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jueves, 30 de septiembre de 2021

Alejandro López Andrada

  DECLIVE Y AÑORANZA DE LA MINERÍA


Revisión de El óxido del cielo (2021), publicado por la editorial cordobesa Almuzara.

 

                             

          Una prolongada tradición conforma la historia de los pueblos del valle de Los Pedroches, esos lugares en blanco y negro que quedaron en la retina de la niñez y de la juventud de Alejandro López Andrada (Villanueva del Duque, Córdoba, 1957), ligados al recuerdo amargo de la emigración y el absoluto abandono de la tierra y que, con el paso del tiempo, confirman su valor documental y en la letra impresa se significan como la recuperación de esa memoria colectiva que iguala a estos con otros muchos pueblos de la España que vivió sucesos y acontecimientos semejantes y que, sin duda, el paso del tiempo ha legado en otra rica transmisión oral que incluye leyendas, canciones, consejas y patrañas.

          Nuestra geografía está poblada de una tradición que autores como el cordobés López Andrada se atreven a presentar en forma de libro, textos que incluyen y proyectan imágenes tan visuales como poéticas y recuperan esos temas universales que se convierten en singulares de la mano de su autor, una particular visión de la naturaleza o el medio rural, de la memoria y del paso del tiempo, de la soledad y del aislamiento, de la muerte y del inequívoco olvido. El sentimiento de temporalidad ligado a la fugacidad, nos devuelve a un presente, instantáneo e inaprensible, nos deja esa huella que la memoria trata de perdurar, porque el recuerdo permite recuperar momentos efímeros en la medida en que con el paso de los años los hemos ido asumiendo, o cuando se quiere justificar y comprender esa media distancia una vez alcanzada la razón, cuando somos capaces de entender el valor que se le otorga a ese tiempo transcurrido, y solo justificado por ese lejano ayer.

          La primera entrega de la trilogía, El viento derruido. La España rural que se desvanece (2017), ya compartía buena parte de un proceso que dibujaba la realidad de nuestra memoria, un hecho que Muñoz Molina calificaba de auténtica “elegía de la naturaleza y el tiempo”, un ensayo porque se reflexiona en torno a un mundo, casi desaparecido, el rural; una novela porque cuenta historias en las que se entrecruzan muchas vidas que se desarrollan de una manera múltiple; y en igual medida, se concreta en un manual poético porque su lenguaje se construye con metáforas, imágenes que se refuerzan con exquisitas comparaciones, y una sonoridad que tiene mucho de música; el poeta López Andrada engarza esas palabras que suenan; y al hilo, según Julio Llamazares, el libro se convierte en una auténtica crónica periodística, se nos relata buena parte de la vida contemporánea desde una exclusiva visión de la geografía de la comarca cordobesa.

          La segunda entrega de la trilogía, Los últimos pastores. Los años de la niebla (2018), presupone una cultura popular que busca su lugar en el espacio cotidiano, con esa sencillez que otorga la verdad, porque buena parte de nuestra vida se desperdicia en esos detalles que nunca intentamos simplificar. Estas nuevas páginas se convierten en la crónica de un mundo perdido, en la curiosa mirada antropológica de una comarca, en un constante deseo de dejar constancia por escrito, y para siempre, de una sociedad del pasado, de aquellos días grises vividos durante una larga posguerra, y de la lucha diaria de la existencia de unos hombres y mujeres que vivieron en plena naturaleza. López Andrada traspasa con Los años de la niebla esa voluntad característica suya de escribir con absoluta honradez para, de una forma sensible y cabal, plasmar la realidad de su espacio geográfico, de su entorno tanto político como social, y dueño de una particular habilidad entregarnos lo mejor de su sabiduría y de sus conocimientos sobre el medio. Y es precisamente, con esos últimos pastores, los lugareños y campesinos, con los que el escritor entabla un diálogo continuo porque su convivencia ha sido constante durante años. Este libro reaviva sus recuerdos con la magia de una nueva palabra, indaga en la particularidad tanto de sus grandezas como de sus miserias, en la nimiedad de un cotidiano sobrevivir, y su prosa se traduce como ese juicio severísimo que transforma Los años de la niebla en un documento excepcional y nos otorga la visión de una auténtica labor de campo. El escritor cordobés funde documento y narración en un solo proyecto y resuelve este testimonio en una auténtica muestra de la mejor ficción. El lector verá en estas páginas el mundo y la verdad de un pasado que va más allá de la mera anécdota para convertirse en un relato donde, con un acentuado tono épico y lírico, López Andrada ofrece lo mejor de su prosa.

