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martes, 7 de marzo de 2017

Paula Izquierdo



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FEMENINO SINGULAR


       Escribir sobre un universo poblado, exclusivamente, de mujeres siendo sigue una fórmula literaria válida para explorar el mundo interior femenino, la fuerza que surge como contrapunto de las reacciones que experimentan las mujeres a lo largo de su existencia en nuestra sociedad actual. Tras la democracia, pese a una avalancha de narradores, nadie o casi nadie se sintió en la obligación de abordar un estudio serio sobre la cuestión: femenino/feminista como si, verdaderamente, de una manifestación diferenciadora se tratara, aunque lo cierto es que surgieron nuevos nombres que le otorgaron novedad a este hecho histórico y a la nómina de escritoras surgidas en las décadas de los 40 y los 50, se sumaron los nombres de Esther Tusquets, Carmen Riera, Rosa Montero, Montserrat Roig y poco después, se sumaron los de Cristina Fernández Cubas, Soledad Puértolas, Adelaida García Morales, Ana Rossetti, Paloma Díaz Más, Mercedes Abad y un largo etcétera hasta hoy. Quizá a estas alturas, en pleno siglo XXI, ese discurso caduco no tiene sentido alguno y más bien habría que hablar de literatura escrita por mujeres y literatura escrita por hombres, de protagonistas femeninos y protagonistas masculinos o, de literatura, en definitiva. Las voces femeninas que pueblan Anónimas (2002) el reciente libro de relatos de Paula Izquierdo (Madrid, 1962), enmarca la cuestión en esa primera acepción, mujeres anónimas que se sirven de un fuerza extraordinaria para constatar su victoria acerca del mundo de lo femenino. Pero las mujeres sobre las que escribe la narradora madrileña se muestran, pese a todo, insatisfechas, faltas de solidaridad y sufren, como el resto de la especie humana, siguen padeciendo su diferencia sexual y pretenden encontrar ese hecho liberador que las transporte a una nueva vida.
       Doce relatos con doce mujeres anónimas para garantizar su universalidad y en los que se suceden todas las formas de vida y expresión que conforma nuestra sociedad: incluido el sexo y la pasión, la monotonía y la laxitud, el deseo de venganza ante la opresión masculina, además, y esto es lo destacable, el valor de una marcada incomunicación que lleva a sus protagonistas a una hiriente soledad o al abismo de la locura. Y frente a la expresión inequívoca de una femineidad corporativa para denunciar desigualdades, para concienciar y terminar de conocer el mundo de la mujer, surge el retrato de los hombres, en este libro, meras sombras, referentes de alguna apetencia, objetos de deseo, como otrora ellas mismas. La angustia de «Alguien llama» se trueca en una esperanza maternal junto a un niño durante una noche calurosa que se diluye hasta el día siguiente; la incertidumbre de «El ruido del desierto», se convierte en esperanza, en uno de los mejores relatos del libro; el sexo, su deseo visto desde la óptica de la mujer, tiene una referencia interesante en «Del otro lado de la luna» o «El deseo». El resto de la mujeres de Paula Izquierdo, pueblan la ciudad y sus parques, conviven en apartamentos, se alojan en habitaciones de hotel y recurren a la memoria o a la esquizofrenia del pasado para contemplar el escenario de una existencia cotidiana que tan sólo se convierte en extraordinaria de la mano de otra mujer, quien junto a ellas, se erige en robinsón de su propia existencia. 



ANÓNIMAS
Paula Izquierdo
Barcelona, Seix-Barral, 2002

lunes, 6 de marzo de 2017

Desayuno con diamantes, 101



LAS SOMBRAS OCULTAS                       
       Fernando Valls publica, Sombras del tiempo (Estudios sobre el cuento español contemporáneo, 1944-2015).
       




