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miércoles, 12 de enero de 2022

Hoy tomo café con…

Miguel Ángel Muñoz, “Es la belleza de la novela como género literario, su mundo de posibilidades, los caminos tortuosos y tan incitantes que podemos recorrer en la lectura, pero también en la escritura”.

 

Publica una nueva novela, Aposento (2021)

 


 

       Miguel Ángel Muñoz (Almería, 1970) es autor de dos novelas, La canción de Brenda Lee, 2012 y El corazón de los caballos, 2009 y de tres libros de relatos, y El síndrome Chejov, 2006, una anodina y profunda visión sobre la vida que explora, además, dos conceptos esenciales en un buen cuento: el humor y la ironía con que resaltar algunas peculiaridades de la existencia humana; Quédate donde estás, 2009, relatos que intensifican el matiz de la perturbada identidad de algunos de sus personajes, y ahora propone temas mucho más variados, la familia, como base de esa unidad metaliteraria, la memoria y el paso del tiempo, la identidad y la incomunicación, es decir, el sentido último de las emociones humanas, y Entre malvados, 2016, gente dañina que protagoniza cada uno de los diez cuentos recopilados, lo más perverso de la condición humana y del mundo preside casi la totalidad de las narraciones. El libro de entrevistas La familia del aire, 2011, y algunos de sus textos figuran en destacadas antologías del relato español actual. Participó en el volumen colectivo John Cassavetes, Interior noche (2018) con un ensayo sobre el director estadounidense. Mantiene activo el blog El síndrome Chéjov.

 

 

Un nuevo proyecto, un reto más, ¿Aposento (2021), pretende ser una reivindicación literaria?

       Cada nuevo libro es, efectivamente, un reto. Me aburriría escribir libros demasiado parecidos entre sí. El que la novela se detenga en el olvido sobre una escritora como Mercedes Soriano, que no hace tantos años publicaba en editoriales muy importantes, es una forma de reivindicación pero, más que eso, una reflexión sobre lo fácil que es caer en el olvido. También sobre hasta qué punto tenemos derecho a remover esos silencios pavorosos en que caen algunos escritores en España, cuando en parte esos silencios son buscados o alentados por esos autores esquivos. Lo importante era enfocar no la vida de Soriano, sino su trabajo, sus libros, su legado. Y eso es un poco provocador, porque tengo siempre la sensación de que pasan las modas literarias, los libros que triunfan y los que no, pero nunca nos detenemos en el libro en sí, en lo que su lenguaje dice, sino en paratextos accesorios, que están más allá del texto y que son parte de una conversación social, pero no literaria. A eso es a lo que se atiende, casi siempre.

 

Se lo pregunto porque es un texto que converge para convertirse en una novela de posibilidades infinitas, ¿esa es la intención?

       Esa es la belleza de la novela como género literario, su mundo de posibilidades, los caminos tortuosos y tan incitantes que podemos recorrer en la lectura, pero también en la escritura. Quería una novela que pudiera admitir dentro de ella muchas diversas formas de narrar, hasta aquellas que no parecen ser una narración. Es algo que intenté en mis novelas anteriores. Me gusta mucho esa literatura contemporánea que entiende que la novela tiene tanta tradición detrás que puede permitirse hacer lo que le dé la gana. Además, esas novelas imprevistas, que giran sobre sí mismas en muchos momentos, que coquetean con nuestras expectativas, me parecen formas modernas de la novela de aventuras.

 

Debería preguntar, ¿qué relación guarda su vida con la escritura?

       En todos los libros, incluso en los más imaginativos, aparecen claves vitales de sus autores. Lo que vives forma parte de tus libros de una forma que a veces tú mismo no entiendes, hasta que pasa el tiempo y recuerdas de qué modo se relacionaba una determinada escena con una inquietud, con una obsesión o simplemente con algo muy concreto que te ocurrió. La diferencia es que «Aposento» está proyectada intencionalmenic como una novela autobiográfica, de las que hay más de las que parece en la tradición española. Que las novelas autobiográficas estén bastante centradas en la literatura, que incluso sean librescas, no es algo extraño: son escritores los que las paren.

 


 

 

¿El lector aprecia el complejo mecanismo que subyace en Aposento, o debe bucear en su estructura para que acierte a ver la perspectiva completa?

       Creo que la estructura es el elemento fundamental de un libro, sea este novela o libro de relatos. En el modo en que ordenamos los relatos o la información de la novela está el modo en que ese libro «es». La estructura nos obliga a elegir entre diversos caminos para contar nuestra historia con eficacia. Como pasa con la vida. En aquella comedia de Neville, «La vida en un hilo», se hablaba de eso con sofísticación y mucha gracia. Una mujer tiene la oportunidad de ver sus dos posibles vidas según elija subirse o no a un taxi. Una decisión nimia la condiciona para siempre.

Quiero que mi novela sea leída página a página, claro, y que su lectura interese, pero me parecía bonito que el sentido completo de la novela exigiera que se llegara al final y que con ese final se apreciara el conjunto del juego literario. Vamos viendo fragmentos del cuadro, unos nos llegan más profundamente que otros, pero la imagen final quiere dar sentido al conjunto. Si los cuadros se ven a un golpe de vista, las novelas, eso sí, tienen un inconveniente: necesitan de la complicidad del lector, que confíe en la mano que va abriendo el camino.

 

No se trata de una novela o biografía sobre la narradora Mercedes Soriano, ¿era necesario que el personaje desvelara en un momento dado que no era así?

       Mientras investiga sobre las razones que llevaron a Mercedes Soriano, en su momento de mayor prestigio literario, a apartarse del mundo en un lugar remoto de Almería, lejos de Madrid -que todavía hoy quieren hacernos creer que por sí sola es España-, el personaje necesita apartarse de su proyecto inicial. Ha apostado por un diálogo fértil con el otro, con esa voz literaria encarnada en Mercedes Soriano. La lectura es un diálogo con fantasmas, con voces de escritores que oímos en un libro aunque no sepamos si están vivas o muertas, ni si eran personas encomiables o un poco mezquinas. Gracias a voces muy ajenas de la literatura nos conocemos íntimamente, descubrimos los muchos fondos que tenemos. El personaje de la novela se expone, un poco unamunianamente, y avanza en un doble descubrimiento: cuanto más lee a la escritora y escribe sobre ella, más descubre de sí mismo.

