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viernes, 7 de abril de 2017

Manuel Pimentel



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RUMBO A TOMBUCTÚ
      
       Las secuelas de nuestro pasado, el esplendor de Al-Andalus, la posterior expulsión de judíos y árabes, siguen siendo materia narrativa para nuestros escritores contemporáneos, bien construyendo un relato histórico al uso o como el mejor ejemplo de contar una trepidante historia de aventuras. Así puede calificarse esta segunda entrega de Manuel Pimentel (Sevilla, 1961) que publica La ruta de las caravanas (2005) o Artafi y los manuscritos de Tombuctú, es decir, la segunda aventura de esta joven arqueóloga a quien había presentado, anteriormente, en Puerta de Indias (2003), un relato ambientado en la ruta de los conquistadores, en el Yucatán.
       La ruta de las caravanas ofrece al lector, desde sus primeras páginas, una amena lectura que oscila entre el encanto y la vindicación de una civilización, el islam y la memoria de Al-Andalus, pasando por la aventura, el suspense y el riesgo para desentrañar el robo de unos manuscritos en la mítica ciudad de Tombuctú. El relato incluye un excéntrico viaje por las arenas del desierto del Sahara, la noticia de la cultura y de las costumbres de estas gentes, pero sobre todo se hace hincapié en el choque de civilizaciones que provoca en los occidentales un concepto como el fundamentalismo islámico. El relato se inicia en la ciudad andaluza de Córdoba, a donde llega, convocada por un antiguo profesor, la joven arqueóloga Artafi para encontrarse con el erudito Aziz que ha viajado hasta España para solicitar ayudas y poder salvar la fabulosa biblioteca de manuscritos que sus antepasados han logrado conservar milagrosamente a través de los siglos en medio del desierto. En el encuentro se verán las caras la joven, el erudito y un joven marroquí becado, interesado también en salvaguardar  los documentos. Un inesperado acontecimiento devuelve al  nigeriano a su lugar de origen. El relato, de suma actualidad, incluye un atentado en la ciudad de la mezquita, circunstancia en la que de alguna manera se verá envuelta la joven arqueóloga por su relación con los dos extraños personajes. A partir de este momento los acontecimientos desencadenan  un torrente de extrañas situaciones que nos llevan a un vertiginoso recorrido por Marruecos, el desierto del Sahara, las ciudades perdidas de Mauritania y hasta la curva misma del Níger para desentrañar algunas de las incógnitas en torno a los manuscritos en la ciudad perdida de Tombuctú.
       Manuel Pimentel ha escrito un fervoroso relato reivindicativo en favor de la cultura islámica de tanta raigambre histórica en nuestro país, sobre todo en la Andalucía del esplendor árabe, pero al margen de una reconstrucción y de numerosas anotaciones históricas, ha conseguido dotarlo de un ambiente de corte policíaco, con mucho suspense porque incluye todos los peligros que encierra la arena del desierto y sus habitantes, siguiendo la ruta de las antiguas caravanas, además de innumerables situaciones de peligro con secuestros y asesinatos, para redondear una auténtica aventura africana de buenos y de malos. El personaje Artafi se convierte en una heroína que pasa de una existencia ingenua a unir, por una necesidad de supervivencia, los distintos cabos sueltos que le han llevado a esas situaciones de peligro y a estar involucrada en una apasionante aventura. Lo más notable de este relato es la documentada perspectiva que tiene el escritor Pimentel sobre el complejo mundo árabe y andalusí, añadiendo datos tanto de manual como novelescos.  A las múltiples aventuras a que se enfrentará la joven arqueóloga, convertida casi en una especie de Indiana Jones femenina, el lector irá sumando un amplio conocimiento de los acontecimientos históricos en torno a ciudades como Walata o la misma e inaccesible  Tombuctú y surgen los nombres de aquellos personajes que en el pasado intentaron llegar a ella, casos de Mungo Park, A. Gordon Laing, y René Caillé, también calará en el lector la magia del desierto con las maravillas y peligros que oculta, admirará y se sorprenderá de la hospitalidad de la cultura tuareg y, sobre todo, descubrirá las joyas de los manuscritos conservados hasta hoy de la antigua cultura andalusí. Por este libro desfilan los nombres de Yudar Pachá, Ismael Diadié y esos otros explorados europeos que lograron llegar a la mítica curva del Níger para poder culminar una de las enigmáticas y hermosas aventuras de las múltiples culturas africanas.
       En este libro se desvelan algunas claves o cuestiones políticas y culturales que hacen más comprensible nuestra civilizacione, un texto que nunca llega a aburrir al lector, reinventa algunos tópicos de nuestro pasado como el concepto árabe de la Bética y esencialmente el esplendor de las ciudades de Córdoba y de Granada, urbes de mayor cultura universal, y subraya esa lamentable expulsión de los moros o de los andaluces de España del Sur, que habían cohabitado en esa convivencia milenaria a que nos hemos resistido durante años de historia porque nuestros manuales se han encargado de falsear a lo largo de estos últimos siglos. Valga la aventura, el enigma, para comprender parte de nuestro pasado y valga el entretenimiento para justificar un libro que se lee de tirón sin apenas hacer un alto en el camino y esto es algo también de agradecer.