     El cuento calificado como un extraño género y, paradójicamente, considerado como el más antiguo del mundo, tardío en adquirir forma literaria, buscó su propio espacio en la literatura del pasado siglo XX, y sigue dando la batalla literaria durante el presente, como deja constancia el excelente volumen que Fernando Valls (Almería, 1954) publica bajo el título de Sombras del tiempo (2016). Denostado como género durante décadas, ha ido abriéndose camino como apunta Valls en su amplio y pormenorizado estudio que subtitula, “Estudios sobre el cuento español contemporáneo, 1944-2015”; pero “lo único que el cuento tiene de género menor —escribía Medardo Fraile en Informaciones, el 22 de octubre de 1955— es que ocupa menos espacio, que se gana con él menos dinero y que pregona menos el nombre de su autor. Todo lo demás —si el escritor acierta, naturalmente—, es difícil y grande”. Nunca llegaremos a saber si por esta acertada opinión de Fraile, uno de los mejores narradores de la generación realista del 50, los cimientos de la casa de la narrativa breve en este país aún se sacuden; o cada cierto tiempo por una necesidad de sana reconsideración, transcurrido un período amplio como para tener una perspectiva mejor, algunos editores sabios, ciertos críticos honrados, y escritores conscientes vuelven a la carga con esa revitalización que presupone el género cuento o relato, un hecho que, evidentemente, no es necesario para nada, porque esta característica forma narrativa goza de buena salud como, fácilmente, puede comprobarse en un somero recuento de las numerosas antologías publicadas, a lo largo de los 80 y los 90. Ofrecen esa variedad tanto nominal como temática que abarcaría no solo a los autores incorporados en estos últimos años, sino un recuento de más de sesenta años que enlazaría, por supuesto, con las generaciones más jóvenes, y formaría ese corpus importante que fortalece el género.

       Sombras del tiempo, ofrece una amplia lista de los mejores libros de cuentos y relatos de la compleja historia del cuento español de los últimos setenta años que encabeza los nombres de Max Aub, Ignacio Aldecoa, Esther Tusquets, Juan Eduardo Zúñiga, José María Merino, Luis Mateo Díez, Cristina Fernández Cubas, Juan José Millás, Javier Marías, Eloy Tizón o Ángel Zapata; la crítica viva e imprescindible de un libro como el presente que reúne un grupo de trabajos que responden, como señala Valls, al sostenido interés por un género literario al que la crítica no le ha prestado la atención que debiera, por su historia, por su evolución teórica, y sus singularidades estructurales.
      El cuento no ha tenido el peso suficiente durante las últimas décadas, ni siquiera en el pasado XX cuando tanto editores como autores apostaban por el género, incluso publicaciones diarias o periódicas y las numerosas revistas que proliferaron incluían los nombres de algunos reputados autores hoy, y habría que remontarse al libro de la hispanista Erna Brandenberger, Estudios sobre el cuento español actual, de 1973, y las contribuciones de algunos protagonistas del momento, Los niños de la guerra (1983), selección de Josefina R. Aldecoa, Cuento español de postguerra (1986), edición de Medardo Fraile, El cuento español (1940-1980) (1989), edición de Óscar Barrero Pérez, Cuento español contemporáneo (1993), edición de Ángeles Encinar y Anthony Percival, Últimos narradores. Antología de la reciente narrativa breve española (1993), selección de Joseluís González y Pedro de Miguel, y José María Merino, Cien años de cuentos (1998). El propio Fernando Valls empezaba su contribución al estudio del género con abundantes artículos y los libros Son cuentos. Antología del relato breve español, 1975-1993 (1993), las monografías dedicadas a la narrativa breve de Marías, García Hortelano, Zúñiga, Martínez de Pisón o Mateo Díez, o los dedicados al microrrelato, Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español (2008), las antologías, Ciempiés: los microrrelatos de Quimera (2005), Velas al viento: los microrrelatos de “La nave de los locos” (2010) y Mar de pirañas: nuevas voces del microrrelato español (2012), y que, curiosamente, no están contemplados en esta edición de Sombras del tiempo.

