaz de establecer una correlación entre la vida y el arte, y este concepto último, además, como ese valor deificado que conllevaría el análisis de temáticas, técnicas, y el lenguaje empleado, es decir, todas las posibilidades creativas que se suponen en la escritura de ficción, al menos.  En los años ochenta y sobre todo, los que se concretan, en su segunda mitad, la novela vive auténticos momentos de efervescencia, un hecho propiciado por la industrial editorial que, por primera vez, goza de un poder absoluto para asumir textos de distintas tendencias. No queda rastro de un realismo social, ni de un casticismo localizado geográficamente en lugares comunes en la novela anterior; existe, eso sí, la posibilidad de explorar moralmente los cambios que se han sucedido desde la famosa transición a la que hemos hecho referencia. Los autores asumen su papel de analistas-teóricos-interpretes de una realidad cambiada que les otorga la posibilidad de ejercer de jueces de esa estrecha relación que se entiende entre los conceptos de novela los de realidad.
               De igual manera, a partir de los años ochenta la conquista de una topografía urbana contrastará con la revitalización de una tendencia regionalista o provinciana, surgida como una identidad colectiva. «Escapar a un pueblo para convertirlo en el centro del mundo», como afirmaba Renard y que Miguel Sánchez-Ostiz (Pamplona, 1950), como un raro, incorpora  a su propio centro del mundo. Siempre había imaginado el escritor a la provincia a través de un mirador desde donde poder observar el mundo y la época. El autor navarro irrumpía en el panorama literario ejerciendo un tratamiento depurado en sus temas, otorgándole a la trama argumental la mínima importancia necesaria, recreando el ambiente provinciano como si de una materia imprescindible se tratara, proyectando en el espacio múltiple la dimensión de la memoria, mezclando en el tiempo, el pasado y el presente, y además todos estos recursos como elementos que pueden ejercer su influencia o significarse en una sociedad como la que se nos avecinaba en los años 80, con la esperanza de la consolidación de esa joven democracia y los nuevos aires de libertad política, social, económica, que pretendían vislumbrar un paisaje metafísico de ese provincianismo que se alejaba como tantas cosas de un pasado histórico que había que olvidar, pero que por otra parte se mostraba falto de ilusiones verdaderas y víctima de muchos fracasos.
               Su primera novela Los papeles del ilusionista (1982), conseguía el Premio Navarra de Novela en 1981: el relato incorpora la imagen de ese narrador solitario que vuelve a la casa de su infancia y su adolescencia para reconciliarse consigo mismo, aunque, como cabría esperar, ese vislumbrado papel de «ilusionista» se trueca en desolación ante lo que tiene ante sí y los recuerdos de fantasmagórico pasado. El mundo de Miguel Sánchez-Ostiz ha sido desde siempre inhabitable, aunque también ha evolucionado hasta la posibilidad real de esa manifiesta especie de renovación que se proponen muchos de sus personajes, porque la idea caduca de una rutina tan mediocre como la gregaria lucha por salir de esa sociedad asfixiante para buscar un espacio más habitable, sigue siendo válida después de mucho tiempo.
               El paisaje de la luna (Trieste, Madrid, 1984), relata la noche de juerga de dos de sus protagonistas: Enrique Estébanez y Eduardo Osten, pero, en realidad, la novela parte de una voluntad de crítica social con matices simbólicos y poéticos, algo que se repetirá en la narrativa del escritor y, como en tantas otras ocasiones, se convertirá en un tema recurrente. La noche domina la narración y sus personajes realizan una auténtica bajada a los infiernos, con la incertidumbre como trasfondo, con escenarios ficticios que bien podrían pertenecer a cualquier ciudad de provincias, en realidad, una Pamplona vivida e imaginaria, como el narrador ha llegado a afirmar, y aún más, atemporal, que incluye por otra parte edificios reconocibles: un Gran Hotel, un cabaret, famosos cafetines, casas de citas, ambientes sórdidos de nebuloso hastío en los que no se excluyen la miseria y la desolación en que viven algunos de los personajes secundarios que, junto a los dos protagonistas, conforman el magistral espacio retratado por Sánchez-Ostiz. Cada uno de ellos pertenece, pues, a un ambiente: Estébanez es un misántropo profesor, tan excéntrico como circunspecto; Osten es, en realidad, un vividor de la nocturnidad, de la vigilia. Esta segunda novela del autor navarro se concreta en dos planos: en el presente con apenas trama argumental y el pasado, que reproduce las abundantes historias de muchos de los personajes nombrados y que irán apareciendo en la escena. En realidad, es el entramado narrativo del relato conformado por esa abundante acumulación de historias, cuyo eje gira en torno a cada una de los testimonios y los episodios que se suceden por capítulos y se convierten en relatos independientes, con protagonistas incluidos. No le falta a la narración de Sánchez Ostiz esa visión esperpéntica de la realidad por los matices satíricos esgrimidos y que realzan su visión de lo cotidiano y la acentuarán en posteriores entregas.


