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jueves, 31 de mayo de 2018

Los olvidados


        EL GRAN MOMENTO DE JUAN GARCÍA HORTELANO

        El pasado mes de abril, con sus lluvias y el anuncio de la primavera, nos regalaba el recuerdo de los diez años transcurridos desde la inesperada muerte de Juan García Hortelano (1928-1992), uno de esos autores de culto que han cubierto, con su obra y con su actitud, el panorama narrativo de la segunda mitad del siglo XX.*


        La novela social en la literatura española del siglo XX ha sido el reflejo de esas diferentes capas que formaron la sociedad del momento. Algunos escritores quisieron poner en tela de juicio la manifiesta abulia con que las gentes encaraban entonces el destino de sus vidas y su futuro. Las novelas que aparecieron en esta época trataban de resaltar la actitud, los valores morales y sociales de un determinado grupo social, bien referido a las capas bajas y a su deseo de cambiar o a la burguesía y a su conformismo. Por otra parte, muchas de estas novelas muestran la falta de orientación de la juventud del momento porque conviven en un ambiente poco gratificante y llevan una existencia totalmente vacía, sin propósitos mayores. El estudioso y crítico Pablo Gil Casado, que  ha estudiado magistralmente este aspecto de la narrativa española de la época, señala las características de estas novelas y cita las más importantes. Los temas y los asuntos muestran grupos representativos de uno varios sectores, los sucesos que narran son ficticios aunque reflejan un estado de cosas, esencialmente, ciertas. Se trata de relatos objetivos, la actitud general refleja una pasividad y una indiferencia, se crean personajes característicos de una clase o grupo y las actitudes suelen ser especialmente representativas de quienes están en conflicto con ellas.
        Las novelas a que nos referimos y los autores que apunta Gil Casado son: Esta oscura desbandada (1952), de Juan Antonio Zunzunegui, Mi idolatrado hijo Sisí (1953), de Miguel Delibes, Juegos de manos (1954), de Juan Goytisolo, El Jarama (1956), de Rafael Sánchez Ferlosio, La fiebre (1959), de Ramón Nieto, Nuevas amistades (1959), de Juan García Hortelano y Encerrados con un solo juguete (1960), de Juan Marsé, entre otros. Insiste aún más, Gil Casado, que las novelas «parasociales» de la abulia están escritas al más claro estilo del realismo-naturalismo y, por lo general, desarrollan un largo período de tiempo, se narran sucesos que exponen la lasitud e inutilidad de las gentes, aunque la proyección histórica no tiene el propósito de ahondar en el estado de la conciencia nacional o de la burguesía.



Nuevas amistades

        El escritor Juan García Hortelano representa dentro de la literatura del medio siglo, junto a Rafael Sánchez Ferlosio, la corriente objetivista más extrema, esa que se denominó como behaviorismo o conductismo y que, concretamente, en el caso de García Hortelano se tradujo en una desencantada crítica a la burguesía y a sus modos de vida, con esa técnica que hemos calificado de estrictamente objetiva. Juan García Hortelano había nacido en Madrid en 1928, licenciado en Derecho, trabajó en la Administración del Estado hasta su muerte acaecida en 1992. La concesión del premio Biblioteca Breve en 1959 a su primera novela, Nuevas amistades, y la rápida difusión de la misma, le llevó a ser conocido muy pronto en los ambientes literarios y a convertirse en el modelo de una nueva forma de escribir, sobre todo de ver la realidad de una manera distinta de la entelequia nacional en que vivían los jóvenes autores. Lo que describe García Hortelano en su primera obra se inscribe en un enfoque puramente realista del mundo en el que él mismo vive. Se ha esforzado en contemplar todo lo que le rodea con una nitidez tremendamente objetiva y así se convierte en un sano intento por mostrar la vida inquieta, aturdida y ociosa de un grupo de jóvenes burgueses madrileños cuya absurda existencia se ve transmutada, inesperadamente, con la crudeza de una realidad. Desde el punto de vista técnico, García Hortelano, ha tenido muy en presente la novela de Sánchez Ferlosio El Jarama, aunque la utilización de un contrapunto narrativo a través de una serie de escenas con personajes diferentes se aleja de los planteamientos de la trama original de Sánchez Ferlosio. Existe, igualmente, una sola acción, un protagonista colectivo, una multiplicidad de personajes que recuerdan escena de la novela realista, pero se intenta ahora que la historia se convierta en la disección de un problema moral.
        Alternan, en proporción dosificada, anotaciones objetivas de los pensamientos de estos jóvenes, junto a los abundantes diálogos que éstos desarrollan a lo largo de la obra y que reflejan, por otra parte, el grado de soledad en el que todos conviven. La intuición que desprende la novela Nuevas amistades lleva al autor a realizar el esfuerzo de plantear una sátira social como corresponde al drama de irresponsabilidad y de inconsciencia que vive un sector de la juventud española del momento. Hecho que les lleva a subsistir en una especie de mundo artificial, sobre todo en la alta burguesía madrileña, en realidad, hijos de familia, señoritos provincianos, estudiantes y sus respectivos padres que, al igual que ellos, viven la trivialidad y el absurdo del momento, pendientes de actos gratuitos e inconscientes que llenan, por otra parte, el vacío de sus vidas y poco más. En esta novela, finalmente, aflora el egoísmo, la inconsciencia, el miedo, la irresponsabilidad, la falta de sensibilidad y el sentido de una moral recta, la ignorancia de una realidad cuya miseria misma les lleva a ser petulantes por su propia condición de privilegio.