Cuento contemporáneo
     El paso que Fernando Valls ha dado con esta nueva entrega, Sombras del tiempo,  es mucho mayor, su aporta­ción al género cuento es de una extremada importancia que cubrirá las lagunas de las últimas décadas, y complementará esa futura historia del cuento aun por escribir. Valls aporta con su libro una só­lida información, un conocimiento amplísimo con todo el material, diverso y exhaustivo, que oscila entre las generalidades, antologías y colecciones, apartados dedicados al cuento en el exilio y la generación del medio siglo, los olvidados, el renacimiento y los autores de entresiglos y termina con los nombres en el siglo XXI.
     La cronología de obras publi­cadas se dilata entre 1944 y 2015, desde la posguerra y el pos­franquismo, la transición y la democracia o los nuevos nombres, incluido el fenómeno femenino: Cristina Grande, Cristina Cerrada, Pilar Adón e Irene Jiménez, o Elvira Navarro y Marina Perezagua, e incluye autores de obligada referencia hoy, Alberto Méndez, Ángel Zapata, Pablo Andrés Escapa o Montero Glez. En un apartado final, sobre la procedencia de los textos, Valls explicita su origen y publicación en re­vistas académicas, prensa literaria o diaria, prólogos, capítulos de libros colectivos, o antologías que ofrecen una rica variedad de registros por el tratamiento que hace el crítico en su labor ensayística y divulgativa, fundamentalmente.
      De los autores del exilio republicano se recoge la labor de Max Aub y su injusto olvido durante años, cuentos nunca antes publicados en antologías recientes, hecho subsanado por la editorial Alba que editaba en 1994 dos volúmenes, Escribir lo que imagino y Enero sin nombre; con respecto a la generación de medio siglo, los nombres de Aldecoa, Sánchez Ferlosio o Sueiro, e ignoramos si un olvido, Medardo Fraile, quien durante los años 50 y hasta su voluntario viaje a Inglaterra en los 60, llevó una ferviente labor como cuentista, y asentado en Glasgow continuaría desde su cátedra con nuevas aportaciones al género, tanto teóricas como colecciones originales. No menos curioso, el capítulo refe­rido a «los olvidados» me­recen esta llamada de atención los tres nombres: Arturo del Hoyo, Antonio Núñez y el «olvidado entre los olvidados», Álvaro Fernández Suárez.
    El más abultado espacio queda para ese “renacer del cuento” donde se celebra lo mejor de la narrativa, en algunos casos con varias aportaciones, desde el mundo literario de Juan Eduardo Zúñiga, los cuentos morales de Esther Tusquets o el amplísimo zoo de Javier Tomeo; varias reseñas o prólogos, se ocupan de Luis Mateo Díez, José María Merino, Cristina Fernández Cubas o Javier Marías, y no se olvida de notables contemporáneos que alternan la novela con el relato, Juan José Millás, Enrique Vila-Matas o Ignacio Martínez de Pisón. Y Juan Bonilla, Fernando Aramburu y Eloy Tizón, cuya narrativa breve vincula a esa tradición de la prosa con ribetes vanguardistas y experimentales que sustenta casi toda su obra; autores que dinamizan el género en nuestros días.
    Sombras del tiempo se convierte en un libro de obligada re­ferencia para los estudiosos de la na­rrativa breve en este país desde la posguerra a nuestros días. Valls acomete el reto de suplir una ausencia, perfila el dibujo sistemático de la compleja historia del cuento, y convierte en imprescindible un manual que aun suscita el interés por este género: el cuento.





Fernando Valls, Sombras del tiempo. Estudios sobre el cuento español contemporáneo, 1944-2015; 
Madrid, Iberoamericana/ Vervuert, 2016; 716 págs.

domingo, 5 de marzo de 2017

Hoy tomo café con…



Hipólito G. Navarro

     “No tengo ninguna teoría sobre el cuento;  trabajo con la intuición; me dejo llevar por las palabras, por la emoción de hilvanarlas”:


                                                                                              © Lisbeth Salas

       Hipólito G. Navarro (Huelva, 1961) es autor de los libros de relatos El cielo está López (1990), Manías y melomanías mismamente (1992), El aburrimiento, Lester (1996), Los tigres albinos (2000) y Los últimos percances (2005), y de la novela Las medusas de Niza (Premios Ateneo de Valladolid 2000 y de la Crítica andaluza 2001). La antología El pez volador (Páginas de Espuma, 2008), preparada por el escritor Javier Sáez de Ibarra,  recibió el Premio El Público de Narrativa 2009, que otorgan los periodistas culturales de Andalucía. Sus relatos, traducidos a diez idiomas, están recogidos en numerosas antologías del género en Europa y Latinoamérica. En Páginas de Espuma acaba de publicar, La vuelta al día (2016).

