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jueves, 7 de diciembre de 2017

Los olvidados



Enrique Díez-Canedo


EL DIFÍCIL ARTE DE LA CRÍTICA


       Enrique Díez-Canedo participó junto a Juan Ramón Jiménez de toda la inquietud modernista en las mismas revistas y periódicos, en los mismos frentes de traducción, de crítica y de creación de comienzos del siglo XX y forma junto a Andrés González Blanco y Enrique de Mesa parte de esa España secreta, o de una literatura que ha quedado injustamente oscurecida o traspapelada en estos últimos años. El valor de Díez-Canedo sesenta años después de su muerte reside en el ejemplo que supuso su intensa labor en los periódicos españoles de la época, dignificando el papel del crítico de prensa durante buena parte de su vida.
       Enrique Díez-Canedo se planteó a lo largo de su vida el universo de una literatura total, como señala Alberto Sánchez Álvarez-Insúa, donde se encuadraría su obra poética, su narrativa, su dramática, tanto española, hispánica o europea. El ensayista habló del concepto de polisistema en literatura para afirmar que el mundo literario lo componen los literatos del momento y todos aquellos que les precedieron, la tradición clásica, las traducciones o las lecturas en los idiomas originales. Autor de una vastísima obra que abarca la poesía, el ensayo, la crítica literaria, incluso el teatro, además de ser traductor, sobre todo, de literatura francesa. Díez-Canedo fue un personaje liberal, abierto e interesado por las más variadas manifestaciones artísticas: literatura y arte; amigo de casi todos los escritores, pintores y músicos de la época y persona que, sin haber asumido nunca una militancia política, contribuyó, junto con sus allegados, con Manuel Azaña en primer lugar, al advenimiento de la República y tomó parte activa en el curso de los acontecimientos históricos de la España del primer tercio del siglo XX.
        En la «Introducción», que Sánchez Álvarez-Insúa escribe para situar al insigne crítico, se recoge que Enrique Díez-Canedo había nacido en Badajoz, en 1879 y fallecido en México en 1944, de familia de clase media, el mayor de cinco hijos y que, por la profesión del padre, técnico de aduanas, viviría en diversas ciudades durante su infancia: Badajoz, Valencia, Vigo, Port Bou y Barcelona, donde aprenderá el francés que le llevaría posteriormente a dedicarse a la enseñanza y la traducción. Muerto su padre, la familia se verá obligada a residir en Madrid donde el joven Díez-Canedo se licenciará en derecho, profesión que jamás ejerció. Hacia 1903 empieza su labor docente como profesor de Historia del Arte y de Lengua y Literatura francesas en la Escuela de Artes y Oficios y en la Central de Idiomas. Este mismo año se iniciará como poeta y en los años siguientes, entre 1906 y 1907, se sucederán nuevos libros y dará comienzo a su intensa labor como traductor. A lo largo de su dilatada entrega publicará antologías y obras de autores tales como Whitman, Heine, Baudelaire, Giraudoux o Pushkin. En 1909 Canedo se había casado y el matrimonio pasará una larga temporada en París donde estudiará literatura francesa durante dos largos años. De vuelta a España el profesor, poeta y traductor volverá con maletas cargadas de libros y sobre todo con la ilusión de que su obra se irá agrandando poco a poco. Su etapa más fructífera se iniciará cuando comienza su andadura como crítico literario de El Sol, en diciembre de 1917. Otros periódicos vieron estampada su firma a lo largo de los años, El Globo o La Voz. Un periódico como El Sol representaría, entonces, esos aires de renovación que necesitó tanto nuestro país y se convirtió en el medio de la burguesía liberal y progresista. Paralelamente Díez-Canedo colaborará en numerosas revistas de la época que solicitaban sus trabajos, La Lectura (1901), Revista Latina (1907), Renacimiento (1907), Prometeo (1908), España (1915), Cervantes. Revista Mensual Iberoamericana (1916), Cosmópolis (1919), y un largo etcétera.
        El autor viajaría a América en sucesivas ocasiones, concretamente en 1927 año en que visitará Chile, Argentina, Uruguay, Brasil, Ecuador, Panamá y Puerto Rico. La República lo enviará en 1932 como embajador a Montevideo. De esa doble experiencia surgirá un libro publicado posteriormente en México (1944), titulado, Letras de América. Estudios sobre las literaturas continentales. Aunque jamás fue un hombre político sino un abanderado de la libertad y de la democracia, Lerroux le cesará como embajador durante su mandato y le retirará su confianza. Vuelve a España se reincorpora a sus clases y a sus críticas literarias, al mismo tiempo que dirigirá la revista, Tierra Firme (1935-1936) y seguirá colaborando en otras como Tiempo Presente (1935). El 1 de diciembre de 1935 tomará posesión de un sillón de la Academia con el discurso titulado «Unidad y diversidad de las letras hispánicas» al que responderá el prestigioso filólogo Tomás Navarro Tomás. De nuevo es nombrado embajador, esta vez en Argentina, cargo que ocupará poco antes de estallar la guerra. Regresa a Valencia desde donde iniciará un frente común con muchos intelectuales que luchan con su pluma por la libertad.


