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domingo, 31 de marzo de 2019

Desayuno con diamantes, 145


Galíndez o la ética de la resistencia
Anagrama reedita la novela de Vázquez Montalbán, con prólogo de Manuel Vilas

       Manuel Vázquez Montalbán iniciaba un nuevo ciclo narrativo dentro de su producción novelística y propuso una trilogía sobre la «ética de la resistencia», que inició con El pianista (1985), siguió con Galíndez (1990) y terminó con Autobiografía del General Franco (1992). La trilogía pretendía llevar a cabo una reflexión acerca del papel del intelectual en la sociedad y la postura del escritor frente a la misma, materia que le preocuparía a lo largo de su vida literaria.
       España experimentó, iniciados los setenta, un cambio, aunque durante esta década, en la que comenzaba su andadura Vázquez Montalbán, aún persistían los ecos del franquismo, el mundo sufría la crisis internacional del petróleo y, finalmente, se produjo la muerte del dictador Francisco Franco. Estos sucesos, unidos al cansancio de una tradición de casi veinte años, que desde la perspectiva crítica, quedó caracterizada como literatura social, desembocó narrativamente en tres vertientes diferentes: una novela experimental, que no tuvo continuación más allá de esta década; otra bautizada de oportunista, que aprovechó todas las situaciones de vanguardia, es decir, la transición, el terrorismo, o los cambios sociales; y, por último, autores que reflejaron la situación con mejor o peor humor en sus textos narrativos, caso de Manuel Vázquez Montalbán. Y una novela que Antonio Cerrada Carretero llamó novela referencial frente al concepto experimental propiamente dicho: novelas que, utilizando las nuevas técnicas narrativas dieron absoluta prioridad a la historia, a los acontecimientos y a los personajes buscando la verosimilitud. Respecto a esto, María Dolores de Asís afirma que esa novela española, iniciada en los setenta y, sobre todo, avanzados los ochenta que hubiera conseguido una nueva novela española en tiempos de libertad, no dio el esperado renacimiento al género. Coincide con Umberto Eco en que ha comenzado la posmodernidad en la literatura, y Cerrada Carretero añade que estas tendencias esgrimidas por María D. de Asís se muestran tanto en el panorama español como en el europeo, y serían las siguientes: novela fantástica, histórica, de intriga y de aventuras, poemática, metaficción, autobiográfica y, por último, la novela de testimonio, crónica o reportaje.
       Galíndez se nutre de estas tendencias: tiene una base importante de novela negra, con el sello personal que le da el autor, y es una novela histórica, pero unida, como apunta Sanz Villanueva, al relato culturalista. Es decir, puede afirmarse que la síntesis y creación personal de Vázquez Montalbán se basa en la mezcla de estos tres subgéneros y tendencias de los 80, es decir, una novela policíaca, un relato culturalista y, finalmente, histórico. Y así podemos calificarla de obra realista que compagina lo novelesco con lo histórico, aunque se trata de un realismo que implica desvelar aspectos del entorno que permanecían ocultos e iluminar zonas oscuras de una realidad siempre compleja. Vázquez Montalbán compaginaría el nivel de la narración con los ingredientes de la novela negra norteamericana; el autor ajusta la investigación policíaca que se aplica a crímenes imaginarios de la novela negra con la investigación histórica aplicada a un verdadero crimen del pasado y lo representa por medio de la ficción. El escritor recupera y rescata del olvido la figura histórica del nacionalista vasco Jesús Galíndez Suárez y reivindica la memoria de alguien que, según él, ha propiciado los cambios históricos, y con su novela profundiza en la historia española pasada, e indaga por los senderos de la memoria histórica y el olvido colectivos.



             Galíndez, Manuel Vázquez Montalbán. Prólogo de Manuel Vilas. Anagrama. Barcelona, 2018.