 

Una nueva edición

 

          El óxido del cielo. Declive y añoranza de la minería (2021), tercera y definitiva entrega, cierra la visión de Alejandro López Andrada sobre la desaparición del mundo rural y se convierte en esa crónica sobre los hombres y las mujeres que durante años conformaron la intrahistoria de una España deprimida, pero que en la década de los 70 empezaba a despertar. La nueva edición, revisada, es una muestra más de esa doble vida que tienen los libros, la primera cuando originariamente iniciaron su singladura y años después, cuando vuelven a una actualidad que les otorgan las generaciones de lectores que descubren la magia que esconde un texto atemporal que repite su actualidad y vigencia como un auténtico tratado de antropología literaria que no prescribe y geográficamente encuentra su lugar en cualquier rincón de nuestro medio rural. López Andrada ha aligerado, en esta ocasión, algunos de los capítulos que conformaban la primera entrega de El óxido del cielo (2009) y a favor de esas supresiones que, el lector contemporáneo no apreciará, subraya su aguda y preocupante visión sobre el declive y la añoranza de la minería en una zona que durante décadas supuso el sustento de muchas de las familias que conoció el autor.   

          Una vez más, el cordobés señala como sus libros pertenecen a aquellas personas que habitaron un mundo mágico que desapareció con su niñez, y como ese y no otro es el sentimiento de muchos de los que nos acercamos a esta especie de «trilogía de la tierra» que López Andrada pone en nuestras manos, acercándonos en ocasiones a una ancestral cultura que ha desaparecido silenciosamente ante nuestros ojos y de la que apenas queda el recuerdo de esa magia que encierra nuestra memoria. Sorprende en la prosa del narrador cordobés su capacidad para darle voz a la naturaleza, a lo más humano del medio ambiente, a los oficios desparecidos con lo vertiginoso del paso del tiempo, al fenómeno de la emigración, a las emocionadas imágenes recuperadas de las lavanderas a la caída de la tarde, de los pastores con sus rebaños, de los carboneros, verdaderos protagonistas de una vida tan sencilla como la existencia misma. Características que se extendían a su segunda entrega, Los años de la niebla, texto con el que intentaba romper la bruma de la historia para recuperar los días antiguos y cubrir el pasado. En El óxido del cielo la apuesta del cordobés va mucho más allá, condensa la expresión, alimenta la escritura con un ritmo casi lírico, apunta hacia una salvación absoluta a través de la palabra y recurre a la memoria cuando afirma, «pertenezco a un mundo rural que ya no existe y, aún así, persevero e indago en sus raíces con la idea de hallar las costras de su herida, las cicatrices borrosas de su alma» y así, su implicación en lo narrado es aún mayor porque además de los personajes que han ido apareciendo en sus páginas, Cecilio Burón, José Mesa, Carlos Plaza, Jorge el Pregonero, Tiburcio Pozo, Pablo el taxista, Paquillo el herrero cuya profesión cobra en este entrega un especial protagonismo, sobresale el niño Alejandro López Andrada y el recuerdo de las tardes de deberes en la tienda de su padre. Era aquella la época cuando las mulas sostenían el quehacer de las casas de campo, o cuando Julio, el de la Cuba, recorría los pueblos de los Pedroches llevando el agua, profesiones que merecen esa curiosa atención del narrador por desaparecidas y olvidadas, cuando los tractores y la maquinaria agrícola aparecieron hacia finales de los 60 y el agua llegó a los grifos de las casas de la comarca e hicieron desaparecer, definitivamente, ambos oficios.