Tormenta de verano

        El siguiente libro de García Hortelano, Tormenta de verano (1961), mantiene esa misma temática y este relato se convierte en otra manifestación más de esa misma inquietud. En realidad, se trata del ajuste de cuentas a las clases acomodadas, bien tomando como excusa a los jóvenes, caso de su primera novela, bien a la burguesía enriquecida al amparo de los privilegios que supuso para algunos la larga postguerra. La técnica en esta novela es superior y el comportamiento de sus personajes se ejemplifica en una primera persona, caso de Javier, hecho que le permite desvincular al autor del resto de historias o anécdotas que puedan aflorar a lo largo del relato. Pero si esta narración se parece estructuralmente hablando a la anterior, habrá que apuntar que en realidad, el escritor madrileño, ha sabido reconstruir y resaltar mejor los elementos de los que dispone ahora: los diálogos en esta ocasión son mucho más complejos, se evita la monotonía de lo que se va narrando e incluso la imagen que el lector percibe de ese grupo social retratado es mucho más nítida y evidente. Los personajes sirven para resaltar las notas distintivas de esos burgueses ociosos aunque en esta ocasión la incorporación de otros no pertenecen a ese mundo, dispensan a la obra de un verismo y de unas cualidades mucho más interesantes, veáse en este sentido, por ejemplo, el gremio de pescadores, el cuerpo de policía, el inspector o incluso la prostituta hallada muerta.
        El gran momento de Mary Tribune, aparecía en 1972, y se trata de nuevo de una historia sobre la abulia. Un personaje—el narrador—singular y adinerado renuncia a la sociedad en la que vive y se recluye, voluntariamente, buscando una personalidad perdida, en una casa abandonada de la que, finalmente, también deserta. Este planteamiento le sirve al autor para enlazar, por consiguiente, con las estructuras de sus dos novelas precedentes. La diferencia en este texto es la subjetividad con que dota al relato y que supone desde el punto de vista narrativo en primera persona, además de incluir el humor, la ironía y el sarcasmo. García Hortelano ha cambiado de personajes, en cierto modo, de técnica y de forma de expresión para realizar su crítica particular. Ejemplifica ahora en ese mundo burgués en personas de edad fronteriza al medio siglo que, alejadas de planteamientos más sociales, se refugian en el alcohol, la diversión y el sexo. También es evidente una manifiesta crítica de amplios contenidos culturales, muy propios del momento, con lo que narrador completa aún más su campo de significación y comienza, desde este momento, nuevas perspectivas que darán lugar a nuevas novelas que iniciarán un camino diferente en su narrativa. Los vaqueros en el pozo (1979), es otra vez el estudio de los hábitos y de las relaciones de un grupo de personas que entablan un diálogo de sordos cuando están de visita y alternan, como es debido, un variado dominio y sumisión de los papeles que representan. Gramática parda (1982), se convierte en su novela más ambiciosa, intelectual, con un profundo fondo humorístico que obliga a una lectura atenta con evidentes y denostados propósitos testimoniales que dan lugar a certeras anotaciones características, incluido el costumbrismo del que tanto hizo gala el narrador García Hortelano en sus comienzos.

Los cuentos

        En una amplia entrevista que en 1971 realizaba con el crítico mejicano Federico Campbell, el novelista afirmaba que «la literatura se compone de dos cosas, en realidad, de tres: la literatura es una cuestión de malas intenciones (siguiendo a Gide); la literatura no es nada más que una lengua y, en tercer lugar, es una preocupación temporal». Algunas de estas significaciones biográficas vienen a cuento porque en Gente de Madrid (1967), el autor incluye dos relatos extremadamente personales, dos cuentos de su infancia ambientados durante la guerra civil. Aseguraba al entrevistador que, muchos años después, no pudo resistirse a la tentación de escribir sobre este tema. El primer trauma de su vida—aseguraba el escritor—había sido aquella derrota, su primera caída, su primera angustia, la herida... Entonces no tenía ninguna idea política, ni sociológica, ni económica, pero vivía, eso sí, en un mundo dividido y el final de aquel mundo significó, entonces, la pérdida de la libertad, de la calle y se avecinaba el colegio de curas, los horarios, el rigor, en suma una vida aparentemente normal. De alguna manera, muchos años después, todo eso seguía siendo lo mismo porque de aquello aún no se había recuperado el escritor en los años setenta.
        Gente de Madrid es, efectivamente, uno de los libros más olvidados del autor quizá porque se trata de una colección de cuentos, cinco en total, de una extensión muy variada, y que, por el punto de vista adoptado, se pueden ver como una continuación de sus primeras novelas. El valor de estos textos es, eminentemente, testimonial pero a su vez sirven para constatar preocupaciones de mayor amplitud en el escritor, además de ese cliché adquirido de detractor de la burguesía franquista que le ha otorgado la crítica, puesto que dos de los relatos se desarrollan durante la guerra civil y tres en la postguerra. Es significativa la tipología humana que representa a la sociedad española contemporánea, cuyo origen se remonta a los enfrentamientos del 36. «Las horcas caudinas» y «Riánsares y el fascista» son dos cuentos vistos desde la óptica de unos niños que viven la guerra desde las peleas entre muchachos y la decepción que éstos recibían de un conflicto que les resultaba ajeno. No son, por tanto, historias de la guerra sino la de aquellas víctimas inocentes que después vivirían en el mundo de los mayores. Los otros tres sí participan del mundo habitual de García Hortelano, es decir, una cena burguesa con lamentaciones incluidas, como ocurre en el cuento titulado, «La noche anterior a la felicidad» o la irresistible ascensión de unos oficinistas que gastan su paga extra en darse en una auténtica juerga que incluye un poco de todo, en el cuento titulado «Sábado comida» o la visión de una trabajadora española en París y su visión de la emigración. En realidad, lo que puede resumirse de estos relatos, sobre todo en el momento de su producción, es el testimonio expresado por el autor, el comportamiento de otras capas sociales que pertenecían a la misma generación del escritor.
        García Hortelano insistió aún más en el género breve y en 1975 aparecía Apólogos y milesios, un volumen que recoge, en tres apartados, catorce cuentos, vistos hoy como esa prolongada y parsimoniosa visión de la vida que le tocó vivir. Nuevas entregas, Mucho cuento (1987), veinte nuevos relatos y Los archivos secretos (1988), una colección que, como señala el crítico Rafael Conte, ofrece una especie de muestrario del arte narrativo del mejor García Hortelano. Desde sus cuentos más antiguos a los más modernos, relatos sobre los tiempos de guerra, algún otro cuento poético y costumbrista, incluso sobresale su vena más satírica donde todo se vuelve al revés. El humor absurdo, los fantasmas generacionales del fracaso y la búsqueda de la identidad o la burla, en realidad, el vivo retrato de un autor singular que deja traslucir en sus textos la imagen de un hombre tierno que ofrece con su prosa la mejor de las cortesías y de las delicadezas. En 1992 aparecían sus Cuentos completos en una edición que el autor había revisado y establecido personalmente poco antes de morir. En el mes de abril, concretamente, un cáncer le arrebataba la vida. Cinco años más tarde se volvían a editar sus Cuentos completos (1997), una nueva edición que según su editor, Juan Cruz, respetaba la edición anterior e incluye, además, una sección titulada «Cuentos contados», que agrupa una veintena de relatos publicados de manera dispersa durante más de treinta años de ejercicio literario.
        Diez años después la realidad literaria de Juan García Hortelano es la siguiente: del material custodiado por su viuda han ido apareciendo un poemario, La incomprensión del comercio (1995), una edición realizada por su amigo Antonio Martínez Sarrión; Crónicas correspondidas (1997), una selección de sus artículos que realizó Manuel de Lope y una nueva compilación, esta vez de artículos literarios y una entrevista que, con el título genérico de Invenciones urbanas, se publicaba en el 2001. El gran momento de Juan García Hortelano está aún por llegar. Ojalá, como suele decirse, no caiga demasiado silencio sobre la obra y la figura de aquellos literatos que la muerte nos arrebata tan impunemente. La justicia exige aún su presencia en nuestro mundo y tal vez debamos pensar por un momento en la esperanza de que alguna vez estas voces silenciadas vuelvan a deleitarnos con la sabia y la magia del arte de su prosa.     