        México fue, entonces, el país más generoso con los exiliados españoles. En junio de 1937 acogió a 500 niños evacuados de la zona republicana; en 1938, a propuesta del escritor y diplomático Daniel Cosío Villegas, invitó a un grupo de intelectuales entre los que figuraría Enrique Díez-Canedo a proseguir sus trabajos en un Centro fundado, La Casa de España, en México. Y, poco después, debido a las penurias de muchos españoles en Francia, la emigración fue numerosísima porque el Presidente de México, Lázaro Cárdenas, decidió admitir a todos los que llegaran a su país. Por ello, el 1 de junio de 1939 desembarcaron en Veracruz 312 emigrantes, el 13 de junio llegaron 1.599 y así sucesivamente hasta los aproximadamente 15.000 españoles que constituyen la cifra global de los que llegaron a México. En El exilio español de 1939. La emigración republicana de Vicente Llorens (Madrid, Taurus, 1976), Díez-Canedo figura como poeta, al lado de otros nombres muy significativos: León Felipe, José Moreno Villa, Juan Larrea, Juan José Domenchina, Ernestina de Champourcín, Emilio Prados, Pedro Garfias, Luis Cernuda y un largo etc. Carlos Martínez, en Crónica de una emigración (México, Libro Mex Editores, 1959) destaca a Díez-Canedo por su aportación a la cultura mexicana en diversas y variadas manifestaciones intelectuales y literarias. En México publica El teatro y sus enemigos (1939), un recorrido interior del teatro que tiene, obviamente, enemigos externos, como el cine, por ejemplo, pero cuyos verdaderos males son interiores y de alguna manera irresolubles. En 1940 pronuncia una serie de conferencias en la Universidad Vasco de Quiroga que se publicarían más tarde bajo el título genérico de La nueva poesía. Díez-Canedo fue a lo largo de su vida un poeta puro, poeta de la pureza, de espíritu y alma puros. Murió en Ciudad de México el 6 de junio de 1944.
        La edición de Alberto Sánchez-Álvarez Insúa recoge, además de una aclaratoria introducción, buena parte de su obra crítica desperdigada, como hemos podido comprobar, en revistas literarias y sobre todo en periódicos. Julia María Labrador Ben establece una bibliografía que recoge en un pormenorizado análisis la obra del escritor español. Siguiendo las huellas de sus colaboraciones podemos establecer que los periódicos en los que colaboró fueron, El Globo, desde 1908, El Sol, desde 1917 a 1933, La Voz, desde 1920 a 1936, La Nación, de Buenos Aires, de 1923 a 1933, El Mercurio, de Chile de 1931 a 1935, El Nacional, de México, de 1940 a 1941 y Excelsior, de México, de 1943. Sus colaboraciones en revistas como La Lectura, desde 1901, Revista Latina, 1907, Renacimiento, 1907, Prometeo, 1908 a 1912, Revista Crítica, 1909, España, 1915 a1924, fue secretario de redacción, Cervantes, 1916 a 1919, Comópolis, 1919 a 1922, La Pluma, 1920 a 1923, Índice, 1921 a 1922, Alfar, 1922, El Tiempo Presente, 1935, Tierra Firme, 1935 a 1936, de la que fue director, Almanaque Literario, 1935, Hora de España, 1936, Madrid, 1937 a 1938, dirigió dos números, Revista de Indias (Bogotá), 1939, Romance, 1940, Tierra Nueva (México), 1940, Revista Iberoamericana (México), 1940 a 1942, Letras de México, 1941 a 1944, La Pajarita de Papel (México), 1942, Cuadernos Americanos (México), 1942 a 1944, El Hijo Pródigo (México), 1943 a 1944 y Gaceta del Caribe (La Habana), 1944. La edición reproduce una variada muestra del escritor español, como «Artículos de crítica teatral. El teatro español de 1914 a 1936», «Estudios de poesía española contemporánea», y «Conversaciones literarias». En los distintos apartados se reproducen sus críticas a autores tales como Echegaray, Dicente, Pérez Galdós, Benavente, los hermanos Quintero o Martínez Sierra, además de los modernistas, Marquina, Villaespesa, Fernández Ardavín, los hermanos Machado, Grau o López Pinillos. De su valioso quehacer salieron excelentes críticas a obras de Carlos Arniches y Pedro Muñoz Seca, además de esa otra visión renovadora que ofrecieron los autores del 98, entre los que el crítico destaca a, Unamuno, Valle-Inclán, Azaña, Azorín, o las jóvenes generaciones, Casona, Alberti, García Lorca. La poesía recoge sus comentarios a los comienzos del Modernismo, la tradición y la poesía regional o los nuevos poetas, Moreno Villa, Felipe, Bacarisse, Domenchina, Salinas, Alonso, Diego. Alberti y numerosas conversaciones con Felipe Trigo, Apollinaire, Rubén Darío, Octavio Picón, Jarnés, o sus opiniones acerca del cubismo, los romances de ciego, las traducciones de poesía extranjera. 
        Una actividad tan plural como venimos comentando muestra la labor de Díez-Canedo en el mundo de la literatura del siglo XX, en las tertulias y en el periodismo de la época que hoy ofrece una triple orientación: la que le confiere el lugar como introductor y guía de los más jóvenes, la que le señala como alentador y mantenedor de grupos literarios que hicieron de don Enrique un gran amigo de sus amigos, casi todos los escritores españoles e hispanoamericanos de entonces, y sobre todo la que le confirma como autor de críticas certeras y ponderadas sobre asuntos de actualidad literaria en un amplio sentido. Esta última faceta, la de crítico, se enmarca además en el espíritu institucionista de esa clara tendencia krausista que caracterizó a Enrique Díez-Canedo.