         El óxido del cielo es quizá la entrega más personal del cordobés, por sus páginas descubrimos al adolescente celebrando las victorias futbolísticas del Villanueva del Duque Club de Fútbol, o la referencia a las posteriores estancias en la Córdoba universitaria, sobreviviendo hoy a esas largas tardes de la infancia, admirando en la distancia, desde la Colina del Verdinal, las hermosas localidades de Hinojosa del Duque, Pozoblanco, Torrecampo, Villanueva del Duque, o Chillón, donde el óxido del cielo permanece aún en la memoria y tras la raya de poniente, en una nube rosada con forma de herradura, se forma una oportuna metáfora de aquel tiempo de carros humildes, de mulos, de labriegos regresando del campo al oscurecer. Yo pertenezco —afirma el narrador— a ese mundo y en las ruinas de sus símbolos reencuentro el espacio, el rincón de mis orígenes.

                    Alejandro López Andrada
                        El óxido del cielo

                     Córdoba, Almuzara, 2021



martes, 28 de septiembre de 2021

Cuaderno en blanco

 Septiembre

 

       Es el mes de la vuelta, sin duda de las vacaciones, de la rutina, de los propósitos, de las novedades y de la esperanza de un tiempo más benigno para encarar el último trimestre del año.

       Vuelven las prisas, y los encargos, una invitación a formar parte de Otro Lunes, del cubano Amir Valle, a quien envío reseña sobre Amar a Olga, del venezolano Gustavo Valle, una curiosa e interesante novela, de complejidad meditada sobre aquellos amores de juventud que uno nunca olvida. Y mientras otros encargos se formalizan, Las traidoras, de mi admirada Herminia Luque, que haré llegar a Cuadernos del Sur, y celebramos los 100 años de Carmen Laforet, tan sorprendente y amable narradora de la segunda mitad del siglo XX, y redescubrimos una sorprendente novela, La isla y los demonios, su segunda entrega, algo olvidada. 

       Un nuevo encargo de Turia, y del gran Raúl Maicas, me sorprende con el nuevo libro de Patricia Esteban Erlés, Ni aquí ni en ningún otro lugar. A la espera de recibirlo, seguro de la calidad de la narrativa breve de esta singular narradora, mientras los pincelazos de rigor a la reseña sobre Laforet y la novela Castellano, de Silva. 

 


 

       El tiempo vuelve a cambiar, se suavizan las temperaturas, asoman las nubes, algún chubasco y el horizonte de culeve gris y razonadamente de tintes otoñales.

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Esther García Llovet

      Un cuento chino

                          

     


                        

       La narradora Esther García Llovet (Málaga, 1963) ha ido creando un Madrid a su medida, o quizá en la dimensión de una poética narrativa que ella elabora con profundas resonancias a partir de la simplicidad del significado. En Coda (2003) describía una atmósfera asfixiante para unos personajes que convertía en seres sujetos a códigos no establecidos, y cuyas relaciones cruzadas constataban que existe una sociedad suburbana de tintes tan inquietantes como imprevisibles; Cómo dejar de escribir (2017) iniciaba todo un ciclo urbano, y su protagonista quiere, mientras deambula por los barrios más anónimos de un Madrid reconocible, encontrar un manuscrito perdido de su padre fallecido años atrás, al tiempo que se propone reconstruir su figura escribiendo una biografía de la que apenas lleva redactada media página; en Sánchez (2019) recrea el extrarradio de un Madrid fantasmagórico y real, donde surge lo inesperado, y por afinidad temática esta nueva entrega se convierte en la segunda parte de esa “Trilogía instantánea” de un Madrid, cuyo escenario vuelve a estar presente en Gordo de feria (2021), aunque ahora se atreve a curiosas excursiones al resto de la geografía, a Tabernas, el mítico desierto de Almería, o a localidades como Níjar y Huércal-Overa, donde desarrolla las aventuras descolocadas de Castor, un desorientado y monologuista televisivo de éxito, y de Julio, camarero circunstancial, un clon parecido al cómico.