       Desde su última entrega literaria, Los últimos percances (2005), hasta hoy, ¿qué ha ocurrido en este tiempo?
       De todo un poco. En lo personal he pasado por algún calvario. Una lesión en la columna me tuvo tres años inmovilizado, desde comienzos de 2010 hasta el final de 2012. Han sido años difíciles, en los que también he perdido a los mayores que me quedaban. Demasiados hospitales, demasiada enfermedad. En lo literario ha habido algunas alegrías: traducciones a varios idiomas, la edición en 2008 de la antología  El pez volador, algunas reediciones…

       Hagamos memoria: parece que su encuentro con el mundo del cuento arranca desde sus lecturas de Cortázar; ¿en qué medida se siente deudor del argentino?
       Sus cuentos me fascinaron en la adolescencia. Habría acabado escribiendo de todas formas, con Julio o sin él, porque la literatura es mi pasión, pero fueron sus cuentos los que me lanzaron a la escritura, y no otros. Nunca me he sentido deudor del argentino; he declarado admiración desde el comienzo, dedicando a su memoria mis primeros libros. Hay que iniciar la andadura de la mano de algún maestro, y buscar luego una voz propia.

       Después de más de una década de silencio aparece La vuelta al día (2016), ¿por qué en estos momentos?
       Un montón de amigos llevaba años empujándome para que sacara algo nuevo, sobre todo de mi editor Juan Casamayor. Desde que me vi salir del túnel de la enfermedad tuve ganas de retomarlo todo. También deberá cargar con su parte de culpa el periodista Alejandro Luque, que a principios de 2016 dio la noticia de la salida de un nuevo libro, y me puso en la obligación de no contradecirlo.



                                                                   © Daniel Mordzinski



       Usted ha llegado a declarar que La vuelta al día guarda paralelismo con el material disperso que un autor acumula, y como Cortázar, lo reúne en forma de libro, ¿así debe entenderlo el lector?
       Muchos cuentistas conciben sus libros de forma temática. Yo no, yo escribo los cuentos que me salen al paso, sin planificación. Asunto diferente es conformar luego un volumen con esos cuentos. Soy muy exigente con la arquitectura del libro. Al formar los anteriores quedaron piezas que no encajaban en ellos, y permanecieron en una carpeta, a la espera de encontrar su sitio. No era fácil la construcción de un libro que agrupara cuentos tan diferentes entre sí, de ahí la necesidad de organizarlo en secciones. Pero ésta es una obsesión de autor. El lector es libre y lee como le place, de principio a fin, de atrás adelante, a saltos... Cortázar publicó dos volúmenes misceláneos, Último round y La vuelta al día en ochenta mundos. El título de La vuelta al día es un homenaje evidente.

       Parece que este libro tiene algo menos de vivencias personales, infancia, adolescencia… y aún queda algo de su característico humor. ¿Ha dejado de divertirle convertir en literatura su propia vida?, ¿por qué somos tan remisos a incorporar el humor en nuestros libros?
       Si parece así, es una visión engañosa: sucede justo al revés. Hay muchas vivencias camufladas en él; cada día tomo más de mi biografía para cometer cuentos. Me gustaría pensar que el humor continúa en mi escritura, en mí, para protegerme del mundo y de su solemnidad. Muchos lectores piensan que los textos humorísticos les toman el pelo. Hay que convencerlos de que están equivocados: el humor no está reñido con la seriedad, sino con el aburrimiento.