LA RUTA DE LAS CARAVANAS
Manuel Pimentel
Barcelona, Planeta, 2005

jueves, 6 de abril de 2017

Hipólito G. Navarro/ Miguel Ángel Muñoz



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SON CUENTOS

       La vuelta tras un largo viaje, o tal vez la posibilidad de recuperar el tiempo pasado de una juventud incómoda, incluso esa opción de bucear en el fondo mismo de la memoria que intenta una salida indemne de aquel viaje, y finalmente otorgarle un nuevo sentido a la rotundidad con que nos enfrentamos al mágico juego de otra vida que ya presuponemos alejada de esa aflicción y/o alborozo, olvidada por la sonrisa que nos produce cierto sarcasmo. Con estas, y no otras rotundidades vuelve Hipólito G. Navarro (Huelva, 1961) al panorama literario, y de su mano, La vuelta al día (2016), que sustenta con un suculento prólogo que invita a ver el volumen con sagacidad, porque Navarro nos proporciona un auténtico conjunto narrativo tan vario que muestra esa versátil condición de prosista ensayado desde su primer libro, expone su dedicación ante la realidad de una entusiasta y fecunda entrega a las formas narrativas breves, al cuento o relato en suma. Y paralelamente, como ha manifestado en alguna ocasión anterior, se dirige a un destinatario específico, piensa en un lector aficionado al género, cercano a su literatura; por este motivo, una de las cinco partes del volumen, la última y que da título al libro, queda subtitulada, “Texticulario íntimo para incondicionales y compinches”. Una vez más, Hipólito G. Navarro ofrece un magnífico y variado ramillete de historias tan graves como jocosas que, con su acento, se convierten incluso en juguetes narrativos de hilarante resultado, de prosa ajustada, incluso constata parte de los muchos equívocos de este mundo, problemática que los personajes asumen y que abarcarían ese concepto universal humano: el amor y el desamor, “El fondo de la memoria”, la quimera de la felicidad, “Las estampas del timo”, la vuelta a una juventud perdida, y por extensión distintas parcelas del dolor, de la decadencia, de todo aquello que conlleva una tragedia, “Una infidelidad”. Abunda el tono amable de muchas situaciones, y el autor voluntariamente soterra los graves conflictos. Lo mejor de estos cuentos, la ironía y el humor como ese revestimiento engañoso del fracaso, de la soledad y el desvalimiento, experiencias que quedan enmarcadas en un definitivo realismo, tan es así que uno no debe uno perderse, “Verruga Sánchez” o “Mire, no estoy para bromas ahora mismo”.