       Un encuentro casual desencadenará un plan sin pies ni cabeza, Castor invita a un desubicado y despedido Julio a vivir en su millonario piso de la calle Martínez Campos y le propone, dado su prodigioso parecido, que le sustituya en sus compromisos públicos e, incluso, en su trabajo. A partir de aquí García Llovet nos conduce por las vidas desvariadas de sus protagonistas que no pueden atenerse a lógica alguna, abundan las muchas elipsis que proceden en su cotidiano devenir a un auténtico cataclismo vivencial. La narradora deja las explicaciones para ya se verá cuándo, aunque en tan caótica que parece como si la narración funcionara como una ráfaga de disparos en todas las direcciones, y siempre con Madrid, la ciudad y sus límites al fondo, porque, además, todo se describe en una trepidante acción, tan frenética como constante, un ir y venir de un sitio a otro, una ciudad que García Llovet señaliza con los nombres de las calles y de los locales, del mismo modo que concreta la época, en una rabiosa actualidad, y con un lenguaje descriptivo que reproduce el habla y los giros de sus personajes, que reproducen diálogos veloces y cáusticos, párrafos y frases, en escenas casi cinematográficas, capítulo a capítulo, así la novela misma, en su brevedad, ensancha sus límites hasta la perfección, puesto que las historias de la malagueña son una cosa y, sin dejar de serlo, son otra a la misma vez; léase una novela negra, con esas verdades reconocibles y datos de una realidad donde lo social, incluso lo político tienen cabida, como ese esperpento presente con que nos despertamos cada mañana tras el resacón del día anterior, porque por mucho que nos opongamos, evidenciar una glosa a la tesis que afirma como la vida es una lucha permanente, una carrera de obstáculos para alcanzar alguna sugestión de tranquilidad, algo tan improbable como esquivo.

 


 

                                      Gordo de feria

                                    Esther García Llovet

                               Barcelona, Anagrama, 2021

 

martes, 14 de septiembre de 2021

Luis García Jambrina

                          Una singular peregrinación jacobina

                                                

 

 

        La novela histórica experimentó un sorprendente giro a lo largo de la década de los 80 del pasado siglo XX, supuso su definitiva consagración a un género que diversificó el gusto en los lectores, aquellos que gozaban con una novela culta, con escenarios y ambientes bien descritos y concretaba una época, y otros se sorprendían por una intriga policíaca, con asesinos en mitad de la historia, independientemente de la época novelada. El curioso narrador, Luis García Jambrina (Zamora, 1960), iniciaba una saga literaria ambientada en la pícara y estudiantil Salamanca del siglo XV, con un joven Fernando de Rojas como protagonista, un excepcional investigador de sucesos cuya trama necesitaba un agudo pesquisidor. La primera novela, El manuscrito de piedra (2008), combinaba una verdad histórica y una trama policial: a finales del siglo XV, el joven Fernando de Rojas estudia Leyes en la Universidad de Salamanca y por encargo de don Diego de Deza, obispo de la ciudad, investigará la muerte de fray Tomás de Santo Domingo, catedrático de Prima de Teología en el Estudio General salmantino; la  segunda, El manuscrito de nieve (2010), repite protagonista, ciudad y ambientación, aunque profundiza en el retrato social, e insiste en el aspecto picaresco de los bajos fondos de la ciudad: embaucadores, tahúres, meretrices, buscavidas que deambulan por los barrios y se mezclan con el clero y los estudiantes; la muerte de uno de ellos, con las manos amputadas y dentro de un barril, desencadenará la trama que juega con la historia literaria porque quien descubre el asesinato es un mozo llamado Lázaro de Tormes.

        Fernando de Rojas vive alejado de la corte y de sus intrigas, en Talavera de la Reina, cuando es llamado por la Emperatriz Isabel de Portugal y vuelve a ser nombrado pesquisidor real: El manuscrito de fuego (2018), contempla un Rojas entrado ya en años, que acude a Medina del Campo, donde recibe el encargo de investigar el asesinato del antiguo hombre de placer del Emperador, su bufón, Don Francés de Zúñiga, expulsado recientemente de la Corte aunque había gozado durante muchos años del cariño del rey y de la reina. La propuesta, El manuscrito de aire (2019), más ambiciosa y comprometida, es cronológicamente anterior a El manuscrito de fuego, comienza el 6 de enero de 1515, en una pequeña aldea de indios taínos, próxima a la ciudad de Santo Domingo, en la isla La Española, arrasada por el fuego, una tragedia que conmueve a la pequeña congregación de frailes dominicos que enviará a España a dos de sus miembros para rogar al rey que envíe a alguien a la isla para que haga las pesquisas necesarias y descubra a los culpables y se haga justicia.

