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sábado, 7 de julio de 2018

Sabías que...




     “Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan solo de noche”.
                                            Edgar A. Poe (1809-1849)       

viernes, 6 de julio de 2018

Particulares señas de identidad


   UNAS SEÑAS DE IDENTIDAD PARA HUÉRCAL OVERA

                                                     
        Los pueblos muestran en el transcurso de los siglos toda una serie de acontecimientos que configuran sus particulares señas de identidad. Nuestro Sur ofrece, de Este a Oeste, los más bellos ejemplos de una protohistoria que se remonta a los orígenes de la antigua Iberia y en una zona que, el historiador José Ángel Tapia, concreta como aquellos primeros asentamientos iberos, constatados a lo largo de todo el levante español o esa otra linde posterior que los romanos llevarían más a poniente, en la que sobresale esa amplia franja de terreno denominada Valle del Almanzora y cuantas  ramblas convergen en él desde otras comarcas. Durante siglos la historia se ha confundido o ha evolucionado, geográficamente: en el Valle del Almanzora se sitúan algunos de los episodios más significativos de la dominación romana, hasta el punto de que Tito Livio afirma que en el año 214 a.C., el cartaginés Asdrúbal anduvo por estas tierras y puso sitio a Munda, ciudad que simpatizaba con Roma; estudiosos, sitúan y localizan este enclave con el actual paraje de Los Mundos, una cortijada al noroeste de la actual Huércal Overa, población que sirve de puerta natural al resto de la Cuenca del Almanzora, cuya vida y cultura se remontan al mismo alba almeriense.
        El río, que  forma esta cuenca y le da nombre, tiene 125 kilómetros en curso y nace por encima de Serón, en la cortijada de los Santos, y va salvando los desniveles que va encontrando a su paso: Purchena, Olula del Río, Cantoria, Arboleas hasta llegar al término municipal de Huércal Overa y de aquí a las localidades de Cuevas del Almanzora y Vera hasta el mar. De la cercana Sierra de las Estancias recibe las numerosas ramblas que con el paso del tiempo se han ido formalizando en pequeños núcleos de población: Jauca, Higueral, Royo de Urracal, Olula, Albox, Almajalejo, Rambla Grande, Moncocar y Canalejas e, igualmente, de los Filabres enumeramos las localidades de Alcóntar, Herrerías, Bacares, Sierro, Macael, Albanchez y Arroyo Aceituno. El valle se sitúa, pues, en el centro de la Almería interior y de Oeste a Este forma un triángulo alargado, desde las estribaciones de la Sierra de Baza hasta el Mediterráneo. Geológicamente parece tratarse de una depresión  intramontañosa  muy alargada que pone en comunicación la depresión Guadix-Baza con Huércal Overa y Vera hasta el mar.
        Flanqueada por la Sierra de las Estancias y las últimas estribaciones por la de los Filabres. En el extremo Oeste se sitúa el Cabezo de la Jara, cuya altitud es de 1.321 metros y 15 kilómetros de extensión, y en cuya cumbre se sitúa la célebre «Cueva de Scipión», famoso caudillo romano que, según la leyenda, pereció encerrado en una torre, tras la sangrienta derrota  que le ocasionó su oponente, el cartaginés Asdrúbal. La superstición atribuye toda clase de peligros y de misterios en torno a la misma: la gruta es de unos treinta metros, de constitución volcánica y de terreno calizo y ferruginoso. Una excavación practicada hacia 1870 reveló la presencia de algunos objetos de importancia arqueológica: fíbulas metálicas, puntas de lanza y espuelas de plata; ya, anteriormente, se había descubierto una gran mole de hierro que por su forma bien pudo ser un «ariete», muestra inequívoca de la presencia de ese ejército beligerante en el lugar.
        La Sierra de Enmedio limita al campo de Huércal Overa por el Oeste y aunque  no forma parte de ningún macizo montañoso, emerge majestuosamente. La  de Almagro traza, de Este a Oeste, un arco de círculo cuya parte convexa mira hacia el Noroeste, desde donde sobresale el castillo o atalaya de la localidad. El río Almanzora, ese demarcado accidente geográfico de la comarca, fluye a unos 7 kilómetros de la villa  y atraviesa su término municipal por el Sur, a través de las diputaciones de Overa, Río y Oribes. Por la izquierda afluyen, a este único río importante de la comarca, las ramblas de Almajalejo, el Barranco del Empalme, el Barranco de las Casas, la rambla del Bobar o de la Santa, como comúnmente se le conocía; y las ramblas de El Saltador y de Parias, recogen el resto de aguas, esta última reforzada por la gran rambla de Cabrera.