       Observando las secciones de la que se compone el volumen, sin embargo, ¿podría tratarse de un recuento de memoria?
       Un recorrido por la memoria, justamente. La sección primera es un homenaje a mis queridos amigos de infancia y adolescencia, mis particulares ángeles de la guarda; la segunda, titulada precisamente “En el fondo de la memoria”, saca a la luz algunas intensas vivencias de juventud, y así hasta la sección última, en la que se aventuran recuerdos de lo que no ha sucedido todavía.




                                                                    © Daniel Mordzinski

       ¿De qué forma juega el lenguaje con la estructura de sus cuentos?
       Me gusta jugar con las palabras, con el lenguaje, con las estructuras narrativas. Investigar sobre las formas, usando la libre asociación verbal y de ideas, la improvisación, a la manera del jazz. También me preocupa mucho la musicalidad de la frase, del párrafo; su respiración y su latido.

       ¿El cuento sigue siendo el hermano menor de la novela?
       En absoluto. Nuca lo fue. Son dos maneras distintas de enfrentar la escritura narrativa, cada una con sus propias normas. No hay que empeñarse en emparentarlas todo el rato, minusvalorando a una frente a la otra. Antes emparentaría yo al cuento con el poema, del que está más cerca.

       ¿Es verdad que el lector de cuentos debe ser inteligente y cómplice, al mismo tiempo?
       Desde luego. Ese lector debe permanecer alerta, atento a cada pequeño detalle que aparece en las pocas páginas que cuentan una historia. En cualquiera de ellos pudo haber dejado el autor la clave para la resolución de la trama. El género necesita de la complicidad del lector para completar lo que no se dice, los silencios que también construyen el cuento.

       ¿Cuál podría ser su particular teoría del cuento?
No tengo ninguna. Trabajo con la intuición. Me dejo llevar por las palabras, por la emoción de hilvanarlas hasta que son ellas mismas las que me van regalando las historias que permanecían escondidas en mi cabeza.  

       Permítame una licencia: el último cuento, “La poda y la tala de los árboles frutales”, ¿es su particular ajuste de cuentas?, ¿con el mundo?, ¿consigo mismo?, ¿con la literatura?
       Es un texto que me duele en lo más profundo, es un ajuste de la distorsionada percepción que durante años tuve de un inmenso daño: el que me produjeron el alcoholismo y el lento suicidio de mi padre, y su manera de haberme metido en la sangre el veneno dulce de la literatura.

sábado, 4 de marzo de 2017

Alfredo Taján



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ESTIGMA DE LA FALSEDAD

       Que el mundo del arte puede convertirse en un estigma de la falsedad es una constatación que no habría que suponerlo tras una narración literaria que contiene todos los ingredientes para resultar un excelente relato donde los haya. Quizá por eso, Alfredo Taján (Rosario, Argentina, 1960), conocedor del inmisericorde mundo de la especulación artística escribe su novela  para desentrañar, en un doble sentido, la hipocresía de los privilegios divinizadores de este mundo y el otro, más inhumano a cuya situación de injusticia lleva al personaje protagonista de Continental & Cía (2001), su tercera novela tras entregar inteligentemente El salvaje de Borneo (1993), relato barroco y lleno de sabiduría y  El pasajero (1997), una historia ambigua y sugerente sobre la marginalidad del amor.
               El joven galerista Eugenio Nieves se ve envuelto en un juicio por falsificación y para sobreponerse incluso a un fracaso amoroso, pretende reencontrarse en la ciudad de Nouakchott, capital de Mauritania, a donde ha sido enviado como coordinador cultural del Instituto O´Donnell. Una vez allí se encontrará con una estética diferente, un país de contrastes, con el desierto incluido, el descubrimiento de una geografía que encierra nuevas formas de una sensibilidad  ajenas para él. Surge, no obstante, el proyecto «Continental & Cía», la exposición que le devolverá el sentido de su vida. También descubrirá la lucha por la supervivencia de los habitantes de un país colonizado y la razón última de su existencia. El contacto con ese inmenso desierto devolverá a Nieves sus convicciones sobre esa forma insobornable en que se traduce el verdadero arte, aquel que siempre él ha practicado y que la cultura occidental ha traducido en mercantilismo y especulación. La novela queda dividida en un excelente primera parte donde se cuenta el encuentro del protagonista con una dolida Mauritania, la vasta geografía apocalíptica, sus compañeros de oficina y un jefe que, indiscriminadamente, lo rechaza aún sin conocerlo. Una segunda parte que justifica la estancia del joven galerista y el relato final o tercera parte que muestra la quintaesencia que justificaría toda la novela, el sentido de viaje físico y el interior que lleva a cabo Nieves para recuperar su confianza y su memoria. Taján se muestra un excelente narrador, de ritmo equilibrado, de prosa justa, barroca y excesivamente cuidada para lograr el artificio de una sensibilidad poética, de tono cortés y elegante en sus formas, aunque cruel y despiadado con sus propios personajes que, de alguna manera, sobreviven en un mundo hipócrita. 