       Miguel Ángel Muñoz (Almería, 1970) titula su colección, Entre malvados (2016), gente dañina que protagoniza cada uno de los diez cuentos recopilados, y en su primer relato “Somos los malvados”, advierte que los niños son violentos y que, a medida que van creciendo, y una vez mayores, ya no reconocen sus antiguas maldades ni guardan sentimiento alguno de culpa; lo más perverso de la condición humana y del mundo preside casi la totalidad de las narraciones. No existe la inocencia, proclama, además el autor y muchas de las piezas confirman lo que puede tomarse por una declaración de principios, la recopilación de muchas de las voces de sus protagonistas contienen las palabras: rabia, ira, envidia, crueldad, escarmiento o venganza, que convierten algunos de los asuntos tratados en una enemistad manifiesta, ocurre en “Los hijos de Manson”, un auténtico carnaval de sangre. El cuento, en general, y caracterizado por sus elipsis, pese a su calculada extensión, tiende más a sugerir que a explicitar en su desarrollo, y aunque en el caso del almeriense en sus relatos habla con claridad y su argumento está bastante explicitado siempre imaginamos su capacidad para un desarrollo mayor que confiera a sus historias otra dimensión; así es como su narrativa breve nada a contracorriente de las modas al uso, aunque en esta colección la muestra del microrrelato, señala su inquebrantable talante de excelente cuentista. Cronista, al tiempo de datos de una frenética actualidad, un periodista revive el cautiverio en Alepo, en poder de los yihadistas, un policía interroga a un chaval, presunto raptor de una chica, mientras se desarrolla otra historia paralela, y en otros cuentos habla del dolor y del absurdo de la matanza del 11M.

La vuelta al día
Hipólito G. Navarro
Madrid, Páginas de Espuma, 2016















Entre malvados
Miguel Ángel Muñoz
Madrid, Páginas de Espuma, 2016




miércoles, 5 de abril de 2017

Ignacio Martínez de Pisón



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UNA VERDAD

       Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) ilumina, con una asombrosa agilidad narrativa, uno más de esos capítulos oscuros de nuestro pasado reciente y ofrece, en un rompecabezas que irá armando a lo largo de su relato, la reconstrucción de la misteriosa desaparición de José Robles Pazos, un republicano ferviente, que transcurridos unos meses  de la contienda será detenido y posteriormente fusilado sin dejar rastro. Con Enterrar a los muertos (2005), Martínez de Pisón, encamina su obra literaria a ese concepto de novela-reportaje que incluye buena parte de dosis documental y algo menos de ficción para restaurar y justificar una historia que de otra manera no sería posible. Así lo expresa el propio autor cuando afirma haber descubierto en un libro de finales de los setenta la relación entre el norteamericano John Dos Passos y el español José Robles Pazos. El libro se titula, Rocinante pierde el camino, uno de los primeros textos que el matrimonio Robles-Villegas vertiera del inglés al castellano. La historia se remonta al primer encuentro de Dos Passos y Robles ocurrida en el invierno de 1916.
       Dos líneas de investigación establece Martínez de Pisón a la hora de relatar el destino trágico del intelectual español,  profesor a los veinticuatro años en la prestigiosa universidad Johns Hopkins, de Baltimore, desde donde continuará a lo largo de dos décadas su amistad con Dos Passos y otros prestigiosos críticos y profesores del momento. Por una parte desentrañar los motivos del gobierno de la República para hacer desaparecer a su colaborador y de otra acompañar al norteamericano en sus pesquisas para esclarecer los motivos de semejante atrocidad. Paralelamente, el escritor reconstruye, paso a paso, los entresijos de una red de conspiraciones dentro del aparato gubernamental en manos entonces de escisiones idealistas que propugnaron una purga dentro de los partidos afiliados, constatando el espectáculo vergonzoso que ofrecían entonces las familias comunistas, marxistas, estalinistas, troskistas o anarquistas, vigilados bajo la atenta mirada de la NKVD que, como afirma Martínez de Pisón, campeaba a sus anchas con absoluta libertad. Otra de las claves del relato se concreta en la amistad Hemingway-Dos Passos, rota para siempre por la actitud del primero con respecto a Robles y el desencanto del segundo por la causa comunista, actitud que le llevará a un recelo posterior sobre la izquierda norteamericana.
       En esta crónica se reconstruye de una forma inteligente, en una acertada impostura, contada en una primera persona sabiamente ausente, el mundo de las relaciones personales de no pocos nombres conocidos que irán desfilando por estas páginas, desde la sombra de Antonio Machado o Constancia de Mora, los papeles que desempeñaron Rafael Alberti y María Teresa León, incluso Ricardo Muñoz Suay o los norteamericanos Edmund Wilson y Malcolm Cowley. Finalmente, Martínez de Pisón se compromete con su libro, Enterrar a los muertos, a una simple justificación como la que se le supone a iluminar el valor de una memoria, frente a esa rotunda frase puesta en boca del propio Hemingway ante la negativa de Dos Passos de cejar en su propósito de esclarecer la desaparición del amigo de juventud, «¿Qué es la vida de un hombre en un momento como éste?». Tal vez nada, salvo el mérito de restablecer una verdad.