La historia
        El topónimo Huércal Overa se compuso —según Ramón Menéndez Pidal— de dos poblaciones distintas, al repoblarse la zona en el último tercio del siglo XVI. El erudito cree que, originariamente, Huércal viene del término latino orca (vasija) que daría lugar al topónimo  Orcalo (>Huercal) y Vera. Steiger corrobora, también, esta interpretación y señala el término orcalo, como un sufijo átono orc-alo, con pérdida de o final.
        Sin poder certificar un punto de partida histórico con respecto a la villa de Huércal Overa y su comarca, las tribus y primeros pobladores que convivieron en la península ibérica dejaron constancia de su presencia por estos lares: iberos, fenicios, griegos, cartagineses y romanos, contribuyeron, de alguna manera, con su mezcla de civilizaciones a crear el carácter de estas gentes; fenicios y griegos asiáticos, aparte de fundar ciudades y villas, comerciaron por todo el litoral mediterráneo y explotaron las riquezas minerales de la zona, especialmente las que se sitúan en el Cerro de San Francisco, en la llanura de El Saltador  y en el Cerro de Enmedio, donde se evidencian, aún hoy, socabones y galerías de ancestrales explotaciones. Las posteriores luchas entre cartagineses y romanos si no certifican una obligada referencia en estos lugares, si contribuyen a crear una leyenda en torno a la suerte de Cneo Scipión y su posterior muerte en la cercanía de los Mundos, como queda señalado.
        Durante la dominación romana, el emperador Augusto adscribió los términos de Huércal Overa, Purchena y Vélez Rubio a la Tarraconense, provincia, que se extendía hasta la demarcación del río Almanzora, la Sierra de Filabres y las cumbres de Sierra Nevada. Pero a partir de las invasiones bárbaras los acontecimientos se precipitan; constancia del paso de estos pueblos han quedado en algunos restos y ruinas, que se sitúan en este término municipal: la ventana de El Saltador, por ejemplo, que parece tener forma de un exágono irregular, cuyo piso forma un plano horizontal, elevándose sus lados hasta la altura de un hombre  y una bóveda que se cierra por tres líneas en forma cóncava, y le sirve de techumbre; en Úrcal, también, se hallan abundantes vestigios de ruinas y edificaciones que se sitúan a lo largo de todo el pie meridional de la Sierra del Cabezo de Jara; y al sureste, a unos cuatro kilómetros, en una de las crestas más elevadas de la Sierra de Almagro, se conservan cimientos y ruinas de una población antigua o una pequeña fortaleza que, tradicionalmente, se ha conocido como Huércal la Vieja. 

Los árabes
        Los reinos árabes del norte de África albergaban desde siempre su propósito de invadir la península. Sus primeras correrías por el levante ibérico mostraban el carácter pacífico de meras exploraciones y comercio. Sucesivas escaramuzas, posteriores, dieron lugar al desembarco de 7.000 hombres en el año 711, un ejército que derrotó a D. Rodrigo e hizo desaparecer pronto la corona goda. Toda la península quedó sometida al dominio musulmán y, tan sólo, las regiones orientales de Andalucía, cercanas al reino de Murcia, siguieron dominadas por el godo Teodomiro, quien pronto sucumbiría  a las huestes musulmanas.
        Durante el reinado de Abderramán II, en el año 846, se produce la gran sequía de Al-andalus que despobló por completo a la alejada provincia de Almería; poco después comenzaría la repoblación y por esta época puede calcularse que se originaron los asentamientos de Güercal y de Overa, en teoría, y casi sin constatación alguna, base y origen de la actual villa. El río Almanzora, las ramblas, fuentes, balsas y manantiales, rebosantes entonces de agua, pensamos, cimentaron  una prosperidad que edificó una población de la que quedan vestigios en toda la comarca. En Güercal, el castillo árabe, situado en la estribación última de la Sierra de Almagro y sobre un precipicio de 200 metros, construido en argamasa y formado por una única torre perpendicular de 15 metros. Consta de tres pisos y de un único acceso de más de 2  metros de anchura, a cuyo pie se ven restos de un aljibe y a unos 20 metros una muralla. En Overa se sitúa el hoy castillo de Santa Bárbara que, por su extensión, debió ser más importante; ubicado en la cima de la estribación de la Sierrecica,  parece comunicarse con los restos de los castillos de Zurgena, Cantoria, Purchena y Serón, poblaciones que ofrecían una asegurada vanguardia del resto de los pueblos pertenecientes al reino de Granada, que comprendía la totalidad de la Cuenca del Almanzora. Vestigios a los que hay que añadir, los de Abejuela, El Saltador y Torrejón.
        Batallas y más batallas llevaron a las incipientes poblaciones de Güercal y Overa a ser, finalmente, anexionadas, mediante donación previa, a la ciudad cercana de Lorca, en merced a los servicios prestados a la Real Corona, como así lo acordaron los Reyes Católicos, en el año 1488. Pronto iban a fijar su residencia un buen número de familias de cristianos viejos que intentaron convivir con los moriscos del lugar, aunque muchos de éstos, especialmente los habitantes de Overa, optaron por marchar antes de renegar de su fe; Güercal, que era un enclave menor en la época, no sufrió semejante despoblación (queda, como dato curioso, constancia de los habitantes de ambos lugares: 26 pertenecían a este último y 75 a Overa). De igual manera  la primera iglesia, debió construirse a lo largo del siglo XVI, aproximadamente en el año 1564; y la primera escuela data de 1619.
        La rebelión de los moriscos salpicó de continuas batallas a toda la comarca del Almanzora: don Luis  Fajardo inicia sus campañas y Abén Humeya sitia las ciudades de Cuevas y Vera, que se defienden heroicamente. La posterior expulsión de los renegados motivó que se procediera a una segunda repoblación en los años 1572 y 1573 y un año más tarde, Overa, quedó como anejo, definitivo, a la cristiana Huércal, villa que, definitivamente, repoblada, continuó formando parte del término judicial de Lorca, si bien, consiguió reales provisiones para una administración y gobiernos propios. Después de numerosos pleitos los lugares de Huércal y Overa, unidos, se convirtieron en villa con jurisdicción civil y criminal, propia, en 1668, separándose de la ciudad de Lorca, bajo la denominación común de Huércal-Overa y mediante escrito de compra a la real Hacienda; una vez concluido el proceso, empezó el cumplimiento de su destino que determinaría su engrandecimiento y prosperidad.
        A lo largo del siglo se entablaron nuevos pleitos con la ciudad de Lorca.  El 31 de enero de 1752 se puso en marcha el primer servicio de correos, designándose a un vecino como la persona que debía llevar y traer la correspondencia a aquella localidad y a otro para que se instruyera en el reparto. En 1758 se crean las diputaciones rurales de Overa, Almajalejo, la Parata, la Perulera, Santopetar, La Hoya, Tobainí, Toscanos, Gatero, Chorrador, La Loma, Gibeley, Úrcal, Goñar, Torrejón, Gacía, El Saltador y  El Rincón. En 1773 se establece el primer estanco para la venta de pólvora, municiones, azufre, azogue y naipes, siendo el expedidor Juan de Ortega Parra.
        De prosperidad y fomento habla Enrique García Asensio, Juez de 10 Instancia y autor de la Historia de la Villa  de Huércal Overa y su comarca (1909-1910), a quien debemos obligada referencia en sus acertadas notas porque reflejan un rigor histórico sopesado, además de un entrañable sentimiento particular por esta tierra. García Asensio recoge unas anotaciones de Andrés de la Parra Oller, Regidor y Procurador Síndico de la villa, de 11 de marzo de 1742, que nos ofrecen una idea de esa prosperidad de la misma y que, entre otras cosas, dice: «el aumento de poblaciones y casas que ha tenido a la parte de Poniente, que era el suelo más elevado que tiene la situación de la villa y planicie de su población y que posterior a 1668 se ha fabricado la cerca grande (...) Como también el tiempo que se había fabricado la Iglesia nueva y se finalizó, y que la antigua está en lo bajo de la población de Levante, que era lo principal en lo antiguo, de forma que todas las casas que hay desde la Iglesia nueva para arriba, se había fabricado desde el referido año 1668 (...) Que cuando se eximió dicha villa tenía 93 vecinos (...) Y tiene hoy Huércal más de 700 (...), la Iglesia nueva está al Poniente, en lo alto y superior, y su obra magnífica en comparación de la antigua, y que tomó principio el año 1709 y se acabó en 1739 (...), el 28 de agosto de 1745 se inauguró el Hospital de San José, situado contiguo a las Suertes y no distante del Caño, para la provisión de agua ni de la balsa para la limpieza de la ropa (...)». Y para ir dándonos una idea de su crecimiento, el censo de 1768 se resumía de la siguiente manera: almas en Huércal Overa 812, vecinos en el campo 731, incluyendo diputaciones y pedanías, aunque también hay que constatar que a lo largo del siglo la población sufrirá diversas calamidades: el hambre de 1748, epidemias de calenturas en 1751, un terremoto en 1756, nuevas epidemias en 1772 y 1773, sucesivas plagas de langosta que provocaron daños en las cosechas de panizo, garbanzo, uva, melón, ganado lanar, vacuno y aún en el siglo siguiente tres nuevas epidemias, de cólera, en 1834, 1854 y 1885.