ARGUMENTO
       La obra narra los pasos de Muriel Colbert, investigadora norteamericana, en su búsqueda de explicaciones para su tesis sobre Jesús de Galíndez, representante del gobierno vasco en el exilio durante la primera posguerra (hasta la entrada de España en la ONU en 1956), asesinado y torturado por matones de Trujillo. Esta búsqueda, objetiva y dirigida hacia un trabajo científico, se convierte en una obsesión para la becaria Muriel. Agentes gubernamentales norteamericanos reciben la orden de parar la investigación porque consideran que una nueva revisión del caso podría dañar a figuras de ideología conservadora en los Estados Unidos (Partido Republicano). Suponen que Muriel es comunista y trata de publicar en su tesis ideas antiimperialistas, y esa sospecha viene por la relación que mantiene con su director de tesis, el profesor Norman Radcliffe, de pasado no muy limpio para los conservadores estadounidenses. Los agentes, con Robards a la cabeza, persuaden a Radcliffe con amenazas para que ofrezca a Muriel otra tesis con mayores ayudas gubernamentales. Consiguen interceptar toda la correspondencia entre él y Muriel, pero esta se niega a abandonar el proyecto. Muriel está en Madrid recogiendo informaciones de última hora, mientras al otro lado del Atlántico le tienden una trampa para conseguir que la tesis no se publique; Muriel viajará a la República Dominicana y los agentes ponen en su pista a antiguos agentes trujillistas para que le den informaciones falsas con el propósito de querer ayudarle. La estrategia final la llevará a cabo Don Voltaire, un excompañero de Galíndez, convertido en anticomunista fervoroso que intenta disuadirla de su propósito difamando a Galíndez, pero Muriel no cede, y causa su secuestro. Convencidos de que Muriel es comunista desoyen su primera declaración, por lo que Muriel confiesa irónicamente un pasado comunista ficticio. Los agentes norteamericanos dejan paso a los extrujillistas que torturan y matan a Muriel. Cabría destacar los interesantes tres capítulos que recrean la vida de Galíndez, desde su secuestro hasta su muerte. La novela termina con una carta que Ricardo, joven con el que Muriel había tenido una relación en España, escribe a la hermana de Muriel. En la carta dice cómo va a seguir los pasos de su desaparición. La carta es interceptada por la Compañía y llega a manos de Robards y ofrece un final abierto.
       Galíndez ofrece múltiples puntos de vista, oscila entre la realidad y la ficción que se mezclan para contarnos el relato, y a Muriel y a Galíndez les concierne la misma perspectiva, el mismo punto de vista, pero Vázquez Montalbán no recurre a la primera persona cuando habla la protagonista o el delegado vasco, sino a la segunda persona, y se supone que existe un yo locutor sin identidad. Los tiempos verbales están en presente y abundan los monólogos interiores. La elección de Vázquez Montalbán de la segunda persona para su narrador implica que crea un relato inhabitual en el que no finge la voz de las víctimas, ni tampoco cuenta desde fuera, o renuncia a las convenciones de verosimilitud, típicas del género de la novela histórica tradicional. Se trata de un narrador omnisciente, sabe todo lo que piensan e imaginan los demás personajes, y, además, abarca todas las situaciones posibles. Esta fusión de la segunda persona y de la omnisciencia origina un continuo vaivén entre la voz de Galíndez y la de Muriel, es decir, entre quien es narrado y quien narra; un ejemplo representativo, la escena de tortura que sufre Muriel y en un momento dado se diluye la voz de los dos, sin poder distinguir si la tortura la sufre ella o él. Quizá, estructuralmente, Galíndez planteaba un problema inicial, lograr dos tiempos históricos diferentes y dos puntos de vista diferenciados, que Vázquez Montalbán resuelve hermanando el tono de intimismo y de introspección en el discurso narrativo tanto del personaje real Galíndez, como de ficción Muriel, utilizando el mismo procedimiento, y usando la segunda persona. Manuel Vilas, autor del prólogo a la edición de Galíndez (Anagrama, 2018), afirma «que esta novela es una advertencia y un recuerdo de que la libertad siempre está amenazada, de que hay que seguir luchando por la libertad, en cualquier momento de la vida y del tiempo. Justamente para eso se escribió Galíndez, para recordarnos que una palabra puede valer toda una vida».

sábado, 30 de marzo de 2019

Navegamos en 120 librerías


 

Las ratas del Titanic



¿Podrían viajar unas ratas en el famoso barco R. M. S. Titanic y vivir las mismas experiencias que sus pasajeros? ¿Se ocultarían estos pequeños roedores pasando desapercibidos o pudieron llegar a confundirse con los legítimos pasajeros de esta archiconocida travesía? ¿Qué peripecias vivieron todos estos insospechados compañeros de viaje? ¿Qué destino corrieron?
La historia la tenéis aquí, contada en estas páginas, y el final lo imaginaréis vosotros.

jueves, 28 de marzo de 2019

Cuaderno en blanco, marzo


Cuaderno en blanco


Marzo

       La luz resulta diferente en este mes de marzo.
La satisfacción de una nueva entrega literaria, Las ratas del Titanic, con ilustraciones de Ernesto Lovera, al cuidado de Óscar Córdoba, en Toromítico, editorial del grupo Almuzara que permiten que mis ratitas vuelvan a navegar.  
       Algunas lecturas que provocan mi admiración por autores que siempre he leído, Irene Gracia, Jesús Ferrero, Soledad Puértolas, y se convierten en reseñas en Los diablos azules, de InfoLibre y Artes & Letras, de Heraldo de Aragón.
       Los 80 años del exilio español en Cuadernos del Sur (Diario Córdoba), me proporcionan ese espíritu de libertad ansiada por escritores como Ayala, Chaves Nogales y Andújar que dejaron en su obra esa mirada ausente.
       La distribución de las ratitas en su inmenso Titanic llega a más de 80 librerías de buena parte de la geografía española, y mejores centros de lectura de todas las comunidades.
       Un encargo de la revista literaria Turia me trae aires de Cuba, debo leer y escribir sobre Habana año cero, de Karla Suárez.
       La primavera ya se ha asomado a nuestras mañanas, las tardes se diluyen en un haz de colores en el horizonte. Una visión poética para cerrar un mes de acontecimientos.

Hoy invito a…


Alejandro López Andrada

 

 

La voz de una madre

       "El amor de una madre no nos abandona nunca. Se queda dormido, quieto, a nuestros pies, para despertarnos en medio de la noche y decirnos que no hemos de sentirnos solos"