            La acción de Tanger Bar (1987) transcurre en la velada ciudad de San Sebastián, algo que le permite el escritor navarro introducir nuevos elementos a esa atmósfera torva que él mismo ha creado, puesto que de lo que se trata es de escribir sobre la podredumbre moral, que incluye el miedo, la sospecha a todo y la desconfianza, como señala el protagonista de la novela. Evidentemente, la referencia al terrorismo y al clima que, con los años se ha ido creando en el País Vasco, es manifiesta. Pero, evidentemente, hay que puntualizar que Sánchez-Ostiz no escribe sobre realismo social o político, sino sobre identidades y la proyección que éstas tienen en la sociedad del momento. El clima de sus novelas ayuda, sobre todo, a poner de manifiesto las diferencias entre los seres humanos. Sus personajes representan a esa otra capa social de la sociedad que los convierte en raros o distintos y se mueven en espacios geográficos reconocibles aunque simplemente sirven de referencia, y sin ahondar excesivamente en lo inherente a su función en el espacio. La historia de Tánger Bar se inicia, como ocurrirá en otros relatos, con la aparición o la llegada a una ciudad de alguien que, tras haber vivido ausente, recuerda una niñez y unos episodios de su juventud. Con su presencia devolverá a la realidad a algunos personajes del pasado y arrancará de ellos su memoria, en situaciones y en actitudes que le servirán para dar cuerpo a la historia que se pretende contar. Pero ésta es una novela sin acción, donde no ocurre nada en absoluto, pese a los tintes de ficción policíaca que el escritor se esfuerza por esgrimir.
               Su siguiente obra, La quinta del americano (Triste, 1987), coincidía en el tiempo con la novela anterior y en ella se percibe una estructura semejante, eso que significa que observamos dos variaciones sobre un mismo tema: la búsqueda de un refugio inútil. En este relato la conversación que establecen tres viejos amigos lleva a uno de ellos a un monólogo en el que recordará el pasado vivido en una vieja finca del norte de Navarra, a la par que recupera una serie de personajes que habitaron el lugar. No llega a saberse qué pasó realmente con aquella gente y cómo ocurrieron los hechos descritos, aunque lo importante es el testimonio que el escritor aporta y, sobre todo, la radiografía de la burguesía vasconavarra que tanto recuerda a la prosa de su admirado Baroja. Es un texto con un poso mucho más amargo que sus anteriores entregas, que propugna la evasión como una quimera, la fantasía como una elaboración de otros muchos espacios donde ejercer el papel de voyeur de historias ajenas. Otro de los frecuentes recursos del escritor es la «alusión» en sus más variadas formalidades, la ambigüedad y el misterio de la existencia humana, o tal vez esa insistencia en otorgar cierta consistencia a la oscuridad de nuestras vidas. En 1989, Sánchez-Ostiz, realizaba un prodigioso salto narrativo y conseguía el Premio Herralde de Novela, un hecho que le proporcionaría, básicamente, una casa donde publicar y un no menos acertado éxito de crítica y de difusión de su obra: La gran ilusión (Anagrama,1989), la obra ganadora tiene reminiscencias cinematográficas del cine francés y revive los secretos de la vida de un escritor desaparecido trágicamente en París. El narrador reconstruye la obra en las voces del abogado Lavardin, y de Lawstein,  Orbiac y del propio Echenoz, un haz de personajes que se constituyen en ese gran círculo de amistad que les proporciona «la gran ilusión», rota por una serie de oscuras pasiones y acontecimientos, no desvelados, en el tiempo y por los supervivientes.
               Las pirañas ( Seix-Barral, 1992) es, quizá, el título más duro de la geografía novelística del autor porque en esta novela Miguel Sánchez-Ostiz va realizando una descripción de toda una serie de tipos y situaciones en clave jocosa e hiriente, algo que le sirve al narrador para llenar de estereotipos sociales a toda una sociedad que reflejaría el costumbrismo de una saga literaria porque en realidad, como ha señalado José Manuel Martín Morán, «Perico se convierte en la voz de la tierra, del pueblo; conoce los trucos del juglar y los utiliza para captar al auditorio (...)». En realidad, la novela se concreta en un extenso monólogo de pregonero, con un tono coloquial, como cabría esperar de su protagonista, aunque se da paso a otros personajes que le otorgan posibilidades más amplias al lenguaje ensayado por el autor. Perico es un moderno pícaro que introduce a los lectores en la sociedad pamplonica con sus ritos, desvelando esa intimidad que, en ocasiones, se muestra violada por el relato del mismo y porque el pregonero, por su propio carácter, es mordaz y su punto de vista desconcierta a los lectores; también es un juez imparcial que se confunde con el protagonista de la novela, porque aquél ha vuelto de un pasado distinto a un escenario como el que narra Sánchez-Ostiz, ese personal espacio vasco-navarro que tanto juego ha dado a su literatura y que aún hoy mantiene.