OBRA CRÍTICA
Enrique Díez-Canedo
Edición de Alberto Sánchez Álvarez-Insúa
Madrid, Fundación Santander
Central Hispano, 2005; 512 págs

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Enrique Vila-Matas



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VOLUBLE VILA-MATAS
              
        El impulso de la escritura, la intimidad voluble y esa permanente tentación consecuente por dejar constancia, provocan rarezas de todo tipo que necesariamente incluyen renuncias, pero posibilitan el relato de viajes horizontales que confirma esa tensión ensayada  entre ficción y realidad con la que se alcanza la verdad, y en este devenir se añaden lecturas y reencuentros a un cotidiano existir, incluso invitaciones a festivales o centros culturales que se acercan a los conceptos de lo estrictamente metaliterario, y se transforman en un gigantesco depósito de referencias. Treinta y cinco años de oficio han llevado a Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) a convertir su propia experiencia en literatura y sucesos recientes, observaciones cotidianas, frases recordadas, libros leídos o anotaciones que brotan sin orden, se resuelven en un auténtico discurso y se convierten en un Dietario voluble (2008), una entrega caracterizada deliberadamente de híbrida, mitad reflexión y mitad relato, análisis y descripción, para contar en un conjunto de anotaciones de extensión y profundidad diversas, cuatro años, entre diciembre de 2005 y abril de 2008, de una intimidad personal. Una vez más, el escritor, en esa búsqueda permanente de su obra, explora el vacío, y nos invita a un círculo del que no se puede salir voluntariamente, que reúne a toda una estirpe de escritores, a Cervantes y a Shakespeare, a Sterne y a Conrad, a Coetze y a Pitol, citados en estas páginas y en numerosos otros textos anteriores del narrador barcelonés.
        Los lectores de Vila-Matas reconocerán en las páginas de Dietario voluble algunas colaboraciones periodísticas semanales que, reunidas ahora en un volumen, ofrecen una lectura más afortunada y feliz por ese secreto intimismo que el barcelonés otorga a este dietario; en realidad, una culta visión por pasajes literarios, autores y libros, algunas de sus predilecciones y manías que desembocan en Kafka, Sebald, Gracq, Bolaño, Tabucchi, Montaigne o Magris, una auténtica estrategia narrativa con inequívocos referentes a los nombres universales apuntados. En sus páginas se muestra una defensa contra los desmanes urbanísticos de su ciudad, su visión irritada por la transformación turística contemporánea que se ofrece de su Barcelona natal, y se lee su renuncia a una ciudad narcisista y pueril, o su visión se extiende a una explícita crítica de una cultura tremendamente idiota, cuando habla del nivel de ignorancia de este país y, sobre todo, la conformada y maniquea satisfacción de esa ignorancia esgrimida que desemboca, además, en una fervorosa inquina y una escasez de catadura moral. Como es habitual en este tipo de libros, se trata de un discurso deliberadamente híbrido, sin posibles límites entre el relato, la anotación, la reflexión, la descripción o el análisis, con esa voluntad de ofrecer un tipo de literatura que fluye libre y ofrece asociaciones múltiples con un fondo muy literario y de carácter comunicativo y lleva al lector a establecer un auténtico diálogo silencioso y lo convierte en esa especie de sujeto activo que tanto interesa a Vila-Matas puesto que con él subraya o anota aquellos aspectos más significativos de su lectura.




Enrique Vila-Matas; Dietario voluble; Barcelona, Anagrama, 2008; 275 págs.