La guerra de la Independencia
        Los franceses invadieron Andalucía en Enero de 1810 con tres grandes cuerpos de ejército, comandados por el Mariscal Soult. Les saldría  a su encuentro, Joaquín Blake, militar destinado en el destacamento Málaga, quien estableció su cuartel general, precisamente, en la villa de Huércal Overa, para llevar a cabo distintas campañas contra el enemigo y facilitar los diversos levantamientos de la zona. Invadida la provincia de Almería, uno de los pueblos donde fijó su atención el invasor fue esta villa, en cuyas calles se llevaron a cabo encarnizadas batallas y donde, en ocasiones, hubo que conquistar casa a casa; en una de estas, y donde más tarde se ubicaría el Cuartel de la Guardia Civil, se hicieron fuertes unos paisanos que no cejaron en hostigar al invasor; en otra ocasión, por citar algunos episodios heroicos, el alcalde de Dalías hizo retroceder, en estas mismas calles, a una columna de 70 franceses que se dirigían a la cercana Vera. Otra gran batalla llegó a librarse en los llanos de El Saltador, donde cayó prisionero un oficial español que fue conducido a Huércal Overa y liberado con el arrojo de sus paisanos; en otra ocasión, los vecinos de la Calle del Esparto sorprendieron y hostigaron a un grupo de franceses que iban por el camino de Las Menas y una nueva batalla se localizó en los llanos de la Virgen ( lugar de la  ubicación del depósito del agua, el largo Paseo de Galdo y la confluencia de la carretera de Nieva-Vélez Rubio), donde los franceses volvieron a quedar maltrechos. El fin de la guerra se produjo en 1812, el rey José abandonó la corte y el mariscal Soult evacuó sus fuerzas en Andalucía por Granada, Murcia y Valencia.

