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jueves, 8 de octubre de 2020

Adolfo García Ortega

Una pasión en libertad, o guía para lectores exigentes

       Paidós reúne Abecedario de lector de Adolfo García Ortega publicado originalmente por entregas.

              

       Adolfo García Ortega (Valladolid, 1958) define la lectura como el disfrute de una pasión en libertad, y con su nueva entrega,  Abecedario de lector (2020), propone un paseo literario extraordinario por algunos de los curiosos conceptos y muchos de los nombres de la literatura universal, y como el mismo García Ortega insinúa en el subtítulo, es quizá más, “Una guía personal para lectores exigentes” y, de alguna manera, reivindica y nos recuerda que debemos hacer un auténtico ejercicio de subjetividad cuando de literatura se trata, es decir, alejarnos de las aspiraciones normativas, tan alienantes e intentar cultivar una forma de ensayismo que linde con el autorretrato indirecto de pretensiones personificadas, quizá porque el vallisoletano habla de la lectura como una "exploración inagotable" y la define como el placer inigualable de ese entusiasmo por explorar la capacidad de las palabras, la invención humana o el sentido mismo de la independencia y liberación de la condición humana, un concepto que se propaga gracias a la generosa labor de quienes son capaces de ofrecer estímulos.

 

Un canon literario propio

 

       Todo lector construye su propio canon literario, por supuesto, pero no todas las preferencias que ofrecen los géneros son equiparables en un mismo sentido, y sin duda establecemos ese efecto comparativo de conocimientos y de gustos entre el autor y su lector. El largo camino de toda una vida literaria pasa por una experiencia, y la lectura se convierte, como señalaba Susan Sontag, a quien García Ortega cita en el prólogo de su obra, “en una vocación, una capacidad en la que, con práctica, se está destinada a ser más experta” y, por supuesto, se trata de una vocación estimulada y alimentada con el paso de los años. Y, además, según el poeta, ensayista y crítico Valery Larbaud en "un vicio que nos ofrece la ilusión de llevarnos a una alta sabiduría, la que nos permite imaginar". En ambas premisas cifra el autor vallisoletano el propósito de su Abecedario y la esencia de un placer que proporciona, también, "refugio íntimo", "consuelo en la adversidad" o “esa excitación derivada del amor por el conocimiento”, sin duda porque, el propio Larbaud, hablaba de "lectores exigentes que son una élite en extremo democrática, los verdaderos cosmopolitas de la cultura", en la medida en que acepta a cualquiera con una necesidad genuina.

 

El diccionario

       Adolfo García Ortega compone un curioso diccionario cuya primera entrada de un amplio repertorio se refiere a lo que este género de libros, los diccionarios de autor, tienen de aleatorios y de sorpresivos. Es la primera mención entre las casi cuatrocientas referencias bibliográficas citadas, que son recogidas en una lista cuyos títulos, conceptos y nombres propios componen lo que el compilador califica de una "biblioteca esencial". Sistematizadas por el orden alfabético, como corresponde, las entradas son de lo más heterogéneo, los nombres de autores conviven con otros de lugares o de personajes y se relacionan con temas, conceptos o expresiones significativas del ámbito literario que, a su vez, suelen remitir a otros autores concretos y a una más o menos recensión explicativa y valorativa de su obra.