        El manuscrito de barro (2021) es la quinta entrega, y en esta ocasión la aventura del pesquisidor Fernando de Rojas está ambientada en el año 1525, cuando un peregrino aparece asesinado en el trayecto del camino, un poco antes de llegar a Burgos, y lo destacable de este caso es que es el primero y al que se sucederán algunos crímenes más, tienen, además, una curiosa connotación, los asesinatos siguen un patrón previo, una marca característica que por diversas razones presentan cada uno de los cadáveres. Rojas deberá hacer el camino francés, por expreso encargo del arzobispo de Santiago, y con la secreta intención de buscar al criminal o criminales que están haciendo que la peregrinación no sea segura, un hecho que podría tener funestas consecuencias, puesto que al extenderse la noticia de que el principal camino de llegada a Compostela no es seguro los peregrinos podrían optar por no realizar dicho viaje terrenal y espiritual. A Fernando de Rojas le ayudará el clérigo Elías do Cebreiro, y para ambos caminantes se abre un desconcertante horizonte cargado de amenazas, retos y encuentros misteriosos. Juntos se enfrentarán a una historia con un trasfondo detectivesco, vivirán episodios que tratarán de resolver con el misterio sobre la identidad del asesino, aunque, también, otras curiosidades y secretos completarán el relato de García Jambrina que otorga un peso específico sobre la ruta jacobea y la suerte de sus historias.

       La historia contada equilibra el concepto de novela histórica, con sus variantes, y la novela de intriga. El lector descubre fantásticos detalles de época adornados con misterio, leyendas y enigmáticos crímenes, además de una curiosa visión sobre la religión, la expiación y el pecado que nos traslada a recorrer las etapas de un viaje a pie repleto de sorpresas y no menos culpas.

 


                                   El manuscrito de barro

                                   Luis García Jambrina

                                  Madrid, Espasa, 2021

miércoles, 8 de septiembre de 2021

Carmen Canet

 Una geografía lingüística

              

 

                                                         

       El filósofo Emilio Lledó afirma y, por extensión, confirma, esa máxima que asegura que, “no hay escritor sin lector, y se puede ser lector y elector: leer (legere) es elegir (eligere); es decir, demostramos nuestra capacidad de leer, o decodificamos el mensaje que nos quiere transmitir el autor porque la lectura es un proceso un tanto mental como visual, un desarrollo donde se deduce el significado de un texto, se interpreta su contenido, comprendemos el mensaje, se realizan inferencias y cuestionamientos pero nunca consideramos la lectura como reproducir un texto en sonidos, sino que se convierte en una actividad de interacción; aunque ante “legere” existe esa posibilidad de “eligere”, o elección , una palabra cuya etimología latina puede traducirse como “escoger”, fruto de la suma de un prefijo y un verbo, componentes léxicos que nos llevan a seleccionar algo o a alguien con un cierto fin, o en el mejor de los casos para alcanzar un determinado objetivo.

       La literatura se convierte en esa geografía de una ancestral tradición que se surte de la conciencia individual y conforma una identidad propia, una manera singular de concretar la realidad y la existencia del ser, y de esa realidad y el concepto de formas devienen los ejemplos en sentencias y en procesos que, a lo largo de la historia, han conformado la exactitud de “una concreta frase breve y doctrinal que propone un principio de manera concisa, coherente, y de una forma cerrada”; es decir, el arte del aforismo, a medio camino entre el apotegma y el ars poética, una propuesta extensible a otros géneros que alguien como Carmen Canet (Almería, 1955) ha convertido en su particular proyecto literario, tras entregarnos un sorprendente conjunto, Malabarismos (2016), al que siguieron Él mide las palabras y nos tiende la mano (2017), una selección de aforismos de la obra lírica de Luis García Montero, otras propuestas propias, Luciérnagas (2018) y La brisa y la lava (2019), o un curioso experimento con la colaboración y autoría compartida de Javier Bozalongo que titulaba, Cóncavo y convexo (2019), nueva colección de aforismos que titulaba, Olas (2020), y su última entrega, tras una coherente y ensayada vocación docente y la relación que a lo largo de su vida ha mantenido con los libros, y cuya sintética precisión, los amantes del libro, admiramos en Legere, eligere (2021).