El albor del siglo XX
        Tras los acontecimientos bélicos se volvieron a efectuar nuevos censos de población que en 1805 era de 2.186 vecinos, en 1834 de 3.315 y sin embargo, en 1887 era de 4.863 en el casco urbano, y de 10.768 en el campo. Como puede observarse, el final del siglo se precipita y la villa de Huércal Overa crece hasta la necesidad de ir incorporando nuevos edificios públicos y particulares que demostraran su vitalidad. En 1857 se procedió a la construcción de la Plaza de Abastos, en 1883 y 1891, nuevos cementerios y poco después, en el nuevo siglo, se dotó a la localidad de alumbrado eléctrico en 1903; nuevos arreglos de calles, como la del Santo Sepulcro, en 1897, la de la Iglesia en 1900, la del Arco entre 1908 y 1909, y otros esparcimientos para la población que se convirtieron en los paseos públicos, como los del Calvario, el Carril y el de Galdo.
        Desaparecidos los hospitales de Santa María Magdalena y de San José, la villa tuvo necesidad de la implantación de un nuevo edificio que acogiera los enfermos de la localidad y cercanías; el Ayuntamiento procedió a la habilitación de un pequeño recinto, con seis camas, que, con el nombre de «Nuestra Señora de los Desamparados», se ocupara de estas necesidades: corría el año de 1881. De igual manera, se procedió al año siguiente a formalizar un establecimiento de beneficiencia donde tuvieran amparo los pobres y desamparados de la comarca; así se construyó la Casa-Asilo de las Hermanitas de los Pobres, como reza en el acta de fundación de 8 de diciembre de 1885, casa que a lo largo de los años ha venido modificándose y convirtiéndose en verdadero ejemplo de caridad cristiana. Desde 1902 se celebran en la capilla del Asilo oficios religiosos en veneración de Nuestra Señora de los Desamparados, patrona del recinto.
        El puesto de la Guardia Civil data de 1886 y durante mucho tiempo su emplazamiento se situó en la actual calle de Granada, hasta que en la década de los 70, se modernizó el edificio y se ubicó en  la barriada de la actual Plaza de Toros, en la denominada Plaza del Duque de Ahumada. El Registro de la Propiedad quedó instalado en enero de 1863, como capital de partido y de igual manera se creó una Administración Subalterna de Hacienda, de fecha de mayo de 1888; una fiel heredera actual se encuentra hoy en la calle Antonio Beltrán, una Hacienda Pública que representa la responsabilidad de los contribuyentes de toda la comarca. 
        Al mismo tiempo que crecen estos edificios, calles y paseos de carácter administrativo y público, el perímetro del casco urbano iba creciendo por la construcción de numerosas casas particulares; otros edificios singulares datan de esta época: la Plaza de Toros,  en 1901, en cuya construcción se gastó la importante cantidad de 4.000 pesetas y cuya inauguración tuvo lugar el 27 de Octubre, con dos corridas que lidiaron los matadores, «Relampaguito» y «Borincueño».  El 21 de marzo de 1907 se crea la primera Administración de Loterías, clasificada de 20 clase, algo que posteriormente se modificó, ante la demanda de los huercalenses por este juego y sobre todo porque la fortuna recayó en la localidad, como en la Navidad de 1906 que medio billete  repartió fortuna entre muchos de los ciudadanos; una suerte que volvió a repetirse en los años de 1907 y 1909.
        La correspondencia que, como anotábamos, se recogía desde 1833 y se transportaba a la vecina Lorca, obligó, ante la creciente demanda, a la apertura de un buzón y a la instalación de una estafeta que, más tarde, iba a convertirse en sede de Correos y Telégrafos, cubriendo así las necesidades administrativas de Lorca, Cuevas, Vera y Pulpí; la concesión tuvo lugar en 1876, se clausuró en 1883 y el estado volvió a reabrirla, definitivamente, en 1891. The Great of Spain Railway Company Limited, una sociedad mercantil inglesa adquirió por 98 años la concesión de la vía ferrea cuyo trazado se extendía por la Cuenca del Almanzora y pasaba, por consiguiente, por esta villa. El Ayuntamiento acordó llevar la propuesta a las Cortes el 9 de diciembre de 1884, al año siguiente se puso el proyecto en marcha y hasta 1895 no se concluyó la línea que enlazaría Lorca con Baza y  Baza con Granada.


