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miércoles, 11 de febrero de 2026

... me gusra

 NUEVA YORK EN BLANCO Y NEGRO




    Un libro de cuentos te obliga a respirar hondo, y cuando has pasado unas páginas, y te atreves a cerrarlo durante unos instantes, mientras tu vista divaga en el vacío, será entonces cuando intentarás recordar el último párrafo leído para desentrañar algunas páginas previas; te dejas llevar porque el texto no te da tregua y despierta en ti emociones sin que apenas figuren fisuras, o equívocos aparentes; hablaremos de un libro de cuentos capaz de combinar ese pulso narrativo con el don de la expresión para conseguir una ejecución técnica perfecta y, lo más interesante, el efecto final sorpresa. 
    Marina Perezagua (Sevilla, 1978) había publicado Criaturas abisales (2011) y Leche (2013). La primera colección es un catálogo de vicios y de virtudes humanas y cuando nos sumergimos en el mundo de esas criaturas abisales descubrimos que se relata algo imposible y solo si llagamos al final todo acaba siendo creíble; sobresale una voluntariosa ambigüedad que culmina con el añadido de una prosa exacta como su estructura narrativa. Perezagua tiene la facultad de descubrir lo oculto: los catorce cuentos de Leche (2013) producen cierta sorpresa, desconcierto, inseguridad, algún que otro escalofrío y la confirmación de una mano firme que juega e ironiza con algo tan cotidiano y reconocible como la locura humana, y esto en un sentido amplio del término. 
    Luna Park (2025) es su tercera colección de relatos que reúne, “Violeta no tiene porqué”, “Luna Park”, Apartheid”, “Díez palabras”, “Cristales rojos”, “La mujer del puente”, “La tendresse·, “María de Mississippi y los fetos de Peng Wang”, “El tercer hijo es el horror”, Matar niños”; diez propuestas para configurar un espacio donde se han vivido algunas de esas experiencias, Estados Unidos, se concretan en Nueva York, y convierte los textos en una mezcla de ficción y no ficción puesto que la autora evidencia que no siente interés alguno en esa frontera con respecto al género cuento, y cuestiona que la ficción no sea menos verdadera que la no ficción más honesta. En Luna Park una voz atraviesa ambos territorios porque importa más la temperatura emocional del texto; en realidad, Luna Park es un libro híbrido por el planteamiento de los relatos; no existe una línea nítida entre lo vivido y lo fabulado y todo, según parece, está intervenido. Estos cuentos se construyen como un mapa cartográfico que se presenta al lector en un tono explicativo que irá cambiando cuando avancemos en la lectura de los textos; quizá porque los relatos más vehementes, aquellos que proponen, o suponen, un paréntesis en una de esas vidas contadas, se convierten así en circulares, y presentan un final sorprendente. Asistimos, a través de la fuerza de la palabra, a la revelación de momentos de  excepción, cuando los niños, entre recién nacidos y de cuatro años, como experiencia de la autora, ocupan el centro de la narración y orbitará el resto de los episodios narrativos que plantea Perezagua. Y las historias que iremos descubriendo estarán protagonizadas, con frecuencia, por personas que no son íntegras, y las circunstancias no les hubieran permitido terminar de crecer. Estos personajes le sirven a la narradora para reflexionar sobre temas tan fundamentales como las raíces y la necesidad de tenerlas, o como construir el concepto de familia y su entorno que nos facilita un lugar y un ambiente, porque si no existiera podríamos caer en las abundantes neurosis que se contabilizan y se sufren hoy, porque siempre estará presente, para la narradora, la cura posible por amor, y leyendo estos relatos por amor a la vida.
        La ironía se expresa a través del fingimiento, pero el humor es una herramienta de desarme. En estos cuentos, lo cómico esconde una herida, y sobresale ese punto donde uno se ríe y no sabe si está bien hacerlo, aunque en ocasiones es tanto el absurdo que la risa es un modo de entender el espacio donde se desarrolla el relato, para Perezagua en la ciudad de Nueva York; en otros, la risa es como un grito que no se atreve a salir. Luna Park es la posibilidad de contar las experiencias vividas en una ciudad que como afirma, Colson Whitehead, cita que abre el libro: “Esta ciudad es una recompensa por todo lo que te permitirá alcanzar y un castigo por todos los delitos que te forzará a cometer”. Una ciudad inagotable, literariamente, que puede volverse un cliché si no se la vive con hondura. Nueva York está tan escrita que se corre el riesgo de repetirla; quizá por eso, para la narradora, el reto era escribir desde las heridas, desde lo que no se ve en las postales turísticas, ni en las novelas sobre la ciudad; y todo queda envuelto en una especie de halo cinematográfico que te lleva a bajar al subsuelo, o a entrar en los apartamentos húmedos, entonces descubres que hay más miseria que nunca antes, es otra ciudad donde viven auténticos personajes de ficción. 
        La sevillana exploraba la maternidad en su novela  La playa (2024), un tema que se convierte en determinante en estos relatos, sin que eluda otros. Luna Park es el lugar donde la experiencia maternal se representa como una montaña rusa: vertiginosa, brillante y violenta. El parque de diversiones como metáfora de aquello que no se puede controlar, ni la maternidad, ni la vida propia, el día a día, o el terrible paso del tiempo. En realidad, en estos cuentos no se desarrolla una teoría sobre la maternidad, todo lo que parece estable, tiembla, y eso incluye la idea de “madre”. Quizá por eso, la infancia está proporcionalmente contemplada, y no se trata de un concepto al uso, clásico, porque la narradora transita por esa zona ambigua donde los niños ya intuyen la violencia del mundo, aunque no tengan palabras para nombrarla. La infancia es, también, un territorio oscuro, y literariamente fértil, algo conocido pero no resulta fácil desde una perspectiva narrativa, aunque Marina Perezagua lo logra, no hay inocencia sin amenaza, un contraste que complementa su visión sobre el tema.
        Otra curiosidad añadida, se percibe una sombra de profunda oscuridad en los relatos de Luna Park, una oscuridad que no supone un adorno literario, sino ese humo del que surge la posibilidad de una luz. La literatura que le interesa a Marina Perezagua no rehúye la sombra, sino que la atraviesa. La oscuridad está en todas partes: en la familia, el trabajo, y manifiesta en la infancia. Cuando uno termina de leer estos relatos queda esa puerta entreabierta que nos permite entrar. La narradora tiene la facultad de desvelar lo oculto y con sus personajes, preferentemente femeninos, ofrece un voluntarioso intento para no pasar, de ninguna manera, inadvertida en la maraña del mundo literario actual. Pedro M. DOMENE


Marina Perezagua; Luna Park; Madrid, Páginas de Espuma, 2025; 125 págs.


 

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