ENTERRAR A LOS MUERTOS
Ignacio Martínez de Pisón
Seix-Barral, Barcelona, 2005

lunes, 3 de abril de 2017

Javier Puche



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FUERZA MENOR
                                  

       ¿Puede un escritor de microcuentos formar parte de la historia de literatura? se pregunta Juan Bonilla en el prólogo de Fuerza menor (2016), el nuevo libro de Javier Puche (Málaga, 1974). Indiscutiblemente, sí. ¿Dónde queda  establecida la frontera entre el cuento o relato, y el microcuento o minificción? El estudioso Fernando Valls señala que, “el microrrelato no es un poema en prosa, ni una fábula ni un cuento, aunque comparta algunas características con este tipo de textos, sino un texto narrativo brevísimo que cuenta una historia, en la que debe imperar la concisión, la sugerencia y la precisión extrema del lenguaje, a menudo al servicio de una trama paradójica y sorprendente.” Todas las definiciones de microrrelato incluyen, al menos, dos características definitorias: la brevedad y la narratividad, y sobre todo, para que exista un microrrelato, tiene que haber una historia, y con esta definición nos alejamos de otros textos breves como los haikus y poemas cortos, los aforismos y las sentencias.
       Este extenso preámbulo, sin ánimo de instruir, si acaso informa que un libro como, Fuerza menor, ofrece una estupenda colección de microrrelatos, desde perspectivas muy diferentes y con un acertado resultado. El primer texto, dedicado al inolvidable Javier Tomeo, y titulado, La incertidumbre, dará el tono al resto, responde sin duda a las pretensiones del malagueño: dos personajes despiertan a bordo de un hidropedal en medio del Mar Negro y, enseguida perciben que se han quedado dormidos por accidente, y no tienen otra opción que seguir pedaleando, sin rumbo, en medio de las aguas oscuras, hacia ninguna parte, y esa incertidumbre que provoca la situación es vida misma que nos empuja a circunstancias insólitas. En un texto tan breve, y al comienzo mismo, Puche ajusta y precisa su lenguaje, consigue un ritmo temperado, nos envuelve en una atmósfera casi asfixiante, muestra una irónica visión del momento que provoca una calculada agudeza satírica, y aun añade un cierto lirismo que cincelará el resto de los textos que componen la primera y más amplia parte. Y este conjunto de cuentos se convierte en un auténtico caleidoscopio, Puche retrata a sus personajes con milimétrica precisión, y los envuelve en una fantasmagórica visión onírica que evocan esos otros detalles que mueven al mundo, “Tenemos que hablar”, un permanente juego de los contrarios, “Asincronía”, deudor de esa extensa tradición de los mejores relatos de todos los tiempos, personas inmortales y fantásticas que tratan de sobreponerse a su propia naturaleza, “El Santo Grial”, seres orantes que perpetúan el rezo pese a los múltiples cadáveres que los rodean, leguleyos decadentes, “Advocatus diaboli”, jueces retirados que imparten su propia justicia, “Justicia a domicilio”, obesos mórbidos que se adentran en una tupida selva de plantas carnívoras, incluso un androide lector, o la evocación de un clásico universal, “Ante la ley”, es decir, otra mirada más, pero diferente sobre el inmortal Kafka. Una parte segunda, tan complementaria como calculada, Seísmos, “Cuentos de seis palabras”, un propósito narrativo aun más milimetrado en extensión, seis palabras para contar una historia, o como apunta el mismo Puche, “más bien sugerirla”;  y, por supuesto, el lector se enfrenta a un texto, a un mini-micro-cuento, casi un malabarismo textual, que según percibimos, exige elegir bien la idea y los vocablos que han de vestirla y, pese a su extrema brevedad, el narrador malagueño logra con su empeño que estos microrrelatos aniden en la memoria del lector, y supuestamente le ayuden a concretar el sentido mismo de la vida en apenas seis palabras.