Hacia una sociedad plural
        La vida se encaminó, desde la segunda mitad del siglo XIX, hacia una sociedad plural que vio su mejor reflejo en la amplia variedad de profesiones y oficios que proliferaron en la villa: abogados, procuradores, notarios, médicos, farmacéuticos, se simultaneaban con la principal actividad ancestral, la agrícola, aunque por estas fechas se cuenta con una amplia variedad de oficios por la existencia, constatada, de telares, molinos de aceite y harina, fábricas de jabón y aguardiente, alfarerías, además de un floreciente comercio: llegan a nombrarse hasta 15 tiendas de géneros diversos: especies, semillas, paños y ropa en general. Otra manualidad conocida desde el siglo XVI, extendida por el resto de Andalucía, fue la realización de encajes para uso propio y que en esta villa se desarrolló como un importante producto para su comercialización. Este  tipo de encaje que aún hoy día se sigue haciendo y que algunos vecindarios ofrecen como verdadero espectáculo en las soleadas tardes del año, es el denominado de bolillos, para cuya ejecución se requieren tres cosas: la almohadilla, los bolillos y el patrón. La almohadilla tiene una forma cilíndrica y se mantiene sobre las rodillas, sobre el denominado halda de la mujer; previamente se ha fijado el patrón en el centro que, a su vez, es agujereado, siguiendo ese patrón. Se sujetan los hilos con alfileres en la parte superior, unos hilos que cuelgan arrollados a un bolillo, que sirve para tensar el hilo, y va moviéndose a medida que avanza la labor. El resultado son complicadísimos juegos de encaje, donde la habilidad de la encajera determina el resultado espectacular del mismo.
        Aunque otra de las principales actividades de los huercalenses, durante años, ha sido la de la venta ambulante y comercial, sin que límites o fronteras supusieran obstáculo alguno. La emigración ha existido, también, desde siempre, la interior que llevó a los hombres a la distritos mineros o a las dehesas de las vecinas Granada, Jaén, Córdoba o Sevilla, y algo más tarde la catalana e incluso la exterior, la aventura americana de principios de siglo; una costumbre que se ha extendido en los últimos años  a  Francia, Alemania o Suiza y pertenece, pues, al carácter intrínseco del huercalense lanzado a buscar el sustento familiar. La sociedad de la Huércal Overa de hoy se muestra más proclive a llevar adelante proyectos de todo tipo, aquellos que redunden en el beneficio de su localidad; la vitalidad que en los últimos veinte años han proporcionado estamentos como el Hospital Comarcal, la Delegación de Hacienda, las Cámaras Agraria y Oficina de Empleo, Colegios e Institutos, Sociedad Cooperativas de Transportes, así como una activa vida comercial floreciente, concreta hoy al municipio como uno de los pueblos de servicios  más importantes de la zona Norte de Almería.
        Enrique García Asensio, el único historiador de la villa, se atrevió a  hablar del carácter y condición del huercalense, a quien acuña de patriota chico, argumentando esta afirmación con los diversos episodios por los que pasaron nuestros paisanos ancestrales y, de igual modo, resalta  la hidalguía y carácter generoso noble. Este talante inquieto e innovador de los huercalenses, les han llevado en numerosas ocasiones de su historia a protagonizar, en otro sentido, firmes actitudes culturales que dieron lugar a reuniones y tertulias y al origen de Casinos, Sociedades Cooperativas y otros centros de recreo, como billares públicos y talleres de teatro para organizar y representar obras y conciertos de música o a fundar periódicos y gacetillas como El Horizonte, El Almanzora. La primera noticia de una banda de música organizada de la localidad data de 1854, una costumbre que desde el siglo pasado llega hasta el presente. En cuanto al teatro, a mediados del siglo XIX se llegó a utilizar para diversas representaciones el edificio del Pósito y después, hacia 1890, se instauró una Sociedad de Teatro que construyó un edificio que, con el paso de los años, ha desaparecido y que vio representaciones de zarzuelas a lo largo de 1902, 1903, 1904 y en 1908, la más sonada «Los apuros de Aniceto», estrenada el 6 de diciembre. Hoy se intenta, insistentemente, recuperar esa tradición teatral. Proyecto que choca contra la barbarie de una sociedad audiovisual que olvida, constantemente, unas señas de identidad cultural.
       La enseñanza ha tenido desde siempre una profunda raigambre en la localidad: históricamente cabe recordar que la primera escuela data de 1619. En 1760 se contrata un maestro y en 1806 otros dos más; entre 1833 y 1847 contaba la localidad con varios centros de enseñanza, un Colegio de Humanidades, dos Cátedras de Latín, tres de enseñanza gratuita, así como diversas escuelas rurales en Santa María de Nieva, Overa y Úrcal. Centros de Segunda Enseñanza a partir de 1870, como el de la Purísima Concepción, fundado en 1872. En 1900 se solicitó la instalación y fundación de un Colegio de Niñas dirigido por las Religiosas de María Inmaculada y el 7 de enero de 1901 dieron comienzo las clases. El edificio, que no se ha conservado, cesó sus actividades docentes y de internado hace varias décadas. En la actualidad el casco urbano cuenta con cuatro Colegios Públicos y dos Institutos de Enseñanza Secundaria, además de otros colegios rurales ubicados en diputaciones y pedanías. El aspecto educativo está cubierto plenamente y la sociedad se encamina hacia la aventura de un siglo XXI, era del mundo de lo audiovisual.

jueves, 5 de julio de 2018

Hoy invito a…


amaneceres

 

Aída


  Cuenta la historia que, Aída, princesa etíope egipcia, fue capturada y llevada a Egipto como esclava y, según dicen, es una historia de amor con Ramadés, que nos hace reflexionar y pensar hasta dónde estamos dispuestos a renunciar por la persona que queremos.
   Tú no eres princesa, aunque reúnes casi todos los requisitos para poder serlo, tampoco te has dejado capturar por nada ni por nadie, faltaría más, pero sí has estado dispuesta a renunciar a parte de tu vida por alguien a quien de verdad quieres.
  Representas la fortaleza, la seguridad, la certeza, el muro insalvable pero, a la vez, la incertidumbre, la duda, el temor, el posible tambalear de ese muro.
       Ramadés y Aída aceptaron su propio y trágico destino, tú, sin embargo, no eres princesa, pero eres la reina de tu propia vida, la mirada tendida y expectante cada mañana, la personalidad fuerte y definida y, en definitiva, la dueña de tu propio camino.