* Artículo publicado en 2002, a los 10 años de la desaparición del novelista García Hortelano.

miércoles, 30 de mayo de 2018

Las novelas de Villaespesa

Así veremos, pronto, las novelas breves de Francisco Villaespesa en Berenice, del grupo Almuzara.

martes, 29 de mayo de 2018

MERINO, ACADÉMICO


                     JOSÉ MARÍA MERINO, ACADÉMICO

        José María Merino forma parte de esa promoción de narradores que han reconciliado al lector español con los autores. Acaba de ser elegido académico de la Real Academia Española y ocupará el sillón «n».*


              
        En 1975 se produjo una cisura cultural, un cambio, una ruptura, una transición, hacia una transformación no demasiado traumática de la democratización de la vida pública, de la política y de la cultura, en general. En 1978 desaparece, definitivamente, la censura y ese imperativo de seguir combatiendo con la pluma situaciones anteriores muy determinadas. El final de la década produjo no pocas sorpresas que se tradujeron en los rasgos esenciales que caracterizaron a la literatura del momento: libertad, conciencia política, búsqueda de nuevas posibilidades formales y temáticas y, sobre todo, abundantes dosis de humor e ironía.
        En palabras de Enrique Murillo, la narrativa española de los 80 llevó hasta sus últimas consecuencias ese proceso de cambio que en los 90 culminaría en una variedad temática, distintos enfoques estilísticos y técnicas que graduarían intención, calidad, refinamiento como  desarrollar una obra literaria que marcaría el sello inequívoco del fin de siglo: en este sentido habría que nombrar a Luis Mateo Díez, Juan Pedro Aparicio y José María Merino, autor que, como afirma Murillo, aparece en el panorama de la literatura española tras la caída o el descrédito de los planteamientos sociales y comprometidos de la generación del medio siglo, la promoción experimental de unos años después y, esa especie de compás de espera, tras la etapa franquista y el reconocimiento de una narrativa más joven que en un corto espacio de tiempo consiguen un amplio reconocimiento e impulsan una narrativa de resonancias internacionales, a los que se suman los de Eduardo Mendoza y Manuel Vázquez Montalbán.
        José María Merino forma parte de esa promoción de narradores que han reconciliado al lector español con los autores y que con la proyección de su literatura fuera de nuestras fronteras han propiciado que lo hispano haya tenido mayor repercusión más allá de la Península. Acaba de ser elegido académico de la Real Academia Española, en sustitución de Claudio Guillén, y ocupará el sillón «m». Ha asegurado que su elección cierra personalmente un ciclo vital de su vida, pues no en vano en «su infancia empezó a descifrar del mundo de la realidad a través del diccionario, por un lado y de los cuentos y novelas, por otro».
Biografía
        José María Merino es un novelista leonés pese a haber nacido en La Coruña en 1941 porque el azar así lo dispuso. Él mismo no ha dejado de asegurar durante todos estos años: «Mi infancia son recuerdos principalmente leoneses» y allí estudio Bachillerato y posteriormente Derecho, aunque desde siempre había querido ser escritor. Tras una breve estancia en París, se afincaría en Madrid para desempeñar diversos trabajos y después ejercer de funcionario de la administración adscrito al Ministerio de Educación y Ciencia. Desde este nuevo puesto participará en diversas misiones de la UNESCO en Hispanoamérica y a lo largo de estos años visitará Venezuela, Costa Rica, Guatemala, Méjico y algunas otras zonas del sur de Estados Unidos. Precisamente, en estos países ambientará sus primeras novelas y relatos. Ha sido director del Centro de las Letras Españolas, en Madrid y cuando dejó el cargo, en 1990, aseguró que lo hacía para dedicarse plenamente a la literatura.
        Su trayectoria literaria se inicia en 1972 con un libro de poesía, Sitio de Taifa, un año más tarde, otro poemario, Cumpleaños lejos de casa, colabora con Luis Mateo Díez en Parnasillo provincial de poetas apócrifos (1975), con Juan Pedro Aparicio publicaría Los caminos del Esla (1980), dándole un nuevo sentido a los libros de viaje; en 1984 cierra su ciclo poético con Mírame Medusa y otros poemas.
        Inicia su obra narrativa con títulos muy diversos que abarcan en la actualidad el cuento, el microrrelato y la novela, una obra de tremenda calidad literaria que empezó con Novela de Andrés Choz (1976), Premio Novelas y Cuentos, a la que siguieron El caldero de oro (1981), finalista del Premio Nacional de la Crítica, el libro de relatos, Cuentos del reino secreto (1982), de nuevo una novela, La orilla oscura (1986), Premio de la Crítica de 1985. Un año más tarde, iniciaría su trilogía sobre la América española: El oro de los sueños (1986), La tierra del tiempo perdido (1987) y Las lágrimas del sol (1989). Una nueva colección de relatos, El viajero perdido (1990), las novelas El centro del aire (1991), No soy un libro (1992), Cuentos del Barrio del Refugio (1994), Las visiones de Lucrecia (1996), la colección, 50 cuentos y una fábula (1997), sus memorias, Intramuros (1998), la colección, La casa de los dos portales y otros cuentos (1999), las novelas cortas, Cuatro nocturnos (1999), Cuentos (2000), Los invisibles (2000), una nueva colección de cuentos, Días imaginarios (2002), la novela, El heredero (2003), reflexiones sobre invención literaria, Ficción continua (2004), Cuentos de los días raros (2004), Cuentos del libro de la noche (2005), El lugar sin culpa (2007).