CONTINENTAL & CÍA
Alfredo Taján
Espasa, Madrid, 2001

viernes, 3 de marzo de 2017

Viviana Paletta/ Javier Sáez de Ibarra



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UNA LECCIÓN DE VIDA

       Para el escritor francés Albert Camus —señala Néstor Ponce, prologuista de Cuentos olímpicos (2004) —el fútbol, el deporte en general, era una lección de vida, porque en su ejercicio aúna alegrías y tristezas, victorias y derrotas o porque, entre otras cosas, sublima al protagonista a situaciones límite y conflictivas, teje amistades y se asemeja a una catarsis que consigue ser comparado a rituales divinos. Pese a que el juego está en la naturaleza humana y durante siglos el hombre ha tratado de medirse y compararse, el deporte y las letras —confirma el prologuista—, durante muchos años, no hicieron buenas migas, aunque numerosas manifestaciones podemos encontrarlas en poemas de Alberti, Celaya, Hernández, Huerta o en relatos de Cela, Delibes y Onetti.
       Páginas de Espuma nos tiene acostumbrados, en estos últimos años, a recoger en diversas antologías, temas tan variados y atractivos como el mar, la música, los animales, el adulterio, y ahora hace lo propio con el deporte y aún especifica más, con el deporte olímpico. Buen momento para saborear, entre emisión televisiva o no, algunos de estos cuentos que los antólogos, Viviana Paletta y Javier Sáez, estructuran en diversos apartados: «Rapidez», «Elasticidad», «Táctica», «Resistencia» y «Cooperación» y que incluyen veinticuatro cuentos de autores tan renombrados como Jesús Ferrero, Luis Sepúlveda, Álvaro Pombo, Cristina Peri Rossi, Antonio Skármeta, Camilo José Cela, Ricardo Piglia o Fernando Savater por citar algunos de la nómina total, y cuyos cuentos sobresalen, en calidad y en expresiones técnicas, tanto temáticas como verbales. Señalar los ejemplos de «Laki Luky», de Álvaro Pombo, «Una basketbolista gringa tirada en la calle», de Paco Ignacio Taibo II, «La cita con la muerte», de Camilo José Cela o «Antonio y Cleopatra», de Fernando Savater. Originalidad, ironía, todo un haz de elementos simbólicos para testimoniar el difícil arte del deporte y la competición, pero sobre todo un amplio registro de formas léxicas variadas porque el volumen está compuesto tanto de autores españoles como hispanoamericanos que ofrecen lo mejor de sus expresiones. Una acertada selección de Paletta y Sáez para mostrar que literatura y deporte se unen en una misma carrera por ofrecer una doble pasión más allá de la competición y cuyo resultado final nos lleva al origen mismo de una milenaria actitud humana. 