Una vez leída su novela, ¿queda manifiesto el conflicto generacional, la propensión a estar leyendo una obra narrativa diferente como la de Soriano, porque Aposento se inscribe en otri mundo?

       Mercedes Soriano pertenecía a una generación mayor que la mía, aquella que yo leía en mi juventud y que sigue siendo la principal de la literatura española. Su obra era radical y difícil, su voz no era complaciente, analizaba con un estilete lo que veía a su alrededor. Desde la izquierda, denunció las tempranas componendas a las que el socialismo se entregó cuando alcanzó el poder. Creo que voces como la suya, con ese tono libre y radical, son muy necesarias. Pertenece a otro tiempo -aunque solo han pasado treinta años- y sus libros fueron olvidados, pero la reedición de «Contra vosotros» da una oportunidad a las nuevas generaciones para conocer sus libros y debería animar a revisar su obra y resituarla definitivamente. Lástima que su obra sea tan escasa.

No creo que «Aposento» hable de un mundo diferente al de hoy. Sí reivindica el atrevimiento en literatura, y por tanto el personaje de la novela acaba por encontrar puntos en común con ese espíritu literario. Pero lo que los grandes medios dicen que es la literatura actual española no es, necesariamente, la literatura actual española. No toda, desde luego.

 

Este libro es, quizá, ¿su mayor atrevimiento, literariamente hablando, y la
confirmación de una auténtica vocación y pretensión literaria?

       No sabría decir, pero desde luego es un libro del que he salido muy feliz. Entré a ciegas en él, pensando que el planteamiento era un poco suicida, pero creo que he plasmado tanto mis inquietudes personales como me he aventurado por un modo de hacer literatura que está conectando con sus lectores. Esto me está sorprendiendo gratamente.


 

Huyendo de la autoficción, ¿cae usted de bruces en el formato epistolar, el diario, la crítica literaria, o el relato de viajes?

 

       Cuando se habla de la autoficción se mezclan bajo este concepto diversos modos de escribir novelas autobiográficas. Esto lo ha estudiado de maravilla en España el profesor Manuel Alberca. Esa amplia taxonomía se ha simplificado diciendo que cualquier novela protagonizada por un escritor es autoficción. No es así. La autoficción tiene sus reglas, la más evidente la utilización de la mentira para el manejo de la narración. Hay muchos matices. Es un género que me gusta, aunque esté de moda ahora darle palos como antes estuvo de moda lo contrario. Es lo que tienen las modas. Pero «Aposento» va por otro camino, más cerca de las novelas autobiográficas, al modo de Azorín, Perec o Handke.

Desde hace décadas la novela nos ha demostrado que es una gran catedral con numerosas puertas abiertas por las que entrar en ella, así que me apetecía mucho disfrutar de esa libertad, que me contagiara. Y sí, en ella caben, formando parte del todo, diversos géneros literarios que tienen entidad por sí solos, como los que menciona.

 

En alguna ocasión ha manifestado que ha escrito sus libros apostando contra usted, ¿Aposento es el resultado que esperaba?

       Me refería con ello a que intento ir contra mis propias expectativas, contra lo que yo mismo supongo que debería hacer. Me complico la vida preguntándome qué tipo de paso adelante podría dar, por dónde sería interesante que avanzara en mi nuevo libro. Vivo la literatura como una aventura. Procuro no agarrarme a nada sólido o a cosas que sé que me han funcionado en libros anteriores. Aunque te arriesgues con eso a dar un mal paso. En ese sentido, «Aposento» es muy parecida a como quería que fuera, sobre todo porque pretendía que la novela fuera bastante libre, que se construyera al paso de la vida, y ese presupuesto estético está en el libro, tal y como lo imaginé.

 

El cine, la música y, sobre todo, la literatura están muy presentes en esta novela, ¿se trata de un tributo particular a sus fantasmas culturales?

       Volvemos a la idea de diálogo. Todas esas artes, y sobre todo la literatura, se mueven desde la soledad contemporánea en la que nace el acto de leer, escuchar música o ver una película, hasta el acto de compartir esa experiencia. Es uno de los ejemplos más bellos de comunicación que está a nuestro alcance. Entendiendo la literatura como ese diálogo íntimo con tu lector, pero también con los fantasmas del pasado que son otros escritores, otros libros, otras pesadillas y sueños, me parecía lógico que en la novela se filtrara ese mundo de referencias culturales. No escribo sobre cosas muertas sino sobre experiencias culturales vivas, que siguen vivas mientras las compartimos con los demás.

Si el lector se fija en la estructura de esta novela, ¿cabe pensar que junto al narrador asiste a la elaboración de un auténtico manual de escritura?

       Al comenzar la novela, tenía algo muy claro: no sabía a dónde me iba a llevar. Quería desnudar ante el lector los pasos de escritura de una novela: sus inicios en medio de la ensoñación, sus dudas, las preguntas que acosan al escritor, los temores, la organización de los datos, la estructura, la narración. El final es puramente narrativo y desde él quería que el lector viera el proceso de la escritura, mediante la experiencia de la lectura de la novela.

¿Es un texto que debe obligarnos a cuestionar el hecho de cómo recordamos nosotros y, por extensión, como seremos recordados y, quizá, la miseria que supone el olvido?

       El olvido, sí, es uno de los temas principales. Me preguntaba quién era yo para perturbar ese olvido en el que había caído la obra de Mercedes Soriano. Era como si ella hubiera visto cumplida una aspiración personal hacia la desaparición y el apartamiento, que está prefigurada sorprendentemente desde su primera novela. Pero me respondí que nadie debería impedirnos seguir accediendo a sus libros, que en esa lucha por mantener su voz al alcance de los lectores había una lucha contra el olvido. La literatura es una envenenada pero fascinante pelea contra el olvido.

 


Una vez que llegamos al final, ¿entendemos que la literatura es un conglomerado de influencias, o de referencias?

       La novela ha sido siempre una torre de Babel en la que se sucedían experiencias narrativas y estéticas. Bajo ese signo constante de apertura, curiosidad, atrevimiento, experimentación, mezcla y tolerancia, ese tipo de novela, que es la que me interesa, ha construido ya sobre el papel, en muchas grandes novelas, esos mundos equilibrados que los humanos somos incapaces de llevar a la realidad.

    Quise en «Aposento» jugar con la mezcla, buscar, investigar, sin saber a dónde me llevaba el juego, pero creo, en resumen, que el libro es mi pequeño homenaje al mundo de las novelas, a la libertad que he aprendido de ellas.

