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miércoles, 22 de septiembre de 2021

Esther García Llovet

      Un cuento chino

                          

     


                        

       La narradora Esther García Llovet (Málaga, 1963) ha ido creando un Madrid a su medida, o quizá en la dimensión de una poética narrativa que ella elabora con profundas resonancias a partir de la simplicidad del significado. En Coda (2003) describía una atmósfera asfixiante para unos personajes que convertía en seres sujetos a códigos no establecidos, y cuyas relaciones cruzadas constataban que existe una sociedad suburbana de tintes tan inquietantes como imprevisibles; Cómo dejar de escribir (2017) iniciaba todo un ciclo urbano, y su protagonista quiere, mientras deambula por los barrios más anónimos de un Madrid reconocible, encontrar un manuscrito perdido de su padre fallecido años atrás, al tiempo que se propone reconstruir su figura escribiendo una biografía de la que apenas lleva redactada media página; en Sánchez (2019) recrea el extrarradio de un Madrid fantasmagórico y real, donde surge lo inesperado, y por afinidad temática esta nueva entrega se convierte en la segunda parte de esa “Trilogía instantánea” de un Madrid, cuyo escenario vuelve a estar presente en Gordo de feria (2021), aunque ahora se atreve a curiosas excursiones al resto de la geografía, a Tabernas, el mítico desierto de Almería, o a localidades como Níjar y Huércal-Overa, donde desarrolla las aventuras descolocadas de Castor, un desorientado y monologuista televisivo de éxito, y de Julio, camarero circunstancial, un clon parecido al cómico.

       Un encuentro casual desencadenará un plan sin pies ni cabeza, Castor invita a un desubicado y despedido Julio a vivir en su millonario piso de la calle Martínez Campos y le propone, dado su prodigioso parecido, que le sustituya en sus compromisos públicos e, incluso, en su trabajo. A partir de aquí García Llovet nos conduce por las vidas desvariadas de sus protagonistas que no pueden atenerse a lógica alguna, abundan las muchas elipsis que proceden en su cotidiano devenir a un auténtico cataclismo vivencial. La narradora deja las explicaciones para ya se verá cuándo, aunque en tan caótica que parece como si la narración funcionara como una ráfaga de disparos en todas las direcciones, y siempre con Madrid, la ciudad y sus límites al fondo, porque, además, todo se describe en una trepidante acción, tan frenética como constante, un ir y venir de un sitio a otro, una ciudad que García Llovet señaliza con los nombres de las calles y de los locales, del mismo modo que concreta la época, en una rabiosa actualidad, y con un lenguaje descriptivo que reproduce el habla y los giros de sus personajes, que reproducen diálogos veloces y cáusticos, párrafos y frases, en escenas casi cinematográficas, capítulo a capítulo, así la novela misma, en su brevedad, ensancha sus límites hasta la perfección, puesto que las historias de la malagueña son una cosa y, sin dejar de serlo, son otra a la misma vez; léase una novela negra, con esas verdades reconocibles y datos de una realidad donde lo social, incluso lo político tienen cabida, como ese esperpento presente con que nos despertamos cada mañana tras el resacón del día anterior, porque por mucho que nos opongamos, evidenciar una glosa a la tesis que afirma como la vida es una lucha permanente, una carrera de obstáculos para alcanzar alguna sugestión de tranquilidad, algo tan improbable como esquivo.

 


 

                                      Gordo de feria

                                    Esther García Llovet

                               Barcelona, Anagrama, 2021

 

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