… Antonio Tejedor García
ADIÓS, AMOR
(Trifaldi, 2026)
Pedro M. Domene
En este valiente diálogo -la novela es eso, un diálogo entre un chico y una chica y sus amigas- Pedro M. Domene nos deja una historia que, a través del amor, nos recuerda las vivencias de la juventud universitaria de los años 80, recién estrenada la democracia. Eso sí, un diálogo bien hecho, de los que llevan en sus alas la acción, que no se reducen a meras palabras, sino bien estructurado y que hacen avanzar la trama.
El escenario, Granada. Los personajes, un joven recién licenciado y una chica que lo haría dos años más tarde. En medio, todos los vaivenes que el destino puso en sus manos, todas las ilusiones que, en aquellos años, más que soñar, se sentían vivas, eran de una materia sólida que se tocaba con las manos. No eran sueños u objetivos lejanos y difíciles de conseguir sino un cambio que cada mañana se veía con un poco más de claridad; un cambio que circulaba a tal velocidad que las noticias de la noche se habían hecho viejas cuando te levantabas por la mañana. Unos sueños que se luchaba para que fueran realidad más pronto que tarde.
En ese ambiente se recrea la trama de Adiós, amor. No piensen que estamos ante una novela histórica al uso y, mucho menos, ante una novela de amor romántico con las ñoñerías propias de una Love Story, como la que asoló los cines de aquella época. No, tenemos entre manos una historia de las que suceden a diario, dos universitarios, las amigas, la vida de estudiante, la escasez de presupuesto para permitirse una cerveza, la dependencia del pueblo y los padres, el aburrimiento del verano con ellos… Porque si algo tenía de importante la ciudad y la universidad era la libertad, la posibilidad de una vida diferente sin la presión paterna, tener amigos que no necesariamente eran novios, asistir a las pequeñas fiestas en los pisos de estudiante, dar un paseo a cualquier hora, acudir a mítines o manifas…
No sé lo que pensarán los jóvenes de hoy que lean Adiós, amor, porque las vivencias diarias que retrata están tan superadas para ellos que quizás las tachen como de ciencia ficción. Pero deberían saber que no fue así, aquella vida era real y si hoy tienen la que tienen en parte se debe a la conquista que hicieron aquellos jóvenes, su regalo para la siguiente generación. Estaban saliendo de una dictadura y lo que es y representa una dictadura solo lo saben los que la han sufrido. Y no me refiero solo a nivel político, sino a las costumbres, la forma de vida, las tradiciones que tanto costaba romper, la iglesia y su sombra que abarcaba cada rincón del pueblo.
Y en medio de esta historia, Granada. Podríamos recorrer los mejores sitios de la ciudad siguiendo la novela; y no me refiero solo a los lugares turísticos, sino a los que patean cada día, la Universidad, los bares, los paseos hasta el Albaicín, las tiendas, las librerías. Una auténtica guía para degustar la ciudad, aunque la novela no sea una guía turística. Lo que sí es una guía auténtica para conocer -o recordar quien vivió aquello- la música populachera de las orquestas o la comprometida de los cantautores, con especial énfasis en los de la tierra, como el añorado Carlos Cano.
Una novela que, para quienes vivimos aquellos años de la llamada transición española, es un auténtico espejo, una evocación de nuestra juventud y de una época en la que la ilusión reventaba por cada poro e impregnaba cada minuto de la vida, los estudios, el trabajo, las diversiones, las discusiones. Una vida rica aunque no brillara el dinero: se sentía un futuro diferente y eso era un motor que te hacía volar y Adiós, amor, lo transmite sin dar el tostón, sin proselitismos, con mínimos apuntes que, a modo de colador, dejaban entrever por sus múltiples orificios un mundo más humano, más solidario.