 

 

 

sábado, 3 de julio de 2021

Hoy tomo café con…

     Menchu Gutiérrez, “la poesía, más que un género, es el alimento fundamental de todos los lenguajes creativos, aquello que los hace perdurables”.

 

 

       Menchu Gutiérrez (Madrid, 1957) es novelista, traductora y poeta. De su obra poética destaca, El ojo de Newton (2005), La mano muerta cuenta el dinero de la vida (1997), o La mordedura blanca (Premio Ricardo Molina, 1989); traductora de Poe, Faulkner, Austen, Brodsky o Auden; los ensayos, San Juan de la Cruz (2003), Decir la nieve (2011), y Siete pasos más tarde (2017), o las novelas, Viaje de estudios (1995), La tabla de las mareas (1998), La mujer ensimismada (2001), Latente (2002), Detrás de la boca (2007), Disección de una tormenta (2011), La niebla, tres veces (2011), El faro por dentro (2011), araña cisne, caballo (2014); recientemente ha publicado, La mitad de la casa (2021), que cuenta el regreso de su protagonista a un espacio donde la memoria emerge entre el desasosiego y la intensidad de una profunda intuición, aunque a medida que avanzamos en su lectura una parte desconocida va surgiendo en el proceso de la escritura, aunque sin esos otros elementos de encuentro, de sorpresa, incluso otras formas de manifestaciones no podría progresar esta historia que se convierte en un brillante desafío que la narradora afronta con extraordinaria atención al detalle, la fuerza de la voz y los muchos silencios; un regreso para contar un encuentro repleto de sensualidades, y se añade el valor de un acertado y preciso lenguaje aunque, una vez más, será el tiempo un ejercicio doloroso, tan veraz como revelador de la esencia humana, inherente de cuanto se nos cuenta porque la protagonista no sabe si ha llegado a una casa para guardar un secreto, o quizá para abrir el cofre en el que duermen muchos de sus recuerdos, consciente de que esa memoria tiene muchos pliegues, algunos de tanta profundidad y calaje que pueden confundirse con el concepto negativo que supone la muerte; y una casa, de eso es consciente, es casi una extensión de uno mismo, un organismo vivo que reacciona como una criatura de sangre caliente, y por ese y no otro motivo, algunos espacios nos acogen, otros nos repelen, evidencias que van modelando toda una vida.


 

¿De qué manera, según afirma la crítica, su narrativa está comprometida con la poesía, quizá porque su prosa toma frecuentes elementos de ese género?

       Yo creo que la poesía, más que un género, es el alimento fundamental de todos los lenguajes creativos, aquello que los hace perdurables. Por poesía se ha entendido tradicionalmente la escritura de poemas, e incluso, en su momento, costó seguir llamando poemas a una composición de versos que habían eliminado la rima. La poesía de una novela puede residir en su estructura, en la forma de acercarse a las cosas o a la idea de tiempo.

 

Su obra, en general, ¿enfrenta a un lector ante una perspectiva sensible distinta, que muestra lo oculto y, también, lo latente de las cosas?

       Ahí estarían, a mi juicio, algunos de los elementos de esa poesía de la que acabamos de hablar. Ese dialogar con una vida invisible, o latente. Alguien puede mirarse en un espejo y describir lo que ve, y hay otra literatura interesada en saber qué es un espejo, o en buscar una total identificación con él.

 

¿Hasta qué punto siente usted que debe reflejar la temporalidad en sus historias, y si para ello recurre a la memoria, como es el caso de su nueva entrega, La mitad de la casa (2021)?

       Lo que me ha movido a escribir este libro, entre otras cosas, es la idea de un tiempo diferente, que todos conocemos de una manera u otra; en palabras de Pessoa: “la sucesión nunca igual de las horas iguales”.  Existe el reloj y existen los calendarios, pero también hay experiencias que nos hablan de un tiempo detenido o de un tiempo crecido en el interior del tiempo. Una habitación cerrada durante años parece haber acumulado en su interior otra clase de tiempo o haberse quedado dormida, al margen del tiempo.

 

La suya es una auténtica visión en todo el proceso narrativo que nos lleva, de alguna manera, a imaginar aquello que usted no nombra o describe, ¿es ese y no otro su poder de persuasión?

       En el pasado, la descripción física de un personaje era casi condición indispensable de un relato. En gran parte de la narrativa contemporánea esa labor descriptiva no existe y es nuestra imaginación la que va apoderándose de las facciones o la corporeidad de un sujeto. Creo que eso mismo es extensivo al espacio, incluso a determinadas acciones que se detienen en una especie de umbral y no llegan a consumarse, salvo en la mente del lector. Tengo confianza en que la fuerza de aquello que ha sido insinuado termine por fructificar en su imaginación. 

 

Todo está sopesado y se busca atrapar al lector cuando el suspense forma parte, también, del propio autor, de tal forma que ¿podría asegurar que cuando comenzó su novela no sabía el final?

       Efectivamente, no sabía cómo iba a terminar, sólo conocía la emoción que  ponía el libro en marcha, en este caso el tiempo retenido en algo que podría llamarse la casa de la memoria. De alguna forma, sucede algo parecido en una conversación, en la que quieres abordar un tema determinado sobre el que tienes algunas ideas previas. El desarrollo de la conversación aparecerán elementos que ni siquiera sospechabas que estaban allí; aparecerá la expresión justa, una forma de decir las cosas que no había sido calculada. Y esa forma precisa de decir las cosas lo es todo en literatura.

 

Este libro no se escribe con el cálculo que requiere un thriller policiaco, está dotado de un suspense psicológico del que yo misma, como autora, participo.   

    El libro comienza con una profunda intuición pero, efectivamente, hay una gran parte desconocida que irá surgiendo en el proceso de la escritura, pero ¿sin ese elemento de encuentro, de sorpresa, esa otra forma de decir, no podría progresar el relato?

       Así es, yo no podría escribir si conociera todos los elementos de un libro, debe existir un componente desconocido, debe producirse una aventura vital.  De otro modo sentiría que me limitaba a transcribir unos hechos. 