       Todos los hombres y mujeres del planeta que han perdido a su madre conocen el velo frío que cubre la sangre, los prados del espíritu, cuando desaparece la raíz que nos une a este mundo. El cordón umbilical que da sentido profundo a la existencia se deshace de golpe y todo ya es más frágil cuando se instala en nosotros la orfandad. La voz de una madre no envejece nunca y uno no está preparado, aunque su edad sea ya muy avanzada, para esa enorme pérdida. Cuando ella nos falta, el mundo se detiene y el paisaje urbano o rural que nos rodea se transfigura a nuestro alrededor, adquiriendo lo blanco y alegre un tono gris. Nuestra madre dio siempre sentido a nuestra vida. Los colores del viento, la música celeste que ameniza los campos, las calles de la infancia, los rincones gozosos de nuestra juventud cuando volvemos un día a revisitarlos no tienen la pátina amable de esos días en que ella, más joven, estuvo a nuestro lado. Una luz de orfandad granate y purulenta toma asiento en las horas, en los lánguidos minutos que, de pronto, parecen haberse derruido en las cárcavas dulces de nuestro corazón abriendo la espita de una soledad rodeada de gestos, caricias memorables y esbeltas sonrisas de la que nos dejó y aún seguimos sintiendo viva aunque no está.
       El amor de una madre no nos abandona nunca. Se queda dormido, quieto, a nuestros pies, para despertarnos en medio de la noche y decirnos que no hemos de sentirnos solos pues ella deambula por nuestro corazón como un perro feliz lamiendo las heridas que nos deja en el alma la vida cotidiana. Nos hacemos a su ausencia con muchísimo dolor y nos resistimos a creer que ya se ha ido, que se fundió con el universo, y, aunque lo deseemos, no regresará. Mi madre murió hace unas semanas y, no obstante, su voz sigue resonando en mí como una esquila sutil del mes de mayo cosiendo el espacio sublime del ayer. Cuando cierro los ojos, de noche, la presiento a unos metros de mí y oigo sus pisadas atravesando el prado melancólico que su muerte reciente ha sembrado en mis entrañas. Ella viene como antes, cuando era muy pequeño y colgaba en mis ojos el columpio de su risa apartando los miedos y quemando las tristezas que en aquella edad dulce pudiera yo sufrir. La orfandad de una madre esconde los azules y enlutece la brisa, el aleteo del ave, los murmullos del bosque en la hora de la amanecida, las esquinas del pueblo en el que uno vio la luz tras salir de su vientre por primera vez.
       No es fácil pintar con muy pocas palabras la textura y el tono que había en la mirada de la que me trajo al mundo hace seis décadas en un pueblo pequeño del norte provincial. Mis hermanos nacieron en tierras extremeñas; sin embargo, ella quiso que yo fuese andaluz y me hizo nacer un día triste de febrero en el que habían vuelto al sur las golondrinas. Desde entonces envolvió mi espacio con su abrigo de arco iris y espigas. Mi madre olía a azahar. Recuerdo los años primeros de mi infancia mecidos por las caricias y los susurros que su voz de franela dejaba en torno a mí deshilachando las sombras del crepúsculo y las nubes violetas del anochecer. Ella leyó los versos que escribí en los días más grises de mi adolescencia y cuidó mi cuaderno humilde de poemas como si fuera un bosque deshojado que, no obstante, en sus dedos volvía a retoñecer. La voz de mi madre era un silbo anaranjado que arrancaba las hojas de los almanaques y las dejaba caer sobre el rocío dormido en la hierba de mi corazón. Quien ha perdido a su madre entiende esto, pues ellas leen las páginas borrosas de nuestro interior cuando nos derrumbamos y necesitamos asirnos a la dulzura de su voz suturando las llagas y las heridas que el paso del tiempo deja en nuestro ser.
            Solo con observarnos unos segundos una madre conoce lo que nos sucede. La última vez que estuve con la mía fue cinco días antes de su fallecimiento. Y no olvidare jamás que sin hablarme –llevaba unos meses que hablaba muy poquito- sentí su voz cristalina acariciando sin prisa el espacio donde nos hallábamos. Me acerqué a regalarle el ejemplar primero de mi libro reciente Los árboles que huyeron dedicado a ella, y cuando lo tocó y lo tuvo un instante infinito entre sus dedos sonrió como nunca hasta entonces lo había hecho. «Es tuyo, madre», le dije y, al oírme, una lágrima tímida humedeció su rostro y en ese momento, aunque ella no habló nada, como si hubiera querido dedicarme su último y breve instante de alegría, llegó a mí su voz lejana, cantarina, hecha de hebras de junco y regaliz, hundiendo en mi alma un pellizco de felicidad.