CUENTOS OLÍMPICOS
V.V.A.A
Selección de Viviana Paletta
y Javier Sáez de Ibarra
Madrid, Páginas de Espuma, 2004

jueves, 2 de marzo de 2017

Vicente Luis Mora



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CIBERSEX
      
       Vicente Luis Mora (Córdoba, 1970) entiende los libros como esos lugares donde indagar, se sumerge en oscuros pasadizos, utiliza vasos comunicantes que acercan conceptos tan amplios y diversos como la noción de novela y metanovela, relato o intertexto para llegar a significaciones como el microrrelato actual, definiciones con una alusión directa o indirecta, cuya significativa fragmentariedad es percibida como parte de otra cosa que conduce a la totalidad, previo paso por las nociones de abstracción, apólogo, combinado surrealista y, por tanto, a ese lugar fronterizo entre lo imaginario y lo irracional, sin abandonar, desde el punto de vista textual, la tensión narrativa y valorando, sobremanera, el esfuerzo de síntesis.
       Desde hace años, Mora, representa esa actitud crítica entre la literatura y la variedad de la cultura misma, ensayando contenidos que presuponen una valoración distinta del tiempo para diseñar textos visuales que conforman una visión literaria nueva, o un arte discursivo diferente, conceptos complementarios a la plasticidad artística y el diseño, incluso enfoques fotográficos que irían más allá de las páginas impresas al uso, variaciones en suma de un libro conceptual. Es así como el escritor cordobés ensayaba su proyecto más ambicioso, Circular (2003 y 2007), textos en los que ponía de manifiesto una singular capacidad heterogénea de la expresión literaria y su propensión a la metamorfosis, para conseguir que sus historias se convirtieran en una compleja estructura arquitectónica, paralela a la realidad de la escritura. Este círculo textual o libro en marcha, calificado así por Vicente Luis Mora, supuso la acotación misma de esas sucesivas etapas literarias que venía ensayando desde finales de los noventa y que, de alguna manera, se concretarían en los híbridos literarios y ensayísticos entregados hasta ese momento. Defensor de un concepto literario pangeico, cuya acción comunicativa proporciona nuevas realidades digitales y virtuales, con una absoluta capacidad para una asimilación convencida y profunda de los medios de comunicación de masas que, en la actualidad incluirían internet y sus herramientas más variadas: chat, facebook, twitter, twenty, además de los aspectos visuales más avanzados que rompen y ensanchan una narración tradicional, como ya se venía vislumbrando desde la aparición de los ismos o, incluso, algunos de los aspectos de la poesía visual en estas últimas décadas.
       La sinopsis de Alba Cromm (2010), la última entrega de Vicente Luis Mora, reproduce un argumento de lo más convencional, calificándola de novela de suspense creciente, un thriller que indaga en los procesos sociales que nos convierten en sospechosos o en perseguidores en un mundo incapaz de proteger a los más débiles: en este caso los niños, esto es, el mundo de la pederastia. La heroína Alba Cromm. subcomisaria de la Policía Nacional, miembro de la Brigada de Investigación Tecnológica, no conoce familia, es huraña y esquiva, persigue, desde el complejo mundo de la informática, a los seductores de inocentes niños que se dejan embaucar por las redes sociales que envuelven a una sociedad anónima y delictiva. Hasta aquí lo convencional, lo original se percibe ya en la primera página donde se reproduce la portada de la revista «Upman», con el sugerente subtítulo, «La revista para el hombre de verdad», número que anuncia el especial dedicado a Alba Cromm y sus éxitos más recientes sobre pederastia, y/o su participación en el concurso informático del multimillonario Jehová Lesmer. Mora cuenta como a partir de este curioso hilo argumental: el dossier Alba Cromm, se desarrolla el resto del relato, cuando la revista le encarga al periodista español más prestigioso del momento, ganador del Premio Pulitzer, la reconstrucción de los hechos a través de los materiales más diversos que, finalmente, darán lugar a la historia: los diarios de la protagonista, los post en su blog, las notas de Martínez Cerva, los diarios de la psicóloga y amiga, Elena Cortés, variados informes de la Policía Nacional, transcripciones de los numerosos chat y los diferentes blog, y algunos de los email, de Alba cruzados con Nemo, del hacker pederasta buscado, además de fuentes periodísticas y conversaciones convencionales de los principales personajes de la historia.
       Ambientada en un futuro cercano, con datos y fechas de una inmediatez creíble, la ambientación y la disposición de las imágenes, incluso el personaje, de una complejidad psicológica decimonónica, se abre a una historia desarrollada en el mundo cibernético del siglo XXI y muestra, además, esa visual textura del mundo del cómic. Lo mejor de esta novela, sin lugar a dudas, su propuesta como medio de comunicación; y, por supuesto, la ética de Vicente Luis Mora, capaz de posicionarse valientemente frente a los problemas que asolan nuestro tiempo.







