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miércoles, 16 de junio de 2021

Hoy invito a...


  

Amaneceres

 

M. Ángeles Pérez

 

Maternidades

 

 

       La decisión de ser madre ha venido, casi siempre, envuelta en una serie de realidades, así como de los valores que le hemos dado a cada una de ellas. La experiencia de la maternidad nos lleva hacia un lugar único y desconocido, colmado de sueños, esperanzas e ilusiones. A ese maravilloso y único lugar nos transporta la lectura de Maternidades. Coordinado, este maternal libro, por Canet y Troncoso, nos presentan, a través de la palabra, la particular visión y experiencia de la maternidad de treinta nueve mujeres de diferentes edades y geografías. De esa emoción apasionante y sentida desde el primer momento de la concepción, de la primera mirada hacia un pequeño ser nacido de tus entrañas, del pasar el tiempo trasladado a otros ojos que ya no son los tuyos, de la forma tranquilizadora de ver continuar la vida una vez que tú ya no estés. Cerrando sus últimas páginas nos queda esa sensación de musicalidad, de poesía, de ternura.        Maternidad, como bien deja reflejado Carmen Canet, en uno de sus tantos y sabios aforismos, es «la generosidad, el amor, la adaptación del cuerpo y del alma». 

 

domingo, 13 de junio de 2021

Hoy tomo café con…

 Esther Ginés afirma que “la vida sólo puede ser entendida mirando hacia atrás, pero tiene que ser vivida hacia delante.”.


 

       Esther Ginés (Ciudad Real, 1982) publicó en 2012 su primera novela, El sol de Argel, y la siguiente cinco años después, En la noche de los cuerpos (Adeshoras, 2017). La identidad, la incomunicación, el pasado o los lazos familiares, son los temas que explora en su narrativa. Mares sin dueño (Tres Hermanas, 2020), su tercera novela, cuenta una historia sencilla y añade al argumento un secreto que deberá descubrir el lector, porque la fuerza de la trama se justifica en una extraordinaria y maravillosa ambientación, un viaje que lleva a cabo su protagonista, toda una serie de descubrimientos que se deslizan por las páginas de este relato.

 

¿La literatura sirve, en algún sentido, para responder a nuestras propias preguntas?

       Siempre lo he creído, tanto como lectora como desde la posición de autora. Considero que la literatura es un modo de dialogar con la vida y cuestionarnos el momento vital en el que nos encontramos.

 

Y por añadidura, ¿quizá para romper, de alguna manera, con un pasado?

       Decía Kierkegaard que “la vida sólo puede ser entendida mirando hacia atrás, pero tiene que ser vivida hacia delante.”. Me parece una reflexión muy sabia puesto que es inevitable no volver a los hechos del pasado que nos marcaron, pero hay que tratar de hacerlo desde un modo que no sea dañino. El pasado no se puede cambiar, por lo tanto parece absurdo vivir en él, pero regresar a él también puede tener un elemento sanador y de ruptura necesaria.

 

Una primera novela de iniciación, El sol de Argel (2012), ¿qué destacaría de esa propuesta narrativa?

       Creo que fue un libro valiente con el que me atreví a abordar de temas como el suicidio y las máscaras que la sociedad nos obliga a llevar en muchos momentos. Vivimos en una sociedad donde muchas veces se nos fuerza a mostrar sólo la alegría, como si la tristeza o el fracaso no tuvieran lugar. Es un libro que hablaba sobre los juicios morales y la imposibilidad de ser uno mismo a la vez que rendía homenaje a un libro de cabecera para mí, “El extranjero”, de Albert Camus.

 


Su siguiente entrega, En la noche de los cuerpos (2017) ¿se convierte ya en una novela de personajes?

       Intento trabajar en todas mis novelas los personajes de un modo casi obsesivo. Me fascina la psicología humana; como lectora, si me atrapa el modo en que está presentado el personaje, la trama casi me parece lo de menos… “En la noche de los cuerpos” presenta un triángulo de personajes cuya creación supuso para mí todo un reto, puesto que son muy diferentes pero de algún modo se crea entre ellos una relación muy dañina de simbiosis, especialmente entre Olivier y Cecilia.

 

Esta novela tiene dos partes muy diferenciadas, una primera de acción, y una segunda más introspectiva, ¿quizá porque, en esta, se incide más en el aspecto literario?

       Me dicen que mi literatura es muy intimista y me siento cómoda con esa definición. La acción no prima en mis libros tanto como en los de otros autores, aunque siempre hay un detonante, un hecho que hace que todo salte por los aires y los personajes actúen. Y una vez que lo hacen, me gusta mucho ‘instalarme’ en sus mentes, cuestionar los motivos por los que actúan de ese modo y trasladar a los lectores esos interrogantes. Me gustaría pensar que escribo para compartir esas preguntas con ellos.

 


Su reciente entrega, Mares sin dueño (2020), explora acerca de la identidad, la complejidad del amor, o la falta de comunicación, ¿de alguna manera se completaría así su visión de la ficción narrativa?

       Hasta ahora, mi narrativa ha girado alrededor de esos ejes: la incomunicación, la complejidad de los lazos familiares, la identidad, el peso del pasado… Son temas que me interesan como persona y que a nivel narrativo me parecen muy poderosos. Cuestiones atemporales que la literatura puede abordar desde diferentes puntos de vista, por eso siempre tienen vigencia.

 

Esta novela, por su ambientación y fuerza de sus personajes, ¿es su propuesta más ambiciosa?