miércoles, 4 de julio de 2018

Patricia de Souza


…me gusta
CALEIDOSCOPIO DE COLOR

                      
       Patricia de Souza (Coracora, Ayacucho, Perú, 1964) parece aceptar que ha encontrado la distancia adecuada para que su escritura se convierta en todo un desafío, porque para ella escribir es vigilar el pensamiento, y concibe el proceso fragmentario de una obra como la representación de un todo, siguiendo en algún sentido estricto la máxima del erudito francés Georges Perec que en su vida literaria explicaba como “el elemento no preexiste al conjunto, no es ni más inmediato ni más antiguo, no son los elementos los que determinan el conjunto, sino el conjunto el que determina los elementos(…)”. Quizá por todo esto, para la narradora la fragmentación que ensaya en su narrativa se convierte en el espíritu de nuestro tiempo, en una consecuencia de la modernidad absoluta que oscilaría entre una visión sociopolítica y una construcción automática que, de alguna manera, pusiera en tela de juicio el posible fin de una específica linealidad, y abriera el camino de una realidad estudiada por partes.
       Su proyecto narrativo ha convertido la variedad de sus textos en una ferviente crítica porque nunca ha dejado de ocuparse de la problemática del lenguaje y de la consecuente visión de lo femenino, y se formaliza así en un auténtico repaso que para la escritora le brinda, al mismo tiempo, la ocasión de profundizar en el uso del lenguaje como un modo de someter el pensamiento y, también, de silenciar un discurso discordante, cuestionamientos por otra parte que la autora se plantea como una invitación a proseguir en una reflexión más allá de sus propuestas, y en ese concepto que en su prosa se calificaría como la exigencia misma al derecho legítimo a la palabra en un entorno social, político y literario que nunca debería condicionar a la mujer a ser considerada como subalterna y la aleja, por supuesto, de sentirse colonizada por un lenguaje patriarcal que la anula asumiendo exclusivamente la palabra en un estricto concepto machista. Con una de sus últimas obras, Vergüenza (2014) su narrativa se convierte en un aleatorio muestrario de espejismos donde su pasado queda expuesto en fragmentos distanciados en el tiempo, y cuyo resultado se parece a una posible biografía que solo se sustenta por una auténtica transfiguración, y esta forma particular de escritura se acentúa, aún más, en su última entrega, Mujeres que trepan a los árboles (Trifaldi, 2017), una especie de deriva hacia un desdoblamiento literario en su estado puro, y ha llevado a su narrativa hacia un concepto de ficción personal, que de su mano se convierte en un ejercicio lúdico de fijación de la memoria, aunque eso sí relativizada para sus lectores. En esta sorprendente novela estructura sus recuerdos en torno a una mágica morfología vegetal que todo lo envuelve: su realidad presente y sus evocaciones. Entonces el pasado de la narradora florece entre todo un catálogo de árboles distintos, que en sus páginas se propagan como una sinfonía de formas y de color perceptibles por el poder seductivo de la ficción. Flores y árboles como el olivar, el jabillo, ejemplo de árbol intertropical, el caucho, el mango, el apamate, de una extraordinaria belleza, el eucalipto, el sauce, o el ficus, toda una exposición de la flora americana cuyo recuerdo arraiga en la memoria de la narradora y se ofrece como un área fértil. Muchas de las curiosas y distintas experiencias de la narradora quedan simbolizadas por estos árboles, y expuestas según su fruto, o su flor, incluso según su madera, fortaleza y belleza, o la tierra dónde crece. Y así algunos recuerdos parecen trasplantados, ajenos con hermosas evocaciones y bellísimas imágenes, y el relato se organiza a través de una visión ecológica y el resultado se convierte en un diario personal tan heterodoxo, que mezcla vivencias, fechas, nombres, y sobre todo una abundante vegetación. 
       El texto de Mujeres que trepan a los árboles progresa de una forma fragmentaria, concebido con una calculada escritura entrecortada y discontinua, y es así como las distintas historias se enredan sucesivamente y se asemejan a esa vorágine o a la abundante visión de los árboles que justifican el título. Entonces, la narradora convierte su discurso en algo distinto, intercala sus conflictos personales con su viaje y traslado a París, sus continuos retornos a Lima, el recuerdo de un padre ausente, una madre apasionada que repite presencia en muchos de los fragmentos, y toda una saga familiar con esa mitológica evocación del quechua, la lucha de clases y su propia educación, o su acentuada crítica contra la simbología del capitalismo, el patriarcado, o los valores más tradicionales de su tierra chica. Son evidentes, como ya experimentaba en Descolonizar el lenguaje (2016) las alusiones a grandes escritoras, como Flora Tristán, Alejandra Pizarnik o Manuela Sáenz, voces femeninas que construyen su propio espacio, e incluso apunta reflexiones culturales y de género, aunque destacable en gran medida el personaje de Balán como figura individualizada que consigue una concreción dentro del discurso desarraigado de la narradora. El lector asiste a la permanente construcción de un texto, una novela en progreso, cuyo concepto no es definitivo y que, por expresa voluntad de su autora, comparte con su lector como una versión posible puesto que la narradora se desentiende de la enunciación usando el socorrido recurso del manuscrito encontrado que, en su caso, pertenece a una mujer anónima, metáfora de esa identidad femenina que tanto defiende la peruana.






Mujeres que trepan a los árboles
Patricia de Souza
Madrid, Trifaldi, 2017

martes, 3 de julio de 2018

Desayuno con diamantes, 138


LA RAZÓN DESESPERADA DE RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO
       
        El escritor heterodoxo Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 1927) obtenía el Premio Cervantes en el 400 centenario de «Quijote» por el conjunto de una obra que provocó un cambio de rumbo en la narrativa española de la segunda mitad del siglo XX. 