martes, 5 de diciembre de 2017

José María Guelbenzu



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UNA HISTORIA DE AMOR

       Los novelistas de la segunda mitad del siglo XX recurrieron a la memoria y al recuerdo para buscar respuestas a las interrogantes personales de los años de infancia y de juventud que vivieron bajo la dictadura franquista. Cierto objetivismo y bastante subjetividad pueden apreciarse, en igual proporción, en estas historias. Los autores mezclan el análisis de un aprendizaje vital y sentimental de los difíciles años, al mismo tiempo que intentan recuperar  rasgos de esa identidad perdida. José María Guelbenzu (Madrid, 1944) aborda esa expresión dialéctica del ser humano consigo mismo. Sus comienzos en el experimentalismo dieron lugar a una novela sorprendente, El mercurio (1967), a la que seguiría Antifaz (1970), con rasgos semejantes a la anterior: estructura fraccionada, y una total libertad estilística, y posteriormente,  El pasajero de ultramar (1976), con semejantes procedimientos innovadores de las anteriores.
       El amor verdadero (2010), sin abandonar algunos temas habituales, técnicas narrativas, personajes, atmósfera y ambiente, puede ser la mejor novela de Guelbenzu hasta el momento. Cuenta una historia compleja, de amplia y profunda visión sobre la existencia humana que completa todo un auténtico ciclo novelesco, la crónica moral de toda una generación de españoles que vivieron, con mucha pasión, sus años universitarios en los 60, una década alimentada, sobre todo, por las ilusiones de cambio y de apertura, y una secreta militancia antifranquista, unos jóvenes marcados que protagonizarían el paso a la transición política durante los 70, se comprometerían en los difíciles 80, y más tarde sufriría el desencanto en los 90, logradas unas transformaciones sociales y políticas que posteriormente derivarían en una red de corrupciones y engaños políticos. El narrador vuelve a los escenarios ya conocidos en algunas de sus novelas anteriores, recrea momentos pasados con personajes de otras muchas de sus historias y, una vez más, la abundancia y firmeza del diálogo, fluido e inteligente, sobresale en una narración que arranca desde los orígenes mismos de sus protagonistas: Clara Zubia y Andrés Delcampo, una vida introspectiva y sus vicisitudes desde 1945, la pérdida de un paraíso infantil, el paso de la inocencia a una juventud cotidianas, los posteriores años universitarios en un Madrid agitado y expectante, la realidad social española marcada por la dictadura como trasfondo y la lucha antisistema, una generación cercenada y desengañada en todos los aspectos, cuya madurez desembocó finalmente en un nihilismo existencial. Guelbenzu cuenta paso a paso, realiza una auténtica crónica sentimental de esas amistades forjadas frente al régimen, y algo más tarde perdidas, como la esperanza del cambio tras 1975, subraya la suavidad de una Transición con evidentes aires de novedades, deteniéndose en las posteriores elecciones democráticas, la victoria y el largo gobierno socialista y la decepción del sistema democrático, la desconfianza, en vocaciones y empresas forjadas en la clandestinidad, para mostrar, una vez más, la pérdida de una identidad. Dividida en cuatro amplias partes, más un prólogo y un epílogo que, en apenas cuatro páginas, resume los acontecimientos del 11 de marzo de 2004, y el huracán Katrina de 2005, permite disfrutar de una amena lectura en secuencias calculadas, con una estructura que fragmenta una voluminosa historia, delimitada alternativamente por tres narradores, y ofrece, en consecuencia, una visión colectiva de los difíciles años en la convulsa sociedad española.







José María Guelbenzu, El amor verdadero; Madrid, Siruela, 2010; 583 págs.
  

lunes, 4 de diciembre de 2017

Desayuno con diamantes, 126



60 AÑOS DE UN NADAL
(La sombra del ciprés es alargada)

        En 1947, un joven, recién casado, de veintisiete años, empieza a escribir La sombra del ciprés es alargada novela que unos meses más tarde, el 6 de enero, conseguiría el Premio Nadal que lo descubría como un prometedor autor novel.



        La mañana del 7 de enero de 1948, El Norte de Castilla, publicaba en su primera página tres fotografías: la del general Franco, vestido de almirante, porque el ejército celebraba la Pascua Militar; la del Papa Pío XII, porque el Santo Padre se había dirigido al obispo de Tortosa, y la de un joven, con un pequeño titular, que anunciaba: «Miguel Delibes Setién obtiene el premio Eugenio Nadal de 1947». Después se aclaraba que el premio estaba dotado con 15.000 pesetas, que la novela llevaba por título La sombra del ciprés es alargada, que el premio se otorgaba anualmente a la mejor novela inédita y que a él concurrían los novelistas de toda España, buscando el máximo galardón nacional para este género literario. «Su novela, se indicaba, al ser conocida, causará fuerte impresión en el mundo de las letras españolas y constituirá una verdadera sorpresa». Unos meses más tarde, el joven Delibes añadiría  una curiosa anécdota a su vida literaria que años más tarde relataría así: cuando ganó el Nadal, Pío Baroja elogió esta novela en una entrevista que le hizo Antonio Covaleda para el diario Pueblo. Posteriormente, Vergés y Delibes fueron a visitar al anciano escritor. «Entonces le dije que se habían vendido 5.000 ejemplares en tres meses. Se echó a reír. «Joven, yo sé lo que puede vender la primera edición de un libro», dijo. Entonces, José Vergés, mi editor, que me acompañaba, le aseguró al viejo maestro: «Don Pío, es que en España han comenzado a leer las mujeres». «Ah —Baroja cambió de tono—, si han empezado a leer ésas no digo nada». No dijo mujeres sino ésas, y entre Vergés y él acababan de poner el dedo en la llaga. La mujer empezaba a incorporarse a la cultura en España, a sentir una inquietud espiritual, y esa actitud no ha cesado de crecer desde entonces». (Entrevistado por César Alonso de los Ríos, El Semanal, 2 de abril de 2000.).