        Merino forma parte de esa raza de escritores que desde sus inicios como narrador, vuelven al relato como el auténtico arte de contar, superando en cada momento esa tesitura entre realismo e idealismo, entre formalismo y contenido, es decir, el proceso de escritura puro o la literatura de compromiso. En aquella época se llamó la «nueva fabulación» en la que sirviéndose de la realidad o del dato histórico se descubre el revés de lo real y lo fantástico, siguiendo la estela de Todorov cuando habla de esa incertidumbre entre lo real y lo irreal, entre la vigilia y el sueño, entre la evocación de la memoria y una realidad presente.

Los cuentos
        Hasta el momento la obra breve de José María Merino se compone de Cuentos del reino secreto (1982), El viajero perdido (1990), Cuentos del Barrio del Refugio (1994), 50 cuentos y una fábula. Obra breve (1982-1997) (1997), La casa de los dos portales y otros cuentos (1999), Cuentos (2000), Días imaginarios (2002), Cuentos de los días raros (2004), Cuentos del libro de la noche (2005) y La glorieta de los fugitivos. Minificción completa (2007), que en su mayoría se adscriben al género fantástico-maravilloso, situados cronológicamente en la Antigüedad o en la Edad Media, y elementos de ficción científica. El primer volumen, Cuentos del reino secreto, reúne un puñado de relatos en los que los prodigios se suceden en la Antigüedad como en la Edad Media, por ejemplo, «Valle del silencio» y «Expiación», ambientados en la Iberia romana y «La prima Rosa» y «La casa de los dos portales», en  la Edad Media; en todos estos cuentos, los protagonistas son niños y adolescentes. Los prodigios, que se cuentan, son vividos como si de una realidad se tratara sin que el narrador manifieste al lector sus posibles dudas, sino que prolonga la experiencia, a veces, durante toda una vida. En su siguiente colección, El viajero perdido, con la perspectiva de los ocho años transcurridos, los cuentos no se sitúan en el espacio geográfico anterior, es decir, la frontera leonesa con Asturias y Galicia; ahora los personajes son adultos que se muestran escépticos ante los desafíos de credibilidad de las situaciones vividas. En el tercer volumen, Cuentos del Barrio del Refugio, el espacio es urbano, concretamente, madrileño, aunque aparece un paisaje suburbano que se quedó al margen de la evolución de una modernidad de la capital: casas abandonadas, callejas tortuosas y mal iluminadas, sombras, brumas que se extienden por barrios habitados por ancianos abandonados, vagabundos, drogadictos o inmigrantes sin cobijo alguno.
        La obra narrativa breve de Merino ha sido estudiada en numerosas ocasiones, a propósito de esa fantástica visión de la mayoría de sus relatos, además de esa manifiesta voluntad de presentar fenómenos diversos como la irrupción del mundo ficticio en el real, apariciones de ultratumba, seres o cosas de otros tiempos y espacios, espíritus, monstruos, metamorfosis; pero pese a lo que pudiera pensarse con respecto a este tipo de narrativa, reducida a una mera anécdota, tanto los valores esenciales como los existencialistas plantean tanto al narrador, como al personaje y al lector, no pocas dudas acerca de esa adscripción al género maravilloso-fantástico. Días imaginarios (2002), son cien invenciones literarias, toda una miscelánea de textos inclasificables por su heterodoxia y riqueza, tanto narrativa como imaginativa. Los textos se parecen a apólogos, esbozos de cuentos, sueños, sentencias, recogen leyendas y mitos o se verifican como auténticos artículos que nos remiten al mundo de su ficción. En buena parte de estas historias, se puede hacer un auténtico rastreo de lo cotidiano, como por ejemplo, en los textos denominados, «Del almanaque...», doce en total, que se refieren a los meses del año y a sus fiestas más señaladas: Reyes, Semana Santa, flores de Mayo, vendimia, día de Santos..., y que enlazan con toda una tradición universal. Breve ensayo de prosa multigenérica en textos que rezuman magia, sugieren incluso más de lo evidente, contienen imágenes repletas de ironía que remiten tanto a la fantasía como a la cotidianidad. Sabiduría oriental u occidental, erudición para salvar muchas leyendas contenidas en el baúl de nuestros recuerdos y recobradas por la prosa de Merino. Otra interpretación sería la del esbozo de un cuaderno de notas, artefacto válido para interpretar la literatura y lo que confiere su mundo. Cuentos de los días raros (2004), quince cuentos que nos hablan de esos días raros, siempre al acecho para traernos la fascinación o el desasosiego de lo imprevisto, de lo misterioso, de lo fatal, para mostrarnos, en definitiva, lo que puede esconderse tras las imágenes de lo cotidiano. Al profesor Souto empiezan a sorprenderle las respuestas de la inteligencia artificial que está ayudando a crear. Cuentos del libro de la noche (2005), relatos fantásticos u oníricos, reales o imaginarios, despiertos o dormidos que se esconden y emergen de las páginas de este libro de microrrelatos. Con la noche, la luna, la ausencia de luz y las sombras como cómplices que dan sentido al conjunto. Hay algún que otro relato con tintes de humor, pero los menos,  