               La séptima novela de Sánchez Ostiz, Un infierno en el jardín (Anagrama, 1995), continúa con los motivos temáticos, con los personajes atormentados, con los ambientes, de sus producciones anteriores. Como en otras entregas, Martín Eguren, resume buena parte de esas características que han venido conformando a sus seres imaginados: es un hombre libérrimo, individualista y ácrata como se muestra por ese desasosiego vital que un buen día le lleva a huir de su ciudad para instalarse en el campo con su familia; en realidad, con su mujer y su hijo, aunque no lejos de esa urbe que le proporciona toda clase de posibilidades. La familia se instala en un viejo molino rodeado de una vasta naturaleza, como si de un enfático canto de esta se tratara. Resulta evidente la posición de Sánchez-Ostiz en esta novela que, desde el principio, está ambientada en un espacio natural, frente a la asfixiante ciudad de Las pirañas y ese mensaje de una degradada sociedad de ciudad. El personaje pretende, por consiguiente, romper con su existencia anterior, un vida acomodada (abandona una plaza de profesor y lo que de atadura proporciona este empleo) para dedicarse exclusivamente a escribir y, además, complementariamente su mujer se dedica a la pintura. La anécdota mínima con la que recrea el escritor navarro esta entrega literaria terminaría por concretarse en un bucólico proceso de alabanza de la naturaleza si, una vez instalados, no se dieran cuenta de que todo el terreno que circunda a la propiedad está inmerso en una especulación urbanística que en muy poco tiempo levanta un enjambre de parcelas, de calles con adosados y vecinos ruidosos; añádesele, bullicio, coches e incomodidades como las que le habían decidido a abandonar su vida anterior. A estas alturas, la lectura de la novela nos ofrece otra perspectiva muy más coherente, se trata de denunciar una sociedad que se mide por el valor de lo que tiene, de lo que es capaz de adquirir o acumular y que se presta a la corrupción y a todas las formas de degradación humanas. Las aspiraciones de Eguren , todas sus acciones por hacer de la naturaleza ese símbolo de libertad, están condenadas al fracaso porque la clase poderosa es capaz de ejercer su impunidad en las viles actuaciones que incluyen la injusticia, no sólo la social sino la jurídica con la compra de abogados y jueces que terminan con el sueño de la búsqueda de la verdad. Esta novela es una parábola del fin de los ideales, algo que se convierte en otra de las características del escritor, que insiste, una y otra vez, en esa solidaria visión de la sociedad de la que se abomina porque entre otras cosas hay que pagar un precio por ser diferentes y abogar por la independencia.  
               En La caja china (Anagrama, 1996) la vida de Rafael Vidán se desenvuelve entre su condición desde siempre de hombre burgués, aunque soñador, de alguien que aspiraba a algo diferente y la admiración que siente, aún años después, por su hermano Adrián, quien supo además, en su momento, desprenderse de su familia y huir a Francia. Pero Vidán con el paso del tiempo se ha convertido en un hombre gordo, alcohólico y embaucador, aunque presiente aún le queda algún resquicio de esa valentía que le otorgó su hermano antes de irse y así emprende su particular aventura hacia la libertad, instalándose en el hotel a donde, años antes, habían llegado Adrián y Estela. Muy pronto el lector se da cuenta de que lo que pretende este fracasado es de reiniciar los pasos llevados a cabo por ambos personajes. En realidad, es un telegrama el que motivará esta aventura por la noticia que contiene: la repentina desaparición de Adrián en un accidente marítimo, se le reclama como único familiar más cercano y se le pide que se encargue del papeleo y de las pertenencias del finado. Cuando llega tampoco encuentra a Estela, la joven amante que parece haber iniciado una nueva vida junto a un fotógrafo. Al querer reconstruir la vida pasada de su hermano y su amante, el protagonista hará un repaso de todo lo acontecido en su vida: ha perdido a sus padres, sus propiedades, sus negocios, y sobrevive por los chanchullos que va realizando, incluso, ha llegado a mezclarse con los bajos fondos de su ciudad. Ha pasado de ser un hijodalgo a un vivales. El narrador proclama insistentemente el enfrentamiento al que se somete el personaje, contando la historia, además, en tercera persona, porque ha visto como la desilusión de su vida le ha hecho convertir a la de su hermano en una meta mejor, pero pronto se dará cuenta de que aquel ya había vivido su propia desilusión. En No existe tal lugar (Anagrama, 1997), el narrador es en esta ocasión alguien que ha sufrido todo tipo de humillaciones, ha claudicado en muchos aspectos que le han llevado a una existencia banal y sinsentido durante los años de su mejor existencia y a los cuarenta y pico cumplidos, y decide romper con esa vida burguesa, con la escritura de memorias, y reconstruir junto a los héroes que ha ido esbozando una nueva vida al mismo tiempo que hace un repaso de la hipocresía de un mundo contemporáneo, como otras tantas veces había ensayado Sánchez-Ostiz pero que, pese a todo, le llevan a albergar la esperanza y la ilusión a esa miseria moral de la que pretende salir. En el relato se va profundizando en ese laberinto de la memoria para recordar esos otros tiempos felices, quizá los pasados con sus abuelos y sobre su tío en la casona de Chimunea, en la que otrora fue feliz, pero sobre todo aprendió, de ese tío-referente, la posibilidad de encontrar una salida al laberinto de su vida porque ese antepasado se ha convertido en el personaje que le otorga la credibilidad de otras posibilidades no ensayadas. No obstante, tal vez una vez leída la novela los lectores tenemos la certidumbre, no ya la sospecha, de que todo lo que hace el protagonista para poder reiniciar su camino, no le llevará a escapar de ese horror del mundo y que fuera de la «quimera» del tío y del sobrino es posible que «no exista tal lugar», como certeramente titula el autor su obra, es más, se insiste en el hecho de que fuera de nuestra fantasía, de nuestra imaginación, en definitiva, no haya una salvación posible que nos lleve a desprendernos de las ruinas de nuestra vida, al menos de la Julián Odieta. Como en las obras precedentes de Sánchez-Ostiz, la presente rezuma transparencia en la ejecución estructural, en la disposición y avance de la historia, en la expresión, casi lírica, de su prosa que sabe en todo momento adaptarse a los personajes y reproduce en su lenguaje, coloquialismo, jergas e idiolectos de la zona donde se desarrolla la obra. 