 

Debemos hacernos a la idea, tras leer La mitad de la casa, que se percibe una noción de lo incompleto, puesto que lo contrario ofrecería un mundo cerrado, y en esa casa aún se esconden secretos, cajones y puertas por abrir, objetos que hablan… 

       Sí, no creo que lleguemos a conocer más que una parte de las cosas, una realidad siempre incompleta, entre otras cosas porque hay una parte de nosotros mismos que también lo es, y porque también los demás, incluso las personas más queridas y cercanas, son en gran parte unas desconocidas para sí mismas. La sinceridad es un ejercicio casi imposible, incluso las confesiones más honestas están repletas de lagunas que son consustanciales a la formación del recuerdo. Por otro lado, creo que la literatura ofrece mucho más cuando se aleja de lo categórico y que, efectivamente, lo cerrado no puede interactuar con lo que lo rodea, y en ese sentido, de alguna manera, nace muerto.  

 

La protagonista de este relato vuelve a la residencia familiar de verano para desvelar muchos de los misterios ocultos o, tal vez, para escenificar parte de ese pasado y encontrar respuestas.

       Vuelve siguiendo una especie de mandato interior, en la fe de que su presencia física en la casa despertará al pasado mismo, hasta el punto de vivir en él. Algo parecido sucede cuando la policía lleva a un asesino a la escena de un crimen. Durante un tiempo parece que jamás haya estado ahí hasta que, de pronto, un objeto o una luz determinada desencadena el recuerdo vívido que había quedado grabado en el almacén de imágenes de su ojo. En la casa del libro, por ejemplo, el sonido de la línea del teléfono, de alguna forma, hace recuperar a la protagonista la idea de un tiempo sin principio ni final.

 

Ofrece la imagen de una casa que no es solo una sucesión de objetos visibles, y en sus habitaciones se incuba el misterio de toda una vida, tal vez porque en cada casa, hay una parte visible y una parte invisible, ¿ese sería parte del argumento de la novela? 

       Esta casa es un organismo, un útero de piedra que se va despertando poco a poco. Efectivamente, hay una parte visible y otra invisible, el mismo título del libro tiene que ver con todo aquello que anima una casa y que no se ve. El mismo pegamento de los recuerdos es invisible.

 

Una novela como La mitad de la casa está repleta de espacios ilimitados, o al menos esa es la sensación del lector, ¿es una especie de almacén de emociones ligadas a un espacio concreto que alguna vez debemos desvelar? 

       Las emociones no son nunca estables, hay una especie de vértigo que es inherente a ellas. El desvelamiento tiene una connotación definitiva que no forma parte de la naturaleza de este libro. María Zambrano llamaba la atención sobre la diferencia entre revelar y desvelar. Yo creo que existe un secreto que se revela sin perder su condición de secreto, y en gran medida, este libro tiene que ver con eso.


 

¿Cree usted que a lo largo de nuestra existencia el tiempo se detiene no una sino varias veces y es, entonces, cuando nos disponemos a buscar el sentido del mismo?

       Sinceramente, creo que buscar sentido al tiempo es una tarea estéril, que no podemos sustraernos a nuestra condición de seres de tiempo. Yo no hablaría de sentido pero sí de experiencias temporales que pueden ayudarnos en una tarea de conocimiento. “Hay claustros en esta hora”, escribía también Pessoa. Esos claustros son espacios de liberación de un tiránico yo.

 

Como en su protagonista, ¿en nuestra vida reina la ambigüedad, los secretos, y el misterio que en algún momento intentamos desvelar? 

       Como le decía antes, creo que lo que llamamos realidad está compuesto de multitud de facetas, muchas de ellas opacas a nuestra comprensión. Creo también que lo esencial no puede nombrarse; sin embargo, aunque parezca paradójico,  lo mejor de la literatura nace en ese rodeo en torno a la formación del recuerdo, en nuestra forma de cercar lo indecible. 

 

Si pensamos en la escena en la que la narradora ve a su padre, de  unas visiones que no se despierta nunca, ¿qué importancia tiene para usted en la escritura y en la vida el sueño? 

       Creo que el sueño es un elemento fundamental de la escritura. Incluso de los escritores llamados realistas. El sueño es otra clase de realidad, que deja en la vigilia un rastro, una memoria, y que es un desencadenante de la imaginación. No es preciso utilizar los sueños mismos como materia de escritura. Los sueños se quedan para decir algo y ese algo, más o menos reconocido, nos moldea también y condiciona nuestra mirada.

 

Cierta atmósfera de irrealidad va tiznando la historia, ¿es la muerte o la memoria la que impregna de cierta niebla lo que se cuenta?

       Además del sueño, al que acabo de referirme, siempre he pensado que la muerte y la memoria son los grandes motores de la creación. No creo que la escritura deba necesariamente hablar de la muerte, sino que sólo podremos reflexionar sobre la vida si la enfrentamos a la muerte. Se trata de otra manera de decir que no podemos conocer el blanco sin la profundidad del negro. La memoria es el armazón de lo que somos, aunque esté, sí, envuelto en niebla. 

 

Para terminar, ¿su literatura se reduce a una experiencia en busca de un lenguaje?

       Decía Bachelard que lo misterioso es la formación y no la forma, y se preguntaba: ¿por qué un día la concha tomó la decisión de enroscarse hacia la derecha o hacia la izquierda? Me mueve a escribir aquello que no entiendo o que me produce extrañeza. El lenguaje será consecuencia de las preguntas que me plantee. 

 

domingo, 13 de junio de 2021

Hoy tomo café con…

 Esther Ginés afirma que “la vida sólo puede ser entendida mirando hacia atrás, pero tiene que ser vivida hacia delante.”.


 

       Esther Ginés (Ciudad Real, 1982) publicó en 2012 su primera novela, El sol de Argel, y la siguiente cinco años después, En la noche de los cuerpos (Adeshoras, 2017). La identidad, la incomunicación, el pasado o los lazos familiares, son los temas que explora en su narrativa. Mares sin dueño (Tres Hermanas, 2020), su tercera novela, cuenta una historia sencilla y añade al argumento un secreto que deberá descubrir el lector, porque la fuerza de la trama se justifica en una extraordinaria y maravillosa ambientación, un viaje que lleva a cabo su protagonista, toda una serie de descubrimientos que se deslizan por las páginas de este relato.

 

¿La literatura sirve, en algún sentido, para responder a nuestras propias preguntas?

       Siempre lo he creído, tanto como lectora como desde la posición de autora. Considero que la literatura es un modo de dialogar con la vida y cuestionarnos el momento vital en el que nos encontramos.

 

Y por añadidura, ¿quizá para romper, de alguna manera, con un pasado?