recogen imágenes de momentos de insomnio y duermevela teñidas de pinceladas de fantasía. En alguna ocasión, el autor ha manifestado que jamás enciende las lámparas, lleva en la mano una linterna pequeña y su resplandor escaso, subrepticio, le ayuda a sobrevivir. La glorieta de los fugitivos. Minificción completa (2007), cuentos que se reúnen por primera vez en un solo volumen y tienen un hilo común conductor, al margen de su brevedad, la extrañeza de lo cotidiano, el misterio que nos otorga nuestra vida diaria, además de esos otros temas que literariamente hablando suelen repetirse como la muerte, el horror, la historia, el sueño, la memoria y todos aquellos aspectos que asolan a la existencia del ser humano con sus aciertos y equivocaciones. Algunos son un fogonazo de ritmo expositivo que sorprenden por la resolución de los mismos y en ellos, precisamente, se aprecia ese valor anecdótico que el autor otorga a muchas de estas historias. La segunda parte contiene «veinticinco pasos» que suponen su intervención en el Congreso Internacional de Minificción en la Universidad de Neuchâtel, un auténtico ensayo sobre teoría lingüística y la necesidad de la ficción como vivencia existencial paralela a la propia o, lo que es lo mismo, «la ficción, —como señala el profesor Souto, alter ego, de Merino—  primera sabiduría de la humanidad.

Las novelas
        Con la Novela de Andrés Choz (1976), obtuvo el Premio Novelas y Cuentos. Cuenta la historia de Andrés que escribe una novela de ciencia-ficción y le va narrando todo el proceso a un amigo de forma epistolar; paralelamente, el lector va descubriendo la vida de Andrés Choz porque el conjunto está estructurado en secuencias y desde las tres personas narrativas, algo así como esa metanovela que años más tarde tendría tanto éxito. En su siguiente obra, El caldero de oro (1981) también mezclará dos planos narrativos, uno real y otro mítico, para contar en tres ámbitos, la agonía del protagonista y sus vivencias que recrean la infancia, la adolescencia y posterior madurez, en compañía de un abuelo, que cuenta la historia mítica del caldero de oro.  Con La orilla oscura (1986) obtuvo el Premio de la Crítica, y narra la vida de un profesor universitario que descubre, repentinamente, una inquietante percepción del mundo en el que vive y queda envuelto en los laberintos de un destino. Inicia un viaje que le llevará al pasado, incluso revivirá sus aventuras infantiles con una experiencia americana a través de un río y una gran selva. Un año más tarde, iniciaría su trilogía sobre la América española: El oro de los sueños (1986), La tierra del tiempo perdido (1987) y Las lágrimas del sol (1989). La primera se desarrolla en Méjico, la segunda en la península del Yucatán y la tercera en el Perú de las guerras pizarristas y almagristas. Dos nuevas novelas El centro del aire (1991), vuelve a construir un relato sobre la niñez porque los tres personajes son unos amigos de la infancia que emprenden la búsqueda de una amiga perdida en un accidente aéreo pero tal vez viva con otra identidad. Resulta un recorrido agradable por los recuerdos, los sueños, las aventuras infantiles, la vida cotidiana de unos jóvenes en permanente búsqueda de una identidad.  Y No soy un libro (1992) confirma, de alguna manera, la madurez de Merino con su escritura: de nuevo el viaje como búsqueda y aglutinador de aventuras como nos tiene acostumbrados el narrador: mundos extraños, diferentes con la presencia de la muerte para dividir los dos mundos contados. Las visiones de Lucrecia (1996), novela histórica, ambientada en la España Imperial de finales del siglo XVII, la vida de una muchacha que con sus sueños vislumbra catástrofes, en realidad, profecías que son tomadas en cuenta porque para algunas personas se les antojan divinas. Aunque el trasfondo es más político y muestra la religiosidad intransigente de la época. La novela, El heredero (2003), es la historia de un joven heredero quien, más que una herencia al uso, recibirá a la muerte de su abuela, no la casa familiar y las tierras, sino un legado más valioso de sus antepasados: su pasado y sus vivencias, sus secretos y sus silencios, los relatos particulares de todos y cada uno de ellos, una historia que se extenderá a lo largo del todo el siglo XX. Y su última entrega, por el momento,  El lugar sin culpa (2007), una bióloga, pretende alejarse de un doloroso drama familiar y elige como destino profesional un laboratorio situado en una isla casi deshabitada, un espacio protegido, donde el transcurrir del tiempo se ajusta mucho más al ritmo de la naturaleza que al de los pocos seres humanos que habitan en ella, y donde parece posible que la memoria personal pueda ser anulada. La llegada a la isla de un barco con el cuerpo ahogado de una joven devolverá a la protagonista la conciencia de la realidad humana y temporal a la que, a pesar de todo, ella pertenece.
        La ficciones de Merino, en suma, son miradas racionales sobre el ser y el estar del hombre contemporáneo sin condicionamiento alguno, que se convierten en ámbitos de libertad con apariencia de laberintos para conocer la imaginación de un fabuloso mediador.
              