FUERZA MENOR
Javier Puche
Sevilla, La Isla de Siltolá, 2016.

Desayuno con diamantes, 105



ELIAS CANETTI  UNIVERSAL

       Elias Canetti (1905-2005) hubiera cumplido cien años el 25 de julio. En su aniversario se edita, Fiesta bajo las bombas (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2005), apuntes inéditos sobre la vida y los personajes de una Inglaterra desconocida.*


       La figura de Elías Canetti ocupa la práctica totalidad del siglo XX y el significado de su obra, junto a los nombres de Ernst Jünger, Thomas Mann, Franz Kafka o Robert Musil, figura como uno de los valores más sobresalientes de la literatura alemana contemporánea. Canetti nació en el seno de uno de los más fabulosos y vastos imperios de Europa, poco antes de que se iniciara el último episodio de su decadencia. Recordemos que nació en Ruschuck, un pueblo de Bulgaria, el 25 de julio de 1905, hijo de una familia judía por partida doble, de raíces sefarditas por parte de padre, de origen asquenazí por parte de madre. En 1911 la familia se traslada a Inglaterra, a la ciudad de Manchester, donde su padre muere repentinamente; en 1913, la madre y los hermanos se instalan en Viena; entre 1916 y 1924 cursa estudios de bachillerato en Zúrich y en Francfort; a partir de ese mismo año curso Ciencias Naturales en Viena y obtiene el título de Doctor en Ciencias Químicas en 1929. Se dedica a la investigación sobre el concepto de masa, actividad que alterna con la literatura. En 1935 aparecería su única novela, Auto de fe, y después se consagraría a la redacción de su libro más valorado e importante, Masa y poder, publicado en Hamburgo en 1960. Nuevas circunstancias políticas le llevaron al exilio y de vuelta a Inglaterra, donde vivirá, nacionalizado, hasta 1988, año en que se instala en la ciudad suiza de Zúrich donde moriría en 1994. 
       La lista de las ciudades por las que pasó Canetti refuerzan ese sentimiento de una Centroeuropa unida, sobre todo siendo él sefardita, y obligado durante buena parte del siglo XX a un exilio permanente. Sin embargo, los continuos desplazamientos forjaron en el joven Canetti la conciencia y la pasión de un territorio muy vasto y heterogéneo, una suma de lenguas, culturas y paisajes. La pasión de «extraterritorialidad»de Canetti se complementa con su concepción del lenguaje. No hay que olvidar que conoció las lenguas búlgara y ladina, además del inglés y el alemán, posteriormente aprendió griego y latín en sus estudios universitarios y sus largas estancias en Francia le otorgaron un conocimiento amplio del idioma galo. Canetti se mostró siempre atento a las cuestiones del lenguaje y vivió la cultura europea de «fin de siglo» de una manera muy especial. Es notoria su admiración por autores como Karl Kraus y posteriormente Robert Musil.