        El premio de Cervantes de 1993, Miguel Delibes, retrataba, recientemente, a Rafael Sánchez Ferlosio como el  nombre de mayores posibilidades de supervivencia en la novela española de posguerra, con categoría suficiente para afrontar la inmortalidad literaria. Para el escritor vallisoletano, su libro fundamental, El Jarama, es una síntesis perfecta de las cualidades del grupo de  «los niños de la guerra». Añade Delibes, que en Ferlosio se «adivina al hombre impar, el hombre diferente». Dos libros han marcado la trayectoria narrativa de Sánchez Ferlosio, Industrias y andanzas de Alfanhuí (1951) y El Jarama (1956). El primero toma de la tradición picaresca su estructura narrativa, pero por el tratamiento que el autor hace de su texto, la temática se inscribe hoy en día más dentro del relato fantástico o alegórico; a caballo entre  unas aventuras de Peter Pan o de Pinocho, como señalara en su momento Ignacio Soldevilla Durante. Lo cierto es que renombrados críticos como Alborg, Gil Casado, Sanz Villanueva, o el mismo Soldevilla Durante, han estudiado al escritor dedicándole importantes apartados en sus monografías sobre la novela española de la segunda mitad del XX. Sanz Villanueva calificaba  El Jarama como una de las obras más importantes y representativas de toda la postguerra; adscrita a un planteamiento fundamentalmente objetivo, se puede declarar como una de las pocas obras españolas de decidido tratamiento conductista o behaviorista. Igualmente puede ser considerada dentro de un realismo de masas en cuanto que es el grupo y no personaje particular alguno el que protagoniza el repertorio de simples anécdotas.
        En 1958 Juan Luis Alborg afirmaba lo siguiente: «Ignoro cuál puede ser en el futuro la ruta literaria de Rafael Sánchez Ferlosio. Por la estima que me merecen sus condiciones de escritor, lamentaría que su obra volviera a sorprendernos con nuevos virtuosismos; desearía, por el contrario, que «estableciera posiciones», que fijara su actitud ante la vida y la novela, que escogiera su mundo y cultivara su predio, aun teniendo que renunciar, naturalmente, a muchos recintos tentadores que su talento de Jano bifronte le consentiría pero con mengua de su personalidad»; en cierto modo, Alborg le auguraba al escritor un futuro donde no volvería a centrar su atención en la narrativa, pues de hecho desde hace muchos años, Sánchez Ferlosio ha abominado de la ficción, decantándose por el ensayo, convencido el escritor, de que éste es algo más creativo y audaz.

Una vida
        Rafael Sánchez Ferlosio nació en Roma en 1927, hijo de Rafael Sánchez Mazas. Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense. Formó parte de la denominada generación de los 50 que integra a autores tan representativos e importantes como Ana María Matute, Ignacio Aldecoa, Josefina Rodríguez, Carmen Martín Gaite, con quien se casara, Jesús Fernández Santos y Medardo Fraile. Colaboró, junto a sus compañeros, en Revista Española, medio que regentara tan magistralmente Antonio Rodríguez Moñino; tras su primera experiencia como narrador en 1951, consiguió el Premio Nadal en 1955 por El Jarama; tras un largo silencio voluntario volvió al panorama literario con Las semanas del jardín (1974-1975), dos volúmenes que recogen sus investigaciones lingüísticas hasta el momento; un nuevo intento de novela se transformó en El testimonio de Yarfoz (1986), una crónica legendaria de estructura épica, para seguir insistiendo en nuevos ensayos como Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado (1986), Campo de Marte I. El ejercicio del mal (1986), El ejército nacional (1986), La homilía del ratón (1986),  Ensayos y artículos. Vols. I y II (1992), Vendrán años malos y nos harán más ciegos (1993), Esas Yndias equivocadas y malditas (1994), El alma y la vergüenza (2000), La hija de la guerra y la madre de la patria (2002), Non olet (2003). La historia, la mujer española, la cultura, el ejército, las autonomías, ETA, Gibraltar, la Iglesia, la guerra entre judíos y palestinos o el redescubrimiento de América son algunos de los temas que, desde el punto de vista crítico, ha planteado Sánchez Ferlosio en sus ensayos y artículos en las últimas décadas.
La singularidad de Alfanhuí
        El propio autor definía esta novela como «una historia castellana llena de mentiras verdaderas», y se trata de un libro desconcertante y original al mismo tiempo, porque aplica la técnica de la descripción realista del momento a un cuento, en realidad, fantástico que nos transporta a un mundo imaginario dentro de todo un marco real. Sánchez Ferlosio consigue con su primera novela consumar un estilo que se traduce en un prodigioso artífice lingüístico cuyo realismo tiene tanto de expresión lírica como arquitectura narrativa para conseguir esa zona limítrofe que se le supone a la verdad y a la ficción o como el propio Sánchez Ferlosio calificaba a esta maravillosa historia, «ni novela ni narración tampoco narración poética».

