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miércoles, 31 de octubre de 2018

Hoy invito a…


 

Amaneceres

El final 

   Y llegó el final, tu final, el que todos esperábamos y que no queríamos aceptar. Y por los caminos tortuosos de mi mente quedará el recuerdo de aquellas tórridas tardes esperando tu llegada; de mi primera muñeca, esa que conseguiste a costa de renunciar a los beneficios obtenidos por la venta de hermosas naranjas; de tu mano tendida hacia la mía para hacerme descubrir la primera mirada frente al mar; de tu mandato y dirección sobre los cimientos de nuestra casa para que ni el más devastador de los terremotos pudiera destruirla. Y, en esa nube desdibujada a lo lejos, quedarán siempre los reflejos de tu inmensa bondad, tu altruismo incondicional y tu infinita generosidad con todo y con todos.
       Y, paradojas del destino, la vida unió vuestro amor prohibido un cuatro de septiembre, la muerte lo volvió a fundir, en la misma fecha, sesenta y cuatro años después. Llegó el final, vuestro íntimo y silencioso final.

sábado, 27 de octubre de 2018

Sabías que...




     “La diversión es como un seguro, cuanto más viejo eres más te cuesta”.
                                                                Anónimo

viernes, 26 de octubre de 2018

Fernando J. López


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UNA IDENTIDAD PROPIA


              
       ¿Qué sabe el ciudadano medio con respecto al sistema educativo y la convivencia escolar en los institutos públicos, el tipo de enseñanza actual que practican los profesionales docentes en este país, independientemente de dónde estén ubicados, en grandes zonas metropolitanas, poblaciones de una densidad media, o incluso pequeños pueblos donde el centro se convierte en el referente cultural y mediático del lugar, y donde centenares y miles de adolescentes, eso sí, con una ratio excesiva se agolpan en las aulas y, por supuesto, no resulta nada fácil practicar una enseñanza personal e individualizada, que propiciaría una atención especial a los pequeños problemas que surgen en el cotidiano devenir de unos jóvenes, cuya actitud vital cambia, también, a medida que ellos van creciendo? ¿Es esta, tal vez, la edad de la ira de nuestros jóvenes, que de alguna manera se proyecta en nuestras aulas?
       El lector debe tener en cuenta que Fernando J. López (Barcelona, 1977) ha tomado como referencia y marco para escribir una novela como, La edad de la ira (2011), un instituto de Madrid, donde registra episodios de violencia adolescente, o se sumerge en la vorágine de las drogas, habla del acoso cibernético y la profusión de redes sociales, no faltan las denuncias a las humillaciones y la ausencia de respecto a los docentes, apunta ataques racistas y homofobia y, finalmente, añade algo que tanto preocupa a la Administración: el fracaso escolar, aunque el ingrediente más significativo, es cómo debemos leer este libro, un texto exclusivamente literario y puramente narrativo, la reconstrucción, paso a paso, del crimen perpetrado por un joven del instituto IES Rubén Darío, y la investigación que un joven periodista está llevando a cabo cuando ni siquiera él acaba de explicarse el suceso mismo, o porque periodísticamente hablando todos los medios escritos y visuales han condenado de antemano al joven asesino. Santiago inicia todo un recorrido por el centro para reconstruir el suceso, recaba la ayuda de los profesores que conocen a Marcos, psicólogos y orientadores cuyo testimonio justifican las más de trescientas páginas del libro; lo hará, además, de una forma muy gráfica, solicitándoles por escrito sus impresiones sobre el alumno y su entorno, intentando averiguar sus relaciones familiares, el círculo de amigos y conocidos, hábitos y costumbres, que recomponen el rompecabezas de las últimas semanas y horas vividas por el adolescente.
       Al hilo de una pequeña intriga social, o incluso el proceso detallado de la escritura de una nota periodística criminal, La edad de la ira, es una novela valiente que carga sus tintas en abundantes secuencias de denuncia sobre una sociedad instaurada en la violencia que ha pasado de las calles a los hogares y a las aulas, corrompe a una juventud cuyos valores, en algunos casos, se están perdiendo porque el exhibicionismo a través de la red y la invulnerabilidad de ciertos delitos, se convierten en el escaparate que pueden enaltecer o vituperar a nuestros jóvenes consumidores.