       Creo que esta novela ha supuesto un salto en mi carrera literaria, aunque el 2020 ha sido un año muy duro para la literatura. En primer lugar, me ha permitido llegar a un sello editorial que siempre había admirado, como es Tres hermanas; es una editorial valiente y muy literaria donde creo que esta novela encajaba muy bien. Además, por circunstancias personales y casi excepcionales tuve el privilegio de dedicarle a “Mares sin dueño” una dedicación exclusiva durante mucho tiempo, algo que sin duda benefició al texto. Cuando compaginas vida laboral con vida creativa, como por desgracia nos pasa a la mayoría de escritores hoy en día, es muy difícil lograr esa excelencia que tanto buscamos. Si algo necesita la literatura son horas y soledad.

 

¿El lector debe entender su texto como una curiosa visión sobre el mar?

       Es, en efecto, una carta de amor al mar. Por supuesto, un amor que también es peligroso, como sabrán los lectores que se hayan adentrado en la historia. Desde el principio supe que el mar sería un protagonista más de la historia y creo que tiene un papel clave en la trama.

 


Pretende que su protagonista femenina, Elisa, salve con la fuerza de su amor, a un atormentado Kylian, ¿tal vez que realice una auténtica bajada a los infiernos?.

       La novela plantea esa pregunta: ¿se puede o se debe intentar salvar a quien amamos? ¿O sólo uno ha de salvarse a sí mismo? Es una idea hermosa y quizás demasiado idealizada que además conecta con clásicos muy poderosos, por eso creo que sigue vigente. Me gusta que sea la propia Elisa la que, en un punto de la historia, se plantee esa misma pregunta, una cuestión casi imposible de resolver… quizás por eso sea tan fascinante.

 

Mares sin dueño es, sin duda, una novela de ambiente, de abundantes descripciones, y una extrema introspección, ¿es ahí donde pretendía que residiera la fuera de su relato?

       Quería que hubiera un equilibrio entre el viaje interior y el viaje físico. Es una novela que cuenta ese doble viaje, por eso elegí la cita de Rilke “todo viaje es al interior” para abrir la historia… Creo que los viajes que nos transforman pasan por tocar algo de nuestro interior, y por eso este viaje que Elisa emprende está tan influenciado por ese ambiente hostil que le dificulta las cosas y por ese choque cultural que encuentra cuando llega a esas tierras tan lejanas.

 

Sus tres novelas, diferentes entre sí, la sitúan en el panorama literario contemporáneo femenino, ¿siente usted que es una narradora intimista, de personajes que cobran fuerza a lo largo del relato, y la fuerza reside en sus protagonistas?

       Así es; para mí los personajes son la clave de mis historias. No me siento a escribir hasta que no siento que los conozco perfectamente, y lo que me resulta más gratificante es saber que los lectores han podido conectar con ellos. También me interesa mucho el modo en que cuento las historias, quizá el componente intimista me viene de la poesía, ya que cuando comencé a expresarme y a buscar mi voz fue a través de la poesía.

 

Para terminar, ¿si es que busca algo, qué explora usted con su literatura?

       Siempre estoy buscando el modo de entender o de analizar lo que no entiendo, lo que me resulta extraño y a veces aterrador. Me interesa explorar lo desconocido, eso que a veces tenemos a la vuelta de la esquina…Veo el proceso creativo como algo ligado a la búsqueda, y esa búsqueda es también un lugar de estar en el mundo.

viernes, 11 de junio de 2021

Eduardo Mendoza

   Última parada

                     

      

       Rufo Batalla, el curioso protagonista de El rey recibe (2018), nos reconciliaba con la literatura del sarcasmo y del humor. El periodista novato cubría, en la Barcelona de 1968, algunos de los grandes acontecimientos del siglo XX, y por un guiño del destino conocería a un estrafalario aristócrata que lo implicaría en una curiosa trama cuando intentaba recuperar el trono de un país báltico cercano a la Estonia actual, ficticiamente bautizado como Livonia. Rufo, conocerá al príncipe en Formentor, enviado por su periódico para cubrir la boda entre Tukuulo y la joven Isabella, y aunque el episodio resultaba gracioso, mirado desde una perspectiva jocosa, funcionaba como una historia de novela paródica, una cruda pantomima, casi caricaturesca; en El negociado del yin y el yang (2019) se convertía en un funcionario de la Cámara de Comercio en Nueva York, esa ciudad soñada donde vive en un barrio elegante, con un aceptable sueldo, y poco trabajo; a finales de 1975 la muere Franco y la del padre, obligan a Rufo a un viaje fugaz, entonces sopesa la idea de regresar de forma definitiva porque no quiere perderse el devenir político de una España en tan interesante momento histórico tras los años de dictadura.

       Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943), que escribe con una cierta alegría y una notable libertad, remata su mirada a la segunda mitad del siglo XX y, con Transbordo en Moscú (2021), entrega el final de su trilogía; una curiosa obra contemporánea que busca un lector cómplice para esa primera persona que, se aleja a menudo de la voz protagonista, y reproduce un efecto secundario de notables decisiones ajenas. Ahora, Batalla se ha casado de penalti con Carol, una rica heredera barcelonesa. Tiene hijos, se deja enredar otra vez por el fantasma del príncipe, viaja aquí y allá, lee en el periódico la caída del Muro, y asume su contingencia; el argumento sostenido en estos tres libros sigue siendo la historia de Tukuulo, el heredero exiliado de aquel país del este que se convirtió en el juguete para los verdaderos hacedores de la Guerra Fría. En Transbordo en Moscú, su presencia se convierte en una ausencia presente, y Mendoza exhibe, como quien no quiere la cosa, la cultura de un hombre de mundo, y sus personajes lanzan sus impresiones sobre Shakespeare, el comunismo, la antropología o las Olimpíadas del 92. Cada divagación vale la pena, incluso la excéntrica consideración sobre los recientes acontecimientos en Cataluña, más allá de algunos artificios oníricos y legítimos, y ocurrentes, la clave en esta novela es el estilo que calificamos de felicísimo, porque asesinar a un espía, viajar con pretextos narrativamente arbitrarios a la Polonia pre-solidaridad o cenar con un banquero, le merecen al narrador el mismo tipo de distanciamiento irónico, o un escepticismo cariñoso que no cae en el cinismo, un tono que se presupone en la naturaleza del propio Rufo Batalla, un hombre sin atributos, o no ha querido explotarlos en exceso, y el lector intuye indiferencia patricia que es fácil atribuible al propio autor.

       La trama es solo un débil esbozo que aporta divagaciones meditadas sobre su pasado en el Nueva York salvaje de la juventud de Mendoza, sobre la insolvencia de las clases, o el desengaño revolucionario de finales de los setenta, mientras crecía un país nuevo al hilo de un capitalismo de nuevos ricos, y se preparaba la ratificación eufórica de 1992. Las procelosas aguas de la familia, el matrimonio, sin que llegue a comedia de enredo, aunque se le parezca, y la crianza de los hijos se llevan su parte de verdad, como ese otro pedazo de melancolía sin patetismo que baña las evocaciones de la pobreza de los países de la órbita soviética y el hundimiento de la URSS, cuando el lado bueno del mundo se quedaba sin contrincante a la altura porque desaparecían las ideologías totalizadoras.

       La prosa tan limpia como concisa y certera, de una apariencia accesible y natural que caracteriza a Mendoza, es compatible con una abundante obra de calaje universal.

                                


    

 

                                  Transbordo en Moscú

                                    Eduardo Mendoza

                            Barcelona, Seix-Barral, 2021

 

 

martes, 8 de junio de 2021

Jesús Carrasco

                        Teoría del desencanto

                          


                                         

       Jesús Carrasco (Badajoz, 1972) intentaba escribir una historia universal con Intemperie (2013), buscaba una recuperación de la cultura de la nimiedad, un retrato de la vida rural y campesina de tanto arraigo, certificaba la crueldad de una existencia tan tremendista como real, y cautivaba a sus lectores con una historia atemporal protagonizada por personajes que crecían psicológicamente, un sostenido lirismo y la ejecución precisa del lenguaje caracterizaban a su prosa. Con La tierra que pisamos (2016) retomaba ese bis psicológico de unos personajes que despertaban a una nueva realidad, aunque Eva y Leva se mostraban estáticos desde las primeras páginas. Ella, rebelde convencida de la humanidad del extraño Otro; él, un niño, a quien el horror había dejado mudo.

       La tercera novela, Llévame a casa (2021) recupera esas sensaciones estilísticas de su prosa anterior, cuenta una historia ambientada en nuestro tiempo, un ámbito familiar reconocible. Todos tenemos unos padres a quienes, desde un indiscutible sentido moral, nos debemos cuando se hacen mayores, necesitan ayuda, o le debemos un apoyo emocional. A ese dilema se enfrentan Juan y su hermana Isabel, los protagonistas, aunque Carrasco hará que Juan reaccione de un modo desconcertante ante los acontecimientos que se suceden en un breve espacio de tiempo, la muerte del padre y la soledad e incipiente enfermedad de la madre, hechos que se expondrán en los reproches de Isabel al ausente Juan que un día decidió instalarse en Escocia.

       La historia reproduce las tensiones domésticas y costumbristas entre dos generaciones: la paterna, entregada a su trabajo, la resignación y el cuidado familiar sin concesiones, o muestras de cariño; y los hijos, criados con más medios y oportunidades, aunque en el momento de la madurez se enfrentan con la crisis económica, y la necesidad personal de construir su propio camino. En los protagonistas de esta segunda generación, en Juan, y en Isabel, su antagonista, aflora idéntico conflicto: optar entre el individualismo capitalista que nos aleja para vivir una experiencia propia, quizá, en Edimburgo, fregando platos, o verse en la obligación de responder al vínculo familiar de profundas convicciones arraigado en nuestra sociedad, hacer lo que se espera de uno, para no convertirse en un descastado. La antítesis de la capital escocesa, el pueblo toledano de Cruces, donde Juan hereda el modesto y ruinoso negocio familiar, vuelve a esa casa de su adolescencia, recorre los senderos de la juventud, o visita los bares de aquel aburrido pasado.

       La novela se desliza por un camino previsible, sin giros o sorpresas, añade una evolución en la forma de ser, en el comportamiento de Juan, evidente y nada más. Tal vez, la emoción de este libro radique en el patetismo de algunas escenas, en la falta de empatía de Juan hacia sus iguales, que se comportan como se espera, no existe conflicto, ni en los diálogos ni en los choques entre posturas o puntos de vista. Se muestran aspectos sugerentes a través de los objetos, los usos, o la descripción de la vivienda, símbolos de una brecha generacional y la concepción de la familia, pero el protagonista claudica, se conforma, acepta aquello que se espera de él, y reproduce el esquema que Isabel le había descrito durante los años de su ausencia.