Historia de un libro
        La crítica ha señalado que esta primera novela Delibes ya contiene algunas de las constantes de su obra futura: la infancia, el peligro de una civilización regresiva respecto al espíritu, el paisaje o la obsesión por la muerte. Tema que, por otra parte, le ha acompañado durante buena parte de su vida y está omnipresente en sus obras, como ha señalado el autor, y de alguna manera es mucho más dura cuando se hace real. El escritor nunca ha olvidado que el 22 de noviembre de 1974 murió Ángeles su esposa y compañera con quien había pasado los mejores años de su vida, solo con su desaparición, añadiría, ha tenido constancia de los treinta años transcurridos en su compañía. Juan Luis Alborg lo incorpora a su Hora actual de la novela española (1958), afirmando que «entre todos nuestros jóvenes novelistas Miguel Delibes es uno de los que avanzan hasta el momento con paso más seguro en su carrera literaria (...) La sombra del ciprés es alargada, obra de juventud, puesto que fue escrita a los veintisiete años, es, un libro demasiado duro, amargo y grave, con esa gravedad que, aunque parezca paradoja, no suele darse sino en los escritores juveniles». En realidad, como afirma Alborg, escrita en primera persona, era la historia de un pesimismo. Un joven huérfano es educado como pupilo por un maestro de Ávila que imbuye en el muchacho un amargo concepto de la existencia. Una casa aburrida, la muerte de un compañero de hospedaje, un entorno hostil y, en suma, una atmósfera asfixiante, convertirán al muchacho de carácter retraído y pesimista en un ser totalmente hermético. Ni siquiera su posterior condición de marino y sus continuos viajes por el mundo lograrán que se convierta en una persona diferente, hasta que un día surge la mujer capaz de cambiar su concepto de la vida y ante eso acaba por ceder ante el amor, pero un terrible accidente acabará con la esposa pocos días después de casado.  No es difícil imaginar que el episodio relativo a la Marina fuese sacado de la propia biografía de Delibes, hecho que Fernando Valls recoge en una excelente reseña sobre 377 A madera de héroe (1987), que César Alonso de los Ríos reproduce en sus Conversaciones...  (1971). Durante la guerra, Delibes, se reunía con un grupo de amigos para charlar y jugar a las cartas en una buhardilla que su madre le había prestado... , allí mismo surgió un día el entusiasmo marinero de un amigo que murió después en el Baleares; pronto los mayores de la pandilla se fueron enrolando en la Marina y nos escribían cartas en las que relataban con gran entusiasmo sus experiencias. Pero, en realidad, el autor, maneja para su primer libro el símbolo de las sombras y el estilo alargado de los cipreses para constatar la cruda imagen de la muerte que recorrerá toda la novela y por extensión toda su obra.


        Una virtud señala Alborg, la habilidad narrativa del novelista, su poder de sugestión que sumerge al lector fácilmente en la atmósfera de su libro y, en cuanto al modo de exponer, el dominio del lenguaje y la expresión muestran ya esa madurez que poco después caracterizaría al gran narrador Delibes. Antonio Iglesias Laguna en su obra Treinta años de novela española (1970) afirma que «a Delibes se le acusa de escribir demasiado bien, de ser estilista antes que novelista; sutileza expresiva para unos, realidad fotográfica para otros. Impresionismo. Realismo intimista. En consecuencia, hace falta confesar que a Delibes, ante todo, se le ve preocupado por la forma». Pablo Gil Casado autor de un excelente manual muy olvidado, La novela social española (1968), apunta que, «tal vez sea Miguel Delibes el novelista más representativo de esta promoción (se refiere a la del cuarenta), tanto por sus características como por sus limitaciones. Hasta bien entrada la década de los sesenta, el procedimiento que sigue Delibes para sus novelas es como sigue: 1) planteamiento de una tesis muy de siglo diecinueve; 2) la intercalación de episodios divertidos, si bien marginales, dentro del conjunto de la obra; 3) en una práctica artística que queda dentro del viejo costumbrismo naturalista; y 4) el conjunto amenizado con chistes y detalles tremendistas. María Dolores se Asís en Última hora de la novela en España (1996) dedica un extenso capítulo a la obra del escritor castellano y apunta que «Delibes, como novelistas, es ya un clásico en nuestra literatura por lo que tiene de visión personal y característica de la vida humana, de un mundo bien determinado. Si sus héroes son individualistas y expresivos siempre de la visión del autor, hay que reconocer que en su trayectoria se ha ido acercando cada vez con mayor responsabilidad a los problemas inmediatos de la sociedad de su tiempo, con una conciencia crítica.
        La crítica ha dividido la producción de Miguel Delibes en dos épocas, claramente, diferenciadas: la primera integrada por sus tres primeras novelas La sombra del ciprés es alargada (1948), Aún es de día (19499 y Mi idolatrado hijo Sisí (1953), la segunda  época se inicia con El camino (1950) y ocupa la mayor parte de su producción. El estilo de la primera revela una narración mas tradicional, realista del XIX, aunque con una clara tendencia a la introspección, donde la historia es un argumento estructurado, existe un personaje protagonista, insolidario porque lo exige el relato, con una fuerte personalidad. La segunda época apunta a una simplicidad narrativa más del momento, una tendencia al objetivismo, un sentimiento de solidaridad humana, predominio de los tipos y ambientes sobre la anécdota, una manifestación distinta del mundo y sobre todo la síntesis que practica el narrador frente al análisis de la primera.
        Entre 1964 y 1970 aparecían las Obras completas de Delibes hasta ese momento y en el prólogo a dicha edición, el autor declaraba que las características señaladas por su traductor tanto francés como italiano, la ternura, el realismo, el humor, la angustia existencial o la preocupación por la muerte están patentes en sus primeras obras, sobre todo en La sombra del ciprés es alargada (1948). Desde el punto de vista técnico, el propio Delibes ha llegado a afirmar que se trata de una novela mediocre, de un libro balbuciente; pero, también, es verdad que la crítica ha señalado que la novela no es excesivamente mala por lo que falta sino por lo que realmente le sobra: descripciones y explicaciones excesivas, cuadros de costumbres que recuerdan un realismo tradicional. Eugenio de Nora en Novela española contemporánea (1958) definía la novela como un «dilatado y reiterado cuento filosófico, revestido de amazacotadas masas narrativas ochocentistas», pero en cierta manera se percibe en él esa «gravedad moral» que el escritor vallisoletano sabe infundirle a sus textos muy por encima de sus contemporáneos.

La sombra 60 años después
        La preocupación por la muerte en Pedro, personaje protagonista y central, surge de esa experiencia de la muerte lejana; la muerte de un compañero de colegio, fomentada además por el ambiente ascético de la ciudad de Ávila donde se desarrolla inicialmente la novela, además de la doctrina de una maestro severo. La experiencia de la muerte llevará al protagonista a una constante preocupación por el fin del hombre, hecho que convertirá al joven en un ser pesimista ante la vida misma. Junto a esa conciencia agudizada, frente a todo lo que suponga una desaparición, el joven protagonista sufrirá la indiferencia de todas aquellas personas que lo rodean, quizá por eso el personaje tenderá a evadirse de ese sentimiento de finitud buscando un horizonte más amplio, quizá de ahí su vocación marinera. Esa subjetividad hará que Pedro se convierta en un ser excesivamente aislado aunque pronto se dará cuenta de que el mundo existe y el hombre es un ser social por naturaleza, justo entonces encontrará una mujer con la que se casará aunque la muerte súbita de su esposa en  un fatídico accidente lo devolverá a la desesperación anterior, de tal manera que se salvará, de un posible suicidio, por su fe en la vida trascendente y por las enseñanzas de su preceptor, asceta y de una especial resignación porque vuelve a Ávila, un lugar que, además, le ofrecerá ese efecto de calma que había experimentado en su adolescencia. Alguien ha escrito que «leyendo cómo sondea el narrador este proceso, queda claro que el pesimismo viene a ser la reacción del raciocinio ante las marcas que dejan en el carácter cada golpe y cada convulsión, cada espasmo y cada arrebato. Luis López Martínez ha señalado que, en realidad, la novela un tanto sobrecargada de ideología , se empapa de la tristeza que motivó en su autor la guerra civil, quizá como en tantos otros escritores de su generación. Como si se tratara de un inventario simbólico, el mismo título resume la categoría de los elementos reunidos: «la sombra del ciprés, afilada y cortante como un cuchillo, representa lo efímero y lo caduco: la muerte; en contraposición al pino que ofrece una sombra redonda, amparadora, símbolo de todo lo que respira confianza». El tejido narrativo de La sombra del ciprés es alargada intenta, en este caso, atrapar el fondo del hombre y no su estereotipo. Así lo ha descrito Manuel Alvar cuando él mismo resume dicha maniobra: «(Delibes) Ha sido fiel al principio agustiniano de que en el interior de cada uno de nosotros hay una verdad, buena o mala, pero verdad. Sin embargo, trasplantado a un plano de universalidad. Sólo el desencanto le sirve para formular su intento de teoría general. Pensemos en tantos casos de su obra: fe en los hombres y desconfianza en el Hombre», en Castilla habla, 1993.
        Conviene recordar para terminar esa idea de Delibes de que «en toda novela debe haber, al menos, un hombre, un paisaje y una pasión».


domingo, 3 de diciembre de 2017

Sabías que...






     “Cuando la vida te presente razones para llorar, demuéstrale que tienes mil y una razones para reír”.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Historia del cuento



CUENTO
50 años de cuentos*      



                                            
INTRODUCCIÓN

       No existe en el panorama literario español una Historia del cuento o algo parecido a un manual de uso y de referencia. Ni siquiera algunos compendios lo suficientemente completos que, de alguna manera, arrojen algo de luz sobre este maltratado género. En contadas ocasiones se han historiado muy parcialmente algunas de las últimas décadas del pasado siglo. No existe, en consecuencia, una visión mínima lo suficientemente interesante de esa faceta narrativa breve de tanta trascendencia en este país. Porque, buena parte de las numerosas antologías, tanto generacionales como temáticas, se han limitado a recoger, en un buen puñado de cuentos seleccionados, a aquellos autores que ofrecieran una muestra de su producción breve o, en otro sentido más amplio, lo último que se estaba produciendo en el ámbito del relato. Esas introducciones han justificado, en gran medida, la nómina propuesta y, una tras otra, se han lamentado del escaso eco de un género ensalzado, vivamente, desde la dedicación de autores como Bécquer o Clarín, Baroja o Cela  hasta llegar a la generación de Aldecoa y Fraile o incluso Merino en nuestros días.
       De esa historia pendiente del cuento literario en España de los últimos cincuenta años (1950-2000) he tenido constancia, de los primeros veinticinco, leyendo breves y minuciosos estudios o través de artículos, repasando pequeñas monografías o entresacando capítulos de grandes manuales de Historia de la Literatura. Transcurrido mucho tiempo después, he conseguido, algunos de esos volúmenes que, con mucha dosis de paciencia uno va rescatando en los anaqueles de las librerías de viejo. Una tarea que, ahora, es más fácil a través de ese interesante medios que es internet. Una red que han tejido numerosas librerías especializadas y por donde se puede viajar de uno al otro lado del mundo en busca de los libros descatalogados o perdidos y nunca  encontrados hasta ese momento. La visita a estas librerías virtuales se convierte en todo un acontecimiento. De la misma manera, los últimos veinticinco me los he pasado como ese devoto lector y estudioso de un género que, recién iniciado el siglo XXI, parece salir de ese involuntario olvido para ocupar su merecido lugar en el panorama literario pero sobre todo en el editorial. La perspectiva histórica que nos ofrece hoy el recién terminado siglo XX, desde perspectivas y posiciones distintas, permite ya la valoración global de un género que se supone materia de ensayo y entrenamiento para no pocos autores que inician su labor en el maravilloso terreno de contar, en muy pocas palabras, y conseguir el efecto deseado en unas líneas o en algunas páginas, una historia desde un principio hasta un final.


        )Qué es, en realidad, un cuento? Cuando a lo largo de las últimas décadas se les  preguntaba a los autores acerca de una denominación del género, sus respuestas han sido de lo más heterogéneo y de lo menos oportuno. Para valorar, al menos por encima dichas afimaciones, sugiero, no obstante, apuntar algunas de las más acertadas, como por ejemplo la que hace años proponía Medardo Fraile cuando era requerido por una definición del mismo: *Un cuento es lo más fino y personal y lo menos manchado que pueda hacer un escritor+. Para Enrique Ruiz García *El cuento es la apropiación de un asunto contado con la economía máxima de los medios de expresión y provocando una explosión+, incluso, un autor como Jorge Cela Trulock ha ido aún más allá e insistía en que *los cuentos (...) sirven de campo de experiencia para ir ensayando intentos de expresión, formas de tratar los temas+, y para Andrés Neuman, uno de los más jóvenes e interesantes cultivadores del género contemporáneos  *los géneros puros no existen+ pero añade que, sin embargo, *el cuento es el género que mejor sabe guardar un secreto+.
       Pese a ese esforzado intento (no sé bien por qué, quién o quienes tendrían interés en el asunto) de  arrinconar un género de tanta trascendencia en la literatura española del último siglo, lo que se pretende con la presente reflexión y la enumeración, año tras año, de un sólo libro de relatos publicado, es ofrecer una guía particular o una selección propia que no pretende establecer ningún canon porque no se parte de una idea de estilos, tendencias, modas, aunque sí de la trascendencia de los corpus estudiados. La referencia temporal a los últimos cincuenta años obedece a esa exclusiva comodidad por abarcar un número lo suficientemente representativo y no demasiado alejado de un público lector que, de alguna manera, aún hoy tiene muchas posibilidades de leer a muchos de los autores de los libros reseñados en esta monografía. Volver otros cincuenta años atrás, a la primera mitad del siglo, supondría un esfuerzo mayor de búsqueda así como de localización de las colecciones y de sus autores, muchos de ellos hoy, lamentablemente, descatalogados a pesar de su condición de clásicos en muchos de los casos. Evidentemente, esta pequeña monografía no resulta ser ese manual de Historia del cuento tanto por su planteamiento como por su extensión; así que seguimos sin historiar el género por excelencia de la literatura española; y sólo habrá que ver en este trabajo un recurso más que sustente esa interesante posibilidad para el futuro. Esta monografía podría verse completada con esa otra visión que arrojan las antologías y las pequeñas monografías que, durante los últimos cincuenta años de la segunda mitad del siglo XX, se han venido sucediendo en el panorama literario español, un conjunto que ofrecería algunas posibilidades más para ese manual de uso que terminará por escribirse.
       El lector, espero al menos, podrá disfrutar, como yo mismo lo he hecho, con la  ordenación de algunas de las mejores colecciones de cuentos publicadas en la segunda mitad del siglo XX y con algunos de los autores cuyo nombre hoy se asocia a la mejor literatura que se escribe en este país. Los libros coinciden con los años de aparición de los mismos, es decir, desde 1950 al 2000 y, solo, en cuatro ocasiones, 1952, 1967, 1980 y 1998, he duplicado, en el mismo año, el libro de cuentos por tratarse de autores cuya importancia hoy en día se mide con la calidad de su escritura. La primera, Carmen Laforet, una joven revelación que dedicó, a lo largo de su vida literaria, sus esfuerzos al género; es un homenaje porque después de un largo silencio fallecía este mismo año tan sigilosamente como había vivido las últimas décadas; Francisco Izquierdo, entregaba finalizando la década de los sesenta una excelente colección de cuentos, Las bestias y otros ejemplos, cuya trascendencia en la narrativa andaluza posterior sentaría las bases de toda una escuela; además, el granadino, también, fallecía recientemente, y supone éste un reconocimiento a su amistad de tantos años; Cristina Fernández Cubas, inauguraba con Mi hermana Elba una excepcional muestra de arte narrativo breve cuya estela, en su obra, se extiende hasta nuestros días y, finalmente, Soledad Puértolas, con Gente que vino a mi boda, corroboraba su excelente debut en el género iniciado en esa maravillosa década de los 80 con Una enfermedad moral.
       Reseño, para el curioso lector y estudioso, la obra completa, incluyo, los cuentos que componen el libro y en muchos de los casos, acompaño el aparato bibliográfico cuando la obra ha sido reeditada o edita posteriormente. Este detalle significa, entre otras muchas cosas, reseñar la importancia que algunos de los corpus han tenido en el panorama narrativo breve de las últimas décadas. Un hecho que, unido a otros factores, forma parte ya de esa historia del cuento aún pendiente por realizar.