LA EDAD DE LA IRA
Fernando J. López
Madrid, Espasa, 2011

jueves, 25 de octubre de 2018

Hoy invito a…


Emilia Lanzas

     Se publica la narrativa completa de Francisco Villaespesa, principal representante del Modernismo español

    Francisco Villaespesa nació en el pueblo de Laujar de Andarax, en Almería, en 1877, y murió en Madrid, en 1936. Adquirió gran fama como poeta, y es considerado uno de los más sobresalientes escritores modernistas. El Modernismo literario, que sería el primer movimiento propiamente hispanoamericano, supuso una proyección del simbolismo francés y un antecedente directo de las corrientes de vanguardia. Pedro M. Domene expresa de una forma brillante lo que supuso el Modernismo «…no surgió exclusivamente como una reacción contra el naturalismo precedente, sino contra el espíritu utilitario de la época y la brutal indiferencia de la vulgaridad».

 

   Villaespesa fue amigo de Rubén Darío, cuya obra divulgó en España. Estuvo en numerosas ocasiones en Hispanoamérica, donde entró en contacto con los principales poetas de las primeras décadas del siglo XX. Con Carrere, Alejandro Sawa,  Manuel Machado, Carolina Coronado, Juan Ramón Jiménez o Valle-Inclán, Villaespesa representa la vanguardia rupturista que supuso el Modernismo. Su estilo singular, de exotismo orientalista, partió de una particular visión de la esencia romántica (no en vano se ha dicho que los modernistas fueron los “últimos” románticos).

   La narrativa de Villaespesa, como también su poesía, está repleta de imágenes y metáforas vibrantes y efectistas, e irrumpe con voluntad transformadora en un panorama literario mayoritariamente naturalista. El amor, la fina transparencia entre lo real y lo soñado («A veces creo que no existes en la realidad…»); el anhelo y el deseo; lo invocado; la inconsistencia de la materia («Su cuerpo, así envuelto asumía un no sé qué de inmaterial, de casi impalpable»), recrea una atmósfera ensoñadora, lejana e irreal, en donde los adjetivos y las descripciones vehementes y detallistas crean una realidad paralela.

   Once son las novelas cortas que comprenden este volumen publicado por la editorial Berenice. Cada uno de estos relatos es puntualmente definido por Pedro M. Domene en la introducción. Aunque la mayoría de las temáticas tienen como eje principal el oriente musulmán y todo lo relativo a su cultura, también está presente el mundo rural, como en el relato Amigas viejas, y algunos textos en donde la temporalidad carece de importancia porque solo el amor parece tener presencia, como es el caso de la novela epistolar La marcha de la antorchas. Encabeza este volumen, El último Abderramán, la más famosa de todas las novelas de Villaespesa, ambientada en la ciudad nazarí de Granada, con la Alhambra como su epicentro de ficción.

 

 

   La voluntad renovadora de Villaespesa hace que sus narraciones se alejen de realidades próximas para tratar temas pasados con escenarios exóticos, de carácter épico; novelas desveladoras de una historia revestida de fantasía. Pero, como indica Pedro M. Domene «Las historias de Villaespesa no se desarrollan en una exclusiva época modernista, a excepción de La ciudad de los ópalos, tal vez porque la acción al igual que los personajes, premisas ineludibles en la narración, se revisten de especiales características, sobre todo en la construcción de situaciones dramáticas cargadas de representatividad seudohistórica, con una importante presencia mítica… ».