 

 


 

 

 

 

Llévame a casa

Jesús Carrasco

Barcelona, Seix-Barral, 2021

viernes, 4 de junio de 2021

Centenarios

 

Efemérides

 

        04 de junio de 1821, nace Apolón Nikoláyevich Máikov poeta ruso.
               05 de junio de 1921, muere Georges Feydeau, comediógrafo francés.
       12 de junio de 1921, nace Hans Carl Artmann, literato austriaco.
              18 de junio de 1921, muere Eduardo Acevedo Díaz, escritor y político uruguayo.
       19 de junio de 1921, muere Ramón López Velarde, escritor mexicano.
               21 de junio de 1921, nace Helmut Heissenbüttel, escritor alemán.

miércoles, 2 de junio de 2021

Francisco Javier Guerrero


              Tiempo y dimensión en los relatos de La vida anticipada

      


   

        Francisco Javier Guerrero (Córdoba, 1976) alterna su proceso creativo literario entre la lírica y la narrativa breve, un micromundo al que ha dedicado algunas entregas con notable acierto, en 2012 publicaba Micromundi, una colección de textos en los que invitaba a descubrir el sentido de la vida, de la existencia a través de lo imaginativo, o de lo imaginado, quizá porque el cordobés contribuye a intuir una determinada situación, trasciende su fe en el espacio de las cosas que rodean su mundo, mantiene una decidida fidelidad en defensa de lo breve, un género que para él interpreta el ritmo de la vida, sintetiza el relámpago de un destello de la memoria, se vislumbra como la fugacidad de un instante, tensa esa magia con la que el prestidigitador muestra y oculta una ilusión, y para el lector se convierte en ese hallazgo a medida que avanza leyendo, y sin duda alguna con más firmeza, en su siguiente entrega Caleidoscopia (2014), una colección que requería sus propias estructuras, y solo así será capaz de satisfacer la curiosidad del lector, premisa que se acerca a una definición de ese ecosistema literario de actualidad en estos últimos tiempos.

          Cuestionada la linealidad misma del tiempo, o acaso ese constante deseo de medirlo, y aún más de contarlo o de regularlo, esa vehemencia se convierte en la quimera que la vida nos anticipa continuamente, ya lo ha demostrado la ciencia, fundamentalmente la Física, un aspecto tangencial que, en algunas enseñanzas, ya era posible encontrarlas y en antiguas tradiciones iniciáticas, tanto religiosas como filosóficas. Sobre esa delgada línea transcurren los relatos de La vida anticipada (2020), en realidad, caminan en su esencia argumental, en gran medida, por el concepto de misterio y de lo extraño, de lo asombroso y de lo sorprendente, solo entonces el lector tiene la sensación de estar en un territorio conocido y, al mismo tiempo, envuelto en el más absoluto concepto de lo fantástico.

       La vida anticipada se plantea, en su esencia misma, como esa ilusión que nos propone el misterio de la existencia, el deseo de ocupar el vacío de esos espacios fronterizos que unen tiempo y dimensión, y presenta la historia de unos personajes que transitan por territorios desconocidos, casi insondables, cuyo vacío provoca que el destino determine la presencia y el sentido ineludible del ser humano. En estos relatos, el sueño se superpone a la realidad y la sobrepasa adquiriendo una presencia más sólida, incluso, que la propia vigilia, entonces el autor juega con la dicotomía entre la ilusión y la realidad proponiendo la inversión de los supuestos que, de alguna manera, impulsan un planteamiento inverso de cuanto hasta el presente hemos asumido como certero, sin cuestionarnos la posibilidad de cualquier otro orden, una perspectiva diferente, otro ángulo de visión como el que nos proporciona la literatura. Una firme voluntad mueve a sus personajes, aunque en algunos de estos cuentos, el azar y el destino, cobran una presencia esencial y abortan la probabilidad de huida en cualquiera de sus sentidos porque no deja de ser una ilusión, en ocasiones, sin duda hermosa y, en otras, tremendamente hostil.

       El libro queda dividido en dos partes diferenciadas, “Las viejas trincheras” que reúne los nueve primeros cuentos, y “Lo que no somos”, otros tantos más que nos sumergen en un número considerable de situaciones plagadas de preguntas e incógnitas, nos invitan a reflexionar sobre la validez de esos límites indeterminados y nos ofrecen la magia para atravesarlos. Previamente, un relato muy breve, “Au clair de la lune”, nos muestra el camino, a modo de presentación, porque Guerrero se recrea en la ilusión que supuso la primera grabación de la canción popular francesa, “Au clair de la lune”, por parte del inventor del fonoautógrafo, Édouard-Léon Scott de Martinville, una bienvenida melódica que invita a los lectores a seguir esa pista o llamada,  pasen y escuchen, o pasen y lean.

       Los primeros nueve relatos provocan, en su mayoría, sucesos o situaciones reales, aunque se mueven en territorios limítrofes o fronterizos, el autor se dispone a sumergirnos en lo desconocido, planteándonos preguntas e invitándonos a que solucionemos cada enigma planteado, el misterio en torno a Philip Taylor Kramer, del primer cuento, bajista del grupo de rock Iron Butterfly, la desaparición de un niño unas horas antes de la explosión nuclear de Chernóbil, en “Radiación”, ese futuro incierto de “La fábrica”, o la búsqueda obsesiva de una maleta de piel humana, de “La maleta de George Parrott”, son algunas de las inquietantes historias que podemos encontrar en este bloque del libro. El resto, en la segunda parte, otras nueve, navegan entre la ensoñación y la realidad, entre las suposiciones y las certezas, resultan textos mucho más líricos que permiten al autor que vuele, aún más, su imaginación, como por ejemplo esos huecos que le dan consistencia a la biografía del Premio Nobel Paul Dirac, en “Los mares de Dirac”, esa curiosa y atractiva explicación que se da en “Hache dos O”, la búsqueda y el encuentro de un escritor con el físico teórico Juan Martín Maldacena, en el relato “Maldacena y yo”, en busca de esa realidad como proyección de una sombra, el curioso texto homenaje, “Te ruego que no leas esta historia. Si lo haces moriré”, entre otras historias que, de alguna manera, se extienden en los límites de un buen relato. La vida anticipada está ilustrado por Lola Castillo que ha sido capaz de extender los límites a que Francisco Javier Guerrero sumerge a sus lectores.

