Páginas vistas en total

sábado, 3 de julio de 2021

Hoy tomo café con…

     Menchu Gutiérrez, “la poesía, más que un género, es el alimento fundamental de todos los lenguajes creativos, aquello que los hace perdurables”.

 

 

       Menchu Gutiérrez (Madrid, 1957) es novelista, traductora y poeta. De su obra poética destaca, El ojo de Newton (2005), La mano muerta cuenta el dinero de la vida (1997), o La mordedura blanca (Premio Ricardo Molina, 1989); traductora de Poe, Faulkner, Austen, Brodsky o Auden; los ensayos, San Juan de la Cruz (2003), Decir la nieve (2011), y Siete pasos más tarde (2017), o las novelas, Viaje de estudios (1995), La tabla de las mareas (1998), La mujer ensimismada (2001), Latente (2002), Detrás de la boca (2007), Disección de una tormenta (2011), La niebla, tres veces (2011), El faro por dentro (2011), araña cisne, caballo (2014); recientemente ha publicado, La mitad de la casa (2021), que cuenta el regreso de su protagonista a un espacio donde la memoria emerge entre el desasosiego y la intensidad de una profunda intuición, aunque a medida que avanzamos en su lectura una parte desconocida va surgiendo en el proceso de la escritura, aunque sin esos otros elementos de encuentro, de sorpresa, incluso otras formas de manifestaciones no podría progresar esta historia que se convierte en un brillante desafío que la narradora afronta con extraordinaria atención al detalle, la fuerza de la voz y los muchos silencios; un regreso para contar un encuentro repleto de sensualidades, y se añade el valor de un acertado y preciso lenguaje aunque, una vez más, será el tiempo un ejercicio doloroso, tan veraz como revelador de la esencia humana, inherente de cuanto se nos cuenta porque la protagonista no sabe si ha llegado a una casa para guardar un secreto, o quizá para abrir el cofre en el que duermen muchos de sus recuerdos, consciente de que esa memoria tiene muchos pliegues, algunos de tanta profundidad y calaje que pueden confundirse con el concepto negativo que supone la muerte; y una casa, de eso es consciente, es casi una extensión de uno mismo, un organismo vivo que reacciona como una criatura de sangre caliente, y por ese y no otro motivo, algunos espacios nos acogen, otros nos repelen, evidencias que van modelando toda una vida.


 

¿De qué manera, según afirma la crítica, su narrativa está comprometida con la poesía, quizá porque su prosa toma frecuentes elementos de ese género?

       Yo creo que la poesía, más que un género, es el alimento fundamental de todos los lenguajes creativos, aquello que los hace perdurables. Por poesía se ha entendido tradicionalmente la escritura de poemas, e incluso, en su momento, costó seguir llamando poemas a una composición de versos que habían eliminado la rima. La poesía de una novela puede residir en su estructura, en la forma de acercarse a las cosas o a la idea de tiempo.

 

Su obra, en general, ¿enfrenta a un lector ante una perspectiva sensible distinta, que muestra lo oculto y, también, lo latente de las cosas?

       Ahí estarían, a mi juicio, algunos de los elementos de esa poesía de la que acabamos de hablar. Ese dialogar con una vida invisible, o latente. Alguien puede mirarse en un espejo y describir lo que ve, y hay otra literatura interesada en saber qué es un espejo, o en buscar una total identificación con él.

 

¿Hasta qué punto siente usted que debe reflejar la temporalidad en sus historias, y si para ello recurre a la memoria, como es el caso de su nueva entrega, La mitad de la casa (2021)?

       Lo que me ha movido a escribir este libro, entre otras cosas, es la idea de un tiempo diferente, que todos conocemos de una manera u otra; en palabras de Pessoa: “la sucesión nunca igual de las horas iguales”.  Existe el reloj y existen los calendarios, pero también hay experiencias que nos hablan de un tiempo detenido o de un tiempo crecido en el interior del tiempo. Una habitación cerrada durante años parece haber acumulado en su interior otra clase de tiempo o haberse quedado dormida, al margen del tiempo.