lunes, 25 de marzo de 2019

Irene Gracia


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ESAS FRONTERAS DIFUSAS



                     
        La prosa de Irene Gracia (Madrid 1956) resulta tan hipnótica como original desde sus primeras incursiones en la narrativa española a comienzos de la década de los 90, y en su ya larga trayectoria siempre ha sido consciente de lo difícil que le resulta demostrar su apuesta narrativa con cada entrega. Fiebre para siempre (1994) fue una primera novela de acertado tono, y cinco años después Hijas de la noche en llamas (1999) confirmaría su condición de curiosa narradora, pero sería con Mordake o la condición infame (2001) cuando alcanzaría sus señas de identidad y experimentó, por primera vez, con el mundo de lo fantástico para contarnos la historia real de un joven aristócrata británico que tenía en la parte posterior de su cabeza otra cara, la de una bella mujer; El coleccionista de almas perdidas (2006) resulta una obra tan intensa como inquietante, que protagoniza Anatol Chat, uno de los más memorables fabricantes de autómatas que pretende preservar el noble arte del relato oral y sus múltiples perspectivas recitando cuentos en las calles y en las plazas de las ciudades o en las ferias adonde acude. Irene Gracia ha continuado, durante la última década, entablando un diálogo con la mejor tradición fantástica europea, y ha publicado, El beso del ángel (2011), un relato poético que se estiliza hasta llegar a una simbiosis arcaica, trasciende al clasicismo y se eleva hasta un auténtico fervor místico que explica el concepto posesivo del mito Adanel, el ángel del amor; El alma de las cosas (2014) donde, una vez más, el factor prodigioso, el mágico, el sobrehumano e inexplicable, incluso el quimérico conforma el origen de esta singular novela; Anoche anduve sobre las aguas, XXII Premio Juan March Cencillo (2014) es una historia que bebe de las fuentes del milagro bíblico más original, la castidad femenina y el mito de la virginidad, y Ondina o la ira del fuego (2017) la historia de Johanna Eunicke, conocida cantante que interpretó a Ondina en la ópera homónima compuesta por Hoffmann, en 1815, que Gracia  convierte en la crónica de aquel hito musical y subraya el fatal desenlace que sobrevino tras las primeras y aclamadas representaciones, causa que tanto Hoffmann como ella quieren aclarar: la misma noche en que arde el teatro.  
       Irene Gracia ha sido capaz de volver a ese concepto fantástico en su nueva novela Las amantes boreales (2018) y cuenta la historia de dos amigas adolescentes, Roxana y Fedora, bailarinas en la Escuela Imperial de Danza, que un día debutan en el Teatro Mariinsky ante el zar y la alta burguesía, y una vez expulsadas son llevadas a una isla del lago Ladoga, al internado de Palastnovo, en Valaam, donde vivirán una suerte de descenso a ciertos infiernos. Jóvenes, hermosas e inocentes, las dos muchachas conviven en este sórdido lugar ajenas a los peligros que les acechan, retratadas como rehenes de un destino escrito por otras manos. Gracia se adentra en las cavernas de la pérdida de la inocencia para contarnos su historia desde diversas perspectivas, que se alterna con el diario de Fedora, y sitúa la acción en la Rusia de la pre-Revolución, y mientras las revueltas y la sangre corren por los campos de batalla en Europa, la alta burguesía rusa disfruta de sus privilegios envuelta sociedad de lujos y fiestas que desdeña los aires de cambio que traerá la Revolución de 1917. Entretanto las jóvenes despiertan a una curiosa y no menos inocente sexualidad, vivirán su particular historia de amor y, por encima de todo, intentarán sobrevivir a su propio destino.
       La narradora madrileña ha conseguido contarnos su historia con un marcado estilo lírico, elige con acierto las palabras precisas para describir con nitidez tanto sus personajes como los paisajes con descripciones certeras y sencillas, y los ambientes donde se desarrolla la historia, así como las atmósferas apropiadas que imprimen las sensaciones pertinentes de sus protagonistas y el resto de personajes en cada momento, incluida la enigmática señora Novgorov, la inocente Inna, o la enigmática Madame, y de su mano se nos muestra ese interesante y acertado ejercicio de contextualización con el que permite comprender muchas de las actitudes de la sociedad de la época, sin tomar partido de unos sucesos que conmovieron al mundo en lo social, lo político y en lo estético, para contarnos el curioso descubrimiento del amor de las dos bailarinas que en su tierna adolescencia experimentaron en las sombras de la noche, tanto el horror como su goce supremo.
       Irene Gracia regresa, una vez más, al pasado en busca de los referentes que siempre han caracterizado su narrativa,  lo onírico, lo fantástico o el misterio muy en la línea de los relatos del mejor Poe, los folletines franceses del XIX, las perversiones sexuales de Sade, o las maliciosas introspecciones sociológicas y psicológicas de la Comedia Sentimental de Flaubert y esa comprensión que fagocita a cada ser humano como un complejo ser infinitamente variable, y esto por citar sólo algunos de los espectros que resuenan en la mente del lector durante la lectura de esta singular novela. Las amantes boreales se convierte así en un texto subyugante, donde la expresión más explícita tiene tanto poder como lo emocional, y se convierte en una obra que trasciende a una posible caracterización genérica, abunda en los aspectos más sinuosos y pérfidos de la personalidad human y confirma, como nos tenía acostumbrados, el ingenio de su autora.






LAS AMANTES BOREALES
Irene Gracia
Madrid, Siruela, 2018

domingo, 24 de marzo de 2019

Las ratitas...

...siguen navegando y a las librerías de Lorca, Jaén, Elche, Málaga, Albacete, Ciudad Real, Gandía, Denia, Sevilla, Talavera de la Reina, Salamanca, Valladolid y Bilbao..., se suman ahora, Almería, Baza, Granada, Orihuela, Linares, Novelda, Xátiva, o Jerez de la Frontera... hasta un total, de momento, de 89 librerías en todas las comunidades.



jueves, 21 de marzo de 2019

Día Internacional de la poesía.



Poema XX.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.”

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el ultimo dolor que ella me causa,
y estos sean los últimos versos que yo le escribo.