   Un acontecimiento estético en donde el lenguaje adquiere la tensión y la musicalidad propios de la poesía. Porque, como indica Irlemar-Chiampi Córtez: «El espectáculo de la prosa modernista, sea como simple conductor del “plaisir du texte”, sea como objeto de exégesis analítico-interpretativas, está lejos aún de haber agotado su caudal de posibilidades de lectura y disfrute, de crítica y de estudio». Una ocasión, sin duda, importante para descubrir o releer a Francisco Villaespesa, para conocer su literatura sensual y perdurable.


miércoles, 24 de octubre de 2018

Pedro de Paz


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AL BORDE DEL INFIERNO

              
       La novela o el relato de intriga está de moda, y si además envuelve al lector en una trepidante trama, se adereza con tintes de esoterismo y oscurantismo o se remata con ciertos aires de utópica fantasía para cubrir nuestra tediosa vida cosmopolita, la meta habrá sido alcanzada, tenemos asegurado: mucha intriga, enigmas sin resolver, destinos inciertos y, sobre todo, la fuerza de un auténtico personaje que se autodestruye en un mundo que se derrumba a su alrededor por momentos. Pero hablamos de un antihéroe que callejea, sobrepasa las normas de la ética profesional, persigue a sus presas, hurga en el subsuelo y, en ocasiones para olvidar, se emborracha. Mucho de esto, y algo más, contiene la nueva novela de Pedro de Paz (Madrid, 1969), notario atento a la actualidad desde sus inicios literarios, que combina en sus temas dos de sus pasiones, el mundo de la informática en sus más variadas acepciones, y una visión crítica, tan ácida como aguda, de una cotidianidad urbana en la que sobrevive y que, de su mano, se convierte en material de buena ficción, como ya ocurriera en dos de sus entregas anteriores, Muñecas tras el cristal (2004) y El documento Saldaña (2009), ambas con una asombrosa capacidad para arrastrar al lector a su lectura, habilidad que ahora redondea con La senda trazada (2011). Se trata de una historia de frenética eficacia contada como si de una sucesión vertiginosa de imágenes cinematográficas se tratara cuando su protagonista, Alfonso Heredia, se sumerge en el laberíntico mundo de lo oculto, de lo enigmático tras comprar un misterioso volumen, casi de bibliófilo, por la ridícula cantidad de diez euros, y sin saber que las páginas manuscritas del libro modificarán el resto de su vida.
       La novela de Pedro de Paz es algo más que una trepidante historia porque al hilo de su desbordada intensidad por desenredar el misterio que atormenta al fotógrafo free-lance cuya vida personal y profesional ha dado un giro de 360 grados, se enfrenta en su futuro inmediato a una investigación de sorprendente final. La senda trazada es la historia de un perdedor, su chica lo ha abandonado, no vende ninguna foto decente, debe varios meses del alquiler, subsiste económicamente acosta de usureros que reclaman su deuda, su mejor amigo lo ha traicionado, su situación es tan desesperada que alimenta su espíritu con un sentimiento de derrota continuo hasta que el misterioso libro le ofrece innumerables posibilidades personales y profesionales. Buscará los mensajes crípticos que encierra el volumen, en realidad, una sucesión de sentencias, que en una primera instancia no logra descifrar, sin embargo ocurren, le llevan a conocidos personajes de actualidad, y derivan en una catastrófica realidad que parece escrita. Hechos que arrastran al protagonista a justificar la naturaleza humana en algunas de sus más mediocres actuaciones, incluida su ruinosa actitud ante una pesadilla de la que no logra despertar.





LA SENDA TRAZADA
Pedro de Paz
XX Premio de Novela Luis Berenguer
Sevilla, Algaida, 2011