Vicente Luis Mora; Alba Croom; Barcelona, Seix-Barral, 2010; 263 págs.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Irini Pitsaki



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NUEVO CUENTO GRIEGO
      
       Libros como el presente, Antología del nuevo cuento griego (2004), vienen a paliar algunas de las deficiencias literarias detectadas en un país que se vanagloria del número de títulos editados anualmente y de su poder editorial, al menos en el resto de Europa. La selección que, con esmero, ha preparado Irini Pitsaki, pone de manifiesto que la literatura griega moderna ha quedado reducida, en nuestras librerías, a tres o cuatro nombres de un extraordinario reconocimiento mundial como los galardonados Seferis y Elitis, el inmortal Kavafis o el muy traducido Kazantzsakis. Así, pues, de los nuevos nombres que configuran la vanguardia narrativa de los últimos años poco sabemos a excepción de Rhea Galanaki que publicaba Helena o nadie (2001),  Filippos Dracodaidís, El mensaje (2001), Pavlus Mátesis entregaba El padre de los tiempos (2002) o Ioanna Karystiani que con su Pequeña Inglaterra (2002) despertaba nuestro interés. A estos nombres se unen los de la presente antología, un total de diez, nacidos, en su mayor parte, en la década de los 50 a excepción de tres reputados autores en su país, Menis Koumandareas (1931) y Dimitris Nollas (1940) y Antonis Sourounis (1942); el resto Misel Fais, Yoryis Yatromanolakis, Eugenio Aranitsis. Siranna Sateli, Sotiris Dimitriou, Ersi Sotiropoulos y Vassilis Gouroyannis, se editan por primera vez en España. Resulta, pues, doble el descubrimiento de la nueva narrativa griega puesto que nos acercamos a autores de sobrado prestigio cuando descubrimos que su literatura ya forma parte de la historia reciente de la mejor narrativa helénica actual.
       La selección por breve, ofrece una variedad temática y expresiva lo suficientemente atractiva como para dar idea de la versatilidad del relato en el país heleno; abunda la fantasía de un claro origen legendario, como por ejemplo, «La mujer-golondrina» de Vassilis Gouroyannis, que narra la historia de una mujer que quiere dar a luz un bebé-golondrina de cabeza humana y cuerpo de ave; o las que reflejan un intenso lirismo interior para subrayar los temas referidos a lo humano, lo metafísico, lo simbólico y lo erótico. Otros abogan por el recuerdo de la historia reciente, como por ejemplo, «Tía Clara, muerta de risa», el exterminio de los judíos sefardíes en Comotiní, lugar de nacimiento del autor. Una especie de Holocausto que terminará en tierras de Israel. La emigración ofrece otra de sus vertientes más satíricas, como «Incendio a la japonesa» de Antonis Sourounis, un emigrante en Alemania, en cuyos relatos ofrece vivencias propias. El humor y la sátira campean por algunos otros relatos y tampoco se olvida el escenario urbano contemporáneo ateniense, como en el cuento «El muchacho rumano», de Menis Koumandareas donde, además, existen evidentes referencias al mundo de la homosexualidad.
       La antóloga señala que el material está organizado a partir de una intuición literaria personal; bien por esta intuición que ofrece posibilidades múltiples para descubrir o redescubrir la buena literatura y, además, de un tan castigado género como el cuento.






ANTOLOGÍA DEL NUEVO
CUENTO GRIEGO
Edición de Irini Pitsaki
Madrid, Páginas de Espuma, 2004