               La crónica particular de un tiempo y de un país, así ha calificado el propio  Sánchez-Ostiz su última novela, centrada, además, en ese espacio geográfico concreto que es el País Vasco y Navarra. El corazón de la niebla ( Seix-Barral, 2001), es la primera parte de un proyecto muy ambicioso titulado «Las armas del tiempo», una suerte de crónica desde los tiempos de las guerras carlistas, pasando por el desastre de Marruecos, la Guerra Civil, la dictadura y el sentimiento nacionalista, hasta la transición democrática, el felipismo y la posterior profundización en las señas de identidad de este singular pueblo. Los estudiosos de Sánchez-Ostiz han insistido, una y otra vez, y en cada novela publicada por el narrador navarro, que su escritura pretende ser una crítica de la realidad social de la España en la que vive o convive el autor. Los necesarios saltos en el tiempo equivalen a esa técnica que se sustenta en la memoria de la que, ineludiblemente, se ha insistido en toda su obra anterior. Su anterior obra y referente más inmediato a esta última publicada, La flecha del miedo (Anagrama, 2000) es, abundando en su esfuerzo por transmitir el clima de la realidad, un recorrido por aquellos indescriptibles días de la transición democrática y por consiguiente, se traduce o interpreta como una crónica personal. Pero también es una novela de voces porque de lo que se trata es de poner voz, a través de unos muñecos, a toda una memoria y desde el punto de vista de su protagonista, la memoria de una farsa en la que todos los protagonistas se perfilan como figurantes de toda una realidad, como siempre deplorable. Umbría es el espacio geográfico, su personaje principal, un ventrílocuo que con su espectáculo filosofa sobre las frustraciones, sobre los miedos, sobre la verdad y la mentira, sobre la vida, en definitiva, como ese proyecto hermoso.       
                Insistiendo en El corazón de la niebla, es esta una novela de tesis, con ingredientes tan diversos que podría inscribirse en el realismo narrativo, la novela psicológica, la crónica socio-política y, en última instancia, en un relato detectivesco en su sentido más estricto, porque de lo que se trata es de esclarecer una muerte, una rara desaparición, la de Juan Miguel Arróniz, amigo otrora del narrador quién, una vez conoce la noticia, se impone la tarea de averiguar su misterioso final. Arróniz, bibliófilo, político arrepentido con cargos durante la larga etapa socialista, decide retirarse del mundanal ruido de Madrid y recluirse en un caserío de Eleta, situado en el valle fronterizo de Humberri, un idílico lugar ancestral donde poder escribir, leer, pensar y, sobre todo, poder reencontrase humanamente con su especie y consigo mismo. Lo que nos irá desvelando el narrador en su relato es el mundo de los prejuicios y de los intereses, con esa premisa que distribuye la paridad del mundo en dos mitades: los de aquí y los de allá, los de dentro y los de fuera, para finalmente contar una historia que no tiene solución, quizá como esa conveniencia que esgrime Sánchez-Ostiz al describir la parábola del pueblo vasco y sus problemas, la idea de que, los ajenos, no podemos compartir ideales en tanto que estamos siempre fuera de las leyes que proclama la tribu y que, como el título del propio libro, deja fuera incluso al propio Arróniz, y que, aún insiste más, sirve para constatar que lejos de solucionarse el problema éste aún persiste. Sólo quien pueda vivir o haber vivido en semejante sociedad, entre esa niebla, podrá entender el desencadenamiento de esta tragedia descrita, los de unos hechos que conviven desde hace muchos años con el resto del país y sólo así entenderá que, aún en nuestros días, semejantes acontecimientos llevan a abismos de pasión y de odio tal y como los que se viven diariamente. El narrador opta por novelar el problema y ofrece diversos puntos de vista sin que sus personajes participen activamente en la historia de una forma unilateral y comprometida.
               La obra de Miguel Sánchez-Ostiz, contemplada desde esa visión panorámica que le otorga su propia motivación le lleva a esa calidad de conocedor de un saber privilegiado, no tanto político como ideológico, que se ejemplifica en ese paradigma de una resistencia existencial en su propia actitud como escritor: resistencia que se traduce contra ese reflejo creciente de una identidad personal en la escritura, la extinción progresiva de la experiencia acerca de una época histórica determinada, la no menos vituperada desaparición de una naturaleza, radicalmente inscrita en el sentido de una especulación humana, el desencanto del propio mundo literario y por ende la búsqueda de esa «transición» literaria que se empezaba a ensayar en los noventa y que, potencialmente, tendrá sus resultados dentro de unas décadas. Extraño mundo, ha llegado a escribir el autor, extraño mundo aquel en el que se ponen límites a la libertad de pensamiento en aras de la búsqueda, la invención y la afirmación de una identidad nacional colectiva. Extraño, aún más, el país donde uno tiene que medir lo que dice, lo que hace, a dónde va, con quién y debe llevar una máscara. País recóndito de la sospecha y del doble lenguaje, de las dos barajas, de las mil caras, alojado en el miedo que goza, sin embargo, como afirmaba Barthes, de una luz transparente, pero de un paisaje que aquieta el corazón.