       Decía Kierkegaard que “la vida sólo puede ser entendida mirando hacia atrás, pero tiene que ser vivida hacia delante.”. Me parece una reflexión muy sabia puesto que es inevitable no volver a los hechos del pasado que nos marcaron, pero hay que tratar de hacerlo desde un modo que no sea dañino. El pasado no se puede cambiar, por lo tanto parece absurdo vivir en él, pero regresar a él también puede tener un elemento sanador y de ruptura necesaria.

 

Una primera novela de iniciación, El sol de Argel (2012), ¿qué destacaría de esa propuesta narrativa?

       Creo que fue un libro valiente con el que me atreví a abordar de temas como el suicidio y las máscaras que la sociedad nos obliga a llevar en muchos momentos. Vivimos en una sociedad donde muchas veces se nos fuerza a mostrar sólo la alegría, como si la tristeza o el fracaso no tuvieran lugar. Es un libro que hablaba sobre los juicios morales y la imposibilidad de ser uno mismo a la vez que rendía homenaje a un libro de cabecera para mí, “El extranjero”, de Albert Camus.

 


Su siguiente entrega, En la noche de los cuerpos (2017) ¿se convierte ya en una novela de personajes?

       Intento trabajar en todas mis novelas los personajes de un modo casi obsesivo. Me fascina la psicología humana; como lectora, si me atrapa el modo en que está presentado el personaje, la trama casi me parece lo de menos… “En la noche de los cuerpos” presenta un triángulo de personajes cuya creación supuso para mí todo un reto, puesto que son muy diferentes pero de algún modo se crea entre ellos una relación muy dañina de simbiosis, especialmente entre Olivier y Cecilia.

 

Esta novela tiene dos partes muy diferenciadas, una primera de acción, y una segunda más introspectiva, ¿quizá porque, en esta, se incide más en el aspecto literario?

       Me dicen que mi literatura es muy intimista y me siento cómoda con esa definición. La acción no prima en mis libros tanto como en los de otros autores, aunque siempre hay un detonante, un hecho que hace que todo salte por los aires y los personajes actúen. Y una vez que lo hacen, me gusta mucho ‘instalarme’ en sus mentes, cuestionar los motivos por los que actúan de ese modo y trasladar a los lectores esos interrogantes. Me gustaría pensar que escribo para compartir esas preguntas con ellos.

 


Su reciente entrega, Mares sin dueño (2020), explora acerca de la identidad, la complejidad del amor, o la falta de comunicación, ¿de alguna manera se completaría así su visión de la ficción narrativa?

       Hasta ahora, mi narrativa ha girado alrededor de esos ejes: la incomunicación, la complejidad de los lazos familiares, la identidad, el peso del pasado… Son temas que me interesan como persona y que a nivel narrativo me parecen muy poderosos. Cuestiones atemporales que la literatura puede abordar desde diferentes puntos de vista, por eso siempre tienen vigencia.

 

Esta novela, por su ambientación y fuerza de sus personajes, ¿es su propuesta más ambiciosa?

       Creo que esta novela ha supuesto un salto en mi carrera literaria, aunque el 2020 ha sido un año muy duro para la literatura. En primer lugar, me ha permitido llegar a un sello editorial que siempre había admirado, como es Tres hermanas; es una editorial valiente y muy literaria donde creo que esta novela encajaba muy bien. Además, por circunstancias personales y casi excepcionales tuve el privilegio de dedicarle a “Mares sin dueño” una dedicación exclusiva durante mucho tiempo, algo que sin duda benefició al texto. Cuando compaginas vida laboral con vida creativa, como por desgracia nos pasa a la mayoría de escritores hoy en día, es muy difícil lograr esa excelencia que tanto buscamos. Si algo necesita la literatura son horas y soledad.

 

¿El lector debe entender su texto como una curiosa visión sobre el mar?

       Es, en efecto, una carta de amor al mar. Por supuesto, un amor que también es peligroso, como sabrán los lectores que se hayan adentrado en la historia. Desde el principio supe que el mar sería un protagonista más de la historia y creo que tiene un papel clave en la trama.

 


Pretende que su protagonista femenina, Elisa, salve con la fuerza de su amor, a un atormentado Kylian, ¿tal vez que realice una auténtica bajada a los infiernos?.

       La novela plantea esa pregunta: ¿se puede o se debe intentar salvar a quien amamos? ¿O sólo uno ha de salvarse a sí mismo? Es una idea hermosa y quizás demasiado idealizada que además conecta con clásicos muy poderosos, por eso creo que sigue vigente. Me gusta que sea la propia Elisa la que, en un punto de la historia, se plantee esa misma pregunta, una cuestión casi imposible de resolver… quizás por eso sea tan fascinante.

 

Mares sin dueño es, sin duda, una novela de ambiente, de abundantes descripciones, y una extrema introspección, ¿es ahí donde pretendía que residiera la fuera de su relato?

       Quería que hubiera un equilibrio entre el viaje interior y el viaje físico. Es una novela que cuenta ese doble viaje, por eso elegí la cita de Rilke “todo viaje es al interior” para abrir la historia… Creo que los viajes que nos transforman pasan por tocar algo de nuestro interior, y por eso este viaje que Elisa emprende está tan influenciado por ese ambiente hostil que le dificulta las cosas y por ese choque cultural que encuentra cuando llega a esas tierras tan lejanas.

 

Sus tres novelas, diferentes entre sí, la sitúan en el panorama literario contemporáneo femenino, ¿siente usted que es una narradora intimista, de personajes que cobran fuerza a lo largo del relato, y la fuerza reside en sus protagonistas?

       Así es; para mí los personajes son la clave de mis historias. No me siento a escribir hasta que no siento que los conozco perfectamente, y lo que me resulta más gratificante es saber que los lectores han podido conectar con ellos. También me interesa mucho el modo en que cuento las historias, quizá el componente intimista me viene de la poesía, ya que cuando comencé a expresarme y a buscar mi voz fue a través de la poesía.

 

Para terminar, ¿si es que busca algo, qué explora usted con su literatura?

       Siempre estoy buscando el modo de entender o de analizar lo que no entiendo, lo que me resulta extraño y a veces aterrador. Me interesa explorar lo desconocido, eso que a veces tenemos a la vuelta de la esquina…Veo el proceso creativo como algo ligado a la búsqueda, y esa búsqueda es también un lugar de estar en el mundo.

domingo, 21 de marzo de 2021

Hoy tomo café con…

       Javier Morales considera que la realidad, con esa sensación de soledad y de fragilidad, nunca recrea un realismo sino que, en realidad, lo interpreta.