Pablo Neruda, de Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924).


miércoles, 20 de marzo de 2019

Los colores de la primavera


   Primavera 2019 (Hemisferio norte).
Desde:
miércoles, 20 de marzo, a las 22.58 horas.
Hasta:
viernes,
21 de junio
   Todas las fechas corresponden a la zona horaria Hora de Verano de Europa Central.


martes, 19 de marzo de 2019

A través de las Españas


Cádiz



   Cádiz es una de las bellas ciudades de España. Las calles son rectas, limpias, tiradas a cordel, las casas de una blancura impactante, una refrescante brisa del mar sopla con­tinuamente en las calles. Una muralla circunda la ciudad formando un paseo encantador. Desde ese mirador circu­lar puede verse el océano y su inmensidad, las líneas casi invisibles de la costa de África, y tras de nosotros, España, de la que Cádiz es por así decir su extremo. Alrededor de la ciudad hay baluartes, baterías de cañones, y en el puerto cientos de navíos procedentes de los confines de los mares, de las colonias de África, Asia y América.
   Al entrar en la ciudad por la estación, seguimos una pequeña colina pintoresca con rocas, jardines guarnecidos de higueras y palmeras, mientras que por el mar se entra inmediatamente en una gran plaza al fondo de la cual se encuentra la Casa Consistorial o el edificio de la munici­palidad y en grandes letras, de la muy leal, muy noble y muy heroica Cádiz. Esta disposición de los españoles a servirse de palabras rimbombantes es muy curiosa, porque en general el español se ufana muy poco, es modesto y admira las cualidades de los otros además de quejarse de su país. Es tal vez una tendencia oficial o gubernamen­tal, porque mientras más modesto es el soldado más pom­posos son los uniformes militares. El soldado contará con una sencillez sorprendente cualquier hecho de armas al que haya asistido, mientras que la relación oficial os pre­sentará soldados de seis pies de altura, transpirando gloria y valentía por todos sus poros, derrotando a un enemigo veinte veces más numeroso, persiguiéndolo con la espada en los riñones y provocándole quince muertos y un gran número de heridos. Este gran numero de heridos forma en las columnas de los periódicos cifras enormes.
   Pero volvamos a "la muy leal, noble y heroica Cádiz", tal vez una ciudad noble y leal; en cuanto al heroísmo, es un asunto relativo; a juzgar por el número de revolu­ciones que los gaditanos han hecho ellos solos, el heroís­mo debería haber nacido en esta antigua ciudad. Cuando se proclamó la república, hubo aquí una gran alegría; estas buenas gentes se imaginaban, no se sabe muy bien por qué, que todo iba a cambiar, las huelgas se produje­ron de un extremo al otro de la escala social, limpiabotas, porteadores, marineros, pescadores, cada uno solo pensó en la alegría y en el placer. La ilusión duró poco, porque con la república los impuestos no disminuyeron, las car­gas públicas aumentaron tal vez como consecuencia de las complicaciones que asaltaron la nueva forma de gobierno. Entonces la guardia nacional asignada quiso entregar sus fusiles al cónsul americano, no queriendo saber nada con ese execrable gobierno centralizador de Madrid. Estas va­lientes personas han querido proponer al cónsul americano que reconociera a Cádiz como una ciudad americana de la Unión, pero el cónsul que es un hombre ingenioso les ha hecho ver todas las dificultades de cancillería y otras que rodean la formalidad, así que la idea ha sido olvidada. Hoy los gaditanos son más prudentes, han organizado gran can­tidad de asociaciones humanitarias, filantrópicas y de asis­tencia. Todas estas florecientes asociaciones contribuyen al desarrollo intelectual de la población.







 A través de las Españas; Auguste Meylan; Introducción, traducción y notas de Máximo Higuera Molero; Madrid, Trifaldi, 2018.

lunes, 18 de marzo de 2019

Soledad Puértolas


…me gusta

                                     
RÁFAGAS DE LUZ

  

       Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947) ha descrito en sus novelas un mundo contradictorio, firme en apariencia y, sin embargo, quebradizo en muchas de sus actitudes. Permanente y fugaz, detallado y superficial, o tan trivial como profundo, que se localiza en escenarios concretos, casas y reconocidos espacios geográficos, y escudriña las relaciones de sus personajes ente sí, historias contadas durante un largo período de tiempo, de años, personas que son parientes o se aman, aunque por su carácter y descripción siguen siendo recíprocamente ajenas. Describe de manera magistral los grandes y pequeños sucesos de la vida de sus personajes, cuantifica en su narrativa sobre ese universo poblado, exclusivamente, de mujeres como fórmula literaria válida para explorar el mundo interior femenino, y dejar constancia de la fuerza que surge como contrapunto a las reacciones que experimentan las mujeres a lo largo de su existencia en nuestra sociedad actual.
       Después de su séptima colección de cuentos, Chicos y chicas (2016), la narradora zaragozana retorna la novela con Música de ópera (2019) la historia de tres generaciones de una familia, desde los meses previos a la guerra civil hasta los años sesenta, localizada en una ciudad de provincias que se parece a Zaragoza, y relata amistades y negocios familiares, secretos y revelaciones, enamoramientos y desamores, escándalos, incluso muertes que se traducen en suicidios. Puértolas echa mano de todo un material propio de ese equívoco concepto de folletín decimonónico o, incluso de serial radiofónico de época, aunque la narradora tañe con bastante ironía y, de manera muy personal, su visión de la contienda del 36. Lo importante es dejar constancia de los murmullos, de los silencios y de los tabúes que siguieron a los acontecimientos históricos que, en la novela, se filtran en las vivencias personales de sus personajes, sobre todo en la visión de los hijos, el primogénito Justo que pasará los años de guerra escondido en un pueblo del pirineo francés, y Alejo que nada más empezar la contienda se alista en el bando nacional. Soledad Puértolas aporta escasos datos respecto los aspectos bélicos que viven estos personajes, y en esa información incompleta reside la magia de la literatura, una verdad que se complementa con la complejidad de su propia historia, frente a esa simplicidad que podría ofrecer una lectura mucho más política o de abundantes datos históricos.
       Doña Elvira, viuda de Claramunt, incapaz de dirigir las empresas de su difunto marido, comparte esa visión de extrañeza ante la realidad que caracteriza a esta novela. Deja en manos del siniestro administrador Perelada, el despacho de sus bienes. Viajera insaciable, junto a su nuera Anunciada y la joven Valentina, le sorprende la sublevación militar en mitad de un largo viaje por Europa con parada en Salzburgo donde pretende escuchar el Fidelio de Toscanini. Tras un tortuoso regreso, al volver a su cómoda vida burguesa, conocerá la soledad, alejada de sus hijos y recluida en Villa Paulita, mientras la guerra sigue su curso. Acompañada por la música de ópera de la gramola y el melancólico Chopin, la vieja dama se olvidará de los asuntos terrenales y escribe cartas a una amiga muerta con la intención de preservar en esos manuscritos un mundo propio al que no quiere dejar de pertenecer.
       En esta novela no son decisivos los conceptos o las categorías, sino los estados de ánimo de las tres protagonistas, una privilegiada doña Elvira, la huérfana y quebradiza Valentina, y la joven Alba, cuya inocencia se asoma a una nueva vida; actitudes y existencias que determinarán la atmósfera de esta sucesión de historias familiares, aunque algunos de los sucesos contados resulten triviales, esa vida cómoda, los viajes y la música, las tardes de café y las visitas de las amigas, determinados por ese curioso atractivo a que nos asoma su autora. Eso nos queda de las historias de Soledad Puértolas, no acciones intrigantes cuya tensión nos depararían quebraderos de cabeza, ni desgarros personales o juegos con forma literaria, sino una atmósfera en muchos casos muy reconocible.