 

La suya es una auténtica visión en todo el proceso narrativo que nos lleva, de alguna manera, a imaginar aquello que usted no nombra o describe, ¿es ese y no otro su poder de persuasión?

       En el pasado, la descripción física de un personaje era casi condición indispensable de un relato. En gran parte de la narrativa contemporánea esa labor descriptiva no existe y es nuestra imaginación la que va apoderándose de las facciones o la corporeidad de un sujeto. Creo que eso mismo es extensivo al espacio, incluso a determinadas acciones que se detienen en una especie de umbral y no llegan a consumarse, salvo en la mente del lector. Tengo confianza en que la fuerza de aquello que ha sido insinuado termine por fructificar en su imaginación. 

 

Todo está sopesado y se busca atrapar al lector cuando el suspense forma parte, también, del propio autor, de tal forma que ¿podría asegurar que cuando comenzó su novela no sabía el final?

       Efectivamente, no sabía cómo iba a terminar, sólo conocía la emoción que  ponía el libro en marcha, en este caso el tiempo retenido en algo que podría llamarse la casa de la memoria. De alguna forma, sucede algo parecido en una conversación, en la que quieres abordar un tema determinado sobre el que tienes algunas ideas previas. El desarrollo de la conversación aparecerán elementos que ni siquiera sospechabas que estaban allí; aparecerá la expresión justa, una forma de decir las cosas que no había sido calculada. Y esa forma precisa de decir las cosas lo es todo en literatura.

 

Este libro no se escribe con el cálculo que requiere un thriller policiaco, está dotado de un suspense psicológico del que yo misma, como autora, participo.   

    El libro comienza con una profunda intuición pero, efectivamente, hay una gran parte desconocida que irá surgiendo en el proceso de la escritura, pero ¿sin ese elemento de encuentro, de sorpresa, esa otra forma de decir, no podría progresar el relato?

       Así es, yo no podría escribir si conociera todos los elementos de un libro, debe existir un componente desconocido, debe producirse una aventura vital.  De otro modo sentiría que me limitaba a transcribir unos hechos. 

 

Debemos hacernos a la idea, tras leer La mitad de la casa, que se percibe una noción de lo incompleto, puesto que lo contrario ofrecería un mundo cerrado, y en esa casa aún se esconden secretos, cajones y puertas por abrir, objetos que hablan… 

       Sí, no creo que lleguemos a conocer más que una parte de las cosas, una realidad siempre incompleta, entre otras cosas porque hay una parte de nosotros mismos que también lo es, y porque también los demás, incluso las personas más queridas y cercanas, son en gran parte unas desconocidas para sí mismas. La sinceridad es un ejercicio casi imposible, incluso las confesiones más honestas están repletas de lagunas que son consustanciales a la formación del recuerdo. Por otro lado, creo que la literatura ofrece mucho más cuando se aleja de lo categórico y que, efectivamente, lo cerrado no puede interactuar con lo que lo rodea, y en ese sentido, de alguna manera, nace muerto.  

 

La protagonista de este relato vuelve a la residencia familiar de verano para desvelar muchos de los misterios ocultos o, tal vez, para escenificar parte de ese pasado y encontrar respuestas.

       Vuelve siguiendo una especie de mandato interior, en la fe de que su presencia física en la casa despertará al pasado mismo, hasta el punto de vivir en él. Algo parecido sucede cuando la policía lleva a un asesino a la escena de un crimen. Durante un tiempo parece que jamás haya estado ahí hasta que, de pronto, un objeto o una luz determinada desencadena el recuerdo vívido que había quedado grabado en el almacén de imágenes de su ojo. En la casa del libro, por ejemplo, el sonido de la línea del teléfono, de alguna forma, hace recuperar a la protagonista la idea de un tiempo sin principio ni final.