Los años ingleses

       Elías Canetti hubiera cumplido el próximo 25 de julio cien años y como ha señalado el editor Mario Muchnik su obra tiene vigencia universal. Esta primavera se publicaba Fiesta bajo las sombras ( Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores, 2005), un libro inédito sobre «Los años ingleses», escrito entre 1990 y 1994, bastante después de que el autor fijara su residencia en Zúrich. En el libro evoca los difíciles y penosos años vividos en Inglaterra, país al que había llegado con su esposa Veza en 1939, después de que Austria quedara anexionada al Tercer Reich. Canetti habla con cierta frialdad de los ingleses y más que un diario se trata de un anecdotario donde repasa buena parte de su larga estancia en el país británico. Recuerda los dos años pasados de niño y, rememora, sobre todo la repentina muerte de su padre para después, a medida que avanzan las páginas, convertirse en un maestro de la ira y de la queja. En el libro se mezclan anécdotas, sarcasmos, ataques demoledores a contemporáneos como Eliot, incluso desprecia a amantes como Iris Murdoch a quien en algunas páginas ataca sin mesura, añade cotilleos de salón, pocos elogios y sobre  todo parece un estudio satírico, moralista, antropológico y etnológicos sobre las fiestas (parties) inglesas. Mejor parado sale Bertrand Russell y el sinólogo Arthur Walley.
       Jeremy Adler señala en el «Epílogo» a la presente edición que la primera anotación para la nueva obra dice lo siguiente: «Recuerdos de Inglaterra. Londres, jueves, 11 de octubre de 1990. Mientras los ojos lo permitan quiero escribir todavía algo sobre el tiempo en Inglaterra». Once días después el tema provisional está decidido: «22 de octubre de 1990. Por fin he encontrado lo que quiero escribir sobre Inglaterra: Amersham y el tiempo de la guerra». Canetti se refiere a la evacuación de Londres cuando la gente huía al campo para escapar de las bombas alemanas. La guerra está omnipresente en los primeros años, pero nunca está descrita en su amplitud. El estilo de Canetti —señala Adler— en estos recuerdos se acerca a menudo al de un diario. Esto puede deberse a su carácter fragmentario, y al hecho de que Canetti hubiera reescrito muchas de estas páginas. En ningún momento se avergüenza de revelar sus defectos o poner al desnudo a sus amigos más cercanos.
       Las parties que describe el autor con tanto celo en este libro y a las que eleva un delicioso monumento con la definición de «fiestas del no-contacto», son un fenómeno reciente. Derivan, originariamente, de las cocktail parties de los años treinta y determinan la vida social inglesa hasta los sesenta. En el siglo XVIII los literatos de Londres se citaban en el café, pero esta institución ya había desaparecido en tiempos de Canetti. Se celebraban parties o dinner parties con cualquier pretexto. Diana Spearman, fue una de esas anfitrionas por la que Canetti se sintió especialmente atraído, porque poseía la cultura y los medios para reunir en sus cenas un círculo considerable de políticos e intelectuales. Por ella conoció a Enoch Powell, a Karl Popper y a Mary Douglas, autora de un singular libro sobre la caza en la tribu africana de los lele. Lo que se demuestra en este libro es esa especial disposición de Canetti para la amistad y el amor en abierta contradicción con su temperamento de solitario. El estudioso alemán opina que Fiesta bajo las bombas vendría ser la continuación del ciclo autobiográfico constituido por La lengua absuelta (1977), La antorcha al oído (1080) y El juego de ojos (1985), aunque esta lectura no se cerraría a otras propuestas y a la vista de la naturaleza de unos textos que, también, se muestran emparentados con Las voces de Marrakesch (1967) o El testigo oidor (1974).



Auto de fe

  La primera edición de Auto de fe es de 1935 y nació, como señala en su prólogo Mario Vargas Llosa en su edición española de Círculo de Lectores (Biblioteca de Plata), 1987, de una imagen que obsesionaba al autor durante algún tiempo: un hombre que prendía fuego a su biblioteca y se quemaba con ella. La novela formaba parte de un proyecto mucho más amplio, iniciada en el otoño vienés de 1930 y a la sombra de escritores de la talla de Broch, Musil, Popper y Berg. En realidad, formaría parte de una «Comedia Humana de la locura» que constaría de ocho historias, cada una de las cuales tendría como protagonista a hombre desmedido, en las fronteras de la sinrazón. El ambicioso proyecto quedó en un solo volumen y además pasó sin pena ni gloria durante los años de la guerra y postguerra europeas hasta que la concesión del Nobel en 1981 le devolvieron la actualidad tanto al autor como a la novela.
       Auto de fe es una novela ambiciosa y también bastante dura porque exige un esfuerzo intelectual y buenas dosis de paciencia para que lector llegue al sentido profundo de su estructura, además de desentrañar las claves de su complicado simbolismo. En la novela se percibe un mundo desintegrado, «Un mundo sin cabeza», «Una cabeza sin mundo» y «Un mundo en la cabeza» son las tres grandes parte de que se compone la obra y, en una primera instancia, se relatan hechos incoherentes, aparecen personajes que no responden a una lógica racional sino a una arbitrariedad artística hasta el punto de que su carácter grotesco y anárquico, los disparates e incluso las greguerías que salpican esta páginas, suponen, en opinión de la crítica más especializada, la visión de una Europa germanizada, imbuida de todos los demonios que precipitarían, pocos años después, la catástrofe de la segunda guerra mundial. Se trataría de una alegoría ideológica y moral, es decir, vislumbrar la biblioteca en llamas y la inmolación de su dueño que prefiguraría las antiguas escenografías de la Inquisición y la destrucción de la cultura que propugnaba en aquellos momentos el nacionalsocialismo en su sentido más totalitario.
       Vargas Llosa ha señalado que podríamos ver en esta novela una simple alegoría política aunque este juicio resultaría algo insuficiente y no haría la justicia necesaria al libro. Insiste en que habrá que ver en esta narración «un mundo de ficción, una realidad paralela, soberana, con una vida propia que no es reflejo de aquella, real, de la que proceden sus materiales históricos y culturales, sino de algo distinto, toma distancia en una imagen paroxística en la que las diferencias superan a las semejanzas». De su obra, prácticamente, inédita hasta que sus herederos siguiendo su voluntad publiquen buena parte de su legado a partir de 2024, se desprende que Canetti nos propone concebir en términos de cultura, de espíritu y de civilización, la unidad de la vieja Europa porque, insiste, la cuestión de nuestro tiempo, del siglo XX, es la formación de la masa y las consecuencias que tal hecho ha comportado. 