 


                                       La vida anticipada

                                 Francisco Javier Guerrero

                                Ilustrado por Lola Castillo

                                Madrid, Adeshoras, 2020

sábado, 29 de mayo de 2021

Hoy tomo café con...

 Alfredo Taján: “Mi vida ha estado marcada por mis lecturas, y viceversa”

 

 

       Alfredo Taján (Rosario, Argentina, 1960) es autor de las novelas, El salvaje de Borneo (1993), un relato barroco y lleno de sabiduría, El pasajero (1997), Continental & Cía (2001), La Sociedad Transatlántica (2005) y Pez Espada (2011). Ha publicado la colección de cuentos, El retrato de Doris Day (Renacimiento, 2020), que confirma a un narrador dueño de un auténtico retablo maravilloso de obsesiones, experiencias, fobias y, sin duda alguna, ensueños que se convierten en los latidos que calan en todas y cada una de las piezas, extensas y breves, de esta colección de relatos que pone en nuestras manos un singular mago del artificio literario en que se convierte Alfredo Taján, narrador y personaje, en sus historias, y de quien, en el breve e intenso prólogo, Juan Bonilla, afirma, es una muchedumbre cuya literatura breve explora casi todas las posibilidades del cuento, y en este friso, mezcla de fábula y de realidad, encontramos la crónica personal y de viajes, 

       En la actualidad ocupa la dirección de la Casa Gerald Brenan.

 


Después de la novela ¿viene inevitablemente el cuento como un género distinto de expresión?

       La narrativa ofrece un campo ilimitado de expansión en el género novelístico, que últimamente, por cierto, está siendo cuestionado por anacrónico, propio del siglo XIX, mientras el cuento propicia la comodidad de la concisión, la brevedad, el esquematismo, el numen de la historia. Pero resulta difícil diferenciar una novela corta de un relato largo a lo James, Wharton, Bioy Casares o tantos otros. Precisamente Estrella distante de Roberto Bolaño ¿es una novela corta o un relato largo? Unamuno intentó solucionar el problema creando el neologismo nivola, pero ese intento se quedó más en un arma para atacar a la novela realista, imperante en su época, con Blasco Ibáñez y compañía. Resulta sorprendente que el más famoso microrrelato de la literatura, el de Monterroso, se refiera a un dinosaurio que es el animal más desmedido que ha conocido la tierra, mitad reptil, mitad ave. Ese bestiario mixto le fascinaba a Juan Perucho, uno de los cuentistas más interesantes, e injustamente olvidado, de la narrativa en español y en catalán del siglo pasado, con sus historias fascinantes, sus aves bibliófilas, la Avutarda géminis o el Áurea Picuda, que forman parte de la lista de mis obsesiones, y aparecen como protagonistas -Perucho, sus trenes y sus aves-, en uno de los títulos que conforman El retrato de Doris Day. Homenajeando a Perucho, y su universo, festejo de paso aquella corriente literaria, lo real maravilloso, que tuvo, aparte de Perucho, en Álvaro Cunqueiro, Carlos Pujol, y Néstor Luján, sus principales representantes. 

 

 

¿Hasta qué punto le atrae el mundo del libro para escribir toda una colección de cuentos como El retrato de Doris Day (2020)?

       En Una historia de la lectura Alberto Manguel reflexiona sobre el poder, ya no solo del libro, sino acerca de los distintos soportes en que el signo, la palabra, los códigos de transmisión del saber, nos han convertido en lo que somos. Desde las inscripciones en piedra hasta el papiro, el pergamino, el papel, y desde hace unos años, los libros electrónicos, que tienen tanto ventajas como desventajas, la principal, a mi entender, la pérdida de control de la obra artística, la estafa mecanizada, el fin de Galaxia Gutenberg. Todos estos soportes han hecho que nos distanciemos de nuestra congénita ignorancia, de nuestra tendencia a la barbarie, aunque de todos estos soportes el más importante y efectivo, a mi entender, ha sido el libro en papel y su inventario vivo: la biblioteca. Otro título de Manguel, menos conocido, (con Gianni Guadalupi), Breve guía de países imaginarios, nos enseña a que indudablemente un libro puede hacernos viajar a países, continentes y ciudades inexistentes, sin movernos de la butaca. Borges, el ciego vidente, dijo que un libro es la prolongación de la memoria y, por tanto, de la imaginación. 

 

Un catálogo de obsesiones o ¿más bien un tipo de pulsiones para construir una auto-ficción?