martes, 23 de octubre de 2018

Ricardo Reques


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OTRA REALIDAD


              
        Un cuento se juega la vida en las primeras líneas, declara Andrés Neuman, en las últimas, la resurrección. Un micro, no tiene tantas posibilidades, la suya es una suerte de perspectiva y, en ocasiones, una simple mirada. Este género breve, desarrollado desde el Simbolismo francés y el Modernismo hispanoamericano, se sustenta sobre la excepción o, aun mejor, sobre la subversión. Cada microrrelato se convierte en un estado puro de excepcionalidad, como afirma, Manuel Moya, dejándose llevar por lo ilógico de cuanto pueda pensarse. Su mundo, por consiguiente, forma parte de un estado de exclusión, por lo que nada está donde debiera, forma parte de ese otro lugar, como señala el madrileño, afincado en Córdoba, Ricardo Reques en su colección titulada, Fuera de lugar (2011), un libro editado primorosamente por Ediciones depapel, una publicación artesanal que recomiendo vivamente. El narrador forma parte de MuchoCuento, un proyecto narrativo que llevan a cabo un grupo de apasionados cordobeses que están entregando en estos últimos meses arriesgadas apuestas narrativas breves de singular valía.
        Los microrrelatos de Reques son parcos en su formulación verbal y, por otra parte, abundan en gestos que obligan al lector a volver siempre atrás: el humor y el sarcasmo dulcifican ese halo esperpéntico y tenebroso que completa la visión del mundo del narrador que, con maestría, se mueve entre lo ambiguo y lo real, lo abstracto y lo imaginario. Una especial característica cabe señalarse en este buen puñado de micros de una extensión tan variada como precisa, ese parámetro con que se concibe una pieza literaria breve, conceptos en los que Reques sustenta su mejor acierto, tanto al crearlos como para leerlos, una inequívoca referencia a su medida y a su calculada naturaleza, en una complicidad permanente que se activa entre el autor y el lector, porque pone en escena la paradoja que produce una simple mirada sobre lo leído. Veánse los mejores ejemplos, «Perspectiva», y tal vez, «El beso». En igual proporción, los cuentos de Ricardo Reques presentan una actitud crítica ante una realidad porque muchas de estas pequeñas piezas, contienen una auténtica teoría sobre los problemas y actitudes de nuestro mundo. Y se añade el juego fantástico, sin duda, el más propicio para el género, «La venganza del dragón», «La rana», «La roca», que amplían las posibilidades de ese concepto de ficcionalidad en ese cruce textual que siempre hemos defendido. Los textos de este cordobés de adopción reproducen pequeños detalles de nuestro mundo absurdo, parodia y caricaturiza la inmediatez, dignifica personajes excéntricos, eleva a una categoría sumamente expresiva una realidad distorsionada que en estos cuentos celebra ese esfuerzo de poder ser cambiada, sin duda el secreto compromiso a voces del escritor que ambiciona cerrar en un espacio muy pequeño su visión trascendente del mundo y ese, sin duda, es su mayor logro.
               Bienvenido al país de los microcuentos. 

FUERA DE LUGAR     
Ricardo Reques
Córdoba, Ediciones depapel, 2011

domingo, 21 de octubre de 2018

Desayuno con diamantes, 141


UN PRINCIPITO DE 75 AÑOS
             

       Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944) alternó su pasión por la aventura con la meditación sobre el significado de la existencia humana: El Principito (1943), su libro más leído y emblemático, cumple 75 años.