lunes, 8 de julio de 2019

Desayuno con diamantes, 148


                           AMOR, SEXO Y VIDA
      



       A lo largo de la primera mitad del siglo XX, un grupo de mujeres se dieron a conocer dejando tras de sí esa actitud de resignada posición social machista que caracterizó a buena parte del siglo anterior. En este sentido, Rosalía de Castro escribía: “Si yo fuese hombre, saldría en este momento y me dirigiría a un monte, pues el día está soberbio: tengo, sin embargo, que permanecer encerrada en mi gran salón”. Rosa Chacel, María Teresa León, Federica Montseny, y anteriormente Concha Espina, María de la O Lejárraga, y sobre todo, Carmen de Burgos, periodista, reputada conferenciante, viajera incansable y novelista, que había definido el concepto «feminismo» en 1926 como, “el partido social que trabaja para lograr una justicia social que no esclavice a la mitad del género humano, en perjuicio de todo él”, conformaron la nómina de mujeres que, históricamente, tuvieron un amplio eco social en la España del primer tercio de siglo, desde sus escaños como diputadas: Victoria Kent, Clara Campoamor y Margarita Nelken, o desde su implicación en nuevos conceptos literarios: la narrativa y la novela corta, una fórmula de consumo generalizado, destinado a gustar a las mujeres aunque también a excitar pícaramente a los hombres, mostrándoles un tipo de mujer liberada, sofisticada y liberal. Concha Espina fue pionera en la concepción de la novela como instrumento de denuncia social, y Rosa Chacel, la novelista que llevó más lejos los postulados sobre la deshumanización del arte, se convirtió en uno de los personajes más influyentes de la vanguardia estética; paralelamente, Concha Méndez, Ernestina de Champourcín, Josefina de la Torre y Carmen Conde, formaron parte de la mejor expresión lírica de la Generación del 27.
       El caso de  Colombine es el mejor ejemplo de mujer libre, luchadora, apasionada y capaz de desafiar a la sociedad de su tiempo desde las páginas de los periódicos y con una extensa obra, sobre todo, con sus novelas cortas que fueron muy populares en la época. Defensora de la República, se convirtió en una de las primeras mujeres corresponsales de guerra: la de Marruecos, cuyas crónicas reunió con el título En la guerra (Episodios de Melilla) (1909), además de mantener viva una tertulia conocida como “Los miércoles de Colombine” y ser protagonista del episodio más sonado en su vida privada, sus amores con Ramón Gómez de la Serna, a quien la narradora había conocido en 1908.
      