Elegido (silla «n») el 27 de marzo de 2008, el escritor José María Merino ingresó en la Real Academia Española (RAE) el 19 de abril de 2009 con el discursos titulado Ficción de verdad. Le respondió, en nombre de la corporación, Luis Mateo Díez. José María Merino fue elegido vicesecretario de la Junta de Gobierno de la RAE el 17 de diciembre de 2009.

domingo, 27 de mayo de 2018

viernes, 25 de mayo de 2018

Dorothy Parker


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       Dorothy Parker (West End, 1893 - Nueva York, 1967) relata el lado oscuro de los felices años veinte y del feminismo en Una rubia imponente (1929), una novela breve que fue publicada en 1929 por el Bookman Magazine, y considerado como uno de los relatos más emocionantes y perfectos de la literatura norteamericana del siglo XX. Recibió, ese mismo año, el prestigioso premio O´Henry.



La novela
       Hazel Morse, retratada como una mujer independiente, se acostumbra pronto a vivir de los reiterados amantes que pasaban por su cama, así como a sumergirse  en el mundo del alcohol para, de alguna manera, buscar una escapatoria a su tristeza. Un progresivo deterioro personal le hará preguntarse cómo sobrevive, acostumbrada, eso sí, a conseguir lo que quiere fácilmente, y muy pronto verá que si no cambia de actitud su futuro se convertirá en toda una serie de acontecimientos repetitivos, condenándola a la destrucción personal.

       En la primera parte se relata la descomposición de un matrimonio que nunca funcionó; y en la segunda la descomposición de la protagonista, cuando de un amante a otro, de una juerga a otra y de un bar a otro, se siente hastiada de una vida sin futuro y sin alicientes; será entonces cuando decida poner fin a su vida con una elevada dosis de somníferos que no llegan a hacer el efecto planeado gracias a su criada negra.

       Según la biografía de la narradora, como la protagonista, Dorothy Parker intentó suicidarse en, al menos, dos ocasiones. El póker, el wiskey, sus amistades, eran algo que se repetía de continuo hasta la exageración, y la narradora lo describe a la perfección, de manera fría, incluso distante, pero siempre con un tono de ironía que hace que la protagonista caiga simpática y sea querida por el lector. 



       Una rubia imponente, es una obra intemporal, de amena lectura que guarda cierta similitud de ambiente con la obra y el mundo de Francis Scott Fitzgerald, aunque Dorothy Parker se muestra más hiriente y oscura en sus planteamientos que Fitzgerald, y coinciden en una magnífica descripción de los años felices de entreguerras, de la posterior depresión y de esa que época oscureció de repente toda la sociedad; primero con la crisis de la bolsa del 29, y después con la Segunda Guerra Mundial. También pude verse como un relato ácido y descarnado de la trayectoria vital de una mujer que, como el título original, es una big blonde: todo un tipazo o una chica de vida alegre, según dicen otros. En ocasiones, también es verdad que el relato desprende amargura y tristeza.


La autora/ ilustradora

       La escritora, nacida en New Jersey, siempre se sintió neoyorkina, y así refleja la vida de la ciudad de una forma magnífica y colorista, un curioso color de New York que ha sabido captar con su luz Elisa Arguilé (Zaragoza, 1972), la ilustradora aragonesa, para Círculo de Lectores/ Nórdica. Una artista que en 2007 obtuvo el Premio Nacional de ilustración por su trabajo en el libro Mi familia, con texto de Daniel Nesquens, y en 2008 el Premio Junceda Iberia por las ilustraciones de Puré de guisantes, también con texto de Nesquens.

       Dorothy Parker, versátil y brillante, como reza en su biografía, escribió artículos para Vogue, Vanity Fair y The New Yorker. Durante la Guerra Civil española fue corresponsal en varias campañas. Y Una rubia imponente,pese a su brevedad, se convierte en una pequeña obra maestra que no defrauda a nadie tras su lectura.








Dorothy Parker, Una rubia imponente; ilustraciones de Elisa Arguilé; Barcelona, Círculo de Lectores, 2017.

jueves, 24 de mayo de 2018

Hoy tomo café con…


     Laura Bordonaba: “En el relato no todo vale, y eso lo sabe escritor y lector. Los relatos necesitan potencia, apertura y cierre perfectos, y para conseguirlo hay que pedir exigencia y hay que entregarla”.