       Carmen Canet realiza un auténtico rescate reflexivo a través de las páginas de su nuevo libro que, en cierto modo, convierte a la lectura en un cruce de ideas, juicios, convicciones y pensamientos en libertad; refrendan esas palabras las voces prestadas de muchos escritores que se convierten en el mejor bagaje que la lectura nos proporciona y, por qué no, incluso nos concede un amplio acceso como lectores, porque este nuevo libro de 99 aforismos profundiza en el conocimiento del yo y, al mismo tiempo, ofrece una continua reflexión de los contenidos desplegados en los ámbitos en torno a la lectura y su mundo; sobresalen la imaginación y la creatividad, como exponentes de un arcano, o un enigma. Y, a medida que pasamos sus páginas, se nos acerca a la música de García Lorca, la templanza de Tierno Galván, la sabiduría de Lledó o la magia de Irene Vallejo y, en igual proporción, se nos muestra como modelo la experiencia lectora de la propia Canet, “De niña jugaba a leer. De mayor, solo leía”. Se constata el interés metaliterario de la escritora en sus reflexiones acerca del diálogo verbal que traza en un esquema sencillo y conciso: “La lectura es alma y materia, corazón y cabeza, faro y luz, hilo y cometa. Una barca sobre las olas”.

       La literatura, en un sentido lingüístico, parece algo enigmático, casi un misterio que convierte el sentido de la creatividad en un término raramente reconocido en manuales o ensayos, y ofrece esa connotación cómplice como leemos en el aforismo: “La literatura tiene rasgos y trazos humanos. Por eso debe pasear por las calles habitar las casas. Debe rozar el suelo, pese a flotar”. Carmen Canet nos regala otra perspectiva creativa que, de una manera tan sutil como acertada, queda integrada en el mismo plano aforístico; se trata de una brevísima selección de collages, cinco en total, formas integradas en el conjunto de las páginas que otorgan color al negro de las líneas, y así cada imagen corrobora una interpretación visual que aporta su propia característica crematística, porque eso sí, se desborda en imágenes y colores. Legere, eligere muestra el carácter profundo, aunque esencial de los mensajes emitidos por la almeriense que media en el conocimiento y la comprensión de sus afirmaciones, con un fondo tan juicioso como ecuánime, de una originalidad e inteligencia que rompe con aquellos prejuicios sobre la brevedad, y sobre todo porque quien lee, abre cauce a una identidad expandida, que va ajustando sensaciones y pensamientos al devenir sosegado del concepto de libro: “En la vida y en los libros pasar páginas es avanzar”; y, por extensión, “La lectura está siempre abierta, nunca cierra por descanso del personal, ni reserva el derecho de admisión”.

       Los aforismos de Carmen Canet buscan el diálogo con el lector, le propone que cierre su argumento, lo discuta o lo acomode a su voluntad, huye de las máximas altisonantes o sentencias que en épocas precedentes fueron signo distintivo del género doctrinal, porque este libro es una invitación sincera y cómplice para hacer de la lectura una actividad placentera, enriquecedora y necesaria en ese prolongado discurrir que va desde la infancia hasta la edad adulta.

 


                                      Legere, eligere

                                      Carmen Canet

                     Sevilla, Apeadero de aforistas, 2021

 

 

jueves, 2 de septiembre de 2021

Centenarios

 

Efemérides 

01 de septiembre de 1921, nace Willem Frederik Hermans, novelista satírico holandés.
06 de septiembre de 1921, nace Carmen Laforet, novelista española.
       10 de septiembre de 1821, muere Franciszek Zabłocki, dramaturgo satírico polaco.
12 de septiembre de 1921, nace Stanislaw Lem, escritor polaco.
       14 de septiembre de 1321, muere Dante Alighieri, poeta italiano.
22 de septiembre de 1921, muere Ivan Vazov, escritor búlgaro.
       24 de septiembre de 1821, nace Cyprian Kamil Norwid, poeta, dramaturgo y pintor polaco.
25 de septiembre de 1621, muere Mary Sidney, poetisa británica.
       26 de septiembre de 1921, nace Cyprian Ekwensi, escritor nigeriano.
       27 de septiembre de 1821, nace Henri Frédéric Amiel, profesor y escritor suizo.