Una vida

       Carmen de Burgos Seguí había nacido el 10 de diciembre de 1867 en el pequeño pueblo almeriense de Rodalquilar. La educación que su padre, José de Burgos Cañizares, le dio fue la misma que al resto de sus hermanos varones, es decir, una absoluta libertad que le llevaría pronto a desarrollar una febril actividad intelectual y periodística en la capital almeriense cuando se casa, con apenas dieciséis años, con Arturo Álvarez, cuya familia poseía una tipográfica donde se elaboraban algunos de los periódicos locales. Allí se familiarizó con el mundo de la letra impresa y empezó a publicar en la revista satírica Almería Bufa, que dirigía su marido. Realizó estudios de magisterio en la Universidad de Granada, motivo por el cual surgieron las primeras desavenencias conyugales. Elisabeth Starcevic escribe que “pese a que escasean los datos en la época de su matrimonio, por las pocas indicaciones llegadas era evidente que Carmen no era feliz en su vida de casada. Además, sucumbió ante la tragedia de ver morir a su hijo, hecho que parece haberle servido para separarse, definitivamente, de su esposo”. Años más tarde, Gómez de la Serna, describiría ese episodio de su vida afirmando que “Carmen vino a Madrid a rehacer su vida, sin recursos, con su hija en brazos... Carmen, con su sombrerito triste y con su hija siempre en brazos, hizo sus estudios de maestra superior, ganó unas oposiciones a Normales...”; en 1901 obtiene plaza de maestra en la Escuela Normal de Guadalajara, a donde se traslada con su hija María. Aquí se iniciará como periodista profesional gracias a su amistad con Augusto Figueroa, director del Diario Universal, quien le encarga una columna diaria que ella firmará con el seudónimo de “Colombine” que ya utilizaría el resto de su vida.
       En 1904 realizó la primera encuesta en España sobre el divorcio, y la iniciativa tuvo tanta repercusión a nivel nacional que respondieron a ella políticos e intelectuales: Unamuno, Pardo Bazán, Giner de los Ríos, Azcárate, Baroja o Azorín. Un año después obtuvo una beca para ampliar estudios en París y desde ese momento no dejó de viajar por buena parte de Europa, experiencia que después publicó en forma de libro, Por Europa (1906), Cartas sin destinatario (1910) y Peregrinaciones (1916) y los dos volúmenes, Mis viajes por Europa (1916). Su actividad fue tan febril que durante años escribiría de todo: tratados de educación e higiene, biografías, manuales de cocina, de jardinería, crónicas y artículos de todo tipo, así como numerosas traducciones de los principales autores europeos de la época: Nerval, Ruskin, Renan, Nordau, y biografías de Leopardi y George Sand, entre otros. Uno de los episodios más significativos de su vida con cierto escándalo de trasfondo fue su relación con Gómez de la Serna, iniciada en 1908 y finalizada en 1929, después del estreno de la obra del escritor Los medios seres a quien se le había impuesto la participación de la hija de Colombine, una joven coqueta y malcriada, por la que la obra resultó un fracaso absoluto. Ramón huyó a París y justificó más tarde el episodio en una de sus novelas ¡Rebeca! (1936). La ruptura supuso para Colombine su negación a seguir escribiendo, pidió un traslado que le fue negado, se afilió al Partido Socialista y se presentó a diputada en las primeras elecciones convocadas por la República. En un debate sobre educación celebrado en el Círculo Radical Socialista se sintió indispuesta, era la tarde del 8 de octubre de 1932, y aquella madrugada, murió a los 65 años acompañada de su hermana Kitty. 