                     






MÚSICA DE ÓPERA
Soledad Puértolas
Barcelona, Anagrama, 2019. 276 páginas


domingo, 17 de marzo de 2019

Las ratitas...

...empiezan su navegación, Lorca, Jaén, Elche, Málaga, Albacete, Ciudad Real, Gandía, Denia, Sevilla, Talavera de la Reina, Salamanca, Valladolid y Bilbao... 

jueves, 14 de marzo de 2019

Ernesto Lovera

Ha dibujado la nueva edición de Las ratas del Titanic.



   

    Licenciado en Bellas Artes, ilustrador y dibujante de cómic, ha participado en Los chicos del ferrocarril, Relatos bíblicos: ballenas, dragones y carros de fuego y ¡¡Tus chistes!!, publicado el cómic El pintor de estrellas, e ilustrado en Estados Unidos el cómic Fame: Prince, sobre la vida del cantante. También ha realizado las ilustraciones del periódico El gancho.




Hoy invito a…


M. Ángeles Pérez

amaneceres

 

Enamorada

      
    Uno de febrero. Entro al supermercado, los exquisitos mantecados y mazapanes han sido sustituidos por rojos corazones, airosas orquídeas y otros tantos enseres recordándonos la proximidad del, tan amoroso, día de San Valentín. Una vez más intentan hacernos caer en el embrollado mundo del consumismo jugando con el sentimiento del amor, ese en el que la mayoría de los mortales hemos caído y, aquellos que no, mueren por encontrarlo apasionadamente. Y, una vez más intento desviar mi mirada de esos fetiches que descansan sobre el mostrador estratégicamente colocados. Sí, estoy enamorada. Enamorada de los amaneceres, de los atardeceres, de esa flor de almendro que despunta aun a riesgo de ser helada sorprendida por las bajas temperaturas; enamorada de los amigos fieles, de ese sosegado libro, saboreado junto a un té calentito y acompañada de una tranquila y suave melodía. En definitiva, enamorada de la vida.