                             
       Las personas mayores fueron niños, como el protagonista de este cuento, El Principito de Antoine de Saint-Exupéry, uno de esos libros a los que siempre se vuelve, con nuevas perspectivas para renovar aquellas promesas hechas al joven comprometido y vibrante que un día fuimos, cuando la absorbente maquinaria que mueve nuestro mundo, la dinámica del trabajo y del dinero, o de las influencias, de las posesiones y de las prisas nos han vuelto tan inhumanos que no alcanzamos a saber si volveremos a estar vivos en otro momento. El relato de Saint-Exupéry es un texto sencillo, profundamente humano que pretende devolvernos esa infancia pasada de la que hemos olvidado tantas cosas, y el autor intentó mostrar la estupidez y vacuidad del mundo adulto cuando el Principito visita los distintos planetas: del Rey, del Geógrafo, del Hombre de Negocios, del Borracho o del Vanidoso, hombres llenos de una tremenda experiencia y conocimiento pero que la sociedad les lleva a un determinado modelo de vida y se convierten en esas pobres personas infelices que buscan su vacío existencial, ocupándose de cosas que, en realidad, no les importan.
       El libro pretende mostrar el valor de la amistad y sobre todo de la generosidad, de esa capacidad de mirar a nuestro alrededor para que apreciemos cuanto tenemos, pero pronto advertimos que la soledad del hombre está en su incapacidad para ver con los ojos del corazón como señala el zorro. El propio Principito, aislado y solo, se encontrará muy pronto rodeado de amigos con los que compartir sus experiencias. Francisco Arias Solís ha escrito que «Al releer este libro, una y otra vez, uno encuentra una sencilla simbología de gran calidad poética, marca las pautas de la liberación del hombre en sus propios males y errores e invita, sobre todo, a la sencillez, a la pureza, a la verdad, encarnadas por ese ingenuo candor del niño protagonista». Un notable pensador como Martín Heidegger escribió en una ocasión que «se trataba de unos de los libros más existencialistas del siglo». Y para María Cristina Rosas, en realidad, «El Principito es, en cierta forma, una obra biográfica. La descripción de paisajes que Saint-Exupéry desarrolla en la obra evocan los volcanes que el piloto vio en Dakar. La célebre rosa con la que riñe el Principito es la propia Consuelo. Por cierto que la famosa riña es el punto de partida para que el Principito inicie su recorrido por siete planetas donde conocerá a extraños personajes hasta que llega a la Tierra y es recibido por una serpiente. Pero quizá de los pasajes más memorables sean el diálogo que el Principito sostiene con el zorro: solo con el corazón se puede ver bien, y solo lo esencial es invisible para los ojos. A juzgar por esta reflexión, Antoine de Saint-Exupéry escribió con el corazón, y fue el amante de las estrellas, una persona consciente de que lo más importante para un hombre es su infancia; y al mismo tiempo, un ser tímido y solitario, para quien las palabras podrían ser la fuente de malos entendidos. Hombre de la esperanza, del asombro, de los sueños y de la interioridad y la intimidad del ser humano, buscó la amistad de los que viven para siempre. El Principito es un libro de vida por la vida misma, concebida desde tres perspectivas: el Principito, el aviador y los seis planetas más uno. Es un cuento, una parábola meditativa, una fábula o una alegoría, mezcla de folklore, de mito, de historia y de realidad. La historia íntima de un aviador o la realidad dolorosa de la búsqueda de cada hombre, con esa incapacidad de atinar con la maravilla del lenguaje y la necesidad, imperiosa, de recurrir a lo insólito. El niño de Saint-Exupéry es fácilmente reconocible. Hay unas condiciones para que ese niño aparezca: mira atentamente el paisaje del amor para poder reconocerlo; viaja, al menos, una vez en la vida por el desierto y, una vez allí, no se apresura, vive con detenimiento, supera la impostura del reloj, de la prisa y de la superficialidad, pues lo rápido impide la auténtica interiorización, para entrar en ese tiempo del que desconoce la inquietud de los días puesto que son, de alguna manera, eternos.