        Tanto formal como argumentalmente hablando, la obra tiene, sin embargo, una estructura narrativa definida, basada en las industrias y andanzas del pequeño Alfanhuí cuya peregrinación por tierras y paisajes castellanos le convierten en un nuevo Lazarillo que hereda la condición errabunda del pícaro, pero es más inocente y soñador. Antonio Vilanova sostiene, sin embargo, que «la extraña mezcla de lirismo y fantasía de este libro, cuyo pequeño héroe, de ojos amarillos como el alcaraván, no traspasa los límites de la niñez, ni llega a salir jamás del luminoso paraíso de la inocencia infantil, confiere a su extraño aprendizaje de los misterios del mundo un tono fabuloso y poemático que eclipsa por completo la veracidad y realismo de su tenue acción novelesca». La novela se mueve en una constante transmutación de la realidad cotidiana y vulgar por obra de esa fantasía mágica en la que vive su protagonista, Alfanhuí, cuyos ojos graves descubren los aspectos más nimios e insignificantes del mundo circundante. En realidad, se trata de esa especie de don que se le atribuye al alquimista y nigromante para percibir el origen fabuloso y legendario de los misterios del mundo, aunque en el caso de Alfanhuí, su espíritu sagaz e industrioso, le lleva a un anhelo insaciable de conocimiento, a adquirir experiencia y saber con respecto a los misterios de la naturaleza y del mundo.  Lo que busca el pequeño Alfanhuí en su aprendizaje como discípulo de un maestro disecador en Guadalajara, es el sonido de las viejas historias que explican el misterio de las cosas que, noche tras noche, le cuenta su maestro. Pero lo que quiere saber el niño no es la realidad de las cosas sino el ensueño que las envuelve, no conocer el mundo tal y como es, sino el mito que se ha creado en torno a él y no la vida de los demás sino la fantasía y la ilusión que se le pueda otorgar a esta.

La originalidad de El Jarama
        De «novela antinovelesca» ha calificado Antonio Vilanova El Jarama, basada en la pintura de la realidad cotidiana, como pocas veces había sido representada hasta el momento en novela. Cuenta las incidencias de una jornada veraniega en la que un grupo de dependientas y horteras madrileños van a pasar un día de campo en la orillas del Jarama; la acción se desarrolla en un sólo día, desde la mañana a la noche, y el clima que se respira en el relato es el de un ambiente dominguero. El desarrollo de la acción, sin embargo, discurre en dos planos, por una parte el merendero que regenta el señor Mauricio, donde despacha tras el mostrador a la bulliciosa clientela, su conversación con los habituales contertulios, y la orilla del río, flanqueado por un pequeño bosquecillo, en donde se refugian los excursionistas domingueros para bañarse en las aguas del Jarama. Con una técnica de representación objetiva de los hechos que Cela había puesto de moda con La colmena (1951), en realidad, Sánchez Ferlosio con su novela «no aspira a ser más que un trozo de vida narrado paso a paso, sin reticencias, sin extrañas tragedias, sin caridad, como la vida discurre, exactamente como la vida discurre». Pero, como en realidad, se trata de un trozo de vida múltiple, integrada por diversos personajes y localizada, como hemos dicho en dos escenarios distintos. Es inevitable que se trate de una narración de atmósfera y de ambiente, de una acción  multipolar y colectiva que no tiene, una aparente, trama argumental con protagonistas, sino que cada uno de los personajes se convierte en la suma de los actos que se describen y el mundo novelesco trata de representar la suma de la vida de todos y cada uno de los personajes. Quizá por eso podamos afirmar que los horteras, empleados, dependientas y jóvenes oficinistas, cuya presencia, en principio, es confusa, se va perfilando a medida que estos hablan, actúan y podemos identificarlos por sus gestos y acciones, para convertirse en la representación de la vida misma y su relación con los demás, en la medida que los vamos conociendo. Lo que le importa al autor es revelarnos el carácter, la manera de ser de cada uno de ellos, recrear el ambiente en que se mueven y el que crean con su presencia junto al Jarama, el ambiente de la excursión dominguera, y, sobre todo, destacar lo vulgar y tediosa que puede ser nuestra existencia. Y el contrapunto final, la tragedia humana y sin sentido que casi transcurrido el día, cuando la joven decide darse el último baño de la jornada, perece ahogada en las negras aguas del río sin que el resto de sus compañeros perciban el soplo helado de una muerte que empaña la insulsa jornada dominguera. Precisamente, en esta tragedia se concentra toda la ternura, la emoción y el patetismo de una historia tan vulgar que resulta tan verídica como la vida misma.

Los ensayos
        Rafael Sánchez Ferlosio en sus ensayos y artículos ha desarrollado un pensamiento muy crítico con la sociedad contemporánea, escritor de palabras precisas, se documenta minuciosa y concienzudamente para abordar temas transcendentales como la guerra de Irak, la política española, incluida la del PP y su líder José María Aznar, el neocapitalismo o las conmemoraciones universales. En un libro como Las semanas del jardín (1974-1975) Sánchez Ferlosio ofrecía una meditación sobre los límites de la representación de la realidad en la literatura y la idoneidad del lenguaje, con lo que lleva aparejado una análisis sobre el lenguaje poético. Yen La homilía del ratón (1986) arremete desde un punto de vista crítico, asuntos nacionales o internacionales, como la situación de la mujer, las manifestaciones del 23 F, la cultura española o el mito de la envida; y en asuntos internacionales cuestiones como el Papa Wojtyla, la OTAN, la guerra de la Malvinas o los conflictos de la Humanidad. Por ejemplo, en Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (1993), la huella machadiana es patente y sobresale por la memoria de la infancia que nos retrata el autor, el fin de ese paraíso perdido que, en ocasiones, traspasa las lindes del sueño. El libro se muestra como ese territorio emocional donde todo es posible.  La realidad literaria de Sánchez Ferlosio durante estas últimas décadas ha consistido en una irónica visión de su mundo, con la suficiente capacidad de convicción que resulta dotado de una prosa rica, cuyos temas llegan a irritar por una razonada cultura que va más allá del simple concepto humanista.