Novelas
       Carmen de Burgos fue una de las primeras firmas que apareció en El Cuento Semanal, y con cierta frecuencia, colaboró en todas las revistas similares, superando en cincuenta el número de sus novelas breves. En enero de 1907, Eduardo Zamacois había fundado El Cuento Semanal, colección de novelas cortas pionera de otras muchas que irían apareciendo a lo largo de los veinticinco años siguientes. Carmen figuró entre los primeros literatos jóvenes y el 21 de junio publicó su novela El tesoro del castillo (1907). Muchos de sus temas no ofrecen solo un realismo al uso, sino que se apoyan en tesis morales, sociales, e incluso jurídicas y en ellas denuncia la quiebra y defectos del hombre cuando impide la voluntad de las criaturas para poder vivir al amparo de su propia moral. En algunas de sus novelas cortas, El último contrabandista (1918), expone las diferencias sociales entre quienes se juegan el tipo ante la ley y quienes lo hacen solo para cubrir las apariencias; El retorno (1922) plantea el caso de un espiritismo basado en hechos reales pero ultrajado por una burguesía que busca en él su propia diversión. Y con respecto a su compromiso feminista, creó varias novelas: La hora del amor (1916), La rampa (1917) y La malcasada (1925); en Quiero vivir mi vida (1931), con un prólogo de Gregorio Marañón, la novelista describe la sorpresa, el desengaño, el dolor y el asco de una bella mujer, de carácter dominante, porque su marido carece de delicadeza y de  tacto para convivir en pareja.

Amor, sexo y vida
      
       La editorial cordobesa Berenice, del grupo Almuzara, edita con introducción de Mercedes de Pablo, esta novela, Quiero vivir mi vida e incluye una “Biografía de Carmen de Burgos en sus propias palabras” dirigidas a Ramón Gómez de la Serna, y el enjundioso prólogo que Gregorio Marañón, escribió en julio de 1931, y tituló “Breve ensayo sobre el sentido de los celos” y afirma que Colombine siempre atenta a “los progresos del pensamiento, ha escrito una novela en la que desarrolla un conflicto de la psicología y del instinto de la mayor modernidad”; e insiste, además, en que “la narradora habla de los celos como una patología”.
       Quiero vivir mi vida es una obra descorazonadora sobre las relaciones matrimoniales que cuenta la vida de la joven Isabel desde su boda con Julio, su azarosa relación, y termina en un desatinado final. Isabel es un personaje tornadizo, caprichoso, voluble, insatisfecho y celoso, que mantiene una relación de amor-odio hacia su marido, hacia el matrimonio y hasta su propia condición de mujer. Esta es la imagen que Carmen de Burgos quiere ofrecer a sus lectores convocándolos a participar en esa idea de fracaso que supone la condición de mujer y ese sentimiento eterno de amor, incluso tras el matrimonio. Y al hilo del conflicto, otros personajes secundarios aparecen para completar el cuadro que Colombine quiere mostrar para contar su historia: la hermana y madre de Julia, un par de amigas, un amigo íntimo de Julio, Alfredo el médico, y un joven, Enrique, al que la joven seduce y que finalmente se suicida. Los personajes femeninos se muestran frívolos y con una variable psicología compleja y contradictoria que haría difícil una relación matrimonial sana, según la época, porque Quiero vivir mi vida está ambientada en la alta sociedad madrileña, con sus lujos, sus veraneos, sus affaires amorosos, sus maledicencias y sus frivolidades, pero que podría estar situada igualmente en otros lugares europeos cosmopolitas, que bien conocía la almeriense, como Roma, Paris o Lisboa.
       La novela está escrita en tercera persona, y el narrador apenas interviene para presentar las situaciones, los personajes o introducir los diálogos que, en numerosas páginas, resultan tan lacónicos como punzantes, y evitan así esas extensas digresiones y descripciones de época. Y puesto que la novela queda dividida en 47 capítulos breves, agilizan de alguna manera una lectura, que el lector hará con cierta rapidez y no menos placer. Y así, Quiero vivir mi vida, resulta, casi cien años después, y tras la evidente perspectiva histórica que nos separa de sus planteamientos, una novela sorprendente por su exclusiva novedad de dotar de voz propia a sus protagonistas femeninas pero, sobre todo, por la finura en la caracterización psicológico de sus personajes, magistralmente, presentados como una obra coral que, sin embargo, dota a cada uno de ellos de perfiles tan personales como poco estereotipados. Colombine se anticipa con fórmulas habituales en la literatura actual, radicalmente novedosas en un tiempo donde era casi imposible escapar de los maniqueísmos y esperar de los lectores que se identificaran con los estereotipos de la felicidad o de la infelicidad humana.

                             QUIERO VIVIR MI VIDA
                        Carmen de Burgos (Colombine)
                          Prólogo de Gregorio Marañón
                             Córdoba, Berenice, 2018

lunes, 6 de mayo de 2019

Desayuno con diamantes, 147


LA MIRADA AUSENTE DE AYALA, CHAVES NOGALES Y ANDÚJAR

La vertebración ideológica en su connotación políti­co-social.