       El humor y la ironía sobresalen en una visión de conjunto, que queda sostenida por una mirada escéptica y descreída de ciertos aspectos de la religión, de las ideologías, de los nacionalismos, que frente a los embates de las derivas populistas y la ignorancia se apoya, de manera expresa, en la razón, mi razón, según la mejor tradición ilustrada, y a lo largo de esta páginas las muestras de conceptos como alegría, amor, antaño se suceden frente a bestiario, bueno o burro, y los nombres de James Agee, Hannah Arendt, Margaret Atwood, Max Aub, Samuel Beckett o Walter Benjamín se suceden, o términos relacionados con la gran literatura, cartuja, sin duda la de Parma, y respecto a cielo, la épica Correo del Sur, de Saint-Exupèry, un ameno, divertido, dicharachero y gratificante José Zorrilla con un libro de viajes, Recuerdos del tiempo viejo, o el mejor Humberto Eco en El cementerio de Praga, el redescubrimiento de Péter Esterházy en Armonía celestial esa abrumadora lectura, según García Ortega, que guarda cercanía con El rodaballo, de Grass, aunque supera al alemán. Los narradores españoles, Martín Casariego y Agustín Fernández Mallo ocupan un espacio significativo en el panorama actual, según el autor de este Abedecedario, ambos responden a un concepto de literatura muy trabajado, ese que se requiere para una novela adulta. Margo Glanz figura como la gran dama de la literatura mexicana, y todo es bueno, pero todo es excéntrico en Juan García Hortelano, sus colaboraciones periodísticas, ácidas y cultas que nos devuelven a la memoria de uno sus mejores libros, Gramática parda, que no siempre fue y ha sido valorada por innovadora y simbólica, más se trata de esa parodia a una educación sentimental anárquica y feliz. El mundo del jazz al hilo de la literatura de Julio Cortázar y Antonio Muñoz Molina, unas obras que proceden de la atmósfera de Juan Carlos Onetti, aunque se puede rastrear la misma música en Murakami, Doctorow y Cheever, sin olvidarnos de Faulkner, Morrison, Proulx o Gadda.

       Los conceptos de lector/ lectura, o persona que sabe leer, aunque podemos encontrar dos clases de lectores, los que leen la misma novela siempre, y los que no. Los que avanzan y los que se quedan; en reciprocidad, lo mismo se puede decir de los escritores; y, según Diderot, existen dos clases de entusiasmo: el entusiasmo del alma y el del oficio: la lectura pertenece al primero. Clarice Lispector, Kenzaburo Oé, Grace Paley, Orhan Pamuk, Georges Perec, Leo Perutz, Thomas Pynchon, Raymond Queneau, Henry Roth, Juan Rulfo, una larga lista como exponentes de esa sabiduría que Arendt y Ozick describen como acumulación (de datos, de tiempo, de conocimientos, de experiencias, de historias), y cuando esta consigue habitar en lo real, entonces, según Montaigne, “forma parte de uno mismo”.

       El triunfo dialéctico de la mujer en un contexto donde ella rompe con el arquetipo femenino de época, un texto irónico y retorcido, capaz de  torturar a sus personajes, muy recomendable, La Venus de las pieles, de Leopold von Sacher-Masoch, y los textos de W.G. Sebald, Wislawa Szymborska, Louis- Ferdinand Céline, Robert Walter, Boris Pasternak y Émile Zola,

       Una lista de los libros citados, pormenorizada, compone esa biblioteca esencial y cierra el libro.

 


 

 

 

Abecedario de lector 

Adolfo García Ortega

Barcelona, Paidós, 2020   

 

 

 

martes, 6 de octubre de 2020

Poesía del desencanto

 A propósito del poemario, La libertad duele, de F. Javier Franco

 

       Siempre he pensado que cuando abrimos un libro de poesía nos adentramos en un mundo simbólico, en ese otro espacio donde no importa tanto lo que se dice como el significado de cuanto somos capaces de entender. De ese modo he llegado a creer que la poesía es, en un sentido perceptible, un método de defensa, una forma de liberación, o incluso una constante fuga. Estas afirmaciones, sentencias o, tal vez, arriesgados juicios de valor vendrían a justificar, por mérito propio, el último libro que hemos sostenido en nuestras manos, alguno de los anteriores que recordamos gratamente, incluso muchos de los que leemos a lo largo de nuestra vida, porque de alguna manera verifican más que nada un género que no por denostado sigue dejando una profunda huella en las conciencias humanas.

       F. Javier Franco mostraba en su primera incursión lírica, Perros despeñados (1990) una angustia vital, y se servía del verso como de una suprema necesidad para comunicarse, aunque los suyos fueran los sentimientos más frágiles que un ser humano pueda albergar, y solo a través de la poesía fuera capaz de desnudarse ante la frialdad de una soledad tan tangible como absoluta, y así desvelar sus sentimientos frente a un cielo gris y no azul, pero lo suficiente cálido para brindarle aun esos deseos para subsistir. Aquellos eran los versos de un hombre desesperado que con un libro lograba sobrevivir.