* Publicado en Cuadernos del Sur, con motivo del Centenario, 2005

domingo, 2 de abril de 2017

Caricaturas



Miguel Hernández
75 años
Copy. Julio Ibarra



30 de octubre de 1910, Orihuela
                         28 de marzo de 1942, Alicante

sábado, 1 de abril de 2017

Gonzalo Calcedo



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FOTOGRAFÍAS VELADAS
              
       El escritor Gonzalo Calcedo (Palencia, 1961) posee  una  mirada limpia, selecciona tan solo el momento de una vida y sus historias, sus cuentos y relatos, adquieren ese pleno derecho que les confiere un lector inteligente que sabe, en todo, momento vislumbrar un antes y un después. Quizá por eso en una adecuada concentración se concreta una historia, como la vida misma o al menos eso cree el palentino que entrega, una vez, una colección de cuentos La carga de la brigada ligera (2004), en realidad, un solitario deseo durante años como escritor de escribir las páginas que le gustaría leer, según él mismo ha manifestado, para disfrutar narrando historias con esas dosis adecuadas de desaliento, acción, cinismo, amenaza, ternura, sensualidad, en definitiva, un modo indirecto de encarar la vida, de verla a través del comportamiento de sus protagonistas, de sus movimientos, de sus gestos y de sus miradas, sin que estas características tan comunes lleguen a explicar nada en absoluto.
       En los cuentos de Calcedo no sobra nada, es frecuente esa sustantividad que ofrecen sus palabras y concuerdan con el entresijo de las historias contadas. En los cinco cuentos que componen el presente volumen se mantiene ese raro equilibrio que otorga la dimensión de un cuento (en esta ocasión más extensos de lo habitual en el escritor palentino) y la historia que se narra o incluso el tono que se les otorga. Pese a esto, sus héroes son anónimos aunque reconocibles en cualquiera de nuestros ambientes: la adolescente Delphi es igual de ingenua y afligida que muchas de nuestras jovencitas conocidas o las mujeres de otras dos historias, «Sirenas» y «Un banco con sombra» sienten y hablan de sus familias como otras muchas de tantas historias para, al final, contentarse con esa minimización que les otorga su cotidiano existir tras la soledad de sus hogares. El protagonista de «El villano de la historia» se asemeja en su comportamiento a tantos seres de íntimas vivencias que solo logran vislumbrar buena parte de su vida  a través de una realidad que se transmuta en literatura, para ser contemplados con esa distancia que otorga el escritor. Y quizá el más interesante, el cuento que da título al conjunto, «La carga de la brigada ligera» de connotaciones tan cinematográficas y que, como apunta el autor, resume ese puñado de páginas que le gustaría leer y disfrutar.
       Como es habitual en Gonzalo Calcedo, cuyo nombre se inscribe en lo mejor que se escribe en cuento español contemporáneo, las situaciones a las que se enfrentan sus personajes nos dejan, como a ellos, un profundo poso de insatisfacción y a esa disolución con que también nos enfrentamos a la realidad.





LA CARGA DE LA BRIGADA LIGERA
Gonzalo Calcedo
Palencia, Menoscuarto, 2004