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viernes, 10 de enero de 2020

Cristina Sánchez Andrade


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                                   EL DOLOR CUENTA UNA HISTORIA
                  
    
                         

       Los relatos de Cristina Sánchez-Andrade (Santiago de Compostela, 1968) discurren bajo la premisa narrativa de una curiosa unidad. La narradora observa la realidad aunque la esquiva con un quiebro de imaginación desconcertante, sitúa sus ficciones en el territorio de una invención absoluta, de una estricta fantasía. Su mundo, que comparte una geografía de rasgos mágicos, se localiza en su tierra natal, y abundan los elementos legendarios que el lector percibe en su extensión, porque en su escritura conviven en armonía el misterio lírico de un curioso mundo y una insospechada brutalidad de profundas raíces naturalistas.
       El niño que comía lana (2019) mezcla lo extraordinario y lo cotidiano, en su conjunto resulta un texto unitario, aunque se evidencian diferencias entre sus historias y, a lo largo de su lectura, percibamos notorios vínculos entre algunos de sus cuentos que comparten protagonismo, como “Manuela das Fontes”, que reaparece en “La niña del palomar”, o un hecho tan anecdótico, conservar en un bote las amígdalas del hijo, se repite en cuatro de los cuentos, en los dos citados, en “Melocotones en almíbar” y el que anuncia el título, “Las amígdalas de Pepín”. La magia de los relatos de Sánchez-Andrade se limita al territorio gallego, Galicia forma parte de la sustancia misma del libro, está en un primer plano, o como telón de fondo de todas y cada una de las historias. Este libro continúa con la poética ensayada por la narradora, lo corriente y lo extraño se entremezclan, aunque acentúan las extremas condiciones de vida de sus protagonistas que se acercan a la literatura social en bastantes de los quince relatos de la colección; así el conjunto produce esa intensa impresión de testimonio crítico acerca de una realidad degradada en su dimensión material, social e incluso, económica. La narradora sorprende y arrastra al lector desde el concepto original de sus historias, parte de una idea ingeniosa, autónoma e indiferente respecto al mundo que describe, cuida su desarrollo hasta alcanzar el chispazo final capaz de estremecer y así complace a un tiempo a quienes se acercan a su literatura. La gallega se muestra implacable al señalar en sus páginas las diferencias de clase, las patologías de las relaciones familiares y de pareja que incluyen traiciones, desprecios, secretos, crímenes o abusos, los estragos morales y existenciales que conlleva la miseria y el trabajo alienante, la esclavitud, o la obligada emigración; en el mundo de las mujeres, sus faenas y sus nefastos destinos en el centro de muchas historias. Viajamos en el tiempo a una realidad colectiva de extremadas desigualdades sociales: pobres y ricos, lavanderas de dedos corroídos, desgraciados tiranizados por un déspota, enfermos desatendidos por el médico que no pueden pagar. Un retablo de gente mísera que ofrece estampas de dolor, soledad, desesperación o impotencia, y abunda la violencia: la niña Puriña, abandonada y explotada por los padres, ese grupo de viajeros que el hambre incita a la antropofagia, el viejo avariento que organiza un grupo familiar asesino para robarles a los muertos la dentadura que luego vende. La autora se sirve de tales recursos para definir un mundo oscuro y brutal que provoque rechazo en el destinatario, pero su voz narrativa es insólita y original.






EL NIÑO QUE COMÍA LANA
Cristina Sánchez Andrade
Barcelona, Anagrama, 2019

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