       He utilizado El retrato de Doris Day para exhibir, sin pudor alguno, todo un arsenal de nombres, citas y situaciones que mantenía ocultas desde muy joven, porque, también desde muy joven, he sido consciente de que algunas armas de ese arsenal eran tóxicas, y llegado el caso, letales. Me fascina formar parte de mis relatos no sólo como creador ficcional sino además como protagonista de esas aventuras, que, en un tanto por ciento muy elevado, son ciertas, incluso en sus aspectos fantásticos o increíbles. Asumo que todo esto es resultado de una infancia de hijo único, muy sociable, pero con un mundo interior potente, repleto de lecturas, llamémosles ilustradas, que marcaron mi posterior estilo, sin ir más lejos, mi interés exacerbado por determinados pasajes de la Historia, del Arte y de la Literatura que han sido esenciales en mi producción literaria; puedo decir que mi vida ha estado marcada por mis lecturas, y viceversa.   

 

¿Cuánto hay de placer y de terror en su vida?

       Hace más de una década experimenté una sensación que responde esta pregunta. Estaba en mi casa saboreando la soberbia película Vampyr, dirigida por Dreyer en 1932, con el multifacético dandi Julian West como actor principal. Para poner en pie este complejo filme Dreyer se inspiró en uno de los relatos góticos esenciales del vampirismo literario, Carmilla de Sheridan Le Fanu, escrita medio siglo antes que el famoso Drácula de Bram Stoker. Recuerdo que estaba acompañado por mi anterior mascota, una perra de agua, Úrsula, cuando, de repente, me fue embargando una sensación de terror ante aquellas imágenes venenosas en las que se escuchaban voces en francés, inglés y alemán, que entraban y salían de aquella odisea muda; estaba aterrorizado, pero a la vez, no podía apartar mis ojos de la pantalla, hasta tal punto que Úrsula se acercó a mí y empezó a lamerme la mano, supongo que para librarme de aquel maldito éxtasis. En efecto, esto lo explica todo: para mí el placer quizá sea la sublimación del terror. 

 

¿Existe una vocación selectiva previa para construir su libro en cuatro espacios o apartados, con personajes característicos y concretos?

       Una vocación selectiva es probable, pero previa no creo. Lo que me hizo estructurar el libro en cuatro secciones fue la necesidad de darle una coherencia menos cronológica y más argumental. Los personajes, y los temas, irían juntos, pero no revueltos, a pesar de que son personajes miméticos que se inscriben en situaciones ambiguas y se prestan a casi todas las variables posibles.

 

Uno de los temas fundamentales de estos cuentos, ¿puede ser la identidad?

       Por supuesto, uno de los temas relevantes es la identidad. Lo anuncia el título intercambiable de Doris por Dorian, y Day por Gray. Lo anuncia la portada con ese retrato collage de David Bowie en la época de Aladino el insano, un Bowie con el pelo y los pechos de Marilyn Monroe, que era menos recatada que la intérprete de Qué será, será. Bowie canta en Rebel, rebel, una de sus letras icónicas, que “su madre no está segura si su hijo rebelde es un chico o una chica porque su tiene un look divino y su cara es un lío, pero yo lo amo así…” ¿qué sugiere esta letra? Además, la cita con la que se abre el libro está extraída de esa novela, Cobra, de Severo Sarduy, un autor cuya experiencia estilística revolucionó el neobarroco cubano con gotas del telquelismo más hermético. Cobra, el protagonista de este retablo enloquecido, es un transexual en constante cambio, una crisálida en estado puro, un travesti rodeado de una corte de envidiosas hermanas gongorinas; Cobra utiliza diversas máscaras que le protegen de un universo donde impera la asfixia del determinismo ortopédico. Ahí es nada.

 

¿Se puede ir más allá de esa transfiguración terrorífica, con algún sobresalto, como leemos en el relato, “Rojo manantial de juventud”?

       ¿Más allá? Cuando el mal se apropia del instinto y del pensamiento lógico, ya se está pisando un terreno pantanoso. Recordemos como sufre el Doctor Jeckyll cuando se transforma, muy a su pesar, en Mr. Hyde, y pierde el control, y asesina a seres inocentes. El dualismo sin control se transforma en un trastorno grave. Pienso que Stevenson, al escribir Dr. Jeckill y Mr Hyde, otra de las cumbres de la novela gótica inglesa junto con Frankestein, Drácula o Dorian Gray, también atacaba a la hipócrita sociedad victoriana que se sustentaba en las apariencias, y ya se sabe, detrás de luminosos escaparates hay siempre oscuras trastiendas. 

 


¿Se ha mirado usted en el espejo para escribir estos retratos, y piensa que el lector debe hacer lo mismo para leerlos?

       Sí, en algún momento, y me ha dado miedo. Y no es broma. Con el relato La copa del olvido, me ocurrió que debí dejar el final para más adelante porque me invadió una extraña sensación, entre espantosa y repugnante. Respecto al lector, poco puedo decir, solo que le aconsejo que disfrute y no se inmiscuya demasiado en los entresijos en que se basan algunas historias.

 

Si muchos de estos relatos son una suma de su propia autobiografía, ¿necesita la realidad para inventar su propia ficción?

       No todos estos relatos son autobiográficos, por ejemplo, nunca he sido espía de ningún gobierno, y menos del británico, ya me hubiera gustado a mí. Confieso que en mis anteriores novelas hay más o menos páginas autobiográficas, depende de qué título abordemos. En mi próximo proyecto, del que no voy a contar nada, también quiero llevar las riendas de la Historia, con mayúsculas, seré una voz más entre distintas voces, pero una voz singular que guiará al lector a zonas pantanosas, a una terra incognita. 

 

¿Cuánto de tradición literaria, de lecturas, de vivencias y de catálogo cultural puede apreciarse en su literatura breve?