      
       Una guerra civil supone ese trauma colectivo que afecta a un pueblo y la predisposición hacia actitudes sociales y culturales. En un país como España ha sido durante décadas punto de referencia y durante años hemos comprobado sus trágicas consecuencias; más que una interrupción en el espacio sucesivo de la creación artísti­ca, originó un replanteamiento de situaciones que tuvieron como efecto la incorporación a la creación litera­ria de nuevos esquemas estéticos, y de motivos existenciales. Desde el punto de vista cultural, y/o literario, la guerra provocaría una ruptura; y aunque sobrevivieran algunos significativos nombres de generaciones precedentes, lo cier­to es que se produce ese corte de difícil sutura. Y no sólo porque buena parte de la intelectualidad española se viera abocada al destierro, sino porque se han conmovido todas las estructuras precedentes y aún, las futuras. Santos Sanz Villanueva verá en la guerra civil, y desde la pers­pectiva cultural, una especie de borrón y cuenta nueva, y respecto a la cultura narrativa, deberá transcurrir un largo período de posguerra para que se produzca la válida reconstrucción del género. 


       La obra narrativa de Francisco Ayala (Granada, 1906-Madrid, 2009) comprende algunas novelas notables y curiosos tomos de relatos de singular relieve, tanto en su temática como en su tratamiento. Anderson Imbert distingue un primer período entre 1925 y 1930: Tragicomedia de un hombre sin espíritu (1925), Historia de un amanecer (1926) y Medusa artificial (1927); y otro, desde 1944 a 1959: La cabeza de cordero  (1949) y Los usurpadores (1949), obras que apuntan preocupaciones de tipo ético. El primero ofrece un tono juguetón, imaginativo, corresponde a la época surre­alista y deshumanizada; el segundo, de una actitud más realista que Ayala adopta valiente y sarcásticamente en sus más certeras crudezas. Ironía y capacidad para la parodia en dos novelas de ambiente hispanoamericano: Muertes de perro (1959), denuncia de las dictaduras, y El fondo del vaso (1962) y se añaden los relatos Historia de macacos (1955). El as de bastos (1964) completa el ciclo narrativo, aunque en 1971 publicaría un título muy personal: El jardín de las delicias. 

     
       Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897- Londres, 1944) se puso al servicio de la República al estallar la guerra civil. De ideales firmes y claros, como demostraban numerosos artículos suyos, aguantó hasta que el gobierno abandonó Madrid. Convencido de que ya no podía hacer nada por su país, se exiliaría en París. En Francia, colaboró en diarios hispanoamericanos y escribió su testimonio de la guerra civil, A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, publicado en Chile en 1937. Hastiado de la violencia por ambas partes, esta obra es un impresionante alegato contra las brutalidades de la guerra, incluidas las de su bando, el republicano, y pone de manifiesto el insoportable clima de violencia instalado en la sociedad española a raíz del golpe militar. 


       Manuel Andújar pertenece vital y políticamente a la generación del 36, aquella que adquiere conciencia de su momento histó­rico en la guerra civil y sus causas, las precedentes y las que siguieron. Literariamente se inscribe en la pri­mera generación de posguerra, y en 1944, en exilio mexicano, publica su primera novela, Partiendo de la angustia. Desde sus inicios literarios dará testimonio de su compromiso hasta hacer de su observación de la realidad, la presente y la histórica, el indeleble trasfondo de su obra. Tres circunstancias inciden como fenómenos concomitantes en su obra, indispensables: una sólida vertebración ideológica en su connotación políti­co-social; un componente emocional; y el retorno como punto de verificación de un pasado prescrito y presente en su dramática evocación. Obra y vida están condicionadas en Andújar por esta circunstancia, no puede sorprendernos que su narrativa nazca y crezca mar­cada por el desarraigo y la objetividad, y su retorno suponga la recuperación de su pasado y ese contraste entre lo emocional que provocó la guerra y el testimonio ante una nueva realidad.
       El corpus narrativo de Andújar permite distinguir dos períodos: desde Cristal herido (1945) hasta Historias de una histo­ria (1973), y desde Cita de fantasmas (1989) hasta Un caballero de barba azafranada (1992). El primer período se caracteriza por la consciencia de un sentido de lo español y su posible trascendencia de etopeya porque cuando Andújar llega a México, en junio de 1939, lleva consi­go el dolorido sentir de la derrota y una pesimista visión de España; en el segundo, verá otra realidad novelable menos sangrante, más profunda, próxima al subconsciente y un territorio casi exclusivo de la psicología humana.