El autor
       Antoine de Saint-Exupéry nació en el seno de una noble familia francesa el 29 de junio de 1900 en Lyon (Francia). Su padre, ejecutivo de una compañía de seguros, muere muy pronto cuando el autor apenas tenía cuatro años. La familia se traslada a Le Mans en 1909 donde vivirá en el castillo de una tía. Será una de sus etapas más felices. Fracasará en la universidad y se matricula en arquitectura, pero en la Escuela de Bellas Artes. Durante el servicio militar decide hacerse piloto de aviación, y en 1926 comienza a volar regularmente de Toulouse a Rabat, y de Dakar a Casablanca. La experiencia africana le llevará ese mismo año a publicar su primer título El aviador (1926). Después de múltiples aventuras en el norte de África aparece su primera novela Correo del Sur (1929), y tras su matrimonio con Consuelo Carrillo entregará Vuelo nocturno (1931), su mayor éxito literario del momento, con un prefacio de André Gide. Vivió en varios países sudamericanos y cubrió la Guerra Civil española para el Intransegeant. Un accidente en Guatemala le lleva a escribir Tierra de hombres (1939). Durante la ocupación alemana en Francia se exilió a Estados Unidos, publicó entonces Piloto de guerra (1942) y Carta a un rehén (1943), y su mayor éxito El Principito (1943). Poco después se uniría a la Resistencia Francesa para desaparecer en julio de 1944 durante una misión de reconocimiento destinada a preparar el desembarco en Provenza, en el sur de Francia. Saint-Exupéry, a bordo de un Lightning P38, había partido pocas horas antes de la isla de Córcega, cuando los radares dejaron de ver el avión que pilotaba y nunca más se supo de él, cubriendo para siempre al escritor y piloto de un halo de misterio y romanticismo. Quizá fuera abatido frente a la costa gala cuando tan solo tenía 44 años. La ciudadela (cuadernos y notas), aparecería en 1948 y en 1955 Cartas a su madre (1955). Nunca se tuvo indicios del aviador ni de su nave hasta 1998, cuando un pescador encontró una pulsera a orillas del mar, en una de las playas de Marsella. La joya tenía grabado el nombre del escritor y, sin garantía alguna, el descubrimiento ayudó a las autoridades francesas a iniciar una búsqueda en el sector. Cinco años después, casi 60 años de su desaparición, fueron descubiertos en aguas de Marsella restos del avión, cerca de donde había sido descubierta la pulsera. 

   
La primera edición
       El 6 de abril de 1943 se presentaba en Estados Unidos la edición original en inglés de El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry, exiliado entonces en Nueva York. Y, al mismo tiempo, la editorial Reynal & Hitchcock publicaba una versión en francés, en Nueva York y Montreal. La obra fue calificada de autorretrato y obra testamentaria, fábula mítica y relato filosófico que interroga acerca de la relación del ser humano con su prójimo y con el mundo. La primera edición francesa fue publicada en París por Gallimard, y aunque la impresión se terminó el 30 de noviembre de 1945 y debería haber estado disponible para Navidad, su publicación se aplazó hasta abril de 1946. El Principito fue publicado en Francia de forma póstuma, tres años después de la edición americana.

Antoine de Saint-Exupéry, El Principito; trad., de Bonifacio del Carril; Barcelona, Salamandra, 2015; 96 pp.
           

sábado, 20 de octubre de 2018

Caricaturas


CARICATURA
     Una caricatura recrea un estrato de la sociedad reconocible, crea un parecido fácilmente identificable y humorístico. Puede tratarse de auténticas alegorías, y su técnica usual se basa en recoger los rasgos más marcados de una persona (labios, cejas, etc.) exagerarlos o simplificarlos para causar comicidad o representar un defecto moral a través de la deformación de los rasgos.

Pedro de Paz por Diego Abelenda

viernes, 19 de octubre de 2018

Sabías que...



     “La estabilidad de la sociedad en la que vivimos se basa en algo tan inestable como el dinero”.
                                                    Alejandro Cifuentes 