       No lo sé, supongo que hay tradiciones que se entrecruzan, de Borges a Wilde media todo un océano y dos lenguas distintas, pero paradójicamente más cercanas, en actitud y erudición, que el mustio realismo de la literatura europea de la última posguerra, sobre todo la española. En cuanto a catálogo cultural, desde muy pequeño me han chiflado las Enciclopedias, pasaba horas muertas hojeando el Larousse, la Espasa Calpe o la Británica. Después me quedé atrapado en la Antología de la literatura fantástica de Borges, Bioy y Silvina Ocampo, por poner sólo un ejemplo de tantos libros fascinantes que han pasado por mi retina, con preferencia por los títulos raros de autores más raros todavía. A esto debe sumarse que cada día detesto más la palabra catálogo.

 

Convertir a sus contemporáneos en personajes y protagonistas de sus cuentos más que un homenaje ¿podríamos interpretarla como una terapia?

       Más homenaje que terapia. Y también agradecimiento. En el mundo cultural hay mucho odio, luchas cainitas y envidias, pero en el fondo, se trata de una Sociedad de Admiración Mutua.

 


El relato, “La flor pisoteada” ¿quiere reivindicar la figura de María Rosa de Gálvez como amante, y sobre todo su condición de mujer en el panorama literario del Madrid neoclásico?

       Así es. María Rosa de Gálvez fue una mujer que cabalgó entre dos siglos, el dieciocho y el diecinueve, es una de las últimas escritoras neoclásicas, fue apoyada por Moratín, fue después una prerromántica. Se trata de una mujer que demostró en su producción literaria, poesía y teatro, y en su vida, planteando su separación a instancia de parte, una independencia digna del mayor elogio. Posteriormente la historiografía, avanzado el siglo diecinueve, la maltrató por estar relacionada con el omnipresente Manuel de Godoy, bestia negra del liberalismo isabelino, quien le pagó la edición de su obra poética en Imprenta Real. Su prematura muerte, con apenas treinta y ocho años en 1806, hacen que no sepamos que decisiones estéticas y políticas hubiera tomado durante la debacle de 1808, después de las abdicaciones de Bayona, y tras el apresamiento de los reyes y de Godoy.

 

El lector siente, al final de El retrato de Doris Day, que comparte, mitos culturales, referentes bibliográficos, literarios e históricos, artísticos, arquitectónicos y musicales, con usted, ¿se trata de un aliento tan crítico como humanístico?

       Nunca hubiera imaginado ese grado de persuasión de mi prosa, conseguir una complicidad de tal calibre, aunque, ahora que me lo comenta, El retrato de Doris Day está siendo muy bien acogido, lo que no esperaba, y siempre viene bien para animarme y continuar escribiendo.

 

¿Sigue quedando los fines de semana con Catherine en Hampton Court?

       No, ya no voy a Hampton porque me he enterado que el rey está celoso y temo que si me sorprende con ella ordene mi arresto en la Torre seguida de mi inmediata decapitación. Y, como usted menciona, me debo a mis queridos lectores y aún más a mis más queridos editores: no puedo permitir que me corten la cabeza.

jueves, 27 de mayo de 2021

Cuaderno en blanco

 Mayo

  

       Un mayo de tardes lluviosas, de tiempo poco ortodoxo y propuestas para seguir leyendo y escribiendo. Leo Transbordo en Moscú, la nueva historia sobre Rufo Batalla, de Eduardo Mendoza, y escribiré reseña para Artes & Letras, de Heraldo de Aragón, según me indica Antón Castro.

       Pilar Tena me devuelve contestada su entrevista, y una vez editada se publicará en la primera semana de junio en Cuadernos del Sur. Nuevos relatos, recién traducidos y  editados, de F. Scott Fitzgerald, y una nueva traducción de El gran Gatsby, propuesta para una curiosa página del siempre clásico autor de la era del jazz.

       Preparo la amplia reseña de Canción, de Eduardo Halfon para Turia, una curiosa novela que mezcla realidad y ficción en un marco como el convulso escenario guatemalteco, lamentablemente tan desconocido para mí, y el resto de su buena literatura.

       El óxido del cielo (2021), cierra la trilogía de Alejandro López Andrada, un curioso manifiesto en favor de un episodio de auténtica antropología rural que el cordobés ha venido ensayando durante años, y cuyo ciclo cierra con una nueva edición en la editorial Almuzara.

           

martes, 25 de mayo de 2021

José Ovejero

… me gusta

                             La esencia última de la materia

                                                   

       Si algo sorprende de la prosa de José Ovejero (Madrid, 1958) es el deseo de unir literatura y vida como un trayecto único, tal vez porque, de otro modo, este mundo no tendría una explicación posible. La galería de personajes de sus historias anteriores ya habían decidido transformar el universo desde la ficción misma, como si de la esencia última de la materia se tratara, sin duda porque en un relato se determina lo significativo, aquello que se cuenta sobre una base estricta, en la medida de lo necesario, de lo imprescindible, una condensación que actúa siempre en favor de la intensidad, como elementos sustanciales de un género que, como afirmaba el argentino Cortázar, “todo debe conducir a una especie de fabulosa apertura de lo pequeño hacia lo más grande”. Y si, además, algo turba nuestra existencia, aun en los momentos y situaciones más comunes, o incluso en aquellos aspectos en que la cotidianidad se convierte en rutina y nuestra vida se levanta sobre un muro de silencios. Quizá por este motivo el narrador madrileño ensaya en sus novelas el arte de las relaciones humanas con una rabiosa actualidad como trasfondo, en una amplísima diversidad temática, y así Humo (2021), la nueva novela de Ovejero, funciona también como una acertada metáfora de un concepto de vida, aunque esta historia tan intensa como sorprendente se va apoderando de un curioso lector que encontrará su sentido a medida que la narración vaya cobrando fuerza y de alguna manera se vaya expandiendo hasta invadir todo el espacio ficción-realidad.

