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lunes, 25 de marzo de 2019

Irene Gracia


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ESAS FRONTERAS DIFUSAS



                     
        La prosa de Irene Gracia (Madrid 1956) resulta tan hipnótica como original desde sus primeras incursiones en la narrativa española a comienzos de la década de los 90, y en su ya larga trayectoria siempre ha sido consciente de lo difícil que le resulta demostrar su apuesta narrativa con cada entrega. Fiebre para siempre (1994) fue una primera novela de acertado tono, y cinco años después Hijas de la noche en llamas (1999) confirmaría su condición de curiosa narradora, pero sería con Mordake o la condición infame (2001) cuando alcanzaría sus señas de identidad y experimentó, por primera vez, con el mundo de lo fantástico para contarnos la historia real de un joven aristócrata británico que tenía en la parte posterior de su cabeza otra cara, la de una bella mujer; El coleccionista de almas perdidas (2006) resulta una obra tan intensa como inquietante, que protagoniza Anatol Chat, uno de los más memorables fabricantes de autómatas que pretende preservar el noble arte del relato oral y sus múltiples perspectivas recitando cuentos en las calles y en las plazas de las ciudades o en las ferias adonde acude. Irene Gracia ha continuado, durante la última década, entablando un diálogo con la mejor tradición fantástica europea, y ha publicado, El beso del ángel (2011), un relato poético que se estiliza hasta llegar a una simbiosis arcaica, trasciende al clasicismo y se eleva hasta un auténtico fervor místico que explica el concepto posesivo del mito Adanel, el ángel del amor; El alma de las cosas (2014) donde, una vez más, el factor prodigioso, el mágico, el sobrehumano e inexplicable, incluso el quimérico conforma el origen de esta singular novela; Anoche anduve sobre las aguas, XXII Premio Juan March Cencillo (2014) es una historia que bebe de las fuentes del milagro bíblico más original, la castidad femenina y el mito de la virginidad, y Ondina o la ira del fuego (2017) la historia de Johanna Eunicke, conocida cantante que interpretó a Ondina en la ópera homónima compuesta por Hoffmann, en 1815, que Gracia  convierte en la crónica de aquel hito musical y subraya el fatal desenlace que sobrevino tras las primeras y aclamadas representaciones, causa que tanto Hoffmann como ella quieren aclarar: la misma noche en que arde el teatro.  
       Irene Gracia ha sido capaz de volver a ese concepto fantástico en su nueva novela Las amantes boreales (2018) y cuenta la historia de dos amigas adolescentes, Roxana y Fedora, bailarinas en la Escuela Imperial de Danza, que un día debutan en el Teatro Mariinsky ante el zar y la alta burguesía, y una vez expulsadas son llevadas a una isla del lago Ladoga, al internado de Palastnovo, en Valaam, donde vivirán una suerte de descenso a ciertos infiernos. Jóvenes, hermosas e inocentes, las dos muchachas conviven en este sórdido lugar ajenas a los peligros que les acechan, retratadas como rehenes de un destino escrito por otras manos. Gracia se adentra en las cavernas de la pérdida de la inocencia para contarnos su historia desde diversas perspectivas, que se alterna con el diario de Fedora, y sitúa la acción en la Rusia de la pre-Revolución, y mientras las revueltas y la sangre corren por los campos de batalla en Europa, la alta burguesía rusa disfruta de sus privilegios envuelta sociedad de lujos y fiestas que desdeña los aires de cambio que traerá la Revolución de 1917. Entretanto las jóvenes despiertan a una curiosa y no menos inocente sexualidad, vivirán su particular historia de amor y, por encima de todo, intentarán sobrevivir a su propio destino.
       La narradora madrileña ha conseguido contarnos su historia con un marcado estilo lírico, elige con acierto las palabras precisas para describir con nitidez tanto sus personajes como los paisajes con descripciones certeras y sencillas, y los ambientes donde se desarrolla la historia, así como las atmósferas apropiadas que imprimen las sensaciones pertinentes de sus protagonistas y el resto de personajes en cada momento, incluida la enigmática señora Novgorov, la inocente Inna, o la enigmática Madame, y de su mano se nos muestra ese interesante y acertado ejercicio de contextualización con el que permite comprender muchas de las actitudes de la sociedad de la época, sin tomar partido de unos sucesos que conmovieron al mundo en lo social, lo político y en lo estético, para contarnos el curioso descubrimiento del amor de las dos bailarinas que en su tierna adolescencia experimentaron en las sombras de la noche, tanto el horror como su goce supremo.
       Irene Gracia regresa, una vez más, al pasado en busca de los referentes que siempre han caracterizado su narrativa,  lo onírico, lo fantástico o el misterio muy en la línea de los relatos del mejor Poe, los folletines franceses del XIX, las perversiones sexuales de Sade, o las maliciosas introspecciones sociológicas y psicológicas de la Comedia Sentimental de Flaubert y esa comprensión que fagocita a cada ser humano como un complejo ser infinitamente variable, y esto por citar sólo algunos de los espectros que resuenan en la mente del lector durante la lectura de esta singular novela. Las amantes boreales se convierte así en un texto subyugante, donde la expresión más explícita tiene tanto poder como lo emocional, y se convierte en una obra que trasciende a una posible caracterización genérica, abunda en los aspectos más sinuosos y pérfidos de la personalidad human y confirma, como nos tenía acostumbrados, el ingenio de su autora.






LAS AMANTES BOREALES
Irene Gracia
Madrid, Siruela, 2018

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