       Laura Bordonaba Plou, nació en Zaragoza, 1976 y es Licenciada en Documentación, y desde 2002 trabaja en la Biblioteca Universitaria de Zaragoza, en su sección de Humanidades. Apasionada de los viajes, de la literatura y las letras, ama su ciudad por el cierzo y por el calor de su gente, y aunque tremenda urbanita, siempre tiene que regresar al mar y a la naturaleza.
       Su primer relato premiado fue un cuento sobre la mitología rusa, a los diez años, aunque posteriormente ha ganado diversos premios literarios en Aragón, entre ellos el Primer Premio en el XIII Concurso de Literatura Joven en 2006, organizado por el Instituto Aragonés de la Juventud. Ha colaborado, entre 2012 y 2014, en la revista Granite & Rainbow. 
       Ha publicado el libro de relatos Sobreexposición (Pregunta, 2014), historias contadas desde una distancia calculada, esa medida justa que le permite una objetivación tanto cronológica como retrospectiva, y textos suyos se han incluido en las antologías Los Borbones en pelota (Olifante, 2015), Hablarán de nosotras (Los libros del gato negro, 2016) y La mística (Olifante, 2016).  La colección, Polar (Pregunta, 2016) es su segundo libro de relatos.



Alguien que empieza a escribir, y lo hace con una colección de cuentos, ¿es todo un atrevimiento literariamente hablando?
       Quizás es ante todo la forma más fácil de comenzar, o mejor dicho, para muchos escritores creo que la más natural. Eso si hablamos del proceso de escritura. Eso sí, de cara al mercado literario, sí, es arriesgado. Hay más lectores potencialmente interesados en la novela que en el cuento, aunque creo que hoy en día, en que todos hacemos lecturas cortas a menudo, por ejemplo a través de redes sociales y medios digitales, debería ser un género en alza.

¿Somos, como usted dice en uno de sus cuentos expertos de la ocultación?
       Expertos en ocultar, en disimular, en sobrevivir. A veces ocultar se vuelve casi un salvavidas. Sobreexposición era, como ya decía su título, un canto a la vida y a vivir hacia afuera, sin máscaras. Parece fácil pero suele pasar factura y castigarse. Por eso la gente suele ocultarse, bien mediante un disfraz de superhéroe, bien mediante un disfraz de mediocridad, bien mediante los secretos. Los secretos son seguramente una de las cosas que nos acompañan durante toda nuestra vida.

¿El lector de cuentos es alguien sumamente exigente?
       Mi experiencia como lectora y escritora me dice que sí. En el relato no todo vale, y eso lo sabe escritor y lector. Los relatos necesitan potencia, apertura y cierre perfectos, y para conseguirlo hay que pedir exigencia y hay que entregarla. Tiene que ser como un fogonazo de luz o un puñetazo que te deje noqueado.

Su  primera colección, Sobreexposición (2014) tenía un tono eminentemente lírico, ahora en Polar (2016) ese tono está más contenido, ¿se trata de una declaración de intenciones distinta?
       Creo que no abandono el lirismo, sería incapaz de vivir sin él, pero creo que he encontrado una voz más potente y a su vez más contenida. La verdad es que me gusta la evolución que veo y la que me dicen que han percibido mis lectores.



La ausencia y la presencia eran constantes en algunas historias de Sobreexposición, ¿ahora parece que el abandono domina en Polar?
       El abandono forma parte de la ausencia, pero de manera más concreta. Quizás aquí se sobreentienden o se imaginan menos cosas y hay más realidad, cortante pero con luz. Durante toda nuestra vida luchamos contra el abandono en multitud de parcelas, es uno de esos miedos atávicos que compartimos muchos de nosotros.

¿Los protagonistas de sus cuentos suelen encontrar esa “luz” al final?
       Creo que de alguna manera lo que suelen encontrar es la serenidad. La serenidad no tiene por qué ir ligada a la luz, es un estado muy personal, pero es algo a lo que yo aspiro, y creo que muchas veces se lo intento dar a mis personajes. Equivocados, a veces crueles, a veces cobardes, pero serenos.

¿El cuento, más que otro género, es el fiel reflejo de una realidad?
       La vida está llena de relatos cortos, de imágenes o situaciones que son como un plano de cine de apenas un minuto. Conversaciones breves, historias de amor que acaban rápidamente. Es fácil llevar el cuento a la realidad si se quiere, porque es fácil relacionarlo con lo cotidiano.

A lo largo de la vida, como en uno de sus cuentos, ¿se aprende que existen dos bandos?
       Es algo que me ha gustado de verdad tratar en Polar. Los cobardes, los que callan, los que acusan, los que instigan. Los que aman y los que no, las madres y las que no lo son, los hijos supervivientes y los que naufragan, la naturaleza y la ciudad. Todo tiene su reverso, y sí, la vida son dos bandos, a veces tres, pero siempre son elecciones, y eso siempre conlleva una renuncia, pero también un aprendizaje.

El mundo animal aparece ahora mucho más tratado en Polar, ¿es cuestión de experimentar con otros protagonistas?
       Me interesaba profundamente poder dar voz a otras formas de representar sentimientos, ideas, acciones. Los animales me parecen un canal perfecto, y fueron surgiendo en Polar de manera natural, consciente-inconsciente, terminando luego por ver que más que un canal adquirían entidad propia. Todos somos un poco animales, la libertad del pájaro, la soledad del lobo, la fidelidad de un perro con su amo, la independencia de un gato, la rareza de ser un oso polar.