       La protagonista, una mujer, cuyo pasado desconocemos, un niño que aparece de la nada, con quien no tiene parentesco alguno y apenas habla, una gata, Miss Daisy, y una cabaña situada en un bosque fuera del tiempo, en mitad de una naturaleza que enseguida ofrece una imagen tan ciega como brutal, incomprensible y sin sentido como se vislumbra la propia vida humana como descubriremos en esos instantes. No sabemos ni de dónde vienen ni por qué están ahí, y tampoco sabemos cómo es el mundo fuera de ese bosque salvo por las visitas de un hombre que les lleva unas exiguas provisiones de vez en cuando, un visitante misterioso como la única pista para saber que el mundo no se ha extinguido por completo, que la vida sigue aunque se intuya que algo grave ha pasado, la comida escasea y se percibe que no es fácil conseguirla. La mujer y el niño tratan de sobrevivir juntos en ese entorno hostil, y las amenazas a las que se enfrentan, las primeras imágenes de un enjambre de abejas que atacan la cabaña son impactantes, el humo de un incendio cercano o las incursiones de algunos visitantes agresivos les harán elegir entre la bondad y la supervivencia, o ese otro hombre, el intruso, que tiene una presencia, desde el principio, absolutamente violenta, y pretende establecer una situación de dominio y de utilización de la mujer y del niño, hechos que provocarán en ellos reacciones que nunca hubieran sospechado, además, a medida que vamos pasando las páginas, el narrador dibuja un presente desalentador, un pasado desvaído y un futuro incierto que no evitarán esa permanente huida hacia delante de los protagonistas, ya sea por iniciativa propia o por inercia, y que no impedirán la creación de unos lazos basados en la ternura, o en el cariño.

       Humo habla de la incomunicación, de la fragilidad humana y de su fortaleza para hacer frente a un entorno hostil y tratar de salir adelante, incluye escenas de sexo y de violencia, pero al mismo tiempo subyace el amor y la ternura en muchos momentos. Y como es habitual en Ovejero, relatado con una prosa tremendamente sensorial en la que la naturaleza marca los diferentes tiempos y en la que se conjugan con acierto tanto el ritmo y la belleza de las descripciones en mitad del entorno mismo, y ese ritmo narrativo se refuerza en la cadencia de las frases, precisas y cortantes, evocadoras y sugerentes según lo requiera la situación, y nos va desvelando esa singular muestra en el viaje al interior de su protagonista que, al mismo tiempo, es la propia narradora que, curiosamente, cuenta su historia en presente porque así se contribuye a que los lectores formen parte de la situación de los personajes.

       El autor ha renunciado para contarnos su historia a cualquier adorno o detalle no indispensable que pueda distraernos de lo verdaderamente importante en su relato, por eso los personajes no tienen nombre, se dice uno en la primeras páginas, Andrea, pero enseguida se advierte cómo tan solo es uno que le gusta a la mujer, y enseguida se añade que da igual como se llame, tampoco sabemos dónde ni cuándo transcurre la acción, ni siquiera llegamos a conocer quiénes son en realidad. Así, sin contexto ni referencias, desde un espacio geográfico concreto, un bosque y sus inmediaciones, el lector se enfrenta a una historia de personajes que no tienen más horizonte que seguir vivos, y que irán acostumbrándose a vivir en una incertidumbre continua, porque, de alguna manera, persiste esa constante pregunta si las sociedades evolucionadas han perdido de vista algunos aspectos esenciales de la vida. Los esfuerzos de esta mujer por sobrevivir ponen de manifiesto que la lejanía del hombre con la naturaleza resulta cada vez mayor, se menosprecia el medioambiente y cuanto podemos encontrar en este medio natural y rico, y esa distancia en una situación como la que viven los personajes nos haría completamente inútiles, aunque Ovejero lejos de trazar una idealización amable e idílico de la naturaleza, sino que reflexiona para mostrar un medio violento, destructivo, brutal, una fuerza nada complaciente que impone siempre su ley por mucho que se le intente doblegar; y para reforzar su visión sobre el hombre profundiza en cómo los afectos nos hacen vulnerables, pero a la vez se muestran necesarios, e incluso inevitables, quizá por todo esto la protagonista trata de no sentir apego por el niño y para ello tendrá que reprimir sus sentimientos, aunque subyace esa idea constante y de tremenda actualidad que sostiene si es posible vivir sin estar sometido a un orden social y si necesitamos a los demás para sobrevivir.

       Esta novela, como cualquier obra literaria, tiene varias lecturas, en una primera instancia con esos posibles significados que le otorgaría cualquier lector, otro no menos significativo le dispensaría el placer de adentrarse en un mundo con sus propios ecos, con una atmósfera singular y tan propia que prescinde del detalle pero envuelve, con un lenguaje que contribuye a corroborar e intensificar dicha atmósfera; y por otro lado, y en definitiva, se puede leer como cualquier obra, en su contexto temporal, y en ese sentido como toda obra de ficción que contribuye a trazar, en su justa proporción, el mapa de la realidad en la que vivimos.

 


                                               Humo

                                         José Ovejero

                            Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2021