 

Ofrece la imagen de una casa que no es solo una sucesión de objetos visibles, y en sus habitaciones se incuba el misterio de toda una vida, tal vez porque en cada casa, hay una parte visible y una parte invisible, ¿ese sería parte del argumento de la novela? 

       Esta casa es un organismo, un útero de piedra que se va despertando poco a poco. Efectivamente, hay una parte visible y otra invisible, el mismo título del libro tiene que ver con todo aquello que anima una casa y que no se ve. El mismo pegamento de los recuerdos es invisible.

 

Una novela como La mitad de la casa está repleta de espacios ilimitados, o al menos esa es la sensación del lector, ¿es una especie de almacén de emociones ligadas a un espacio concreto que alguna vez debemos desvelar? 

       Las emociones no son nunca estables, hay una especie de vértigo que es inherente a ellas. El desvelamiento tiene una connotación definitiva que no forma parte de la naturaleza de este libro. María Zambrano llamaba la atención sobre la diferencia entre revelar y desvelar. Yo creo que existe un secreto que se revela sin perder su condición de secreto, y en gran medida, este libro tiene que ver con eso.


 

¿Cree usted que a lo largo de nuestra existencia el tiempo se detiene no una sino varias veces y es, entonces, cuando nos disponemos a buscar el sentido del mismo?

       Sinceramente, creo que buscar sentido al tiempo es una tarea estéril, que no podemos sustraernos a nuestra condición de seres de tiempo. Yo no hablaría de sentido pero sí de experiencias temporales que pueden ayudarnos en una tarea de conocimiento. “Hay claustros en esta hora”, escribía también Pessoa. Esos claustros son espacios de liberación de un tiránico yo.

 

Como en su protagonista, ¿en nuestra vida reina la ambigüedad, los secretos, y el misterio que en algún momento intentamos desvelar? 

       Como le decía antes, creo que lo que llamamos realidad está compuesto de multitud de facetas, muchas de ellas opacas a nuestra comprensión. Creo también que lo esencial no puede nombrarse; sin embargo, aunque parezca paradójico,  lo mejor de la literatura nace en ese rodeo en torno a la formación del recuerdo, en nuestra forma de cercar lo indecible. 

 

Si pensamos en la escena en la que la narradora ve a su padre, de  unas visiones que no se despierta nunca, ¿qué importancia tiene para usted en la escritura y en la vida el sueño? 

       Creo que el sueño es un elemento fundamental de la escritura. Incluso de los escritores llamados realistas. El sueño es otra clase de realidad, que deja en la vigilia un rastro, una memoria, y que es un desencadenante de la imaginación. No es preciso utilizar los sueños mismos como materia de escritura. Los sueños se quedan para decir algo y ese algo, más o menos reconocido, nos moldea también y condiciona nuestra mirada.

 

Cierta atmósfera de irrealidad va tiznando la historia, ¿es la muerte o la memoria la que impregna de cierta niebla lo que se cuenta?

       Además del sueño, al que acabo de referirme, siempre he pensado que la muerte y la memoria son los grandes motores de la creación. No creo que la escritura deba necesariamente hablar de la muerte, sino que sólo podremos reflexionar sobre la vida si la enfrentamos a la muerte. Se trata de otra manera de decir que no podemos conocer el blanco sin la profundidad del negro. La memoria es el armazón de lo que somos, aunque esté, sí, envuelto en niebla. 

 

Para terminar, ¿su literatura se reduce a una experiencia en busca de un lenguaje?

       Decía Bachelard que lo misterioso es la formación y no la forma, y se preguntaba: ¿por qué un día la concha tomó la decisión de enroscarse hacia la derecha o hacia la izquierda? Me mueve a escribir aquello que no entiendo o que me produce extrañeza. El lenguaje será consecuencia de las preguntas que me plantee. 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario