“Los buenos libros se escriben para que gusten a sus autores; luego a Dios o al Diablo, o quizá a ambos; y en tercer lugar, para nadie”. Juan Carlos Onetti
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Entrevista a Sofía Balbuena
IX Premio Ribera del Duero de Narrativa Breve
Sofía Balbuena nació en Salto, Argenna en 1984. Es escritora y trabaja como profesora de escritura creava. Es autora de los libros de ensayo Doce pasos hacia mí (2024), Borracha menor (2024) y Gente sin paz (con Sabina Urraca y Daniel Saldaña París), (2025) y la novela Sutura (2025). Es licenciada en Ciencia Políca (UBA), Máster en Creación Literaria (UPF), Máster en Literatura Comparada (UAB) y MFA en Escritura Creava de la Universidad de Iowa, para lo cual recibió la Iowa Arts Fellowship. Vive en Madri
¿El cuento se convierte en esa fuerza que necesita una narradora para poner el mundo del revés?
El cuento es para mí un lenguaje, una serie de reglas y procedimientos que, si una logra aprender, puede usar a su favor para decir las cosas que le resultan importantes. Quiero decir: que es un medio, un camino, una herramienta –entre otras herramientas– que tenemos las escritoras para hacer lo que hacemos.
Pese a algunos avances, ¿de verdad la mujer en un plano bastante general sigue orbitando en torno a la mirada masculina?
Creo que en ciertos cuentos sí, las protagonistas están orbitando alrededor de la mirada masculina, al acecho de los ojos de los hombres como una forma de darse valor a sí mismas. Pero creo que no es tan sencillo ni en mis cuentos ni en la vida como sentenciar que la mujer sigue orbitando alrededor de la mirada del hombre. Por ejemplo en Tsunami, en un cuento donde las protagonistas son una pareja de mujeres, lo que vemos es que una de ellas se consagra a intentar que se posen sobre ella las miradas de las mujeres que le gustan o le resultan atractivas. A lo que voy: es que aún cuando creo que como mujeres criadas en los 90 hemos sido orientadas en nuestra socialización a buscar la mirada masculina, no es algo exclusivo de la relación heterosexual ni de las mujeres. Creo que esta época nos inclina a poner el valor en ser capaces de cautivar miradas, de ser deseadas, vistas.
¿Qué significa el hecho de ser mujer hoy?
Creo que no hay una única respuesta a esa pregunta y que incluso si la hubiera todo el tiempo estaría cambiando. Quizás mi forma de indagar en esa pregunta haya sido escribir este libro.
El jurado justifica su premio a Personaje secundario (2026) por “una prosa acerada y una mirada implacable sobre sus personajes”, ¿en su mayoría la mujer sigue viviendo ese infierno interior?
Creo que ciertamente sucede, que tenemos las mujeres un mundo interior florido, espeso que se vuelve muchas veces ingobernable. Hay escritoras que lo han puesto en otros términos. A mí me gusta mucho cómo lo describe Natalia Ginzburg que habla de “pozo” para explicar o describir como sobrepiensan las mujeres. No creo que sea algo que solo le pasa a las mujeres, me parece que es un mecanismo que aparece más a menudo en quienes hemos sido socializadas como mujeres porque como Ginzburg considero que no se nos educaba para ocuparnos de las cosas “importantes”. Entonces lo que hacemos es cuestionarnos nuestra importancia casi como un mecanismo. Nos estamos monitoreando todo el tiempo para no desencajar, no dar la nota, no quedar mal. Ese autocontrol feroz que opera dentro de muchas mujeres puede vivirse como un infierno.
Entonces ¿hasta qué punto nuestra vida interior condiciona nuestras vidas?
No lo sé. Creo que, en todo caso, lo que me interesaba a mí más que otra cosa es investigar qué supone vivir con ese monstruo interior, intentando callarlo todo el día, haciendo fuerza para que no salga y cómo esa frontera interna va deformando el carácter.
¿Un libro como Personaje secundario era necesario que fuera creciendo en intensidad a medida que lee el lector?
No sé si era necesario, yo lo que intentaba era montar un arco, una especie de experiencia de lectura en la que se fueran sumando elementos o variaciones a las cuestiones que se estaban abordando. Como si estuvieras desdoblando un papel y fuéramos descubriendo más cosas en su interior. También fue una búsqueda ir haciendo más aire, desespesar un poco la oscuridad de los relatos a medida que se avanzaba.
Sus mujeres descubren el cuerpo en alguno de sus relatos, ¿significa un notable avance en ese concepto de feminidad?
A mí no me gusta la categoría de cuerpo, tampoco la de feminidad. Creo que son construcciones, formas de nombrar cosas que no se pueden definir tan fácilmente. No son mis categorías, yo no lo uso y no pienso a mis personajes como seres disociados en cuerpo, mente y alma. Son personajes. Ojalá haya logrado yo que en su textura reproduzcan algo de lo real, que aparezcan como personas. De todas maneras tampoco creo que ellas estén “”descubriendo” el cuerpo o a sí mismas para el caso. Creo que ellas saben quienes son y hacen con eso lo que pueden y salen a buscar otros cuerpos, a coger fuera de la casa, con otros hombres u otras mujeres porque esa es la fuga, el escape que, en la situación en la que están, se pueden permitir.
¿Qué valor le otorga usted al lenguaje?
No sé, nunca termino de entender o definir qué pienso yo sobre el lenguaje. No sé si entiendo bien o del todo lo que es o lo que puede llegar a hacer. Si puedo decir que mi lengua es mi herramienta, lo que yo uso para abrirme espacio en el mundo. En este caso a través del cuento.
¿El concepto de viaje y al mismo tiempo de regreso resultan fundamentales en su narrativa breve?
No hay viaje sin regreso y no hay regreso real. No se puede volver al lugar que una abandonó. Pero pensando más específicamente en la escritura y en estos cuentos que el viaje y el regreso, la ida y la vuelta, es la estructura narrativa más clásica y más moderna que hay y que de una forma u otra todas estamos usándola todo el tiempo para escribir.
¿Qué supone cierta dosis de humor y de ironía en sus relatos?
Espero que cierto alivio. Un descanso de lo opaco que puede ser la experiencia de estar en el mundo. Que es a menudo, en lo real, lo que también nos hace la vida bastante más soportable. Disfrutar, reír, estar acompañada. Creo que en ese sentido funciona como en la vida.
¿Esas dosis de humorismo conllevan, en cierto modo, una atrevida rebeldía personal?
A mí me gusta pensar que soy una persona graciosa pero me costaba encontrar una forma de hacer eso en lo que escribo y siento que en estos cuentos estoy más cerca de hacer humor, o hacer reír. Eso me gusta. Pero creo que más que nada es un desafío técnico que yo me puse y, en ese sentido, todo lo contrario a la rebeldía. Era algo que yo quería aprender a hacer mejor, profesionalizar.
¿Considera su literatura intimista e introspectiva?
No, para nada. Todo lo contrario de hecho. Considero que lo que yo escribo es hiper social, colectivo y también en un sentido histórico y político.
¿Este mundo que vivimos sigue siendo un lugar donde la mujer se sigue conformando?
Creo que en el mundo las mujeres nos conformamos bastante menos que los hombres. De hecho, creo que son los hombres los conservadores. Nosotras estamos para incendiarlo todo, incluso si como le pasa a mis personajes, a veces no sabemos con qué nos vamos a encontrar del otro lado.
Finalmente, ¿qué significa ganar el IX Premio Ribera del Duero de Narrativa Breve?
Muchas cosas, todas buenas. Orgullo, alegría. Pero más que nada una especie de confirmación que muy por fuera de mí me viene a decir que no estoy loca.
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… Antonio Tejedor García
ADIÓS, AMOR
(Trifaldi, 2026)
Pedro M. Domene
En este valiente diálogo -la novela es eso, un diálogo entre un chico y una chica y sus amigas- Pedro M. Domene nos deja una historia que, a través del amor, nos recuerda las vivencias de la juventud universitaria de los años 80, recién estrenada la democracia. Eso sí, un diálogo bien hecho, de los que llevan en sus alas la acción, que no se reducen a meras palabras, sino bien estructurado y que hacen avanzar la trama.
El escenario, Granada. Los personajes, un joven recién licenciado y una chica que lo haría dos años más tarde. En medio, todos los vaivenes que el destino puso en sus manos, todas las ilusiones que, en aquellos años, más que soñar, se sentían vivas, eran de una materia sólida que se tocaba con las manos. No eran sueños u objetivos lejanos y difíciles de conseguir sino un cambio que cada mañana se veía con un poco más de claridad; un cambio que circulaba a tal velocidad que las noticias de la noche se habían hecho viejas cuando te levantabas por la mañana. Unos sueños que se luchaba para que fueran realidad más pronto que tarde.
En ese ambiente se recrea la trama de Adiós, amor. No piensen que estamos ante una novela histórica al uso y, mucho menos, ante una novela de amor romántico con las ñoñerías propias de una Love Story, como la que asoló los cines de aquella época. No, tenemos entre manos una historia de las que suceden a diario, dos universitarios, las amigas, la vida de estudiante, la escasez de presupuesto para permitirse una cerveza, la dependencia del pueblo y los padres, el aburrimiento del verano con ellos… Porque si algo tenía de importante la ciudad y la universidad era la libertad, la posibilidad de una vida diferente sin la presión paterna, tener amigos que no necesariamente eran novios, asistir a las pequeñas fiestas en los pisos de estudiante, dar un paseo a cualquier hora, acudir a mítines o manifas…
No sé lo que pensarán los jóvenes de hoy que lean Adiós, amor, porque las vivencias diarias que retrata están tan superadas para ellos que quizás las tachen como de ciencia ficción. Pero deberían saber que no fue así, aquella vida era real y si hoy tienen la que tienen en parte se debe a la conquista que hicieron aquellos jóvenes, su regalo para la siguiente generación. Estaban saliendo de una dictadura y lo que es y representa una dictadura solo lo saben los que la han sufrido. Y no me refiero solo a nivel político, sino a las costumbres, la forma de vida, las tradiciones que tanto costaba romper, la iglesia y su sombra que abarcaba cada rincón del pueblo.
Y en medio de esta historia, Granada. Podríamos recorrer los mejores sitios de la ciudad siguiendo la novela; y no me refiero solo a los lugares turísticos, sino a los que patean cada día, la Universidad, los bares, los paseos hasta el Albaicín, las tiendas, las librerías. Una auténtica guía para degustar la ciudad, aunque la novela no sea una guía turística. Lo que sí es una guía auténtica para conocer -o recordar quien vivió aquello- la música populachera de las orquestas o la comprometida de los cantautores, con especial énfasis en los de la tierra, como el añorado Carlos Cano.
Una novela que, para quienes vivimos aquellos años de la llamada transición española, es un auténtico espejo, una evocación de nuestra juventud y de una época en la que la ilusión reventaba por cada poro e impregnaba cada minuto de la vida, los estudios, el trabajo, las diversiones, las discusiones. Una vida rica aunque no brillara el dinero: se sentía un futuro diferente y eso era un motor que te hacía volar y Adiós, amor, lo transmite sin dar el tostón, sin proselitismos, con mínimos apuntes que, a modo de colador, dejaban entrever por sus múltiples orificios un mundo más humano, más solidario.

















