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miércoles, 6 de marzo de 2019

A través de las Españas


Sevilla


       Tras unas treinta horas de ferrocarril, se experimenta una vaga necesidad de estirarse o de sumergirse; una vez en el hotel, comienza el aseo. En principio, el solo nombre de Sevilla inspira al viajero un sentimiento de respeto y de admiración. ¡Aquí está esta célebre ciudad, tanto por sus fastos pasados como por su presente! Apenas deposito mi equipaje mediante algunas monedas de vil metal, me lanzo hacia un barbero de la capital, con el fin de honrar el famoso recuerdo; Rossini me domina por entero. Entro en un establecimiento. El dueño daba vueltas a su sem­piterno cigarro, lanza una mirada de desconfianza sobre el intruso y me recibe con mal talante. Habituado en mis viajes a encontrarme gente de todo tipo de caracteres y de todos los temperamentos, me siento y espero. Mi perso­naje deambula alrededor de mí con el aire de quien quisiera saber a quién tiene el honor de hablar. Al fin, rompiendo el silencio, me pregunta: "¿Usted es extranjero? - Sí, señor. -¿Usted es francés? - No, señor."
       Hay una pausa embarazosa en la que el barbero de la Sevilla moderna reflexiona y busca entre sus recuerdos cuál debe ser la nación a la que pertenece un extranjero que no es francés. Así que decido liberar a mi locuaz bar­bero de su duda: "Soy suizo". Entonces su rostro se ilu­mina. "Buen país, pueblo sabio, buenos ayuntamientos." Lo que más sorprende a estas buenas gentes es que existan países en los que hay buenos gobiernos municipales, prueba evidente de que es la primera reforma que demandan para ellos. Nuestro barbero sevillano no se avendría a servir a un conde de Almaviva. Es un excelente republicano que me cuenta, como si tal cosa, cómo el 4 de enero la población de Sevilla no ha cedido ante el gobierno porque se temía una trampa. Se podría haber traído a las tropas, pero esto no se consideró, ya que el movimiento no se tuvo por algo serio, y se espera que las personas que están en el poder cometan un sacrilegio contra las libertades para revolverse; mientras tanto se les dejará salir así del compromiso. Esta perorata es todo el sistema del sur de España, región profundamente republicana, pero dispuesta a justificar a las personas en el poder. Salí de casa del barbero, provisto de su afecto como por otra parte lo había tenido del exdiputa­do a cortes. Me pidió por favor que volviera a verlo porque quería presentarme a algunos de sus colegas, republicanos convencidos y partidarios de Castelar. Estos barberos de Sevilla son todos como éste. Así que habría que recorrer toda la ciudad, la provincia, para encontrar al alegre Fíga­ro que tan bien secundaba el conde de Almaviva. El ferro­carril y la República lo cambian todo.
       Sevilla es una espléndida ciudad que se extiende a ambas orillas del Guadalquivir. En la orilla derecha está el barrio de Triana, villa moruna con pequeñas casas de un piso, blanqueadas con cal, pobladas de familias de es­tos célebres gitanos de los que tanto se habla. Su belle­za está reconocida y consagrada, y sin embargo lo único que veo son muchachas amarillentas, mujeres ancianas bastante feas, pero con ojos de ensueño. Pero aquí, entre estas ruinas moras, al pie de estas mezquitas con arabes­cos cargados de años, se desarrolla la vida original de un pueblo exótico. Las jóvenes tienen el aire entre atrevido y orgulloso, maldición para el extranjero que se adentra en sus dominios, las navajas están afiladas y los tempera­mentos ardientes. Se juega y se canta acompañándose de la guitarra; en este barrio el gitano es el rey bajo el cielo azul, nadie viene a estorbarle, y por la noche apenas se es­cucha a través del Guadalquivir la voz lastimera del sereno que da las horas. La Sevilla de la margen izquierda del Guadalquivir es la Sevilla poética, la que da nombre a las historias de escalas de cuerdas en Don Juan; sus casas son bajas, de uno o dos pisos, adornadas con balcones y mira­dores llenos de flores; es aquí donde las sevillanas pasan el día, flores recién cortadas en el cabello, mirando hacia la calle a los jóvenes que pasan y que levantan los ojos hacia la novia. El novio es el hombre de sus pensamientos. Este flirteo dura mucho tiempo, ya que las sevillanas son orgullosas y sabias, fieles hasta la tumba, y quieren poner a su amante a prueba. Así que, tras años de este cortejo, la sevillana pasa a pertenecer a su amante; si el padre y la madre están de acuerdo, el matrimonio será cosa hecha, si no surgen complicaciones familiares. Y ahora veamos el aspecto de Sevilla. Todas las casas disponen de un patio en el que borbotea una fuente, un chorro de agua rodeado de umbelíferas; entrando hacia el interior de la ciudad encon­tramos la gran catedral, y un amasijo de las construcciones más originales del mundo. Desde la torre de la Giralda, planea la vista sobre esta gran ciudad tan singular y curiosa.





A través de las Españas; Auguste Meylan; Introducción, traducción y notas de Máximo Higuera Molero; Madrid, Trifaldi, 2018.


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