       El filósofo Friedrich Nietzsche sostuvo a lo largo de su vida que los pensamientos humanos devienen, de alguna manera, en una forma de libro, un concepto textual que se va fraguando con el paso de los años, de una forma imprevista y sin previo conocimiento. Quizá esta, y no otra, sea la única forma de escribir con esa absoluta libertad que nunca viene impuesta, y quizá por ello, F. Javier Franco escribe y nos entrega, La libertad duele, poemas que se convierten en una suma de paraísos perdidos que el autor busca a través de sus versos. El título que propone el poeta rememora ese otro pensamiento del filósofo cuando afirma que solo llegaremos a ser persona cuando nos identifiquemos con esa libertad, para así ser capaces de reconducir nuestras vidas y consigamos hablar de nosotros mismos. Y una vez alcanzada esta meta, superar la homogeneización y la posibilidad de construir de otro modo de comunidad, en definitiva, superar el nihilismo y por consiguiente el sinsentido de lo cotidiano. Para Nietzsche “cortar las ataduras del pasado personal” debe entenderse  como uno de los caminos de la libertad, y por consiguiente la atractiva idea del “espíritu libre” se traduce o mejor debe entenderse como esa independencia del pensar respecto al entorno y las relaciones humanas. Visto desde esta perspectiva, afrontar este modo de realidad parece constituirse en una forma apolítica, apátrida y solitaria, y por consiguiente entenderse como ese momento previo a una cierta autonomía desde donde podamos vislumbrar cualquier perspectiva o pretensión de la política del sentido.

       Para alcanzar su meta, el granadino establece en su libro un “Proemio”, seguido de un poema titulado, “La expulsión del paraíso”, que rememora la visión de un fresco de la Iglesia del Carmine de Florencia, y sigue su andadura por el proceso de ese discurrir de unos versos que el poeta concreta en cinco apartados de variada factura poética y métrica, generalmente ensayando un verso libre que se ajusta a un calculado verso del desencanto, o a ese sentimiento de frustración espiritual que el poeta establece en esa dicotomía de la realidad que vivimos entre lo verdadero y lo falso, la dimensión de una dramática realidad a que nos vemos condenados, y es así como elabora simbólicamente su imagen del hombre, una imagen que ni siquiera literariamente consigue dejar prefijada, a través de los poemas de “Náutica del ser”, para seguir dejando su huella en “El rastro del vagabundo”, poemas donde el placer y el dolor se confunden por el peregrinaje que emprende el viajero; para desembocar en el apartado, “Vacíos”, sobre experiencias propias y ajenas, evocaciones a Miguel Hernández, Federico García Lorca, Brian Jones o a ese poeta callejero que regala sus versos al olvido. El apartado más extenso corresponde a “Condenados”, donde la perspectiva del poeta mira a temas y propósitos de lo más variado, con abundantes poemas sin título que otorgan al conjunto esa otra visión de lo escrito, y que dará paso a otro “Vacíos de nuevo”, o instantes donde subyace una eternidad y la vida del hombre-poeta, y el resumen mismo de su existencia se hace a golpes de silencio, hasta llegar a un hipotético “Final” y encontrarse a sí mismo, soportando la carga de angustia, mientras esa libertad duele.

 



       De la lectura de La libertad duele, se desprende, sin duda alguna, que la poesía puede convertirse en un acto donde la heroicidad es absoluta, un hecho que de una manera y de una forma personal nos libera, y que nos explica la auténtica libertad. Para el poeta, el dolor y las dificultades no resultan una objeción contra la vida, más bien conforman su conclusión y un medio de perfección porque en condiciones adversas, nos hacemos libres y dueños de nosotros mismos.

                                                           Pedro M. Domene

                                                           Febrero, 2018

 

 

domingo, 4 de octubre de 2020

Sabías que...

 

        "Escribir es un oficio bastante difícil, como veis, pero es el oficio más bonito del mundo".

                                                       Natalia Ginzburg 

                                                                    Las pequeñas virtudes