Su libro, Polar,¿intenta ser una radiografía de nuestra sociedad actual?
       Hay temas que sin duda son actuales, y que me interesan particularmente. Uno de ellos es la maternidad / no maternidad / diferentes maneras de maternidad. Creo que se nos vende una idea muy edulcorada de la maternidad, por ejemplo, y me ha gustado hablar de que existen otras realidades, ni mejores ni peores, pero sí diferentes. Hablo también de las redes sociales y la incomunicación, de cómo las ciudades nos domestican y de recuperar la identidad con la naturaleza, o del acoso escolar.

En esta nueva colección, ¿ha condensado usted más sus relatos?
       Creo que tienen más unidad, porque a diferencia de Sobreexposición que al ser un primer libro tenía un carácter más de reunión, Polar tiene un hilo conductor. Sabía muy bien lo que quería contar, y además ofrecer cara y cruz, ir arrojando matices en cada cuento. Esa condensación se puede llevar también a la forma, creo que de alguna manera son más compactos, más cerrados y más intensos.



Los protagonistas masculinos de sus historias suele aparecer como sujetos pasivos, ¿para usted son menos incisivos en sus actuaciones?
       En estos cuentos sí que me fijé de forma más consciente en la figura de la mujer, a la que doto de protagonismo. De alguna manera lo sentía como una asignatura pendiente, poder regalar historias con mujeres fuertes y a veces incomprendidas en sus acciones. Pero los hombres tienen su papel, quizás menos en primera línea pero indispensable para poder construir la historia.

¿Subyace en sus relatos y en sus historias una palpable tristeza de fondo?
       Quizás más que tristeza hablaría de melancolía pero también de realidad. Creo que por naturaleza soy más bien optimista y una persona que puede considerarse relativamente feliz, pero me interesa explorar lo que no nos gusta ver. Verlo y nombrarlo es hacer que exista, y al existir perdemos también el miedo a vivirlo.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Muy, muy pronto...



 
    La narrativa completa del principal exponente del modernismo español. Francisco Villaespesa (1877-1936) es una de las figuras más notables del modernismo español. A los veinte años de edad se trasladó a Madrid para dedicarse al periodismo, y más tarde recorrió varias veces la América española como empresario teatral y recitador de sus poemas. Ferviente admirador de Rubén Darío [...]

martes, 22 de mayo de 2018

Daniel Múgica


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LA NATURALEZA HUMANA
                                                   
       Daniel Múgica (San Sebastián, 1967), sin duda alguna, el mejor escritor de su generación, publicó En los hilos del títere (1988) la opera prima de un joven urbano, una aproximación a la maldad, que grupos de jóvenes generan al ritmo marcado por sus propias derrotas en una ciudad depredadora. Seguiría Uno se vuelve loco (1989), la muerte repentina de una misteriosa chica llamada Gloria, y luego La mujer que faltaba (1993), La ciudad de abajo (1996), El poder de la sombra (1988), Corazón negro (1988), Malasaña (2000), y Bienvenido a la tormenta (2014).  La dulzura (2017), Premio Jaén de Novela, cuenta cómo la joven Gadea desaparece un 11 de marzo, en la estación madrileña de Atocha, cuando varios trenes estallan. Sus hermanas la buscan, también Judá, un escritor frustrado, y enamorado de ella. Pero pasan las horas, y los días sin noticias de Gadea. Durante esa angustiosa búsqueda, los diversos personajes rememoran el tiempo pasado junto a ella, cómo influyó en sus vidas, y las circunstancias de su internamiento en varios centros psiquiátricos, y así Múgica nos entrega un ejercicio de intimismo, y La dulzura ofrece una historia que no deja de interesar al lector, construida con notable pericia formal, alterna pasado y presente, no defrauda y resulta, en muchas de sus páginas, de una extremada bondad donde leemos una historia de amor, pese a episodios que confirman los peores sentimientos de la especie humana.
       Múgica ha sido capaz de elaborar un catálogo de la naturaleza humana, y como es habitual en su narrativa enfrenta, con marcada violencia, el bien y el mal. Y puesto que, en numerosas ocasiones, teoriza sobre esos dos mundos mentales, su visión apela al concepto tanto de lo angelical como de lo demoníaco, aunque sobre tantos desajustes se impone el mensaje positivo de una Gadea, inocente y entrañable, inmersa en ese poder redentor del amor y de la cualidad que expresa su propio título: la dulzura. A medida que avanzamos en la lectura, asistimos al hecho de la mañana de aquel fatídico 11 de marzo cuando Gadea sale del sanatorio mental próximo para encontrarse con Judá, y será entonces cuando su familia la incluye en el escenario de los atentados. Sus familiares emprenderán una desesperante localización, y como no figura entre las víctimas, a lo largo de la historia les cabe la esperanza de que utilizara el autobús o tomara un taxi. Transcurridos varios meses, solo al final de la novela se desvela el misterio.
       La fatídica fecha dará lugar a un retrato general del entorno familiar y sentimental de Gadea que, como un puzle, Múgica estructura narrado en primera persona: el novio Judá, los padres, las hermanas Estela y Malena, una sobrina, una pareja anterior y una compañera de sanatorio. Y para organizar el texto, el conjunto se divide en dos bloques psicológicos: la gente con trastornos mentales y variadas enfermedades del alma: Gadea, la madre depresiva, el cuñado suicida, el padre de una acuciada ferocidad; y esos otros personajes equilibrados, con un fondo de bondad aunque sufren y dudan de casi todo: la sobrina, las hermanas, un psiquiatra integro, o Judá, alrededor del cual gira la historia, la más bella historia de amor que alguien pueda imaginar.






LA DULZURA
Daniel Múgica
XXXIII Premio Jaén de Novela                
Córdoba, Almuzara, 2017