 

miércoles, 1 de septiembre de 2021

Julio Castedo

                                Leyenda del rey Cruel                       

    

       

      El reinado de Pedro I de Castilla estuvo marcado por una leyenda negra y determinado por el continuo pulso que el joven monarca llevó a cabo con la nobleza de su tiempo. Hijo legítimo de Alfonso XI, heredero por derecho al trono, su padre tuvo una familia paralela con su amante Leonor de Guzmán que le daría una prole de diez bastardos que se disputarían el poder. Enrique de Trastámara encabezaría un sinfín de guerras civiles, y asesinaría al legítimo rey para usurpar el trono.

       La novela histórica, según Kurt Spang, no es la única forma literaria que  hace  especial hincapié en la problemática del tiempo, se  han  ido  formando manifestaciones literarias que sitúa al novelista histórico muy cerca del historiador; en otros casos, algunos historiadores ni siquiera reconocen una diferencia  entre  lo que están haciendo  ellos  y el quehacer  del literato. Julio Castedo (Madrid, 1964) es un veterano autor de episodios históricos de gran calado narrativo que con Rey Don Pedro (2021) entrega un relato contado con una hábil y extraordinaria introspección, traslada su relato a una convulsa Castilla del siglo XIV, y la apuesta resulta singular, una aventura calculada y medida, construida con una acertada precisión, un proyecto que dio forma tras, Apología de Venus (2008), y El jugador de ajedrez (2009) y El fotógrafo de cadáveres (2012), tres muestras de una exigencia narrativa sobria y eficaz, y concluida tras Redención (2015), una novela de una estructura bastante compleja, diversas historias convergen en un alegato sobre la crueldad y la violencia.

       La novela Rey Don Pedro arranca en los momentos previos a su muerte, durante el sitio de Montiel, donde Enrique y sus aliados franceses tienen cercado al monarca castellano, y sirviéndose de una argucia, reclaman su presencia en la tienda de Bertrand Duguesclin, y Enrique cometerá el vil asesinato, pero antes de abandonar este mundo, el propio rey, utilizando el recurso de la primera persona, retrocede en el tiempo hasta su infancia y coronación cuando, apenas con dieciséis años, en 1350, sucedió a su padre. Detallará, con todo lujo de especificaciones, su desazón ante la imposibilidad de distinguir entre las propias intrigas de la reina madre, María de Portugal, y su favorito y amante, Juan Alfonso de Alburquerque, o su desacuerdo con la política exterior de ambos orientada hacia Francia, su infelicidad tras un matrimonio concertado, con Blanca de Borbón, una desconocida que despechará en favor de María de Padilla, el gran amor de su vida; obligado a ceder, se confina en Toro, de donde escapará para a lo largo de las páginas con que nos deleita Castedo, recuperar la iniciativa, y dar comienzo a una guerra civil que terminaría con la extraña muerte del monarca. La violencia de los peores momentos de un rey, calificado de cruel y justiciero, crecerá a medida que toma ciudades, ejecutará en represalia a la mayor parte de los sublevados, aunque Enrique refugiado en sus tierras de Asturias, la guerra civil se convertiría en un asunto exterior cuando Pedro I de Castilla se enfrente a Pedro IV de Aragón, Inglaterra se alinea con los partidarios de don Pedro y Francia con don Enrique, en el marco histórico de la Guerra de los Cien Años que enfrentó a ambos países.  

       El autor irá salpicando su relato cuestionando esas difíciles etapas en las que lidiaba con las facciones que disputaban su poder, el fracaso en su intento por construir una Castilla unida y próspera, aunque en su narración, Castedo, va más allá de una seudo biografía o crónica pormenorizada de los hechos, y hace reflexionar al protagonista en una ajustada ficción sobre la naturaleza del mal, los conceptos del amor, el ardor y los celos, la traición y la ambición, bajezas y grandezas de cualquier humano, y así Castedo dará vida a un rey tan reflexivo como duro en sus decisiones, en ocasiones humano y víctima de la ambición. Sobresalen como configuraciones literarias reales, Leonor, una mujer querida y respetada, que hizo feliz al rey Alfonso durante veinte años, y María de Padilla con quien, el Cruel, compartió sus días más dichosos.

 

      


                                    Rey Don Pedro

                                    Julio Castedo

                           Córdoba, Berenice, 2021