 

La moneda de Carver (Reino de Cordelia, 2020), es su nueva colección de relatos.

 

Copy foto: Isabel Wagemann

  

       Javier Morales Ortiz (Plasencia, 1968) es periodista y licenciado en Derecho, profesor de escritura creativa en el Taller de Clara Obligado y la Escuela de Escritores. Mantiene una columna dominical sobre libros, Área de Descanso, en El Asombrario. Ha publicado las novelas, Pequeñas biografías por encargo (2013) y Trabajar cansa (2016) y las colecciones, La despedida (2008),  Lisboa (2011), Ocho cuentos y medio (2014), los ensayo, El día que dejé de comer animales (2017) y Área de descanso (2018). Acaba de publicar una nueva colección de relatos, La moneda de Carver (Reino de Cordelia, 2020), un auténtico recorrido biográfico, quizá por ese personaje o narrador interpuesto que se convierte en el alter ego del propio autor.

 

 

Permítame, una primera pregunta, ¿cuándo consigue uno mezclar realidad con ficción?

       Yo creo que toda la literatura, aunque nuestros personajes sean gnomos o fantasmas. está inspirada en la realidad, de la que forman parte los sueños, claro. Ese campo tan fértil, híbrido, entre realidad y ficción, tiene muchas posibilidades para un creador. En este sentido, y por responder a su pregunta, cuando narramos creo que hay que ser fiel a los hechos que han ocurrido, a las vidas reales que contamos, pero luego podemos adornar literariamente los huecos con nuestra imaginación.

 

En su literatura, al menos, en algunos de sus libros se percibe ese fracaso de lo cotidiano, ¿la sociedad nos sigue engullendo por el camino del desencanto?

       Fijase que en lo personal suelo ser más esperanzador que en mis relatos. Es verdad que en ellos hay un cierto desencanto, que los personajes a veces viven superados por lo cotidiano. El mundo que estamos dejando a nuestros hijos sin duda es muy poco alentador, por ser suave, pero creo al mismo tiempo que no podemos perder la esperanza. Me parece bonito y constructivo saber valorar cada momento de nuestras vidas. Por muy aterrador que sea el mundo, es un lujo estar aquí.

 

Las historias que usted cuenta son, ¿quizá el espejo de su propia incertidumbre?

       Puede ser. Escribo no tanto para tener respuestas sino para hacer preguntas que sé que no se pueden responder. Con mis historias trato de explicarme a mí mismo algunas de esas incertidumbres, de alumbrar un poco el camino. La función de las historias es esa, la de que sean una vela en la oscuridad.

 

La imagen y la palabra sustentan, de alguna manera, ¿aquellos reflejos de una realidad que no resuelve nada?

       La imagen y la palabra no pueden hacer mucho, creo yo, para resolver nada, solo, como usted dice, reflejar esa complejidad del mundo en el que vivimos, las contradicciones del alma humana, nuestra fragilidad ante la dimensión de la vida y el mundo. Y en la medida de lo posible, consolarnos.

 

Su dedicación a la narrativa breve, ¿es quizá una deformación de su profesión como profesor de escritura, o tal vez un acicate?

       No creo que tenga nada que ver como mi trabajo como profesor de escritura. Aunque en los talleres que imparto escribimos y leemos muchos cuentos porque es un género muy fértil para la imaginación, es como un laboratorio de ideas. Lo cierto es que tanto las dos novelas como el ensayo que he escrito, aparte de los cuentos, son breves también. A mí me parece que en el mundo ya hay demasiada verborrea. La brevedad de los libros de cuentos tiene la elegancia de los libros de poemas. Si puedes contar algo con brevedad, ¿para qué llenar páginas y páginas? Contar lo máximo con el menor número de palabras posible, podría ser una de mis máximas, sí. Casi como en la vida misma, ¿no? Vivir con menos no quiere decir que tuviéramos que vivir peor. Al revés.

 

Tras varias colecciones de cuentos, ahora nos entrega, La moneda de Carver (2020), ¿es quizá su libro más personal?

       No sé si el más personal. Usted que también es escritor sabe que todos los libros lo son, que todos tienen un componente autobiográfico en mayor o menor medida. Pero sí es en el que más me he dejado llevar por mis inquietudes, el que he escrito con mayor libertad. No creo que mi vida, por decirlo así, está más presente que en otros textos. Aunque sí hay una visión del arte y la escritura a través de distintos personajes que comparto en gran medida, como la narradora que da título al cuento que cita.


 

¿Es la suya, con cada nuevo libro, un acto de resistencia?

       Así lo veo yo, en cierta forma, ¿no? Antes hablábamos del desaliento al que nos lleva el mundo en el que vivimos. Nos sentimos impotentes. Escribir, para mí, es un acto liberador. Escribir exige lentitud, prestar atención a los detalles, empatía, mirar el mundo y mirarse a uno mismo. Justo lo contrario a los que nos lleva esta sociedad consumista.

 

Los escritores Carver, Campos o Gabriel y Galán ¿forman parte de sus fantasmas literarios?

       De todos ellos el que más influencia ha tenido, sin duda, es Raymond Carver. Con el cuento que da título al libro he querido rendirle un homenaje. Creo que es un autor que no ha sido bien leído, al que se le ha simplificado, sobre todo en ciertas escuelas. Ahora hay autores que reniegan de él casi por moda, sin darse cuenta de que lo escriben sigue siendo absolutamente carveriano. Campos o Gabriel y Galán, autores a los que admiro muchísimo y leo, han tenido más influencia en mi vida personal, en mi relación con la literatura.

 

¿Ha conseguido con esta colección bucear, definitivamente, en la relación que existe entre escritura y vida?

       No creo que en la literatura haya nada definitivo. Más bien ese buceo lo veo como una tentativa, un camino a seguir. Y un camino nada original por otro lado. Antes que yo han navegado otros autores que ahora ocupan el olimpo de las letras. En esta relación entre escritura y vida, ¿qué sería la literatura de hoy sin La vida de Samuel Johnson, de Boswell, o sin las Vidas imaginarias, de Marcel Schwob? 

 


¿En qué consistiría, para usted, el realismo literario?

       Pues lo definiría con una cita del pintor Hopper, cuya obra recorre de alguna manera todo el libro. El realismo no consiste en copiar la realidad sino en interpretarla. Es lo que modestamente intento hacer.