Michel Houellebecq


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HARTO DEL MUNDO



               En ocasiones una novela puede ofrecer la cara y la cruz de un escritor, sobre todo si el conjunto de su literatura viene precedida de la polémica como es el caso de Michel Houellebecq (Saint Pierre, Raunión, 1956), que tras Ampliación del campo de batalla (1994), Las partículas elementales (1998) o Plataforma (2001), entrega, El mapa del territorio (2011), un éxito de ventas ante de conseguir el codiciado, Premio Goncourt. Se trata de un texto complejo, rico que, incluso, pretende ser totalizador porque muestra una reflexión, tan distante como fría, del estado de nuestro mundo. Lo más curioso de Houellebecq es que su crítica se convierte en un fenómeno y pronto agita las masas y socaba el mundo literario ya de por sí bastante deteriorado. En general, en su obra se percibe odio, resentimiento, mucha ironía y el suficiente sarcasmo como para convertirse en una significativa característica del autor francés.
               El mapa del territorio es una novela que se lee con interés y muestra, a través de sus personajes, una exposición de la modernidad y del arte en su mayor extensión, primero con la explicación del padre de Jed Martin, un famoso arquitecto, que opone el funcionalismo de Le Corbusier al movimiento de William Morris, aunque relata al mismo tiempo el fracaso de su vida y su lucha profesional para, de alguna forma, afianzar en el hijo esa visión de indeterminación de una sociedad que se debate entre la izquierda y la derecha, al hilo de las transformaciones sociales que van surgiendo en una Europa vieja y sus posibilidades económicas en el futuro. Si en la primera parte de la novela, el personaje protagonista es un fotógrafo que logra un primer éxito con una exposición que tiene como base los mapas de carretera de las guías Michelin y, posteriormente, se hará rico con otra serie de instantáneas tituladas «oficios», retratos de personalidades de muchos sectores sociales, entre ellos, el escritor Michel Houellebecq, personaje, al mismo tiempo, memorable acierto del narrador que pone en tela de juicio el valor de los escritores en la sociedad actual. Una vez que ambos artistas se conocen surgirá una química entre ellos que desemboca en una relación de trabajo y en una lejana amistad truncada en la tercera parte de la novela, cuya trama realiza un giro radical y sorprendente que hace aun más interesante el libro por esa voluntad en Houellebecq de cambiar de registro en su escritura, en la propia historia que cuenta, incluso se asoma y ensaya un nuevo género para llegar y convertir su texto en la más absoluta ignominia con respecto al amor, el arte, el dinero, sentimientos y actitudes inequívocas en que la fatiga vital y la existencia humana se mueven, para ir mucho más allá de esa visión metafísica con que se contempla la desesperación.




EL MAPA Y EL TERRITORIO
Michel Houellebecq
Premio Goncourt
Barcelona, Anagrama, 2011

jueves, 18 de octubre de 2018

Poéticas, y 8


Gonzalo Hermo


Autopoética
       En el sueño de un viejo sabio, un poeta tiene que elegir entre la poesía y la vida. Y elige la vida.
       Quien esto escribe sabe que un poema no podrá nunca compararse con un bosque de alisos, con la ruta de color que diseñan las hojas movidas por el viento. «Hay cosas, en efecto, que no pueden decirse con palabras», escribió el poeta John Burside desde un rincón frondoso de Escocia. Y, sin embargo, escribimos. Escribimos poemas sabiendo que el lenguaje no basta. Porque es bello errar. Porque quizá la poesía, antes que cualquier otro género que trabaje con palabras, puede abrir el lenguaje al mundo y que el mundo entre en el poema. Cuando la música y el concepto no acaban de ser uno, pero el collage funciona: recordamos.
       Mi poesía está atravesada por la visión de un paisaje rural, el de mi infancia. Me crie en una pequeña aldea de Rianxo, en la costa atlántica de Galicia. Recuerdo jugar entre campos de maíz, pero recuerdo sobre todo el río. El bosque de sauces y alisos que brotaba en la ribera. Atravesar el río en verano y acompañarlo hasta el mar, hacia un estuario de cañas. Hoy vivo en Tarragona, rodeado de un horizonte seco de avellanos y olivos, y me pregunto si soy consciente de cómo aquellos lugares húmedos están todavía en mí, moviendo los velos de unos años a los que siempre regreso, a veces sin nostalgia.
       Escribo en gallego, una lengua que carga con el saber de cien generaciones de campesinos. Una lengua pobre que me recuerda que existen las fronteras y que es posible hablar desde ellas con los ojos bien abiertos y la lengua cansada.
       Escribir. Escribir siempre con la memoria del paisaje en carne viva. Para que el viento mueva de nuevo las hojas del aliso y la palabra sea. Idioma, cuerpo, paisaje, memoria. En el aire que respira el poema. En la ruta de color de la palabra.
(De Neorrurales. Antología de poetas de campo; selección e introducción de Pedro M. Domene; Córdoba, Berenice, 2018; 156 pp.)

miércoles, 17 de octubre de 2018

268.000

     El pasado domingo, 14 de octubre, nuestros amigos nos habían visitado: 268.000 veces.

martes, 16 de octubre de 2018

Hoy invito a…


José Antonio Saéz, poeta.