martes, 12 de marzo de 2019

Nerea Riesco


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TARDES DE CAFÉ            



       Nerea Riesco (Bilbao, 1974) acostumbra a arriesgarse con sus entregas literarias, y consciente del valor de la palabra, mientras cursaba sus estudios de periodismo, contactó con algunos jóvenes interesados en el mundo literario con la pretensión de editar un primer libro de relatos, Ladrona de almas (2002). En 2004 consiguió el IX Premio de Novela Ateneo Joven de Sevilla por El país de las mariposas, entrega a la que han seguido Ars Mágica (2007) y El elefante de marfil (2010), amor, aventura e intriga, en la Sevilla de fines del siglo XVIII. El conjunto de relatos Todas son iguales (2013) se convierte en una curiosa colección de historias que giran en torno a la variedad de pensamientos y formas de enfrentarse a la vida las mujeres dependiendo del lugar o época en la que nacen, incluso de los acontecimientos que vivan. La influencia de estas mujeres en la vida de las personas que las rodean dibuja y consigue un retrato impresionista de la vida. Relato a relato asistimos a ese código de sensualidad, drama, emociones diversas y la pasión que rodea a las protagonistas del libro. La obra no deja indiferente a nadie y conduce al lector por los caminos del erotismo, la mordacidad, la ternura, el dolor, o la más extrema melancolía. La historia, aventura, ciencia de Tempus, (2014) se convierte en un thriller, y Las puertas del paraíso (2015) narra la fascinante historia de un hombre y una mujer que se amaron por encima de credos y fronteras en una época marcada por la intolerancia y el afán de conquista. Con su última entrega, Los lunes en el Ritz (2018), nos sumerge en una historia de amor, y de amistad, un prolongado sacrificio humano, donde engaño y venganza, son telón de fondo en el hotel Ritz de Madrid, testigo de la historia más reciente.
       Todo lo que sé sobre los dragones y otras historias de mujeres (2018), recoge treinta y tres relatos que se agrupan en significativos apartados con títulos tan sugerentes como, “Sexo”, “Amor”, “Maternidad”, “Dolor”, “Aspiraciones” y “Madurez”, cuentos de una variada extensión y temática. Las protagonistas de estos relatos son siempre mujeres, aunque el mundo de la infancia y de la fantasía resulta no menos curioso en alguno de ellos, como el primero y título de la colección, “Todo lo que sé sobre los dragones”, el descubrimiento amoroso del joven protagonista que tanto admira a Amanda e inventa sobre dragones en un sentido erótico, o los que siguen, “Perder la virginidad” y “La mujer en blanco y negro, que cuantifican esa otra manera de entender el sexo y cuya iniciativa siempre procede de la mujer, o esa otra visión homosexual en “Tu recuerdo envenena el pentagrama” con ese sutil concepto tan literario. En el resto se nos ofrece una realidad no tan sólida y estable como parece, caso de “Ni colorín, ni colorado” aunque, de alguna manera, las mujeres son tratadas como heroínas de una posrevolución feminista, orgullosas de tener que valorarse y sobre todo de estimar su condición de mujer para, una vez, instaladas en su papel, caso de la maternidad, en el cuento, “Volver a empezar”, no defraudar a nadie: ni a sus más cercanos o a su entorno vital, a maridos y amantes, o hijas e hijos, padres y hermanos o incluso al resto de la sociedad. El dolor asoma, también, y algunas de estas protagonistas están aisladas, “El último latido”, “La vida tras las cortinas” y “Calaveritas de dulce”, se sienten orgullosas y pretenden sobrevivir porque son capaces de crear su propio mundo, eso que Virginia Woolf calificaba como “don de lo femenino”.
       Nerea Riesco consigue un estilo de lo más funcional, de una exclusiva fuerza expresiva, dotado de una sintaxis sencilla, un lenguaje despojado que elimina todo lo artificial, toda complicación necesaria porque se trata de contar y de transmitir directamente las sensaciones y las emociones, incluso las aspiraciones que podemos leer en “Tardes de café vienés”, y/o la presencia de lo extraordinario porque muchos de estos cuentos se traducen en la visión subjetiva de las relaciones amorosas o esa ambigüedad irresoluble de la conducta humana que tanto menosprecia el concepto de feminismo y su papel en la sociedad, así que estos cuentos parten de situaciones singulares donde la mujeres viven extrañas relaciones, aunque se subrayan con una absoluta sensatez, “La historia real del gran mago Arturo y la emakume que le rompió el corazón”, un extenso y dilatado relato en el tiempo y la bendita locura de la madurez.
   




TODO LO QUE SÉ SOBRE LOS DRAGONES
Nerea Riesco
Torrelavega, Cáprica Ediciones, 2018



Seguimos leyendo...


...y seguimos, seguimos.

lunes, 11 de marzo de 2019

Desayuno con diamantes, 144


LA PASIÓN NARRATIVA DE ANTONIO GALA          

       La obra de Antonio Gala se caracteriza por un lenguaje deliberadamente literario, que tiende a un sentimiento lírico desarrollado en cuantas facetas ha ensayado a lo largo de su existencia, completada por colaboraciones periodísticas donde sus sentencias, o microtextos, someten a la actualidad a una aguda y permanente visión de su talante personal. El conjunto de su producción literaria reúne los suficientes requisitos de popularidad y de complacencia de sus lectores para que cada nueva obra suya se convierta en un éxito. Desde su primera entrega narrativa, El manuscrito carmesí (1990), su controvertida, La pasión turca (1993), o el retrato de la incontenible dama de Más allá del jardín (1995), su prosa muestra la expresión de una voz engalanada, preciosista, que cuenta historias tan efusivas como eruditas, que nos envuelven en un pasado exótico y atrayente, o nos aproximan a un presente verosímil y reconocible, características delimitadas por un lirismo sensual de fuerte contenido sexual, cuando describe las pasiones de sus protagonistas. Quizá porque el corazón no aprende, y el amor no se repite nunca, Gala insiste en presentar personajes de una inverosímil e incalculable psicología femenina que detentan una amplia actitud de miras.



Un primer Gala novelista
       Antonio Gala recrea la luminosidad de los recuerdos infantiles de Boabdil que se oscurecerán al desplomársele sobre los hombros la responsabilidad de un reino desahuciado. Su formación, de príncipe refinado y culto, no le servirá para las duras tareas de gobierno que pasan por las rencillas de sus padres al afecto profundo de Moraima o Farax; la pasión sentida por Jalib a la ambigua ternura de Amín y Amina; incluso el abandono de sus amigos de niñez a la desconfianza en sus asesores políticos; desde la veneración por su tío el Zagal o Gonzalo Fernández de Córdoba al aborrecimiento de los Reyes Católicos que culminarán su obra expulsándolo. Una larga galería de personajes dibuja el escenario en que se mueve Boabdil el Zogoibi, el Desventuradillo. Los papeles carmesíes que empleó la Cancillería de la Alhambra ofrecen el testimonio de Boabdil, el último sultán, y cuanto la Historia ha ido acumulando sobre el personaje de acusaciones injustas a lo largo de su relato, un texto tan sincero como reflexivo que sacude la crónica escrita por Gala como un viento destructor. El manuscrito carmesí obtuvo el Premio Planeta en 1990, un libro que marcaría el destino narrativo de un Gala que se estrenaba en la ficción narrativa.
       La pasión turca, tres años después, fue uno de sus más sonados éxitos, y originó una posterior polémica adaptación cinematográfica. Cuenta, en primera persona, la vida de Desideria Oliván, una mujer de provincias, con una existencia sin sobresaltos y bastante aburrida; casada con un tipo que le produce pocas sensaciones amorosas, y repuntes religiosos ligeramente enfermizos. No se siente feliz, y será ella quien empiece a ofrecerle algún aliciente a su vida viajando por lugares exóticos: Egipto, Persia y, por último, Turquía, donde conocerá a Yamam, su guía turístico, del que se sentirá perdidamente enamorada desde el primer instante, y tras el primer viaje comienza a efectuar frecuentes escapadas al país, y abre un negocio de alfombras que se convierte en una tapadera para volver, una y otra vez,  junto a Yamam. Dejará su matrimonio, rompe con su monótona vida provinciana y se marcha a vivir su pasión, reflejada en un desenfreno sexual, sin apenas recibir nada a cambio.
       Más allá del jardín (1995) es una de sus más voluminosas historias, y Gala insiste en formalizar sus entregas cuestionando siempre el concepto de feminidad a toda costa. Palmira es una mujer de la clase alta sevillana que al llegar a la menopausia empieza a plantearse su forma de vida: consistía en cuidar su jardín, organizar fiestas e invitar a amigos. Un día descubre que su marido la engaña, su hija está embarazada y se plantea vivir su propia vida junto a un joven de clase baja, y su hijo Alex, se confiesa homosexual y está enamorado de Hugo, un buen amigo de la madre. Gala da un paso más allá, y lejos de ofrecer un folletín con estos ingredientes, encuentra una razón para su personaje y la convierte en voluntaria en un país africano, en Ruanda, a donde viaja para ayudar a los más desfavorecidos.
       El escritor cordobés acentuaba su ritmo de publicación, y un año después entregaba, La regla de tres (1996). El novelista, Octavio Lerma, bisexual, se retira a una isla para escribir un libro que titulará La enfermedad mortal, donde pretende contar cómo todas las personas que lo amaron sucesivamente han muerto. Sobre esa amenaza mortífera se propone reflexionar con la mayor serenidad posible, aunque cuando llega a la isla se enamora de una mujer fascinante, Aspasia Martel, y paralelamente caerá en brazos de Leonardo, un hombre bastante más joven, al que contradictoriamente trata de seducir. 


       Gala traza en Las afueras de Dios (1999) el itinerario físico y espiritual de una mujer que vive y ama hasta la muerte y aun más allá. El amor es el alimento único de su cuerpo y de su alma, ambos inseparables en ella. El narrador escribe sobre el amor en muchas de sus manifestaciones: el divino, con su noche oscura; el que asciende a las cumbres más altas, o se entrega al cuerpo; el amor franciscano a todas las criaturas, sobre los demás; y el amor a los ancianos, que configura su vida entera. La experiencia de la hermana Nazaret, de Clara Ribalta, en el convento y fuera de él, le permiten comprender que es imposible amar a los hombres en Dios: hay que amar a Dios en los hombres; así entenderá que los otros son precisamente Dios. Y llegará a una conclusión; la ciencia añade años a la vida humana, pero no añade vida a tales años, y esa es la empresa en la que todos, por propio interés, hemos de participar. El imposible olvido (2001) parte de la convicción de que, según el propio escritor, sería muy diferente de las demás: insólita por el tema, por el modo de tratarlo y porque su protagonista, curiosamente, es masculino.
       Antonio Gala vuelve a la novela histórica con personajes reconocibles y reconocidos en El pedestal de las estatuas (2007), donde el descubrimiento de unos cuadernos desconocidos de Antonio Pérez, el secretario de Felipe II, permiten desvelar la Historia oculta de la España del XVI. El propio secretario reconoce, en sus últimos días, que sigue con vida gracias al arcón donde guarda copia de documentos, legajos, cartas y toda clase de pruebas que implican, en asesinatos y siniestras estrategias, a la monarquía, a la Iglesia y a la nobleza, desde los Reyes Católicos hasta Carlos V y su enigmático heredero arrestado por una presunta conjura contra Felipe. Gala muestra en esta Historia novelada, tan descarnada como apasionante, la otra cara de los poderosos en una Corte con resabios medievales implicados en sucias tramas casi inimaginables.
       Su interés por lo breve dio lugar a las colecciones, Siete cuentos (1993), Los invitados al jardín (2002) y El dueño de la herida (2003), que intentan referir un suceso entero, aunque sintetizado, con antecedentes, desarrollo y consecuencias; en realidad, relatos argumentales de profundo análisis psicológico para explicar los comportamientos humanos.

Recuento narrativo
        Con esta nueva entrega, Los papeles de agua (2008), el escritor cordobés culminaba su obra narrativa, y resume el carácter de cada una de las protagonistas femeninas de sus anteriores novelas, alternando los recuerdos de una pobre Asun, descrita en sus rasgos autobiográficos más elementales: “soy una pobre mujer, redicha pero imbécil”, como afirma de sí misma; o la, insuperable, caracterización de una áspera, estricta y hasta puritana Deyanira Alarcón, escritora de éxito, retirada tras un fracaso personal y matrimonial. Sin embargo, emborrona unos cuadernos secretos, un tipo de espejo que le ayudan a pensar, tras una primera y extensa disertación, acerca de su vida pasada, mientras se pierde o se encuentra, en una enigmática ciudad, Venecia.