 

Ese alter ego, Samuel, ¿ejemplifica, de alguna manera, su paso por la adolescencia, y juventud, y finalmente su madurez literaria?

       Sin duda hay algo mío en Samuel, pero también mucha ficción. Ese juego entre realidad y ficción me interesa mucho. Aunque como decía al principio de la entrevista, y le robo las palabras a Joyce, toda la literatura es autobiográfica.

 

¿Puede pensar el lector de La moneda de Carver que sus ocho historias suman, en cierto modo, una curiosa colección de pequeñas biografías?

       Puede ser. O más bien retazos de esas vidas, ¿no? Creo que un buen cuento a veces es como una fotografía, capaz de retratar en un instante una vida entera. Que a partir de un pedacito el lector pueda construir la complejidad de una existencia. Esa participación del lector me parece muy importante además.

 

El número ocho ¿contiene cierta magia en su vida cotidiana?

       Ja, ja. No, en absoluto. No tengo ninguna manía en ese sentido. Mi libro anterior se titulaba Ocho cuentos y medio. Un juego con la idea de que el lector participe de la historia, con la película de Fellini y con los Nueve cuentos de Salinger. Ahora simplemente le quité el medio, pero no buscaba nada más.

 

Un buen lector de cuentos ¿debe sentir la soledad y la fragilidad cuando esta leyendo?

       Pues depende del cuento que esté leyendo. No todos los relatos tienen que hablar de la soledad o la fragilidad, creo yo, eso es casi la trastienda. Hay escritores enormes cuya temática, por decirlo de algún modo, es otra. Aunque te diré que en el fondo, en el fondo, aunque escribamos cuentos fantásticos o con humor, en el retrovisor siempre vemos lo que somos, y nuestra fragilidad humana forma parte de eso.

sábado, 16 de enero de 2021

Hoy tomo café con...

 Ernesto Calabuig indaga sobre la finitud humana en su libro de relatos, La playa y el tiempo.

 

       Ernesto Calabuig (Madrid, 1966) es Licenciado en Filosofía, escritor y traductor de alemán. Ha publicado la novela, Expuestos (2010), y los libros de relatos, Un mortal sin pirueta (2008), Caminos anfibios (2014), y acaba de entregar, La playa y el tiempo (Tres Hermanas, 2020). La crítica señalaba dos características esenciales en Un mortal sin pirueta (2008), su primera colección: una notable sensación de intimidad y una no menos manifiesta complicidad con el lector aunque, quizá en igual proporción, se advertían referencias al pasado, el recuerdo y la literatura. Calabuig explora la senda que entraña el complejo mundo de los sentimientos, y lo verifica con una alevosa memoria que quisiéramos evitar en numerosas ocasiones, porque esta nos desazona muy dentro, y aquellos nos obligan a convertirlos en literatura con el transcurso del tiempo. Parte de estas pretensiones ya se constataban en su segunda colección, Caminos anfibios (2014), un paso más, una mirada sobre el misterio de la vida, y al hilo se indaga sobre una colección de experiencias humanas, referencias al mundo germano, la cultura del cine y series de televisión, aquella literatura adolescente y luego adulta, o inequívocas referencias a su labor como crítico, y ciertos aspectos más íntimos respecto a su familia a lo largo de varias generaciones, añoranza a los veranos pasados en las playas levantinas y el recuerdo de su juventud en los ochenta, a sus futuros estudios de Filosofía, y al amplio bagaje adquirido de literatura germana, Judith Hermann, Hannah Arendt o Clemens Mayer. La playa y el tiempo (2020) es una nueva colección de cuentos, su tercera entrega, donde Calabuig retoma, una vez más, esa ajustada propensión a pensar en qué consiste la finitud humana, nos convoca a disfrutar de una ojeada sobre nuestra vida cotidiana y reflexina sobre el paso del tiempo, acercándose a ese concepto de temporalidad, y respecto a esa noción de memoria y cuanto rodea a nuestro mundo.

 


 

       ¿Sigue teniendo esa sensación de intimidad y de manifiesta complicidad con el lector cuando publica un nuevo libro?

       Sí. Incluso creo que ha ido a más esa sensación. Este es mi cuarto libro. En el primero, de hace ya doce años, tenía todavía una impresión de escribir a solas, para mí, casi como si nadie o muy pocas personas fuesen a leerlo. Era la idea de una “plegaria no atendida” Pero con los años, he ido conociendo a muchos lectores y lectoras que, además, me han ido comentando con mucha profundidad y cercanía cuánto les llegaba de las cosas que yo contaba. Ahora, por ejemplo, a  raíz de “La playa y el tiempo”, muchas mujeres de cuarenta y tantos se han visto retratadas en gran manera por la protagonista del primer relato y me lo han dicho. Es una suerte esta comunicación interpersonal. Un lujo para un escritor que cuenta sus historias esperando que lleguen y digan cosas. 

¿Un libro de cuentos se somete al criterio de unos lectores, quizá, más exigentes?

       Supongo que ese es el juego y el riesgo. Hay en nuestro país lectores de relato que son de verdad exigentes y perciben muy fino o están cansados de libros clónicos o insustanciales. Uno no debe “escribir por escribir”. Esto no es una mera tarea de redacción. Hay que poner el alma en lo que se cuenta para que el mensaje llegue y sea apreciado.

       En su primera colección de relatos, Un mortal sin pirueta (2008), mostraba esa eventualidad que modela el ayer y el hoy, ¿sigue dudando de qué manera se modelan ambos espacios de tiempo?

       Tengo que reconocer que la percepción del paso del tiempo es una obsesión, enfermiza, que está en cada uno de mis libros y que yo he sido mi propio terapeuta. Escribir me ha permitido analizar qué es lo que el “tiempo canalla” hace con nosotros. Naturalmente, la edad te va dando perspectiva y ángulo, y desde ahí cuentas cosas a través de tus personajes, personajes que, como yo, padecen el vértigo del fluir acelerado de las cosas y las pérdidas que vamos acumulando, aunque también alguna madurez o sabiduría personal. 

       Entonces, ¿le inquieta lo suficiente esa temporalidad como para escribir un relato y compartir, además, ese sentimiento con sus lectores?

       Claro. Me inquieta y me tortura y quiero sacar algo de ese sentimiento. No soy más que un privilegiado que, a diferencia de otros, puede verbalizar y tirar del hilo con mis pensamientos y palabras, sacar las consecuencias por escrito.