     En la otra ladera (2018) constituye un corpus de poemas en prosa donde el poeta se sitúa fuera de toda vana pretensión que no sea la del despojamiento espiritual y estético ante sí mismo y ante los demás, en la búsqueda de una poesía verdadera, capaz de hacer comunicables las emociones y sentimientos más auténticos. 


       Libro de profundas intuiciones líricas, de hondas y meditadas reflexiones que persiguen el objetivo de una belleza perdurable, depurada y quintaesenciada a través del ejercicio doloroso que es vivir. Textos nacidos desde la constatación de la sencillez y la contención expresiva, con economía de elementos, pero en los que la palabra intenta ir más allá de su significación última. No se entiende este libro si no es bajo la óptica de la dimensión espiritual del hombre y la indagación en la propia conciencia, en la mejor tradición literaria y en la originalidad que se pretende añadir a ella, motivada por las vivencias personales e íntimas que constituyen la base de unos textos fragmentarios. 


       Conciencia, dimensión espiritual y experiencia vital se dan la mano en este poemario que aspira a dar fe de la más noble de las aspiraciones humanas: la búsqueda de la belleza como alma espiritual del mundo y la constatación de la vida como ejercicio de dolor.

lunes, 15 de octubre de 2018

Poéticas, 7


Hasier Larretxea

 

UNA TRILOGÍA POÉTICA

1)

ESCRIBIR sobre la corteza del árbol huida, añoranza,
retorno sobre la explosión de colores del otoño en el
valle. El reflejo del paisaje de hojas en el iris que brilla
como la tierra y su raíz, gota de rocío del amanecer.

Escribir sobre los escondrijos del bosque y sus secretos
patria, mirlo, cesta, sudor. Escribir tierra, cielo, camino.

Escribir miedo, sus portillos. Escribir mano, fuego,
cariño, despedida.

Escribir la libertad del campo, su disposición. Escribir
a través de la ventana. Escribir vencejo, pastor, ladrido,
mus.

Escribir vida. Escribir sueño. Escribir ser. Escribir,
escribir después de la muerte.

Escribir, siempre, a través del paisaje.


De Niebla fronteriza (El Gaviero Ediciones, 2015).


2)

ESCRIBIR
es el paisaje desde donde contemplar.

El mirador
desde donde ver
a través de la niebla,
a través de los límites del horizonte,
sorteando y volando sobre ermitas, pastos, y portillos.

Escribir la visión
en lo alto del monte,
el sendero, el helecho recién pisado,
la bellota que lanzamos hasta el riachuelo.

Escribir es insuflar (el viento del norte),
acunarlo al sonido del cencerro
y a las gotas de lluvia que se ahogan
en el charco del prado,
el movimiento del tractor
y la soledad del perro.

Escribir,
la única manera de atravesar el valle
sin pisarlo.



De De un nuevo paisaje, (Stendhal Books, 2016).



3)

ESCRIBIR es habitar los silencios. Escribir para dar forma a la historia interminable
del pasado y sus fronteras sin cicatrizar. Escribir para esclarecer los nudos, liberar
alambradas. Soltar a los gorriones. Escribir es caminar descalzos sobre la tierra
y su bendición de rocío. Escribir para recoger con el rastrillo la hierba que cortaron
a tiempo. Volver a aprender a saborear las cerezas recién recogidas. La textura
de la lechuga, la pulpa del tomate que brilla ante el cuchillo recién afilado. Escribir
como si fuéramos a limpiar las tripas del cerdo que mataron para alimentar durante
el invierno a toda una familia. Escribir es otra manera de alargar el vacío. El
tirachinas con el que aprendieron a lanzar piedras en terrenos vedados.

De Meridianos de tierra (Harpo Libros, 2017)


(De Neorrurales. Antología de poetas de campo; selección e introducción de Pedro M. Domene; Córdoba, Berenice, 2018; 156 pp.)