*La introducción a esta pequeña monografía se publicó en 2005 y en ella cuestionaba la importancia de ofrecer una auténtico estudio/ historia sobre el cuento español que tanto proliferó en el pasado siglo XX y aun continúa siendo importante en los primeros años del XXI.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Eduardo Mendicutti



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QUERIDO CIGALA

        El paisaje literario de la España postfranquista debe, y mucho, a la obra de Eduardo Mendicutti  (Sanlúcar, Cádiz, 1948) por su inquebrantable voluntad de representar un sistema de valores que oscila entre lo crítico, lo social y lo político, con vigorosas imágenes que proceden de la cultura kitsch, y por ensayar esa peligrosa actitud ante una denostada literatura gay que, además de una temática marginal, ofrece el estudio de un habla caracterizada de vulgar, un «lenguaje del travestismo», con el idiolecto propio de grupos específicos en una sociedad o de una región que conoce bien Mendicutti. Buena parte de su prosa se sustenta en esas breves elipsis expresivas contra un silencio impuesto, tema esencial, por otra parte, de Ganas de hablar (2008).
        Sus novelas, Una mala noche la tiene cualquiera (1982), El palomo cojo (1991) o Los novios búlgaros (1993), terminan con expresivas manifestaciones de júbilo pese a los fracasos a que se ven sometidos sus personajes, tienen un esperado final optimista que proporciona al lector esa sensación de alivio aunque, entre otras cosas, producen perplejidad y consternación. No es la primera vez que Mendicutti propone un texto basado en un larguísimo monólogo, como ocurre en Ganas de hablar, con dos partes, una primera muy extensa, un diario a lo largo de quince días, y una segunda, más breve, en la que reproduce otra estampa del Sur, el paso de una procesión y el monólogo interior de su protagonista. Una manifestación de triunfo sobre el silencio forzado e impuesto durante años al Cigala, mariquita de toda la vida, conque cierra la narración de buena parte de sus vivencias, incluidas las familiares y sus amistades, una corte de damas, doña Luchy Osorno, Ana Belén Gallardo, Chica Lapuente, a quienes les ha venido practicando, desde siempre, la Haute Manicure, como a él le gusta definir su profesión y su arte.
        Todo empieza cuando el personaje se entera que la corporación municipal de su pueblo, La Algaida, le va a dedicar una calle y utiliza a su hermana, Antonia, casi un vegetal, como confidente. A lo largo del relato, recordará y reconstruirá un mundo, el suyo propio, ahora que es posible librarse de ese silencio impuesto, tras décadas de confusión, de vanos impulsos por salir adelante y de buscar solución a los problemas personales y profesionales. Un relato, como es habitual en Mendicutti, donde el humor convierte al estereotipo del mariquita en España en un personaje tierno y querido, como el de tantos pueblos de nuestra geografía, porque como él mismo asegura, la voz colectiva, contribuye a comprender lo que somos, hemos sido o aquello que queremos o no ser. Lo mejor del Cigala es que, a pesar de ser un marica redomado, resulta tan creíble, como amable y simpático, habla la jerga callejera andaluza, un lenguaje con estilo propio y singular que otorga al texto valores añadidos: cantidad de calificativos de una lengua tan diaria como vulgar, tan expresiva como académica. La Fallon, el niño de la Batea, el cura Pelayo o don Alfonso de Sandoval, amante y protector de Antonia, alternan en esa corte de personajes que divierten al lector con escenas cotidianas en medio de un mundo paralelo y oscuro, es decir, secreto, íntimo, olvidado durante décadas, perceptible bajo la mirada del novelista, convirtiéndolo así en luminoso, irónico y desafiante. Francisco López Guerra, alias Cigala, sorprende, como otros personajes de Mendicutti, por despertar a los fantasmas de su pasado aunque, la verdad sea dicha, si en el fondo todo ha sido de mentirijillas, qué más da.





Eduardo Mendicutti; Ganas de hablar; Barcelona, Tusquets, 2008; 305 págs.