       ¿La búsqueda, el reencuentro y las pérdidas conforman ese mundo particular donde contar una buena historia?

       Pues son ingredientes importantes. Y otro que yo añadiría es la conciencia de la fragilidad personal, algo que está presente en cada uno de los diecinueve cuentos. Yo siempre fui un deportista, un competidor, un tipo alto que caía bien o gustaba. De repente la vida rebaja tus pretensiones y tu energía y te vas quedando ahí, con cara de no entenderlo. De eso hay también que hablar y a veces los hombres tenemos que ser “tan hombres” que no hablamos de ciertas cosas, de nuestra decadencia física, etc. En la presentación virtual en Madrid del libro mencioné aquella hermosa canción de Antonio Vega, Lucha de gigantes, donde se dice: “En un mundo descomunal siento mi fragilidad”. De eso va mi libro, de cómo el mundo nos supera, nos pasa por encima y somos criaturas absolutamente frágiles. 

       El siguiente volumen, Caminos anfibios (2014), ¿reúne, en realidad, una colección de experiencias humanas?

       Antes de Caminos anfibios publiqué, en 2010, una novela (“Expuestos”) y en Caminos anfibios hablé sobre todo de las tentaciones humanas, de cómo, en nuestras vidas, resbalamos por el barro y nos dejamos caer (infidelidades, traiciones personales, rupturas familiares, rencores que perduran sin solución…). Caemos en todo eso  incluso sabiendo que nos hacemos mal o le haremos mal a otros. Hay una parte animal, básica, que nos guía a menudo, incluso hormonalmente, como a los sapos que recorren cada año esas sendas embarradas de los bosques y corren peligros.

 


       Ahora nos entrega una nueva colección de cuentos, La playa y el tiempo (2020), ¿se le resiste la novela o se encuentra más cómodo en la distancia corta?

       Bueno, como sabes, publiqué una novela en 2010, pero es cierto que me impresionan cosas y las desarrollo mejor en forma de relato, aunque a veces esos relatos tengan treinta páginas o sólo dos. Me gusta esa idea de dejar algo sugerido, mostrado, apuntado, sin necesidad de cerrar todos los hilos.

       ¿Seguimos estando sometidos a esa nostalgia del pasado, de nuestra infancia, de nuestra juventud, de los años universitarios, ¿y usted lo canaliza a través de la escritura?

       Así es. Soy uno de los muchos que añora la simplicidad del tiempo que me toco vivir de niño y de adolescente, ese espacio humano de realidad cara a cara. A la televisión se le llamaba “la caja tonta”, como si fuese un gran peligro. Esa generación de la EGB y  Verano azul, previa a la informática y a estos móviles de ahora, que dejaron de ser meros teléfonos para mediatizar del todo nuestras vidas. Somos zombis, hipnotizados entre pantallas de pantallas de pantallas… No miramos la realidad. Estamos enfermos de apariencia y de virtualidad.

       El cuento, La playa el tiempo, que le proporciona el título al volumen, ¿es una declaración de intenciones del resto del libro?

       Creo que describe bien el espíritu del resto de los textos. En todos hay esa conciencia de que el tiempo se lo lleva todo como hacen las olas del mar. Apenas somos adultos y ya estás casado y los hijos crecen y es posible que te sientas demasiado rápido como la mujer del cuento, fuera de todo a los cuarenta y pico, con la misión ya cumplida pese a ser aún “joven”, atractiva o con cosas por hacer. 

       La protagonista de este relato ¿tenía que ser necesariamente una mujer que pusiera de manifiesto la sensibilidad del alma femenina?

       Buena pregunta. Pues no sé cómo sonará esto, pero creo de verdad en el alma femenina, creo que hay una sensibilidad y una percepción especial, una manera de mirar distinta de la de los hombres, que vamos por la vida muchas veces como elefante por cacharrería. Yo he intentado percibir como mi protagonista, dejarme llevar como si fuera ella en esos días solitarios de su playa. Estoy contento si lo he conseguido, tal como muchas mujeres de esa edad me han escrito.

       La ambientación germana, y Berlín como trasfondo, ¿es para usted un simple tema literario o una obsesión particular en su narrativa breve?

       Como sabes, yo soy traductor de alemán y Alemania es para mí como una segunda patria o algo parecido. Mi padre también vivió allí bastantes años. Supongo que acaba saliendo por algún lado esa querencia cuando escribo.

 


       Personajes como Dominque Forest o Leonard Cohen, ¿son ejemplos psicológicos de cierta coherencia durante esa crisis de la media edad?

       Son dos artistas reales. Dominique es casi un octogenario en la época que yo lo retrato. Y a Cohen lo muestro a sus sesenta y muchos (cuando se recluyó en el monasterio budista) y hasta el final de sus días. No es ya la mediana edad, pero sí son ejemplos de personas que, tras haber tenido una gran energía vital y creadora, se van desgastando y diluyendo. Es muy duro sobrellevar la conciencia de todo eso, volverse anciano, tener mala salud…

       Pese a una marcada toxicidad humana, usted nos ofrece una mirada amable de las situaciones, cuantifica el valor de la madurez y las lecciones que nos proporciona ese estado, ¿es esa su filosofía vital?

       Estoy justo en ese aprendizaje, en tratar de asumir que ya no eres el chico que marcaba el ritmo en las carreras de mediofondo sino un espectador alegre de que las cosas continúen y otros hagan lo que tú ya no puedes hacer. La mujer de mi texto lleva muy a gala que (pese a la separación, los años, o el hijo que crece y se va), en lugar de amargarse o caer en el cinismo, es capaz aún de dar amor y de ser dulce, no tóxica.

       ¿Escribir sigue siendo, para usted, un absoluto atrevimiento?

       Así comienza mi libro: “Escribir es un atrevimiento, como quedarse desnuda en una playa”. Uno podría no escribir, no abrirse, no exponerse. Hace falta valor o cierta inconsciencia para ser tan personal como yo suelo serlo cuando escribo, sabiendo que bastante gente va a verte en tu fragilidad, en tus obsesiones, en algunos secretos… Pero no puedo dejar de hacerlo. Hay una parte también de intentar sumar algo de belleza o poesía a este mundo tan difícil y duro. Si tienes un cierto don, debes ponerlo en juego, compartirlo, acompañar a quien te lea.

 

Fotos Copy: Bárbara Sánchez Palomero.